lunes, 29 de octubre de 2018

¿ No tiene más chico?

¿No tiene más chico?

No se imaginan cuánta falta me hace un cronista como el Cuque que pudiera escribir sobre este tema. Yo voy a tratar de hacerlo pero nunca será igual.
Resulta que actualmente, a partir del peligro que significa para cualquier jovata andar por la calle con una cartera, todas salimos con lo justo y con alguna tarjeta de crédito o similar para financiar algún gastito menudo. Sin embargo, cuando nos aproximamos a algún  cajero con la idea de poder sacar algún manguillo-porque no todo se puede pagar con crédito- el muy maldito nos pone un cartelito que anuncia: múltiplo de 2.000. Y ahí, la quedamos porque nuestra modesta intención era sacar, pongámosle 900— para que nos quedara cambio— Pero no. El maldito cajero quiere que le pidamos múltiplo de 2.000. Y no hay Dios posible que lo convenza de otra cosa. Ahí empieza nuestra odisea. Queremos comprar  unas humildes medialunas, o unas humildes pizzas de Carrera. Como ya se ha podido comprobar, las empleadas no se caracterizan por tener bueno modales, pero, como nos gustan los deleites que ofrecen, nos arriesgamos al vacío. Logramos hacer la compra, pero, al final, nos espera  una joven cajera con cara de  asqueroso culo que cuando nos ve el billete nos espeta:
¿No tiene más chico?
Nos lo dice de jeta fruncida, como si estuviera oliendo un sorete maloliente. Y nosotras, apabulladas viejecitas de cotolengo, le decimos con  nuestra más suave pronunciación que no. Que no tenemos, que el cajero nos obligó a sacar 2.000, y que no pudimos hacer nada al respecto. La cara de culo hediondo se acentúa, se arruga, se bifurca, nos tira el cambio sobre el mostrador, –los billetes de a uno, de los más roñosos que tenía en el fondo de la caja– y mientras los recogemos lastimosamente, sentimos  que nos achicamos, que nuestro metro setenta de altura juvenil que traíamos al principio se nos hizo mínimo y que no habrá dios ni diablo  que nos salve de la ignominia de la humillación.
 Ni modo.
Salimos, sí, con nuestras medialunas o nuestras pizzas pero tan tan apabulladas, tan pero tan frustradas que no  nos quedó ni apetito para deglutir alguna de esas delicadezas. Somos unas pobres desgraciadas atrapadas en la vorágine de la modernidad. Habrá que conseguir algún caballero que nos salve de la nulidad, que nos saque otra vez a flote, como cuando éramos jóvenes y buenas mozas y no había el peligro de las volteadas–del tipo de las que describí– sino de otras más alegres y gozosas. ¿No? Piénsenlo. Si se les ocurre alguna solución, les agradezco difusión. Por ahora, a mí no se me ocurre ninguna.

jueves, 18 de octubre de 2018

JORGE CUQUE SCLAVO: PRÓLOGO PARA UN PRÓLOGO DEDICADO A UN FELISBERTO COMPAÑERO DE TRABAJO

Foto del archivo familiar de Claudio Sclavo. Sentado en quinto lugar: Jorge Cuque Sclavo; atrás el primero parado es Felisberto Hernández. Abajo, en el centro de la foto, se puede apreciar la firma de Felisberto.
Gracias Claudio, por permitirme  usar esta joyita histórica.



Por  esas vueltas del destino, hace años, —ustedes lo saben—  entré a dar clases de español y literatura en el colegio norteamericano Uruguayan American School. Para mí fue entrar en un mundo nuevo, que, ¡Oh, sorpresa!  Me permitía crear mis propios programas y esquemas de trabajo.
En  La revista Sarandí, programa radial de la década del 80 del siglo pasado,  conducido por Lil Betina Chohuy, yo escuchaba a Cuque Sclavo, leyendo sus propios textos o los  de otros autores que empecé a conocer por él: Julio César Puppo: El Hachero; Julio Rossiello: Pangloss; o,—también— Felisberto Hernández. Siempre, antes o después de la lectura, hacía algún comentario. El día que leyó uno de los cuentos de Felisberto, dijo que habían sido compañeros de trabajo en la Imprenta Nacional y también me enteré —porque Cuque lo dijo, con gran pesar—, que le había dado mucha vergüenza que una novela suya fuera triunfadora en un certamen mientras que la de Felisberto no. A partir de esos años empecé a buscar sus libros y los que recomendaba. Encontré una cantera inagotable para nutrir mis clases (donde tenía una amplia libertad de elección, como expresé anteriormente).
Naturalmente, entonces, este año,  decidí presentar a Jorge Cuque Sclavo, para sacarlo, también a él, del inmerecido ostracismo en el Congreso Transgrediendo el canon. A la búsqueda de nuevos autores,  que tuvo lugar en Paso Severino, Florida, los días 20,21 y 22 de septiembre del 2018. Contra toda previsión,  la ponencia fue aceptada y yo marché a exponerla, alegremente,  como corresponde. No me salió tal cual yo la había soñado—ya se sabe que los sueños amenazan siempre a la realidad— sin embargo, me dio la impresión de que a alguien le interesó leer a ese escritor tan especial que hizo de todo  y que no tiene de ninguna manera el  lugar que se merece en las letras uruguayas.
Sobre Felisberto Hernández, escribió una página memorable—no  la única por cierto— que hay que  leer. Se llama «Prólogo para un prólogo dedicado a un Felisberto compañero de trabajo» (SCLAVO, 1993: 7-8).

                           Foto de Felisberto Hernández tomada de Internet 

Ya se sabe que  los uruguayos no hacemos propaganda de nosotros mismos—pero yo soy testaruda e insisto—: El libro lleva el sorprendente título de: Almanario. Es de 1993.  Aun se consigue en Mercado libre.  Los  dibujos fueron hechos, nada más y nada menos que por su exitoso sobrino: Fidel Sclavo. El texto es serio. Un  reconocimiento dolorido a ese extraordinario escritor—tampoco valorado en esos años— que tuvo la gracia de conocer en un empleo que a Felisberto le costaba mucho cumplir—por anodino y alejado de sus sueños— y que, además,  no le dejaba tiempo para escribir. Obviamente, que  el Felisberto que recuerda Jorge Cuque Sclavo no es el casado con la pintora, ni con la espía, sino el compañero, con el cual tenía aficiones en común: la música, la literatura y también las mujeres. Cuque era joven, Felisberto ya no tanto, pero —como bien lo señala en este texto que hoy traigo a colación— se había enamorado de nuevo y se iba a volver a casar. Ambos fueron insistentes. Muy insistentes en la búsqueda del amor que a veces les sonreía, y a veces no.
Es un texto para pensar, por eso lo transcribo, con la ilusa idea de que  a alguien le interese y lo analice.
Es un texto serio, de Jorge. Lo puse en colores, por razones obvias. A buen entendedor, pocas palabras bastan. 


PRÓLOGO PARA UN PRÓLOGO DEDICADO A UN FELISBERTO COMPAÑERO DE TRABAJO

Estoy trabajando en la misma habitación donde trabajó Felisberto Hernández, de este mismo edificio donde lo hago desde hace 18 años.
Es un saloncito cuadrado, con paredes totalmente cubiertas por estanterías de madera para libros editados en esta Imprenta respondiendo a la impúdica orden de hombres públicos que, venciendo todo escrúpulo, resolvieron inmortalizarse en Memorias, Decretos, Homenajes, Estadísticas.
Una amplia ventana al Este y otra más pequeña al Norte, dejan entrar abundantes chorros de luz. Al amparo de uno de ellos, una cucaracha ha decidido patalear el resto de su destino.
Felisberto entró en este cuarto cuando ya era viejo. El trabajo le costaba más horas que al resto de nosotros los jóvenes. A veces pasaba todo el día en este cuarto y una vez me convidó con una botella de vermouth que ocultaba tras esos libros.
La cucaracha ha dejado de moverse. Prefiero pensar que ha entrado en un éxtasis semejante al del bañista gozando del sol.
Felisberto agradeció esa carga de trabajo que a veces lo ponía nervioso y siempre exhausto. Una mañana de verano Felisberto con las manos cruzadas sobre la Underwood, sus claros ojos saltones parecían un par de uvas reventadas. Se lo conté y nos reímos.
Una rápida nube dejó el chorro de luz invisible y a la cucaracha con la forma de un erizo verde pino.
Felisberto sacó de otro estante el viejo álbum que me había prometido, donde, joven, y delgado sacudía un enrulado mechón apretando bajo su teclado la Petrouchka de Stravinsky en “la primera versión para piano solo que se hizo en Sud América”.
–Discúlpeme lo del álbum. Soy como una bataclana.
Ha vuelto a salir el sol y no miro la cucaracha. Me basta recordarla quizás. El sol da, ahora, sobre el estante donde está el grabador y un pequeño espejo rectangular de marco casero con dimensiones apenas mayores que uno de bolsillo.
Felisberto agradeció el que tanto trabajo le impidiera escribir. Ya hacía algún tiempo, por no obligarse a hacerlo, había comenzado a trabajar en la invención de un nuevo sistema taquigráfico.
–Son trampas que me hago.
Las notas dictadas por el Jefe, y tan brevemente tomadas, se le hacían enormes tardes en el pasaje a máquina. La trampa del vermouth quizás era una travesura en el planteo total de su juego. Felisberto Hernández fue un recibo de sueldo, una ficha en el codificado que hace la cuenta de las licencias, de los días de los tiempos y los hombres, una firma en el reloj autográfico que desaprensivamente certificará el petiso Rienzo, que fue boxeador, casi campeón, hasta que perdió.
La cucaracha que tanto he mirado ha dejado de ser un erizo de pino, sombra, hueco, mota y se ha instalado definitivamente en su papel de envoltorio brillante para caramelo.
Felisberto conoce otra vez el amor y se va a casar con María Dolores que trabaja en Contaduría y lleva el  libro de Acreedores.
–Es macanudo el Gordo. Y los cuentos de relajo que sabe. Cualquier cantidad. El otro día, en Liquidaciones, cuando la despedida de Vega estuvo como dos horas contando.
–Dicen que era escritor.
–También…
El envoltorio de caramelo se mueve con el calor del sol, o me parece.
Cuando Felisberto murió, el Jefe compró un grabador a cinta para dictarle las cartas a su nuevo secretario, un chico sobrino de un senador.
Es ese Philips donde he dejado la mirada. No obstante desciendo la vista hacia mi fallido insecto de papel celofán. El filo de un estante amenaza barrerlo con su sombra. Pero de la pata de un mueble, cuando ya se ha hecho imposible el chorro de luz, una verdadera cucaracha se le trepa haciendo equilibrio sobre las aristas del papel brillante que alguna vez confundí con las agonizantes patas de mi equivocada cucaracha.
Estoy trabajando en la misma habitación donde trabajó Felisberto Hernández. Espero la llamada del Jefe para tomarle su dictado. De tanto en tanto, quito la botella de vermouth oculta tras el tomo de Mensaje de la XXXVI Legislatura y tomo un trago. Los pájaros que pasan, hacen relámpagos parecidos a las ágiles imágenes de un cine mudo donde hubiese callado el pianista.
El jefe no llama, y la cucaracha, aburrida de su intento, ya se ha ido. Espero, todavía, cuando aún la sombra amenaza los últimos pájaros.

Almanario, (Sclavo, 1993:7,8)




martes, 25 de septiembre de 2018

EL CUQUE TRANSGREDIENDO

Cuque Sclavo ( del archivo familiar) y la Imprenta Nacional (de mi archivo)


La organización del congreso  Transgrediendo el canon. A la búsqueda de nuevos autores, en Paso Severino, Florida, fue exitosa.  El empuje de las organizadoras dio como fruto unas estupendas jornadas que tuvieron de todo-incluso buena música- , con buena asistencia de público y dejando la  idea de que sería estupendo poder partirse en dos pedazos para asistir simultáneamente a todas las ponencias, plenarias y actividades.

 Recobrando a los nuestros: Cuque Sclavo, “el tipo sin una estantería fija” fue el título de la ponencia que presenté el  jueves 20 de septiembre. El tiempo no me alcanzó para completarla.  Lo dicho, con las correspondientes anécdotas,  debía redondearse con la lectura de dos textos cortos que ilustrarían su versatilidad: uno cómico, de Cuque,  y otro serio, de Jorge. Me resultó  imposible abordar la temática propuesta sin matizar con anécdotas ilustrativas. Dentro de lo polifacético que fue, también tuvo ese desdoblamiento singular entre la literatura seria (fue premiado en dos oportunidades por sus novelas Un lugar para Piñeiro y De los espejos y lo feroces que son.) y sus crónicas humorísticas- que fueron su mayor destaque-.
También me  hubiera gustado ahondar en el tema de la amistad, -que apenas pude plantear- porque considero que en la actualidad  se va perdiendo ese valor fundamental que es la amistad persona a persona. Cuque supo ser  un amigo sincero, desinteresado y un  fiel promotor cultural de los que después fueron famosos, como  Felisberto Hernández- que fue su compañero de trabajo en la Imprenta Nacional-; Mario Levrero- a quien le leyó por fragmentos la novela De los espejos y lo feroces que son, y a Levrero le gustó tanto que se la pasó a máquina y prácticamente lo empujó para que la presentara a concurso-. Fue también un muy buen amigo del músico Manolo Guardia, con quien compartió actividades  durante años en  un boliche de prestigio que se llamó Preludio-de Manolo y Eduardo Useta-. Sin embargo, a pesar de todo,   aun con el recorte que tuve que hacer,  después de la ponencia, en las distintas instancias de intercambio, hubo personas que  se me acercaron para decirme que  no lo conocían y que lo leerían.
 Ese fue, al fin y al cabo, uno de los propósitos  de mi exposición.


Cuque y su hijo mayor Ernesto Sclavo Pereira  ( foto tomada por Liliana Fernández Churi, esposa de Ernesto)

 Si no incentivamos la lectura de los cronistas de costumbres montevideanos, corremos el serio riesgo de que desaparezcan totalmente. Hubo algunos promotores- pocos- de esas obras. Uno de ellos fue el profesor Heber Raviolo- uno de mis profesores de Literatura del Liceo de las Piedras- que publicó en Banda Oriental, Crónicas de El Hachero de Julio César Puppo-indudable y querido maestro de Jorge Cuque Sclavo- quien a su vez, escribió prólogos para esas  recopilaciones.  Hay cantidad de crónicas sin recopilar- Raviolo lo señaló muchas veces- que merecen  ver nuevamente la luz en libros, porque duermen en diarios y revistas de época. Hay que darles el lugar que les corresponde.
 No se merecen el olvido.






martes, 4 de septiembre de 2018

LA INVISIBLE

Glenn Close y Jonathan Pryce en La esposa ( foto tomada de Internet)


La película The wife  revaloriza el papel de las mujeres que han quedado opacadas por un hombre y que no han sabido salir de esa cárcel en la cual se encerraron a sí mismas y da a Glenn Close una firme posibilidad de ganar un Óscar por su magnífica actuación.
El argumento es conocido: Ella, cuando era joven,  le  llevó a su profesor un texto que escribió, y a partir de ahí  surge  una relación que se consolida contra viento y marea. La película los presenta, ya veteranos,  en una situación muy especial: el momento en que lo llaman para notificarle que ganó el tan preciado premio Nobel. A partir de ahí, el argumento se consolida y se desarrolla mostrando las  múltiples facetas de la relación. En el caso de ella, se destaca la esposa eficiente, atenta a todos los detalles, incluso con las píldoras que  él tiene que tomar con los horarios marcados por reloj. Organizada y eficaz buena esposa. Desde todo punto de vista. Él es  un artista ególatra, —como suele ocurrir— pagado de sí mismo; el clásico pavo real que exhibe su plumaje, y más ahora, que ha ganado el premio más cotizado. Al pavoneo de sus plumas, se suma el detalle de que es un mujeriego que ha sostenido romances, —y aún lo hace— con otras mujeres. Ella, ha sido sumisa y lo ha tolerado. La vuelta de tuerca es fácil de imaginarla: en realidad, la que escribía era ella, y él, era en cambio un simple editor de las obras, incluso, incapaz de reconocer los nombres de los personajes que supuestamente habían sido su creación.

Glenn Close en un papel memorable como La Esposa ( foto tomada de Internet) 


Hay casos reales. El 12 de abril de 2013, escribí sobre María Lejárraga, la escritora fantasma, que escribió todas las obras del que fue su marido: Gregorio Martínez Sierra.



Hace un tiempo, vi una película también sobre un caso real: el de la pintora Margaret Keane, cuyo marido figuraba como “el pintor”, pero la que hacía las obras era ella. Hubo un sonado juicio por derechos, donde ambos fueron obligados a pintar delante de un tribunal; ella fue capaz de crear un cuadro con sus clásicos personajes de ojos grandes, y él adujo un dolor en el hombro para no hacerlo. Todo salió a la luz, y ella  que había estado “a la sombra”, también.
Nunca son del todo claros los motivos para aceptar esas posiciones tan humillantes. Puede haber varios: uno es el papel sumiso que tenía la mujer. Se las educaba para ser sombras de sus maridos, caminado siempre atrás para no destacarse en nada que los pudiera opacar. Era muy común que aceptaran su destino sin protestar. Incluso hubo algunas que escribieron con seudónimo masculino para no herir sensibilidades. Únicamente ante situaciones extremas, salían a la luz. En el caso de  María Lejárraga, por ejemplo, fue en defensa de sus derechos de autoría porque se estaba muriendo de hambre, mientras la amante, la que había tenido una hija con el renacuajo —así lo llama Rosa Montero en su interesante trabajo, sobre María de la O—, vivía a cuerpo de rey, incluso  cuando él ya había muerto.
Otro posible motivo: la natural  humildad femenina de épocas pasadas, también producto de una educación para servir al hombre como si fuera un amo. Leí alguna obra con consejos para las recién casadas que enfatizaban esa posición. Ellas, durante siglos,  no tuvieron agallas para enfrentar una sociedad que no estaba preparada para que las mujeres desempeñaran papeles activos.  El papel activo, de real importancia de la mujer, más bien parece haberse manifestado claramente en la segunda mitad del siglo XX. Yo recuerdo que en la década del 60, empecé a usar minifaldas y pantalones a escondidas del negro Pinela que me hubiera pasado por una máquina de picar carne ante tamañas atrocidades modernas. Tuve que esperar a tener mi primer novio que era bastante liberal, (él sí, pero la madre, no—también como suele ocurrir—) para usar faldas cortas o pantalones, que  no eran usuales como prendas femeninas. Aunque las jóvenes de ahora  no lo crean.  
Por lo tanto, puede afirmar con conocimiento y experiencia de causa, que el papel activo de la mujer es muy reciente y aún es combatido.
Yo también dejé aspiraciones por el camino; una de ellas fue la de escribir profesionalmente. Como tuve que trabajar para vivir, nunca pude hacerlo. Me tuve que conformar con la docencia, que pese a no haber sido mi primera opción fue placentera. Sobre todo ahora que cosecho los frutos de tantos años de lucha y veo tantos seres maduros y realizados que pasaron por mis clases. Tengo amistades que me dicen que empiece ahora, pero ya no estoy en edad. No quiero ser llamada la abuelita de las letras. Despunto mi gusto acá, en mi blog, al que tampoco exploto comercialmente aunque conozco mujeres que sí lo hacen.
Probablemente, por mi propia experiencia de  vida, haya podido comprender  a Joan Castleman, el personaje que  Glenn Close, encarnó estupendamente.  Tampoco me pareció inverosímil el final. ¿Por qué destruir una ilusión que se mantuvo durante tanto tiempo?
Vean la película. Vale la pena.


domingo, 26 de agosto de 2018

CORTÁZAR Y YO


Cortázar y Flanelle ( Foto tomada de Internet) 



Hoy es 26 de agosto, aniversario del nacimiento de Julio Cortázar. Facebook me lo recordó.
 Hace unos años, puse esta  foto de él con Flanelle, (Franela) su gata querendona. 
Mi gato se llama Teodoro porque él tuvo un gato al que llamó Teodoro W. Adorno, en honor al filósofo. El mío es  un Teodoro criollo,  (no con “Th”) y lleva mi apellido: Segovia.

 
Teodoro Segovia recibiendo mimos matutinos 
 Cortázar fue, desde mi juventud,  uno de mis amores literarios, no el único porque tengo unos cuantos, por suerte; pero sí uno de los más queridos. Me hubiera gustado conocerlo, hablar con él, saber si teníamos más coincidencias. Sin lugar a dudas, estaría de acuerdo conmigo, en que hay una opaca vida sin gato, y otra luminosa vida con gato, porque son seres absolutamente fuera de serie. El mío, por ejemplo, conversa. Sí. Conversa. Cuando le hablo me contesta.  Sabe perfectamente cuando ha hecho algo que no está de acuerdo con las normas de la casa, espera pacientemente para subirse a mi falda ronroneando, y  también sabe cómo pedir perdón poniendo cara de “yo no fui”, hasta que al final, me vence simpáticamente.
Teodoro Segovia arriba del placar de la cocina 

Cortázar me cautivó primero como narrador. Sus relatos “llamados fantásticos, a falta de mejor nombre” —como dijo él—me deleitaron, también su vida, sus peripecias, su Carta en mano propia a Felisberto Hernández; su Rayuela.
Pero tiene una maravillosa faceta, no del todo explorada, como poeta, con textos conmovedores. Más de uno, después del día de la nostalgia, adquiere un aire de pérdida irremediable. Eso de soñar con un amor imposible, de querer y no poder. Y de eso que se va perdiendo melancólicamente con los años que, de manera inexorable,  nos va carcomiendo la vida.

Este, por ejemplo, es uno de ellos:

After such pleasures

Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas
ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.
      



jueves, 16 de agosto de 2018

UTENSILIOS

Destapador y abrelatas del tiempo del jopo
“Para reconstruir una cultura lo más importante son los cacharros de la vida diaria”.
"Leonora"
Elena Poniatowska














Cuando recién me casé, mis parientes y amistades, contribuían con ideas y cosas. Alguna de mis tías, con varias casas, desmantelaba alguna de ellas para darme cacharros de distintas procedencias y utilidades.
Demás está decir que yo aceptaba todo. Así llegaron platos y vasos de diferentes juegos, que conformaron durante un tiempo mi primer ajuar. Muy lejos de los actuales que son del mismo cristal y diseño. Como buena pobre, todo venía bien.
Mi esposo había sido trasladado de Las Piedras, al Comercial de General Flores- nunca supe si esa agencia tenía algún nombre-. Tampoco fui jamás. No nos hacíamos visitas  a los lugares de trabajo. Lo que sí recuerdo era que tenía una clientela conformada por los pequeños comerciantes de la zona. Muchos eran fabricantes de utensilios diversos y se dedicaban a venderlos. Por supuesto que recibimos unos cuantos. Probablemente, hoy en día,  habrá objetos más sofisticados. Yo los tengo aún en pleno uso. Hay abridores de botellas y de latas.  Además, otro utensilio que sirve para hacer té- con hojas que se colocan en el pequeño recipiente calado que se pone en la tetera-. Asimismo tengo un pequeño  posador para las bolsitas de té- y una fuente alta de vidrio para poner masitas. Este última fue  regalo de una amiga, pero todos los otros utensilios son de mi época de recién casada y llegaron como diferentes regalos.
Siempre que limpio los cajones de la alacena, los acomodo para tenerlos a mano siempre.  Son útiles hasta ahora, aunque ya tengo otros abridores de botellas que sacan corchos sin hacer ningún esfuerzo, siempre busco el antiguo, que funciona a la perfección. El abridor de latas es una curiosidad. Basta con hincarle el pico y mover la mano para adelante. No corta más que la lata y la abre también sin ninguna dificultad. No sabría hacerlo de otra manera.
En uno de esos acomodos de cajones, hasta apareció un tapón, que tapa herméticamente una botella de manera tal  que el líquido no pierde su correspondiente gas. Sería muy fácil reconstruir “mi cultura” observando la variedad de cacharritos que tengo aún en completo uso.
Utensilios:Tapón, colocador de hojas para el té, y posabolsita de té 

Otro capítulo aparte lo constituiría  la ropa. Ni que  hablar. Me resisto a vestirme como una señorona del siglo pasado.  Doné  los  trajecitos que acompañaron mi vida docente, regalé las chaquetas de piel de zorro y de nutria, que quise  y usé tantísimo tiempo,  y cambié para un “sport casual”  sin desdeñar sombreros y boinas.  Procuro no ser ridícula. Que se puede se puede. Otro día les cuento.



jueves, 9 de agosto de 2018

LA FLOR DE LA EDAD

Aldo y Gabriela foto tomada de Internet 

En realidad, la documental que vi  se llama “La flor de la vida”, aunque  yo la hubiera llamado: “La flor de la edad”. Está basada principalmente en la historia de Aldo y Gabriella, dos octogenarios-  horrorosa palabra que señala la década de los ochenta años de edad-. Vivieron juntos cuarenta y ocho años; después Gabriella lo dejó. Optó por vivir separada de Aldo. La película es  una rotunda queja sobre la vejez y los deterioros que ocasiona. Los momentos felices  aparecen para señalar  el paso del tiempo, pero no se detienen demasiado en lo bueno. Únicamente son pantallazos. Incluso, en el tráiler, Aldo dice algo así como: “mira qué cuerpazo que tenía, ahora ya no tengo nada de eso”. (Sinceramente, Aldito, perdoname, pero  sería como si yo pretendiera tener las medidas  de mis años juveniles, cuando me postulé para Miss Primavera, ahora, que ya pasé los setenta pirulos).
A Aldo Macor lo conocí por su actividad de bloguero: Su blog se llama: “Me ne frego”. Algo como: “No me importa”. También puede ser algo así como “a mi qué”. (Yo te veo encogerte de hombros y todo.)  Aldo tiene múltiples  historias centradas en  su persona y en sus actividades. Él mismo dice-en la película-  que es un ególatra; yo no miento cuando afirmo lo mismo. En realidad,  todas las personas que hemos tratado con artistas, -yo he tratado más con  escritores por mi actividad-  sabemos, sin lugar a dudas, que el artista  es un egoísta supremo: un maravilloso pavo real que muestra constantemente la belleza de su plumaje.  Admíralo siempre. No te atrevas jamás a decirle que ha perdido la belleza de sus plumas, -es decir  las ventajas de sus años mozos- porque nunca estará dispuesto a admitírtelo y te odiará irremediablemente para siempre. Y hasta te dejará de hablar y de escribir. Si por alguna causa, tu sinceridad te lleva a decirle  que prefieres a los hombres jóvenes y con el  aspecto de Keanu Reeves, te mandará de cabeza al   infierno más ardiente. ¡Cómo le vas a decir eso a él, que fue un dios de la belleza!
En la documental Aldo y Gabriella son los protagonistas, pero, como las cineastas convocaron a personas mayores de ochenta,  no son los únicos que aparecen. Una de las figuras  más conocidas es Cristina Morán, nuestra amable  locutora de radio y televisión, protagonista de aquellos “Domingos continuados” que fueron tan exitosos. También a ella le llegó la vejez. Es una de las que dice que envejecer es muy duro, o muy cruel.

Es muy  cierto que envejecer conlleva cambios físicos y espirituales. Hay que aprender a convivir  con ellos y no pretender ser unos pendejos cuando ya somos seres que han pasado los años mozos. Eso no quiere decir que nos apoltronemos y que busquemos que los demás hagan todo por nosotros. De ninguna manera. Simplemente significa que debemos acompasarnos al paso de los años. Yo ya me di cuenta de que no puedo bailar más  twist, rock o salsa, como antes,  pero ¿qué tal un tanguito? Es más que posible que mis  huesos no resistan la dura rutina de la gimnasia aeróbica, pero hay otros ejercicios que se pueden practicar hasta edades provectas sin que nos tengamos que  romper  los ligamentos o algún hueso. Yo practico taichí hace años; sus movimientos lentos y armoniosos favorecen el  bienestar físico y espiritual y también contribuyen a la coordinación mental, porque hacer bien las figuras requiere práctica constante y como es  en grupo, aporta también los beneficios de lo social.
Taichi: Posición de latigazo simple 


En la película se les preguntó a los veteranos si habían dejado algo por hacer. Yo también me lo he preguntado. De acuerdo a como se me dio la existencia, no creo que hubiera podido cambiar nada. En plan de fantasear sí.
Como fantasía o utopía- es decir como irrealizable porque no se me dio-.
¿Qué me hubiera gustado ser?
Redactora. Escritora.
¿Por qué no lo fui? Porque tuve que trabajar para ganarme la vida y aunque lo intenté nunca pude conseguir ningún empleo que se relacionara con las letras. Finalmente, opté por la docencia, aunque no fue mi primera elección. De todos modos, desde el momento en  que asumí que eso era lo que tenía que hacer para dejar de trabajar en  oficinas, me concienticé de que lo tenía que hacer lo mejor que pudiera. Me iba en ello la vida. Sin lugar a dudas. Y lo hice. Sin más cuestionamientos. Ahora, ya veterana y retirada, tengo este blog donde despunto mis ganas de escribir y de expresarme.
Aldo también hizo algo así, aunque siempre buscando sobresalir. Tiene su blog “Me ne frego”, pero por medio de él, por medio de  la pintura, por medio de la escultura, quiere el reconocimiento de su talento. También quiere personas para conversar porque está solo. Sus amigos se fueron muriendo. Dice que le  quedan dos. Yo me pregunto y te pregunto Aldito,  ¿Por qué no cultivas  amistades más jóvenes? Siempre aportan un renovado aire de frescura. Incluso hay países que alientan a  vivir con personas de diferentes edades  porque se sirven los unos a los otros. Los jóvenes consiguen  un lugar para vivir mientras estudian y a su vez, los viejos obtienen compañía.

Ya conté con algunos toques de ficción,  que cuando era muy joven  gané una coronita de lata como Miss Fotografía en un concurso de Miss Primavera donde la reina electa fue  una con aspecto de Marina Vlady, con unas  redondeces muy contundentes que yo estaba muy lejos de tener.
Marina Vlady (foto tomada de Internet)

De todos modos,  el prestigio de  la coronita de lata  me trajo también  un novio alto, buen mozo, de pelo encrespado y de ojos castaños  que era el Adonis de  Las Piedras. No me duró mucho, pero mientras tanto, fui muy feliz. Y eso es lo que cuenta.
La verdad es que a medida que transcurre la vida hay que ingeniárselas para  cosechar pedacitos de felicidad. En fin. Si no  puedo conquistar a Keanu, ( Aldito: vos sabés que me encantaría ¿no?)  al menos tengo que alimentar a toda costa,  la capacidad de soñar.  Y, como decía Rosencof-    (  que ya es un octogenario divino como vos también-): “¡Que nunca falte!”


 
Mauricio Rosencof: "Que nunca falte"
(foto tomada de Internet) 












viernes, 27 de julio de 2018

DOMINGOS

 En estos días en que he corrido contra reloj para entregar  una  ponencia, estuve buscando apoyatura por todos lados. Eso me llevó a escuchar muchos casetes grabados, donde encontré sorpresas de todo tipo. Desde uno de ellos con una grabación de un examen de conversación del año 1994, donde las voces de mis estudiantes de esas épocas suenan como niños. Lo eran, sin lugar a dudas; –  ahora  son unos muy serios señorones  profesionales–,  hasta una entrevista con Lil Bettina Chohuy. ¿Motivo? La promoción del Uruguayan American School como colegio que tenía un nuevo programa que podría incluir a uruguayos que quisieran quedarse a estudiar en el país, en lugar de continuar estudios  en los Estados Unidos. Ese trabajo me llevó todo un fin de semana completo sin abandonar el viejo pasacasete que trabajó incansablemente como si fuera nuevito. Finalmente, al concluir, quedé vacía e insomne.  Decidí revisar otras carpetas. Empecé por algunas de  fotos de mis actores favoritos.  Ya se sabe que uno  es Keanu Reeves,
Keanu- foto tomada de Internet- 
La belleza de Lex Barker

 pero hubo otro, amado por mi madre, -a mí también me gustaba- que fue el mejor Tarzán de todos los tiempos: Lex Barker. Una hermosura que usaba un equívoco y pequeño taparrabos sobre sus musculosas  y largas piernas. Una belleza apolínea. Sin lugar a dudas. Nunca supe cómo en esa época, década de 1950, lo dejaron lucir tan desnudo, tan provocativo, tan yo que sé y con ese no sé qué.
Por último revisé mi carpeta de notas. Y encontré unas sobre otro día domingo. Había ido  al centro de mañana, también pasé  por la casa de una amiga a retirar y devolver libros y decidí comer en una pizzería del centro. Ejido y 18 para más datos. En  el piso de abajo, estaban los televisores a todo trapo con partido mundialista. Por ese motivo, decidí subir las escaleras para encontrar un lugar más recogido. Arriba, no había ni un alma. O eso pensé al principio, hasta que una voz desagradable me dijo: “Acá no está habilitado, señora”. 



La escalera de la pizzería 
Arriba: el lugar desierto y negado 


Busqué al renacuajo  en cuestión, lo encontré sentado con una laptop y con cara de pocos amigos. Saqué unas fotos al local desierto para poder escribir sobre  la pelotudez humana de negar un lugar para comer, a sabiendas de que el local depende de cuánto pueda vender  de comestibles.  Ya en casa, aún con el gusto amargo del rechazo,  en pantuflas,  me pedí un  delivery, y  “a otra cosa mariposa”.
Y acá lo dejo escrito, para que conste, para que perdure. Qué joder



En pantuflas día domingo después de la negativa para poder sentarme en un lugar tranquilo 

viernes, 6 de julio de 2018

¿ Y DESPUÉS DEL MUNDIAL QUÉ?

MUNDIAL DEL 2010 CELEBRANDO 

En estos días he tenido abandonado mi blog porque estoy tratando  de escribir una ponencia. Para mí es muy  difícil porque no tengo experiencia, y me van a pedir esto y lo otro, en cuanto a los textos, cómo citarlos, en dónde poner las llamadas si al pie o al final y otras cuestiones que no sé cómo  resolver. Necesitaría un manual facilón donde se dieran las bases más necesarias, pero, no lo tengo. Algunas de mis amistades han presentado trabajos académicos, pero no ayudan a otra persona ni en broma.
Me faltan –además- testimonios, porque el autor que quiero presentar escribió e hizo de todo en su vida para solventar sus gastos y los de su familia. Los he ido pidiendo en las redes sociales, pero, hasta el momento nadie me ha contestado ni por sí ni por no. Es increíble pero es así. Cuando alguien solicita mi ayuda yo respondo, si puedo o no puedo, si tengo o no tengo, pero parece que eso no se usa más.
Estas palabras anteriores son para explicar mi ausencia bloguera.
Ahora sí. Voy al tema. A mí el fútbol nunca me interesó demasiado. Soy de Peñarol por mi padre, pero no tengo ni la más pálida idea de cuál es el equipo actual, quién lo dirige y cómo. Por ser como soy, no hago comentarios de fútbol, tampoco  de política, ni de religión. No  tengo una militancia política o una religión determinada. Fui educada en mis primeros años en una escuela de monjas, porque mi madre tenía la peregrina idea de que la educación que daban las hermanitas era mejor que la pública. Resultó que ni tanto ni tan poco. Cuando ella murió y fui a vivir con la nueva familia de mi padre, él me envió a la escuela pública. La novedad fue que había varoncitos, y como siempre me gustaron me adapté lo mejor que pude.
Este Mundial de fútbol 2018 ha provocado una especie de avalancha publicitaria y, desde hace más de un mes, no hay nada que no se haya  futbolizado. La propaganda de los comercios ofrecía  descuentos cuyas ofertas empezaban: “si gana Uruguay, tenés tal o cual beneficio en tus compras”. Y más de una iba a las ofertas de cabeza. Yo hice las compras habituales, pero no llevada por los comerciales, sino por lo que necesitaba. La costumbre de haber sido siempre  pobre me hizo conservadora en los gastos.
Cuando vivía mi esposo, el administrador de las finanzas era él. Yo empecé a ocuparme de lo económico cuando me quedé sola. A veces me ha ido bien, pero no siempre. Este año, por ejemplo, no pude viajar a ningún lado. El año pasado sí. Un viaje que no resultó como lo había soñado y planificado. Ya lo conté. No voy a abundar en eso, pero viajé. Pensando en los paseos que hice me acordé que en el Mundial 2010, unos amigos habían cumplido sus veinticinco años de casados, y, como nuestras finanzas andaban bien,  los invitamos a pasar unos días en el hotel Carlos Gardel, recorrer los puntos interesantes de la zona, y también ir hasta Rivera. Lo hicimos con total felicidad. ¿Por qué me acordé? Porque también  era un año de Mundial.
Ahí quedamos los cuatro para la posteridad con la bandera de Uruguay en el Restaurante El Zorzal Criollo.
La vida siguió después con sus altos y sus bajos. Para mí, más bajos que altos, porque  mi esposo se enfermó al final del año 2010 y ya  nada fue  igual para mí.

Entonces, la pregunta del título: ¿Después del Mundial qué?
Broma que apareció en redes sociales cuando UY perdió con Francia

 Marca unas grandes  interrogantes para este año 2018, ahora que ya estamos por volver a la realidad. ¿Aumentos? De todo tipo, aunque el gobierno lo niegue o nos trate de llenar con estadísticas. ¿Endeudamiento del país? También. Y es seguro que lo vamos a pagar todos. Sin lugar a dudas.
 ¡Chau Rusia!