jueves, 5 de enero de 2017

SALUTACIONES

Mesa, decoración de cine, copas y mi carterita de fiesta

Indudablemente los tiempos vienen cambiando. Antiguamente los saludos se daban personalmente, casa por casa, a partir de las doce de la noche. En mi pueblo era usual que se visitaran las casas del vecindario  y que las personas salieran cada vez más “escoradas” a medida que se  les iban sumando los copetines. Tengo grabados  en la memoria los abrazos con aliento alcohólico de los alegres amigos que ya habían perdido  toda la compostura y apretaban cada vez más y mejor.  
Hoy en día, el cambio que se produjo es notable: las salutaciones se hacen por Internet. No hay tantos besos sonoros, ni tampoco abrazos crujientes, de esos que le producen temblores al más aguerrido. En cambio,  se reciben –sí- por supuesto, una cantidad enormísima de saludos por mail, en mi caso por el blog, por facebook, por twitter, por whatsapp  y por todos los medios habidos y por haber. Pero faltan los “persona a persona”. Van y vienen dibujitos, videítos alusivos, bromas, chistes-algunos subiditos de tono- y más, pero nada que se acerque al contacto físico de otros tiempos.
Y se extraña. Sigo insistiendo en que no hay nada que suplante a un buen abrazo, y a la alegría de la bebida- y comida- compartida con otros. Se puede obviar, pero no sustituir.
Este año, gracias a la genial idea de Pao, decidimos cambiar la pisada. Nos fuimos a liquidar el 2016, al Hotel Sheraton. Me habían dicho que “estaba venido a menos”, pero como buen cronopio, quise probar. Y probé.
Las instalaciones del hotel son confortables, pero, los servicios están descoordinados. Habíamos pagado un paquete llamado “Armonía” para el SPA-con masajes - Sin embargo, al  llegar al piso 26, no estaban enterados-.
Mientras se resolvía el problema,  me quedé merodeando por la piscina- como ya saben, mi intolerancia al cloro me impide ese placer que no dudo que debe ser estupendo-. Una empleada del SPA se comunicaba con recepción y preguntaba: “¿Qué le vendieron a esta loca?”. Tengo disminuidas algunas condiciones físicas pero mis oídos recepcionan bien. Llegué antes de la hora.  Minga  de masajista porque el servicio no estaba pedido. Pero no me puedo quejar porque lo solucionaron. La masajista  nos dio unos sensacionales masajes y nos hizo una limpieza de cutis que nos dejó luminosas.
Pao se quedó disfrutando de la piscina y del jacuzzi, yo me volví a la habitación. Noté que estaba muy cálida y reclamé. Problemas con el aire acondicionado. Prendí la televisión. Estaba desprogramada. Llamé otra vez a recepción, me atendió la misma que me explicó los “inconvenientes” con el aire acondicionado. Me dijo que me iba a mandar un técnico. A los pocos minutos, lo tuve en la puerta y solucionó el problema programando nuevamente el aparato. Me sorprendió gratamente Lorena, cuando me llamó para verificar si había recibido la visita del técnico.
A la noche, en el salón de la “cena-show” hacía un calor insoportable. Mi cara brillaba y no era por la limpieza de cutis. Las mesas estaban preparadas para 10 personas, con los correspondientes números y nombres. Nos tocó una mesa de simpáticos brasileños que al poco rato, se abanicaban con las cartas del menú. Temprano, a las 20.30 habían dado bocadillos. Pero nosotras, fuimos directamente a la cena que estaba marcada para las 21 horas. Nos costó conseguir un par de tragos, que reclamé reiteradas veces. Finalmente, nos trajeron un par de caipiriñas. Instantáneamente se plegaron varios de la mesa que venían bebiendo champagne y cerveza que era lo que más circulaba. Los hicimos durar, simplemente por prudencia, porque con el calor que hacía el alcohol nos podía poner bobetas del todo. Más tarde conseguimos unos hielitos para el agua que trajeron caliente. Bueno. A temperatura natural, pero, con el calor estaba tibia.
Paisaje desde la  habitación 1006

Después de estas consideraciones vuelvo al tema “salutaciones”.
Cuando terminamos la cena, - sin el postre que promocionaba la carta- fuimos al piso 25- Recordé enseguida, que ese fue el piso donde hicimos la Graduación UAS 2000,  con el hotel nuevecito, brillante y con todas las instalaciones funcionando a la perfección-. Allí estaba el champagne para brindar, las ventanas para ver los fuegos, y  dulces de postre-pero no el del  menú que faltó totalmente-. El primer abrazo del año, bien crujiente y fuerte, fue el de Paola. Aventamos, bien lejos al 2016.  Después, hubo abrazos,  besos y expresiones de buenos deseos,  con todos los brasileños de la mesa- que resultaron simpatiquísimos y afables- y volví, de alguna manera, a recuperar la ternura del abrazo humano, que es insustituible. No hay saludo virtual que pueda dar la misma sensación que da un ser humano deseando “salud”- o lo que es lo mismo “saúde” – en portugués- trenzado en un abrazo sincero y espontáneo.
Y también “feliz ano”- que a nosotros nos suena a otra cosa, pero ta, es en portugués. Ustedes me entienden.
Votemos por la vuelta de esa vieja costumbre: el contacto “persona a persona". No hay nada igual en el mundo de Internet. 

viernes, 30 de diciembre de 2016

"ENFUNDÁ LA MANDOLINA"

"LA DUQUESA FEA" de Quentín Massys- imagen tomada de Internet-



Yaesbocé algún comentario en otra oportunidad. En primera instancia, me referí brevemente al libro que me compré de Simone de Beauvoir en Buenos Aires, en el 2014. Lo he ido leyendo de a ratos. Es bastante realista y por lo tanto, deprimente. Nada de lo que comenta me es ajeno, de una u otra manera lo he ido viviendo, con mis familiares, con mis amistades, y también conmigo misma. No hay duda de que a medida que cargamos más
 años, se nos van cayendo las expectativas y las ganas de ir para adelante. Sin embargo, todos aseguran que lo que hay que hacer es: ponerle el pecho a las balas. Y bueno, una trata.
Lamentablemente, he comprobado que algunas amistades que gozaban de buen humor cuando eran jóvenes, con los años, se han ido agriando en una forma tan siniestra que se han convertido  en seres absolutamente irreconocibles. La acidez, les ha llegado para convertirlos en indeseables. Nadie quiere invitarlos a las reuniones, tampoco se acepta que vengan a una casa donde se celebra alegremente algún acontecimiento. No son bienvenidos porque  amargan hasta a la más agradable de las personas. Es decir, se volvieron insoportables. Además de todos los malestares físicos y psíquicos de la vejez, como la artrosis, -en mi caso, la rodilla que me tiene a mal traer-  las arrugas y el pelo ralo-tanto en hombres como en mujeres- también les quedó “ralo” el cerebro que se les pudrió, junto con “el pelo que fugó del mate”-como canta el tango. En muchos casos, la vejez viene acompañada de fealdad, porque no hay piel que se resista a las arrugas. Hay muchos ejemplos de actrices que se han hecho cirugías estéticas que no solo no les ha devuelto la belleza perdida sino que las ha dejado convertidas en mascaritas- como “La Duquesa Fea” de Quentin Massys-
Lo mejor es ir   buscando  modalidades de adaptación, aunque sean dolorosas. Por ejemplo, ya hay –en otros países- un sistema de alojamiento que se llama “co-housing”. Lo utilizan las personas mayores que, por diferentes circunstancias, quedan solas, y también viajeros, porque el sistema es mucho más económico que alojarse en un hotel-. Son modalidades que han ido apareciendo por los cambios que se han ido produciendo en la vida. Ya no hay más familias grandes, de aquellas que en una gran casa alojaban a las tías solteronas, a las abuelas, a los abuelos y a todos los parientes que iban declinando. Más los  jóvenes que también se iban acomodando con sus nuevas familias.
Lo cierto es que los viejos se van (o nos vamos)  quedando solos. Con solvencia económica, hay posibilidad de  pagar asistentes. Con suerte, se pueden conseguir buenos. Pero, en la gran mayoría de los casos que conozco, muchos han optado por irse a vivir a un “residencial”, pomposa palabreja para designar al “moridero”- que eso es lo que es- Si el cerebro les funciona bien, es decir, si están lúcidos, se  mueren de tristeza, porque la Parca visita la casa bastante a menudo. Además, esa lucidez, es la que les hace ver más  claramente la decadencia de los otros-que es, a su vez, espejo de la propia-. Los especialistas, indican siempre que lo mejor para la edad provecta- para toda edad, pero más para la avanzada- es rodearse de seres con buena onda, y con energía positiva. Pero de dónde yerba si es puro palo. Lamentablemente, -como ya señalé-, muchos vejetes se amargan y además, se ponen sumamente negativos y porfiados. Lo único que aceptan es su punto de vista. El de los demás, no existe o no importa.
Con una tozudez que no tiene asidero, quieren tener siempre la razón. Le cueste a quien le cueste. No importa  lo que se les diga,  porque son terriblemente insistentes y porfiados. No quieren-de ninguna manera- apartarse de su punto de vista.  Por ejemplo, si se les dice que  sería agradable despedir el año en el Shopping, donde hay lugares estupendos para conversar, como  Carrera, o  Mc Café o,  en alguno de los hoteles que tienen cafeterías estupendas,  no lo aceptan. (Quieren venir a mi casa, y yo no tengo ganas de recibir). Lo he comentado con íntimos amigos y ellos lo saben muy bien. Si no tengo ganas, se trata de eso,-simple, lisa y llanamente- no tengo ganas.  A esta altura del partido, poquísimas veces invito a comer. Me agota mucho la preparación de  un menú que antes hacía en un santiamén. Es -también- excepcional que yo acepte visitas. Únicamente vienen los parientes o amigos de toda la vida,-que además ya son muy pocos, porque se me murieron muchos-  a los cuales puedo recibir en chancletas y batón de entrecasa, alejada de todo protocolo,   sin cambiar para nada mi entorno. Y bueno, si es así, ¿por qué insistir hasta el cansancio con una idea que no es ni será aceptada? ¿Alguna vez propuse yo, ser recibida en una casa, sin haber sido invitada?  No. No lo creo. Al menos no es mi estilo. Y como no es mi estilo no lo acepto. Yo también me convertí en  una vieja terca. Qué embromar.
Hay otro tipo de vejestorios que también son insufribles: los que alguna vez fueron buenos mozos y, sin aceptar el paso del tiempo, todavía gastan ínfulas de galanes, aunque ya no tengan con qué afrontar o “bailar” a una “pebeta”. Esos, son aún más cargosos, porque no admiten que ya está, que ya fue, que nada es ya lo que fue, ni lo volverá a ser, por obvias razones.
Para esos  carcamales repelentes, que no pueden-o no quieren- ver la realidad e insisten con propuestas inverosímiles, totalmente alejadas de sus posibilidades, se escribió en las primeras décadas del siglo XX, un tango que se convirtió en un emblema: “Enfundá la mandolina”- toda una poesía lunfarda de cruel veracidad.  Y mucho  más cuando lo  cantaba/interpretaba Julio Sosa.




sábado, 24 de diciembre de 2016

EL PESEBRE

Un pesebre sencillo, la Virgen María, el Niño Jesús, San José, los Tres Reyes Magos  y dos ovejitas.
(Imagen tomada de Internet) 
Mi madre trabajaba mucho y nunca tenía tiempo para armar el  arbolito y  el pesebre. Pero en la casa de mi familia de crianza sí. Eran empresas familiares.  No sé si sagradas porque no recuerdo que se rezara, pero se armaban todos los años con dedicación y la participación de todos.
Mi tía solía guardar el papel imitación piedra de año en año, pero como cada vez ampliaba más las instalaciones del pesebre, su  armado requería todos los años, más papel, más animales, espejos más grandes y pompones de algodón que simulaban la nieve. Creo recordar que hasta se había logrado una especie de corriente de agua simulada que bajaba entre las rocas-todo en base a ingenio y espejos que se pegaban al papel-.
Mi primo y yo participábamos activamente. Ruben, era un genio para distribuir todo en el  espacio, y además, juntaba pastito y arena- lo último que se agregaba estratégicamente. Empezábamos por el armado de la gruta que todos los años tenía tamaño y forma diferente. San José, la Virgen María y el Niño, también fueron variando con los años. De los  pequeños, pasamos a unos muñecotes de porcelana que teníamos que colocar con mucho cuidado porque se quebraban de nada. Lo bueno era que tenían articulaciones. A la Virgen la poníamos -siempre-  en actitud reverente, contemplando al Niño. San José también tenía que estar cerca, al lado de ella, y con la misma actitud devota. Los Reyes Magos, que se agregaron con los años, también llevaban alforjas con regalos. Los poníamos hincados porque nos parecía que era una adecuada actitud para recibir a Jesús. Los pastores no eran articulados y los poníamos lo mejor que podíamos, cerca de los animales: el buey y el burro sobre todo. Más adelante vinieron ovejitas, cabritas, y vacas. Todas sentadas. Iban arriba del pastito. La tarea era minuciosa y nos divertía.
Cuando concluíamos, apagábamos las luces, y dejábamos prendidas únicamente las del arbolito-que iluminaban lo suficiente como para que pudiéramos apreciar la belleza del pesebre armado con afecto-.
Papá Noel y Halloween no tuvieron nunca jamás- para mí-  la magia encantadora de mi pesebre infantil.  
Realmente, hasta el aire quedaba en suspenso contemplando nuestra obra de arte.


domingo, 18 de diciembre de 2016

HOMENAJE A JULIO CÉSAR PUPPO " EL HACHERO"

Nelson "Laco" Domínguez- Imagen tomada de Internet- porque fui tan pero tan torpe
y estaba tan pero tan entusiasmada, que no le saqué ni una foto durante la disertación-. 

La invitación fue de  Ramiro Carámbula, y esta vez, vencí mi natural aversión a los homenajes porque valía la pena  escuchar la disertación de  una de las glorias nacionales del periodismo costumbrista: Nelson “Laco” Domínguez.  Con una sabiduría tanguera, carnavalera, graciosa, risueña y plena de anécdotas, le dio a la concurrencia una estupenda referencia de lo que fue “El Bajo” montevideano, antes de la construcción de la Rambla Sur, y una  semblanza-fiel, porque además lo conoció personalmente-  de uno de los mejores cronistas que tuvo Montevideo: Julio César Puppo, “El Hachero”. El homenaje tenía un motivo: este año se cumplieron los cincuenta años del fallecimiento de “El Hachero”. Yo escribí sobre él algún artículo, pero le estoy debiendo- como le debo a Jorge “Cuque” Sclavo-uno de sus admiradores más acérrimos y gran divulgador y de sus crónicas, así como también otro notable  costumbrista de fuste-, un trabajo más enjundioso. Pero, tengo una enorme carencia, si bien soy una  apasionada lectora de crónicas, y yo misma las escribo,   no soy un ratón de biblioteca. Tendría que tener  colaboradores que se pusieran a revisar uno por uno los periódicos y las revistas donde publicaron ambos, para rescatar verdaderas joyas que están durmiendo en sus páginas. Pero, no los tengo, y es una verdadera lástima, porque me encantaría rescatarlos como realmente se merecen.
La “ilustración” fue un precioso vídeo de Luciano Álvarez, una obra maestra de la reconstrucción cinéfila y fotos que aún se conservan de lugares ya desaparecidos.
Laco contó varias anécdotas que lo pintaron de cuerpo entero a “El Hachero”. Era un tipo culto, pero al mismo tiempo podía sin lugar a dudas, manejar el  lenguaje popular, no lunfardo, sino popular, el lenguaje de la calle- con una maestría singular.
Yo recopilé por algún lado, algunas de las imágenes de sus crónicas pero no sé dónde las guardé. Los años no vienen solos. Traen achaques, cuando logre encontrarlas, las voy a retomar para comentar.
Agradezco enormemente a Nelson “Laco” Domínguez, el paseo que nos dio por “El Bajo”, por sus personajes, por sus mujeres de “vida airada”- eufemismo que disimula no del todo a qué se dedicaban- y, por sobre todas las cosas, por esa sabiduría que sabe  desparramar a manos llenas.




martes, 13 de diciembre de 2016

L A S C O S A S

La Frigidaire, lista para irse 
En otra oportunidad escribí sobre los autos que fuimos teniendo y que de una u otra manera nos fueron acompañando. Por supuesto que son cosas, pero tan, tan,  deseadas que al final, terminamos como algunos  estadounidenses - que le dicen “she” al auto y no “it”- porque no lo consideran una mera cosa sin significado.
Algo similar me ha pasado con las heladeras. Cuando recién me casé tuve una “Ferrosmalt”- común, no había con freezer- que siguió funcionando en la casa vieja cuando nos mudamos para Punta Carretas.  

La Ferrosmalt era como esta. La imagen la tomé de Internet-

Acá,  tuve hasta hace pocos días una Frigidaire- norteamericana-  Esa sí con freezer  y descongelado automático. El primer freezer de mi vida. Tan especial como un amor inolvidable, de esos que dejan marcas para siempre.
A la vieja Ferrosmalt había que descongelarla cada quince días. Ese era el tiempo ideal. Si no se hacía en esa fecha, iba acumulado una gran capa de hielo alrededor de la superficie del congelador y hacía unos extraños ruidos de motor atracado. Se dejaba de noche, sin alimentos, abierta, con el recipiente de la verdura cerca del congelador para que cayera el agua y los pedazos de hielo que se iban desprendiendo. Durante toda la noche teníamos un helado concierto ruidoso. La caída de los cascotes nos despertaba en el medio de la noche. Al día siguiente, había que secarla toda, lavarle todos los recipientes y enchufarla nuevamente. Mientras “largaba” la marcha también hacía unos cuantos ruidos. Pero andaba. Nunca se quedó.
La Frigidaire, era una belleza petiza. Una alta, no hubiera entrado en la cocina porque el placar superior toma mucho espacio. Descongelaba automáticamente.  Apenas se necesitaba limpiarle el recipiente trasero de vez en cuando. También ruidosa, pero noble. Hasta que hace unos días empezó a perder agua. Y lamentablemente, saqué la cuenta de que tiene tantos años como yo viviendo acá. Vino como una de las novedades para habitar en el nuevo-viejo apartamento. Los años también pasaron por ella. Y ahora, hace agua.  Quise conseguir un técnico que  viera si la podía reparar para seguir tirando otro tiempo, pero ya no hay. Tampoco hay más repuestos, porque el modelo pasó de época. Entonces,  con todo el dolor del alma, empecé a buscar otra petiza para cambiarla. La Frigidaire marcó toda una etapa de mi vida que fue más bien fructífera. Mi esposo estaba sano,  me había consolidado en el trabajo, todos los años tenía clases, ganaba bien, y, era joven. Qué joder. Tenía energía como para darle para adelante con ganas y sin zozobras. Nos fuimos envejeciendo las dos. Ella hace agua.  Y yo también. Hay que seguir para adelante, pero tampoco sé hasta cuándo. Nunca se sabe hasta cuándo. Se sigue igual, pero un día la Parca te dice “no va más” y te liquida con un golpe certero. Que al fin y al cabo, sería lo mejor porque quedar para sufrir y para molestar no me hace ninguna ilusión.
Como el espacio que tengo para la heladera no es muy grande, tuve que buscar y encontrar  otra cortita. La encontré marca Enxuta. No sé ni remotamente cómo será. Me dijeron que también descongela automáticamente. Pero vino con el inconveniente de que no tiene puertas intercambiables. Me queda recontra-mal para abrir y cerrar en mi pequeña cocina. Como decía mi padre: “joderse y tomar quina, la mejor medicina”. 

La Enxuta recién llegada 


Ahí quedó, en el lugar de la simpática Frigidaire, que se fue.  Se la llevó Aportes Emaús. Ojalá que la puedan reparar y que siga sirviendo en algún otro lugar. Quizás la gorda se siga acordando de mí,  que supe hacer y guardar en ella,  muchas comidas ricas.


Me acordé de este poema de Jorge Luis Borges, que se llama-precisamente- “Las Cosas”:






El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

Jorge Luis Borges







domingo, 4 de diciembre de 2016

AMISTADES

Teodoro en su cama, arriba del escritorio
A medida que la vida va transcurriendo con rapidez vertiginosa, vemos como nuestros mejores amigos se nos van quedando por el camino. En este año 2016, perdí dos entrañables: mi hermano de crianza Ruben Pesamosca, y mi cuñado Edwin Stanley. Dos seres de privilegio que supieron acompañarme durante muchísimo tiempo con una lealtad a prueba de balas. Nada nos separó, ni la época de Misia Dura, ni tampoco las circunstancias negativas porque  todas las sorteábamos con energía y buena onda. ¿No había grandes ingresos?  No importaba. Siempre nos salvaba alguna campana. Recuerdo un día después de mi cumpleaños,  que volvíamos para casa sin un cobre y nos devanábamos los sesos pensando cómo y qué íbamos a hacer de comer. Cayó Ruben. Como siempre, sin avisar, porque ni siquiera teníamos un teléfono fijo. Nos sinceramos como lo hacíamos habitualmente. Juntamos las monedas de todos los bolsillos. Eran suficientes para un paquete de 450 gramos  de fideos. Pero no nos alcanzaba para comprar alguna verdurita para hacer una salsa y un paquete de queso rallado. Volvíamos del almacén,  los tres cabizbajos. Vimos el  quiosquito de enfrente. El cartel quinielero estaba afuera. Mi esposo me preguntó- ¿Vos no le jugaste al 22 ayer? – Sí. Le contesté. – En la lista está a la cabeza. Miré  mi monedero. Allí estaba la boleta ganadora. El quinielero, amigo del barrio, con una sonrisa de oreja a oreja, me pagó. No sé cuánto. Hace muchos años. Precisamente, yo había cumplido 22. Nos dio para comprar las verduras, el queso, pan,  vino y coca. Toda una fiesta que celebramos apenas terminé de cocinar. Felices.
Mi cuñado Edwin Stanley era el menor de los hermanos. Cuando mi esposo entró a trabajar en el Banco, se encargaba de lavarle la ropa. Mi suegra tenía una lavadora con una única paleta destrozona, pero él se las ingeniaba para sacarle la ropa impecable.  Y si le arrancaba algún botón se lo cosía de maravillas. Lo recuerdo siempre alegre, con una sonrisa, cantando fantásticamente bien mientras trabajaba. Después empezó su propio negocio y mi esposo, perdió a su lavandero, pero la relación se mantuvo siempre armoniosa a través de los años. Era socialista. De Vivián Trías. En realidad, todos éramos de Vivián Trías. Socialistas o no. Porque nos daba unas sensacionales clases de Historia Nacional y Americana y nosotros lo adorábamos. Íbamos a la casa, nos prestaba libros para preparar los exámenes, y, mientras anotaba nuestros datos en una libreta privada, nos daba, además, una magistral clase de  historia.
Mi cuñado era otro de esos seres excepcionales y queribles. De temperamento suave y armonioso, no soportó el primer divorcio y se enfermó. De los nervios. Se decía entonces, y sí.  Era de los nervios. Tenía dos hijos de ese primer matrimonio. Y era hijo de padres religiosos. No se concebía- por más socialista que se  fuera- ni una separación ni un divorcio. Si uno se casaba era para siempre. Y si se fracasaba era lo peor que le podía ocurrir. Le costó salir pero salió. Se casó otra vez, tuvo otro hijo- fue el más prolífico- Siempre con su sonrisa y su buen humor a flor de piel.
Entonces, este año se me fueron estos dos  amigos del corazón.
Me quedan otros entrañables, pero cada vez son menos. Entre ellos, Jor y Ana. Con ellos también llevamos una larga trayectoria de amistad. Más de cuarenta años. Con Ana, estudiamos juntas. Pasamos muchas vicisitudes juntas. Salvamos exámenes juntas. Paseamos juntas. Y no sé cuántas cosas más hicimos juntas porque a través del tiempo se fueron dando muchísimas.
Jor se está recuperando de una operación.

A veces salimos, o nos juntamos para charlar. Hay que celebrar la salud, la vida y la amistad. Todo. Porque no hay nada que valga más la pena.
 ¡Ah! ¡Por supuesto!  De ninguna manera me puedo olvidar de Teodoro Segovia, mi gran amigo de cuatro patas,   sinvergüenza, sabandija, travieso pero muy querible. Conversamos mucho. La charla entre amigos es fundamental. No importa que hablemos distintos idiomas; la comprensión involucra mucho más, los  gestos, el tono de la voz, las caricias, los mismos, es decir: va más allá de las palabras. Teodoro y yo lo sabemos.
 
Teodoro y yo de gran charla 

sábado, 26 de noviembre de 2016

REVISANDO ENCRUCIJADAS

El antiguo taller de reparaciones de máquinas de oficina y la casa importadora
Hoy, son taperas.  "Devaneos".  "Verduras de las eras."
Hoy me fui de excursión a la Ciudad Vieja. Y sí. Para mí es una excursión salir de Punta Carretas para hacer un trámite en el otro extremo de la ciudad, pero no tuve más remedio. Para renovar el pasaporte tenía que hacerlo, no hay forma de hacerlo por Internet, hay que pagar en el acto, y, el trámite urgente- de cuarenta y ocho horas, tampoco la pavada- sale el doble que el común. El asunto era ir, sacar la hora y volver para concretarlo.
Por lo tanto, me levanté temprano- cosa que detesté y detesto siempre- para pegarme una ducha, tomar un café y salir. Ir en el ómnibus 121 me permitió disfrutar del buen sol y pensar. El recorrido lleva más de media hora. Tomé uno cuyo destino era Plaza Independencia, por suerte,  el local para hacer la gestión está cerca y se puede ir caminando. En el trayecto, pasé por la antigua casa de reparación de máquinas de oficina, donde trabajé en los años setenta. Ya conté el episodio del despido en “Encrucijadas”. No es mi intención repetirlo. Pero sí recordarlo porque –precisamente- es en las “encrucijadas” que  se nota,  al pasar el tiempo, si el camino por el cual optamos fue el correcto o no. En algunas encrucijadas no pude optar: las que me puso la vida con las enfermedades y muertes de seres queridos fueron- y siguen siendo- intransferibles e inamovibles. No las pude cambiar nunca. Pero, en otras, pude elegir. Y elegí.
En el caso del empleíto de la Casa de Reparaciones, dejé que me despidieran,- que fue-indudablemente- una humillación-, cobré el seguro mes a mes, busqué otro laburito-que me costó mucho conseguir- y seguí para adelante con mi Licenciatura. Me recibí y de a poco, comencé a dar clases. No  me llené de oro con la profesión, pero sí pude vivir de lo que más me gustaba: las letras, y aunque no fui un modelo docente, salí todos los días contenta con mi portafolios repleto de planes y lecturas.
Hoy me paré-otra vez- frente a la vieja casa que está tapiada y convertida en tapera. Saqué estas fotos para ilustrar estos recuerdos. El número era “677”; ya no se ve. Le saqué foto al local  de al lado: “679”. 
El "677" desapareció. Como casi todo.


Y pienso con total seguridad: opté bien. “Largar” el empleíto donde se me pedía que “trabajara o estudiara”, fue una encrucijada muy “hartera”. Si hubiera optado por quedarme, lo que me hubiera significado dejar de estudiar, otra muy diferente habría sido mi existencia, sin ninguna realización personal.
Hoy,  ya veterana y jubilada-de administrativa y docente- pienso que la vida me puso en la  disyuntiva y la elección fue la acertada. Opté por culminar los estudios.  Por suerte. Y si no, miren esta tapera. Vienen a cuento los versos manriqueños:

 ¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención
como trujeron?
Las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras,
y cimeras,
¿fueron sino devaneos?
¿Qué fueron sino verduras
de las eras?

También el tallercito, y la casa importadora, que ya no existen más, fueron “devaneos”, “verduras de las eras”. Efímeros negocios momentáneos que sucumbieron inevitablemente.


En el transcurso de la vida, quedó esta perspectiva desoladora



domingo, 20 de noviembre de 2016

" PESADO COMO CALDO DE HABA"

A la caza del desprevenido transeúnte- son de REMAR, pero pueden ser de cualquier otra cosa-


En la crónica anterior, me referí a las alternativas humorísticas de la argentina Laura Oliva, en sus monólogos, y, en especial a  uno que tituló “Me la baja”. Esta vez, voy a ser yo, la que titule estos divagues con un dicho popular oriundo de no sé donde- pero sí sé que es del campo- “pesado como caldo de haba”, y se refiere, específicamente a situaciones en las cuales sentimos que lo que está ocurriendo es –realmente- “pesado” es decir insoportable. Así es el “caldo de haba” para todo el que se haya atrevido a tomarlo. Yo,  les aseguro que así es.
Por ejemplo, a mí me resulta insoportable en estos tiempos, el asedio de los “call centers”. Yo sé que las tipas  tienen que ganarse la vida de alguna manera, pero, aún así, no tienen ningún derecho a ser “caldo de haba”: esto es: insistir e insistir aunque una les diga que no, que el servicio ya está cubierto, o que no lo necesitamos, o lo que sea, pero no, no, y no. Y punto.
Uno de los más insistentes es un servicio de acompañantes que se llama “Vida”. Las mujeres- originalmente son mujeres- llaman y se tornan absolutamente inaguantables, aunque les digamos que tenemos todos los servicios, y que no queremos- o no podemos, que es lo más frecuente- pagar más. Insisten como una máquina repetidora, como si fueran mutantes preparadas para ese oficio y no pudieran dejar de hacer eso de ninguna manera. Ayer, por ejemplo, sin ir más lejos, me llamaron tres veces en un lapso de no más de dos horas. No es suficiente con decirles que no. Insisten con preguntas. ¿Y qué servicio tiene? ¿Le cubre las 24 horas? ¿Tiene con botoncito?  ¿Ha pensado en una situación extrema- un sorpresivo ataque, por ejemplo- en el cual no se pueda mover ni hablar?  La putísima madre que te parió. Sí, claro que he pensado. He leído también, sobre tipos – y tipas-, para que no me censuren las feministas- que se mueren solitos- y solitas (no me gusta, pero lo pongo por si acaso), sin ninguna asistencia y se les encuentra después de varios meses, porque sus cuerpos despiden olor fétido y los vecinos se dan cuenta de que crepó. Claro que me doy cuenta, pelotuda. Estoy al tanto de esas muertes, y de circunstancias de todo tipo. Pero, ocurre que es un fenómeno “moderno”. Las grandes familias, antiguamente, vivían en un mismo caserón: abuelos, abuelas, tíos, tías, el vejete solterón que había quedado irremediablemente solo, el pariente loco- siempre hay un loco en la familia-, y las sobrinas, buenas chicas y todo, pero que no habían logrado  un candidato que se las llevara y habían quedado irremediablemente para “vestir santos”. Ese era el dicho. “Vestir santos”. Iban a las iglesias, y les hacían las vestimentas a los santos- no habían podido ni coser, ni bordar para sus bodas y sus propios críos.
La persecución es implacable 

Claro que lo sé. Pero con saberlo,  no voy a cambiar el mundo. Ni nada, por lo tanto, esos servicios que se ofrecen por los call centers, no me sirven para nada y me molestan mucho.
También sé- estoy completamente enterada- de que no es por tener o no tener hijos que una se queda sola como Adán en el día de la madre. No. La soledad en la vejez, cuando se ha dejado de ser útil, es un producto de la vida actual. Por que se han producido  cambios  en las modalidades de vida. Por algo surgieron los “co-housing”- especie de “hoteles” para vivir solos –pero al mismo tiempo, con servicios que aseguren que si nos morimos haya alguien que recoja nuestros restos y los entierre- No creo que sea mucho más que eso- La piedad no es-de ninguna manera- un sentimiento moderno. Al contrario.
Pues bien. Volvamos al tema. Dije: “pesado como caldo de haba”. Así son los call centers que nos ofrecen servicios que no necesitamos o que no queremos contratar,  y también lo son los pedigüeños. En este país los hay de todas las modalidades. Ya escribí sobre el tema en: “El país de la manga”.

En estos tiempos de aproximación a las fiestas tradicionales, los pedigüeños arrecian. Hoy, por ejemplo, en la entrada del  Punta Carretas Shopping me encontré con unos bien pesados: los de la asociación REMAR. Los tipos, aunque les digas que no, son capaces de seguirte hasta  debajo de las piedras.
Y otra pedigüeña implacable es una gorda que está apostada en la puerta de la iglesia de Punta Carretas. Saludable, de no más de cuarenta o cincuenta años. Se volvió, -supongo que será por la época- en una insistente tenaz-: -¡Señora, señora, señora! (varias veces) ¡una ayudita, una ayudita, una ayudita!-” (también varias veces). Yo, habitualmente sigo mi camino. En primer lugar, porque no creo que tenga que darle “una ayudita”. La tipa está en condiciones de laburar, como yo lo hice desde muy tierna edad para ganarme la vida,  y, además, porque creo que no se debe fomentar la “pedigüeñez” de ninguna manera. Ni esta, ni la que nos propone el estado, cada vez que hace una promoción de “llamada de solidaridad”.
Vamos a dejarnos de joder.
La solidaridad debe empezar en casa.
El estado nos roba abiertamente los haberes que cosechamos para vivir en  nuestras edades provectas.
No quiero de ninguna manera solventar más empleados públicos. Así que déjense de joder, “pesados como caldo de haba”.

sábado, 12 de noviembre de 2016

"ME LA BAJA"

Foto de la visita de la Sra. Hillary Clinton a la escuela Nº 264 de Uruguay-foto tomada de Internet- 


La escapada a Buenos Aires me permitió  ver el programa “Hacete de Oliva”  donde la verborrágica Laura Oliva, hace empleo de una expresión que parece que se puso de moda.
Se trata  de una que connota una clara reacción negativa debido a circunstancias adversas: me la baja. Oliva, con el desparpajo sensacional que la caracteriza también mechó que para las mujeres podría ser: “me la seca”.
Y sí. Hay situaciones en que se pueden producir esas sensaciones de  absoluto fracaso. A mí me pasó con la demora del último viaje que hice en Buquebús. Y también con el encuentro en la Bibna con el escritor cubano Alejandro Padura. Ya les conté las dos anécdotas así que no voy a abundar.
Y aunque la expresión se considere de mal gusto es magnífica y acertada: de la misma manera que el pene no se yergue por voluntad propia, ni la vagina se humedece así nomás, tampoco se puede lograr que las cosas salgan como una quiere, así  porque sí.
Yo no seguí al detalle  el asunto de las elecciones en Estados Unidos. Leí algunos comentarios,  oí otros, más que nada,  sobre Donald Trump. La mayoría negativos. Entre ellos, el del escritor Leonardo Padura en la BIBNA.
Pese a tanta alharaca el hombre triunfó y fue electo Presidente de los Estados Unidos.
La candidata republicana tampoco me  había impresionado agradablemente. En su visita a Uruguay, en el año 1998, como primera dama, el colegio UAS   engalanó las ventanas de sus clases con las banderas de Uruguay y de los Estados Unidos, y sacó a los niños-también con banderitas de los dos países-  a la vereda, para que la vieran pasar, pero ella, ni siquiera se dignó a bajar la ventanilla de su auto para saludarlos con la mano. Los  pequeños quedaron frustrados.  Sin embargo, visitó a la escuela pública Nº. 264. Y, por supuesto,  se sacó fotos con las maestras y con los niños. Supongo que protocolarmente, le quedaría mucho mejor la visita a esa escuela pública y no a un colegio americano privado -que seguía los programas de los Estados Unidos y todo, pero que no tendría ninguna repercusión política positiva para su carrera-.
Foto de Hillary Clinton firmando en la escuela Nº 264 en el año 1998 Uruguay

Así que yo también podría  decir -junto con Laura Oliva-: que esa actitud tan interesada, tan poco  propicia, que tuvo para con un colegio de su país, “me la baja”- (o “me la seca”).
Pero la vida da muchas vueltas, y muchas, son de rosca completa. Es probable que ahora  sea ella la que esté diciendo:
Donald Trump “me la baja”, (o “me la bajó” o   “me la secó” completamente), porque la dejó fuera de combate en las elecciones presidenciales.
Y ahora:
¡América latina, y mundo en general:  ¡Sálvese quien pueda!





sábado, 5 de noviembre de 2016

LEONARDO PADURA EN LA BIBNA

Leonardo Padura firmando ejemplares. Un detalle: es zurdo.
¿Será zurdo Mario Conde? 


Antes de la escapadita a Buenos Aires me habían llegado las convocatorias de la Sociedad de Profesores y  de la Biblioteca Nacional para el encuentro del  viernes 4 a las 19 horas,  con Leonardo Padura. Lo presentaría Mario Delgado Aparaín y lo entrevistaría Jaime Clara.
En las redes sociales circuló también la noticia por lo cual supuse que habría mucho público interesado en escuchar al “Cuban Boy”, que tal como su literatura imaginaba bastante irreverente.
Lamentablemente la horrorosa desorganización propició una especie de  desagradable hecatombe. Se anunció que el encuentro sería en la Sala Julio Castro, que es pequeña, por lo cual, al poco rato rebozó de público sin asiento que se desesperaba por acomodarse. A los pocos minutos se anunció que iríamos abajo a un lugar con disponibilidad para albergar a 400 personas, y cundió el caos. Yo, que había llegado a las 18.30 para conseguir lugar, quedé en las últimas filas porque de inmediato se llenó caóticamente con todo el público que acudió masivamente y empujó, pisoteó, y codeó hasta conseguir los mejores puestos posibles. Así, fue la cosa. Ni más ni menos.
Mario Delgado Aparaín empezó la presentación sin micrófono- la mudanza fue intempestiva- y, por supuesto, los de las últimas filas no oíamos un pomo. Se generó una incomodidad general que no se calmaba con nada porque era como estar en una presentación muda. No quiero decir con esto que lo que dijera Mario Delgado Aparaín fuera algo que los oyentes no supiéramos sobre Leonardo Padura, su posicionamiento con respecto a Cuba, su personaje señero Mario Conde y tal y cual. Más o menos, sus lectores tenemos alguna idea sobre el particular,  pero de todas maneras, nos hubiera gustado mucho poder saber qué decía al respecto.
Al rato, no sé cuánto tiempo después, apareció el micrófono y la gente, a medida que empezó a escuchar se fue calmando. No se notó en ningún momento que Padura estuviera preocupado porque manifestó en varias oportunidades que había sido muy bien recibido y que tanto público lo había sorprendido gratamente.
Después de todos estos avatares, cuando terminó la exposición-honestamente,  la de Mario Delgado Aparaín podría haber sido más breve, ya que el interés estaba concentrado en oír a Padura, pero ya se sabe que cuando otro escritor toma la palabra deja con menos tiempo al invitado, cuyas opiniones son las que realmente interesan-.
El cubano desbordó buen humor y con solvencia puso fin a las discordias.
Al final, Clara dijo que “firmaría ejemplares en el hall”. No especificó  qué “hall” y un montón de berenjenas- entre las que me conté- fuimos a hacer cola al hall de la entrada. Después de  un rato de espera, unas personas nos dijeron que le habían armado el boliche con una mesita y el cartel de la editorial Planeta,  abajo- al lado de la sala- Otra vez, vuelta a las catacumbas. Nueva maratónica cola para obtener la firma. Reitero lo del principio. Una horrorosa desorganización. Padura merecía algo mejor. Y nosotros,  sus lectores,  también. 


miércoles, 2 de noviembre de 2016

BUBUBUQUEBÚS


La exquisita cerveza de "La Biela" 

Ya todos saben que soy un cronopio y que viajo como tal.
Por lo tanto, me ocurre todo lo que le puede ocurrir a un cronopio y más. No importa cuántas precauciones previas haya tomado porque son inútiles. Por cierto, que preparé la valijita y la hice y deshice un montón de veces, pero siempre me olvido de algo, o llevo cosas absolutamente innecesarias.
Esta vez, patiné con BUQUEBUS.
Les juro que compré el paquete con varios días de anticipación, que no hubo tormenta sino una ida y vuelta con un clima bastante potable en comparación con lo que se vino después.  Pero Buquebús tiene el monopolio del Río de la Plata. No hay ninguna otra empresa que le haga sombra, y por lo tanto, disponen de lo que quieren y cuando quieren. Así que “cronopio, cronopio, buenas salenas, cronopio, cronopio”, informaron que el buque saldría “con retraso”.  Otros pasajeros me dijeron que “era normal”. Para mí no es normal un retraso de media hora si las condiciones atmosféricas permiten la navegación, pero parece que los rioplatenses, muy mansos o pelotudos,  nos “acomodamos” a las demoras con franciscana paciencia.
Ya en la fila para abordar el buque- que demoró lo que les dije- tuve que soportar la presencia de un señor-muy emperifollado él- que me pasó raudamente-aunque yo iba bastón en mano- faltaba más-. En esas condiciones pude observarle el pelo cuidadosamente teñido-con mechitas claras- bien de físico pero con más arrugas que una col- y la actitud de un actor de cine. Yo no lo reconocí pero podría serlo. No sé.
En la fila, ya para abordar, nos dieron los zapatones protectores. No hay más máquina expendedora, que era muy práctica. Simplemente se ponía el pie y salía calzado con los adefesios. Esta vez dos azafatas entregaban los horrores y otras dos a la entrada, verificaban que estuvieran puestos. Tuve que hacer malabarismos-pese a que llevaba una única maleta – para colocármelos. Ya saben que la artrosis me tiene a mal traer, no hay ningún puto lugar para sentarse así que me los puse en el aire. Así nomás.
Antes de llegar al asiento pregunté dónde tenía que sentarme y me dijeron que fuera donde más me gustara. Bien. Por lo menos pude ir en un asiento cómodo. Siempre elijo uno que esté cerca de la cafetería y próximo a los baños. El buquebús era Francisco Papa. Dan una copita de algo que puede ser champagne- no tengo paladar para eso- y el viaje se realizó sin mayores inconvenientes. ¡Albricias!
Todos estos avatares fueron soslayados  ante los hermosos y suculentos bifes de chorizo  que ofrece la city porteña en algunos lados, acompañados por una buena cerveza. 
Uno de los buenos  bifes de chorizo. 


El más duro y casi incomible fue el de “Café de los Angelitos” donde nos recibieron con precisión milimétrica y donde los platos –también con precisión milimétrica- entraban y salían por nuestros costados con una velocidad incomparable. Lo mismo que el Show. Preciso, eficiente, rápido y  frío como la nieve. A las doce de la noche ya estábamos de vuelta en el bus de regreso preguntándonos-estupefactas- si lo que habíamos visto  era – o no- un “show de tango”. Más bien creo que vimos un espectáculo preparado para turistas NO rioplatenses que supieran cero de tango y adyacencias. Preferí el show que vimos años atrás,  en “La Casa de Aníbal Troilo”, más entrañable, más nuestro,  con varios cantantes que presentaban los temas y dialogaban con el público.
El regreso también lo comprendía el “paquete buquebús”.  Como el buque de puerto a puerto- Buenos Aires- Montevideo, el día domingo- salía muy temprano, compré un pasaje de Buenos Aires a Colonia. ¡Oh dioses del Olimpo! Supuestamente salía a las 12.30. Me hicieron estar pronta para salir del hotel, a las 10 y 15; pasaron a las 10.30  por lo tanto, tenía nada más y nada menos que casi un par de horas de espera-.
Al llegar,me instalé en un banco frente al cartel que decía: Salida 12.30
Se hicieron las 12.30 y nada. Las 13 horas y nada. De pronto una voz cavernícola informó que el buque “estaba demorado”. Lo dijo  una única vez, la gente seguía llegando con la esperanza de abordar, pero el buque no estaba disponible. Pasamos dos horas de espera. No nos dieron ni “una sed de agua”-como decía mi padre- Pero eso no fue todo. Después del viaje, también al llegar al puerto de Colonia, hubo que esperar porque había un buque  y no podía atracar otro. Es decir, que pasamos otra media hora más en Colonia.
Así nomás. No me van a negar que somos mansos como agua de pozo.
El día que otra compañía les haga competencia,  -una especie de “buqueuber”- con seguridad que protestarán enérgicamente. Pero será tarde, muchachos. Mejoren ahora.