sábado, 3 de abril de 2021

¡GRACIAS DE CORAZÓN!

 

                                                    Pilotín cargado de memorias 


Hace tiempo leí un  libro de Marie Kondo sobre el ordenamiento en  una casa. Se refiere al orden de las casas con  abundancia en todos los aspectos. En muchos casos, esa abundancia obedece a un inútil  afán acumulativo que no tiene razón de ser si nos ponemos a pensar en la efectividad. ¿Cuántos vestidos, pantalones o remeras necesito?  En mi caso, casi siempre uso los mismos por motivos diversos: son cómodos, son lindos, no me hacen tan gorda, o porque sí. También me ha pasado que después de comprar algo, no lo uso porque cuando me miro al espejo veo en mi lugar a  una ballena.

Más durante la pandemia. La quietud obligada, me hizo ganar más kilos y la sensación ballenácea se acrecentó.

Me  cuesta bastante deshacerme de las prendas o libros que aprecio. Los libros, porque forman parte de mi ser íntegro. Muchos tienen dedicatorias que exhiben el aprecio de los autores. De esos, no me puedo desprender. Otros, están dedicados por mi marido, que siempre andaba buscando lo que yo quería investigar. Menos puedo dejarlos ir.

Sin embargo, hace un tiempo, alentada por la Kondo, hice una drástica limpieza. Doné la mayoría de los libros de gramática, los de lingüística, los de semántica. Me quedé con los diccionarios más relevantes que también envejecen y se van quedando afuera, porque en la actualidad hay muchos recursos tecnológicos que podemos utilizar para ver si una palabra existe o si hay un sinónimo que nos evite repetirla.

Con la ropa me pasa algo similar. Hay algunas prendas que uso desde hace años, por comodidad o por sencillez y me cuesta desprenderme de ellas. No las abandono por ningún motivo.

Tengo un antiguo pilotín  que vino en una bolsita plegable para guardarlo cuando no se usa. Es probable que tenga más de veinte años, —ya perdí la cuenta—, pero en su momento y aún ahora, es moderno por el detalle de la bolsita para guardar. Es de nylon resinado y me libró de varias garúas diluvianas en los viajes. Recuerdo que me  acompañó en mi primer viaje a Florianópolis. En ómnibus. En la época de las excursiones colectivas y divertidas. Se salía de una plaza céntrica, con un guía acompañante que se encargaba de todo el tramiterío, de entradas, salidas,  alojamientos, y cenas programadas. Una enorme comodidad que evitaba aglomeraciones y también intrincadas esperas.

Pero en estos últimos meses, descubrí que mi apreciado pilotín había quedado con manchas de humedad. Es más que seguro que lo guardé cuando aún no estaba totalmente seco y quedó convertido en un guiñapo gris. Utilicé todas las fórmulas que aparecen en youtube. Logré quitarle las manchas de humedad pero—lamentablemente— se le formaron otras de  óxido debidas a unos ganchos de metal que tiene cada tanto. Hoy, como última solución fui a una tintorería que se llama Better Life. Me sacaron por completo la ilusión de la recuperación.

Por lo tanto, hice lo que dice Kondo que hay que hacer. Le saqué una foto para recuerdo, le di las gracias por los servicios prestados. Le prometí que nunca lo olvidaré. Quedará por siempre en mi corazón, en el  recuerdo de años mejores —que supe tenerlos—y de  viajes de novela. Gracias, gracias, gracias.


viernes, 12 de marzo de 2021

¡ TATUAJES, NO!


                                                     Piernas gordas tatuadas. 

Soy consciente de que el mundo evoluciona, cambia, se mueve, y no siempre para bien.

Leí en una novela, una secuencia donde el protagonista descubría en escarceos eróticos, que la joven tenía un piercing en el clítoris. ¡El mío me dolió de solo pensarlo!

En cuanto a los tatuajes, que se han popularizado tanto, creo que  son una anomalía del espíritu. Yo, que soy un vejestorio, vivo luchando contra las manchas de la edad, los lunares y todas las marcas alusivas al paso de los años; no toleraría que  ninguna tinta marcara ningún lugar de mi cuerpo.

Se pusieron tan furiosamente de moda que los actores también se tatúan (fíjense en Andrés Velencoso o en Ibrahim Selikkol -el actor turco- ) hasta objetos representativos de índole mágica. Hay elefantes, hienas, panteras, tigres, ciervos, rinocerontes, jirafas, camellos, tortugas, salamandras,mandalas y, por supuesto, el ratón Mickey, el pato Donald y Popeye. Faltaba más.

Brazos y piernas enteras. Una tatuadora, dijo en un  programa que había tatuado vulvas y penes. ¿Qué tal? ¿Qué les parece una aventura con un sujeto de pene tatuado?

Antes, los que se tatuaban eran los presos y los marineros. Probablemente, en el caso de los presos, era una manera de afirmar su personalidad, colocándose algún tatuaje alusivo: cadenas, nombres, martillos, hoces. En el caso de los marineros, los más comunes eran las anclas y los barcos.

Actualmente, se pusieron tan de moda, que  los hay de todo tipo y color, y no hay Cristo que no se haya tatuado las más inverosímiles figuras. Tanto hombres, como mujeres. Algunas—me refiero a las  mujeres—, desaliñadas, en shorts y  fuera de peso, llevan  todas las piernas tatuadas, sin dejar ningún espacio libre.

El sujeto que fotografié para ilustrar este comentario, lucía muy orondo las piernas tatuadas, aunque la barriga le rebozaba la camiseta y los pantalones.

En fin.

Una muestra más del mundo que es mundo porque no puede ser otra cosa.

Insisto: ¡Tatuajes, no¡

¡Por favor, hagan algo positivo por la  humanidad!


viernes, 5 de marzo de 2021

EL AGENTE TOPO : LA SOLEDAD DE LA VEJENTUD

                                            El agente topo y su realizadora Maite Alberdi

                                           ( Foto tomada de internet)
 

Hoy de tarde, vi la película “El Agente topo”, una docuficción de una cineasta  chilena joven y exitosa: Maite Alberdi.

Incursiona  en el mundo de los ancianos que van a vivir a un residencial, o casa de salud o cotolengo, como se le quiera llamar. La trama es sencilla: un detective filtra a un topo veterano (espía)  para que averigüe si allí, tratan debidamente a los internos.

Alguna vez enfoqué el tema de la vejez y de la soledad que hay que enfrentar en los tiempos que corren. Antiguamente, en la época de las grandes casas, todos los miembros de una familia vivían juntos. Los más veteranos eran los que vivían en sus cuartos, recluidos, pero rodeados y asistidos por un familión. Esa estructura no existe más, porque las familias se han ido separando en pequeñas células. Los muchachos, apenas crecen, se alquilan apartamentos, o se van a vivir en viviendas colectivas con otros jóvenes. Incluso, las parejas prueban la convivencia alquilando un lugar para vivir. Muy pocos se quedan con los padres, porque a la familia, se le agrega otra persona para aprender reglas de convivencia que no siempre se acatan y se llevan adecuadamente.

La película oscila entre la realidad y la ficción. Pero no hay duda después de verla de  que la vejentud no es—de ninguna manera— un divino tesoro. Los que están más o menos sanos, son los que pueden lidiar mejor con la situación, pero los que están mal, los que tienen fallas de memoria, los que no pueden caminar, los que sienten la flojera de las piernas y se caen—pese a los pasamanos que hay en todos los pasillos—mueven, por lo menos, a una reflexión exhaustiva.

 ¿No se podría encontrar una solución más adecuada? He visto que en otros países  han montado viviendas colectivas donde los residentes tienen todos los servicios en casas, no necesariamente compartidas; algunas pueden ser individuales y son atendidas por personal capacitado para el trato con personas mayores.

En otros casos, hay adultos con buen ingreso económico, dueños de  una casa que les quedó  enorme después de la partida de los hijos, y en esos casos  se  les vincula con  alguna persona joven— generalmente estudiante— ofreciéndole alojamiento a cambio de compañía y servicio.

Lo que se desprende de todo este tema es que los ancianos, llegados  a determinada edad, o situación de salud, no son más “autoválidos”—como se señala en la película—y pasan a sentirse desplazados e inservibles. Están las dolencias propias de la edad y de la genética, pero también están las dolencias afectivas que son las más difíciles de sobrellevar. En la película—y en la realidad también— la queja por la falta de visitas familiares es constante. yo imagino lo que debe ser ahora, en plena pandemia, donde no podemos abrazarnos ni besarnos.

Recuerdo a mi abuela paterna— a la que conocí autoválida—. Era mi abuela lavandera, la que me enseñó a lavar a mano en la pileta de juguete, la que me hacía dos huevos fritos, desafiando la voluntad materna. Terminó su vida en un cotolengo femenino, porque quedó paralítica  y nadie podía hacerse cargo de ella. La íbamos a visitar todos los domingos. Yo, era aún  bastante chica, tendría alrededor de diez, once años. Me quedaba un rato conversando con ella, y después—llevada por mi educación religiosa— daba una vuelta por la sala y visitaba a las otras internas. Muchas de ellas agradecían efusivamente mi proximidad.

Lo mejor sería que tuvieran afectuosa asistencia, un lugar decoroso para vivir y entretenimientos dignos y placenteros. El afecto y el buen trato pueden hacer milagros. Y, sobre todo, habría que mantenerles los propósitos: siempre se vive mejor, si hay una proyección.

La película está nominada para varios premios. Veremos si la crítica coincide conmigo o si decide dar un premio a algún filme más alegre, banal y ligero porque nadie quiere lidiar con temas escabrosos, como este. Es una preocupación constante de la sociedad moderna que ha avanzado tecnológicamente pero nada de nada  en los aspectos sentimentales. Basta ver este filme, donde los sentimientos se ponen de manifiesto cada vez que se los convoca, y se producen  reacciones positivas de los involucrados cuando reciben muestras de apoyo solidario y cariño.

 

domingo, 14 de febrero de 2021

RAREZAS

 

En el Club de libros de Rosa Montero leemos y revisamos conceptos que la escritora va desarrollando tanto en sus libros como en sus charlas. En este año pandémico, nos hemos acercado más a sus concepciones vitales. No siempre coincido en todo, pero, sí acompaño varias de sus ideas.

Esta que puse en el cartel inicial, es una de mis coincidencias con Rosa.

 Una pareja, no es, para nada un ser que nos diga a todo que sí. Como todos saben, yo estuve casada cuarenta y cuatro años y siete meses con un hombre que era absolutamente diferente a mí. No coincidíamos en nada: era de Nacional, yo de Peñarol, era frenteamplista, yo independiente, no le gustaba el carnaval, ni bailar, a mí sí. Pero, en cambio, coincidíamos en nuestras rarezas y no únicamente las compartíamos, sino que las festejábamos.

Una rareza compartida, por ejemplo, era el gusto por armar ilusiones en listas. Cada uno tenía la suya, y, si bien no eran iguales, coincidíamos alegremente. Por ejemplo, llevábamos una lista de ilusiones utópicas que llamábamos “Venga y atrévase a soñar”— como un programa de televisión que conducía Berugo Carámbula—

Nos dormíamos haciéndonos cuentitos. Siempre iban por el lado de cumplir esas estrambóticas ilusiones. Y en los relatos las cumplíamos a rajatabla.

Muchas de esas “ilusiones” las pudimos convertir en realidad, otras no. A él la vida no le dio para todo, pero yo continué con la lista y aún hoy sigo cumpliendo esas rarezas compartidas durante tantísimo tiempo.

Hace un par de años, —como ya lo comenté anteriormente— fui a ver a André Rieu en su tierra natal: Maastrich. No fui a Brujas, no hice ningún tour diferente ni nada. Fui a su recital con una entrada VIP ( comprada a su propia agencia), estuve alojada durante dos o tres días en un hotel cinco estrellas,  y viajé en un destartalado avión hasta Madrid, de Madrid a Bruselas, y de Bruselas en un  taxi ( que pagué con gusto) hasta el altillo que había alquilado para pasar unos días más recorriendo Maastrich. Llevaba un contrato con una agencia local, que me proporcionó un guía de habla inglesa, con el cual fui  a todos los lugares que había marcado en mi destino. No hice nada más. Simplemente, después, como la agencia de viajes, absolutamente desastrosa, me había puesto en “lista de espera” me quedé un par de días en Madrid—obligada por las circunstancias— y visité a algunas amigas madrileñas, porque el resto andaba por las playas.

Pero sigo creándome ilusiones y elaboro estrategias de sobrevivencia para mis múltiples rarezas en esta pandemia atroz que nos ha dejado completamente turulatos.

 

 


jueves, 11 de febrero de 2021

A PROPÓSITO DE LAS PLUMAS DE ROSA

Plumas de ave para escribir

 

Escuchando a Rosa Montero en Facebook hablar de las suyas-es aficionada y las tiene de todo tipo- , me acordé de mis “plumas”.

En realidad, pocas veces usé esta palabra para referirme a las lapiceras de cargar tinta, o, a las biromes- tan populares por acá-

 Las “plumas” se llamaron así  porque las primeras que se usaron fueron de aves—como la que puse de ilustración, sacada de internet—.

Yo no tuve plumas de verdad, pero sí  unas cuantas lapiceras de distintos tipos a las que se les adosaba una pluma “cucharita”—así se denominaban—, pero nunca fui una aficionada porque en mi juventud hice un curso de secretariado comercial que incluía dactilografía  y empecé a escribir a máquina. Me aficioné a la máquina de escribir primero, y a la computadora después.

Sé que hay  profesionales de la escritura,  del cine o del teatro,  que escriben a mano. No es mi caso. Yo, generalmente, escribo a máquina y sin mirar las teclas porque logré hacerlo bien  en años de trabajo oficinesco. Aquellos tediosos ejercicios de asdf/ ñlkj, dieron resultado después  de hacerlos minuciosamente. No fue fácil para mí que había aprendido a escribir a máquina con dos dedos, pero, en la vida se logra  casi todo,  cuando se le pone constancia.

Cuando era niña, iba a una escuela de monjas. Eran severas y autoritarias, pero yo no les daba mucha pelota porque me gustaba mucho charlar con las otras internas. Por razones del trabajo materno, fui medio pupila durante un tiempo. Significaba ir de mañana temprano  con un regreso al atardecer. Me gustaba más o menos porque me aburrían las “labores”- así se les llamaba a las clases de costura y bordado, dos disciplinas para las cuales nunca fui dotada ni nada que se le pareciera. Mis carpetas lucían unos toscos bordados, y mis costuras eran caminos de hormigas. En cambio, me destaqué siempre en todo lo que tuviera que ver con letras. Y a eso me dediqué en cuanto pude. Para eso, sí usaba “plumas”, pero no eran portátiles sino que se llevaban en una cajita y se colocaba una en la lapicera. En el medio del banco escolar había un agujero que era para colocar el tintero. (Siniestro aparato que me dejaba el portafolios y las manos a la miseria). Tuve que aprender a dominarlo. También tuve unos involcables. Que eran más siniestros que los otros porque, según la inclinación que tenían, se volcaban o no. A mí se me volcaban casi siempre y, a la tarea escolar, se le agregaba la doméstica para limpiar los enchastres que se me armaban.

Con esas primeras plumas, aprendí a escribir las tareas escolares y las imaginativas. En el colegio, las imaginativas eran las redacciones. Nos daban un título o un fragmento de texto dictado y había que continuarlo de manera coherente. Eso me gustaba y me divertía. Y las plumas, aún mojadas de más, daban el resultado esperado. Trabajaba con un secante debajo de la hoja para evitar las posibles manchas. Esos secantes eran de propaganda y me los regalaba un pediatra muy simpático, colega de mi mamá. Siempre tenía unos cuantos a mano, porque la tarea tenía que presentarse impecable.

Escribir y producir un texto con esas plumas era un trabajo enormísimo. Ahora me doy cuenta de que los jóvenes actuales podrían-si quisieran- escribir sin tantos problemas como los que tuve yo en esos comienzos infantiles.

Cuando cambié de la escuela privada a la pública, además de la novelería encantadora de tener compañeros varoncitos,  el sistema era el mismo: tintero al medio y a compartir con el otro ocupante de banco. Por suerte me tocaron varones prolijos y podíamos trabajar cada uno en lo suyo sin reyertas ni altercados.

                                          Dedicatoria de la maestra de quinto año que detectó que mi área era Letras


En quinto año escolar empecé a mirar con interés a los varones de la clase o, a los más grandes que todavía usaban pantalón corto aunque ya tenían vellos en las piernas. Ahí la escritura-ya con biromes-  me sirvió para contestar esquelas amorosas, escritas torpemente, con muchas faltas de ortografía. Yo firmaba “AST” y ese hecho causaba hilaridad.

 En esta época de pandemia, usé parte del tiempo en ordenar papeles y textos. Así recuperé un álbum-creo que fue de sexto año, cuando ya terminábamos la primaria- con dedicatorias de todo tipo. Hay una en especial que vino a mi memoria cuando la vi. Está escrita por la maestra,  pero la firma es de uno de mis adoradores más acérrimos. Era tan empedernido, que me perseguía a la salida de la escuela, gritándome improperios de todo tipo. Supe después que  era el deseo acumulado el que lo hacía actuar así, porque al poco tiempo, a la hora del recreo nos dábamos unos besos enormes  llenos de saliva y migas de bizcochos. Ese primer besuqueador se llamaba Héctor.


Pueden ver el texto- con la letra de la maestra y el comienzo de la firma con  letra de varón-. Cubro el nombre completo del susodicho porque sé que vive en Estados Unidos, y quizás no le guste verse reflejado en estas líneas. No sé. 



Y toda esta elucubración fue a raíz de las dichosas plumas de Rosa Montero.

 

lunes, 18 de enero de 2021

FANTASÍAS

 Indudablemente, en esta época maldita acosados por una pandemia que no nos permite razonar ni vivir se nos tienen que ocurrir fantasías—para no sucumbir— acordes con las situaciones que nos depara la existencia.

En mi caso, por razones de la edad, tengo que ser más cuidadosa que si tuviera veinte o treinta años, y cumplo, con el protocolo de higiene que se aconseja. Sin embargo, he visto que los contagios no se dan en una forma que se pueda detectar cómo y dónde.

Evitar las aglomeraciones y el contacto físico es uno de los requisitos. Así que ya hace casi un año, que no beso ni abrazo a nadie. Nos conformamos con el ya clásico roce de puños o codos. Me ha costado. Me agrada mucho tener contacto físico con los seres queridos. Pero no se puede. Estamos confinados como con las siete plagas de Egipto. Salimos de una y nos metemos en otra.

Mis fantasías se nutren con las series que nos convocan con actores jóvenes, saludables, llenos de vitalidad, musculosos—algunos delgados incluso, lucen músculos apreciables—. Me he convertido en una vieja tipo Don Fulgencio, aquel legendario personaje de Divito que “nunca había tenido infancia” y hacía, a una edad provecta, con un físico regordete y con pelada, actividades totalmente pueriles: desde remontar cometas, hasta jugar con un trompo. En mi caso, no soy tan infantil pero los actores son estupendos y se prestan para todo tipo de ensoñación.

A algunos ya los presenté en “los hombres de mi vida”. Desde los más veteranos, incluso que ya no viven, hasta los más jóvenes que surgieron del mundo de la moda publicitaria. Físicos portentosos, sin un gramo de grasa, para cuyo mantenimiento,  se entrenan a muerte durante horas.

Hay tres  que podemos  ver en las series, y en varias redes  sociales con total impunidad porque viven gracias a esa exposición:

 

Andrés Velencoso


Español, joven, salido del modelaje. Tiene un físico delgado pero portentosamente musculoso. Lo vi en una serie de Netflix: “Edha”, y, al buscar información aparecieron detalles de su vida personal, sus parejas, la muerte de su madre y un tatuaje que luce en el pecho con su nombre. A mí no me gustan para nada los tatuajes pero, en este caso, si no insiste,  se le podría perdonar.

 


Ibrahim Celikkol

Salido del  mundo del deporte. Turco. También musculoso y alto, con más físico que Velencoso y con cara de niño bueno. Lo vi en una interminable serie turca:  “Intersection” (en otros países salió con el nombre de “Vidas cruzadas”).

 


Tomer Sisley


Es el que he visto más. La primera serie que vi con él  es Mesías. Interesante y rara. Con personajes de la Biblia. Buen papel de malo.

Como me gustó, busqué otras. Incluso películas.



También es joven. Delgado, al estilo Velencoso, pero  con un buen físico que entrena para hacer él mismo las escenas de riesgo. Vi la serie “Balthasar”, rarísimo ejemplo de  tenebroso policial con ficción. Encarna la figura de un médico forense cuya esposa fue asesinada y dialoga con ella y con los muertos que examina. Con la capitana de la policía ( Bach), hay una relación extraña porque la mujer es absolutamente opuesta a su carácter jodón. Una relación de tire y afloje. Muy bien llevada por ambos. No sé cómo lo lograron porque cuando no hay química y uno tira para un lado, y el otro para el opuesto, lo más probable es que la constante fricción provoque una ruptura total. Vi dos temporadas. Si logro localizar la tercera, sin tantos comerciales, quizás la pueda ver también.  En Balthasar, hablan un francés nativo y fluido que después de un rato consigo entender un poco, sacando de mi cerebro el francés au liceé,  aunque no todo.

Mis amistades de redes sociales me preguntaron por qué los elijo tan jóvenes, y contesté la verdad: para vieja, basta conmigo. ¿No verdad?

miércoles, 6 de enero de 2021

CARTITA A LOS REYES MAGOS


 

Este año decidí escribirle una cartita a los Reyes Magos, que se quedaron por allá, en mi niñez, cuando vivía mi madre, y yo salía—la noche anterior— a juntar pasto para los camellos. Lo cierto es que a la mañana siguiente,  mágicamente, aparecían algunas de las cosas que había solicitado con mucho empeño.

¿Me harán caso este año?

Mi ignorancia es tan grande como cuando era chica y esperaba con ansiedad febril la muñeca que caminaba o el triciclo grande para que mis largas piernas pudieran pedalear sin zozobras. De todas maneras, este pedido tan inusual, creo que tiene su razón de ser.

 

Pasamos un año angustiante sitiados por una pandemia desconocida que nos descolocó completamente. Las medidas que tomó el gobierno fueron acertadas de acuerdo a los criterios generales, pero, no todo el mundo las cumplió y acató. Los resultados,  sobre todo a fin de año, no fueron los mejores.

En la cartita infantil tenía que poner todo lo que había hecho bien durante el año, porque eso, según mi madre, favorecía la entrega de lo que solicitaba. Entonces, empezaré de la misma manera. Ya no tomo la sopa que rigurosamente me daban todos los mediodías y cenas, pero consumo regularmente lo que me aconsejan  los médicos que cada vez me cercan más con sus  productos saludables. Lo hago con la esperanza de que cedan los dolores de mis artríticas rodillas y pueda caminar con algo de la seguridad y firmeza de antaño.

Primer deber cumplido: como bien, todo lo que me aconseja la nutricionista. No salgo del régimen por nada del mundo.

Segundo cometido: ayudar al prójimo. También lo he cumplido a rajatabla. No creo que ninguno se queje.

Tercer cometido: No voy a misa desde la época adolescente, pero tengo la certidumbre, de que, aunque no voy, Dios tiene para mí una disposición que sé que me será beneficiosa.

Usualmente, escribía la esquela a los tres, pero de vez en cuando, se la enviaba únicamente a Baltasar—que tradicionalmente, me habían enseñado que era el moreno del grupo y que tenía gran disposición para los pedidos de las niñas—. En fin, sigamos creyendo que así será.

Los  tres pilares infantiles, son los que me dan la suficiente energía como para escribir esta cartita, dirigida a los tres reyes magos, pero en especial a Baltasar—que espero que siga siendo el morenito y que acceda a este pedido—.

 

 

Montevideo, 5 de enero del 2021

Queridos Reyes Magos (—en especial, Querido Baltasar—):

 

Ya no quiero ninguna muñeca que camine sola, ni un triciclo gigante, porque mis  piernas artríticas ya no me permitirían pedalear con la facilidad que podría haberlo hecho antes, pero sí quiero algo que quizás puedas darme (darnos): una cuota extra de buena  salud. Bien entendida. No quiero ni pensar en la posibilidad de apestarme con el siniestro virus del Covid, y tampoco quiero que mis seres queridos se contagien. Vos sabés que los tengo desparramados por todo el mundo. Ya sé que lo que te estoy pidiendo te lo está solicitando toda la humanidad, pero, como sé que sos bondadoso, y también recuerdo  que de niña atendiste todo lo que pudiste mis pedidos, estoy segura de que no  me vas a fallar.

Esta vez, no te preparé ni pastito ni agua, pero si venís en la forma de este Baltasar, te ruego que vengas, así, livianito de ropa. Porque acá, por Montevideo, empezó el calorcito.

(Foto de Tomer Sisley) (Internet)


Si no podés, igual creo que la túnica y el turbante (de géneros ligeros y coloridos) no te van a quedar nada mal.

¿Qué locomoción vas a usar? ¿Camello, elefante o cuatro por cuatro? A mí no me importa demasiado, con tal de que vengas.  Yo te estaré esperando con  un trago fresco y una picada oriental. Te va a encantar.

Dale, vení, no te achiques, no tengas ningún miedo. Hace tiempo que no tengo ningún negrito- con perdón de la palabra que la penaron en Europa- . Te trataré como a un rey. O sea como lo que sos: un  rey sabio que traía la  mirra- de niña no sabía lo que era, ahora, más menos-

Nos fumaremos un rico puchito (traelo vos, porque yo no tengo ni un desgraciado Nevada)  Si te querés quedar en casa, tengo camas en el comedor. Te puedo dejar armada una para que descanses unas horas antes de seguir el viaje. ¿De acuerdo? La porción de salud extra, embalala  bien. No sea cosa de que se te escape lejos de este barrio y nos quedemos sin nada. Como ya sabés, te quiero en pila. Hasta el cielo y más allá. Muchas gracias. Tu amigota de siempre.

Alfita

 

 

 

 

 

 

sábado, 19 de diciembre de 2020

LOS HOMBRES DE MI VIDA


 

A medida que transcurren los años, he podido comprobar que mis gustos han ido variando  con el tiempo. Y, como en el poema LO FATAL de Rubén Darío, “la carne  que tienta con sus frescos racimos”, se ofrece, seductora, en la figura de actores de series,  jóvenes, hermosos, llenos de músculos trabajados a conciencia, pletóricos,  que provienen del mundo de la moda o del deporte.

No siempre me gustaron así, pero,  los años  se me vinieron encima, junto con la pandemia, provocando  fantasías que se nutren de las bellezas actuales.

De niña, aunque no tuviera mis  instintos desarrollados, me encantaba el Tarzán de los monos que encarnaba el actor Lex Barker (que era tan atractivo que le decían “SEX Barker”). (Lo puse en una foto tomada de internet, donde se  ve con un equívoco taparrabos).

Cuando era joven, me gustaban  actores que no se caracterizaban exactamente por ser apuestos, sino seductores. Cada uno a su manera.

Uno de ellos, que me dejaba boquiabierta, con el corazón palpitante, fue Charles Bronson.



Quien más quien menos, admiraba  a  ese tipo recio, mezcla de galán y bandido que enloquecía a la mayoría.

Otro, no menos que Charles, fue el francés Jean Paul Belmondo. Un feote, que era  como los perros pekineses,  lindos de tan feos, además,  podía y hacía  gestos de picardía, capaces de dejar sin aliento a más de una- y no solo a la actriz de la peli con el mismo  nombre-. Su aspecto era el de un boxeador, con la nariz achatada,  pero vaya a saber una porqué, tenía un atractivo especial para las  que lo contemplábamos, arrobadas, en la pantalla.



También tuve mi época de carilindos. Uno de ellos fue Robert Redford, que, en su juventud era un Adonis rubio con un aspecto varonil muy seductor.



Uno de los que aún me resulta atractivo es Keanu Reeves, que, además, parece ser amable y condescendiente con sus fans.



No fueron los únicos, hubo varios con perfil similar, pero no quiero abundar en ellos porque fueron y pasaron ya a la historia.

En la actualidad, en este año pandémico, obligada a permanecer en casa porque estoy en edad de riesgo,  vi muchas series de televisión con actores que cortan el aliento y son capaces de andar ligeros de ropa exhibiendo unos físicos privilegiados.  Se caracterizan por ser muy pero muy  bellos –algunos hermosísimos,  y, sobre todo, excelentemente bien  formados. Muchos provienen del mundo de la moda- comenzaron siendo modelos para casas de prestigio- y otros, del mundo de los deportes. Sus físicos están indudablemente trabajados a conciencia. Tienen entrenadores profesionales que los mantienen sin un gramo de grasa. Son paredes formidables de músculos y tendones. Congelan la sangre cuando se desvisten.

Hace poco, puse en Facebook las fotos de dos bombones modernos: Ibrahim Celikkof y Tomer Sisley.  Ibrahim es turco, y Tomer,  aunque lo he visto más que nada dialogando en francés, habla varios idiomas con fluidez porque vivió en diferentes países.



Desaté los ocultos  deseos de más de una, porque coincidieron en que la pandemia sería más grata teniendo una compañía así. Yo no conozco a ninguno personalmente. No sé si me gustará  el olor o  la piel, sé que uno tiene tatuajes (que no me gustan) pero, aunque no creo que ninguno se me ponga a tiro,  obviamente, no me molestaría probar.





Indudablemente, me alejarían de la depresión. ¿No?

martes, 8 de diciembre de 2020

CON CATA DE PALLEJA EN CERRO MÍSTICO DE MINAS

 



Durante la pandemia tuve que reacondicionar mis paseos. Viajes no pude hacer.  Hubo  un plan de reencuentro con colegas y ex alumnos en Miami, pero, debido a las condiciones actuales fue imposible. La pandemia frenó y mortificó-y aún lo sigue haciendo- todas las actividades habidas y por haber. Por eso, me reformulé de manera efectiva. Hubo una pequeña agencia de viajes y paseos que venía a domicilio, pero, en los últimos tiempos no cumplía con las condiciones del necesario aislamiento entre las personas—cuando lo manifesté, no  fue bien tomado  y me borraron de la lista, porque no recibí más itinerarios ni propuestas—. Pero, hecha la ley, hecha la trampa. Fui encontrando otras agencias que hacen lo mismo —algunas hasta ofrecen recoger en casa— por lo cual tampoco se constituyó  en un problema.

En el caso de Cisplatina— que es la agencia que más he usado en los últimos tiempos— no hay servicio domiciliario, por el momento, pero tampoco hay que recorrer la república para salir. Simplemente, nos esperan en Tres Cruces y de ahí salimos para el destino que sea. Va con coordinador propio, en este caso,  Andrés, —que fue preparado especialmente para lidiar con público mayor— y un chofer, Nicolás,  que también colaboró mucho y muy bien.

El último paseo que hice, fue para asistir a un taller de cocina de Cata de Palleja en el Cerro Místico de Minas. Salimos— ella también con nosotros, desde Tres Cruces, en el ómnibus, que como ya expresé va con el 50% de aforo— nos fue dando pautas de la distribución por grupos y tareas a realizar para el éxito del almuerzo que fue todo un extraordinario despliegue de color y belleza.

También recibió cada pasajero, una bolsa de Cisplatina con el recibo y las propuestas futuras de viajes y paseos por el Uruguay. Todas de reconocida calidad, más una bolsita de parte de Cata que contenía delicias de desayuno saludable.

Si bien es cierto que hay que cuidarse y cuidarse significa poner empeño entre todos— porque todos somos responsables por los otros— también es cierto que el esfuerzo que hagamos por protegernos redundará en una adecuada cobertura.

Yo he redondeado las propuestas de higiene,  con algunas recomendaciones maternales que me quedaron en la memoria:

* llegar a casa y sacarme toda la ropa—incluida la interior—  y ponerla en un lavado único—  

*bañarme de pies a cabeza— mi madre me bañaba con alcohol puro y después me “alcanforeaba” con  bolsitas caseras que adosaba a mis camisetas.

 Recuerdo que quedaba oliendo a desinfectante y que, si por alguna casualidad tenía alguna heridita, la misma me ardía y dolía a más no poder.

No sé si  serán efectivas las medidas maternales de protección, como ya saben, mi madre era partera, de las antiguas, — preparadas por los ginecólogos estupendos que supo tener este país— Las medidas me sirvieron en la época de la peste de la poliomielitis. Tuve compañeras que se enfermaron seriamente, y quedaron lisiadas, pero a mí, o me protegió la estrella materna  o tuve una suerte fuera de serie, porque mi madre nunca fue partícipe de no mandarme al colegio, o a la clase de ballet o a la de piano. Recuerdo la asistencia rigurosa  a misa—en esos remotos tiempos,  se exigía libreta de asistencia firmada por el cura —.

Tomando entonces, las debidas precauciones, me sigo aprontando para hacer alguna excursión como la que hice con Cata de Palleja en el Cerro Místico.

¿El lugar? De ensueño. Dan ganas de quedarse unos cuantos días respirando aire puro.

¿Cata? Una diosa de la nutrición y la cocina, con una simpatía desbordante y  una capacidad de organización sensacional.

¿Las comidas? ¡Nos quedaron de rechupete!

Pongo fotos probatorias*



¡Hasta pronto!

 

 

 

* Son mías, sacadas con mi celular

sábado, 7 de noviembre de 2020

" MORIR MUY VIVOS"


 

¿Qué ocurre cuando se envejece? Físicamente, se cae todo: se cae la cara, se cae la papada, los brazos pierden flexibilidad,  se caen las lolas, se cae el traste, y  se pierde absolutamente—en todas partes—  la turgencia juvenil. Espiritualmente, también se caen muchas cosas, sobre todo el ánimo; al que hay que apuntalar para que no se desmorone del todo. Hay días en que  no tengo ni ganas de levantarme. No es nada  lógico en mí, porque siempre  fui una especie de cascabel, con ganas de trabajar, de darle para adelante,  de leer, de escribir y de realizar todas las actividades que me gustan. Pero esta vez,  el desánimo no me ha dejado.

Quise aprender guitarra—online, por supuesto, con teoría musical— y no lo logré. Quedé sumamente frustrada, atemorizada y acobardada. Cuando se envejece se pierden facultades mentales: la memoria por ejemplo. ¿Dónde dejé el librito de Sagreras? ¿Dónde dejé las notas? ¿Dónde dejé el cuaderno con pentagrama? No sé. La bomba explotó. La enseñanza/aprendizaje es un proceso sumamente complejo. Hay que desarrollar una paciencia infinita y hay que saber emplear estrategias para todo tipo de alumnado.  La  relación con el instructor,  tiene que darse con muy  buena onda. No se puede—jamás— andar corriendo y cortar la clase exactamente a los 45 minutos. Si una clase lleva 45 minutos, santo y muy bueno, pero quizás,  otro día, pueda llevar 60 0 70. Quizás haya que dar 45 minutos de teoría, y otros 45 de práctica. Y, además, munido de una enormísima coraza de buena voluntad.  Hay que partir de la base de que la persona quiere aprender. ¿Tiene dificultades? Puede ser. Entonces: ¡busque soluciones, carajo!  No hay que fomentar una amistad si no se quiere, pero la relación—aunque sea vía zoom, que es una de las  modalidades actuales— tiene que ser de lo más  cordial posible, porque de lo contrario el aprendizaje no se produce y   queda, en cambio,  un sabor amargo al  no poder lograr los cometidos básicos. Y cuando se es  mayor, —lo aseguro— duele mucho más.  Ahora estoy buscando un instructor que sea una especie de “Señor de la Paciencia”. Debe entender que a la edad que tengo me va a costar mucho  más que a una persona de quince o veinte años.

En estos últimos meses—no sé si por el confinamiento o qué— me acordé de un personaje que había inventado el dibujante argentino Lino Palacio: “Don Fulgencio: el hombre que no tuvo infancia”—Probablemente me esté  transformando en una  “Doña Fulgencia”, por el extravagante afán de querer  aprender lo que se da  muy bien en la infancia o en la  adolescencia—la teoría musical, por ejemplo—. La mayoría de mis compañeros de escuela que salieron músicos aprendieron desde niños y no lo intentaron—como yo— rebasando ampliamente los setenta años. Aún así,  sigo buscando empecinadamente a un paciente profesor que tenga voluntad y agallas suficientes como para enseñar a una adulta mayor. (O sea una “doña Fulgencia”).

 ¿Será muy tarde? ¿Tendré que dejar de lado esa aspiración, como tuve que dejar la de aprender a andar en bicicleta? Lo intentaré otra vez. No está muerto quien pelea. —Dicen— Así que yo puedo seguir aspirando a que Keanu me contacte.  ¿No?

Y, por eso, porque pienso que sí, que se puede,  termino con una cita —textual— de  mi admirada, y nunca bien ponderada, Rosa Montero. La escribió hace unos años, pero es exactamente lo que pienso:

“No creo que haya que dejarse llevar por el peso de los días como un leño podrido al que las olas arrojan finalmente a la playa. Uno siempre puede intentar sacarse alguna de las piedras que lleva a la espalda, decir las cosas que nunca se atrevió a decir, cumplir en la medida de lo posible los deseos arrumbados, rescatar algún sueño que quedó en la cuneta. No rendirse, esa es la clave. Y sobre todo decirse: ¿y por qué no? Porque la vejez no está reñida con la audacia. Debemos aspirar a morir muy vivos”.

Artículo de “El País” “Morir muy vivos”. Domingo 11 de diciembre de 2016

 

 

 

viernes, 9 de octubre de 2020

LA MEJOR Y LA PEOR SOON YE PREVIN Y MÍA FARROW

                                             
Indudablemente estas dos mujeres están relacionadas por una corriente de increíble odio y rencor.

Soon Ye Previn—como todos saben— es hija adoptiva de Mia Farrow y su antiguo esposo André Previn.

Nos puede parecer bastante raro que Mia Farrow adoptara niños huérfanos o abandonados, pero, en la cultura norteamericana es un hecho bastante común.

Mia Farrow sostuvo una relación amorosa con Woody Allen, sin embargo, nunca vivieron juntos. Cada uno, tenía su propio apartamento a cada lado del Central Park de New York. Así aparece documentado en el libro autobiográfico.

Los infantes adoptados (de ambos sexos), con sus diferentes maridos,  eran de diferentes orígenes, y Mia los buscaba encarnizadamente. Su marido André Previn, adoptó junto con ella, y después ella siguió procesos de adopción por sí sola o con sus otras relaciones.

El conflicto entre ambas mujeres, tuvo lugar a raíz del encuentro de fotos de Soon-Ye, en la década del 90,  desnuda y  en posiciones eróticas. Fueron encontradas por Mia Farrow en una visita que hizo al departamento de Woody.

¿Las dejó a propósito? ¿Fue un descuido inadmisible? No queda totalmente claro, porque Woody—para no perder la costumbre-emplea ironía y sarcasmo cuando lo cuenta.

¿Pecó o pecaron? Sí. Al parecer la relación con Mía—aunque esporádica y distante— estaba vigente. Y no confesó su relación con Soon-Ye. Ese fue su gravísimo error. Sin embargo, pasó mucha agua abajo del puente, la relación con Soon- Ye se estabilizó, se casó con ella y hace más de veinte años que conviven con dos chicas que adoptaron.

 

A partir de ahí se desataron unos litigios soberbios por la tenencia de los niños y por la acusación de Mía.

Una de las niñas adoptadas por Mía, declaró que Woody la atacó sexualmente cuando tenía siete años. No fue declarado culpable, pero nunca  pudo  sacarse el pie del lazo.

En su autobiografía se declara inocente y víctima de un complot. De Mía no dice nada que sea novedoso. Elogia su belleza y alguna rareza—que no llama demasiado la atención, puesto que todas sus parejas las tuvieron— Sin embargo, en Mía hubo algunas alarmas que no fueron tenidas en cuenta, sobre la crianza de los hijos, sobre  sus propios familiares, problemas que debieron ser atendidos y a los cuales no se les prestó ninguna atención.

Lo cierto es que cuando la maquinaria de los hechos empezó a caminar, no fue fácil dar marcha atrás. Pasaron los años, la niña que se declaró abusada, creció, se casó, tuvo hijos y siguió afirmando lo mismo. Los otros hijos, algunos acusan, otros defienden. Leí atentamente la declaración de Moses Farrow—uno de los adoptivos— que fue uno de los defensores de Woody. Pero aún así,  nada ni nadie ha salvado a Woody de las críticas.  Incluso, ha sido descalificado  por gente que actuó en sus últimos filmes. Pero él sigue en sus trece: envejeció, siguió filmando y  produciendo.

 Se declara enamorado de Soon-Ye, que es una mujer extraordinaria para convivir, que tiene carácter, firmeza, inteligencia,  que no es para nada la nena sosa que muchos creyeron que era, y que conduce el hogar con mano maestra.

Yo sé que no es ningún santo; pero me cuesta mucho creer que sea un monstruo violador. La teoría más plausible es que Mía haya elaborado una muy cruel manera de vengarse. El resto lo dirá el tiempo. O no.

Yo lo sigo admirando como realizador de filmes estupendos, que me mantienen atornillada  al asiento. Hay muy pocos realizadores actuales que me produzcan esa sensación de deleite que me provocan sus extraños filmes.