lunes, 17 de junio de 2019

CÓMO SER EL MEJOR ABOMINABLE DE LAS REDES SOCIALES

Carátula del libro cuqueano de los abominables 

El Cuque Sclavo escribió unas crónicas estupendas que llamó  “LOS ABOMINABLES CUQUES”.
 En los últimos tiempos, encontré más de un abominable diferente.  Necesitaría otro Cuque para que le hiciera uno de sus clásicos “retratos al bleque”— por lo  menos—, pero como esto no es posible, acá voy yo con un abominable propio: el de las redes.

Este nuevo abominable, — está inspirado en uno de mis ex, que se convirtió en un porfiado de primera. Es — ya se lo dije— un repesado que discute como un energúmeno para imponer su punto de vista, —que, en su caso,  siempre se relaciona con una red social—
Actualmente, se perdió mucho del  trato persona a persona: se forman grupos de whatsapp; se anotan los cumpleaños, Facebook te recuerda que en el día tal cumplen fulanito y menganito. Preparas un saludito, lo envías y ya está. Cumpliste con tu deber.
No hay necesidad de más nada.
¿Querés convertirte en un abominable de las redes, como este energúmeno coterráneo?


Primera página de Los abominables del Cuque 

 Acá van algunos consejos:
1)   Enviá  a tus  grupos cuanta información al pedo ande circulando por Internet, a cualquier hora y en cualquier momento. No importa si el celular le suena a las tres de la mañana o si la información es anodina, de lugares remotos o falsa. La cuestión es enviarla y que se propague lo más posible.

2)   Cultivá la mayor cantidad de grupos. No importa que sean de cosas que no entiendas. Todo sirve para propagar la información —sea de lo que sea—.


3)   Si aparece una felicitación de cumpleaños, tenés que  reaccionar de inmediato con un saludo—si es a las dos o  tres de la mañana, mejor—. No te olvides de poner íconos de tortas, copas de vino y de champán, macaquitos con gorrito de cumpleaños y pito, con corazones o estrellas  en lugar de ojos,   instrumentos de música, sombrillas, palmeras, corazones,  mujeres y hombres bailando, —todos separados, uno por uno, así le suena el celular a cada mensaje— y todo lo que se te ocurra que pueda servir para acentuar el clima de felicidad.

4)   Si alguien de tus múltiples grupos, se va de viaje recordá la regla esencial: tú ya fuiste y conocés, —aunque tu viaje haya sido hace veinte años— te corresponde anularle la novedad: dale ideas de cómo emplear mejor su tiempo de paseo. Recomendale  alguna farmacia vieja, algún parque, algún lugar de comidas, y ponele fotos de tus mejores momentos en el lugar.


5)   Poné chistes— no importa que sean viejos — para animar algún grupo que no puso nada por más de dos horas. Los grupos deben mantenerse bien activos con todas las pavadas que anden circulando.

6)   En la mañana, “tempranito, cuando canta el gallo”,  buscá todas las malas noticias que estén circulando: robos, muertes, choques,  inundaciones, impactos climáticos y demás.  Elegí las más impactantes y agregales algo más, de tu cosecha, (podría relacionarse con los cortes de energía de Argentina y Uruguay)  para  que tu informe sea bien personalizado. No hay cosa más placentera que despertarse con noticias siniestras. Sobre todo, al salir recién  de una noche apacible.

7)    Si hubo un incendio en tu barrio, detallalo todo con pelos y señales,  no olvidés poner algún vídeo, con mujeres desesperadas con ánimo  de tirarse al vacío. (Y si es alguna conocida, mejor.)

8)   Enviá todas las cadenas habidas y por haber. Si son religiosas, y con el sentido de que si no las cumplen se morirá el ser más querido o nunca más tendrá dinero suficiente, es esencial. Por supuesto que habrá gente que no practique ninguna religión y que odie las cadenas, pero eso, a vos, no te tiene que preocupar en lo más mínimo,  porque lo hacés con la mejor de las intenciones. Es tu camino al cielo.

9)   En Instagram subí fotos de tus mascotas; compartilas con famosos, contestá mensajes interesantes en inglés, y seleccioná algún posible candidato para chatear por videoconferencia. Puede ser divertido. Sobre todo si es de la otra parte del mundo, y lo despertás a las tres de la mañana.

10)               No dejes de lado a Twitter, poné alguna pavada breve.  Si el mensaje es misterioso, hermético, indescifrable o con más de un significado, mejor.
 Siempre que tengas oportunidad, peleate, con todo el mundo. Es una sensación estupenda que no olvidarás jamás. 


El  mundo virtual ha llegado para quedarse, y, por supuesto, llega con sus correspondientes abominables.



miércoles, 22 de mayo de 2019

MOTIVACIÓN


Hace muchísimos años, cuando yo era chica,  una maestra de canto trataba de enseñarnos a cantar  una canción de Aníbal Sampallo: “Río de los pájaros pintados”. No se usaba entregar la letra escrita, sino que se aprendía de memoria, estrofa por estrofa. Yo cantaba lo que oía. En primer lugar cantaba “TOR” (que no tenía ni idea de lo que significaba) y después “casita”-es decir una casa chiquita-. Así fue ese primer año. Más adelante, cuando tuve el debido conocimiento supe que lo que yo cantaba era un verdadero disparate. En los pagos de mi padre, que era de Treinta y Tres, conocí a una “torcaza”- y lógicamente lo que decía la canción era eso: “torcacita” pero una niña de ciudad que jamás en su vida había visto una, no tenía ninguna manera de saberlo.

 Ya mayor, tomé unos cursos para” mejorar la conversación” en inglés. En la prueba final pusieron una canción del “reno de nariz roja”. No entendí un pepino. Quedé muy angustiada. Al llegar al colegio le comenté a un amigo norteamericano de mis zozobras en la prueba. Y sin dudar me cantó la cancioncita sin ningún empacho. Claro. Pertenecía a su cultura. No a la mía. Yo jamás había visto a un reno “de verdad”-y menos de nariz roja-. (Debo confesar que  ahora tampoco).
En base a varias de esas circunstancias,  me di cuenta de que la “comprensión lectora” depende de muchas “variedades”  y no únicamente del significado de palabras- que pueden ser múltiples y de muchos colores-. Aprendí técnicas para enseñar  “comprensión” en mis clases. Hice de todo. Presentaba canciones, para “rellenar” con palabras clave, para ver si habían captado además del significado “literal” el (o los) metafóricos. Con suerte distinta según los casos. Hace poco, después de muchos años, un ex alumno me contactó para decirme que se acordaba de una práctica que le sirvió para la vida. Me hizo muy feliz. Por cierto.

Durante muchísimos años una de las mayores preocupaciones de mi preparación para las clases estuvo relacionada con la motivación. Trabajé en algunos liceos de Montevideo durante mis primeros años, pero después, por circunstancias de la vida, terminé enseñando en un liceo norteamericano.
Ahí me bajé del caballo. No conocía el sistema, y tuve que adaptarme, haciendo cursos que me habilitaran al nivel exigido, que, muy distinto al uruguayo,  era  demandante y complejo. Ya desde el primer día me lo señaló el Director: “La entrada es a las ocho”.  Y agregó: “American time, not Uruguayan time”. Con eso estuvo casi todo dicho. Enseñé  más de veinte años en la institución y después- a la mínima edad exigida (60)-me jubilé.
Hace poco, en una de esas limpiezas “tipo Marie Kondo”, tiré todas las carpetas con ejercicios, canciones, poemas, y estrategias obsoletas en la actualidad. Pensé: “Ya no debe haber ninguna docente que utilice canciones para “rellenar blancos” y “fijar vocabulario”, como yo lo hacía”. Pero apareció  este antiguo alumno que me contactó para decirme que sí  se acordaba de una canción que yo había llevado a clase para “llenar blancos” y “desentrañar” significados. En ese caso, llevé –incluso- el título en blanco. Era “Canción para….”  Y, después de considerar el vocabulario y “rellenar” debían poner canción “para quién”. Ahora, después de tantísimos años, me confesó que, a partir de la letra de la canción, empezó a prestar atención a los “significados” de letras y poemas, porque logró entender que las palabras se llenan de significado cuando se comprenden a conciencia.
Felizmente, la canción aún aparece en youtube. Fue emblemática de una generación, y después se siguió- y  sigue- cantando en la “noche de la nostalgia”. Esa fiesta uruguaya que tanto nos caracteriza.


domingo, 21 de abril de 2019

LA CHISMOSA

La chismosa antigua 

Hace años que de a poco he ido organizando/regalando/ archivando objetos obsoletos, pero de algunos no he querido desprenderme. Fui criada en hogares donde se guardaba todo. Y de una manera u otra se reciclaba y utilizaba. Recuerdo al Negro Pinela, mi padre, en su galpón, con su mameluco de trabajo, dedicado con una paciencia infinita a enderezar y engrasar clavos viejos. Después los seleccionaba y guardaba en pequeñas cajitas según su especie y tamaño. Además, estaban etiquetados para encontrarlos con facilidad.  Cuando me trajeron a vivir de nuevo a Montevideo, mi tía me daba un atado de medias para zurcir y yo — que siempre fui un tronco completo para las manualidades—, les hacía unos horrorosos retobos que mi tío miraba con desconfianza antes de ponérselas otra vez, pero, como me quería mucho, las volvía usar sin chistar. Fui  aprendiendo a no desprenderme de todo, porque de una u otra manera, se le podía dar utilidad.  Este otro objeto, tiene infinidad de años conmigo. Debe su nombre a que cuando se usa, como es agujereada, es imposible ocultar lo que se lleva.  Recuerdo que hice muchos mandados en distintas ferias, almacenes, y mercados.
Esta palabra rescata a esta bolsa-antigua- que según he leído  “usaban nuestras abuelas”. Con toda seguridad, la persona que escribió sobre este artículo tiene menos de cuarenta años, porque las de mi generación saben sin lugar a dudas de qué se trata.

Yo tengo otra-moderna y colorida-  que está siempre lista en la maleta de viaje, porque ahora, según dicen “para cuidar el medio-ambiente”  cobran las bolsitas de nylon,  y se gasta una cantidad considerable de dinero por ese motivo.

Pero, aunque seguí – y aún sigo- los consejos de Marie Kondo, para deshacerme de objetos obsoletos, de todos modos, guardo algunos, por si las moscas.
Por lo tanto, de empecinada manera  me dediqué estos días de actividad casi nula,  a buscar a mi antigua chismosa verde—color que no se desvaneció con los años—. Revisé primeramente los placares de la cocina, porque  lo más probable era que estuviera colgada en alguno de ellos. Efectivamente, así fue.   Realmente, es una incunable, porque  es tan vieja que ni siquiera me acuerdo cómo llegó a mi casa. ¿La compré? ¿Me la regaló mi tía con  otros enseres que llegaron de su propia casa? ¿Me la regalaron mis suegros, que siempre me buscaban  y regalaban “cosas útiles para el hogar”? No me acuerdo. Pero sí recuerdo que ha sido una compañera fiel. Aquí está aún, dispuesta a seguir brindando sus servicios.
En el súper, las bolsitas de nylon- que no siquiera son biodegradables ni nada que se le parezca- las cobran cuatro pesitos cada una. Si se traen unos cuantos productos, pueden usarse cuatro o  cinco bolsitas. En una época de carestía, como la de hoy, veinte pesos hacen una diferencia si se juntan con los precios extremos de la compra. Así que la vieja y querida chismosa resucitará. Seguirá brindando ayuda.
 
La chismosa moderna
 Así que si quieren, háganle caso a Marie Kondo, pero no del todo. Si la tienen,  no se desprendan así nomás de la chismosa. Volverá—por las circunstancias— a ponerse de moda. Dentro de poco, saldrá en las manos de las modelos de piernas abiertas, que exhiben prendas de última generación.  Y ella, muy oronda, volverá a engalanar  las revistas.

jueves, 28 de marzo de 2019

RECETARIO

Mi primer recetario con mi pomposa firma de recién casada 



En una época en que los asuntos de la “paridad” de géneros es una moda indiscutible, yo, bastante anterior a estas modas, exhibo  mi primer recetario de recién casada.
Como se puede apreciar en las fotos, se trataba de un recetario Royal- polvo de hornear que aún sigue campeando en las cocinas montevideanas-. Me lo regaló un cartero que distribuía la correspondencia en la Curtiembre Branáa. Yo trabajaba en las oficinas; me había casado a principios de 1967, y estaba muy contenta por haberme “inaugurado” como incipiente “ama de casa”. No sé cómo mostrar ese orgullo que tenía por haberme incorporado a una categoría que –para mí- era de lo más llamativa. Sobre todo, porque mi familia no se destacaba por ser realmente, de lo más afín con ese rubro. Sin embargo, yo ingresé a él con la mayor de las inocencias y plena de felicidad. Económicamente éramos muy pobres. Nos sustentaban dos sueldillos miserables que unidos, no alcanzaban más que para llegar a mitad de mes. El resto lo pasábamos como podíamos. Generalmente pidiendo “adelantos” para campear la miseria hasta el siguiente mes. Recuerdo, que en crudos inviernos- que para mí, siempre fueron siempre aterradores, porque el frío me afectó siempre muchísimo- no tenía dinero para comprarme medias ni ninguna otra  prenda de abrigo. Iba a trabajar con unas miserables mediecitas tres cuartos que me dejaban la mayor parte de las piernas al aire (no era común usar pantalones). Es muy probable que mi aspecto pareciera ridículo, pero, la  alegría del nuevo estado era tanta que me daba para paliar la falta económica y de abrigos más considerables que los que tenía. En la Curtiembre, me regalaron unos “cortes” de cuero, y, uno de los gentiles fabricantes   me hizo un abrigo considerable de descarne, forrado en cuero lanar. Pesaba un montón de kilos pero me salvó del frío de varios inviernos crueles. De noche, lo colocaba en la cama, y seguía sirviéndonos  para darnos el suficiente necesario calor. El resto, lo ponía nuestra juventud.
En  un minúsculo apartamentito alquilado ensayaba las recetas. Todas ellas deliciosas. Tanto las saladas como las dulces. Cuando llegó mi primera “cocina eléctrica” con horno ídem, pude “ensayar” más y mejor. De paso, la “eléctrica” caldeaba todo el minúsculo ambiente, así que mientras cocinaba  podíamos disfrutar de una agradable temperatura. No pude disfrutar todo lo que hubiera querido porque el precio del experimento trepó a las nubes siderales y tuve que cortar la delicia del calor para no morir en la demanda. Aprendí- hasta ahora- que la energía eléctrica, o cualquier otro tipo de energía- no es, de ninguna manera,  gratis, y se debe cuidar muchísimo el consumo porque el exceso puede resultar muy nocivo para la salud económica.
Con este recetario aprendí a ahorrar, a no ser excesiva, y, a hacer las comidas de manera que fueran “rendidoras” y que no se desperdiciara nada. No eran tiempos de “freezer” ni nada por el estilo, así que había que aprovechar más y mejor todo lo que se elaboraba.
Por ejemplo: la deliciosa pascualina, tenía como suprema finalidad, durar un par de días. Se complementaba con arroz, con ensaladas o  con papas. Y así, su rendimiento mejoraba notablemente.
No soy la única que guarda el clásico “Recetario Royal”, el mío está manchado por la vida, viejito, descolado, pero siempre útil. Por suerte.

 
Descolado, pero aún útil 


jueves, 28 de febrero de 2019

EN EL PEDREGULLO

Con Nacho Cardozo, en el Pedregullo

En el teatro de verano Ramón Collazo, hay una zona que se denomina: “El pedregullo”. Hay algo de pedregullo por supuesto, pero también está la plaza de comidas desde donde parten los olores más apetitosos que colaboran eficazmente como parte del ambiente. Las ofertas son tentadoras y caras. Desde una coca cola a $ 100 (que se adquiere en los mercados de plaza a $ 40 más o menos) o una muzzarella a $ 120. Las murgas bromean con esos precios que no son aptos para llevar a una familia, todos los días.
En ese ambiente, generalmente distendido, se hacen los reportajes y se sacan fotos con los artistas del momento. Todos lo saben y se prestan de buena gana, con cuanto celular ande en la vuelta.

A la prueba me remito. Ilustro mi nota con una foto con Nacho Cardozo, enormísimo coreógrafo, bailarín, y actor a quien abordé- por supuesto- en el Pedregullo, y que  supo acceder, siempre amable y  sonriente.
Lo mismo me pasó con R. (Lo nombro por inicial, pero todos los podrán reconocer como el magnífico actor que es) a quien tuve el gusto de conocer cuando era un niño, porque el padre era cobrador del Sanatorio Evangélico, y yo, en mis años mozos, era socia de la institución. El padre, iba a cobrarme la cuota, y siempre lo acompañaba uno de los hijos, que eran cinco.  ¿Cómo reconocí a R? ¡Porque es igual al padre! Pensé que con seguridad era uno de los niños “R, los del arroyo”. -Así los denominábamos, porque vivían en la costanera- Es decir: no eran unos “R” cualquiera, sino “los del arroyo”, que acompañaban al padre en sus cobranzas.
Reencuentro con  R, uno de los "del arroyo" después de muchísimos años 

Me di a conocer, lo mismo que a mi esposo, lógicamente, los recuerdos afloraron en unas rápidas pinceladas del barrio: los vecinos, la zona, y, el club de fútbol, que aglutinaba a todos los chicos y grandes del lugar. Los chicos, iban a jugar, y los grandes a departir después de las jornadas laborales, a conversar de bueyes perdidos, (pocos, porque era la época de la dictadura)  a jugar a las cartas o al billar, y a “bajarse alguna  virundela” para distenderse después de trabajar. Era un barrio de gente trabajadora, casi todos dependían de algún sueldo para vivir y los entretenimientos eran acordes con esa época sin internet, sin  redes sociales virtuales, y con pocos aparatos de televisión. (No todos lo tenían, por ejemplo: nosotros.)
Mi esposo trabajó mucho honorariamente- como era su costumbre- para el club de fútbol Los Ángeles. Entre unos cuantos parroquianos  que se juntaron y  dedicaron, lograron, por ejemplo,  las luces para la cancha,  alquilaron una casa para la sede, y mantuvieron durante años una institución que  sirvió de “centro barrial”. Mi esposo, hizo un grupo de “amigos del club”. Después nos dedicamos a estudiar y nos mudamos de barrio, pero sé que el club quedó en la memoria del barrio como una institución digna de recordar.
Me dio mucho gusto poder saludar a R. Es un claro símbolo de una época donde todos los del barrio nos conocíamos y nos saludábamos. Nada que ver con la actualidad. Vivo en Punta Carretas hace más de veinte años, pero no se constituyó en un barrio como el del Prado. Apenas saludo a algunos vecinos del edificio y quizás a alguna más de enfrente, pero no se dio el caso del feliz  aglutinamiento que hubo en el otro barrio.
¿Cambió la época? ¿Cambió la gente? ¿Cambiamos todos, sin darnos mucha cuenta? Quizás.
Por eso, me armé de valor y me acerqué a saludar a R. Y creo que fue un momento de reconocimiento y de gratos recuerdos.


jueves, 24 de enero de 2019

Marie Kondo y su magia del orden

Ordenando la casa y la vida con Marie Kondo 



Como se puso tan de moda el método de ordenamiento de Marie Kondo, me compré uno de  sus libros en Buenos Aires. Si bien hay muchos videos en youtube, pensé que sería mejor leerlo para ver cuál era la filosofía de guardar/ descartar.
Pero la moda “Marie Kondo” continuó, al punto de que Netflix subió una serie en la cual Marie Kondo, respaldada por una traductora, visita las casas de diversos  estadounidenses hambrientos de organización. Los hay muy variados. Desde parejas, hasta viudas que acongojadas,  no pueden resolver de qué  y cómo deshacerse  de los enseres de sus maridos fallecidos. Ese capítulo fue para mí uno de los más conmovedores. Yo también tuve que luchar (y aún lucho) con las pertenencias de mi esposo fallecido. No me fue fácil deshacerme de  algunas cosas de valor sentimental. Y lo hice-y lo sigo haciendo-  en etapas. Primero la ropa- que se llevó el hermano, sin importar si le servía o no- luego los libros- que se llevaron sus colegas  abogados- y por último lo de valor sentimental. (Aún  tengo objetos de los cuales no me desprendí: sus títulos universitarios; sus cartas, sus dibujos alusivos a diferentes circunstancias de la vida.) Sé que algún día tendré que deshacerme de TODO- o lo tirarán todo a la basura, mis deudos-  pero ¡luchó tanto por esos títulos! ¡Fue tan amoroso como esposo! Los objetos sentimentales no tienen ningún valor económico; es muy probable que sea lo primero que tiren los deudos cuando me muera, y, sin embargo, yo los mantengo en una caja que compré con ese propósito. En fin. Ya veremos Marie Kondo si te hago caso  o  no.

En las redes sociales he leído de todo: desde entusiastas expresiones de agradecimiento, hasta las más mordaces (y procaces) expresiones de denostación. En realidad, en las redes, está el método “KonMari” explicado por las personas más heterogéneas. Más o menos todos hemos captado el asunto de guardar la ropa en “rollitos”- resulta práctico hasta para armar una valija-.También es práctico deshacerse de las cosas que no usamos y que pueden servir a otras personas. La  japonesa hace una especie de oración para “saludar a la casa” y también despide a las cosas “con alegría”- quedándose únicamente con las que despiertan “felicidad”. Lo difícil del procedimiento es darse cuenta de cuáles son los   sentimientos que provocan los objetos. Yo lo he resuelto como he podido y lo sigo resolviendo de la misma manera. Me despierta alegría lo que me sirve, y me disgusta lo que me queda chico porque me recuerda que tuve tiempos mejores. Así de sencillo. No guardo nada que me quede chico. No creo que tenga voluntad para bajar treinta kilos que me hagan volver al peso de mi juventud. Lo único que lavé y guardé, es una blusa que supo ser blanca-talle 46-  y que la usé  cuando me casé. En la actualidad parece la blusa de una niña, pero la llevé cuando tenía veintiún años y pesaba sesenta kilos. Más bien me produce  “nostalgia de los tiempos que han pasado”,-como dice el tango SUR-  pero no me dio el coraje para descartarla. En realidad, no me despierta alegría sino azoramiento (¿cómo pude caber en esto tan chiquito?), y me retrotrae a remotas épocas- de cuando era feliz a más no poder y no me daba cuenta.
No me pude desprender de ella. Ahí está viendo pasar el tiempo

Según Kondo, hay que elegir meticulosamente lo que se desecha y lo que queda. Así ha sido siempre. A la japonesa hay que felicitarla, porque puso en marcha una industria: va a las casas, las saluda,  fabrica cajitas para archivar, señala como descartar, como doblar, como ordenar y se va siempre con una sonrisa. Al fin y al cabo, todos tenemos que hacer lo que podamos  con los cachivaches. ¿Se puede lograr un ordenamiento mejor? Sí, se puede. Además,  se puede prescindir de más de un objeto obsoleto perdido entre los placares. Es un esfuerzo que vale la pena.
Orden  estilo Marie Kondo- la verdad es que se ocupa mucho menos espacio-


Las críticas mordaces se detienen en la meticulosidad del excesivo descarte. Por ejemplo, yo,  por ahora, no puedo quedarme con nada más que  treinta libros. El año pasado descarté todos los de docencia, pero aún así tengo más de dos mil ejemplares. Muchos tienen conmigo un profundo arraigo sentimental. Me los buscaron y regalaron personas queridas.  Están dedicados, señalados, escritos, y  llevan parte de mi alma. Así que ahí se quedan, como mudos compañeros de vida.
  –Como señalaba Cortázar:
 “Los libros van siendo el único  lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”.   







jueves, 10 de enero de 2019

SUPERCHERÍAS

Túmulo en el "Valle del hilo de la vida" ¿tumba indígena o monumento religioso?

La foto que ilustra esta nota es del “Valle del hilo la vida”. Una zona en Minas, donde se encuentran estos montículos. La mayoría asegura que fueron erigidos por los indígenas y que tenían sentido religioso; otros van más allá en las teorías y afirman que pueden haber sido tumbas de cementerios de indios. Sin embargo, el señor que nos recibió nos dijo que nunca se encontraron cadáveres, únicamente esas extrañas formaciones de piedra que quedaron como testimonios de algo que aún no se sabe a ciencia cierta que es. Como el tema se relaciona con las supercherías me pareció una foto por demás alusiva a una realidad que dista mucho de ser lo que parece, porque no se sabe realmente su objetivo, ni por qué fueron erigidos. Ahí están. Silenciosos, en un paisaje de ensueño en medio de las serranías.
Hace un tiempo me contactó por Facebook, una persona que decía conocerme y que no sabía español. Iniciamos un chateo en inglés- no me vino mal porque el mío se estaba anquilosando por falta de uso-. Sin embargo, en ningún momento pude entender de dónde me conocía. No me pareció raro, porque al haber trabajado tantos años en un colegio internacional donde muchos docentes  son  contratados por un período de tiempo, podía haber sido alguno de ellos. Recuerdo a muchos de los contratados, pero, estimo que hubo algunos que trabajaron pocos meses y se me podían haber perdido en los recovecos de la memoria.
 Se presentó como un viudo de sesenta años,  que había estado profundamente enamorado de su esposa, religioso, y de profesión ingeniero-trabajaba independiente. En  Facebook había puesto una foto de un gordito con cara simpática. En el  chateo,    me comentaba de cantantes, seleccionaba y me mandaba canciones de su gusto. De libros comentábamos poco, porque manifestó que le gustaba mucho leer pero no tenía tiempo.  Su trabajo lo absorbía día y noche. Estaba a punto de firmar un contrato muy productivo que lo iba a parar para el resto de la vida. Un día se me ocurrió hacer un rastreo por Google para ver a qué universidad había concurrido, si había trabajado para alguna empresa, - porque según él, era independiente hacía algunos años-y dónde estaba radicado. No encontré ningún dato. Encontré personas   con el mismo nombre, pero las fotos no coincidían. Lo extraño era que no tenía skype, ni ninguna forma de chatear “en vivo y en directo”- es decir que nunca lo vi en persona.
Las conversaciones eran normales. Lo único extraño era esa comunicación a ciegas, como los amigos de antes que no tenían otras posibilidades de contacto.
La amistad nos llevó a charlar por teléfono dos o tres veces por semana. Insistió en ese contrato a punto de firmar que iba a ser tan productivo para él.
Al tiempo, se destapó el tarro. Me pidió 5.000 dólares para  pagar los gastos de los abogados. Me los devolvería a la brevedad. Etc. Etc. Etc. Obviamente que le dije que no; que recurriera  a un préstamo bancario, y que realizara todas las gestiones necesarias para obtenerlo a la brevedad. Nunca más me llamó ni me requirió más nada. Después, en los comentarios de algunas redes sociales, me enteré de que hay una cantidad de -scammers- así se  llaman en inglés- es decir estafadores que se dedican a maniobras fraudulentas para obtener dinero de viejas – y no tan viejas- incautas.
Un factor importante que tienen en cuenta para contactar es la soledad de sus víctimas: casi todas son personas de edad, que viven o están solas, que tienen un pasar, y que supuestamente querrían compañía. Eso es lo que ofrecen y las caídas se dan sin remedio. Vi varias que daban pena. Una, incluso, había estado relacionada con un estafador durante más de tres años.
Empiezan así como éste. Detectan un perfil que les interesa, se ponen en contacto con alguna mentira, adoptan un perfil falso, se hacen pasar por alguien que no corresponde-incluso pueden adoptar la identidad de un famoso-(No se preocupen; éste no era Keanu Reeves-.) y luego, de una u otra manera piden dinero para sufragar algún gasto. En este caso, era para “pagar a los abogados” pero las mentiras pueden ser de todo tipo y tenor: para una hija que está enferma, para pagar medicamentos, en fin. Múltiples y soberanas mentiras. El ingenio es descomunal.

Usan – por ejemplo- perfiles de soldados- Todos están en misiones peligrosas, en Afganistán- por lo menos- y las incautas caen como chorlitos.
Hoy verifiqué alguno de esos perfiles, e indagué cómo detectarlos. No es fácil, porque “hecha la ley, hecha la trampa”, pero algunos tutoriales me convencieron.
La fuente de recursos está en youtube. Google también los tiene. En fin. “Más vale prevenir, que curar”.



martes, 11 de diciembre de 2018

RECUERDOS DEL UAS: " MÍSTER SNYDER"

Las de buzos idénticos y el querido Míster Snyder 

Cuando se trabaja en una misma institución un montón de años, es lógico que se acumulen memorias y recuerdos de los seres que conocimos. En algunos casos serán buenos, en otros más o menos, pero el transcurso del tiempo los va tiñendo  a todos  de un color inusitado a medida que se suceden los años. Hoy estuve revisando mis archivos de fotos. Tengo unas cuantas acumuladas en un álbum al que llamé “Veinte años no es nada”- en honor a la letra de una canción- pero, al mismo tiempo en honor a mí misma que trabajé más de veinte años en el lugar. Lógicamente, como el tiempo fluye sin cesar, de aquellos más de veinte años de trabajo, pasaron otros  muchos más. Los chicos, ya no son chicos, han formado sus familias, sus profesiones, sus trabajos, y la vida sigue incesante su camino.
Recibí la noticia de la muerte de uno de mis Directores. Tuvo, como todo jefe, sus altibajos.  ¿Quién no los tiene? Para mí fue un excelente director. Durante su estadía en el UAS yo había retomado los cursos de conversación en inglés. Lo leía sin dificultades, pero  hablaba como Tarzán. Larry Snyder cuando se enteró de  que yo estaba estudiando- salía del colegio para la Alianza Uruguay Estados Unidos- dejó de hablarme en español, y  desde ese momento, siempre, me habló en inglés. Yo le contestaba con titubeos, él me corregía con una paciencia infinita. Había dado clases de inglés como segunda lengua, y sabía que  a hablar se aprende hablando. No queda otra. En la cafetería, me empecé a animar a  hablar con los colegas norteamericanos, en las reuniones hablaba con los padres que no sabían español;  y así me fui “largando”.
Un buen día me llamó a su despacho para decirme que me iba a mandar a Chile  a hacer un curso que no era de mi especialidad.  Simplemente, para que “practicara el oído” y después le contara cómo habían sido las conferencias. Allá marché, venciendo mi terror a volar.  Me di cuenta de que también me sirvió para afianzar mi práctica y ya después no tuve más problemas. Aprendí a defenderme; si no sabía la expresión adecuada, daba un rodeo de palabras para hacerme entender y lo lograba.
Poco a poco, noté que lo que en un principio me parecían sonidos ininteligibles, se fueron convirtiendo en palabras y expresiones reconocidas. Y ya  no me hice más problemas. Esa confianza la adquirí gracias a “Míster Snyder”.
Era severo con la disciplina. No dejaba que los estudiantes permanecieran en los salones con los gorros puestos. En uno de mis homeroom- siempre fui Homeroorm Teacher— y no lo traduzco porque esa práctica no corresponde a ningún colegio uruguayo, sino a los norteamericanos— entró repentinamente y le sacó el gorro a uno de mis estudiantes (yo, estaba anotando los almuerzos en el listado, y  no me había dado cuenta.) Al mediodía, le dije en inglés que no había sido nada acertada su intervención. Debió amonestarme a mí y no al chico. Se sonrió y me dijo: “Your English is improving, Alfa”.
Una de mis compañeras—la adoro y por esa razón no voy a poner su nombre— trajo para vender unos sweaters muy coloridos. Con buena suerte para ella, pero mala para mí porque le vendió el mismo modelo a otra colega. Cuando Míster Snyder, en su recorrida diaria por los salones,  me vio por con el buzo  por primera vez, me dijo: “This is María’s sweater”. Yo, que no sabía nada de la venta idéntica, le dije que no, que el buzo era mío. Y él se fue moviendo la cabeza como dudando.
Al otro día le pregunté a María, y efectivamente. Ella le había comprado un buzo idéntico. Como la broma continuaba—cada vez que me veía me decía lo mismo— decidimos ir las dos con el mismo buzo, para sacarnos una foto con él y viera— finalmente— que eran DOS buzos idénticos. Ahí quedó la foto testimonial. Atrás está marcado el año: 1995. Él nos  abraza a María y a mí, con su cálida sonrisa.
Quise recuperarlo por medio de estas anécdotas. Lo recordaré siempre como un buen Director. Me mostró dónde tenía las  alas, me enseño a batirlas y a usarlas.
Gracias, querido Míster Snyder, que descanses y seas feliz, dondequiera que estés.




lunes, 26 de noviembre de 2018

RECUERDOS DE “VILLA LA PAZ”: “LA CASA DE AL LADO Y EL TONY”

Parroquia de la Ciudad de la Paz ( foto tomada de Internet)

Algunas veces me referí a La Paz, Canelones, como “el pueblo” porque eso era cuando mi padre me llevó con su familia. No era ciudad, sino “villa” La Paz. Así nomás. No tenía la suficiente cantidad de ciudadanos como para ser nombrada “ciudad”. Eso fue después, cuando yo ya estaba afincada allí y luchaba a duras penas para  adaptarme a esa nueva e infeliz situación. El cambio—ya lo expresé muchas veces—fue brutal. Además de la inesperada pérdida de mi madre, me tuve que adaptar a una familia que no conocía y a un régimen bastante diferente al que estaba acostumbrada. Mucho más conservador, más “cerrado”, con un vecindario curioso que me observaba detenidamente. Blanca, rubia, de ojos claros, ¿Cómo había hecho ese “negro retinto con un ojo de vidrio”, para tener una hija así? Él lo explicaba jocosamente y yo también. Y no lo voy a repetir porque ya lo escribí. De a poco, fui haciendo nuevas amistades. La escuela pública, era bastante diferente a la de monjas, pero, paulatinamente, me  fui vinculando. Nunca  tuve muchas amistades. Ni siquiera en la escuela de monjas. Por selección natural, quizás por temperamento, porque  nunca fui demasiado sociable. No huraña, pero sí selectiva. Y de esa selección me quedaron  amistades para toda la vida. Eso sí.

Al lado de mi casa,  por ejemplo, vivía un varoncito  más o menos de mi edad. De vez en cuando teníamos alguna actividad. El hula hop, por ejemplo, fue una de ellas. Su padre le había hecho un aro de metal— mucho más pesado que el original—Ensayábamos el nuevo baile con más o menos suerte.
 En la misma cuadra, había una niña  que venía a jugar conmigo alguna tarde, y, enfrente había otra niña “única” con la que también jugábamos. De todos modos, nunca  llegamos a ser  verdaderamente amigas.  
Un buen día, a mitad de la cuadra vino a vivir una familia completa: padre, madre y cinco hijos de distintas edades: tres varones y dos chicas. Los chicos, mayores pero jóvenes, las chicas, una joven y la otra una dulce  niña más o menos de la edad del jurguillo de mi hermana—la del medio— (La más chica aún no había llegado).
¿Cómo llegué yo a esta nueva familia? Muy sencillo.
La niña Marita, rápidamente se hizo amiga del jurguillo. Un día sí y otro también, recibía patadas, mordiscones y cachetazos de la brujita. Y a mí me tocaba consolarla y llevarla— lloriqueando— para su casa. La madre que era parlanchina y simpatiquísima me convidaba con alguna torta frita, con algún mate, y    así empecé a frecuentar la “casa de al lado”.
Como ya expresé; los varones eran “grandes” (al menos para mí que andaba por los once años) y jodones. No había ningún día que no me gastaran alguna broma sobre las formas que se me empezaban a insinuar, o sobre cualquier otra cosa que se les ocurriera. El Nene era el mayor y ya era casado. El Negro y el Chito  se casaron  por esas épocas. El Tony era el más chico y el único soltero disponible, aunque siempre con alguna novia. Siempre fueron habilísimos para los sobrenombres. Tony tuvo una novia  a la que habían apodado “La Tarzana”. (Era una morocha de físico imponente,  que caminaba como el Rey de los monos). Como decía  el Cuque: “el apodo  te lo ponen los demás y vos solo te tenés que acostumbrar a llevarlo lo mejor posible”.
En esa familia, siempre estaban de buen humor. El más parco era el padre, pero todos los demás eran unos disfrutables cascabeles.
En un carnaval de la villa, se vistieron de comparseros y salieron  con tamboriles a recorrer las calles. Los varones tocaban, y,  la Tere, —que tendría unos 18 o 20 años, en la época que recuerdo—bailaba delante de la comparsa con una gracia inolvidable. Obviamente, la candombeada no fue bien recibida en un pueblo que se caracterizaba—como todos los pueblos— por ser conservador. Y ni que hablar que La Paz, lo era.  Mi padre intentó prohibirme frecuentar a mis nuevas amistades, pero cuando tenía catorce años,  le armé flor y nata  de batahola. Ya estaba aprendiendo a defenderme yo solita. Nunca me permitió bailar candombe, cosa que deploro hasta ahora; pero me quedó  un gran  consuelo: mi hermana chica lo baila estupendamente bien. Da gusto verla bambolear las caderas.
El Tony, (calculo que en esos tiempos andaría por los 18 años),  era un morocho descomunal, de amplia sonrisa y de carácter alegre. Partía las piedras.  Nunca lo vi enojado o de mal humor. Yo, a los quince años, ya había empezado a batallar por mi libertad: me conseguí trabajo, tenía dinero para salir, y algunas veces iba al cine con él y con   la Tarzana. Él,  gentilmente, le pasaba un brazo por los hombros a ella y el otro a mí. Yo, chocha. No me enamoré de él porque yo también tenía una  colección de pretendientes de distintos pelos: bodegueros; mecánicos; bancarios; carniceros (unos cuantos, porque La Paz tenía muchas carnicerías—) enfermeros— había más de uno que partía los ladrillos con uniforme y gorrito blanco— y  baristas. De todo un poco. Tanto que el  primer novio que me eché—de aquellos que pedían permiso para visitar— era radiotelegrafista. Y era “exótico” porque además de ese oficio,  era de las Piedras.
En esos años, Tony empezó a trabajar  al lado de la colchonería de mi padre. Creo que era un depósito de materiales donde se procesaban rellenos. Lo recuerdo porque una noche hubo un incendio y trabajamos codo con codo para que no se extendiera al galpón de lana de la colchonería. Me parece que fue por esos años cuando Tony empezó a militar. Mi padre, que era colorado— decía que era  “de Luisito”— no aguantaba nada que tuviera el mínimo tufo izquierdista. Y lo señalaba así: “es un  buen muchacho, pero,  es comunista”. Como si eso fuera un pecado mortal. (En el pueblo lo era, por supuesto. Los comunistas eran seres raros, exóticos,  extraños al contexto, donde únicamente se estilaban los colorados y los blancos. El FA no existía aún. Es de 1971).
En 1965 me vine a vivir a  Montevideo, en 1967 me casé  y le perdí la pista al Tony a su familia. Recién ahora me contacté por  Facebook con Marita y con Tere.   De todas maneras, siempre  me quedaron gratos recuerdos de todos ellos, en especial del Tony que era el menor y el más cercano a mí.  En realidad, en  esa “casa de al lado” siempre encontré alegría, buena onda,  refugio y generoso afecto.



martes, 13 de noviembre de 2018

Cuque Sclavo, el rey de la fantasía también para sus hijos 


DÍAS DE GLORIA

¿De  dónde saca un cronista de costumbres sus temas?
De la realidad. Ni más ni menos.
Lo demás es cuestión de oportunidad, y, de que esa crónica refleje algún momento recuperable después, cuando se lea—no importa cuándo—
Cuque Sclavo, como su maestro, Julio César Puppo, El Hachero, tuvo oportunidad de escribir sobre las más variadas formas de esa realidad circundante. A mí me gustan todas sus crónicas, pero este tema, de Días de gloria, tiene un atractivo especial: están presentes todos sus hijos (tuvo cuatro: Andrea, Ernesto, Patricia y Claudio). Todos confiaron  plenamente en su papá, y él los caracterizó con alguna  certera pincelada. Un toquecito, chiquito, pero basta para que los lectores  captemos lo esencial. No se precisa más. Un ejemplo: de Claudio, dice: el cerebral Claudio. (Averigüen ustedes porqué.)
¿Qué es un día de gloria? Un día especial en que ese papá, al crear estupendas fantasías para sus vástagos, se consagra como “el mejor papá del  mundo” y sale airoso de peligrosas escabrosidades donde podría haber sido descubierto in fraganti.
Por algún lado leí, o le escuché—quizás— decir a Roy Berocay que, su sapo Ruperto fue creado para entretener a sus propios hijos.  Así, comenzó a elaborar historias  que después se convirtieron en magníficas aventuras que deleitaron  a varias generaciones. De la misma manera, Cuque, inventaba historias para los suyos. Las historias de Cuque se amparaban en la realidad y en la fe, absoluta, que le tenían sus chiquilines. Ninguno ponía en duda  lo que su papá les  decía.  Por eso, podía inventar— y lo hacía de maravillas— manteniendo  a sus gurises tan fascinados como yo, cuando lo escuchaba  en la década del ochenta del siglo pasado, en la Radio Sarandí.
Hoy, también leí que el estupendo Adolfo Fito Medrick cuyo juego engalanó al Uruguay durante varios años, falleció de un infarto. Las crónicas de costumbres recuperan a esos seres maravillosos que se van irremediablemente, pero que quedan en las letras del recuerdo afectuoso de sus fans. Que en paz descanses, Fito; gracias por dar  tanto a mi país.
¿Por qué el Cuque escribió esta crónica tan personal? Porque fue director creativo de la agencia de publicidad Grey, y eso le permitió codearse con todos estos campeones del basquetbol y de la vida: como Fito Medrick, Carlos Peinado, Ernesto Malcom,  el Bebe Núñez y, —el director técnico Atilio Caneiro— de quien no encontré una foto que pudiera levantar porque no hay en Internet más que algún reportaje de Carlos Muñoz. Por supuesto,  esta proximidad le dio también oportunidad de traerles camisetas firmadas a su gurisada que resultó fanática del club, de su técnico y de sus jugadores. Vean cómo desarrolló el Cuque su "profesión de padre". 
Lean Días de gloria  y disfruten los avatares  de la fantasía— una materia que no  se debería abandonar nunca—


                                         DÍAS DE GLORIA

      Jorge Cuque Sclavo 


A un hombre o a un mono, más o menos hábil, puede enseñárseles a hacer cualquier cosa. Todo. Menos ser padre. Es una carrera que le cuesta a uno la vida, y, a veces, se muere sin obtener el título. Debería haber una Universidad que incluyese esa carrera por la cual uno rinde exámenes toda la vida y un poco más (pienso en el testamento.)
La profesión de padre, como la de humorista, es lo suficientemente importante como para que no se autodenomine como tal. Sucede como con los apodos, se lo tienen que poner a uno los demás. Si así sucede es que uno lo es, y entonces se enterará de que nadie le escribió un tango al “padrecito” o por lo menos no tantos como se han dedicado de modo exuberante a “la madrecita santa y buena”. De realizarse estos cursos pienso que “Fantasía” debería ser una materia obligatoria durante toda la vida. Como que debía abarcar curricularmente desde “Fantasía 1” hasta Fantasía 85º o 90º “.
Yo comencé mis cursos diciéndole a mis hijos que acompañé al Capitán Nemo en sus 80 Leguas de Viaje Submarino, que fui pivot de la Selección Celeste de Básquetbol de tan brillante actuación en las Olimpíadas de Londres, que el verdadero 5º Beatle era yo, que suplí a Morán cuando se fue de la Orquesta de Osvaldo Pugliese (ejemplo que copió mi hermano Tito haciéndoles creer a sus hijos que él era el cantor Miguel Montero de esa misma orquesta. En fin, como decía Enrique Almada, no se puede ensayar con la ventana abierta).
Aunque un día de gloria se me dieron una serie de felices coincidencias. Era un tiempo de básquetbol cercano a los ’80, cuando se televisaban los partidos y había comenzado el exilio de jugadores extranjeros hacia nuestro país, de la talla de Malcom, Steineman, Medridck. Sporting tenía dos, gracias a su sponsor Toshiba, el que felizmente era cliente de Grey, agencia de publicidad en la cual, entonces, yo era director creativo. De modo tal que, aunque hincha de Reducto y Olivol, me tuteaba con Sporting y eso permitía traerles a mis hijos camisetas firmadas por Carlitos Peinado, y el Bebe Núñez. Por supuesto, los chiquilines se hicieron hinchas fanáticos de Sporting, de aquel cuadro de campeones tales como  los hermanos Peinado, el durito Arias, el canario Echevarren y los panameños Malcoln y el Fito Medrick, junto a un Núñez de novela.  Allí se inició mi  único examen aprobado en la materia “Fantasía”.
Todo comenzó una noche en que estábamos mirando en la tele un partido en el cual Sporting veía muy amenazada su chance de triunfo. Fue entonces que se me ocurrieron las falsas llamadas a Atililio Caneiro, D.T. de Sporting, durante los intervalos y con el fin de darle instrucciones para los cambios tácticos y de hombres. Aconteció esa primera noche que, milagrosamente, Caneiro como que me hizo caso y Sporting ganó ampliamente durante el 2º tiempo.
Se sucedieron los partidos y menudearon mis falsas llamadas, pero Sporting llegó a una final reñidísima, creo que contra Bohemios. Vivíamos entonces en una casa chica pero de dos pisos. Abajo, justo esa noche, olvidando la angustiosa final o quizá para escurrirle mis glúteos a la hipodérmica, había invitado a amigos para tomar unas copas. Y comenzó la final. Arriba, angustiados, los gurises miraban la tele. Abajo, distendidos, nos evadíamos de las tensiones de la publicidad hablando de…publicidad.
Cada tanto se oía pasos agitados que hacían temblar las escaleras de madera, cuando bajaban los botijas para comunicarme cómo iba el partido.
—Vamos arriba nosotros, 7 tantos. Carlitos embocó dos libres.
Nuevo estremecimiento de escalera, pero para arriba. Ese era Ernesto.
— ¡Papá! ¡Nos alcanzaron! ¡Hacé algo!
—Tranquila Pata. Papá sabe… Lo llamo a Atilio cuando termine el primer tiempo, como siempre.
Leve temblor de escalera. Esa era Patricia, la más chica.
La situación se agravó. Tanto como para que el cerebral Claudio abandonase la tele y bajase a zancadas la escalera.
—Papá, llamalo ya. Terminó el primer tiempo  y vamos 7 abajo, ahora.
El lector recordará cuando le dije que esta historia estaba hecha de felices coincidencias. Justo en ese momento, justo cuando estaban todos los gurises pendientes, junto a mí, sonó el teléfono. Era doña Aída, mi madre, que no entendía nada de lo que le decía:
— ¡Al fin Atilio! Ya creía que no me ibas a llamar. Sí. Estoy viéndolo aquí con unos amigos. Escuchame. No. No cambies el esquema de juego. Está bien. Lo que tenés que hacer es rotar los hombres. Vas a desconcertarlo a Ramiro. Además sacá al Fito y poné al durito Arias a los cinco minutos. ¡No! ¡A los cinco te dije! ¿Me oíste? Ponelo de playmarker y a Marcelo y a Carlitos haciendo doble pivot. Lo vas a enloquecer y van a descuidar el rebote. Ahí es cuando entre el Canario y Fito los llenan. O por lo menos, te asegurás un final con ellos cargados de faltas. Que el Durito tire, media distancia a una mano. Y el Canario dos manos sobre la cabeza que es su tiro. ¡ Chau! Y no me llames hasta que termine. Si no, se van a dar cuenta y te vas a quedar sin laburo. Te veo. Y ¡suerte, Atilio!  
Adolfo Fito Medrick, Ernesto Malcom, glorias del básquetbol ( Foto archivo El País.) 

Estábamos discutiendo abajo sobre una campaña de cigarrillos light que había hecho otra agencia de la competencia, cuando bajó la Pata y, jubilosa, me dio un beso.
—¡Papá! ¡Atilio hizo lo que le dijiste!

—Y …¿cómo vamos nosotros?
—Un tanto arriba nosotros. ¡ Sos grande Pá!
Al rato.
—¡Papá! ¡ Papá! Reaccionaron y nos empataron. Vamos al alargue.
—¿Cómo están ellos?
—Como le dijiste a Atilio. Muchos fouls y están jugando con el banco de suplentes.
Se oyeron gritos arriba. Era el arranque del alargue.
—Andá a verlo, Patricia—le dije.
Suena el teléfono. Atiende mi mujer.
—Es Andrea, tu hija. Dice que lo llames ya a Atilio.
—¡Otra más! Decile que yo sé lo que hago. ¡ Que confíe en mí! Desde arriba llegan nuevos gritos. Se oye una estampida en la escalera que hubiese ruborizado al propio Howard Hawks y las vacas del Río Rojo, aquella con Montgomery Clift.
—¡Papá! ¡ Papá! ¡Ganamos!
—Sos el mejor papá de todos los tiempos.
Carlos Peinado ( Foto de Marcelo Bonjour) 

—Llamalo a Atilio.
—No dejá que disfrute. Se lo merece. Es mi mejor alumno. En todo caso, si él quiere, que me llame.
No me llamó y pasé un tiempo pensando en cómo salir triunfal si alguna vez me topaba, delante de mis hijos con el Sr. Caneiro.
Y la ocasión llegó cuando ya casi había olvidado el incidente. Sucedió durante mi licencia, en Parque del Plata, mientras mateábamos con mi perro Samuel y escuchábamos el informativo:
“Luego de sacar campeón a Sporting, Atilio Caneiro aceptó ser el director técnico de Peñarol. Pero aclaró que recién comenzaría a trabajar luego de su licencia que pasará en Parque del Plata”.
Esa misma mañana, cuando iba con mis hijos caminando por la orilla del arroyo, vimos venir a Caneiro con unas cañas. Mis hijos que ignoraban lo de Peñarol, gritaron exaltados:
—¡Papá! ¡ Ahí viene Atilio!
—Cállense. No hagan bulla. Ignórenlo.
Atilio pasó al lado nuestro. Ignorándonos.
—Pero, ¿por qué, papá? —dijo Claudio, compungido.
—Es un traidor. Yo no quise decirles nada a ustedes, para no amargarlos. Después del triunfo nunca más me llamó. Y encima hoy me enteré de que se va para Peñarol. ¿no se dieron cuenta de cómo me miró? Con el rabo entre las patas… Después de todo lo que hice por él. Vamos a bañarnos. Así me saco la calentura. Un día cuando se me pase, lo voy a llamar. ¡ Y me va a oír!

Los escritores dan risa
Banda Oriental
2004