martes, 18 de octubre de 2011

"A SEGURO LO LLEVARON PRESO"

¿Serán los dedos de los cacos?
En la nota anterior me referí a las frases hechas que se dicen-muchas veces- sin ton ni son o para salir del paso en una forma lo más airosa posible.
Hoy, parto de este dicho popular para plantear otro tema que nos preocupa mucho a los habitantes de este “bendito país” como dice Sánchez Padilla.
Hace  tiempo que estamos  alarmados por la creciente inseguridad que se ha instaurado  en la sociedad sin que se vea por parte de las autoridades una actitud de búsqueda de soluciones efectivas. En la actualidad, todos podemos  ser víctimas de una rapiña, de un asalto a mano armada cuando vamos a pagar la luz, o en un viaje en ómnibus, o  de un arrebato de nuestro exiguo monedero en una esquina. No importa si hay o no hay gente presente porque los “motochorros”- nombre “modernoso” para los ladrones que usan moto para cometer sus fechorías (término probablemente “copiado" de nuestros hermanitos argentinos)- proceden con una velocidad vertiginosa a plena luz del día.
Hace unos días, al salir del Shopping Punta Carretas, vi a un par de forajidos en moto que rapiñaron a una turista que llevaba  una cartera de esas de moda, es decir con capacidad como para llevar un guardarropas completo. El procedimiento fue instantáneo: la  turista estaba esperando la luz de cruce en la esquina de Solano García y Ellauri, de inmediato apareció la moto a una velocidad increíble, con esa misma velocidad subió a la vereda y le arrebató el bolsón a la azorada mujer que únicamente atinó a gritar: My money!  My money! God, my money!  Cuando los guardias del Shopping acudieron, los ladrones- que partieron con la misma velocidad del comienzo- deberían estar – por lo menos- en Maroñas. La desgraciada mujer lloraba y gritaba como una magdalena. Yo pensé que era otra pobre a la cual le habían vendido el cuento del  “país seguro” donde no hay robos de ninguna especie. Lógicamente, los que publicitan al país como “seguro”, lo comparan con otros donde siempre hubo una delincuencia feroz, y les hacen creer a los incautos turistas que ,  el Uruguay,  sigue siendo el país de las vacas gordas, el que era nombrado como: “la tacita de Plata”, la “Suiza de América” y cuyo eslogan- positivo era-: “Como el Uruguay, no hay”. Nada más alejado de la realidad.
Las medidas que se toman son mínimas y además, no son efectivas. En los bancos no permiten el uso de celulares-pero todos sabemos que los ladrones los usan desde  afuera y avisan a otros de tal o cual cliente que comete el error de salir con dinero-; tampoco permiten entrar con cascos o lentes negros, sin embargo aún así, los robos se cometen porque la especialidad de los cacos  es-precisamente- burlar la seguridad. Hace unos días entré en un banco para hacer una gestión. Llevaba lentes con una mezcla de antirreflejos y aumento para leer: el guardia me los hizo quitar y de esa manera no veía ni la colonia, por lo cual opté por volver a casa. Busqué unos lentes de aumento que tengo para entrecasa pero no los hallé, por lo tanto, no pude realizar el trámite. Cualquiera que me conozca o me vea aún sin conocerme demasiado se puede dar cuenta  de que soy una mujer con más de sesenta años, bastantes kilos agregados a mi esbelta figura de antaño y que no puedo correr ni hasta la esquina.  Entonces, ¿por qué aplican esas medidas con personas de la tercera edad? ¿Hay ladronas sexagenarias? Al único que vi haciendo ese papel-era un experto en abrir cajas fuertes herméticas- fue a Clint Eastwood y todavía no era el  veterano de ahora sino el bombonazo que  aún  actuaba  de Harry el Sucio .
Propongamos  que dejen en paz a las veteranas-como yo- que tienen que usar lentes para ver algo, y, tomemos medidas efectivas para reprimir a los que realmente  nos asaltan a mansalva y nos dejan sin palabras ante la brutalidad que esgrimen.
 ¿Se animarán nuestras autoridades en beneficio de toda la ciudadanía  a tomar medidas en serio-porque “ a seguro lo llevaron preso”, o, –en cambio- seguirán viajando por todos los países como los blancos y los colorados que tanto criticaron?




lunes, 10 de octubre de 2011

"CUALQUIER COSA, A LAS ÓRDENES"

A medida que pasan los años se van verificando variados cambios en las  actitudes y las expresiones de los seres humanos. El lenguaje refleja lo que somos y cómo vamos adaptándonos o no a las múltiples permutas de la modernidad. También las frases hechas-esas que muchas veces se emplean sin ton ni son- se modifican.
Cuando daba clases, insistía en hacer entender que no basta decir algo para que esa frase mágica surta el efecto deseado. Si yo estoy trabajando en una tienda de ropa femenina y le digo a una persona que entra ¿en qué la puedo ayudar? o ¿qué desea?,  pero me quedo cómodamente sentada o con el celular en espera, mi actitud NO  condice con mis palabras.
Cuando, por teléfono, logramos pasar la barrera de las grabaciones automáticas que ponen la mayoría de las empresas para –supuestamente- “monitorear” al hablante, y después de múltiples peripecias logramos que otro ser humano nos atienda, pueden pasar múltiples e insólitas reacciones.
Sin ir más lejos, ayer llamé por teléfono a una compañía  de extractores de aire, que está haciendo publicidad por TV. Según el comercial, por este mes van a hacer la instalación gratis. Miré el de mi cocina-que está en estado calamitoso y que dos por tres se manda unos rugidos estentóreos- y tuve-digo tuve porque ya no tengo más- la inocente idea de solicitar información. Pasé la barrera de los disquitos grabados y después de varios minutos fui atendida por Javier. Abrevio lo esencial de la conversación que-como comprenderán- tuvo más extensión:
“Vi un comercial por TV donde anuncian que por este mes no cobran las instalaciones de los extractores. No señora, pero para saber qué extractor necesita usted me tiene que dar la medida del tamaño de su cocina. Ya tengo un extractor en la cocina, está muy sucio, muy oxidado, muy viejo, quiero cambiarlo por uno del mismo tamaño. Está empotrado en la pared en su correspondiente agujero y no estoy interesada en hacer obra para poner uno más grande. Nosotros no trabajamos así, señora. Necesito la medida del tamaño de su cocina para recomendarle el extractor que precisa de acuerdo a esas medidas. Páseme las medidas y le daré la idea y el precio del que precisa. ¿No le sirve que le pase las medidas del extractor viejo para sustituirlo por uno del mismo tamaño? No, señora, le repito, nosotros no trabajamos así. Ah bueno, muchas gracias.” Es evidente que esa compañía  por más  propaganda que haga con empleados como Javier no va a vender muchos extractores nuevos. Al menos, yo ya  llamé a un técnico  para que desempotre el  viejo mío, le haga un buen service y ¡“a otra cosa, mariposa”!  ¡Javier me aniquiló las ganas de tener un extractor nuevo!
Además de la que les cuento-que es una de las tantas anécdotas- están las mentirosas frases hechas que cualquiera que conozca el paño sabe a qué se refieren.
Una  popular firma de plaza que tiene varias casas en diferentes puntos  del país ofrece “ARTÍCULOS DISCONTINUADOS”. ¡Fíjese qué bonito  queda decir “discontinuados”!
 ¿Qué es esto de “artículos discontinuados”? En cristiano significa: “lo que nos quedó de la venta del año”; “lo que no pudimos vender porque los precios fueron estrafalarios y quedaron ahí” o –en  cristiano más criollo: “de cada pueblo, un paisano”. Si por casualidad, se pasa por una de esas casas y se ve algún “discontinuado” que pueda ser de utilidad, hay otro inconveniente serio: lo venden desarmado. Por lo tanto, después, hay que conseguir algún “sieteoficios” que lo arme en forma conveniente. Lo que genera una nueva espera, y  otro gasto que se lleva lo poquito que usted creyó  ahorrar por comprar el famoso “discontinuado”.
Hace poco tiempo tuve la enormísima desgracia de perder a un ser queridísimo. Recibí y recibo-felizmente- apoyo de familiares y amistades. Ya se sabe que en estos casos, se conocen más que nunca los que son de ley y los que no. Los de ley,- que son siempre pocos, como bien lo señalaba Martín Fierro- siguen  alrededor, me mandan mails  o se comunican por “skype”, si están lejos y no pueden venir,  me brindan afecto, se preocupan  por mi bienestar, se turnan, me llaman,vienen  y me acompañan todo lo que pueden. Después están los otros.  Los que se enteraron pero se hicieron los sotas. Indefectiblemente, en algún momento, “tropiezan” con este bulto y largan un pésame tardío con alguna excusa:- qué lástima que no te pude ver antes- me enteré pero estuve afuera- el cruce fue en el ascensor o en la salida del edificio, en la calle o en el supermercado- y sigue la consabida frase hecha: “lo lamento mucho” que- como están apurados, para terminar la conversación -la rematan con esta otra:
“Cualquier cosa a las órdenes”.
A esta altura del partido, yo ya sé que de todas las frases hechas, ésta última es una de las más hipócritas. Los que la dicen no leyeron el discurso de  Steve Jobs. Deberían hacerlo.

domingo, 2 de octubre de 2011

Más reflexiones sobre la segunda parte de Los Altos muros de Jesús Guiral

Jesús Guiral dando clases
Reitero el epígrafe que encabeza la segunda parte de Los Altos Muros por  lo significativo en el contexto de lo que le ocurre a Séan Almagro a la salida de la cárcel de Cádiz:
 “Inferior to the vilest now become
Of man or worm; the vilest here excel me,
They creep, yet see, I dark in light exposed,
To daily fraud, contempt, abuse and wrong,
Within doors, or without, still as a fool,
In power of others, never in my own;
Scarce half I seem to live, dead more than half.”

De la misma manera que en la primera parte el lector tiene  la fecha  del nacimiento de Séan, - 12 de agosto de 1928-, aparece  también la  de su salida de la cárcel de Santa María de Cádiz,- 30 de junio de 1958-. El ritual de la entrega de nuevos documentos por parte de “Papamoscas”, forman parte de un renacer. Así también lo manifiesta Sean al recibirlos:
A pesar de que la ropa que le han dado para vestir no sea la adecuada, piensa:
“Soy un hombre otra vez”.
Y al salir de la cárcel: “Atrás, los altos muros y el mazacote rojo con las mil ventanitas cuadradas”.
 El primer contacto con la libertad es su primera conmoción: “Viejo amigo del mundo, el movimiento.”(…) Las tierras gaditanas que luchan con el mar. Movimiento.  Salta  de salina en salina. Todas corren, empujadas por el movimiento…”
Se fija un propósito de olvido: “El paréntesis no cuenta. No debe contar.”
Trata de ir absorbiendo los cambios que se han producido. Insiste para  ir a ver a un amigo antes de seguir el viaje.  Pero ese “contacto con su vida pasada” no resulta fructífero. Rafael, el antiguo compañero, el “Quimicastro” no quiere saber nada de él, porque  su vida ha tomado por otros cauces  diferentes. De todas maneras, Séan-aunque siente el rechazo de Rafael-  no se desalienta del todo, porque piensa que en Madrid le irá mejor.
Danny, dispuesto a ayudar a su hermano menor, le propone trabajar en el diario. Al principio Séan está indeciso, pero el encuentro causal con una joven que le gusta, lo impulsa a aceptar.  A la joven le miente sobre sí mismo, no le informa sobre su pasado en la cárcel
Hay  interesantes diálogos informativos de las modalidades que  se encuentran para resistir. Leyendo la que cuenta Séan, se recuerdan las que sabemos que se utilizaron en los países con regímenes dictatoriales.  
La cuñada de Séan, está caracterizada como una mujer cursi,  superficial, teñida de rubio, con cejas y ojos negros y…católica practicante. La misa, es para ella un ritual al cual no se debe faltar. Séan lo insinúa, pero recibe de su parte una mirada de espanto. Como ya expresé anteriormente, la ritualidad religiosa  se manifiesta, como una obligación ineludible pero no como una verdadera muestra de fe. Forma parte de un juego escénico.
La vida de Séan parece encaminarse: consigue hospedaje,  tiene trabajo en el diario “Ahora”,  lo cambia para dar clases de inglés, y  sale con la joven Eugenia. Pero  es la España de 1958. Los altos muros de las tenazas sociales del desprecio, del insulto, del equívoco, del poder ejercido por los otros-recuerden el epígrafe- lo van a cercar de tal manera que   le van a impedir vivir libremente en su tierra. Aniquilado, lo único que puede hacer es emigrar. Lógicamente tampoco le resultará sencillo obtener el pasaporte. Sin embargo, un amigo le dará la idea de utilizar “su otra nacionalidad”, la de su madre irlandesa y hasta le sugiere un país estable en América: Uruguay.
Y la novela concluye con este final abierto:
“Borrar. Destruir el pasado. Que sólo quede un cuerpo y una voz. De Eugenia, un recuerdo vago. No la buscaba a ella tal vez, sino a la paz. Y después de todo, yo navego hacia la paz.
“¿La paz?- me pregunto sorprendido. “¿Por qué he dicho la paz? ¿Qué es lo que espero? ¿La paz de quien? ¿La paz de qué…?”
Y no lo sé.”


lunes, 26 de septiembre de 2011

Recobrando a los nuestros: Apuntes sobre Los Altos muros de Jesús Guiral


Foto autografiada  de Jesús Guiral en el mencionado
capítulo Oriental Nº 38

En la nota anterior, les conté cómo conocí al escritor Jesús C. Guiral y a  su novela Los altos muros.
 Hoy en día, “googleando”, se encuentra muchísimo material sobre los escritores del 60,   pero  cuando yo era estudiante no circulaba   ni se encontraba nada  en ningún lado  porque estaba prohibido.  Por ejemplo, si buscan el capítulo Oriental Nº 38 que fue mi tabla de salvación para preparar la bolilla informativa,  ahora, ¡está disponible en Internet!  Yo tengo el “antigüito” impreso, con la firma del Dr. Guiral en su foto. Recuerdo que cuando se lo llevé al colegio para que me lo firmara, se divirtió mucho cuando le conté  mis zozobras en el examen oral.
 Hoy, voy a introducirme en el texto de la novela. No creo que se pueda encontrar nueva, porque no he visto reediciones, pero quizás se pueda conseguir usada. Yo la conservo, y la volví a releer con gusto para escribir estos apuntes. Como podrán apreciar, en la foto hay una imagen de una cárcel. Me parece que es la de mi barrio, Punta Carretas. La que las  paradojas del destino transformaron en uno de los Shoppings más visitados de Montevideo.

La novela está narrada por una primera persona que alterna su  presente con su pasado, y está dividida en dos partes. Las dos, tienen significativos epígrafes.
El  que encabeza la primera parte es   del poeta Juan Ramón Jiménez, “Segundo Amor”:
“Detrás la casa está vacía.
Delante carreteras
que  llevan a otras partes, solas
yertas.
Y la lluvia que llora ojos y ojos,
cual si la hora eterna se quedase ciega.
Aunque la casa esté muda y cerrada,
yo, aunque no estoy en ella, estoy en ella. “

Los invito a reflexionar: ¿Cuál será esa “casa vacía” que se sitúa “detrás”?  ¿”Detrás” de qué? ¿Cómo es posible que en esa casa “muda y cerrada” se pueda no estar y estar?

El narrador, se presenta con su primer apellido: Almagro. Lo llama el Director “Papamoscas” de la cárcel. Le anuncia que lo va a visitar su hermano mayor: Danny “el triunfador”. A la tercera página ya sabemos que Almagro es un “preso político”, y la ubicación espacio-temporal nos sitúa en la época de la Guerra Civil española. En la alternancia surge lo que le han contado  del registro civil de su nacimiento: padre Juan Almagro, natural de Jaén, madre Sheila O’Mara natural de Dublín, Irlanda- ambos avecindados en Madrid-. Su nombre completo Juan –Sean- Almagro O’Mara, nacido el 12 de agosto de 1928. Datos precisos para el personaje narrador.
En los recuerdos de Sean aparece el  verano de 1936-recordemos que la guerra civil es desde 1936 a 1939-Los han enviado a él y a su hermano mayor Danny,  con su abuela  Eileen a pasar las vacaciones en Irlanda. Juan Sean Almagro comienza un nuevo curso en Irlanda y no vuelve a España, Danny el mayor, va a la Universidad de Dublín- “desaparece”, “se pierde”- la familia no sabe nada de él durante un tiempo.
De vuelta a la vida en la cárcel. Se interrumpen los recuerdos  con la introducción de  un personaje granadino que, utilizando el habla coloquial de su zona, informa al lector de algunos entretelones de las circunstancias. Por ejemplo, así el lector se entera de que Almagro está cerca de su salida de la cárcel y de que lo apodan “el inglés” aunque en realidad es mitad español- por su padre, y mitad irlandés, por su madre- :
“-Ecucha, Inglé: ¿pa’ que te llamaron aye? ¿Pah loh papele?”
Un aspecto muy manifiesto en esta novela es la práctica religiosa  como obligación, no como un acto de fe. Los presos asisten a misa con  muy poco interés,   y no pueden evadirse más que con el pensamiento. Mentalmente sí, son libres, porque el pensamiento no se puede encadenar.  Un ejercicio espiritual marcado por uno de los curas los hace pensar en “el proceso de los pecados” para traerlos a la memoria: La casa donde nacieron, el lugar de origen, la infancia. Naturalmente, Almagro se evade hacia  Cádiz, “la ciudad pequeña de los amigos grandes” cuando él tenía doce años: “Ante Cádiz puede hablarse del alma de una ciudad. No hace falta buscarla. Está ahí. A flor de piel. Un alma limpia, lúcida. Cuajada en cal y cristal sobre azul. La imagen-color de mi estadía gaditana es blanca, de un blanco centelleo al sol.”
Los recuerdos afloran y se van entrelazando rápidamente: su amigo más maduro,  Jorge Manfredi- que lo “instruye” sobre Cádiz,  la vida, la guerra-;en esos recuerdos que fluyen están la bomba que destruye la casa y mata a su madre,  el dolor del padre, la rápida madurez de la pequeña hermana Sheila,  con profundas  reflexiones sobre la poca atención que se le presta a la familia, mientras se la disfruta inconscientemente: “Como una fórmula matemática entendida al fin,  la madeja  externa e interna del hogar se desenvuelve ante mis ojos. Y duele saber que hasta hace un tiempo, unos días tan sólo, yo era un mecanismo inconsciente, dormido,  que presenciaba el milagro diario de mi familia, sin darle importancia.”
Vuelta al  “presente” de la misa en la capilla:Almagro se coloca en la fila para salir.
La visita de Danny “el triunfador” le acerca  la vida del exterior. El matrimonio de Danny y el del Sheila, por ejemplo. Porque Almagro, no ha tenido noticias de su familia,  la pérdida de contacto con el “afuera” significó el aislamiento más ruin; hace diez años que está preso sin noticias  porque no le permitieron recibir visitas. El padre murió. Con su hermano Danny, reconstruye-dolorosamente en la conversación, pues Danny está “del otro lado”- el enfrentamiento con los falangistas, el horror de la cárcel, purgando una  pena por un asesinato que no cometió y la incertidumbre de lo que le depara el futuro a la salida.


La segunda parte, corresponde a la etapa de la salida y a los intentos  de adaptación a la “otra realidad” que dejó de vivir en la prisión.

 Un nuevo epígrafe  de la tragedia de John  Milton “Sansón agonista”- éste en idioma inglés-   nos sitúa en otro contexto diferente y  perturbador:

“Inferior to the vilest now become
Of man or worm; the vilest here excel me,
They creep, yet seem I dark in light exposed.
To daily fraud, contempt, abuse and wrong,
Within doors, or without, still as a fool,
In power of others, never in my own;
Scarce half I seem to live, dead more than half.”

¿Qué le pudo ocurrir a la salida de la cárcel,  a Sean Almagro para que este  amargo epígrafe encabece esta segunda parte de la novela? ¿Habrá podido reinsertarse socialmente en la España dominada por los franquistas? Es cierto que contará con el apoyo de su hermano mayor Daniel, pero va a ser útil que pensemos en una prisión de diez años aislados-  y todo lo que hemos sabido por las narraciones  y videos documentales de la historia reciente-.
Los invito a que dejen sus comentarios al respecto. Gracias por leer lo que escribo. Veo que ya son unos cuantos. Hasta la próxima nota.



¿Estos Altos muros serán los de
la antigua cárcel de Punta
Carretas?

domingo, 18 de septiembre de 2011

RECOBRANDO A LOS NUESTROS: JESÚS GUIRAL, EL VIGOROSO NOVELISTA

Jesús Guiral con integrantes de la NHS
                             

Reseña biográfica*

Jesús Caño-Guiral nació en Cádiz, España, el 22 de noviembre de 1932.
Estudió en: España, Irlanda, Inglaterra y Uruguay. (Titulado en Universidad de Dublín, Irlanda; Universidad de Londres; Universidad de La República Oriental del Uruguay.)
Residió en Uruguay desde 1960, donde formó familia, y realizó una labor encomiable tanto en la docencia como en las letras.
De su primera esposa, la uruguaya Gladys Calvete, que lo conquistó en Londres, donde ella realizaba estudios de post-grado en Lingüística aplicada y literatura inglesa, tuvo cuatro hijas: María Noel, Maira, María Jesús y Soledad.
De Gladys Calvete enviudó y años después, se casó con Patricia Landoni, también uruguaya, con quien tuvo su última hija: Teresa de Jesús Guiral Landoni.
Falleció repentinamente el 19 de octubre del año 2002.

Sobre su desempeño laboral y cultural

Debido, -como me comentó el propio escritor- a su “respaldo” irlandés, trabajó en el colegio Stella Maris College (Christian Brothers of Ireland), desde su llegada a Montevideo en 1960 hasta 1972.

En Facultad de Humanidades y Ciencias ganó su primer concurso en 1966, como Prof. Asistente. Desde 1969 dictó clases para la Licenciatura de Teoría e Historia de la Psicología. En 1971 cuando quedó vacante la cátedra de Historia de la Filosofía Antigua y Medieval, por fallecimiento del Dr. Enrique Grauert, se presentó y ganó el concurso en efectividad.

Esa cátedra, la desempeñó hasta que la intervención lo cesó cuando llegó el momento de la renovación en 1976. Eso era lo que se hacía en la época para evitar el problema legal, simplemente se comunicaba que “no correspondía la renovación”. Nunca quiso rebajarse a preguntar el motivo.

En 1977, fue invitado a dictar cursos sobre Filosofía Medieval Islámica, en la Universidad de Minnesota, con honores de Profesor Visitante. A partir de 1978, lo contrataron como Profesor Efectivo.

En 1980, el entonces Director del Uruguayan American School, lo contrató para que viniera a enseñar inglés. Le aseguró que allí podía enseñar, ya que el colegio, no dependía de las autoridades uruguayas. En el Uruguayan American School, trabajó hasta que se retiró en 1999.

En 1985, cuando volvió el régimen democrático en el país, con sencillez pero con todos los honores, fue restituido en la cátedra de Historia de la Filosofía en la Facultad de Humanidades y Ciencias.

Tiene, a mi juicio, una importante obra editada que constituye una participación significativa a tener en cuenta en la cultura nacional, pero aún no ha sido ni comentada ni evaluada convenientemente.

Sin pretensión de análisis exhaustivo, se pueden constatar las siguientes publicaciones.
Narrativa **
Novelas:
1964 Los altos muros Esta novela recibió el primer premio de Editorial Alfa, Montevideo.
El jurado estuvo integrado por: Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno,
Ernesto Maya y Arturo Sergio Visca.

1967 Las abejas y las sombras Novela también publicada por editorial Alfa.

1986 De soles, cruces y espejos Primera novela de la llamada “trilogía del paréntesis” publicada por
editorial Amesur, Montevideo.

1988 Toda la verdad sobre el caso Elhers Fue la segunda novela de la trilogía del paréntesis,
publicada por Amesur, Montevideo.

Cuentos (publicados en antologías, diarios y revistas):
1965 El hombre del sombrero de paja (Época- Montevideo)
Paro de transporte (La Mañana- Montevideo)
1966 Alhucema (Revista Temas- Montevideo)
1968 Volver a Tiriwaaki (Revista Prólogo)
Ciencifixión (Editorial Sandino, Montevideo. (2da. edición Buenos Aires, 1974)
Poteen (Cedal, Buenos Aires)

Las vueltas del laberinto

La mayoría sabe cuán contraria soy a los programas de Literatura “kilométricos” que me tocó estudiar – mejor expresado: mal estudiar y mal conocer- y también en más de un caso, obligada por las circunstancias, a “mal enseñar”. Nunca estuve de acuerdo con ese criterio que pide que el alumno “conozca” un montón descomunal de nombres que después no va a saber ni siquiera reconocer y cuyas obras no llegará nunca a leer. Mi experiencia como estudiante, indudablemente, fue formando mi criterio.
Hace muchos años, en la década del 70, cuando era una novel estudiante en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras,-actual Universidad Católica-, solía preparar para los exámenes, además de las bolillas temáticas, unas extensas bolillas de información que formaban parte de unos también muy extendidos programas de Literatura Iberoamericana y Literatura Uruguaya. Hubo una en particular que se refería a “los nuevos narradores del 60”. El material disponible era muy escaso. Internet no existía y, además, corrían tiempos difíciles en el país. Yo había logrado guardar algunos fascículos y libritos de Capítulo Oriental, comprados en mis tiempos liceales por muy módicas sumas. En uno de ellos, encontré la información mínima para preparar la bolilla en cuestión. Había logrado retener algunos de los nombres de los veintidós autores que se mencionaban con los títulos de las obras y alguna otra consideración. Entre ellos estaba Jesús C. Guiral. No era posible acceder a sus obras por lo tanto, Jesús Guiral habría sido olvidado después del examen si no hubiera sido por lo que me ocurrió en la parte oral, que siempre fue para mí un suplicio tan solo comparable a las visitas de Inspección de clases, después de obtenido el título. Uno de los profesores puso su dedo sobre la extensa lista y me pidió que le hablara sobre Jesús Guiral. Contesté con la información exigua que había leído en el mencionado Capítulo Oriental,- número 38 para ser exacta- donde la profesora Mercedes Ramírez, había descrito a Guiral como un “vigoroso novelista”. Algo de eso creo que fue lo que dije, sin embargo, el profesor que me interrogaba no quedó conforme porque me pidió que le hablara sobre el tema de Los altos muros, -la novela que había ganado el premio de editorial Alfa de 1964-. Ahí sí tuve que contestar que no había leído la novela, ni ninguna novela de los mencionados “nuevos del 60” porque sus obras no estaban “en circulación”. En las paradojas de la preparación para la Licenciatura solía ocurrir eso y también cosas peores. El profesor, quizás apiadado de mi julepe-una nunca sabe- cambió la pregunta por otra sobre las unidades temáticas y mi susto no pasó a mayores, pude aprobar.
Ese fue mi primer contacto-tangencial- con Los altos muros de Jesús Guiral. Lógicamente no olvidé ni su nombre ni el título de la novela que, con el correr de los años se volvió más que sugestivo.
Los años del silencio-felizmente- pasaron. Un buen día, vieja hurgadora libresca, encontré Los altos muros en una librería de usado. Leí el libro en una tarde. Mis balbuceantes respuestas al profesor no habían sido del todo desacertadas pero la novela decía mucho más, y ahí sí comprendí lo de “vigoroso novelista”.

Volvieron a pasar más años. En 1986, comencé mi tarea docente en el departamento de Idioma Español y Literatura del Uruguayan American School. El contrato era por un año, pero, por diferentes circunstancias, me quedé veinte, hasta que me jubilé en el año 2006.
El primer día conocí al profesor de inglés más apreciado por todos sus alumnos: Jesús Guiral. A la hora del almuerzo en la cafetería, le pregunté ingenuamente si él y el escritor de Los altos muros”” tenían algo que ver”, y me contestó con una sonrisa que sí, que “tenían algo que ver”, porque él era el mismo que había escrito Los altos muros, y-melancólicamente- me dijo que era un escritor olvidado de la Generación de la Crisis, o de la Generación del 60 o como se le quisiera llamar.
¡Se podrán imaginar mi estupor!
Entablamos una cordial relación, que se puso de manifiesto en consultas-permanentes de mi parte- que él atendía siempre con una sonrisa y con una explicación concisa y “de primera fuente” sobre los integrantes de su generación o sobre cualquier otro tema que se le planteara porque su sabiduría era infinita y la prodigaba a manos llenas. Me hubiera gustado escribir alguna crítica sobre “Los altos muros”, o sobre alguna de las novelas que publicó después del “paréntesis”-como le llamó a la dictadura militar-, pero, las exigencias laborales,domésticas y vitales me fueron llevando por otros rumbos que no coincidieron con la escritura ni con la crítica literaria. Por eso, hoy, en mi blog, rescato de la memoria algunos apuntes sobre este profesor y escritor excepcional que supo ser Jesús C. Guiral, un ser estupendo, reconocido y estimadísimo por todos los que tuvimos el gusto de conocerlo, de leerlo, y de apreciarlo.
Considero que:
Jesús Caño-Guiral, debería tener su merecido reconocimiento en el Uruguay donde desarrolló su existencia y publicó sus obras. Tuvo, además, la deferencia de no querer publicar nada-aunque tuvo ofertas para hacerlo- durante los años de la dictadura. Siempre afirmó que lo poco o mucho que significara su obra para la literatura en lengua española o castellana se lo debía al Uruguay. Ojalá que esta escueta semblanza sirva de incentivo para buscar sus libros, -usados se pueden conseguir- leerlos, profundizarlos y así sacar del olvido, a esta obra de singulares valores para la historia cultural del país.


*La mayoría de los datos los obtuve directamente de su generosa colaboración.
**Creo que se ha destacado más su labor como filósofo, pero no he visto ningún trabajo sobre su narrativa. La reseña que hice no tiene-repito- carácter de exhaustiva, es simplemente eso: una reseña de algunas de sus publicaciones literarias.



domingo, 11 de septiembre de 2011

Los estudios y el primer laburito

El carné con las firmas del Negro Pinela, mi querido padre
Mi carné de 6to.año
Cuando me fui a vivir con la familia de mi padre, en villa La Paz,  mi estilo de vida experimentó cambios radicales,  Mi padre no era partidario de la educación privada, ni de las clases de ballet ni de las clases de piano. Pasé unos meses en “recuperación” y al año siguiente, en 1956, entré a recursar cuarto año escolar en la escuela pública Nº 107 de La Paz. Fue la primera vez que tuve compañeros varones, porque en la escuela Niño Jesús de Praga éramos todas niñas. Como complemento a esa educación escolar, lo que se le ocurrió a la familia no era acorde con mis habilidades: me mandaron a tomar clases de Corte y confección. ¡Corte y confección! ¡Como cantaba Nicky Jones!  ¡Apenas logré-en toda mi vida- enhebrar una aguja con hilo y hacer algún horroroso retobo o mal coser algún botón! Cuando terminé la escuela, le pedí al  maestro de mi último año escolar, Rabindranah Sánchez Galarza, para  que le hablara a mi padre y lo convenciera de que me mandara al liceo. En esos tiempos en La Paz- que ya había sido declarada ciudad- no había liceo; había que viajar en tren o en ómnibus hasta Las Piedras o Colón. Al Negro Pinela no lo convencía mucho mandar a “la mayor”  a cursar Secundaria. Más bien tenía la idea de que aprendiera “un oficio”: Corte y confección o Podología.-Total y absolutamente imposibles para mí que no heredé la manualidad de él-. El maestro vino a casa, y al ratito fui llamada a “prosear” al escritorio que estaba en el altillo.

-Me dijo el maestro que querés ir al liceo- empezó.
-Sí- contesté- creo que tengo condiciones para estudiar- seguí con total atrevimiento.
- ¿Y qué pensás estudiar?
´-Profesorado de Literatura.
Su único ojo sano me miraba con curiosidad.
-¡Literatura! ¡Pah! ¿A vos te parece que vas a poder vivir de “eso”?
-Sí. Voy a ser profesora, voy a dar clases. De “eso” se puede vivir…
 - Acá en La Paz no hay liceo, y tampoco Instituto de Profesores- argumentó-
Yo ya lo sabía y tenía respuesta.
- Liceo hay en Las Piedras; el abono en tren sale tanto en Primera, y tanto en Segunda. Igual voy en Segunda-agregué condescendiente- ¡Quiero estudiar!
El Instituto de Profesores está en Montevideo. Antes conseguiré un trabajo y me costearé los estudios con mi sueldo.
Dije todo de un sopetón y me quedé esperando la respuesta.
Muy bien- contestó. Empezá con el liceo, entonces, lo del empleo, vamos a ver… pero… -volvió a observarme con su ojo sano- si me llegás a traer malas notas ¡no vas más! ¿Entendido?
-¡Entendido, papá! Y salté para darle un gran abrazo.  Bajé los escalones de dos en dos, como era mi costumbre cuando estaba feliz.
No tuve ninguna  dificultad en el liceo, primero porque siempre me gustó estudiar, y segundo,  porque el maestro Rabindranah Sánchez Galarza era también profesor y nos había adiestrado convenientemente para el cambio. En sexto año, nos dio las clases al estilo liceal: todos los días teníamos diferentes materias con sus correspondientes horarios de 45 minutos. Además también tuvimos una preparación previa en francés. Obviamente que el que daba todas las materias era el maestro- que era el  único- pero esa preparación de materia por materia, con su correspondiente horario fue excelente. Las amenas clases de francés las daba una profesora joven que nos enseñó también alguna canción de Edith Piaf, con lo cual nos fascinó absolutamente.
En esos  primeros años me sentí tan feliz  que hasta guardé los carnés de notas como recuerdo imperecedero. Hay algunas fotitos.
Cada vez que recibía el carné, se lo daba a mi padre  para que me lo firmara. Él lo miraba detenidamente y nunca me decía nada, pero la pipa iba de un lado a otro de su boca. ¡Clara señal de que iba por buen camino!
Mi vida siempre ha pegado vuelcos inesperados.
Lamentablemente,- cuando estaba cursando el cuarto año liceal-,  el negro Pinela tuvo un serio quebranto de salud.
Por lo tanto, fiel a mi consigna de conseguirme algún empleo para aliviar el presupuesto familiar, hablé con uno de sus amigos para que me recomendara en algún comercio para empezar a generar algún ingreso. Como sigue pasando aún en la actualidad, la preparación liceal no habilita para la vida laboral. No sabía contabilidad, no sabía escribir a máquina, no sabía, no sabía.
Sin embargo, el amigo del viejo, que era buena persona y se apenó mucho por la enfermedad y la situación de la familia que dependía del único ingreso del trabajo de la colchonería, me consiguió un puestito como cadete en una fábrica ¡no se rían!  de botones.
Estaba situada  en El Dorado- después de Las Piedras. El ómnibus me dejaba en la carretera, y desde allí tenía que caminar unas cuantas cuadras sin pavimento bordeadas por altísimos árboles. Tenía apenas quince años, y ya había tenido experiencias de los peligros que corría una jovencita solitaria por parajes desolados, así que apenas bajaba, merced a mis piernas largas, corría vertiginosamente hasta llegar a destino.
 El lugar era muy pintoresco. La fábrica se llamaba “La Perla del Plata”, era propiedad de unos argentinos y  estaba emplazada en un antiguo stud de caballos. Allí empecé a aprender a trabajar. Hacía facturas, escribía cartas con dos dedos- no sabía escribir a máquina como ya dije- salía tres veces por semana a “hacer los bancos” y a cobrar deudas. Cuando no tenía que hacer trámites, me mandaban a la fábrica a “seleccionar y contar botones”. Se separaban los mejores de los más o menos y se contaban por docenas y por gruesas- que son doce docenas-
Otra tarea era atender el teléfono y hacer llamadas para el gerente. Como ya comenté en alguna otra oportunidad, el armatoste era de manivela, estaba empotrado en la pared, había que utilizar el servicio de la telefonista y la comunicación dependía absolutamente de ella- que, además, escuchaba todo y a cada rato preguntaba: -¿Hablaron? Aunque se diera cuenta de que la conversación continuaba.
Cuando empecé a trabajar, le dije a mi padre lo que iba a ganar, con la idea de ayudar con mi aporte. Él lo aceptó y me sugirió que pagara la mitad de la luz, la mitad de las sociedades médicas, y nuestra vestimenta. La verdad es que después de ese “mordiscón” no me quedaba mucho, pero cumplí rigurosamente con lo que me estableció.
 Esa enseñanza de plan económico a tan temprana edad me marcó para el resto de la vida. Me instruí para sacarle  el mejor partido a los pesitos, me ejercité para ahorrar y sobre todo, aprendí a ser solidaria y generosa. ¡No es poca cosa! ¿Verdad?









viernes, 2 de septiembre de 2011

CELULARITIS

Finalmente, aquí está mi celular. ¡Ya no soy extraterrestre!
Confieso que me resistí. Como doncella azorada ante los primeros manotazos, me resistí; pero llega un punto en que no hay más remedio. (Tampoco para la doncella, claro) O te comprás un celular y lo usás o no pertenecés a este mundo. En este mundo, cualquiera te pregunta por el número del celular y si le decís que no tenés, ahí sí levantan la cabeza y la mirada de asombro que recibís es absolutamente inigualable. Finalmente, tenés que comprarte el maldito aparatejo, hacer el esfuerzo de-aún con dedos reumáticos y torcidos irremediablemente-, aprender a usarlo lo mejor posible. Mensajito para aquí, mensajito para allá. Así te llaman unas cuantas veces los de Antel, para-en lugar de hacer lo que tienen que hacer que es darte un buen servicio- ofrecerte entradas bonificadas para ir a ver a Gal Costa, o a Larbonois Carrero, o a cualquiera que ande dando espectáculos por la zona. No importa, si a vos te gustan o no, si vos querés o no que te mensajeen, y si tenés o no ganas de ir, las ofertas te llegan en forma de mensajitos y vos los tenés que abrir sí o sí. Porque ¡ahora tenés celular! ¡Y sí; es para eso! ¡Para molestarte,claro!
También confieso que me resistí porque pensé que no era un adminículo necesario. ¡Si yo viví en El Prado, una montaña de años sin teléfono fijo porque no había bornes! Si los más jóvenes no saben lo que son bornes, averigüen porque yo tampoco sé. Lo que sí sé es que no tener eso, me tuvo sin teléfono durante añares. ¿Cómo nos arreglábamos? ¡Con buenos vecinos! ¡Con teléfonos monederos en lugares estratégicos! Si tampoco saben lo que eran los teléfonos monederos, googleen que van a encontrar alguna información. ¡Yo no voy darles todo servido en bandeja! No. No son los teléfonos con fichas, ni con tarjetas. Esos vinieron después. En mi primer empleo, en las afueras de Las Piedras, en una localidad que se llama El Dorado, el teléfono  era con manivela. Se daba vuelta la manivela, se levantaba la horquilla y una operadora nos pedía el número con el que queríamos comunicarnos. La comunicación no era directa, era a través de la telefonista, que, si no le gustaba nuestra voz o estaba con el período podía tenernos siglos sin darnos la ansiada conexión. En mi segundo empleo ya en Montevideo, trabajé con centralita. Otro aparatejo añejo que tenía varias líneas para atender. Obviamente no era digital ni tenía lucecitas  de colores sino unos potentes timbres que taladraban los oídos y había que atenderlos  lo más rápidamente posible o morir en pleno delirio.
Actualmente me da  pena ver a tanta gente conectada al santo botón. Los veo que saltan en el supermercado cuando suena el celular con música de cumbia y les preguntan algo tan trascendental como si van a traer coca cola de a litro o de litro y medio. La persona llamada queda debatiéndose en la resolución de ese dilema. ¿Un litro o un litro y medio de coca cola?
También me apena encontrarme con conocidos que cortan la más interesante de las conversaciones, para atender una llamadita. Piden disculpas, ponen cara de “persona importante” y atienden. Se disculpan  pero una queda como en falsa escuadra sin saber qué hacer. ¿Lo espero o lo mando a cagar?  Esta última expresión y otras similares están de moda, así que no se ofendan, y si no me creen lean alguna de las novelas de Piñeiro. 

Ahora yo también tengo celular y lo uso. Hoy por ejemplo, lo usé para pasarle un mensaje a una amiga colega. Estaba en una clínica, esperando pacientemente mi turno para sacarme una placa de estos dedos que últimamente tengo endurecidos. Llegaron dos gordas-más gordas que yo, créanme, por favor- y una de ellas sacó su utensilio y llamó a –por lo menos- medio Montevideo para informarle que sí que estaba en la clínica, que sí que tenía que esperar, que sí que le iban a hacer lo que le tenían que hacer pero que ella era socia de CRAMI y no había traído el carné, y no sin carné no podían atenderla enseguida, estaban “chequeando”. Sí tenía la orden pero no el carné. Casi  me arrepentí de no haber llevado para continuar la lectura de la  novela de Claudia Piñeiro que estoy leyendo, una escritora argentina que me gusta mucho. Justamente, estoy leyendo la última que publicó: “Betibú”. ¿Por qué no la llevé? Porque yo me sumerjo en lo que leo, y puedo hacer cualquier cosa: morisquetas, reírme hasta tirarme en el piso, llorar desconsoladamente, zamarrear al desconocido de al lado para contarle o comentarle una  divertida escena. En fin. Soy un peligro. Y leyendo las palabrotas que emplea Piñeiro, que no tienen desperdicio, porque son “las de acá”, corro muy serios riesgos. Y los que están alrededor también. Así que la novela quedó en casa. Traté de dormitar, pero la cháchara de la gorda no me daba tregua. Levanté la cabeza y vi que todos los que estaban en la sala de espera estaban tan molestos como yo. Un señor mayor, con pinta de placa de próstata, me la señalaba con las cejas como diciendo qué gorda otaria,otra pendejita para ecografía mamaria, revoleaba los ojos enloquecidamente. Todos tenían los ojos como huevos duros. En un momento dado, creo que después de cuarenta minutos, me llamaron para sacarme la placa. Cuando salí la gorda continuaba. Había cambiado de tema, ahora estaba en el dilema de que el miércoles se iba a Punta del Este y tenía que conseguir una empleada que le fuera a limpiar el apartamento porque el fin de semana  habían ido “los chicos”. Todavía de yapa, para colmo de males, la gorda ordinaria se me hacía la argentina. Tuve que esperar otra media hora por el resultado. Me senté y le pasé otro mensaje a la colega, que me contestó: “Ya tenés material pa’ prosa”. Y sí, Irene, tenías razón, aquí está. Gracias. Buen fin de semana, querida.




jueves, 25 de agosto de 2011

Mi padre, Julián Segovia, el negro Pinela

Supongo que a muchos de los hijos de padres divorciados-como los míos- cuando ellos se mueren, les quedan aspectos familiares desconocidos, porque la memoria se va construyendo con lo que se vive y con lo que nos cuentan nuestros antepasados, que son los depositarios de los recuerdos que se van cimentando poco a poco, pedacito por pedacito. No debo ser la única a la que le hubiera gustado saber más, pero la vida-lamentablemente- se va dando de una manera que-la mayor parte de las veces- no es la que una quiere, planifica o sueña.
Generalmente, salvo excepciones, es la madre la que queda a cargo de los hijos, y en mi caso no fue diferente. Mi padre venía a visitarme de vez en cuando, mi memoria no alcanza a precisar cada cuánto ni hasta cuándo lo hizo.
Recuerdo las visitas porque a mi madre le faltaba poco para pulirme; me vestía “de paseo”, con los primorosos vestidos que me diseñaba mi tía,- lo cual significaba que no me podía ensuciar como cuando andaba de delantalito-, y me peinaba con los bucles que se usaban en la época. Papá llegaba con una bolsa de manzanas del mercado y me llevaba a pasear. Él me inculcó la afición por Peñarol porque a veces, me llevaba a ver al cuadro de sus amores. Me había regalado una banderita de papel con la cual alentaba el partido al grito de “¡Peñañol!” que era más o menos lo que me salía, causando la gracia de la parcialidad aurinegra. Llevaba el nombre de Julián Raimundo Segovia- sin segundo apellido porque era “hijo natural”, es decir, “de padre desconocido”-. Nunca pude saber quién había sido su padre, o sea mi abuelo, porque  no se estilaba preguntar tamañas barbaridades. Era “hijo natural” sin más trámites. Llevaba el apellido de su madre: la abuela lavandera, de la cual ya publiqué un recuerdo: Elivia Segovia. Su cumpleaños lo festejaba el 7 de enero, aunque sus documentos tenían otra fecha.
Mi padre era un negro grandote, con más de un metro ochenta de altura.En su juventud había practicado natación y remo, deportes que le habían conferido una buena musculatura. Oriundo de Treinta y Tres, había trabajado desde niño en los arrozales, y cuando se vino a Montevideo, se convirtió en lo que él llamaba un “Sieteoficios” porque había hecho de todo un poco para sobrevivir, por ejemplo, en sus primeras épocas,-me contaba a las risas-  había sido conductor del tranvía de caballitos. Un trabajo “para allá de serio”.También había trabajado en oficios tan disímiles como cocinero de restaurantes y tintorero. Por eso sabía cocinar, lavar y planchar estupendamente. En realidad, sabía hacer de todo, con magnífica manualidad, y todo lo hacía bien. Estudió con muchísimo esfuerzo. Hizo el liceo, aprendió inglés, idioma que hablaba y leía sin dificultades- cosa bastante inusual para un negro pobre-; obtuvo  un diploma de “Tenedor de Libros” que lucía colgado en una de las paredes  del altillo de su casa, donde tenía su escritorio y su máquina de coser eléctrica. También recuerdo que trabajó como administrativo  en la Barraca Wenz, porque mi niñera me llevaba a visitarlo de vez en cuando.  Cuando venía a verme, ya era un hombre maduro y serio. No tengo seguridad de cuándo dejé de verlo, porque me quedaron muchas nebulosas del pasado de mis primeros nueve años de vida. Sé que mi madre murió  trágica y repentinamente, y él apareció para llevarme a vivir con su nueva familia, pese a que mi tía le había prometido a mi madre,- como mi madrina que era-, llevarme definitivamente a su casa, donde ya pasaba largas temporadas completamente acostumbrada a vivir tanto en una casa como en la otra.
Pero él insistió:
-No, Stella, perdoname, pero al viejucín, me lo llevó yo; es mi hija. Si algún día falto, entonces, sí, te toca a vos. Y así fue.
El lenguaje  que empleaban mi padre y su mujer, no me resultó desconocido porque era el mismo que empleaba la abuelita Elivia Segovia, de quien ya les comenté que  escribí en otro blog. Cuando me llevó  a su casa de “Villa La Paz”- en el año 1955, “descubrí” que tenía una hermana de tres años. Probablemente ese sería el tiempo que hacía que no lo veía.
En esa época, el “Sieteoficios” se había “reciclado”, y se había convertido en colchonero. En el garage, que era la “entrada del negocio”,   había  un cartel colgado que decía “Colchonería Villa La Paz”. -creo que era la única instalada que había en el pueblo- y digo pueblo no despectivamente, sino porque La Paz del departamento de Canelones, cuando yo llegué a vivir allí, no tenía todavía la categoría de “ciudad”.
 Los amigos del club y del boliche lo llamaban “el negro Pinela” porque fumaba en pipa y la llevaba “cargada” a todos lados. Hace poco vi la página de facebook  de la actual ciudad, donde se menciona a los pobladores que en su momento eran los comerciantes más acreditados: los Baratta, los de la tienda Giaconi Hermanos, los de la joyería, los de  la farmacia, el popular “Negro” de la tiendita de enfrente a la plaza, y la otra surtida tiendita, cruzando la vía,  del recordado “Turquito Jalifa”- que no era turco sino libanés, pero aceptaba de buen grado lo de “turquito” porque sentía el cariño del diminutivo-. No encontré ningún recuerdo ni de la colchonería ni de mi padre que trabajó para la villa y sus alrededores hasta que murió en 1965. La hermana que tenía tres años cuando  yo llegué con mis nueve, cuando le preguntaban que hacía el padre contestaba graciosamente: “Papito hace conchones”.
Mi padre intuyó que para mí, el cambio había sido brutal. Extrañé muchas cosas: la escuela Niño Jesús de Praga de las severas Hermanas Vicentinas; mis amistades, mi barrio El Cordón-vivía en la calle Cerro Largo, enfrente a lo que es hoy el Palacio Peñarol-  y sobre todo-dolorosamente- sufrí la ausencia de mi madre, a quien adoraba. Traté de adaptarme, por supuesto. Me había educado en un colegio de monjas rigurosas que predicaban la resignación, por lo tanto, cuando mi  papá o su señora, me preguntaban “si me había recordado bien y si me ayeitaba” contestaba enfáticamente que sí, pero a solas, sin que nadie me viera, lloraba muchísimo. La verdad-analizada ahora a través de una montaña de años- es que nunca me “ayeité” y la herida de la muerte repentina de mi madre, quedó abierta y sangrante para siempre.
El negro Pinela, que había captado rápidamente la desmesura de mi dolor, y que era un hombre muy bueno, hizo lo posible para dulcificarme la nueva vida, y nunca dejó  que nadie me humillara.
Villa La Paz, era como dice el dicho: “Pueblo chico, infierno grande”. Mi llegada fue una novedad que mereció  la especial atención de las vecinas que, curiosas-como siempre-, preguntaban lo que ya sabían, para ver si obtenían más “detalles de los hechos”. No había programas como “Gran Hermano” ni “Intrusos”, pero igual se las ingeniaban para hacer algo similar.
 Para eso, se dirigían a mi padre con comentarios como estos:
-¿De quién es esta rubiecita, don Segovia? ¿De dónde la sacó?
¿Usted no tenía esta única nena?
¡Qué pícaro que resultó! ¿Eh?
Yo les huía como a la peste.
 Mi padre, contestaba que yo era su hija mayor y que “antes” vivía con “la madre”-palabra seria- y ahora con ellos. Cuando alguna ponderaba mi blancura, mi pelo rubio ondeado y mis ojos claros, él –picaronamente-, las dejaba sin argumento con salidas como ésta: “Cuando quiera, vecina, tengo el molde a su disposición….” Y la completaba con su carcajada “treintaitrecina”, igualita, igualita, a la de la abuelita Elivia. Cuando le decían que yo era una “linda rubia”, él indefectiblemente contestaba: “No, linda no es, es vistosa”. Y  la pipa cambiaba  de lugar en su boca- de la derecha a la izquierda y viceversa- pero sonreía con evidente satisfacción.
Yo tuve que aprender  a defenderme usando su mismo argumento “ampliado o modificado”. Cuando alguna gorda burlona-que nunca faltaba porque la maldad humana no tiene límites- sacaba las uñas con el tema de  mi blancura, mis ojos claros y mi pelo rubio y agregaba:- ¡qué raro  que hayas salido tan blanquita!, ¿noooooo?, dejando en suspenso ese “noooooo” extenso, yo le contestaba:
“Papá siempre dice que tiene el molde a disposición de cualquiera de ustedes” y, la remataba con mi “ampliación” personal: “si quieren lo pueden probar”.
Alguna se enojaba y le recomendaba a mi madrastra que me diera un buen moquete por atrevida; pero la Mangacha-como llamaba mi padre cariñosamente a su mujer- les decía: “Es cierto, es muy contestadora, se merece un buen moquete y un buen tirón de orejas, pero yo no la puedo castigar porque el padre no deja que la toquen”. Yo-secretamente- me esponjaba de felicidad. Alguna vez que la Mangacha intentó darme algún tortazo, papá la reprendió seria y firmemente: “¡Deje en paz a esa gurisa, que se quedó sin madre, carajo!”
Él nunca usó la violencia con nadie. A mí jamás me pegó, ni me dio tirones de orejas, ni me zarandeó, ni dejó jamás que nadie lo hiciera. Tenía razón; quedar sin madre a los nueve años, ya era suficiente desgracia. No había porqué agregarle, además, castigos físicos. A veces, eso sí, me ligaba alguna merecida penitencia. Si me pescaba haciendo “artes”-palabra que utilizaba para “travesuras”-, no me dejaba ir al cine, o a casa de mis nuevas amigas, pero, con el tiempo, aprendimos a tratarnos, a comprendernos y llevarnos lo mejor que pudimos.
Fue otro ser humano singular que me dejó  enseñanzas y recuerdos imborrables.


domingo, 14 de agosto de 2011

Jorge "Cuque" Sclavo el escritor sin casilla fija

¡Igualito a Robert Redford!
¡La misma mandíbula!
¡La misma mirada sexy!








Esta nota ya la publiqué en otro blog donde colaboraba en forma colectiva, pero me da la impresión de que no tuvo la necesaria difusión, así que aquí va de vuelta.
Se trata del singular escritor Jorge “Cuque” Sclavo, a quien oía en el programa que tenía la Radio Sarandí, de tarde, en la década del ochenta. Sería muy bueno incentivar la curiosidad de potenciales lectores para que vayan a buscar, -si es posible corriendo-, algunos de sus libros. Encasillado,- como él mismo lo señala siempre-, en el rubro “humorista” sus otras aristas artísticas no han sido apreciadas en forma suficiente. Lo mismo que pasó y pasa con uno de sus maestros inolvidables: Julio César Puppo, El Hachero, a quien voy a recobrar en alguna otra oportunidad.
Jorge Cuque Sclavo, apodado por su familia, “El loquito”, publicó el año pasado, en mayo de 2010, primera edición- otro de sus libros memorables: “Desde el paraíso”. Lo leí y lo releí varias veces. Recomiendo efusivamente su lectura.
Con su característico estilo, nos conduce por todas las peripecias de su vida, sus afanes, sus luchas, sus múltiples empleos, sus aspiraciones, amores y desamores. Con su personal maestría y agudeza no exentas de cierto humor ácido,-también su “sello de fábrica”- rescata a través del relato, su propia vida y la de los seres que lo rodearon, amigos y… de los otros... Indudablemente, recupera con especial sensibilidad a los que quiere, pero en cuanto a sus enemigos, o al menos a los que no lo favorecieron, los condena con una especial motosierra que emplea tan diestramente que los susodichos no pueden escapar de ninguna manera. Les da como en bolsa a vivos y muertos. Dante Alighieri, que metió en el infierno a todos los desgraciados que no tenían sus mismas ideas, quedó chiquitito al lado de este Cuque que sabe cercenar al más pintado, con humor, claro, con su ácido, corrosivo humor.
Es memorable lo que cuenta de la revista “Misia Dura” de la cual fue fundador y director, en donde con ingenio escribía todo lo que no se podía escribir en la época de la dictadura en el país.
Va un ejemplo de muestra:

“Por ese entonces Pacheco (se refiere al Presidente del Uruguay en la época que rememora) comenzó su estilo de gobernar con las célebres “medidas prontas de seguridad” que eran multiuso. No había muro de Montevideo que se preciara de tal, que no tuviese su respectiva denuncia de: “abajo las medidas”.
El titular del número 5 fue “Abajo las medias” y debajo, en letra chica, lo acompañaba un dibujo de Alberto donde un modisto francés le declaraba la guerra a las medias para la temporada de ese año.
Pero leído el título de apuro, y, sobre todo, desde arriba del ómnibus, uno se lo comía. No olviden que debíamos llevar cada número a Jefatura porque ya había censura previa. “

Cuando rememora su primer trabajo en La Madrileña S.A. su estilo humorístico va “in crescendo” hasta concluir con su descripción de “falto de casilla” con una gracia inigualable:
“Yo entré de cadete, primero en el quinto piso, donde tuve de jefe a Emilio, un cajero pelado, ronco y pusilánime ante su mujer, que estaba muy buena, y sus dos gerentes: García que engañaba a su mujer con la jefa de contaduría, más fea que pisar un sorete descalzo, y otro más viejo; Baccino, que firmaba los cheques con tres puntitos en su rúbrica. Decían, por eso mismo, que era masón. Por lo que le adosé esos puntitos que conservo aún a la mía para parecerlo, ya que dicen que a todos sus afiliados les va muy bien, porque se protegen entre ellos. Algunos han llegado a ser presidentes de la República. Hasta si son de izquierda.
Desde el quinto piso, mientras hacía mis preparatorios del liceo nocturno, ascendí al décimo, donde tuve como jefe a un levantador de pesas del Club Neptuno, cuadrado como un raviol y poderoso como un gladiador, que me cobijó bajo su ala sin importarle que yo fuese un intelectual, pese a todos los resentimientos que abrigaba contra la gente de mi condición. Le resultaba cómico. Cosa que me defendió durante toda mi vida. Y también ser un tipo sin una estantería en la cual colocarme. Para los escritores era un humorista, para los humoristas un tipo del teatro, para los del teatro un coso de café concert que laburaba con Manolo Guardia, quien a su vez no era un músico clásico sino un humorista, y para los humoristas, un músico ocurrente y así siga el corso, como si fuese todo un juego de cajitas chinas, o esas muñequitas rusas.”

Además de su estilo inconfundible, Jorge “Cuque” Sclavo tiene la misma apostura que Robert Redford cuando era joven .Vean los parecidos en las fotos: ¡La misma mirada seductora! ¡El mismo cabello rubio y rebelde! ¡La misma mandíbula prominente! ¿Qué más se le puede pedir? ¡Vayan enseguida a comprar-por lo menos- este último libro! En Internet no hay mucho, pero si se esmeran a lo mejor encuentran alguna de sus páginas, o quizás alguno de sus notables “retratos al bleque”.


ALCIRA

  En estos tiempos navideños que corren, —y siempre— su ausencia es muy notoria porque con su amabilidad natural era el alma del taller Tuli...