miércoles, 29 de abril de 2015

TAI CHI CHUAN UNA PRÁCTICA DIFERENTE

Figura de "Latigazo simple" practicada con mi instructor Andrés
Cuando enviudé, decidí que tenía que hacer algún ejercicio adecuado a mi edad. Nunca fui una gran deportista, por lo cual no podía aspirar a realizar lo que hacen otras que sí lo fueron o lo son- o luchan por seguirlo siendo-. Nada más alejado de mis propósitos hacer ejercicios violentos o de alto impacto para destrozarme la columna vertebral o el resto de los huesos de mi humanidad-.
Empecé a concurrir a un SPA- como modernamente se llaman los centros donde se imparten diferentes disciplinas y que-además- cuentan con un piso dedicado  a la posibilidad de “embellecerse” o darse un descanso con un buen masaje-.
Dentro de las disciplinas que se ofrecen, las que más me interesaron fueron las orientales porque  son las que se dedican no únicamente al aspecto físico, sino que también  abarcan a  lo que se puede denominar “espiritualidad”. Allí  se imparten dos: TAI CHI CHUAN y YOGA
Fui alguna vez a YOGA, pero me di cuenta casi enseguida que no era para mí. Nunca tuve contacto con esa disciplina. No pude hacer ni siquiera la llamada “postura de la vela”- mucho menos  “el saludo al sol”- ni aunque me lo hubiera pedido Keanu Reeves- aunque por él lo hubiera intentado por lo menos-. Decididamente me borré.

Sarva anga asana o postura de la vela. (Imagen tomada de Internet)
Imposible para mí, ni siquiera por Keanu Reeves la lograría hacer bien

Al principio, fui a alguna de las clases de “danza”, pero también eran demasiado “pesadas” para mi edad y físico. Supuestamente son “para toda edad”, pero no es así. Este año,  empezó un instructor con bastante buena onda, con el que hacíamos al final de la clase, una coreografía, y, -más o menos- algo  nos salía. Pero no vino más. Después mandaron  a una  joven suplente dinámica y aeróbica que vino a “movernos”, hasta que finalmente  llegó un bailarín de “bayé”- delgado y flexible como un junco, con un bombachudo de colores, el pelo ídem, rapado a los costados- y con una dinámica que  únicamente las más ágiles y jóvenes pueden seguir a la perfección. Yo no.
Decididamente empecé y  seguí con  TAI CHI. Las clases son más temprano, pero no me importa madrugar un poco para llegar a tiempo. Concurro tres veces por semana.

De la misma manera que para disfrutar de los viajes se necesita un buen guía que lleve la excursión por el mejor camino, se precisa para esta disciplina un competente preceptor que contemple las necesidades de todos, y, al mismo tiempo, que tenga en cuenta las individuales. Felizmente, Andrés, el  nuestro, tiene la enorme virtud,  de una  paciencia infinita para  poder contemplar a todos y a cada uno de los participantes de su clase. De otra manera, no se podría continuar aprendiendo todos los días un poquitito más. Con él sí se puede y por eso se le aprecia.
Pese a mi aspecto de  torcaza, esta figura se llama "La grulla blanca extiende sus alas" 

 Paulatinamente voy aprendiendo las figuras y logro completar la forma  dieciséis  que es la primera que aprendemos. Por supuesto que siempre se puede perfeccionar a medida que se practica, pero al menos ya la puedo  hacer sin mayores dificultades.
Felizmente, el TAI CHI  no se practica a lo bestia. Entre sus peculiaridades,  es bueno saber que no  hay que descalzarse, ni se aplaude al final. Tiene un saludo que nuestro instructor nos enseñó, pero es tan calmo y armonioso como la misma disciplina. Sus movimientos son pausados y rítmicos, precisamente para estimular y beneficiar la coordinación y el equilibrio mental y físico.  Es un  arte que no beneficia únicamente lo corporal, sino también lo emocional, y promueve la concentración- porque para lograr hacer los ejercicios repetitivos hay que concentrarse sí o sí-. Después de un tiempo prudencial de práctica, se nota que la mente, la imaginación, es decir “la loca de la casa” se aquieta. Se puede llegar  desde el exterior con todas las revoluciones a tope, pero al rato de estar haciendo los movimientos pautados se nota una “entrada o participación” en un entorno  más pacífico y más amable que el que nos rodeaba al llegar.
Es un arte marcial interno que no persigue el objetivo de agredir al contrario, sino que aprovecha  su fuerza sin atacarlo salvajemente. Los movimientos-como indiqué al principio- son suaves, pero no hay que  engañarse;  esa suavidad también puede producir en el otro una caída al piso. De todos modos, el principio fundamental está en moverse con suavidad, con armonía, sin tensión, en estado relajado y de manera pausada.
Lógicamente tiene efectos terapéuticos reconocidos ya que contribuye  al fortalecimiento de los huesos, la regulación del sistema circulatorio, nervioso e inmunológico y a la relajación muscular, pero también contribuye al bienestar espiritual.
Cada forma comporta una serie de movimientos encadenados que deben realizarse en un determinado orden. Es particularmente sugestiva y poética la denominación que reciben, a veces, aludiendo a distintos animales: “la grulla blanca extiende sus alas”, “acariciar las crines del caballo salvaje”, “rechazar al mono”,  “domar al tigre”.
Para contribuir a la relajación necesaria, las piernas se deben doblar o encoger  como si fuéramos a atravesar un túnel que es más bajo que nuestra altura y tuviéramos que pasar por él, inclinándonos para no golpearnos la cabeza. Al principio, cuesta. No es la forma en la que caminamos habitualmente, pero después de un tiempo de hacerlo, notamos que nuestra postura normal mejora notablemente, y, al hacerlo en forma regular y sin tensiones, lo dotamos de  naturalidad.
Como todo en la vida, el TAI CHI no resulta atractivo para todas las personas.  Las que son muy dinámicas prefieren los ejercicios aeróbicos con los cuales quedan jadeantes, con la lengua de afuera, y  al borde de la extenuación. Para mí, en cambio,  es uno de los adiestramientos que  puedo realizar, y  siento que día a día lo voy “puliendo”- con la ayuda invalorable de Andrés-, a medida que  yo también me perfecciono,  porque  me hace mucho bien, incluso para la autoestima.  Por eso, lo recomiendo efusivamente.


La genial Maitena tiene muy claro los objetivos de la gimnasia 


miércoles, 15 de abril de 2015

DESCUBRIENDO A MATISSE

Con recortes:  dos de las famosas "mujeres azules"(Imagen tomada de Internet)  
Henri Matisse con sus recortes- Una de sus obras de arte- (Imágenes tomadas de Internet)
Hoy de mañana ya estaba pronta para ir al SPA cuando alguien me contactó por Internet y chateamos un rato. El otro lo precisaba y yo no suelo dejar a los que quiero en el suelo, debatiéndose inútilmente por alguna pena. Así que el diálogo duró lo suficiente como para perder la clase de gimnasia y después –al salir de la rutina- dedicarme a otros menesteres propios del hogar, como hacer mandados y cocinar.
Mientras hacía lo posible por hacer los mandados con calma,- sin llevarme, ni dejarme llevar por los carritos de cuanta enajenada circula haciendo las compras matutinas-, el pensamiento inconsciente- ese que Cortázar ponderaba tanto- me regresó a la tarde anterior. Una amiga había ganado en una trivia un par de entradas para ir a ver Matisse  y me localizó para invitarme. Como todos saben, el celular lo uso mudo. Es una manera muy práctica y efectiva de combatir la adicción al aparatejo.   Pero, en lugar de eso, lo que sí hago un par de veces al día, es revisar los mensajes  escritos, o de facebook. Allí estaba esta amiga-desde temprano-comentándome alegremente su triunfo para compartirlo conmigo. Y acepté. Sin muchas expectativas porque de Henri Matisse no sabía mucho. Más bien casi nada. Recordaba sí, algún cuadro famoso por sus colores, pero no mucho más. La película forma parte de un ciclo que se llama “Del Museo a la Pantalla” y consiste en un recorrido por exposiciones de los grandes museos llevadas al cine. Pero no es únicamente un frío recorrido, sino que reúne elementos para  acceder a  la vida y a la obra del artista en forma amena, con un equipo de técnicos que van desde los curadores y expertos que ilustran sobre las técnicas empleadas, informan sobre qué influencias ha tenido el artista para llevar a cabo su obra y, brindan testimonios de los que aún quedan con vida y pueden aportar sus opiniones.

Henri Matisse haciéndole mimos a su gato (Imagen tomada de Internet)


 Realmente me llevé una enormísima e inesperada sorpresa. Esos cuadros famosos de su última etapa de vida, ya anciano, con más de ochenta años, cuando ya estaba  postrado y muy enfermo, los hizo con pedazos de papel pintados, no directamente en la tela, sino que son recortes  que iba haciendo y que sus asistentes iban colocando a medida que recibían sus indicaciones. Es una obra prodigiosa. Nadie podría pensar que estando tan enfermo, podía hacer una obra tan luminosa y llena de vida. Pero la hizo. Lo que prueba una vez más que el arte, resplandece aún en las más perversas circunstancias y que es  un motivo para aferrarse con pasión a la vida.

Obra de Matisse (Imagen tomada de Internet)


 Salimos fascinadas. Y fue ese embeleso el que me llevó a escribir esta nota que cierro con un pensamiento de Matisse que me gustó mucho:


“Sueño con un arte de equilibrio, de tranquilidad, sin tema que inquiete o preocupe, algo así como un lenitivo, un calmante cerebral parecido a un buen sillón.”




                                              

domingo, 5 de abril de 2015

F I E S T A S

La primera vivienda propia. (A mano izquierda.)Luce la chapa que le pusieron a mi marido nuestros queridos vecinos de abajo. Los de la fiesta inolvidable.

“Para mí la fiesta es ante todo una ardiente apoteosis del presente, frente a la inquietud del porvenir; un tranquilo desarrollo de los días felices no suscita la fiesta: pero si en el seno de la desgracia renace la esperanza, si uno vuelve a encontrar el enganche con el mundo, y con el tiempo, entonces el instante se pone a arder, uno puede encerrarse y consumirse con él: es fiesta. El horizonte, a lo lejos, sigue siempre nublado, las amenazas se mezclan a las promesas y por eso toda fiesta es patética: afronta esa ambigüedad y no la esquiva. Fiestas nocturnas de los amores nacientes, fiestas en masa de los días de victoria: hay siempre un gusto mortal en el fondo de las embriagueces vivas, pero la muerte, durante un rato fulgurante, queda reducida a nada.”    Simone de Beauvoir   “La Plenitud de la Vida”


Simone de Beauvoir estuvo muy acertada cuando definió la fiesta como “una ardiente apoteosis del presente, frente a la inquietud de porvenir”.  En todas las comarcas hay fiestas de diferentes clases y motivos, pero todas gozan de esa calidad de lo “efímero”- porque se nos escapa el presente,-que es lo único que tenemos-  como agüita entre los dedos y hay que disfrutarlo. Ya fue definido hace siglos como “carpe diem”- “disfrutar o agarrar el día”- porque el mañana es ambiguo. Siempre sentí, desde muy pequeña esa calidad de “pasajera” que tiene toda festividad, por lo cual si bien disfrutaba de la que fuera, al mismo tiempo, experimentaba- y aún me pasa- una especie de melancolía por lo que el tiempo irreparable se lleva, por eso, también sentí-como Simone de Beauvoir- que toda fiesta es patética.

Viví muchas y diferentes fiestas. Unas más agradables que otras; siempre con ese “sentir” de  pasajera. En mi niñez, me gustaban las de cumpleaños- porque me daban coca-cola-  no era común que hubiera todos los días- y porque había cosas ricas para comer que no eran las habituales. Tenía una prima a la que le “preparaban” vestidos para las botellitas- eran pequeñas- y decoraban la mesa hasta que una banda de niños la asaltaba. Las tortas que preparaban para el evento de ese pergenio que cumplía seis o siete años también eran fabulosas. Las que me hacían a mí eran más modestas, pero nunca faltaban   los sándwiches y  alfajores caseros, un postre Chajá que traía un pariente, y una torta de cumpleaños de varios pisos, obra maestra de mi tía y madrina.

El exquisito  y clásico: "Postre Chajá" (Imagen tomada de Internet)

 Otras festividades- que no me interesaban tanto- se relacionaban con los festejos tradicionales. Lo que se comía en esas fechas-  verano  en Uruguay-, correspondía más bien a los países europeos: turrón, fruta abrillantada, pan dulce, budín inglés-y-como comida principal, asado de vaca, de cordero, o lechón-bien adobado y hecho en el horno de la panadería- Todo de gran cantidad de calorías- y nada que me llamara poderosamente la atención.
Una parrillada típica -imagen tomada de Internet -

En las casas donde viví se celebraban las fiestas comiendo, bebiendo, y bailando. En la casa de mis tíos, donde frecuentemente se hacían distintas fiestas, la música la producía  un aparato “modernísimo”- para la época- que se llamaba “combinado”. Era un enorme mamotreto, al que se le podían poner hasta doce discos “long play”- y era todo lo automático que se podía pedir: se terminaba un disco y caía el siguiente. Constituía la envidia del vecindario. No todos podían tener uno igual.
El famoso "combinado" de los tíos era algo así. También tenía radio, por supuesto. Toda una modernidad.
          (Foto tomada de Internet)


 Se preparaban las delicias más inusitadas. Y se disfrutaba compartiendo lo que se hacía. Cada uno traía lo suyo y competía con lo que había traído otro pariente. Y había que comer sí o sí  un pedacito de cada cosa para que todo el mundo quedara contento.

Los deliciosos alfajores de maicena- rellenos de dulce de leche y "embadurnados" con coco rallado 

Recuerdo que mi tía nos decía: “¡Pero no me comieron nada!” – y prácticamente no podíamos ni movernos por todo lo que habíamos ingerido.
Desfilaron otras: de bodas, de carnaval,  de bailes, de bautizos, de inicio de vacaciones, de final de exámenes. Las mejores fueron improvisadas. Hubo  una en particular, que  quedó profundamente grabada en mi alma: cuando mi marido salvó su último examen y se  convirtió en “Doctor en Derecho y Ciencias Sociales”- título por el cual luchó con denuedo-.
En la década del ochenta del siglo pasado, no teníamos teléfono fijo;  existía el drama de que en la zona donde vivíamos no había “bornes”- nunca supe exactamente qué eran-, pero constituía un inconveniente que  nos impedía tener teléfono propio. Tampoco existían los celulares. Él iba a pasar por la Facultad antes de entrar a trabajar, y yo lo tenía que llamar para saber el resultado. Vivíamos en El  Prado, en  uno de los apartamentos de  una propiedad horizontal de tres unidades. En la casa de abajo, residía una familia que nos quería mucho y seguía día a día nuestros avatares estudiantiles. Allí fui a llamar,  después de mediodía, antes de la siesta- tratando de molestar lo menos posible-. En la casa, estaban la señora- mi queridísima Beba- y la suegra, Doña Paulina. Absolutamente pendientes de mi llamada. Cuando les comuniqué  que había salvado el último examen, las dos mujeres bailaban, saltaban, lloraban, me abrazaban y “decretaron” que esa noche tendríamos una fiesta para celebrarlo. Fue la mejor que tuve en mi vida. Teníamos una botella de whisky, ellos trajeron otra, había coca-cola- de las grandes- y Carlos trajo sándwiches, y  masitas.
Recuerdo que Doña Paulina, que tenía más de ochenta años, subió la escalera  de mi apartamento, con una agilidad inusitada. Fue una velada extraordinaria. Conversamos hasta por los codos. En el ambiente se sentían las chispas de la felicidad. Se había alcanzado una meta que- pobres como éramos- nos había parecido un sueño imposible. Esa noche, lo sentíamos hecho realidad. La alegría se expandió con todos sus colores.  Efímera, por supuesto, como es siempre la alegría,  pero absolutamente insuperable.




lunes, 23 de marzo de 2015

" GOLF"

Uno de los nuevos edificios con el consabido aditamento: "GOLF" 
Hoy  voy a dedicar esta  crónica a mi barrio, Punta Carretas. Ya puedo emplear el posesivo después de veinte años de residir en él.  Casi siempre lo hago para  comentar algo sobre su transformación. Esta vez también. Lamento ser reiterativa, pero no puedo dejar de escribir sobre lo que siento. Claro que se está transformando. Para bien o para mal.
Caleta del ¡GOLF! ¡Por supuesto! ¡A no reventarse mucho el bocho! 



 Cada vez caen más casas y aparecen- como  hongos- los nuevos galpones comerciales-enormes, con techos de zinc- o los edificios de apartamentos. No importa dónde estén situados. Puede ser enfrente al “Golf” o  a unas cuadras, pero la creatividad de los que ponen los nombres no se ha extremado para nada.

Todavía no está terminado, pero ya luce su "GOLF" y la palabra Boulevard"- Se puede escribir "Bulevar", pero -o no saben que se puede escribir así o no les pareció suficientemente "fino" -

  A cualquier nombre se le agrega ”golf”-como un epíteto o algo similar- Y si la palabra “golf” no va adosada de una u otra manera- su nombre- igual, de todas maneras, alude al “golf”. Por ejemplo “Hoyo 19”-así se llama un edificio- los que juegan al golf sabrán porqué- yo no-

A ver golfistas: ¿ Por qué "Hoyo 19"? ¿Es el de la suerte? 

Otro edificio semi-terminado en Solano García y Bulevar Artígas se llamará “Tee Tower”. Busqué el significado de “tee- porque no lo sabía-, y  está también relacionado con el golf: es el soporte donde se apoya la pelota de golf.

"Tee Tower"- ya saben porqué- pero siempre en relación al  "GOLF"

La única que creo que  no lleva ninguna alusión al golf es la boutique erótica que pusieron en Solano García, casi Bulevar.
¡Ya saben!  Si se animan,  el barrio "GOLF"-Porque en cualquier momento cambia de nombre-  -"de alta gama"-
¡ Tiene de todo! 


 Es curioso. Cuando yo era joven, no  había ninguna tendencia a disfrazarse de enfermera, o de maestra o de caperucita roja, o de cenicienta para ser sexy.  Usábamos  la ropa interior en tonos pasteles: celeste, rosado, amarillito…. Las muy osadas se atrevían con algo negro o rojo. Tampoco dejaba de ser siniestramente provocativa la ropa interior blanca con terminaciones de puntillas, crochet o festones. Los últimos, estratégicamente colocados, eran infartantes. Usé ligas y portaligas- pero porque eran comunes ya que las medias cancán  vinieron después-.  Hoy me paré a mirar la vidriera de la boutique. Hay una cantidad de juguetes cuya finalidad adivino pero no conozco, porque  el único juguete sexual –para mí-  fue siempre un hombre que me gustara, y, por supuesto, que “supiera abrir la puerta para ir a jugar”. O sea, un buen amante-con tiempo para dedicarse y dedicarme-. Querendón, afectuoso, tierno. Y más nada. La pura verdad.
No pude quedarme mucho rato  curioseando la vidriera porque se me paró al lado un veterano con cara de picarón. Pero le saqué fotos desde la vereda de enfrente.
Así que ya saben. Si quieren venirse a vivir a este barrio “de alta gama”-como rezan los comerciales de promoción- sepan que vendrán a un barrio que pasó  de  residencial, a  “de servicios”. Tendrán de todo-menos tranquilidad y silencio- : hoteles- a propósito el de al lado se llama- ¡por supuesto! “Regency GOLF”- restaurantes, cafeterías, comercios de todo tipo, peluquerías, salones de té. Y bueno. También tienen la boutique erótica. Si se animan, se pueden venir a comprar algún chichito. Después me cuentan.

No me creían que el hotel de al lado- el que me tiene loca con los ruidos en la azotea- también se llama "GOLF"
¡Aquí lo tienen! 



sábado, 14 de marzo de 2015

LAS NETIQUETAS

Normas para convivir pacíficamente en nuevos entornos virtuales ( Imagen tomada de Internet)
 Terminé un muy interesante microtaller del Plan Ceibal,  sobre “el uso educativo de las redes sociales”. Comprobé que la tecnología sigue avanzando y que si no sigo haciendo  esfuerzos por “aggiornarme ” en breve me va a  pasar por encima. Felizmente, en estos entornos virtuales se trabaja en forma colaborativa, hay tutoras, dinamizadoras, colegas y uno-lentamente, cual vieja tortuga tecnológica- va saliendo a flote de a poquito.  Por eso, retomo este tema de las “netiquetas”.
A mí nunca me gustó discutir. Ningún tema me parece digno como para enfrascarme en  una polémica. Siempre he pensado que cada cual debe ir con su cada cuala. Eso sí, que no me molesten ni me traten de convencer de  que me conviene tal o cual candidato, o partido, o club de fútbol, o  dejarme las canas, o un vestido o pantalón o blusa o lo que sea. Con la edad que tengo, creo que me gané el derecho a pensar lo que se me cante sobre la mayoría de los aspectos. Tampoco intervengo en nada que dé posibilidad a que se planteen divergencias. No lo  hago por cobarde, lo hago por respeto, a mí misma y a los otros.
Por esa razón,  desde los primeros cursos que  hice para aprender a  “moverme” en  las redes sociales, traté de aprender muy bien las reglas que rigen estos novedosos entornos. Después, con el tiempo, fui agregando las mías.
Hay muchas, pero lo cierto es que no veo que todo el mundo las maneje con eficacia, por eso hoy tomé este tema para garabatear algunas básicas que son indispensables. Se encuentran en muchas páginas de Internet, pero como no las veo bien aplicadas,  insisto. Las netiquetas, constituyen “la vestimenta” que adorna nuestros dichos, nuestras fotos, nuestras elecciones para mostrar. Y de la misma forma que no vamos zaparrastrosos a una fiesta elegante, tampoco debemos dejar de “vestirnos” para presentarnos en esta nueva sociedad.  

1)  Colaborar para crear un ambiente agradable.



Es fundamental la diplomacia para  manejarnos eficazmente en las redes sociales (Imagen tomada de Internet)


Esto significa que hay que seleccionar bien a los amigos, y también hay que elegir muy bien las palabras para escribir en nuestro muro. Cualquier “anomalía” puede ser malinterpretada. Es necesario ser amable y cordial. Se puede emplear-a mí me encanta- el humor negro- pero hay que saber –por eso hay que elegir cuidadosamente a “los amigos”- quién nos va a leer. No se puede criticar en forma mordaz y esperar que el otro nos aplauda. Por lo tanto, si somos de partidos o de clubes de fútbol  diferentes, no colguemos un vídeo ofensivo contra el partido o el club contrario. Primero porque no hay necesidad: tenemos que ser conscientes de que los partidos se han sucedido en el poder, y no vale ninguno más que el otro. A esta altura del partido-precisamente- todos sabemos que más o menos son “el mismo perro con diferente collar”. Y se diga lo que se diga y se prometa lo que se prometa, se sabe que cada uno trata de arrimar agua para su molino. Si el candidato que ha ganado la Presidencia no nos gusta- lo que puede suceder sin lugar a dudas- seamos discretos con lo que expresemos. No lo maldigamos. Ni a él ni a su señora. Esperemos más tiempo para ver bien si “cojea” o no. ¿Quién sabe? Quizás sea de todas maneras una buena opción. O no. Y si no lo es, sepamos que, como estamos en democracia,  después de cinco años se puede cambiar. El poder no es para siempre. Ni el político ni  ningún otro. Y los uruguayos añosos, lo sabemos muy bien. En el correr de los años, hemos visto muchas transformaciones. Seamos pacientes.

2)  Críticas y/o comentarios
Mucho cuidado con este aspecto. Aprendamos a usar la moderación y la discreción. El sarcasmo es un recurso del lenguaje pero empleado  en forma desmedida nos arriesga a recibir-del mismo modo- comentarios mordaces. Hay una verdad de Perogrullo que siempre hay que tener en cuenta: si se vulneran los derechos de otros, también los propios podrán ser vulnerados de la misma manera.
 Hay que evitar a toda costa la humillación. Nunca se puede/ -o no se debe- hacer  una “corrección”- ortográfica o de léxico o de sintaxis-la que sea- en el  muro, de otra persona que tiene títulos universitarios obtenidos con “sangre, sudor y lágrimas”. La autoestima es uno de los mayores valores que tiene una persona. Si se lastima, ya nada volverá a ser igual. Si hay una duda, o si realmente esa persona escribió algo mal- y nosotros estamos seguros de que es así- lo que hay que hacer, si no podemos con nuestro genio corrector, es mandarle un mensaje privado con lo que a nosotros nos parece que hay que corregir. El mensaje privado tiene la virtud-por suerte- de ser “privado”. Será entre esa persona y uno. En cambio, si se lo escribimos en el muro, “la escrachamos”- como se dice en la jerga policial- la dejamos “pegada”, porque ahí  lo lee todo el mundo. Y esa persona se sentirá vapuleada por alguien que –probablemente- sepa mucho menos que ella, pero que busca joderla por un error que quizás se debió a la prisa por escribir.  Es notorio que  lo que quiere  es  hacerla pasar un mal rato y sobre todo, dejarla mal  con los lectores de su muro.

3)  Respeta tu privacidad y la de los otros
Un poco de buen humor puede matizar una situación (Imagen tomada de Internet)


Las redes sociales son unos potentes sistemas de comunicación, pero precisamente por eso, debemos ser cuidadosos con la privacidad. No debemos-de ninguna manera- publicar y/o etiquetar fotos sin el debido permiso de los involucrados. A lo mejor hay alguna foto que al otro no le gusta, no se ve bien, no tiene los ojos claros, se ve demasiado gordo. En fin. Respetemos sus criterios. No la publiquemos sin su autorización.  Tampoco hay que divulgar- en público- y cuidado, los muros son públicos- intimidades que alguien  haya confiado. En realidad las redes sociales no deberían ser utilizadas como confesionario, pero si alguien  cuenta algo personal, nuestro deber es contestarle de la forma más cordial posible-mejor si es por mensaje privado- evitando por todos los medios de que esa información se propague.

4)  No aceptar todas las solicitudes de amistad, ni participar en nada que no sea de  interés
Es muy usual que en las redes sociales aparezcan páginas pidiendo aprobación por medio del clásico “me gusta”. Si no se está seguro, no hay obligación de aprobar.  Tampoco hay que aceptar a todas las personas que  piden “amistad”. Si no se conoce  a alguien, hay que fijarse en la lista de sus amigos  y si hay alguno que se conozca, se le puede preguntar, por mensaje privado quién es esa persona y si vale la pena tenerla en la lista. A mí eso me ha pasado con frecuencia. Escribo en  un blog, es fácil encontrarme porque  estoy con mi verdadero nombre, y dos por tres me “cae” algún pedido de “amistad” de gente que no conozco. Más de una vez, acudiendo a los conocidos de conocidos me sugirieron  la no  aceptación. Por lo cual, no lo hago. No es ningún pecado. Uno tiene derecho a elegir a quién quiere de amigo y a quién no.  
5)  No continuar  con amistades nocivas, o  con las que no se perciben   sus intenciones con total claridad
     No es obligatorio continuar con una amistad que resulta molesta o agraviante. Todas las redes  sociales tienen dispositivos para borrar a los “indeseables”. Tampoco hay porqué aceptar invitaciones a juegos o a cadenas o a páginas que no son de nuestro agrado. Si algunas personas-aunque han sido advertidas- siguen insistiendo en mandar lo que no nos gusta, simplemente se  “borran” de la lista de amigos. De esa manera no molestarán más, y,  poco a poco habrá  una lista “selecta”  o “depurada” de la gente con la cual poder departir sin agravios. No es necesario ni se debe ser nunca  agresivo. Basta con  un “no va más” discreto. Y “a otra cosa, mariposa”. O, dicho de otro modo: “A otro perro con ese hueso”.

6)  Ser responsable
Las redes sociales no son un juego, tenemos que ser responsables de lo que publicamos, compartimos, escribimos. Si hay dudas, o temores, en relación a la experiencia con las redes, siempre hay algún colega, algún amigo de confianza a quien consultar para que nos ayude a salir de “la Troya”. Con seguridad que lo hará porque una de las virtudes de estos nuevos entornos está focalizada en la colaboración para compartir,  aprender y disfrutar.

7)  Utilizar –siempre que se pueda- expresiones positivas. Si no es posible, abstenerse de hacer comentarios sarcásticos, agresivos, o hirientes.
   Hace muchos años, un amigo me regaló un libro que me resultó muy útil. Se llama “Como ganar amigos e influir sobre las personas” de Dale Carnegie. Para algunos es un   “manual de buenas costumbres”, para otros  un libro alcahuete o hipócrita. A mí, me enseñó que vale más una expresión amable o dirigida con buenos modales  que cualquier expresión agresiva o fuera de tono. A veces, sin  que nos lo propongamos podemos “herir” a alguna persona susceptible. No hay nada más hiriente que unas palabritas en contra de nuestro querido cuadro de fútbol- por ejemplo- Y lo pongo como paradigma  porque el fútbol es uno de los temas que provoca más urticaria-. A mí no me gusta que me hagan bromas sobre fútbol. Soy de Peñarol, por herencia, mi padre lo era, y aunque  no sé ni siquiera cuáles son los nombres de los jugadores actuales porque no vivo prendida a la actividad futbolera,  igual me importuna enormemente que me tomen el pelo con el cuadro de mis amores.
 En el terreno político soy peor. No soy frenteamplista-para mí el FA, actualmente, es otro partido más-, y tampoco me merecen confianza ninguno de los otros partidos. Procuro estar informada pero como no confío en ninguno, tampoco espero milagros. De todos modos,  fiel a la consigna de no agredir, no pongo-nunca- nada injurioso en ningún muro. Simplemente: como no puedo decir nada positivo, sin ser hipócrita,  no hago comentarios.

8)   Las netiquetas son la vestimenta con la cual nos presentamos a los demás.

Por lo cual es absolutamente necesario recordar que lo que no nos gusta para nosotros, tampoco debemos usarlo contra los demás. Jamás se le debe decir a nadie que: “está equivocado”. Esa persona, puede pensar de manera diferente a la nuestra, y tiene pleno derecho a hacerlo. No somos los “dueños de la verdad”.
El terreno de la opinión es muy vasto y demasiado susceptible para pensar que únicamente nuestro criterio es el válido. Hay otros que –aunque no nos gusten- merecen nuestros respeto. Recordemos las palabras de Evelyn Beatrice Hall- cuyo seudónimo era: Stephen G. Tallentyre- biógrafa de Voltaire- a quién erróneamente se le atribuyeron:

“Estoy en desacuerdo con lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”:

Estas consideraciones que desarrollé no son las únicas, pero sí son básicas y  si logramos tenerlas en cuenta con eficacia, seguramente nos moveremos en estos nuevos entornos con alegría compartiendo lo que nos gusta, y sobre todo, aprendiendo con los otros-que es una de las mejores formas de aprender-


 
"Hay tabla"- ( hay un golpe) si se transgreden las normas (Imagen tomada de Internet) 









sábado, 7 de marzo de 2015

8 de marzo: SIMONE DE BEAUVOIR




En este 2015 “El Día de la Mujer”  cae en día domingo. No es común para mí, escribir por  este motivo. Sin embargo, como he venido leyendo-y releyendo- libros  de Simone de Beauvoir, voy a dedicar unas  líneas a su recuerdo enlazados con algunos de mi vida.
Además,  como provoqué una catarata de comentarios diversos  en facebook, por mi opinión sobre  la peli “Las Cincuenta Sombras de Grey”, pienso que no estará de más recordar  a esta mujer, escritora, filósofa, bisexual, amante por más de cincuenta años de Jean Paul Sartre, cuyas obras conmovieron a la sociedad del siglo pasado, de una manera monstruosa- cuando aún estábamos muy lejos de tener Internet   y redes sociales para interconectarnos-.
Hace muchísimos años, una de las primeras lecturas que me resultó impactante fue “El Segundo Sexo”. La edición en dos tomos, la  devoré en unos pocos días. Fue impresionante. Me movió el piso completamente. Después de esa lectura, ya no miré al mundo de la misma manera.
Hace unos meses, en Buenos Aires, me compré, “La Fuerza de las Cosas” –su tercer libro autobiográfico-.  Sus libros autobiográficos también fueron, para mí,  tan impactantes  como “El Segundo Sexo”, y resolví releer en estos días “La Plenitud de la Vida”. Me encontré, de nuevo, con algunas convicciones suyas que se hicieron también mías, y, a través de los años se reafirmaron,  porque  lo que leo, cuando tiene afinidad con mi manera de pensar, me genera adhesiones.
En muchas ocasiones me han preguntado si alguna vez intenté tener hijos, o si quise y no pude. La gente suele ser muy curiosa sobre todo, en lo que respeta a los aspectos que  nos hacen diferentes a los demás. Mi respuesta es siempre sincera: no lo intenté. En cambio, sí intenté –y logré- estudiar una carrera universitaria, enfrentándome a circunstancias muy desfavorables en el ambiente  hostil en el que me tocó crecer. Entre las condiciones más desfavorables cuento con la temprana muerte de mis padres que-además- estaban divorciados desde que yo nací. Los primeros nueve años, los viví  bajo  la tutela de una madre, que  me criaba como a una pequeña burguesita- como también fue criada Simone de Beauvoir- con la diferencia de que mi madre tenía que deslomarse para mandarme a una escuela privada, a clases de ballet, a clases de piano, a clases de inglés y a  todo lo que le parecía que me sería de utilidad en la vida adulta. Pero, lamentablemente, falleció trágicamente y mi padre reclamó la “tenencia”. Allá fui yo a dar a  la casa de La Paz, a compartir mi vida con una madrastra y una hermanastra que no conocía. Fue,- como podrán suponer uno de los mayores dramas de mi existencia-. Mi vida dio un vuelco horroroso. Primordialmente por la ausencia de mi madre que era de una poderosa presencia y personalidad, pero también porque tuve  que enfrentarme a unos muy  abruptos cambios en mi estilo de vida.   Contar cómo resistí me  daría para  escribir varias novelas y tratados sobre la resiliencia, pero no es ese el cometido de hoy. Lo cierto, es que, como puede apreciarse,  sobreviví.
En 1967 me casé.  Tuvimos que enfrentar la lucha por el diario vivir con unos suelditos de morondanga que apenas nos daban para lo más mínimo.  En esa solitaria lucha,  por  trabajar y por  estudiar-en plenos años dictatoriales y con todo en contra-  optamos-de común acuerdo-  por  no tener hijos, porque, como decía mi padre, “no se podía chiflar y comer gofio”. Fuimos vistos-por supuesto- como dos “bichos raros”  por los que no podían creer que no siguiéramos los dictados exigidos por la  sociedad patriarcal. Atravesábamos  todavía la época en que se consideraba que la plenitud de una mujer se realizaba por medio de la maternidad y  no con una carrera universitaria, ni  con ningún logro  de carácter intelectual. Aún hoy día, en  pleno siglo XXI, hay muchos que piensan así.
Fue por esa época de lucha sin cuartel (1972), que leí “El Segundo Sexo”, y  “La Plenitud de la Vida”. Con esos libros, “me cayó la ficha”. Las mujeres  habíamos sido consideradas seres inferiores, subyugadas al poder masculino, e incluso apartadas de las posibilidades de votar gobernantes,  pero… ¡oh sorpresa! Esos libros revelaban que  teníamos derecho a decir que no queríamos ser más el “segundo sexo”, que queríamos sacarnos de encima el dominio masculino;  que podíamos y  debíamos pensar por nuestra cuenta, y  que necesitábamos decidir  sobre qué queríamos hacer con nuestros cuerpos, desde todo punto de vista, y, por supuesto,  si queríamos-o no- tener hijos.   Simone fue- como todos saben- la pareja de Jean Paul Sartre. Una “pareja” muy especial.  Nunca se casaron, cada uno vivió sus aventuras, tanto con hombres como con mujeres,  no se dejaron nunca y vivieron bajo un pacto cuyos términos estableció Sartre:
 “Entre nosotros se trata de un amor necesario, pero conviene que también conozcamos amores contingentes”.
También ella optó por no  tener hijos, y lo confesó así,  sin ambages:
Un solo motivo hubiera pesado lo bastante para inducirnos a que nos infligiéramos esos lazos que se dicen legítimos: el deseo de tener hijos; no lo sentíamos. Sobre eso muchas veces me han interpelado, me han hecho tantas preguntas, que quiero explicarme. No tenía ni tengo ninguna prevención contra la maternidad; los bebés nunca me han interesado pero, en cuanto crecían un poco, los chicos solían encantarme; me había propuesto tener hijos en el tiempo en que pensaba casarme con mi primo Jacques. Si me apartaba de ese proyecto, era primeramente porque mi felicidad era demasiado compacta para que ninguna novedad pudiera atraerme. Un chico no  hubiera apretado los lazos que nos unían a Sartre y a mí; yo no  deseaba que la existencia de Sartre se reflejara y se prolongara en la de otro: se bastaba, me bastaba. Y yo me bastaba: no soñaba en absoluto con encontrarme en una carne emanada de mí. Por otra parte, me sentía con tan pocas afinidades con mis padres que, de antemano, los hijos y las hijas que pudiera tener me parecían extraños; esperaba de ellos o la indiferencia o la hostilidad a tal punto había sentido aversión por la vida de familia. Por lo tanto, ningún fantasma afectivo me incitaba a la maternidad. Además no me parecía compatible con el camino en el cual me internaba: sabía que para ser una escritora tenía necesidad de mucho tiempo y de una gran libertad. No me molestaba jugar a la dificultad; pero no se trataba de un juego: el valor, el sentido mismo de mi vida, se encontraban sobre el tapete. Para arriesgarme a comprometerlos hubiera sido necesario que un chico representara para mí una realización tan esencial como una obra: no era el caso. He contado hasta qué punto, cuando teníamos unos quince años, Zaza me había escandalizado afirmando que valía lo mismo tener hijos que escribir libros: seguía sin ver una común medida entre esos dos destinos. Por la literatura, pensaba, se justifica al mundo creándolo de nuevo en la pureza de lo imaginario y al mismo tiempo uno salva su propia existencia; parir es aumentar en vano el número de seres que están sobre esta tierra sin justificación. Nadie se asombra que una carmelita, habiendo elegido orar por los hombres, renuncie a engendrar individuos singulares. Mi vocación tampoco soportaba trabas  y me retenía ante cualquier proyecto que le fuera extraño. Así mi empresa me imponía una actitud que ninguno de mis impulsos contrariaba y sobre la cual nunca sentí la tentación de volver atrás. No he tenido la impresión de rechazar la maternidad; no era mi destino; al quedar sin hijos, cumplía mi condición natural. (“La plenitud de la vida”. Pág. 85/86 Editorial Sudamericana 1972)

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir -imagen tomada de Internet-


“El primo Jacques”, fue, efectivamente, un primo hermano con el cual fantaseó en su primera juventud, pero él decidió casarse  por conveniencia con otra joven. Esa  “vida virtuosa” de probable “ama de casa” no fue ya un objetivo en su vida. En la relación “libre” que adoptó con Sartre, no necesitó sentirse “prolongada” en otra “carne emanada de ella”. Así lisa y llanamente. Por lo cual no me fue difícil deducir que no todas las mujeres desean o sienten la necesidad de ser madres. Por otra parte, hace alusión a la relación de “pocas afinidades” con sus padres, por lo que tampoco se sintió atraída por la vida de familia. Sí tuvo, un profundo deseo de ser escritora, y sabía que para eso, necesitaba todo el tiempo  y la libertad del mundo  para realizarlo.  Y eso fue lo que hizo. Contra viento y marea.
De alguna manera, y por supuesto, mutatis mutandis, yo hice algo similar. Me dediqué a trabajar- no podía dejar de hacerlo si quería comer- pero al mismo tiempo, estudié. Y mi esposo también. Provenientes de familias pobres, sin apoyo económico  de ningún lado, llegamos a vivir de nuestras profesiones. Mi esposo fue abogado y yo me dediqué a Las Letras hasta que-también- pude vivir de ellas.  No quiero decir con esto que sea mejor lo que  hicimos nosotros porque cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Lo que sí  afirmo y sostengo  es que todos tenemos que cumplir  con un destino que no puede-ni debe-  desviarse de la verdadera vocación-aunque nos salgamos de la “normativa”-  porque lo contrario, nos convertiría   en seres infelices para el resto de nuestras vidas.
El amor existió también en una unión tan “rara” como la de Sartre y Simone de Beauvoir, porque se  profesaron mutua  admiración, respeto, comprensión, apoyo, y ánimo. Elementos indispensables en cualquier relación duradera.  “El castor”-como la apodó Sartre- dedicó su vida a las letras, tuvo una hija adoptiva a quien dejó los derechos de sus escritos, y vivió como quiso, desde sus años más tiernos. Concluyo este recuerdo mezclado con los de mi propia vida con estas palabras-tan certeras- de uno de sus “Cuadernos de Juventud”:

(…) no comprendo el amor sin amistad, desagradable, que se queda demasiado fuera de la vida. Me parece que ante el amor todo lo demás no debe desaparecer sino simplemente teñirse de nuevos matices; quisiera un amor que me acompañe en la vida, no que absorba toda mi vida.” (De “Los cuadernos de juventud”)

También juntos en la tumba 


¡Feliz día de la mujer!


domingo, 1 de marzo de 2015

CINCUENTA SOMBRAS DE LOCURA

Sin ninguna ternura- imagen tomada de Internet-
Confieso que no he leído muchas novelas eróticas.   En mi juventud recuerdo haber leído alguna de las famosas, como El amante de Lady Chatterley de D.H.Lawrence, donde se plantea la relación adúltera de la Sra. Chaterley con su jardinero. No es la primera vez que el tema de la diferencia social se pone de manifiesto en las relaciones humanas, ni tampoco es novedoso el planteo de una relación prohibida.
Todo este preámbulo es para decir que no leí Las cincuenta sombras de Grey pero se ha hablado tanto de ella, que hoy, domingo 1º de marzo, sin ganas de ver protocolos de trasmisión de mando, me fui al cine a ver la película.
El argumento lo conocía, porque ha sido absolutamente contado de punta a punta en muchos sitios de Internet,  y llevado y traído hasta por las murgas de este año, por lo cual no voy a abrumar con lo mismo. Pero sobre la película, lo primero que debo decir es que es entretenida. No me pareció que se hubiera inspirado en  una novela “porno para mamás”- según la han tildado porque ha sido leída por mujeres casadas mayores de treinta-. Me parece que tiene algo más, por lo cual mi comentario va por  otro camino, el de la relación humana- o inhumana según se quiera ver- entre Christian Grey y Anastasia Stelle- nombres ficticios de los protagonistas-o Anastasia y Christian;  o Ana y Chris, o Sr. Grey y Srta. Steele- según las circunstancias. 

Un tema importante es el del  “deslumbramiento” de la chica  pobre,  estudiante de literatura inglesa, por el apuesto empresario rico.
 La joven estudiante-virgen sin lugar a dudas-  se turba  con  el acaudalado empresario al cual va a entrevistar por encargo de su compañera de vivienda, más que nada por la arrogancia que exhibe en su comportamiento. Pero también la subyuga- en los dos principales  significados de la palabra, el de “dominar poderosamente, y el de embelesar”-  el mundo de riqueza que lo rodea, el enormísimo edificio de su compañía, el lujo de los ambientes con secretarias meticulosamente bien vestidas, con tacones, y trajes sastre, mientras ella va vestida como una colegiala-pobre, por supuesto- que lleva anotadas  las preguntas que debe hacerle pero ni siquiera tiene una lapicera para anotar las respuestas. Digamos que es una manera, también común, de iniciarse un juego de seducción.  Pero, lógicamente, no tendríamos ninguna “sombra” de Grey, si no asomara lo “oscuro”. Y las sombras se proyectan  y no precisamente en la pared, sino en “el cuarto de juegos”, “el play room” que Grey le muestra  para que vea que él no es un hombre común y corriente, porque tiene  gustos  sexuales  perversos.
En este juego en el cual él asume el rol  dominante, y ella el sumiso, existe-incluso- un “contrato de consentimiento” de dónde y hasta dónde con todos los detalles, incluidos castigos por desobedecer, pero también los suculentos premios: ropa de marca, una computadora nueva, y un auto de bastante más categoría que el pequeño usado que tiene la estudiante. La irá a buscar en helicóptero-que lleva su apellido por supuesto- y la llevará a volar en un planeador biplaza donde también se confirma el juego de peligrosísima seducción. El plano material está absolutamente cubierto y abastecido. A cada paso se hace presente el “poder”, y la idea de “posesión” o “propiedad privada”-como la canción de Rosamel Araya- ,  pero eso sí, con consentimiento de ella.
No conté la cantidad de “sombras de Grey”. No sé si llegan a cincuenta o las sobrepasan. Las locuras sombrías  de sus modalidades sexuales son múltiples y no las oculta-ahí está el completo “salón de juegos” con todos los artilugios del sado/masoquismo-.  Obviamente que esas sombras son salvajes, pero consentidas. Cuando  Anastasia dice que no, él se detiene, por lo cual no se puede hablar de “violación” pero sí de brutalidad.

“Las sombras” que más me impresionaron-que también son locuras- fueron las afectivas: Christian  no se deja acariciar, no duerme en la misma cama con la chica que desvirgó, no le  da ni una gota de ternura, -aunque parezca que sí-.

Siempre me pareció que  lo más frustrante para una mujer-además de los castigos físicos y psicológicos que indudablemente  pueden ser brutales- es la falta de gestos de cariño,  porque cualquier mujer que se precie necesita la ternura de la pareja, antes, durante, y después-aunque sea tan rara como ésta-.

Él no deja lugar a ninguna duda:

“I do not make love, I fuck hard” ( Yo no hago el amor, yo cojo salvajemente”). 

Creo que está todo dicho. Estas son las mayores sombras.

La película puede verse. No es ningún plomo. Da para pensar, eso sí.