martes, 4 de septiembre de 2018

LA INVISIBLE

Glenn Close y Jonathan Pryce en La esposa ( foto tomada de Internet)


La película The wife  revaloriza el papel de las mujeres que han quedado opacadas por un hombre y que no han sabido salir de esa cárcel en la cual se encerraron a sí mismas y da a Glenn Close una firme posibilidad de ganar un Óscar por su magnífica actuación.
El argumento es conocido: Ella, cuando era joven,  le  llevó a su profesor un texto que escribió, y a partir de ahí  surge  una relación que se consolida contra viento y marea. La película los presenta, ya veteranos,  en una situación muy especial: el momento en que lo llaman para notificarle que ganó el tan preciado premio Nobel. A partir de ahí, el argumento se consolida y se desarrolla mostrando las  múltiples facetas de la relación. En el caso de ella, se destaca la esposa eficiente, atenta a todos los detalles, incluso con las píldoras que  él tiene que tomar con los horarios marcados por reloj. Organizada y eficaz buena esposa. Desde todo punto de vista. Él es  un artista ególatra, —como suele ocurrir— pagado de sí mismo; el clásico pavo real que exhibe su plumaje, y más ahora, que ha ganado el premio más cotizado. Al pavoneo de sus plumas, se suma el detalle de que es un mujeriego que ha sostenido romances, —y aún lo hace— con otras mujeres. Ella, ha sido sumisa y lo ha tolerado. La vuelta de tuerca es fácil de imaginarla: en realidad, la que escribía era ella, y él, era en cambio un simple editor de las obras, incluso, incapaz de reconocer los nombres de los personajes que supuestamente habían sido su creación.

Glenn Close en un papel memorable como La Esposa ( foto tomada de Internet) 


Hay casos reales. El 12 de abril de 2013, escribí sobre María Lejárraga, la escritora fantasma, que escribió todas las obras del que fue su marido: Gregorio Martínez Sierra.



Hace un tiempo, vi una película también sobre un caso real: el de la pintora Margaret Keane, cuyo marido figuraba como “el pintor”, pero la que hacía las obras era ella. Hubo un sonado juicio por derechos, donde ambos fueron obligados a pintar delante de un tribunal; ella fue capaz de crear un cuadro con sus clásicos personajes de ojos grandes, y él adujo un dolor en el hombro para no hacerlo. Todo salió a la luz, y ella  que había estado “a la sombra”, también.
Nunca son del todo claros los motivos para aceptar esas posiciones tan humillantes. Puede haber varios: uno es el papel sumiso que tenía la mujer. Se las educaba para ser sombras de sus maridos, caminado siempre atrás para no destacarse en nada que los pudiera opacar. Era muy común que aceptaran su destino sin protestar. Incluso hubo algunas que escribieron con seudónimo masculino para no herir sensibilidades. Únicamente ante situaciones extremas, salían a la luz. En el caso de  María Lejárraga, por ejemplo, fue en defensa de sus derechos de autoría porque se estaba muriendo de hambre, mientras la amante, la que había tenido una hija con el renacuajo —así lo llama Rosa Montero en su interesante trabajo, sobre María de la O—, vivía a cuerpo de rey, incluso  cuando él ya había muerto.
Otro posible motivo: la natural  humildad femenina de épocas pasadas, también producto de una educación para servir al hombre como si fuera un amo. Leí alguna obra con consejos para las recién casadas que enfatizaban esa posición. Ellas, durante siglos,  no tuvieron agallas para enfrentar una sociedad que no estaba preparada para que las mujeres desempeñaran papeles activos.  El papel activo, de real importancia de la mujer, más bien parece haberse manifestado claramente en la segunda mitad del siglo XX. Yo recuerdo que en la década del 60, empecé a usar minifaldas y pantalones a escondidas del negro Pinela que me hubiera pasado por una máquina de picar carne ante tamañas atrocidades modernas. Tuve que esperar a tener mi primer novio que era bastante liberal, (él sí, pero la madre, no—también como suele ocurrir—) para usar faldas cortas o pantalones, que  no eran usuales como prendas femeninas. Aunque las jóvenes de ahora  no lo crean.  
Por lo tanto, puede afirmar con conocimiento y experiencia de causa, que el papel activo de la mujer es muy reciente y aún es combatido.
Yo también dejé aspiraciones por el camino; una de ellas fue la de escribir profesionalmente. Como tuve que trabajar para vivir, nunca pude hacerlo. Me tuve que conformar con la docencia, que pese a no haber sido mi primera opción fue placentera. Sobre todo ahora que cosecho los frutos de tantos años de lucha y veo tantos seres maduros y realizados que pasaron por mis clases. Tengo amistades que me dicen que empiece ahora, pero ya no estoy en edad. No quiero ser llamada la abuelita de las letras. Despunto mi gusto acá, en mi blog, al que tampoco exploto comercialmente aunque conozco mujeres que sí lo hacen.
Probablemente, por mi propia experiencia de  vida, haya podido comprender  a Joan Castleman, el personaje que  Glenn Close, encarnó estupendamente.  Tampoco me pareció inverosímil el final. ¿Por qué destruir una ilusión que se mantuvo durante tanto tiempo?
Vean la película. Vale la pena.


domingo, 26 de agosto de 2018

CORTÁZAR Y YO


Cortázar y Flanelle ( Foto tomada de Internet) 



Hoy es 26 de agosto, aniversario del nacimiento de Julio Cortázar. Facebook me lo recordó.
 Hace unos años, puse esta  foto de él con Flanelle, (Franela) su gata querendona. 
Mi gato se llama Teodoro porque él tuvo un gato al que llamó Teodoro W. Adorno, en honor al filósofo. El mío es  un Teodoro criollo,  (no con “Th”) y lleva mi apellido: Segovia.

 
Teodoro Segovia recibiendo mimos matutinos 
 Cortázar fue, desde mi juventud,  uno de mis amores literarios, no el único porque tengo unos cuantos, por suerte; pero sí uno de los más queridos. Me hubiera gustado conocerlo, hablar con él, saber si teníamos más coincidencias. Sin lugar a dudas, estaría de acuerdo conmigo, en que hay una opaca vida sin gato, y otra luminosa vida con gato, porque son seres absolutamente fuera de serie. El mío, por ejemplo, conversa. Sí. Conversa. Cuando le hablo me contesta.  Sabe perfectamente cuando ha hecho algo que no está de acuerdo con las normas de la casa, espera pacientemente para subirse a mi falda ronroneando, y  también sabe cómo pedir perdón poniendo cara de “yo no fui”, hasta que al final, me vence simpáticamente.
Teodoro Segovia arriba del placar de la cocina 

Cortázar me cautivó primero como narrador. Sus relatos “llamados fantásticos, a falta de mejor nombre” —como dijo él—me deleitaron, también su vida, sus peripecias, su Carta en mano propia a Felisberto Hernández; su Rayuela.
Pero tiene una maravillosa faceta, no del todo explorada, como poeta, con textos conmovedores. Más de uno, después del día de la nostalgia, adquiere un aire de pérdida irremediable. Eso de soñar con un amor imposible, de querer y no poder. Y de eso que se va perdiendo melancólicamente con los años que, de manera inexorable,  nos va carcomiendo la vida.

Este, por ejemplo, es uno de ellos:

After such pleasures

Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas
ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.
      



jueves, 16 de agosto de 2018

UTENSILIOS

Destapador y abrelatas del tiempo del jopo
“Para reconstruir una cultura lo más importante son los cacharros de la vida diaria”.
"Leonora"
Elena Poniatowska














Cuando recién me casé, mis parientes y amistades, contribuían con ideas y cosas. Alguna de mis tías, con varias casas, desmantelaba alguna de ellas para darme cacharros de distintas procedencias y utilidades.
Demás está decir que yo aceptaba todo. Así llegaron platos y vasos de diferentes juegos, que conformaron durante un tiempo mi primer ajuar. Muy lejos de los actuales que son del mismo cristal y diseño. Como buena pobre, todo venía bien.
Mi esposo había sido trasladado de Las Piedras, al Comercial de General Flores- nunca supe si esa agencia tenía algún nombre-. Tampoco fui jamás. No nos hacíamos visitas  a los lugares de trabajo. Lo que sí recuerdo era que tenía una clientela conformada por los pequeños comerciantes de la zona. Muchos eran fabricantes de utensilios diversos y se dedicaban a venderlos. Por supuesto que recibimos unos cuantos. Probablemente, hoy en día,  habrá objetos más sofisticados. Yo los tengo aún en pleno uso. Hay abridores de botellas y de latas.  Además, otro utensilio que sirve para hacer té- con hojas que se colocan en el pequeño recipiente calado que se pone en la tetera-. Asimismo tengo un pequeño  posador para las bolsitas de té- y una fuente alta de vidrio para poner masitas. Este última fue  regalo de una amiga, pero todos los otros utensilios son de mi época de recién casada y llegaron como diferentes regalos.
Siempre que limpio los cajones de la alacena, los acomodo para tenerlos a mano siempre.  Son útiles hasta ahora, aunque ya tengo otros abridores de botellas que sacan corchos sin hacer ningún esfuerzo, siempre busco el antiguo, que funciona a la perfección. El abridor de latas es una curiosidad. Basta con hincarle el pico y mover la mano para adelante. No corta más que la lata y la abre también sin ninguna dificultad. No sabría hacerlo de otra manera.
En uno de esos acomodos de cajones, hasta apareció un tapón, que tapa herméticamente una botella de manera tal  que el líquido no pierde su correspondiente gas. Sería muy fácil reconstruir “mi cultura” observando la variedad de cacharritos que tengo aún en completo uso.
Utensilios:Tapón, colocador de hojas para el té, y posabolsita de té 

Otro capítulo aparte lo constituiría  la ropa. Ni que  hablar. Me resisto a vestirme como una señorona del siglo pasado.  Doné  los  trajecitos que acompañaron mi vida docente, regalé las chaquetas de piel de zorro y de nutria, que quise  y usé tantísimo tiempo,  y cambié para un “sport casual”  sin desdeñar sombreros y boinas.  Procuro no ser ridícula. Que se puede se puede. Otro día les cuento.



jueves, 9 de agosto de 2018

LA FLOR DE LA EDAD

Aldo y Gabriela foto tomada de Internet 

En realidad, la documental que vi  se llama “La flor de la vida”, aunque  yo la hubiera llamado: “La flor de la edad”. Está basada principalmente en la historia de Aldo y Gabriella, dos octogenarios-  horrorosa palabra que señala la década de los ochenta años de edad-. Vivieron juntos cuarenta y ocho años; después Gabriella lo dejó. Optó por vivir separada de Aldo. La película es  una rotunda queja sobre la vejez y los deterioros que ocasiona. Los momentos felices  aparecen para señalar  el paso del tiempo, pero no se detienen demasiado en lo bueno. Únicamente son pantallazos. Incluso, en el tráiler, Aldo dice algo así como: “mira qué cuerpazo que tenía, ahora ya no tengo nada de eso”. (Sinceramente, Aldito, perdoname, pero  sería como si yo pretendiera tener las medidas  de mis años juveniles, cuando me postulé para Miss Primavera, ahora, que ya pasé los setenta pirulos).
A Aldo Macor lo conocí por su actividad de bloguero: Su blog se llama: “Me ne frego”. Algo como: “No me importa”. También puede ser algo así como “a mi qué”. (Yo te veo encogerte de hombros y todo.)  Aldo tiene múltiples  historias centradas en  su persona y en sus actividades. Él mismo dice-en la película-  que es un ególatra; yo no miento cuando afirmo lo mismo. En realidad,  todas las personas que hemos tratado con artistas, -yo he tratado más con  escritores por mi actividad-  sabemos, sin lugar a dudas, que el artista  es un egoísta supremo: un maravilloso pavo real que muestra constantemente la belleza de su plumaje.  Admíralo siempre. No te atrevas jamás a decirle que ha perdido la belleza de sus plumas, -es decir  las ventajas de sus años mozos- porque nunca estará dispuesto a admitírtelo y te odiará irremediablemente para siempre. Y hasta te dejará de hablar y de escribir. Si por alguna causa, tu sinceridad te lleva a decirle  que prefieres a los hombres jóvenes y con el  aspecto de Keanu Reeves, te mandará de cabeza al   infierno más ardiente. ¡Cómo le vas a decir eso a él, que fue un dios de la belleza!
En la documental Aldo y Gabriella son los protagonistas, pero, como las cineastas convocaron a personas mayores de ochenta,  no son los únicos que aparecen. Una de las figuras  más conocidas es Cristina Morán, nuestra amable  locutora de radio y televisión, protagonista de aquellos “Domingos continuados” que fueron tan exitosos. También a ella le llegó la vejez. Es una de las que dice que envejecer es muy duro, o muy cruel.

Es muy  cierto que envejecer conlleva cambios físicos y espirituales. Hay que aprender a convivir  con ellos y no pretender ser unos pendejos cuando ya somos seres que han pasado los años mozos. Eso no quiere decir que nos apoltronemos y que busquemos que los demás hagan todo por nosotros. De ninguna manera. Simplemente significa que debemos acompasarnos al paso de los años. Yo ya me di cuenta de que no puedo bailar más  twist, rock o salsa, como antes,  pero ¿qué tal un tanguito? Es más que posible que mis  huesos no resistan la dura rutina de la gimnasia aeróbica, pero hay otros ejercicios que se pueden practicar hasta edades provectas sin que nos tengamos que  romper  los ligamentos o algún hueso. Yo practico taichí hace años; sus movimientos lentos y armoniosos favorecen el  bienestar físico y espiritual y también contribuyen a la coordinación mental, porque hacer bien las figuras requiere práctica constante y como es  en grupo, aporta también los beneficios de lo social.
Taichi: Posición de latigazo simple 


En la película se les preguntó a los veteranos si habían dejado algo por hacer. Yo también me lo he preguntado. De acuerdo a como se me dio la existencia, no creo que hubiera podido cambiar nada. En plan de fantasear sí.
Como fantasía o utopía- es decir como irrealizable porque no se me dio-.
¿Qué me hubiera gustado ser?
Redactora. Escritora.
¿Por qué no lo fui? Porque tuve que trabajar para ganarme la vida y aunque lo intenté nunca pude conseguir ningún empleo que se relacionara con las letras. Finalmente, opté por la docencia, aunque no fue mi primera elección. De todos modos, desde el momento en  que asumí que eso era lo que tenía que hacer para dejar de trabajar en  oficinas, me concienticé de que lo tenía que hacer lo mejor que pudiera. Me iba en ello la vida. Sin lugar a dudas. Y lo hice. Sin más cuestionamientos. Ahora, ya veterana y retirada, tengo este blog donde despunto mis ganas de escribir y de expresarme.
Aldo también hizo algo así, aunque siempre buscando sobresalir. Tiene su blog “Me ne frego”, pero por medio de él, por medio de  la pintura, por medio de la escultura, quiere el reconocimiento de su talento. También quiere personas para conversar porque está solo. Sus amigos se fueron muriendo. Dice que le  quedan dos. Yo me pregunto y te pregunto Aldito,  ¿Por qué no cultivas  amistades más jóvenes? Siempre aportan un renovado aire de frescura. Incluso hay países que alientan a  vivir con personas de diferentes edades  porque se sirven los unos a los otros. Los jóvenes consiguen  un lugar para vivir mientras estudian y a su vez, los viejos obtienen compañía.

Ya conté con algunos toques de ficción,  que cuando era muy joven  gané una coronita de lata como Miss Fotografía en un concurso de Miss Primavera donde la reina electa fue  una con aspecto de Marina Vlady, con unas  redondeces muy contundentes que yo estaba muy lejos de tener.
Marina Vlady (foto tomada de Internet)

De todos modos,  el prestigio de  la coronita de lata  me trajo también  un novio alto, buen mozo, de pelo encrespado y de ojos castaños  que era el Adonis de  Las Piedras. No me duró mucho, pero mientras tanto, fui muy feliz. Y eso es lo que cuenta.
La verdad es que a medida que transcurre la vida hay que ingeniárselas para  cosechar pedacitos de felicidad. En fin. Si no  puedo conquistar a Keanu, ( Aldito: vos sabés que me encantaría ¿no?)  al menos tengo que alimentar a toda costa,  la capacidad de soñar.  Y, como decía Rosencof-    (  que ya es un octogenario divino como vos también-): “¡Que nunca falte!”


 
Mauricio Rosencof: "Que nunca falte"
(foto tomada de Internet) 












viernes, 27 de julio de 2018

DOMINGOS

 En estos días en que he corrido contra reloj para entregar  una  ponencia, estuve buscando apoyatura por todos lados. Eso me llevó a escuchar muchos casetes grabados, donde encontré sorpresas de todo tipo. Desde uno de ellos con una grabación de un examen de conversación del año 1994, donde las voces de mis estudiantes de esas épocas suenan como niños. Lo eran, sin lugar a dudas; –  ahora  son unos muy serios señorones  profesionales–,  hasta una entrevista con Lil Bettina Chohuy. ¿Motivo? La promoción del Uruguayan American School como colegio que tenía un nuevo programa que podría incluir a uruguayos que quisieran quedarse a estudiar en el país, en lugar de continuar estudios  en los Estados Unidos. Ese trabajo me llevó todo un fin de semana completo sin abandonar el viejo pasacasete que trabajó incansablemente como si fuera nuevito. Finalmente, al concluir, quedé vacía e insomne.  Decidí revisar otras carpetas. Empecé por algunas de  fotos de mis actores favoritos.  Ya se sabe que uno  es Keanu Reeves,
Keanu- foto tomada de Internet- 
La belleza de Lex Barker

 pero hubo otro, amado por mi madre, -a mí también me gustaba- que fue el mejor Tarzán de todos los tiempos: Lex Barker. Una hermosura que usaba un equívoco y pequeño taparrabos sobre sus musculosas  y largas piernas. Una belleza apolínea. Sin lugar a dudas. Nunca supe cómo en esa época, década de 1950, lo dejaron lucir tan desnudo, tan provocativo, tan yo que sé y con ese no sé qué.
Por último revisé mi carpeta de notas. Y encontré unas sobre otro día domingo. Había ido  al centro de mañana, también pasé  por la casa de una amiga a retirar y devolver libros y decidí comer en una pizzería del centro. Ejido y 18 para más datos. En  el piso de abajo, estaban los televisores a todo trapo con partido mundialista. Por ese motivo, decidí subir las escaleras para encontrar un lugar más recogido. Arriba, no había ni un alma. O eso pensé al principio, hasta que una voz desagradable me dijo: “Acá no está habilitado, señora”. 



La escalera de la pizzería 
Arriba: el lugar desierto y negado 


Busqué al renacuajo  en cuestión, lo encontré sentado con una laptop y con cara de pocos amigos. Saqué unas fotos al local desierto para poder escribir sobre  la pelotudez humana de negar un lugar para comer, a sabiendas de que el local depende de cuánto pueda vender  de comestibles.  Ya en casa, aún con el gusto amargo del rechazo,  en pantuflas,  me pedí un  delivery, y  “a otra cosa mariposa”.
Y acá lo dejo escrito, para que conste, para que perdure. Qué joder



En pantuflas día domingo después de la negativa para poder sentarme en un lugar tranquilo 

viernes, 6 de julio de 2018

¿ Y DESPUÉS DEL MUNDIAL QUÉ?

MUNDIAL DEL 2010 CELEBRANDO 

En estos días he tenido abandonado mi blog porque estoy tratando  de escribir una ponencia. Para mí es muy  difícil porque no tengo experiencia, y me van a pedir esto y lo otro, en cuanto a los textos, cómo citarlos, en dónde poner las llamadas si al pie o al final y otras cuestiones que no sé cómo  resolver. Necesitaría un manual facilón donde se dieran las bases más necesarias, pero, no lo tengo. Algunas de mis amistades han presentado trabajos académicos, pero no ayudan a otra persona ni en broma.
Me faltan –además- testimonios, porque el autor que quiero presentar escribió e hizo de todo en su vida para solventar sus gastos y los de su familia. Los he ido pidiendo en las redes sociales, pero, hasta el momento nadie me ha contestado ni por sí ni por no. Es increíble pero es así. Cuando alguien solicita mi ayuda yo respondo, si puedo o no puedo, si tengo o no tengo, pero parece que eso no se usa más.
Estas palabras anteriores son para explicar mi ausencia bloguera.
Ahora sí. Voy al tema. A mí el fútbol nunca me interesó demasiado. Soy de Peñarol por mi padre, pero no tengo ni la más pálida idea de cuál es el equipo actual, quién lo dirige y cómo. Por ser como soy, no hago comentarios de fútbol, tampoco  de política, ni de religión. No  tengo una militancia política o una religión determinada. Fui educada en mis primeros años en una escuela de monjas, porque mi madre tenía la peregrina idea de que la educación que daban las hermanitas era mejor que la pública. Resultó que ni tanto ni tan poco. Cuando ella murió y fui a vivir con la nueva familia de mi padre, él me envió a la escuela pública. La novedad fue que había varoncitos, y como siempre me gustaron me adapté lo mejor que pude.
Este Mundial de fútbol 2018 ha provocado una especie de avalancha publicitaria y, desde hace más de un mes, no hay nada que no se haya  futbolizado. La propaganda de los comercios ofrecía  descuentos cuyas ofertas empezaban: “si gana Uruguay, tenés tal o cual beneficio en tus compras”. Y más de una iba a las ofertas de cabeza. Yo hice las compras habituales, pero no llevada por los comerciales, sino por lo que necesitaba. La costumbre de haber sido siempre  pobre me hizo conservadora en los gastos.
Cuando vivía mi esposo, el administrador de las finanzas era él. Yo empecé a ocuparme de lo económico cuando me quedé sola. A veces me ha ido bien, pero no siempre. Este año, por ejemplo, no pude viajar a ningún lado. El año pasado sí. Un viaje que no resultó como lo había soñado y planificado. Ya lo conté. No voy a abundar en eso, pero viajé. Pensando en los paseos que hice me acordé que en el Mundial 2010, unos amigos habían cumplido sus veinticinco años de casados, y, como nuestras finanzas andaban bien,  los invitamos a pasar unos días en el hotel Carlos Gardel, recorrer los puntos interesantes de la zona, y también ir hasta Rivera. Lo hicimos con total felicidad. ¿Por qué me acordé? Porque también  era un año de Mundial.
Ahí quedamos los cuatro para la posteridad con la bandera de Uruguay en el Restaurante El Zorzal Criollo.
La vida siguió después con sus altos y sus bajos. Para mí, más bajos que altos, porque  mi esposo se enfermó al final del año 2010 y ya  nada fue  igual para mí.

Entonces, la pregunta del título: ¿Después del Mundial qué?
Broma que apareció en redes sociales cuando UY perdió con Francia

 Marca unas grandes  interrogantes para este año 2018, ahora que ya estamos por volver a la realidad. ¿Aumentos? De todo tipo, aunque el gobierno lo niegue o nos trate de llenar con estadísticas. ¿Endeudamiento del país? También. Y es seguro que lo vamos a pagar todos. Sin lugar a dudas.
 ¡Chau Rusia!

lunes, 18 de junio de 2018

CUANDO ELLAS QUIEREN O BOOK CLUB

Don Johnson- ayer y hoy- atractivo siempre ( imagen tomada de Internet) 

En estos tiempos de pasión futbolera procuro entretenimientos que no tengan que ver con el deporte. Asunto difícil porque el público uruguayo está completamente embobado con la propuesta. En el primer partido, que se sufrió a muerte, el equipo  logró conquistar un gol en los últimos instantes y  desató una avalancha pasional desmesurada.
Por eso, el fin de semana pasado, busqué una peli de corte liviano para olvidar la pasión marketinera que nos acosa por doquier.
Encontré “Cuando ellas quieren”,  protagonizada por cuatro actrices talentosas: Jane Fonda,  Diane Keaton, Candice Bergen  y Mary Steenburger. De ellos, también talentosos, me quedé con Don Johnson- el churro descomunal de “Miami Vice"- y  Andy García. Ambos-digan lo que digan los contras-  mantienen intactos sus encantos. En la ficción, exhiben una apariencia sana, atlética, tienen ganas de jugar, y, no parecen estar para nada  desganados. Sus personajes tienen posiciones económicas sólidas y ofrecen-también por ese motivo- fantasías que el dinero puede acercar.  En cambio, por las conversaciones entre ellas, los espectadores sabemos que el que  también está retirado de la actividad sexual  es Craig T. Nelson (Bruce) el marido de Mary Steenburger (Carol). Hay gracia en todo lo que hace esta  mujer- incitada por la lectura, para volver a atraer al alicaído Bruce que solo se preocupa por montar su moto- (y nada más por cierto.)
 Los otros dos atrayentes galanes aparecen para recrear esas vidas monótonas que no tienen mayores incentivos- salvo las lecturas que realizan-
 El argumento es conocido por todos: ellas se reúnen en un Club de Lectura, y  seleccionan para esa semana: “Las 50 sombras de Grey”.
Debo aclarar que yo no leí la trilogía, pero-como soy curiosa- vi una de las películas. La trilogía dio lugar a tanta polémica como Lolita. Tengo amigas que son buenas lectoras que se negaron a leer ambas obras. Yo leí Lolita. En cuanto a “Las sombras”  me bastó con ver una de las  películas. Es probable que la lectura- como pasa habitualmente- sea más picante que el filme, pero como un botón basta para muestra, yo me consideré satisfecha con la peli. El asunto es que en este Club del Libro, la lectura provoca en estas cuatro mujeres veteranas, una reacción erótica extraordinaria y las conduce a aventuras que de otra manera no se hubieran atrevido a tener. A esas vidas “aletargadas” llega Grey con sus fantásticas propuestas sadomasoquistas. Y ellas empiezan a desear esa existencia que quizás tuvieron alguna vez pero que quedó enterrada en el pasado bien pasado. Quizás más de cuarenta años.
El galán que viene del pasado para el personaje de Jane Fonda (Vivian), está encarnado por el atractivo Don Johnson (Arthur) y el de Diane Keaton (Diane) por Andy García ( Mitchel) medio petizón y redondito, pero con pelo y encanto. Basta con algo así para que las cabezas de esas mujeres empiecen a funcionar como las de unas adolescentes. Las situaciones que se crean son graciosas en la mayoría de los casos. Hay que ver que todas ellas encarnan mujeres de la tercera edad, de las cuales se espera un comportamiento serio, ordenado, y coherente. Pero, la lectura –que es un poderoso estimulante para las mentes-tengan las edades que tengan- incita a imaginar, a soñar,  y aunque queden en ridículo, se animan a un montón de locuras que logra espantar por completo el aburrimiento.
 La película me entretuvo. En ningún momento me cansó. Fue un aire fresco en medio de la tormenta provocada por la avalancha futbolera.


sábado, 9 de junio de 2018

FÚTBOL, FÚTBOL Y MÁS FÚTBOL



"Celeste aunque le cueste" (foto propia)




No hay caso. Pase lo que pase en el país, aunque se caiga a pedazos y  la inseguridad domine todos los ámbitos, el fútbol es el rey indiscutible.
Nada escapa a su influjo. Todo se “acelesta”. Los bares, los restaurantes, hombres, mujeres, comercios, empleados, operarios, supervisores. Incluso los conductores de UBER – que en un principio ofrecían caramelitos a los pasajeros-, ya se uruguayizaron (porque hay muchos venezolanos y cubanos, que van con las radios trasmitiendo  pelotudeces futboleras. Antes, no hace mucho, llevaban música clásica, pero les duró bien poco).  El influjo de la propaganda es tan grande que no escapa nada ni nadie.
Yo no soy fanática. Ni siquiera fui  botinera porque nunca tuve en la  mira a ningún futbolista. Lo juro. Y miren que  tenía nada más ni nada  menos que  a Fernando Morena- que en su juventud partía las piedras y embobaba a media humanidad y más recientemente – otro más joven- “La Fiera” Diego Aguirre-


Fernando Morena ( imagen tomada de Internet)

Diego Aguirre "La Fiera"(Imagen tomada de Internet)


Pero mis  preferencias fueron siempre  por otro carril.  Un poco Jean Louis Trintignant, Clint Eastwood,   otro poco, Jean Paul Belmondo, Charles Bronson -  esos feos con un inexplicable “no sé qué”- y, actualmente, (todo el mundo lo sabe por otra parte)  Keanu Reeves. Alto, atractivo y cincuentón.
Keanu Reeves(Imagen tomada de Internet) 
Jean Louis Trintignant ( Imagen tomada de Internet) 


  

Los carilindos, si bien reconozco que lo son, no me resultaron nunca los más atractivos.
Pese a esa despreocupación por el deporte por el cual todo Uruguay se está estremeciendo, no puedo escapar a la “fiebre rusa”- esta descomunal sensación de que el mundo se acaba porque Uruguay va a jugar este mundial con un plantel al parecer invencible-. De todas maneras, a mí me parece que tenemos muchos otros problemas para resolver que han pasado a segundo plano o han sido  tapados por este acontecimiento que parece llevar el alma de los compatriotas.
Es de esperar que después se restablezca un mínimo de cordura que nos haga mirar-otra vez- todo lo que tenemos para hacer. Juntos. De otra  manera, no será posible. Ojalá que sí.

lunes, 21 de mayo de 2018

A LA DERIVA

Eugenio Derbez, Anna Faris (Imagen tomada de Internet) 


No voy a comentar el famoso cuento de Horacio Quiroga cuyas últimas palabras me hicieron llorar en mi adolescencia:
 “Y cesó de respirar”.
Tampoco me voy a referir a los amores imposibles. Sobre todo los inconvenientes  que se plantean cuando se da por concluida una relación que ya no da para más. Bien se sabe lo difícil que es dar o aceptar una negativa, del tipo   “no va  más” ruletero. Le busques la vuelta que le busques la otra persona no la acepta de ninguna manera. Se pone furiosa. ¿Cómo te vas a negar? ¡Por Dios! ¡Nada menos!  Quiere seguir aferrada a  una época que no existe más que en la memoria, y que en el presente ya no tiene ninguna  razón de ser. Pero no. No voy a comentar nada de eso. No tendría ningún sentido. “Lo pasado, pisado”. Sin embargo, algo de todo  eso se da  en la película que vi hoy. No echo nada a perder si les digo que el argumento es muy similar a otra película de igual nombre que vimos años antes. Tampoco peco de chismosa si les digo que en este caso, el millonario “pervertido” y mimado por el papá es él y la pobre es ella. Clásico argumento de amor imposible (por eso señalé que algo de “amores contrariados” había). En esta película, él pierde la memoria en un accidente- caso típico también, para volver a vivir otra vida- y, ella, aprovechará las circunstancias para vengarse del mal trato que le dio, cuando fue contratada para limpiar su lujosísimo yate donde pasaba sus días haciendo nada, rodeado de mujeres hermosas, bebiendo y comiendo a su pleno gusto. Todo a su completo gusto. Pero el destino, o como se le llame, le tiene dispuesta una trampa mortal.
Se cae de su lujoso yate y va a dar-desmemoriado- a una playa. Sin los recuerdos de su vida, el millonario queda a merced de la pobretona que lo toma a su cargo, y, ayudada por familiares y amistades, lo llevará a hacer algo que nunca hizo en su vida de ricachón mimado: trabajar.
¿Les suena?
También puede  pensarse –si quieren- en “La Vida es Sueño” de Calderón de la Barca, donde el príncipe que   ha sido criado como un mendigo,- ya que  los vaticinios le auguraron al padre  que sería asesinado por ese hijo colérico-, despierta un día en su palacio. Fue criado como pobre por un hayo.  Al despertar rodeado del lujo palaciego, comete varios desatinos, y vuelven a dormirlo nuevamente. Y lo llevan otra vez a su pocilga. ¿Se acuerdan? Vale la pena releer la obra y repasar este famoso y filosófico monólogo del Príncipe Segismundo.

 “Sueña el rey que es rey”

S

con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,              
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?                
  Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,               
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.                  
  Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida?  Un frenesí.                
¿Qué es la vida?  Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”.  

 Lo recuerdan ¿verdad? Famosísimos los últimos versos.  Todos  pensamos alguna vez que somos seres de ficción, o ilusorios, como fantasmas que nos desvanecemos en un instante, sin dejar nada. Apenas algún recuerdo en la memoria de alguno que nos haya querido. Nada más.  
En “Amor a la deriva”,  sueñan los operarios con los cuales tiene que trabajar Leonardo, construyendo una piscina en una fabulosa mansión de un millonario-  y por supuesto también Leonardo, cuando la empleada doméstica, le “inventa una vida ficticia”- con trabajo,  con  hijos, con responsabilidades. Y, de a poco, acepta esa vida- creyendo que es la que siempre tuvo-, preguntándose sobre la realidad-  como el príncipe Segismundo- sin saber que lo han  metido nada más y nada menos que en  una trampa- una jugarreta del destino si se quiere-, que lo lleva además a la reflexión que en su vida de niño rico y consentido nunca se planteó.  
La película tiene además, unas buenas dosis de humor. Entretiene. Divierte. Es   más que un mero  entretenimiento.                

izas le convierte

sábado, 12 de mayo de 2018

LAVADO Y SECADO

Ninguna máquina aporta el buen olor de la ropa secada al sol


Escuché unos  comentarios en un programa de televisión de esos que tienen tendencia a ser ómnibus- para todos- sobre la idea de que en otros países húmedos, es común que en el living se vean instalados los tenderos con ropa secándose. Incluso los calzones. Sin ningún tipo de vergüenza, los habitantes de la casa, lo consideran una modalidad “normal” de secado sin que se les mueva un pelo con la desprolijidad. Se sabe- y yo lo vi- que en Nápoles se tienden las cuerdas de lado a lado de  las calles y se ven las prendas de todo tipo,  colgadas y  exhibidas   como si se tratara de obras de arte.
Yo prefiero que  el secado de la ropa se haga en forma más discreta. Nada de”  bombachitas colgadas en la canilla del baño” (mi marido detestaba ese “secado” porque lo encontraba  desagradable- aunque a veces,  se las colgaba a propósito, pero,  él sabía que era un juego-. Nada más que un juego. )
Hoy en día, hay  mucha   dificultad para secar la  ropa.  Llueve y llueve, y no permite por nada del mundo la salida del solcito- el poncho de los pobres- que da tan buen olor a la ropa que se seca con su influencia.
En mi  casa paterna, el Negro Pinela,  había hecho una especie de tendedero- con cañas- que dispuestas convenientemente en forma de cúpula permitían poner abajo un primus y la ropa húmeda se colgaba  encima de ese habilidoso artificio. Más que nada recuerdo la época de pañales de mi hermana Juanita- que por supuesto  no eran descartables- porque yo era la encargada de lavarlos y secarlos. Una tarea que me llevaba  horas de vigilancia. El fueguito me daba cierto abrigo y mientras miraba que no se quemara nada, me sentaba  y leía todo lo que quería. Nadie me molestaba. Yo estaba cumpliendo mi tarea. Ahora tengo una lavadora que tiene un programa de secado, pero anda cuando quiere y como quiere. A veces, me vuelve a lavar la ropa. Yo la dejo  porque de todas maneras es tan independiente que de nada me vale enojarme cuando no cumple con mis planes. Allá ella. Finalmente, termina secando, pero la ropa no huele como la que se seca al sol. Eso es indudable. No hay enjuague artificial que iguale al olor de  la esencia de lavanda que preparaba mi abuela paterna- que era lavandera de oficio- y que dejaba la ropa con un aroma inigualable. Nunca supe cómo la hacía pero su ropa lavada y secada, quedaba maravillosamente bien.
Tendré que encontrar su fórmula para sacar el olor a perro mojado que queda después de tanta lluvia. Quizás mi yaya Elivia me visite en sueños y me pase su fórmula. Ya veremos.