jueves, 22 de mayo de 2014

EL GIGOLÓ DE WOODY

La imponencia de la Dra. Parker subida a sus enormísimos tacones frente al gigoló Fioravante 


Los que me leen ya saben que soy una fan incondicional de Woody Allen. Haga lo que haga, y sea como sea, apenas se estrena alguna peli, salgo más rápido que ligero a verla. En este caso, no se trata de un filme dirigido por él- lo aclaro- sino actuado. El director esta vez  es John Turturro, que  actúa también y encarna al  personaje del “casi gigoló” o “aprendiz de gigoló”- me gusta más este segundo título- y lo hace fantásticamente bien. Sin embargo, lo hace “al modo” de Woody Allen, por eso titulé esta nota: “el gigoló de Woody” porque eso es lo que es. Woody actúa  con total eficacia en el papel de proxeneta y sus diálogos son –como siempre- absurdamente graciosos.  El argumento es sencillo, Murray (Woody Allen)  va a una dermatóloga que le ha preguntado si conoce a alguien con quien hacer un “mènage à trois”, y a él no se le ocurre nada mejor que proponérselo a su amigo. Lógicamente, será por dinero, porque si bien “Fioravante”- nombre de fantasía que esgrimirá el aprendiz de gigoló- no tiene tantos problemas económicos como Murray tampoco nada en la abundancia. Es o  parece ser un “Siete oficios”-como se denominaba a las personas con habilidades para desempeñarse en varias tareas- al parecer plomero y electricista,  pero se destaca en los arreglos de plantas y flores  que dispone hábilmente en forma artística. Ese arte lo usará para satisfacer los caprichos de las mujeres.  La Dra. Parker, la dermatóloga de Murray, es la actriz Sharon Stone, y su amiga Selima,- con la que conformará el trío sexual -es  Sofía Vergara. Dos despampanantes y ricas mujeres maduras, muy bien dispuestas  a tener nuevas experiencias en el plano sexual. Al principio la Dra. Parker tiene un encuentro a solas con Fioravante y es evidente que se desempeña muy bien,  tan bien que recibe una propina de 500 dólares, por lo cual se nota que  cumplió  con creces con las exigencias de su clienta.

Murray-"Dan Bongo" y  "Fioravante, Virgil Howard" cambiando ideas sobre el "negocio"

Otra clienta especial será la  viuda de un rabino, Avigal, (Vanessa Paradís)   una judía  ortodoxa con seis hijos.
También se   nota el “contagio” del estilo de Woody cuando aparece el entorno en donde se llevan a cabo los encuentros: un barrio judío de Brooklyn, Nueva York que hasta tiene protección privada. Obviamente, los judíos se ven por todos lados, en la calle, en los comercios, con sus rulos y sus kipás –el gorrito con el que se cubren parte del cráneo-. La viuda, lleva-a la usanza tradicional- el cabello cubierto con  una  peluca, cuando sale a la calle, o por un turbante cuando está en la casa. También-y de acuerdo con la tradición- no da la mano ni acepta ningún contacto físico con extraños. Sus hijos acostumbrados a dedicarse a los estudios, no juegan al béisbol, (hasta que Murray-también apodado “Dan Bongo” para su papel de proxeneta- los saca un día a practicar con los de su mujer- que para agregar más pimienta  son de raza negra-como lo es ella misma). La diversión, en esta comunidad judía de ficción, aparece excluida, distorsionada o evitada; y el sexo- el más divertido y entretenido de los juegos- también.
Se nota que todas las mujeres que requieren “los servicios” de Fioravante son de  una u otra manera, mujeres solitarias, las ricas que quieren el trío, tienen dinero, pero no entretenimiento. La judía viuda es la que está más sola. Fioravante-“Virgil Horward”- prepara para ella un “consultorio” con una camilla de masajes y por ahí comenzará la relación de tacto. Ella se acuesta de espaldas-se queda con una bata abotonada por atrás, él se la desprende y con delicadeza le hace masajes en la espalda. Tan inconmensurable es la soledad de esta mujer, que las caricias le provocarán llanto,  y Fioravante- el mago de las solitarias-, le acercará-con inusitada suavidad comprensiva, un vaso de agua. La relación que establecen es tiernamente delicada, hay miradas, gestos de complicidad, sonrisas-que nunca se habían visto antes en ella-. (Así lo dice el “tercero” en discordia, personaje que hace el actor Liev Schreiber, enamorado de la viuda desde siempre, que la sigue a todos  lados para ver qué es lo que hace y con quién está.)
John Turturro no es George Clooney, pero tiene lo suyo  ¿No? 

Avigal, después de su “aventura” con Fioravante, volverá a su cárcel de barrotes dorados. No se animará a dar el salto para liberarse ni de las tradiciones, ni de las obligaciones impuestas por una  religión notoriamente machista. ¿Y qué hará Fioravante, enamorado de la viuda? ¡Vayan y vean la película! Así, comprobarán que no es cualquier gigoló: es el gigoló de Woody.
Con todos estos componentes, a los que también podemos agregar el estilo de la música seleccionada, la  película tiene rasgos muy parecidos a los del mejor  Allen. Sin embargo, me parece que John Turturro no es un torpe imitador. Imita sí, eso es cierto, pero estoy segura de que  en cualquier momento se va a “despegar” y nos dará películas absolutamente  memorables. Hay que tener en cuenta el tercer consejo  del Decálogo del Perfecto Cuentista de Horacio Quiroga que dice así:

“Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa,  el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.”

John Turturro tiene talento; “la larga paciencia”, sin lugar a dudas, le aportará  notorios  y merecidos éxitos.





jueves, 15 de mayo de 2014

EL SÚPER, RECONTRA EMBOLE

El vendedor de fósforos Otto Dix 1920
La indiferencia social ante el sufrimiento de un hombre ciego  y lisiado


En la vida cotidiana  que transcurre en este “Montevideo, que lindo te veo” hay diversos tipos de emboles. Pensemos sin ir más lejos en el de manejar por Montevideo en horas pico, esquivando a un montón de mujeres histéricas, hablando por los celulares a troche y moche, tocando bocina porque no llegan en hora vaya a saber dónde, o simplemente porque sí, porque el marido les compró una 4 x 4 y hay que hacerse notar. Las 4 x 4 tienen bocinas estridentes. Tan estridentes,  jodidas y avinagradas como sus dueñas. Hay que hacerlas sonar. Qué embromar. También los tenemos a ellos en la misma actitud impertinente: “aquí vengo yo”, “no me molestes”, “correte botón”  “no me estorbes el paso”, “salí gila”. Gentilezas cada vez más frecuentes, que son  empleadas por un tipo de “ejecutivo  Mc Donald”. Denominación que les doy a todos los que van a desayunar allí con su laptop para garronear el “wifi” correspondiente, al mismo tiempo que hablan por sus celulares de cosas importantísimas, urgentísimas, e interesantísimas. Lo más probable es que no sean así, pero  igual hay  que escucharlas porque el susodicho las pregona con una voz estentórea y con una absoluta necesidad de que lo atiendas, lo escuches, y lo admires.  Aunque sea un gordo petizo y panzón, busca su estrellato con todos los adminículos que carga consigo.  El auto, nuevo, grande, caro, y de buena marca, lógicamente  está incluido. Y ¿cómo no lo vas a mirar? (Al gordo no, al auto.)
 Si vencidos por las circunstancias de la  vida, dejamos el autito en el garaje y emprendemos una salida en ómnibus, nos veremos sometidos  a otros emboles: la radio con cumbias villeras que lleva el chófer a todo trapo,  o, lo que es peor, escucharemos  a    Petinatti con cuantas banalidades quiera  intercambiar con sus oyentes. A ese sufrimiento se sumará, la innumerable serie de vendedores, contorsionistas, cuenteros, malabaristas, músicos, cantantes, payasos, a los que se les llama “artistas callejeros”. Si ponemos las cosas con los valores adecuados, hay que reconocer que esos “artistas”, simplemente son mangueros. Una modalidad que se instaló sin cortapisas.
No pidamos tampoco ningún tipo de solidaridad a una sociedad que se dedica a ignorar el respeto y la cortesía. No pretenda que la dejen subir al ómnibus antes porque tiene una pierna quebrada y usa bastón. Al contrario. Ese mozalbete encelulado, le pateará el bastón, la hará trastabillar y él pasará muy ufano a subir los escalones-cada vez más altos, por Dios- del bondi. Los subirá de dos en dos, y usted quedará tirada en la vereda pateando como una tortuga dada vuelta intentando incorporarse. No insista. Nadie la va a asistir. Mucho menos ese inspector de tránsito que está bromeando con el conductor.
es totalmente indiferente también al sufrimiento ajeno. Tanto que hasta se puede bromear con él.

Otro embole que se ha sumado este año por estas tierras, se relaciona con dos circunstancias: El Mundial de Fútbol, y las Selecciones Nacionales.
A cada momento, no importa cual, los creativos publicitarios que se han destrozado la cabeza escribiendo comerciales para apoyar a tal o cual candidato, lo atormentarán con unas horrorosas publicidades. A cual más espantosa.  Podrá ver a alguno, poniendo cara de buen padre religioso, contestando con suma amabilidad las  preguntas de los peques. ¡Sublime creación! O verá  a otro- sin apellido nomás- pregonando la baja de la edad para poder castigar más y mejor a los “menores infractores”, o  quizás al más pequeño y simpático blanquillo con su hablar campechano. Y no sigo porque realmente después de haberlos visto  tanto, y conocerlos tanto, me  dan ganas no de votarlos sino de botarlos lo más rápidamente posible para que se queden en sus casas tomando mate y no salgan más a postularse para ningún puesto.
Ni que hablar de la publicidad avasallante para el Mundial de Fútbol, porque si usted no tiene el televisor tal o cual no es considerado persona, y si no contrata los servicios de tal o cual canal de cable, tampoco.
Los del principio: los emboles son múltiples y hay para todos los gustos. O disgustos.
A mí, me molesta mucho  que me toquen bocina las boludas que tienen 4 x 4,  o  que me griten con cara de vinagre: “¡vieja de mierda!”-particularidad muy usual por estos lares; (como si ellas se cocieran en el primer hervor)  pero el mayor de los emboles para mí, en este Montevideo cotidiano poblado de energúmenos, es ir al súper. 


Apenas un vistazo al atrabanco del Disco Punta Carretas. 


No hay caso. He intentado buscar denodadamente las mejores horas y no las he encontrado. He ido de mañana temprano. Craso error. En las primeras horas tenemos a los señores reponedores atravesados con sus carros en las ya atestadas góndolas que ya de por sí no dan paso. Para colmo de males, les gusta charlar, por lo tanto, el que repone jabones, se pone al lado de la que repone tampones y mientras dialogan –con sus balbuceos típicos- “pah, dale vo”, “ta salado”,  e inteligentes frases por el estilo, resulta absolutamente imposible pescar un mísero jaboncito para meter en el carro. A esa hora temprana, además, van las personas de la tercera edad. Aunque vayan a comprar nada más que un par de bananas, agarran un carro grande y apoyan  TODO el cuerpo sobre él. No hay pierna que se libre de  un ruedazo dado por estas insuperables y distraídas viejecitas al pedo. Al mediodía es imposible. Porque esos mismos tiernos viejecitos se van a buscar el almuerzo. El carromato de venta  de comidas está estratégicamente colocado para  entorpecer todo el tránsito del súper. Allí, se reciben golpes en las cabezas, en las canillas, en las rodillas, en los codos y en el culo. No se salva nada ni nadie. Si Ud. quiere almuerzo va a tener que luchar como un guerrero tanto o más poderoso que Toro Sentado. Por lo menos. Eso sí, le aseguro que  saldrá con su bandeja de comida convertido en un eficiente Dakota.
"Sitting Bull" . El legendario "Toro Sentado",  cacique guerrero 

Si piensa que a la tardecita le irá mejor, comprobará que no es así. Porque después de la merienda,  van todas las tiernas madres con su bebotes. Al carro de la compra súmele el del bebé ¡que también golpea fieramente por supuesto! Si los ejecutivos Mc Donald son arrogantes, espere a vérselas con una madre con su niño. Le aseguro que le sacará chispas de todos los colores.
A la noche es el desconcierto total. Se repite la escena del mediodía elevada a no sé cuántas potencias, porque se suman “ellos”, los desgraciados que después de trabajar un montón de horas, han sido delegados imperativamente para llevar el pan, la leche, y algo de comer porque no vino María y ella no tuvo tiempo para preparar nada. ¿Entendiste o no entendiste, pelotudo?

¿Por qué no volverán los almacencitos de barrio, donde las vecinas íbamos a comprar “suelto” y –además- teníamos un buen rato de charla con Don Manuel-gallego que nos anotaba en una libreta negra lo que íbamos a pagar  a fin de mes-? 
¿Qué se hizo de las amenas charlas con doña Rosa, Doña Juana, Doña Petrona, con las consabidas “pasadas” de recetas y trucos para sacar las manchas de la ropa?
¿En qué sociedad nos hemos  ido transformando que ya no conocemos a los pocos vecinos de la cuadra? A propósito: ¿Cómo se llamará la   de enfrente?  Ese que saca-todos los días- el  otro auto azul, ¿será el marido o el hijo? Si cruzo y les pido: ¿Me prestarán una tacita de azúcar?
¡Qué lindo sería poder  quedarse un rato  hablando del barrio!


¡Ay! ¡Los peligrosos carritos reponedores! 












miércoles, 7 de mayo de 2014

LITERATURA, CINE Y VIDA: Otro aspecto del desamor: el dilema del aborto. ¿Ha cambiado la condición femenina en este siglo XXI?

Diafragma anticonceptivo en envase "tipo polvera"- como el que se describe en "Crónica del desamor" -
En “Crónica del desamor” de Rosa Montero, hay muchos temas que se entrecruzan con diferentes hilos argumentales.
Uno de ellos se relaciona con la traumática experiencia del aborto. Como ya dije en otra oportunidad, el libro fue publicado en 1979, un tiempo  en el  cual España estaba emergiendo de una  época cautelosa, reglada por el catolicismo más conservador y riguroso. El  aborto estaba prohibidísimo y era considerado-además- un delito mayor.
En la novela aparecen –en una visita de consulta a un ginecólogo-  las horrorosas experiencias por las que pasan las mujeres para buscar y usar  técnicas anticonceptivas, porque todas, más o menos, fallan. Que conste que estas experiencias se relacionan fundamentalmente con las mujeres. El hombre poco y nada se ocupa de estos problemas. Así se ve en la novela, en el cine,  y yo también lo he apreciado en la vida. Es la mujer la que tiene que arreglarse para no tener ese niño, porque el hombre suele “borrarse”. Incluso hay un viejo chiste que dice: “El amor es mágico: a los nueve meses aparece un bebe y desparece el padre.”  Se argumenta  que si son (somos) tan libres como ellos, también debemos asumir las responsabilidades que  conllevan los actos sexuales. Pero no se mencionan jamás las causas por las cuales  los hombres no usan condón,  o no practican “coitus interruptus”.  Elena, una de las amigas, usa un antiguo método anticonceptivo que se llama “diafragma”. (Acá también se llama así).


 El motivo mayor para la consulta era obtener la opinión del especialista que, -supuestamente- tendría que ser un experto en la materia. La que quiere ver si lo puede usar es Candela-la hermana de Elena- que ya ha sufrido un aborto en Londres, después del fracaso de un DIU, y que-además- sufrió una operación que la dejó “con la tripa rajada” porque un  “especialista”, le puso inmediatamente otro estirelet que le produjo una peritonitis aguda por la infección que le provocó ese segundo aparato colocado inmediatamente después del aborto:

"-Y menos mal que aún estoy con vida.
Tuvo Candela mucho tiempo para reflexionar, allá en el hospital. Pensó en la liberación de la mujer, o mejor dicho, en esa supuesta liberación que a ojos de muchos hombres sólo se concretaba en lo sexual, en tener hembras dispuestas en olvidar el odiado condón, el coito interrumpido. Los hombres que inventaron la píldora la ofrecieron como clave mágica de la revolución de la mujer, como si eso fuera suficiente. Y así, también en España, en el prolífico franquismo, los médicos modernos recetaron píldoras con indiscriminado afán: es igual la marca, no importa el descanso o la frecuencia, porque la píldora es el invento liberador. Liberador de quién, piensa Candela. Después “se descubrió” el DIU, llegó la fiebre del cobre. Los ginecólogos lo alaban, es un método limpio, inodoro, insípido, tan ajeno al hombre como  la propia píldora. Y además, es tan cómodo, los mismos médicos que te lo recomiendan pueden insertarlo, son 10.000 pesetas la colocación (hay que reconocer que es un anticonceptivo que resulta muy rentable)."

Yo no sé si las jóvenes actuales saben lo que es un DIU- Significa “dispositivo intrauterino”-. Supongo que aún existe. Era un aparatejo que se colocaba en el útero femenino-observen que siempre es la mujer la que se somete a usar diferentes utensilios  para no quedar embarazada- y que producía muchos “efectos secundarios”. Entre ellos, que fallaba una vez sí y otra también, y que si no se conseguía “frenar” el “efecto” al poco tiempo daba pasitos.  Por otra parte, como  en  el caso de Candela, también se producían infecciones que en más de un caso conducían a la muerte, o al menos dejaban  a la mujer “con la tripa rajada”- que es el caso de Candela- por la operación que había que realizar para salvarle la vida-.


Cuando era muy joven usé un DIU. Al poco tiempo tuve que ir al hospital Pereira Rosell-donde lo colocaban- a sacármelo, porque me producía unas hemorragias brutales. El médico que me lo había colocado me decía que me iba a acostumbrar, pero no fue así. No sólo no me acostumbré sino que me agarré una anemia galopante que casi me conduce al hoyo. Era muy joven. Demasiado. Es cierto. Pero no quería quedar embarazada y cargar con un hijo no deseado, porque no tenía ninguna  ni siquiera remota certeza de querer casarme ni enfrentar una vida de obligaciones contraídas involuntariamente. Siempre tuve la convicción de que  un hijo debe ser una obligación  voluntaria, no un mero  fruto del azar.
El ginecólogo de la novela de Rosa,  resulta ser un macho troglodita, y en desacuerdo con algo que no conoce, -evidentemente nunca vio un diafragma anticonceptivo-  responde con ironía y sorna:

…¿Y cómo te lo pones? ¿Cortas al tipo y le dices que se espere?

Por cierto que cuando Elena  saca “el diafragma”  de su cartera- para que lo vea, se nota a la legua que no tiene ni idea de lo que es.


La píldora, el DIU, son problemas de mujer. Es ella quien las toma, quien lo sufre. El diafragma, sin embargo, es algo más cercano a la pareja: ¿ha de interrumpir el varón sus acaloramientos previos para que ella pueda colocarse el disco de caucho¿ Que (sic) horror. Son tan cómodas las píldoras o el DIU, esos métodos que el hombre no padece…

También está detallada la experiencia de Teresa Zarza, la hermana de Juan, (el  padre del Curro), que  abortó por medio de una caña de bambú- método primitivo y peligrosísimo-. Efectivamente, aborta, pero la visión del feto “esa masa sangrienta y sin formas” en el retrete, es  espantosamente inolvidable. Además, Ana tuvo que acompañarla al hospital porque a la noche le vinieron unos  dolores insoportables.  Allí  deben enfrentar-ambas- las humillaciones de un médico que no las denuncia, pero que les advierte severamente que para una próxima vez las mandará a la cárcel.
Es indudable que Rosa Montero, supo de casos así, y que se documentó para – a través de la ficción- llevarlos a su novela y provocar en el lector una corriente de doloroso rechazo.
A mí me pasó con la novela, con la vida real, -que no tiene nada que envidiarle a la ficción-  y con una película rumana que vi hace poco: “4 meses, 3 semanas, 2 días”.
 Es del año 2007 y ganó la Palma de Oro. El argumento- ambientado en los ochenta del siglo pasado-,  presenta a dos jóvenes estudiantes que comparten el dormitorio. Una de ellas, Gabita, que está embarazada, quiere  abortar lo antes posible porque ya está de “cuatro meses, tres semanas y dos días”- como el título de la película-. No sabemos nada del que la dejó en ese estado. Como espectadores sólo observamos la angustia de la joven ante una situación que tiene que resolver sí o sí. Por un lado, hay que conseguir el dinero; por otro,  hay que contactar a alguien que lo lleve a cabo. Su compañera de cuarto, Otilia, será la que lleve adelante la mayor parte de toda la situación de clandestinidad. La película es lenta, exige una observación atenta, porque el ambiente se gesta en los detalles: allá sale Otilia a la “caza” de unos cigarros en el mercado negro. El ambiente de la Residencia estudiantil es hostil, opresivo, tenebroso, así como lo es  también la ciudad. A través de una amiga, Gabita ha contactado a un tal Sr. Bebe- que supongo que en rumano tiene el mismo sentido que en español,  por lo cual este apelativo sería connotativo de la situación-. Ese tal “Bebe” es el abortero. ¿Pero ha tratado Gabita con él personalmente? No. Únicamente lo hizo por teléfono y quedó de reunirse con él en un determinado hotel. Es Otilia la que va a hacer la reserva de habitación en ese hotel, donde-lamentablemente- no hay ninguna disponible. Así es que los espectadores ven otra vez a Otilia tratando de conseguir habitación en otro hotel, y se tiene que encargar-además- de hablar con “Bebe”, porque Gabita no se atreve. Nuevas y reiteradas humillaciones. Él había quedado de ver a Gabita, no a una emisaria. Finalmente, las escenas más escabrosas, se dan en el hotel-que no es el que él quería sino otro- Vemos como ambas jóvenes son chantajeadas, por el tal Bebe-que de bebe no tiene nada- quien para practicarle un aborto tan avanzado pone sus exigencias: ambas tienen que someterse a él sexualmente. Las escenas de gran violencia verbal y visual ponen de manifiesto el horror de caer en esas circunstancias y no tener apoyo de ningún tipo. Ambas, la que está embarazada y la que no, tienen que complacerlo. Si  ellas son “buenas” con él, él también será “bueno”. De lo contrario,  se irá. Es patética la escena en la cual Gabita le ruega que no se vaya y que haga lo que tenga que hacer, impresiona también cuando Otilia toma la iniciativa y se empieza a desvestir.
Después le coloca la sonda a la embarazada y le da instrucciones. Le advierte sobre todo lo que NO puede hacer. Gabita NO se puede mover hasta abortar, NO puede salir de la habitación y después cuando la sonda haga lo suyo,  NO puede tirar al feto por el desagüe porque lo tapará y los del hotel le harán un escándalo. Nos podemos preguntar: ¿Por qué es Otilia tan solidaria con su compañera de cuarto que hasta se deja coger por este energúmeno? Promediado el filme, vemos a Otilia con su novio. Un joven al cual  Otilia también satisface desde el punto de vista  sexual y que exhibe constantemente un afán de toquetearla y besuquearla. Se da cuenta de que su novia está molesta  y que  no le corresponde a sus arrebatos por eso   le pregunta qué le pasa, pero no parece importarle demasiado. Así nos damos cuenta de que la solidaridad de Otilia tiene raíces en sus propios temores. Este joven no se “ha cuidado” para nada, y ella, también podría “caer” en el mismo pozo negro de  Gabita y ser- también- una víctima más.
Mientras se consuma el trabajo de la sonda en el útero de Gabita, Otilia hace su  primera visita a la casa del novio,  a la que ha ido por el cumpleaños de la madre, pero  durante todo el festejo está pensando en Gabita. Intenta llamarla más de una vez sin éxito, el teléfono suena pero Gabita no contesta. Entonces decide regresar al hotel-que también es siniestro-. Nuevamente volvemos al panorama de la tenebrosa ciudad. Cuando regresa a la habitación, el aborto ya se produjo. Es Otilia la que sale otra vez por la lúgubre ciudad a deshacerse del feto sanguinolento. Impresiona la visión, pero más que nada la cara de ella cuando envuelve los restos, los mete en el bolso y sale. Se deshace de ellos en un conducto de basura de un edificio devastado en una ciudad oscura y opresiva. Al regreso, en el restaurante del hotel,  Gabita le pregunta qué era  y si lo enterró. Otilia le contesta que es algo de lo que no  tienen que hablar nunca más y con una  mirada a la cámara cierra la película.
He visto más de un caso así en la vida real. En la ciudad de Progreso-departamento de Canelones, Uruguay-  había un médico abortero que era famoso porque era un gran hijo de puta. No sólo cobraba una barbaridad- sobre todo a las que sabía que eran menores de edad- sino que hacía lo mismo que el Bebe. Las sometía sexualmente antes de hacerlas abortar. Es decir que cobraba por partida doble. En dinero y en “especias”. Y no era el único.
Lo cierto es que-y aquí concluyo mis reflexiones- en pleno siglo XXI este problema y otros siguen existiendo  y son  enormes motivos de consternación.  Basta mirar las últimas noticias donde vemos niñas de ocho años que mueren desangradas por la brutalidad del sometimiento sexual a un hombre mayor en su noche de bodas, o los raptos de las niñas de los colegios-para evitar que se eduquen-. No estamos en la Edad Media. Estamos en el Siglo XXI. O creemos estar en el siglo XXI, pero aún subsisten culturas que están en otra época, que mutilan sexualmente a las mujeres,  y que no tienen ningún tipo de consideración por la condición femenina. De eso, no quedan dudas. Las mujeres se dan, se venden, se matan, se mutilan,  y no importan para nada.   Yo no creí nunca que ninguna  mujer  quisiera abortar porque sí. A ninguna le divierte la idea de deshacerse de un hijo, aunque sea producto de una violación. Todo aborto es una decisión dolorosísima a la cual se llega únicamente por necesidad. Sea o no sea legal la práctica, el aborto se sigue practicando a diestra y siniestra,  y en muchos casos en condiciones deplorables. El pensamiento se cierra ante la brutalidad,  lo que sí sé es que el tema no se agotó, que la mujer sigue padeciendo todo tipo de abusos   y no parece tampoco  divisarse ninguna  solución humanamente efectiva que ponga a las mujeres-todas, de todas las razas, de todos los credos-, en un merecido y digno lugar.



jueves, 24 de abril de 2014

NOMOFOBIA

Teléfono antiguo, con disco y  auricular con "orejas"
El avance tecnológico ha traído nuevas adicciones. Esta es bastante reciente. Según lo que  he leído el término se generó de  “No-mobile-phono-phobia- y significa algo así como uso compulsivo del celular. Ya escribí sobre el tema, pero vuelvo sobre él porque  se ha ido  incrementando. Lo observo en todos lados, en el supermercado, por ejemplo. Veo personas colgadas de su móvil haciendo preguntas tan estúpidas como si tienen que comprar una coca de un litro o una de litro y medio.  En el SPA, hay unas cuantas que llevan su celular al salón de gimnasia. Es decir, que muchas veces, en plenos ejercicios, los abandonan para atender llamadas. A veces, me encuentro con amistades que interrumpen la conversación para atenderlas. Piden perdón, perdono y me voy. Dejar de conversar  con una amiga para darle prioridad al celular es otra de las formas del desamor. 
Sinceramente, yo no creo que sean llamadas imprescindibles.
Yo viví sin teléfono fijo una buena parte de mi vida. Primero, porque mis primeros años adolescentes los viví en una ciudad donde para comunicarse por teléfono era necesario ir a una cabina y pedir comunicación por medio de una operadora. Cuando empecé a trabajar en la fábrica de botones “La Perla del Plata” en la localidad de El Dorado, en Las Piedras, Canelones, tenía una “centralita” con manivela y lograr una comunicación telefónica con  Montevideo, con buena audición, era toda una hazaña.
Ya en Montevideo, recién logramos un teléfono fijo después que obtuvimos los títulos universitarios porque gracias a ellos, nos dieron cierta “prioridad” ya que  en la zona donde vivíamos-que no era en pleno campo sino en un barrio de Montevideo llamado El Prado, no había “bornes” suficientes-. Nunca supe exactamente qué eran los famosos “bornes” pero por su falta tampoco tuve teléfono hasta bien entrada la década del 80 del siglo pasado.
Mi primer celular lo tuve después de un accidente doméstico. En mi placar había una luz interior-colocada “casera” por los antiguos propietarios del apartamento- mi esposo lo abrió para buscar no sé qué cosa y la dejó encendida, y esa bombita encendida provocó un incendio. El placar contenía toda mi ropa. Se quemó toda. Mi esposo trató de comunicarse conmigo para advertirme del desastre, y una telefonista muy  hija de puta no me pasó el llamado, ni me avisó nada. A partir de ahí, decidimos que teníamos que tener celulares para comunicarnos cuando lo necesitáramos.
Por algún lado anda  ese primer aparatito que ahora parece de los Picapiedras y el de mi marido también; su “móvil” aún está en casa-con apariencia de ladrillo-.
Ahora ANTEL, al renovarme el contrato, me dio uno modernísimo. Tanto, que apenas lo sé usar. Eso sí, tiene de todo: facebook, email, teléfonos, cámara, “guasap”, calculadora, y otras yerbas similares.
¿Lo uso? Sí. Puntualmente. Silenciado, tipo avión. Mis  familiares y amistades, saben  que no lo considero  indispensable. Me jubilé a los sesenta años, después de trabajar desde los quince. No quiero generarme una nueva esclavitud. No quiero “tenerlo siempre a mano”, ni buscarlo o revisarlo a cada minuto. No quiero sentir por el dispositivo ninguna sensación de amor ni de  pérdida cuando lo olvido. El aparatejo es una cosa, - y por supuesto- tiene que seguir siéndolo. Sigo prefiriendo  la comunicación persona a persona, los besos y los abrazos efusivos y no con emoticones. También me gusta saborearme   un rico osito con manos y patitas de chocolate. Delicioso.
Osito  Lu-una delicia achocolatada-


 Las sensaciones de angustia, de tristeza o de ansiedad, sólo me las provocan los seres humanos que he dejado de ver porque quisiera y no puedo  tenerlos  más tiempo y más cerca, o  porque los perdí y ya no los tendré nunca más.



domingo, 13 de abril de 2014

Amedeo Minghi & Mietta - Vattene Amore

Me preguntaban por facebook porqué para el final de mi último post "LITERATURA Y VIDA"   había elegido al gato- en este caso para referirme al  ser  que gentilmente nos va a dar el "primer puesto". .La explicación es esta: Los gatos y los delfines son los animales que más me gustan: inteligentes, afectuosos-cuando quieren serlo y demostrarlo son sensacionales- y -además- por esta canción de mi juventud que siempre me gustó y me sigue gustando. Vattene amore- algo así como "Andate amor", donde  aparece el "gattino anaffiato"- (gatito mojado) y "el gattone arrufato" ( el gato enredado)



sábado, 12 de abril de 2014

LITERATURA Y VIDA

Cartel contra el acoso y  la discriminación en pleno  siglo XXI
A raíz del último artículo  que colgué en mi blog, recibí muchos  comentarios en facebook que me llevaron a volver a escribir.
Yo  no quise escribir  un “tratado” sobre el amor y el desamor, pero sí debo decir que leí detenidamente los textos que utilicé, y no únicamente para escribir el artículo sino  que lo hice muchas veces en diferentes  etapas de mi vida.
Esos “amores y desamores  de papel” fueron –y siguen siendo  aún- para mí, tan  reales como  la vida misma. Me hacen  sufrir, me hacen  llorar, me hacen renegar por la poca o mala suerte de las heroínas  y sus vicisitudes. La buena  literatura siempre ha estado anudada a  mi vida de una manera prodigiosa.  A veces, es un bálsamo que me consuela, otras, me causa una   congoja apabullante. Nunca me deja totalmente indiferente. Tiene sobre mí, una poderosa  influencia.

Mi ejemplar comprado en España 1993
Por eso, no agoté todo lo que tenía que trasmitir en ese comentario. Hay mucho más. Aunque Rosa Montero considera que su primera novela no está del todo lograda, yo, en cambio, considero que ya está presente su extraordinaria e innata capacidad descriptiva-además de los temas  que seguirán apareciendo en sus siguientes obras-. En  “Crónica del desamor”  abordó varios tópicos que aún hoy tienen absoluta actualidad. Tomo otro aspecto que no mencioné anteriormente, en  lo que atañe a lo negativo. En el siglo pasado, las jovencitas núbiles pasaban vergüenza   por los improperios que les decían los varones. En los transportes colectivos o en la calle,  o en la escuela-inclusive- quedaban a merced  de los lascivos que las veían apetecibles para toquetearlas.
Transcribo un ejemplo de  esa capacidad descriptiva tan graciosamente  característica   de Rosa Montero:
Cuando aquel día en el metro, un anciano bien trajeado se arrimó a Ana, la mano palpitante en el bolsillo golpeándole las nalgas, ella lo único que hizo fue sorprenderse. Se volvió, miró el rostro imperturbable del viejo, luego se cambió unos metros más allá, hacia otra barra. Pero el vagón iba lleno y al poco, qué sorpresa, el anciano arrimó de nuevo sus fláccidos pantalones al culo de Ana, San Bernardo-Cuatro Caminos en un metro sudoroso y maloliente. San Bernardo Cuatro Caminos con el viejo a las espaldas. Y al salir en su estación comentó con las amigas, habéis visto qué raro, a ese señor le temblaba la mano, pobrecito, debe ser esa cosa que se llama mal de… mal de parquintón o así, que les tiembla todo el cuerpo y después van y se mueren. Era la primera vez y no sabía. Después sí. Después se hizo, se hicieron conocedoras de estos asaltos incruentos y cotidianos. De las manos que pellizcan culos, de los restregones de autobús, del asco al intuir algo duro-pobres de ellas, ignorantes de erecciones- contra tu muslo o tu mano. De esas sombras fugaces- padres de familia numerosa, maridos ejemplares, trabajadores fatigados, sin duda- que se precipitaban sobre ti en mitad de la calle, los ojos brillantes, susurrando palabras desconocidas y brutales, te-lo-voy- a-meter- por- no- sé dónde- te-voy- a-llenar-de-leche-te-cogería-  y- te- , y ellas que no sabían nada de eso, se encogían contra la esquina, miraban hacia otro lado amedrentadas, aguantaban la respiración mientras el aliento del hombre rebotaba contra ellas, intentaban incluso hacer sonar los oídos por dentro (como cuando en la iglesia se confesaba alguien con voz demasiado aguda, hacer sonar los oídos para no enterarte de nada y no pecar violando el secreto del confesionario) para no escuchar esas palabras obscenas que provocaban culpabilidad y vergüenza.”
La  descripción-uno de los fuertes de Rosa-  es magistral. Se presentan muy nítidamente  el estupor y la vergüenza ante la agresión masculina.  Está-incluso- la premura  de Ana-niña, por concluir el viaje en metro: "San Bernardo Cuatro Caminos", sorprendida   por  una situación desconocida. Más o menos como cuando yo veo un perro- ya saben que les tengo miedo- y digo-hasta ahora-  la oración que me enseñaron de niña:  “¡San Roque, que ese perro no me mire ni me toque!”
 Anteriormente expresé que la buena literatura se anuda con  la vida. Yo supe a muy temprana edad  de esa apetencia masculina. No era rolliza, pero sí alta y bien formada, al punto que unos vecinos-varones,  por supuesto- me habían puesto de mote: “la hormiguita viajera”. Cuando así me llamaban yo  creo que no tenía más de diez años, pero mis formas ya se habían redondeado y mis teticas abultaban las blusas.  Aún no usaba sostén, por lo cual los pezones se insinuaban más de lo que yo hubiera querido.
La Hormiguita Viajera 
Un buen día, harta de sentir las vergas paradas en los ómnibus  y en los trenes, empecé a  ir a la escuela y después al liceo, con un gran alfiler de gancho preparado para la disuasión. El “pinchahuevos” me dio un resultado estupendo, y me brindó una inmensa ayuda que compartí con otras que sufrían los mismos acosos. Éramos tan pasmadas como las que describe Rosa, y también como ellas aprendimos –juntas- tácticas de sobrevivencia. Confieso que el “pinchahuevos” me lo enseñó una amiga más grande, pero otros, los sacamos de nuestra propia invención. Increíblemente,  muy parecidos a los que describe Rosa: fingir una renguera, preguntarle la hora al atrevido, - y-en mi caso- enfrentarlo:- ¿Qué me vas a chupar la qué? Y –usualmente, tal cual  ocurre en la novela-, el intrépido que me  la iba a meter por aquí o por allá, se arrugaba y desaparecía. “No hay mejor defensa que un buen ataque”.
En este momento, en pleno siglo XXI, supe que se  había decretado una semana “contra el acoso”. Se me ocurrió escribir sobre  esta relación de literatura y vida,- entre la novela de Rosa Montero, y los  avatares de mi  pubertad, cuando aprendí a defenderme de los tiburones-.  El cartel actual  que invita a no dejarse acosar es-al mismo tiempo- una protesta por la discriminación de las gordas. Y yo concluyo: no nos dejemos “ningunear” de ninguna manera. Si somos gordas, ya habrá quien nos quiera así, porque "siempre hay  un roto para un descosido”. No aceptemos ser segundonas tampoco. Todas las mujeres nos merecemos un primer puesto. En la cama y en el corazón. Ya  vendrá algún gatito mimoso que nos lo dé. 


 
"Mujer desnuda-volumétrica- en la playa" de Fernando Botero

sábado, 5 de abril de 2014

EL AMOR Y EL DESAMOR

Escena de la película "Ana Karenina"
 Keira Knightley y Aaron Taylor Johnson como Ana y Wronsky

Me pareció más adecuado empezar  por la palabra “amor” y sus   significados-siempre discutibles-, de diccionario. La primera acepción dice: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.”
De acuerdo a ella, es nuestra “insuficiencia” la que nos precipita al encuentro con “otro ser”- necesariamente, entonces, el amor comprende a dos seres.
La segunda acepción dice: “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir.”
Es una acepción que intenta ser más completa que la primera. Sigue la idea de que es un sentimiento hacia otro, pero en este caso, añade-por lo menos- otro aspecto: la búsqueda de la reciprocidad. 
La tercera, “refuerza” las concepciones anteriores: “sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.”
Y, por último,  la cuarta- no es la última pero sí lo será para este artículo- indica: “tendencia a la unión sexual”.
La última acepción es la que me parece más  ambiguamente interesante: “tendencia a la unión sexual” –la verdad es que “esa tendencia” la compartimos con los otros animales y según  hacia donde nos lleven nuestros instintos y-también- nuestra crianza, viviremos con mayor o menor culpa ese “precipitarse” en los brazos de otro ser con la única y placentera intención de lograr  satisfacción.
En  los “pecados capitales” hay primordialmente uno que está relacionado con este aspecto: la lujuria, cuya definición de diccionario nos dice: “Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales.”
La literatura universal abunda en ejemplos. Para el amor voy a referirme a dos  de diferentes épocas: Paolo y Francesca-  canto V de la “Commedia” –lo de “divina” vino después-  de Dante Alighieri( siglo XIV) ;  y Ana Karenina y  Alexey Wronsky de la novela Ana Karenina de Tolstoi, (1877). Para  el desamor, me voy a referir  a personajes y situaciones   de “Crónica del desamor”,  (1979) la primera novela de Rosa Montero.
No  voy a hacer un   análisis literario sino un comentario  personal de cómo incidieron en mí  estos textos  a través de los años.  

PAOLO Y FRANCESCA  (INFIERNO: Canto V de la Divina Comedia -Siglo XIV-Dante Alighieri)

(..) "Y desde aquel día ya no leímos más"


A estos amantes los conocí en el liceo, de la mano de la profesora que me impulsó a seguir la carrera de Letras: Isobel Rubbo.
Con infinita paciencia, me hizo gustar de los versos –porque la Divina Comedia está, originalmente escrita en versos- leídos en italiano, con una entonación envidiable para mayor deleite de los sentidos. En ese viaje iniciático que Dante inicia con Virgilio, se interesa por la historia de esta pareja que está en el segundo círculo del infierno, el destinado al castigo eterno de los lujuriosos.  Francesca contesta  a los requerimientos de Dante sobre su dolor como una dama gentil:
“... Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria”  “No hay mayor dolor que  acordarse del tiempo feliz en la miseria”.
Esta famosa declaración de Francesca condensa la esencia  de su  dolor. Condenada por una pasión prohibida. Condenada por querer a su cuñado, no a su marido. Ella y Paolo son  asesinados por el marido burlado, que ciego de ira les quitó la vida, pero no pudo-en la versión de Dante- quitarles el amor. Por eso hasta en el infierno, permanecen juntos. El castigo es la furia del vendaval. Un claro símbolo de la pasión que los perdió. La escena posee una gran delicadeza. Tanta, que hasta el huracán se calla para permitir el diálogo entre Francesca  y Dante. Mientras tanto, Paolo, silencioso, llora. Algo a destacar es que la pasión es provocada por la escena de un texto que leen juntos, cuando en la ficción los dos amantes se besan, ellos (también ficción, no hay que olvidarlo) sucumben. Por lo cual podemos inferir que la literatura tiene su parte de culpa en la caída.  Dante, conmovido por  la tragedia, al final,  se desmaya.
Estas son las emotivas palabras-con especiales reticencias- de Francesca:
“Noi leggiavamo un giorno per diletto
di Lancialotto come amor lo strinse;
soli eravamo e sanza alcun sospetto.
Per più fïate li occhi ci sospinse
quella lettura, e scolorocci il viso;
ma solo un punto fu quel che ci vinse.
Quando leggemmo il disïato riso
esser basciato da cotanto amante,
questi, che mai da me non fia diviso,
la bocca mi basciò tutto tremante.
Galeotto fu ’l libro e chi lo scrisse:
quel giorno più non vi leggemmo avante».
Mentre che l’uno spirto questo disse,
l’altro piangëa; sì che di pietade140
io venni men così com’ io morisse.
E caddi come corpo morto cade.”
A través del tiempo, esta pareja- la creada por Dante- se ha despegado de la sórdida crónica policial para alzarse a través de los siglos como símbolo de amor,  amor literario, amor adúltero, pero amor al fin.
  
ANA KARENINA Y ALEXEY   WRONSKY  (Ana Karenina (1877)  León Tolstoi)

Keira Knightley y  el jovencísimo y atractivo Aaron  Taylor Johnson como Ana y Wronksy 
A Ana Karenina y a Alexey Vronsky, los conocí también en la época liceal. “Ana Karenina” no era novela de lectura obligatoria en  los programas de literatura, pero Isobel Rubbo no sólo comentaba los textos ineludibles sino que nos indicaba qué otros podíamos leer para comparar  y   por ese motivo, también la leí  por primera vez en la  adolescencia. Recuerdo que me dio mucha pena el dolor de esa mujer ciegamente enredada-también como Francesca- en una pasión prohibida. La  “esencia” de Wronsky se manifiesta desde su aparición en el relato: joven, hermoso, y como todos los “bombones” habidos y por haber, únicamente preocupado por sí mismo. Desde su meticulosa apariencia-que cuida con sumo esmero- hasta la conquista de Ana, deseada y llevada a cabo con singular maestría desde los primeros momentos.
 Invencibles las palabras que dominan la voluntad de Ana y la dejan a merced de lo que vendrá:
“- Usted quiere saber por qué estoy aquí ¿verdad?-dijo Wronsky  mirándola fijamente-. Pues bien, eso lo sabe usted tan bien como yo: estoy aquí porque está usted. No he tenido más remedio que venir.”
La  novela no lleva muchas páginas cuando nos encontramos con la contundencia de esta afirmación: “estoy aquí porque está usted.” Absolutamente irresistible para la pobre Ana. Vendrá después la lucha contra el marido, contra la sociedad pacata y- lo peor de todo, lo que la llevará al suicidio: la lucha consigo misma; porque esa mujer que tuvo el atrevimiento de  irse a vivir con su amante,  celará terriblemente a todas las jóvenes casaderas que  lo asedien. El amor se manifestó en una de sus formas más trágicas: la pasión  avasallante, la que apareció como un   torbellino prohibido y  recibió el peso de  toda la hipócrita censura social. Digo hipócrita porque no  es que no hubiera “amantes” en la época, sí que los había, pero se portaban “civilizadamente”. Todos traicionaban a cual más y mejor, tanto hombres como mujeres, pero nadie dejaba de lado las apariencias de los lazos conyugales. Eran sagrados. Había que sobrellevarlos, aunque los maridos tuvieran las orejas grandes y feas como  Alexey- el mismo nombre de pila que Wronsky-,  también llamado en alguna otra versión Alejo Karenin.
Tanto Francesca, como Ana sucumben al arrebato de una pasión que no pueden dominar y que  las conduce a la muerte violenta, la primera asesinada junto con su amante por el marido engañado, y la segunda precipitándose, desesperada, a un inevitable suicidio. El ejecutor es el tren- ese tren que aparece fatídicamente desde el comienzo con la muerte de un operario- No hay ninguna otra salida para las  atrevidas mujeres adúlteras que se atrevieron a desafiar las conveniencias sociales imperantes. El amor-pasión las perdió irremediablemente. Únicamente se puede decir que la Francesca que Dante concibió tiene la especial recompensa de haber sido condenada junto con su amante y hasta  es posible detectar en sus palabras una especie de llamémosle orgullo por este hecho:
“questi, che mai da me non fia diviso, /la bocca mi basciò tutto tremante”. (Éste, que nunca más se separó de mí, la boca me besó, temblando.)  (El texto pierde  muchísima expresividad con la traducción. ¡uff!)

Yo vi la película en la que Ana y Wronsky fueron los actores  Keira Knightley y Aaroon Taylor Johnson. Leí críticas negativas, pero a mí me gustó. Por eso, tomé fotos de  Internet para la ilustración de esta parte.

EL DESAMOR – en “Crónica del desamor” (1979) de Rosa Montero

Rosa Montero en la Feria del Libro de Buenos Aires año 2013, cuando fuimos a conocerla personalmente 


Esta novela fue comentada en el Club de Libros de Rosa Montero y  coincidimos en que al ser su primera novela,  no exhibe aún la maestría que se desarrollará con los años de escritura.  La misma  Rosa Montero bajo su perfil de Salamandra Madrid, comentó que la escribió muy joven, a los veintiséis o veintisiete años, que el libro tuvo un  pie forzado porque tenía que hablar de la situación de la mujer en España, y  que  escribió la novela en lugar de un libro de entrevistas feministas que había prometido.
Sin embargo, sus lectores también consideramos que en esta novela ya están-en germen-  sus grandes ejes temáticos: la soledad,  el pánico a la decrepitud y a la muerte, lo efímero de la vida,   y-más que nada, además del desamor, aparece  el desencanto que persistirá y se desarrollará en  muchas de sus obras posteriores-  Por supuesto que es una novela hija de su época,  final de los setenta del siglo pasado, cuando  la mujer  en España, empezaba ejercer la  llamada “liberación femenina”,  pero al mismo tiempo,  tenía que luchar contra un mundo dominado por una visión patriarcal que -pese a que ya estamos en el siglo XXI- perdura  de una manera u otra en la psiquis de muchas personas de la actualidad.
El desencanto,  el desamor y la falta de ternura-tan necesaria para la psiquis femenina- recorren toda la novela. Es una novela de mujeres infelices-Ana Antón y sus amigas-  que luchan por lograr una compañía que no sea únicamente para la cama. O que sí que sea para la cama pero que brinde algo más. Casi se podría decir con letra de tango que las mujeres quieren: “un pecho fraterno para morir abrazao”. También hay adulterios. Los  hombres llevan la peor parte en esta visión desencantada de una realidad que parece que cambió pero no tanto. Los personajes creados por Montero  no son tan trágicos  como los de Paolo y Francesca o Ana y Wronsky, pero aún delineados  o, “retratados al bleque”- como diría el Cuque Sclavo- son seres sufrientes  con muchas condicionantes de época. Quizás una de las más esperpénticas- por lo grotesca- sea esta que transcribo, de Elena, - una de las amigas de Ana Antón-  cuando, superados los naturales temores, estaba dispuesta a tener su primera relación sexual:
“Pese a su ingenuo aire de gran mundo Miguel Ángel la sobrepasa en dos años. Son jóvenes, hermosos  sanos, y Elena se alegra de quererle mucho, y se dice que Miguel Ángel ha llegado en el momento oportuno: hoy tras un largo camino-era tan estrecha antes, el primer beso lo dio a los diecisiete y sintió asco, fue educada como tantas otras en el desconocimiento y la repugnancia del sexo- se siente preparada para perder el virgo. (..)
Pero cuando ya están desnudos en la cama del chalet de la sierra, Miguel Ángel se niega a desvirgarla y se visten para emprender el regreso.  Elena  quedó absolutamente aturullada por la negativa. Sin embargo, le sigue este episodio, que exhibe sin lugar a dudas un egoísta punto de vista masculino:
(…) Repentinamente Miguel Ángel tuerce el volante, se mete en un oscuro campo de rastrojos quemados por el hielo, para el coche.
-¿Qué haces?
Sin contestar se vuelve hacia ella, le acaricia el pelo levemente, pone un ligero beso en su mejilla, ahora sí que Elena está a punto de llorar, se sentía tan sola antes y tan lejos, se creía desdeñada sin saber por qué- era la incomprensión lo que hacía todo más doloroso- y ese beso vuelve a poner las cosas en su orden. Todo está bien, pues, ahora se explicará el absurdo. Quiere recostarse en su hombro, sentirse querida  y abrazada, pero Miguel Ángel la detiene suavemente:
-Por favor…- su voz es implorante, tenue- Por favor…acaríciame.
Se desabrocha la bragueta, está empalmado, duro, es la primera vez que Elena se atreve a mirar el sexo de un hombre.
--Tócame, por favor, tócame…
Elena no sabe qué hacer, está angustiada. El coge su mano, la dirige despacio hacia su sexo, la coloca encima, es una carne suave y muy cálida. Ella no está excitada en absoluto, se encuentra a sí misma vacía, abandonada y sin respuestas. Le toca inhábilmente, con reparo y algo de repugnancia, “chúpamela”, dice él muy quedo, en un murmullo, “chúpamela”, insiste, Elena duda, le da asco, Miguel Ángel empuja suave pero con firmeza su cabeza, ella opone al principio alguna resistencia pero al fin consiente, se encuentra torpe, tan culpable por no saber, desea que Miguel Ángel vuelva a ser de nuevo cariñoso y no entiende muy bien qué es lo que espera de ella. Al fin abre la boca, le chupa, su sexo está caliente y sabe algo salado, intenta no pensar en ello, entre las piernas de él ve el freno, el acelerador, los pedales del coche, irrealmente iluminados con la escasa luz de la lámpara interior, se concentra en esas formas y mantiene la mente en blanco, de repente siente algo cálido y viscoso que le quema la garganta, se sorprende: en su estupor de inexperta no había pensado tan siquiera que él eyaculase, es eso, pues, ha eyaculado en su boca, siente unas náuseas violentas, se incorpora, abre la ventanilla empañada, el frío le golpea las mejillas y resbala por su cuello, Elena escupe furiosamente una y otra vez a la tierra reseca, se frota los labios y la lengua con el dorso de la mano, él la mira como desde muy lejos, musita un “perdón” muy bajito, saca un pañuelo, se limpia, cierra la bragueta, pone en marcha el coche.” 

El sexo oral  practicado de forma compulsiva e inexperta descrito  a través de  sensaciones táctiles, térmicas, gustativas y visuales  llega a  producir repulsa  y lástima en el lector. ¿Un aporte desde el punto de vista feminista? (Te faltaron las sensaciones olfativas, Rosita, tan importantes en este acto- ¿a qué olía el miembro  de Miguel Ángel? No creo que haya tenido el agradable olor del chocolate, porque lo que procuraste- y lograste pese a tu juventud-  fue que la escena resultara nauseabunda.)
Hay muchos episodios chocantes, voy a transcribir y a comentar otro más. En este caso, el personaje es Candela- otra amiga de Ana Antón-. Candela  es una psicóloga soltera y tiene dos hijos de distintos padres: Daniel y Jara. El padre de Jara, Vicente, es un hombre casado. ¿Otro adulterio como el de Paolo y Francesca,  o como el de Ana y Wronsky?  No. Estamos en la(s) crónica(s) del desamor de Rosa Montero. En el caso de Candela, se distingue que  la peor parte  la lleva  ella porque es la segundona. La mujer “oficial” tiene derechos adquiridos sobre su hombre. La segundona no. La segundona espera ansiosamente  un llamado o una visita y tiene que conformarse con “visitas de médico” –descritas con las premuras del caso- Eso es lo único que tiene Candela. No pueden viajar, no pueden andar  juntos tomados de la mano por la calle, no puede hacerle mimitos en público, no es dueña de hablarle de sí misma, de sus gustos,  de sus preocupaciones, de sus ideales, ni de nada. Vicente no tiene tiempo ni interés. En esas visitas esporádicas, Candela tampoco tiene derecho a disfrutar de  un prolongado abrazo, o  de dormir “cucharita”, o –simplemente- “compartirle su mundo”. La ternura brilla por su ausencia. Se va estableciendo una rutina que lleva a Candela a ser “el reposo del guerrero” o “una cajita de sorpresas”, -para agradarle-  como dice el propio texto, sin que sus  sentimientos sean tenidos en cuenta jamás:
“En fin, Jara es hija de Vicente. Un economista en apariencia marxista. Un hombre convencional embotado por sus miedos. Casado y con dos hijos, cosa que él no olvidaba ni dejaba de olvidar. (Un día Vicente le dijo:-“¿Tú crees en Dios, verdad?” Gritaba alegremente desde el otro lado de las cortinas de la ducha, eran las dos de la madrugada y había que borrar las huellas de ese amor adúltero, “no”, contestó Candela, “vamos no digas que no”, insistía él, reidor, “un poquito, al menos creerás un poquito”, “que no”, “bueno, pues aun así”, añadió él, “apelando a esas creencias infantiles que alguna vez tuviste, ¡por favor!”  y Vicente asomaba una cara mojada entre el plástico de la cortina, con expresión cómicamente desesperada, “reza a tu santo predilecto para que mi mujer no esté despierta cuando llegue y no me obligue a hacer el amor, buff, sería incapaz de soportarlo…” y Candela puso un rictus de sonrisa ante la broma, pero notó el escozor por dentro, escozor por recordar que ella mantenía una relación precaria, escozor también por la otra, por esa mujer legal a la que él denigraba en esa frase, fue sentir una hermandad de sexo y de injurias.) Un matrimonio que duraba  ya diez años y ante el que Vicente asumía un papel de marido ortodoxo, pespunteado de engaños.”

Candela se embarazará de Jara, y  después de saberlo, se armará de valor y dejará su relación con Vicente y será eso: una madre soltera, orgullosa de haber tenido dos hijos sanos.
¿Y Ana Antón, la protagonista principal? Tendrá su  ansiada aventura con “Ramsés” Soto Amón-  con niveles más bajos de los que su frondosa imaginación creó- pero intentará una salida para el  desamor: escribirá un libro que ya  no será el “rencoroso libro de las Anas, sino un apunte, una crónica del desamor cotidiano” (…)
Como conclusión de esta tercera parte, se puede  afirmar que “Crónica del desamor” cargó todas sus tintas oscuras sobre las peripecias de la ignorancia de la mujer del siglo pasado. Anoto las que más me impactaron: la primera menstruación, la primera relación sexual, los  métodos anticonceptivos anticuados que fallaban estrepitosamente  y llevaban a los embarazos no deseados,  los  frustrados amores adúlteros, las amas de casa que no tuvieron  un orgasmo en toda su vida de casadas y lo lograron-solas- después de enviudar y  de leer un manual sexual. No son las únicas, pero creo que son suficientes para trazar un panorama desolador.
Volvamos ahora al principio: El amor de  Paolo y Francesca, el de Ana y Wronsky… ¿Acaso no son creaciones de  ficción, productos de la imaginación de Dante y Tolstoi? Pues sí. Lo son.  Ana Antón, Elena, Candela y los demás personajes son también entes de ficción concebidos por “la loca de la casa”  de Rosa Montero.
El  oscuro laberinto de la realidad, la que  no nos ofrece ninguna tregua ni esperanza,  encuentra salidas luminosas a través del arte  porque como afirma Rosa en otro de sus libros:

 “En la pequeña noche de la vida humana, la loca de la casa enciende velas.”