lunes, 26 de septiembre de 2011

Recobrando a los nuestros: Apuntes sobre Los Altos muros de Jesús Guiral


Foto autografiada  de Jesús Guiral en el mencionado
capítulo Oriental Nº 38

En la nota anterior, les conté cómo conocí al escritor Jesús C. Guiral y a  su novela Los altos muros.
 Hoy en día, “googleando”, se encuentra muchísimo material sobre los escritores del 60,   pero  cuando yo era estudiante no circulaba   ni se encontraba nada  en ningún lado  porque estaba prohibido.  Por ejemplo, si buscan el capítulo Oriental Nº 38 que fue mi tabla de salvación para preparar la bolilla informativa,  ahora, ¡está disponible en Internet!  Yo tengo el “antigüito” impreso, con la firma del Dr. Guiral en su foto. Recuerdo que cuando se lo llevé al colegio para que me lo firmara, se divirtió mucho cuando le conté  mis zozobras en el examen oral.
 Hoy, voy a introducirme en el texto de la novela. No creo que se pueda encontrar nueva, porque no he visto reediciones, pero quizás se pueda conseguir usada. Yo la conservo, y la volví a releer con gusto para escribir estos apuntes. Como podrán apreciar, en la foto hay una imagen de una cárcel. Me parece que es la de mi barrio, Punta Carretas. La que las  paradojas del destino transformaron en uno de los Shoppings más visitados de Montevideo.

La novela está narrada por una primera persona que alterna su  presente con su pasado, y está dividida en dos partes. Las dos, tienen significativos epígrafes.
El  que encabeza la primera parte es   del poeta Juan Ramón Jiménez, “Segundo Amor”:
“Detrás la casa está vacía.
Delante carreteras
que  llevan a otras partes, solas
yertas.
Y la lluvia que llora ojos y ojos,
cual si la hora eterna se quedase ciega.
Aunque la casa esté muda y cerrada,
yo, aunque no estoy en ella, estoy en ella. “

Los invito a reflexionar: ¿Cuál será esa “casa vacía” que se sitúa “detrás”?  ¿”Detrás” de qué? ¿Cómo es posible que en esa casa “muda y cerrada” se pueda no estar y estar?

El narrador, se presenta con su primer apellido: Almagro. Lo llama el Director “Papamoscas” de la cárcel. Le anuncia que lo va a visitar su hermano mayor: Danny “el triunfador”. A la tercera página ya sabemos que Almagro es un “preso político”, y la ubicación espacio-temporal nos sitúa en la época de la Guerra Civil española. En la alternancia surge lo que le han contado  del registro civil de su nacimiento: padre Juan Almagro, natural de Jaén, madre Sheila O’Mara natural de Dublín, Irlanda- ambos avecindados en Madrid-. Su nombre completo Juan –Sean- Almagro O’Mara, nacido el 12 de agosto de 1928. Datos precisos para el personaje narrador.
En los recuerdos de Sean aparece el  verano de 1936-recordemos que la guerra civil es desde 1936 a 1939-Los han enviado a él y a su hermano mayor Danny,  con su abuela  Eileen a pasar las vacaciones en Irlanda. Juan Sean Almagro comienza un nuevo curso en Irlanda y no vuelve a España, Danny el mayor, va a la Universidad de Dublín- “desaparece”, “se pierde”- la familia no sabe nada de él durante un tiempo.
De vuelta a la vida en la cárcel. Se interrumpen los recuerdos  con la introducción de  un personaje granadino que, utilizando el habla coloquial de su zona, informa al lector de algunos entretelones de las circunstancias. Por ejemplo, así el lector se entera de que Almagro está cerca de su salida de la cárcel y de que lo apodan “el inglés” aunque en realidad es mitad español- por su padre, y mitad irlandés, por su madre- :
“-Ecucha, Inglé: ¿pa’ que te llamaron aye? ¿Pah loh papele?”
Un aspecto muy manifiesto en esta novela es la práctica religiosa  como obligación, no como un acto de fe. Los presos asisten a misa con  muy poco interés,   y no pueden evadirse más que con el pensamiento. Mentalmente sí, son libres, porque el pensamiento no se puede encadenar.  Un ejercicio espiritual marcado por uno de los curas los hace pensar en “el proceso de los pecados” para traerlos a la memoria: La casa donde nacieron, el lugar de origen, la infancia. Naturalmente, Almagro se evade hacia  Cádiz, “la ciudad pequeña de los amigos grandes” cuando él tenía doce años: “Ante Cádiz puede hablarse del alma de una ciudad. No hace falta buscarla. Está ahí. A flor de piel. Un alma limpia, lúcida. Cuajada en cal y cristal sobre azul. La imagen-color de mi estadía gaditana es blanca, de un blanco centelleo al sol.”
Los recuerdos afloran y se van entrelazando rápidamente: su amigo más maduro,  Jorge Manfredi- que lo “instruye” sobre Cádiz,  la vida, la guerra-;en esos recuerdos que fluyen están la bomba que destruye la casa y mata a su madre,  el dolor del padre, la rápida madurez de la pequeña hermana Sheila,  con profundas  reflexiones sobre la poca atención que se le presta a la familia, mientras se la disfruta inconscientemente: “Como una fórmula matemática entendida al fin,  la madeja  externa e interna del hogar se desenvuelve ante mis ojos. Y duele saber que hasta hace un tiempo, unos días tan sólo, yo era un mecanismo inconsciente, dormido,  que presenciaba el milagro diario de mi familia, sin darle importancia.”
Vuelta al  “presente” de la misa en la capilla:Almagro se coloca en la fila para salir.
La visita de Danny “el triunfador” le acerca  la vida del exterior. El matrimonio de Danny y el del Sheila, por ejemplo. Porque Almagro, no ha tenido noticias de su familia,  la pérdida de contacto con el “afuera” significó el aislamiento más ruin; hace diez años que está preso sin noticias  porque no le permitieron recibir visitas. El padre murió. Con su hermano Danny, reconstruye-dolorosamente en la conversación, pues Danny está “del otro lado”- el enfrentamiento con los falangistas, el horror de la cárcel, purgando una  pena por un asesinato que no cometió y la incertidumbre de lo que le depara el futuro a la salida.


La segunda parte, corresponde a la etapa de la salida y a los intentos  de adaptación a la “otra realidad” que dejó de vivir en la prisión.

 Un nuevo epígrafe  de la tragedia de John  Milton “Sansón agonista”- éste en idioma inglés-   nos sitúa en otro contexto diferente y  perturbador:

“Inferior to the vilest now become
Of man or worm; the vilest here excel me,
They creep, yet seem I dark in light exposed.
To daily fraud, contempt, abuse and wrong,
Within doors, or without, still as a fool,
In power of others, never in my own;
Scarce half I seem to live, dead more than half.”

¿Qué le pudo ocurrir a la salida de la cárcel,  a Sean Almagro para que este  amargo epígrafe encabece esta segunda parte de la novela? ¿Habrá podido reinsertarse socialmente en la España dominada por los franquistas? Es cierto que contará con el apoyo de su hermano mayor Daniel, pero va a ser útil que pensemos en una prisión de diez años aislados-  y todo lo que hemos sabido por las narraciones  y videos documentales de la historia reciente-.
Los invito a que dejen sus comentarios al respecto. Gracias por leer lo que escribo. Veo que ya son unos cuantos. Hasta la próxima nota.



¿Estos Altos muros serán los de
la antigua cárcel de Punta
Carretas?

domingo, 18 de septiembre de 2011

RECOBRANDO A LOS NUESTROS: JESÚS GUIRAL, EL VIGOROSO NOVELISTA

Jesús Guiral con integrantes de la NHS
                             

Reseña biográfica*

Jesús Caño-Guiral nació en Cádiz, España, el 22 de noviembre de 1932.
Estudió en: España, Irlanda, Inglaterra y Uruguay. (Titulado en Universidad de Dublín, Irlanda; Universidad de Londres; Universidad de La República Oriental del Uruguay.)
Residió en Uruguay desde 1960, donde formó familia, y realizó una labor encomiable tanto en la docencia como en las letras.
De su primera esposa, la uruguaya Gladys Calvete, que lo conquistó en Londres, donde ella realizaba estudios de post-grado en Lingüística aplicada y literatura inglesa, tuvo cuatro hijas: María Noel, Maira, María Jesús y Soledad.
De Gladys Calvete enviudó y años después, se casó con Patricia Landoni, también uruguaya, con quien tuvo su última hija: Teresa de Jesús Guiral Landoni.
Falleció repentinamente el 19 de octubre del año 2002.

Sobre su desempeño laboral y cultural

Debido, -como me comentó el propio escritor- a su “respaldo” irlandés, trabajó en el colegio Stella Maris College (Christian Brothers of Ireland), desde su llegada a Montevideo en 1960 hasta 1972.

En Facultad de Humanidades y Ciencias ganó su primer concurso en 1966, como Prof. Asistente. Desde 1969 dictó clases para la Licenciatura de Teoría e Historia de la Psicología. En 1971 cuando quedó vacante la cátedra de Historia de la Filosofía Antigua y Medieval, por fallecimiento del Dr. Enrique Grauert, se presentó y ganó el concurso en efectividad.

Esa cátedra, la desempeñó hasta que la intervención lo cesó cuando llegó el momento de la renovación en 1976. Eso era lo que se hacía en la época para evitar el problema legal, simplemente se comunicaba que “no correspondía la renovación”. Nunca quiso rebajarse a preguntar el motivo.

En 1977, fue invitado a dictar cursos sobre Filosofía Medieval Islámica, en la Universidad de Minnesota, con honores de Profesor Visitante. A partir de 1978, lo contrataron como Profesor Efectivo.

En 1980, el entonces Director del Uruguayan American School, lo contrató para que viniera a enseñar inglés. Le aseguró que allí podía enseñar, ya que el colegio, no dependía de las autoridades uruguayas. En el Uruguayan American School, trabajó hasta que se retiró en 1999.

En 1985, cuando volvió el régimen democrático en el país, con sencillez pero con todos los honores, fue restituido en la cátedra de Historia de la Filosofía en la Facultad de Humanidades y Ciencias.

Tiene, a mi juicio, una importante obra editada que constituye una participación significativa a tener en cuenta en la cultura nacional, pero aún no ha sido ni comentada ni evaluada convenientemente.

Sin pretensión de análisis exhaustivo, se pueden constatar las siguientes publicaciones.
Narrativa **
Novelas:
1964 Los altos muros Esta novela recibió el primer premio de Editorial Alfa, Montevideo.
El jurado estuvo integrado por: Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno,
Ernesto Maya y Arturo Sergio Visca.

1967 Las abejas y las sombras Novela también publicada por editorial Alfa.

1986 De soles, cruces y espejos Primera novela de la llamada “trilogía del paréntesis” publicada por
editorial Amesur, Montevideo.

1988 Toda la verdad sobre el caso Elhers Fue la segunda novela de la trilogía del paréntesis,
publicada por Amesur, Montevideo.

Cuentos (publicados en antologías, diarios y revistas):
1965 El hombre del sombrero de paja (Época- Montevideo)
Paro de transporte (La Mañana- Montevideo)
1966 Alhucema (Revista Temas- Montevideo)
1968 Volver a Tiriwaaki (Revista Prólogo)
Ciencifixión (Editorial Sandino, Montevideo. (2da. edición Buenos Aires, 1974)
Poteen (Cedal, Buenos Aires)

Las vueltas del laberinto

La mayoría sabe cuán contraria soy a los programas de Literatura “kilométricos” que me tocó estudiar – mejor expresado: mal estudiar y mal conocer- y también en más de un caso, obligada por las circunstancias, a “mal enseñar”. Nunca estuve de acuerdo con ese criterio que pide que el alumno “conozca” un montón descomunal de nombres que después no va a saber ni siquiera reconocer y cuyas obras no llegará nunca a leer. Mi experiencia como estudiante, indudablemente, fue formando mi criterio.
Hace muchos años, en la década del 70, cuando era una novel estudiante en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras,-actual Universidad Católica-, solía preparar para los exámenes, además de las bolillas temáticas, unas extensas bolillas de información que formaban parte de unos también muy extendidos programas de Literatura Iberoamericana y Literatura Uruguaya. Hubo una en particular que se refería a “los nuevos narradores del 60”. El material disponible era muy escaso. Internet no existía y, además, corrían tiempos difíciles en el país. Yo había logrado guardar algunos fascículos y libritos de Capítulo Oriental, comprados en mis tiempos liceales por muy módicas sumas. En uno de ellos, encontré la información mínima para preparar la bolilla en cuestión. Había logrado retener algunos de los nombres de los veintidós autores que se mencionaban con los títulos de las obras y alguna otra consideración. Entre ellos estaba Jesús C. Guiral. No era posible acceder a sus obras por lo tanto, Jesús Guiral habría sido olvidado después del examen si no hubiera sido por lo que me ocurrió en la parte oral, que siempre fue para mí un suplicio tan solo comparable a las visitas de Inspección de clases, después de obtenido el título. Uno de los profesores puso su dedo sobre la extensa lista y me pidió que le hablara sobre Jesús Guiral. Contesté con la información exigua que había leído en el mencionado Capítulo Oriental,- número 38 para ser exacta- donde la profesora Mercedes Ramírez, había descrito a Guiral como un “vigoroso novelista”. Algo de eso creo que fue lo que dije, sin embargo, el profesor que me interrogaba no quedó conforme porque me pidió que le hablara sobre el tema de Los altos muros, -la novela que había ganado el premio de editorial Alfa de 1964-. Ahí sí tuve que contestar que no había leído la novela, ni ninguna novela de los mencionados “nuevos del 60” porque sus obras no estaban “en circulación”. En las paradojas de la preparación para la Licenciatura solía ocurrir eso y también cosas peores. El profesor, quizás apiadado de mi julepe-una nunca sabe- cambió la pregunta por otra sobre las unidades temáticas y mi susto no pasó a mayores, pude aprobar.
Ese fue mi primer contacto-tangencial- con Los altos muros de Jesús Guiral. Lógicamente no olvidé ni su nombre ni el título de la novela que, con el correr de los años se volvió más que sugestivo.
Los años del silencio-felizmente- pasaron. Un buen día, vieja hurgadora libresca, encontré Los altos muros en una librería de usado. Leí el libro en una tarde. Mis balbuceantes respuestas al profesor no habían sido del todo desacertadas pero la novela decía mucho más, y ahí sí comprendí lo de “vigoroso novelista”.

Volvieron a pasar más años. En 1986, comencé mi tarea docente en el departamento de Idioma Español y Literatura del Uruguayan American School. El contrato era por un año, pero, por diferentes circunstancias, me quedé veinte, hasta que me jubilé en el año 2006.
El primer día conocí al profesor de inglés más apreciado por todos sus alumnos: Jesús Guiral. A la hora del almuerzo en la cafetería, le pregunté ingenuamente si él y el escritor de Los altos muros”” tenían algo que ver”, y me contestó con una sonrisa que sí, que “tenían algo que ver”, porque él era el mismo que había escrito Los altos muros, y-melancólicamente- me dijo que era un escritor olvidado de la Generación de la Crisis, o de la Generación del 60 o como se le quisiera llamar.
¡Se podrán imaginar mi estupor!
Entablamos una cordial relación, que se puso de manifiesto en consultas-permanentes de mi parte- que él atendía siempre con una sonrisa y con una explicación concisa y “de primera fuente” sobre los integrantes de su generación o sobre cualquier otro tema que se le planteara porque su sabiduría era infinita y la prodigaba a manos llenas. Me hubiera gustado escribir alguna crítica sobre “Los altos muros”, o sobre alguna de las novelas que publicó después del “paréntesis”-como le llamó a la dictadura militar-, pero, las exigencias laborales,domésticas y vitales me fueron llevando por otros rumbos que no coincidieron con la escritura ni con la crítica literaria. Por eso, hoy, en mi blog, rescato de la memoria algunos apuntes sobre este profesor y escritor excepcional que supo ser Jesús C. Guiral, un ser estupendo, reconocido y estimadísimo por todos los que tuvimos el gusto de conocerlo, de leerlo, y de apreciarlo.
Considero que:
Jesús Caño-Guiral, debería tener su merecido reconocimiento en el Uruguay donde desarrolló su existencia y publicó sus obras. Tuvo, además, la deferencia de no querer publicar nada-aunque tuvo ofertas para hacerlo- durante los años de la dictadura. Siempre afirmó que lo poco o mucho que significara su obra para la literatura en lengua española o castellana se lo debía al Uruguay. Ojalá que esta escueta semblanza sirva de incentivo para buscar sus libros, -usados se pueden conseguir- leerlos, profundizarlos y así sacar del olvido, a esta obra de singulares valores para la historia cultural del país.


*La mayoría de los datos los obtuve directamente de su generosa colaboración.
**Creo que se ha destacado más su labor como filósofo, pero no he visto ningún trabajo sobre su narrativa. La reseña que hice no tiene-repito- carácter de exhaustiva, es simplemente eso: una reseña de algunas de sus publicaciones literarias.



domingo, 11 de septiembre de 2011

Los estudios y el primer laburito

El carné con las firmas del Negro Pinela, mi querido padre
Mi carné de 6to.año
Cuando me fui a vivir con la familia de mi padre, en villa La Paz,  mi estilo de vida experimentó cambios radicales,  Mi padre no era partidario de la educación privada, ni de las clases de ballet ni de las clases de piano. Pasé unos meses en “recuperación” y al año siguiente, en 1956, entré a recursar cuarto año escolar en la escuela pública Nº 107 de La Paz. Fue la primera vez que tuve compañeros varones, porque en la escuela Niño Jesús de Praga éramos todas niñas. Como complemento a esa educación escolar, lo que se le ocurrió a la familia no era acorde con mis habilidades: me mandaron a tomar clases de Corte y confección. ¡Corte y confección! ¡Como cantaba Nicky Jones!  ¡Apenas logré-en toda mi vida- enhebrar una aguja con hilo y hacer algún horroroso retobo o mal coser algún botón! Cuando terminé la escuela, le pedí al  maestro de mi último año escolar, Rabindranah Sánchez Galarza, para  que le hablara a mi padre y lo convenciera de que me mandara al liceo. En esos tiempos en La Paz- que ya había sido declarada ciudad- no había liceo; había que viajar en tren o en ómnibus hasta Las Piedras o Colón. Al Negro Pinela no lo convencía mucho mandar a “la mayor”  a cursar Secundaria. Más bien tenía la idea de que aprendiera “un oficio”: Corte y confección o Podología.-Total y absolutamente imposibles para mí que no heredé la manualidad de él-. El maestro vino a casa, y al ratito fui llamada a “prosear” al escritorio que estaba en el altillo.

-Me dijo el maestro que querés ir al liceo- empezó.
-Sí- contesté- creo que tengo condiciones para estudiar- seguí con total atrevimiento.
- ¿Y qué pensás estudiar?
´-Profesorado de Literatura.
Su único ojo sano me miraba con curiosidad.
-¡Literatura! ¡Pah! ¿A vos te parece que vas a poder vivir de “eso”?
-Sí. Voy a ser profesora, voy a dar clases. De “eso” se puede vivir…
 - Acá en La Paz no hay liceo, y tampoco Instituto de Profesores- argumentó-
Yo ya lo sabía y tenía respuesta.
- Liceo hay en Las Piedras; el abono en tren sale tanto en Primera, y tanto en Segunda. Igual voy en Segunda-agregué condescendiente- ¡Quiero estudiar!
El Instituto de Profesores está en Montevideo. Antes conseguiré un trabajo y me costearé los estudios con mi sueldo.
Dije todo de un sopetón y me quedé esperando la respuesta.
Muy bien- contestó. Empezá con el liceo, entonces, lo del empleo, vamos a ver… pero… -volvió a observarme con su ojo sano- si me llegás a traer malas notas ¡no vas más! ¿Entendido?
-¡Entendido, papá! Y salté para darle un gran abrazo.  Bajé los escalones de dos en dos, como era mi costumbre cuando estaba feliz.
No tuve ninguna  dificultad en el liceo, primero porque siempre me gustó estudiar, y segundo,  porque el maestro Rabindranah Sánchez Galarza era también profesor y nos había adiestrado convenientemente para el cambio. En sexto año, nos dio las clases al estilo liceal: todos los días teníamos diferentes materias con sus correspondientes horarios de 45 minutos. Además también tuvimos una preparación previa en francés. Obviamente que el que daba todas las materias era el maestro- que era el  único- pero esa preparación de materia por materia, con su correspondiente horario fue excelente. Las amenas clases de francés las daba una profesora joven que nos enseñó también alguna canción de Edith Piaf, con lo cual nos fascinó absolutamente.
En esos  primeros años me sentí tan feliz  que hasta guardé los carnés de notas como recuerdo imperecedero. Hay algunas fotitos.
Cada vez que recibía el carné, se lo daba a mi padre  para que me lo firmara. Él lo miraba detenidamente y nunca me decía nada, pero la pipa iba de un lado a otro de su boca. ¡Clara señal de que iba por buen camino!
Mi vida siempre ha pegado vuelcos inesperados.
Lamentablemente,- cuando estaba cursando el cuarto año liceal-,  el negro Pinela tuvo un serio quebranto de salud.
Por lo tanto, fiel a mi consigna de conseguirme algún empleo para aliviar el presupuesto familiar, hablé con uno de sus amigos para que me recomendara en algún comercio para empezar a generar algún ingreso. Como sigue pasando aún en la actualidad, la preparación liceal no habilita para la vida laboral. No sabía contabilidad, no sabía escribir a máquina, no sabía, no sabía.
Sin embargo, el amigo del viejo, que era buena persona y se apenó mucho por la enfermedad y la situación de la familia que dependía del único ingreso del trabajo de la colchonería, me consiguió un puestito como cadete en una fábrica ¡no se rían!  de botones.
Estaba situada  en El Dorado- después de Las Piedras. El ómnibus me dejaba en la carretera, y desde allí tenía que caminar unas cuantas cuadras sin pavimento bordeadas por altísimos árboles. Tenía apenas quince años, y ya había tenido experiencias de los peligros que corría una jovencita solitaria por parajes desolados, así que apenas bajaba, merced a mis piernas largas, corría vertiginosamente hasta llegar a destino.
 El lugar era muy pintoresco. La fábrica se llamaba “La Perla del Plata”, era propiedad de unos argentinos y  estaba emplazada en un antiguo stud de caballos. Allí empecé a aprender a trabajar. Hacía facturas, escribía cartas con dos dedos- no sabía escribir a máquina como ya dije- salía tres veces por semana a “hacer los bancos” y a cobrar deudas. Cuando no tenía que hacer trámites, me mandaban a la fábrica a “seleccionar y contar botones”. Se separaban los mejores de los más o menos y se contaban por docenas y por gruesas- que son doce docenas-
Otra tarea era atender el teléfono y hacer llamadas para el gerente. Como ya comenté en alguna otra oportunidad, el armatoste era de manivela, estaba empotrado en la pared, había que utilizar el servicio de la telefonista y la comunicación dependía absolutamente de ella- que, además, escuchaba todo y a cada rato preguntaba: -¿Hablaron? Aunque se diera cuenta de que la conversación continuaba.
Cuando empecé a trabajar, le dije a mi padre lo que iba a ganar, con la idea de ayudar con mi aporte. Él lo aceptó y me sugirió que pagara la mitad de la luz, la mitad de las sociedades médicas, y nuestra vestimenta. La verdad es que después de ese “mordiscón” no me quedaba mucho, pero cumplí rigurosamente con lo que me estableció.
 Esa enseñanza de plan económico a tan temprana edad me marcó para el resto de la vida. Me instruí para sacarle  el mejor partido a los pesitos, me ejercité para ahorrar y sobre todo, aprendí a ser solidaria y generosa. ¡No es poca cosa! ¿Verdad?









viernes, 2 de septiembre de 2011

CELULARITIS

Finalmente, aquí está mi celular. ¡Ya no soy extraterrestre!
Confieso que me resistí. Como doncella azorada ante los primeros manotazos, me resistí; pero llega un punto en que no hay más remedio. (Tampoco para la doncella, claro) O te comprás un celular y lo usás o no pertenecés a este mundo. En este mundo, cualquiera te pregunta por el número del celular y si le decís que no tenés, ahí sí levantan la cabeza y la mirada de asombro que recibís es absolutamente inigualable. Finalmente, tenés que comprarte el maldito aparatejo, hacer el esfuerzo de-aún con dedos reumáticos y torcidos irremediablemente-, aprender a usarlo lo mejor posible. Mensajito para aquí, mensajito para allá. Así te llaman unas cuantas veces los de Antel, para-en lugar de hacer lo que tienen que hacer que es darte un buen servicio- ofrecerte entradas bonificadas para ir a ver a Gal Costa, o a Larbonois Carrero, o a cualquiera que ande dando espectáculos por la zona. No importa, si a vos te gustan o no, si vos querés o no que te mensajeen, y si tenés o no ganas de ir, las ofertas te llegan en forma de mensajitos y vos los tenés que abrir sí o sí. Porque ¡ahora tenés celular! ¡Y sí; es para eso! ¡Para molestarte,claro!
También confieso que me resistí porque pensé que no era un adminículo necesario. ¡Si yo viví en El Prado, una montaña de años sin teléfono fijo porque no había bornes! Si los más jóvenes no saben lo que son bornes, averigüen porque yo tampoco sé. Lo que sí sé es que no tener eso, me tuvo sin teléfono durante añares. ¿Cómo nos arreglábamos? ¡Con buenos vecinos! ¡Con teléfonos monederos en lugares estratégicos! Si tampoco saben lo que eran los teléfonos monederos, googleen que van a encontrar alguna información. ¡Yo no voy darles todo servido en bandeja! No. No son los teléfonos con fichas, ni con tarjetas. Esos vinieron después. En mi primer empleo, en las afueras de Las Piedras, en una localidad que se llama El Dorado, el teléfono  era con manivela. Se daba vuelta la manivela, se levantaba la horquilla y una operadora nos pedía el número con el que queríamos comunicarnos. La comunicación no era directa, era a través de la telefonista, que, si no le gustaba nuestra voz o estaba con el período podía tenernos siglos sin darnos la ansiada conexión. En mi segundo empleo ya en Montevideo, trabajé con centralita. Otro aparatejo añejo que tenía varias líneas para atender. Obviamente no era digital ni tenía lucecitas  de colores sino unos potentes timbres que taladraban los oídos y había que atenderlos  lo más rápidamente posible o morir en pleno delirio.
Actualmente me da  pena ver a tanta gente conectada al santo botón. Los veo que saltan en el supermercado cuando suena el celular con música de cumbia y les preguntan algo tan trascendental como si van a traer coca cola de a litro o de litro y medio. La persona llamada queda debatiéndose en la resolución de ese dilema. ¿Un litro o un litro y medio de coca cola?
También me apena encontrarme con conocidos que cortan la más interesante de las conversaciones, para atender una llamadita. Piden disculpas, ponen cara de “persona importante” y atienden. Se disculpan  pero una queda como en falsa escuadra sin saber qué hacer. ¿Lo espero o lo mando a cagar?  Esta última expresión y otras similares están de moda, así que no se ofendan, y si no me creen lean alguna de las novelas de Piñeiro. 

Ahora yo también tengo celular y lo uso. Hoy por ejemplo, lo usé para pasarle un mensaje a una amiga colega. Estaba en una clínica, esperando pacientemente mi turno para sacarme una placa de estos dedos que últimamente tengo endurecidos. Llegaron dos gordas-más gordas que yo, créanme, por favor- y una de ellas sacó su utensilio y llamó a –por lo menos- medio Montevideo para informarle que sí que estaba en la clínica, que sí que tenía que esperar, que sí que le iban a hacer lo que le tenían que hacer pero que ella era socia de CRAMI y no había traído el carné, y no sin carné no podían atenderla enseguida, estaban “chequeando”. Sí tenía la orden pero no el carné. Casi  me arrepentí de no haber llevado para continuar la lectura de la  novela de Claudia Piñeiro que estoy leyendo, una escritora argentina que me gusta mucho. Justamente, estoy leyendo la última que publicó: “Betibú”. ¿Por qué no la llevé? Porque yo me sumerjo en lo que leo, y puedo hacer cualquier cosa: morisquetas, reírme hasta tirarme en el piso, llorar desconsoladamente, zamarrear al desconocido de al lado para contarle o comentarle una  divertida escena. En fin. Soy un peligro. Y leyendo las palabrotas que emplea Piñeiro, que no tienen desperdicio, porque son “las de acá”, corro muy serios riesgos. Y los que están alrededor también. Así que la novela quedó en casa. Traté de dormitar, pero la cháchara de la gorda no me daba tregua. Levanté la cabeza y vi que todos los que estaban en la sala de espera estaban tan molestos como yo. Un señor mayor, con pinta de placa de próstata, me la señalaba con las cejas como diciendo qué gorda otaria,otra pendejita para ecografía mamaria, revoleaba los ojos enloquecidamente. Todos tenían los ojos como huevos duros. En un momento dado, creo que después de cuarenta minutos, me llamaron para sacarme la placa. Cuando salí la gorda continuaba. Había cambiado de tema, ahora estaba en el dilema de que el miércoles se iba a Punta del Este y tenía que conseguir una empleada que le fuera a limpiar el apartamento porque el fin de semana  habían ido “los chicos”. Todavía de yapa, para colmo de males, la gorda ordinaria se me hacía la argentina. Tuve que esperar otra media hora por el resultado. Me senté y le pasé otro mensaje a la colega, que me contestó: “Ya tenés material pa’ prosa”. Y sí, Irene, tenías razón, aquí está. Gracias. Buen fin de semana, querida.




jueves, 25 de agosto de 2011

Mi padre, Julián Segovia, el negro Pinela

Supongo que a muchos de los hijos de padres divorciados-como los míos- cuando ellos se mueren, les quedan aspectos familiares desconocidos, porque la memoria se va construyendo con lo que se vive y con lo que nos cuentan nuestros antepasados, que son los depositarios de los recuerdos que se van cimentando poco a poco, pedacito por pedacito. No debo ser la única a la que le hubiera gustado saber más, pero la vida-lamentablemente- se va dando de una manera que-la mayor parte de las veces- no es la que una quiere, planifica o sueña.
Generalmente, salvo excepciones, es la madre la que queda a cargo de los hijos, y en mi caso no fue diferente. Mi padre venía a visitarme de vez en cuando, mi memoria no alcanza a precisar cada cuánto ni hasta cuándo lo hizo.
Recuerdo las visitas porque a mi madre le faltaba poco para pulirme; me vestía “de paseo”, con los primorosos vestidos que me diseñaba mi tía,- lo cual significaba que no me podía ensuciar como cuando andaba de delantalito-, y me peinaba con los bucles que se usaban en la época. Papá llegaba con una bolsa de manzanas del mercado y me llevaba a pasear. Él me inculcó la afición por Peñarol porque a veces, me llevaba a ver al cuadro de sus amores. Me había regalado una banderita de papel con la cual alentaba el partido al grito de “¡Peñañol!” que era más o menos lo que me salía, causando la gracia de la parcialidad aurinegra. Llevaba el nombre de Julián Raimundo Segovia- sin segundo apellido porque era “hijo natural”, es decir, “de padre desconocido”-. Nunca pude saber quién había sido su padre, o sea mi abuelo, porque  no se estilaba preguntar tamañas barbaridades. Era “hijo natural” sin más trámites. Llevaba el apellido de su madre: la abuela lavandera, de la cual ya publiqué un recuerdo: Elivia Segovia. Su cumpleaños lo festejaba el 7 de enero, aunque sus documentos tenían otra fecha.
Mi padre era un negro grandote, con más de un metro ochenta de altura.En su juventud había practicado natación y remo, deportes que le habían conferido una buena musculatura. Oriundo de Treinta y Tres, había trabajado desde niño en los arrozales, y cuando se vino a Montevideo, se convirtió en lo que él llamaba un “Sieteoficios” porque había hecho de todo un poco para sobrevivir, por ejemplo, en sus primeras épocas,-me contaba a las risas-  había sido conductor del tranvía de caballitos. Un trabajo “para allá de serio”.También había trabajado en oficios tan disímiles como cocinero de restaurantes y tintorero. Por eso sabía cocinar, lavar y planchar estupendamente. En realidad, sabía hacer de todo, con magnífica manualidad, y todo lo hacía bien. Estudió con muchísimo esfuerzo. Hizo el liceo, aprendió inglés, idioma que hablaba y leía sin dificultades- cosa bastante inusual para un negro pobre-; obtuvo  un diploma de “Tenedor de Libros” que lucía colgado en una de las paredes  del altillo de su casa, donde tenía su escritorio y su máquina de coser eléctrica. También recuerdo que trabajó como administrativo  en la Barraca Wenz, porque mi niñera me llevaba a visitarlo de vez en cuando.  Cuando venía a verme, ya era un hombre maduro y serio. No tengo seguridad de cuándo dejé de verlo, porque me quedaron muchas nebulosas del pasado de mis primeros nueve años de vida. Sé que mi madre murió  trágica y repentinamente, y él apareció para llevarme a vivir con su nueva familia, pese a que mi tía le había prometido a mi madre,- como mi madrina que era-, llevarme definitivamente a su casa, donde ya pasaba largas temporadas completamente acostumbrada a vivir tanto en una casa como en la otra.
Pero él insistió:
-No, Stella, perdoname, pero al viejucín, me lo llevó yo; es mi hija. Si algún día falto, entonces, sí, te toca a vos. Y así fue.
El lenguaje  que empleaban mi padre y su mujer, no me resultó desconocido porque era el mismo que empleaba la abuelita Elivia Segovia, de quien ya les comenté que  escribí en otro blog. Cuando me llevó  a su casa de “Villa La Paz”- en el año 1955, “descubrí” que tenía una hermana de tres años. Probablemente ese sería el tiempo que hacía que no lo veía.
En esa época, el “Sieteoficios” se había “reciclado”, y se había convertido en colchonero. En el garage, que era la “entrada del negocio”,   había  un cartel colgado que decía “Colchonería Villa La Paz”. -creo que era la única instalada que había en el pueblo- y digo pueblo no despectivamente, sino porque La Paz del departamento de Canelones, cuando yo llegué a vivir allí, no tenía todavía la categoría de “ciudad”.
 Los amigos del club y del boliche lo llamaban “el negro Pinela” porque fumaba en pipa y la llevaba “cargada” a todos lados. Hace poco vi la página de facebook  de la actual ciudad, donde se menciona a los pobladores que en su momento eran los comerciantes más acreditados: los Baratta, los de la tienda Giaconi Hermanos, los de la joyería, los de  la farmacia, el popular “Negro” de la tiendita de enfrente a la plaza, y la otra surtida tiendita, cruzando la vía,  del recordado “Turquito Jalifa”- que no era turco sino libanés, pero aceptaba de buen grado lo de “turquito” porque sentía el cariño del diminutivo-. No encontré ningún recuerdo ni de la colchonería ni de mi padre que trabajó para la villa y sus alrededores hasta que murió en 1965. La hermana que tenía tres años cuando  yo llegué con mis nueve, cuando le preguntaban que hacía el padre contestaba graciosamente: “Papito hace conchones”.
Mi padre intuyó que para mí, el cambio había sido brutal. Extrañé muchas cosas: la escuela Niño Jesús de Praga de las severas Hermanas Vicentinas; mis amistades, mi barrio El Cordón-vivía en la calle Cerro Largo, enfrente a lo que es hoy el Palacio Peñarol-  y sobre todo-dolorosamente- sufrí la ausencia de mi madre, a quien adoraba. Traté de adaptarme, por supuesto. Me había educado en un colegio de monjas rigurosas que predicaban la resignación, por lo tanto, cuando mi  papá o su señora, me preguntaban “si me había recordado bien y si me ayeitaba” contestaba enfáticamente que sí, pero a solas, sin que nadie me viera, lloraba muchísimo. La verdad-analizada ahora a través de una montaña de años- es que nunca me “ayeité” y la herida de la muerte repentina de mi madre, quedó abierta y sangrante para siempre.
El negro Pinela, que había captado rápidamente la desmesura de mi dolor, y que era un hombre muy bueno, hizo lo posible para dulcificarme la nueva vida, y nunca dejó  que nadie me humillara.
Villa La Paz, era como dice el dicho: “Pueblo chico, infierno grande”. Mi llegada fue una novedad que mereció  la especial atención de las vecinas que, curiosas-como siempre-, preguntaban lo que ya sabían, para ver si obtenían más “detalles de los hechos”. No había programas como “Gran Hermano” ni “Intrusos”, pero igual se las ingeniaban para hacer algo similar.
 Para eso, se dirigían a mi padre con comentarios como estos:
-¿De quién es esta rubiecita, don Segovia? ¿De dónde la sacó?
¿Usted no tenía esta única nena?
¡Qué pícaro que resultó! ¿Eh?
Yo les huía como a la peste.
 Mi padre, contestaba que yo era su hija mayor y que “antes” vivía con “la madre”-palabra seria- y ahora con ellos. Cuando alguna ponderaba mi blancura, mi pelo rubio ondeado y mis ojos claros, él –picaronamente-, las dejaba sin argumento con salidas como ésta: “Cuando quiera, vecina, tengo el molde a su disposición….” Y la completaba con su carcajada “treintaitrecina”, igualita, igualita, a la de la abuelita Elivia. Cuando le decían que yo era una “linda rubia”, él indefectiblemente contestaba: “No, linda no es, es vistosa”. Y  la pipa cambiaba  de lugar en su boca- de la derecha a la izquierda y viceversa- pero sonreía con evidente satisfacción.
Yo tuve que aprender  a defenderme usando su mismo argumento “ampliado o modificado”. Cuando alguna gorda burlona-que nunca faltaba porque la maldad humana no tiene límites- sacaba las uñas con el tema de  mi blancura, mis ojos claros y mi pelo rubio y agregaba:- ¡qué raro  que hayas salido tan blanquita!, ¿noooooo?, dejando en suspenso ese “noooooo” extenso, yo le contestaba:
“Papá siempre dice que tiene el molde a disposición de cualquiera de ustedes” y, la remataba con mi “ampliación” personal: “si quieren lo pueden probar”.
Alguna se enojaba y le recomendaba a mi madrastra que me diera un buen moquete por atrevida; pero la Mangacha-como llamaba mi padre cariñosamente a su mujer- les decía: “Es cierto, es muy contestadora, se merece un buen moquete y un buen tirón de orejas, pero yo no la puedo castigar porque el padre no deja que la toquen”. Yo-secretamente- me esponjaba de felicidad. Alguna vez que la Mangacha intentó darme algún tortazo, papá la reprendió seria y firmemente: “¡Deje en paz a esa gurisa, que se quedó sin madre, carajo!”
Él nunca usó la violencia con nadie. A mí jamás me pegó, ni me dio tirones de orejas, ni me zarandeó, ni dejó jamás que nadie lo hiciera. Tenía razón; quedar sin madre a los nueve años, ya era suficiente desgracia. No había porqué agregarle, además, castigos físicos. A veces, eso sí, me ligaba alguna merecida penitencia. Si me pescaba haciendo “artes”-palabra que utilizaba para “travesuras”-, no me dejaba ir al cine, o a casa de mis nuevas amigas, pero, con el tiempo, aprendimos a tratarnos, a comprendernos y llevarnos lo mejor que pudimos.
Fue otro ser humano singular que me dejó  enseñanzas y recuerdos imborrables.


domingo, 14 de agosto de 2011

Jorge "Cuque" Sclavo el escritor sin casilla fija

¡Igualito a Robert Redford!
¡La misma mandíbula!
¡La misma mirada sexy!








Esta nota ya la publiqué en otro blog donde colaboraba en forma colectiva, pero me da la impresión de que no tuvo la necesaria difusión, así que aquí va de vuelta.
Se trata del singular escritor Jorge “Cuque” Sclavo, a quien oía en el programa que tenía la Radio Sarandí, de tarde, en la década del ochenta. Sería muy bueno incentivar la curiosidad de potenciales lectores para que vayan a buscar, -si es posible corriendo-, algunos de sus libros. Encasillado,- como él mismo lo señala siempre-, en el rubro “humorista” sus otras aristas artísticas no han sido apreciadas en forma suficiente. Lo mismo que pasó y pasa con uno de sus maestros inolvidables: Julio César Puppo, El Hachero, a quien voy a recobrar en alguna otra oportunidad.
Jorge Cuque Sclavo, apodado por su familia, “El loquito”, publicó el año pasado, en mayo de 2010, primera edición- otro de sus libros memorables: “Desde el paraíso”. Lo leí y lo releí varias veces. Recomiendo efusivamente su lectura.
Con su característico estilo, nos conduce por todas las peripecias de su vida, sus afanes, sus luchas, sus múltiples empleos, sus aspiraciones, amores y desamores. Con su personal maestría y agudeza no exentas de cierto humor ácido,-también su “sello de fábrica”- rescata a través del relato, su propia vida y la de los seres que lo rodearon, amigos y… de los otros... Indudablemente, recupera con especial sensibilidad a los que quiere, pero en cuanto a sus enemigos, o al menos a los que no lo favorecieron, los condena con una especial motosierra que emplea tan diestramente que los susodichos no pueden escapar de ninguna manera. Les da como en bolsa a vivos y muertos. Dante Alighieri, que metió en el infierno a todos los desgraciados que no tenían sus mismas ideas, quedó chiquitito al lado de este Cuque que sabe cercenar al más pintado, con humor, claro, con su ácido, corrosivo humor.
Es memorable lo que cuenta de la revista “Misia Dura” de la cual fue fundador y director, en donde con ingenio escribía todo lo que no se podía escribir en la época de la dictadura en el país.
Va un ejemplo de muestra:

“Por ese entonces Pacheco (se refiere al Presidente del Uruguay en la época que rememora) comenzó su estilo de gobernar con las célebres “medidas prontas de seguridad” que eran multiuso. No había muro de Montevideo que se preciara de tal, que no tuviese su respectiva denuncia de: “abajo las medidas”.
El titular del número 5 fue “Abajo las medias” y debajo, en letra chica, lo acompañaba un dibujo de Alberto donde un modisto francés le declaraba la guerra a las medias para la temporada de ese año.
Pero leído el título de apuro, y, sobre todo, desde arriba del ómnibus, uno se lo comía. No olviden que debíamos llevar cada número a Jefatura porque ya había censura previa. “

Cuando rememora su primer trabajo en La Madrileña S.A. su estilo humorístico va “in crescendo” hasta concluir con su descripción de “falto de casilla” con una gracia inigualable:
“Yo entré de cadete, primero en el quinto piso, donde tuve de jefe a Emilio, un cajero pelado, ronco y pusilánime ante su mujer, que estaba muy buena, y sus dos gerentes: García que engañaba a su mujer con la jefa de contaduría, más fea que pisar un sorete descalzo, y otro más viejo; Baccino, que firmaba los cheques con tres puntitos en su rúbrica. Decían, por eso mismo, que era masón. Por lo que le adosé esos puntitos que conservo aún a la mía para parecerlo, ya que dicen que a todos sus afiliados les va muy bien, porque se protegen entre ellos. Algunos han llegado a ser presidentes de la República. Hasta si son de izquierda.
Desde el quinto piso, mientras hacía mis preparatorios del liceo nocturno, ascendí al décimo, donde tuve como jefe a un levantador de pesas del Club Neptuno, cuadrado como un raviol y poderoso como un gladiador, que me cobijó bajo su ala sin importarle que yo fuese un intelectual, pese a todos los resentimientos que abrigaba contra la gente de mi condición. Le resultaba cómico. Cosa que me defendió durante toda mi vida. Y también ser un tipo sin una estantería en la cual colocarme. Para los escritores era un humorista, para los humoristas un tipo del teatro, para los del teatro un coso de café concert que laburaba con Manolo Guardia, quien a su vez no era un músico clásico sino un humorista, y para los humoristas, un músico ocurrente y así siga el corso, como si fuese todo un juego de cajitas chinas, o esas muñequitas rusas.”

Además de su estilo inconfundible, Jorge “Cuque” Sclavo tiene la misma apostura que Robert Redford cuando era joven .Vean los parecidos en las fotos: ¡La misma mirada seductora! ¡El mismo cabello rubio y rebelde! ¡La misma mandíbula prominente! ¿Qué más se le puede pedir? ¡Vayan enseguida a comprar-por lo menos- este último libro! En Internet no hay mucho, pero si se esmeran a lo mejor encuentran alguna de sus páginas, o quizás alguno de sus notables “retratos al bleque”.


domingo, 31 de julio de 2011

Mi madrina, la partera Stella

La tía Stella en el esplendor de su juventud

Cuando escribí sobre mi madre, comenté que ella y mi madrina fueron las mujeres más luchadoras que conocí en la infancia. Hoy voy a escribir sobre mi madrina, mi tía- como siempre la llamé- la partera Stella.

Mi madre y la partera Stella eran amigas íntimas desde muy temprana edad. Habían compartido muchas vicisitudes, entre ellas, la de la preparación para parteras, que fue una de las más importantes. Stella asistió a mi madre cuando yo nací; era muy común que los niños nacieran en sus casas, con la asistencia profesional de una persona especializada. Ya conté que en mi casa, había un dormitorio especialmente preparado para esos casos. En la actualidad, parece que se ha vuelto a esa “antigüedad”, por lo cual se puede deducir que volvió a ser considerada una buena práctica. Por esa amistad que las unía desde tanto tiempo, Stella se convirtió en mi madrina. Su familia era mi familia y cuando no se conseguía una niñera competente o mi madre tenía guardias extensas, me llevaba a la casa de Stella, que era, al fin de cuentas, mi segunda casa. Cuando hice la especialización en Dificultades de Aprendizaje, en una de las asignaturas se enfatizó mucho la idea de que los niños, cuando sus padres se divorciaban, tenían dos casas, y por esa razón había que enseñarles a manejarse con las dos alternativas. (Lo cual –entre otras cosas- significa tener en ambos lugares los objetos necesarios para la vida cotidiana).Yo no sé quién les dio la idea a ellas, pero efectivamente, yo tenía dos alternativas y las dos me encantaban: la casa de mi madre y la casa de mi madrina. En ambas tenía afecto, ropa, un uniforme completo del colegio, juguetes y libros.
La única diferencia era que en mi casa, tenía mi propio dormitorio completo, y en la casa de mi madrina, en cambio, tenía un sillón-cama que me preparaban especialmente en uno de los dormitorios de la enorme casona. Para que no tuviera miedo a la oscuridad, me dejaban una veladora encendida toda la noche. Era un simpático pato amarillo con una luz muy tenue que ahuyentaba hasta al propio Carlanco, aquel que decía” Yo soy el Carlanco, que hasta las peñas arranco”.
Cuando mi madre anunciaba:- “Viejucín, prepará tu valija que vas a pasar unos días con tu tía”- yo saltaba de felicidad.
La ida a casa de mi tía, significaba, playa, sol, paseos de todo tipo y muchos entretenimientos. Estos últimos frecuentemente eran tareas que Stella me asignaba de acuerdo a las necesidades de la casa. La única que no me gustaba era zurcir medias, porque nunca fui hábil con la aguja. El trabajo consistía en conseguir un hilo del color más parecido a la media de hilo e ir consiguiendo que la trama se cerrara de la manera más delicada posible. A mí me quedaban unos horrendos retobos, que mi tío, que me quería mucho, se ponía sin chistar. Sí; las medias se zurcían, las sábanas se remendaban, y cuando ya “no daban más”, se partían y se hacían de una plaza; se tejían los buzos de lana o de hilo según la estación, y también según la estación se confeccionaba la ropa. Stella tenía una habilidad prodigiosa con la aguja porque antes de ser partera- en una de sus variadas actividades- había trabajado en un taller de costura donde había aprendido a hacer de todo: vestidos, pantalones, blusas, chaquetas, y sacos largos. También sabía bordar a mano y a máquina con un primor inusitado. A mí me encantaba verla trabajar con tanta habilidad. Ella era la que me hacía unos hermosos vestidos y delantalitos que los cubrían para que no se ensuciaran cuando jugaba. No se estilaba decirles a los niños: “ensuciate que es bueno”. La consigna era la prolijidad diaria en el vestir, en las costumbres y en los modales.

Las tareas que más me gustaban estaban en la cocina. Mi tía hacía pasta casera, guisados, tortas, postres y flanes de una manera prodigiosa. Mi primo y yo ayudábamos: ella hacía la masa de los ñoquis; nosotros les dábamos la forma, ella preparaba los ravioles, nosotros les pasábamos la ruedita y los separábamos, ella hacía el preparado para las croquetas, nosotros las armábamos prolijamente.
Las diversiones estaban siempre presentes como recompensa de las obligaciones. Mi tío tenía acceso a entradas para espectáculos: circos, cines, teatros, “fonoplateas”- especies de teatros que tenían las radios y donde con las invitaciones apropiadas se entraba a ver espectáculos-.

A la tía le gustaba conversar y contarme sus experiencias y a mí me fascinaba escucharla. Antes de ser partera había hecho de todo. Una de las actividades más divertidas-al menos para mí- era “tirar las cartas”. Tenía unos mazos de cartas que “hablaban” y “contaban” el porvenir de las personas. Cada una de ellas tenía un significado y ella los interpretaba, los “armaba” y daba “mensajes”. Para desarrollar esa actividad se ponía un turbante verde que le daba un sugestivo aire oriental. Alguna vez accedió a tirarme las cartas cuando yo era una adolescente, y le interesaba saber con quién andaba de “dragoneo”.
– Acá veo a un hombre joven de pelo negro- empezaba.
–Vamos a ver si no es casado…- y sus ojos negros, sombreados por largas pestañas, me escudriñaban profundamente- y si es para vos- seguía.
Y sí. Era para mí. Carlos, el hombre joven de pelo negro-en ese entonces lo tenía abundante- fue para mí. Indudablemente no se equivocó. Nos casamos muy jóvenes cuando viví mi última temporada soltera en su casa.
¡Gracias, tía, por tus aciertos y por tu bondad!

lunes, 25 de julio de 2011

Tamaño baño o talle LXX

Yo no me di cuenta de que había engrosado de tamaño hasta que un día en el Shopping vi a una gorda que tenía un buzo igual al mío. Al aproximarme al espejo, me percaté-con gran consternación de mi parte- de que la gorda era yo. Desde hace más de quince años, encontrar la ropa adecuada se ha convertido en una verdadera odisea.

Hace unos días, entré a un prestigioso comercio de ropa a comprar una blusa blanca que vi en la vidriera. La vendedora cuando vino a atenderme, traía puesta su cara de pocos amigos. ¡Le interrumpí el descanso o el ameno mensajeo por celular! Conste de que en la vidriera estaba anunciado que tenían hasta el talle 56, porque a estas alturas con mi altura y peso ya sé que no todos los comercios tienen prendas donde quepa toda mi humanidad. Me trajo la prenda con muchas X, pero las medidas no se ajustaban ni remotamente a la realidad. Cuando le comenté que los talles llenos de X no se correspondían exactamente con los tamaños adecuados, la cara de pocos amigos se llenó de arruguitas y con una mueca que hizo con la boca me hizo sentir peor que la señora Margarita, la gorda de cuerpo inmenso de “La casa inundada” de Felisberto Hernández. Por último me espetó, mordiendo las sílabas: “Esto es lo que hay, señora”.
Creo haber leído en algún periódico que se había establecido-por lo menos en la letra- que los comercios de venta de ropa debían tener todos los talles. Lo que no se estipuló es la medida que deben tener, porque si se llenan de X y no se corresponden con los tamaños, se convierte en una excelente jugarreta para cobrar un “plus” por “talles especiales”-como también se les llama. Tenemos, además, el agravante de que, como en el país ya no se confecciona casi nada, la mayoría de las prendas son importadas de China o Vietnam, lugares donde las personas son de baja estatura y de menudas proporciones. No abundan los seres “tamaño baño” y por esa razón, los LX de ellos siguen siendo pequeños.
Tampoco hay variedades de vestimentas que puedan ser llevadas dignamente por una mujer mayor. Casi todas las tiendas exhiben esas prendas juveniles que se usan superpuestas, y que he visto también en alguna desubicada bellota morocha teñida de rubia. (Pasada la cincuentena toda morocha que se precie, de pronto, como por arte de magia, sigue el consejo de su peluquero y sin pensar en sus cejas negras, se vuelve rubia).
En la tienda observé dos malas actitudes: la de los propietarios que engañan con el cuento de que “tienen todos los talles” y la de las vendedoras que carecen totalmente de la habilidad necesaria para vender y resolver una situación con buenos modales.
Yo sigo buscando una blusa blanca acorde a mi tamaño.
Me fui para mi casa “humillada y ofendida” y de esas dos sensaciones penosas salió esta nota.

lunes, 18 de julio de 2011

la partera Tabárez, mi madre


A veces, escribir es como cantar: dulcifica las tristezas. Otras veces es como una confidencia que alivia las amarguras. Por eso escribimos.”
Julio César Puppo “El Hachero”

De mirada melancólica, más bien triste, mi madre llevaba la pesada carga de criar sola a una niña que le había nacido rubia y de ojos celestes-paradoja del destino para ella que era, como le gustaba decir: “una morocha clara”-.
Ahí estoy yo, con la rodilla izquierda lastimada-vaya a saber en qué correrías- mirando al que saca la foto, muy lejos todavía de los avatares que me dejarían huérfana a los nueve años.
Mi madre fue –probablemente- una mujer “feminista”. Había estudiado, mejor sería decir “se había preparado” para ejercer la profesión de partera, no demasiado alejada de lo que hacían las mujeres en su época, pues muchas eran comadronas de oficio por pura necesidad. Ella también por pura necesidad necesitó de un trabajo para ganarse la vida. Pero el que eligió le gustaba y lo hacía con total dedicación.
Divorciada –según lo que me contaron-, cuando yo nací, su lucha incluyó mi presencia y la necesidad de criarme y educarme. Lo hizo siempre con abnegación. Nunca me faltó nada. Ni amor, ni juguetes, ni colegios pagos, ni clases de ballet, ni clases de piano, ni libros. Me estaba dando la educación para niñas de clase media-que aunque cueste creer el país la tuvo- y ella lo hacía trabajando todas las horas que fueran necesarias. En 1950-década en la cual más o menos se sitúa esta experiencia- no había tanta sociedad médica, tanto médico especialista, tantas idas y venidas, y análisis clínicos para diagnosticar y paliar una enfermedad. Un buen médico de medicina general, sabía diagnosticar un mal simplemente mirándole los ojos al paciente y pocas veces se equivocaba. Como no había tanto de nada, mi madre, además de las horas que cumplía en la Maternidad, atendía todo lo que le cayera a mano: un inyectable, una tomada de fiebre, una visita para reconfortar, atención especial para tener un niño,-en casa había un dormitorio especialmente preparado- y, para los enfermos graves, una “tomada” de mano cuando ya no quedaba nada que hacer. Jamás negó un servicio. Fuera quien fuera, con dinero o sin dinero. Las recompensas eran más que nada, afectivas. Ella quedaba satisfecha tanto cuando ayudaba a llegar a uno que luchaba por nacer, como cuando acompañaba a un enfermo al que irremediablemente se le iba la vida.

“Morocha clara”, de ojos castaños, con largas pestañas. Todos los que la conocieron me dijeron que era muy hermosa. Para mí, indudablemente lo era. Recuerdo muy nítidamente la suavidad de su piel. Únicamente volví a sentir esa misma tersura cuando nació mi hermana pequeña.
De acuerdo a la época, tenía un buen cuerpo, y sobre todo una hermosa sonrisa. No sonreía con frecuencia, pero cuando lo hacía yo sentía que dejaba a muchos sin palabras.
Era de carácter fuerte. No se amilanaba por tonterías. Siempre afirmaba que una partera debía tener fortaleza para ayudar a traer vida.
Junto con mi madrina, también partera, fueron las mujeres más luchadoras que conocí en mis primeros años. Ambas me inculcaron el gusto por el estudio y el trabajo.
Eran testigos de muchas miserias en las historias de hospital. Sabían hacerse cargo. Sin ser exactamente religiosas practicantes, ayudaban en todo lo que podían, muchas veces, dándoles dinero de sus propios peculios a las madres pobres y abandonadas.
La partera Tabárez, era culta en forma autodidacta. La prueba son los libros que aún tengo de su biblioteca. Falleció en 1955, por eso no se puede decir que sean libros actuales, pero sí que era buena lectora. Pongo algunos ejemplos: las obras completas del anarquista Rafael Barret- de quien nadie se acuerda demasiado- Carlos Roxlo y sus “Luces y sombras” –otro olvidado- Emilio Frugoni-más o menos recordado de vez en cuando por el Partido Socialista- pero no por sus escritos de apoyo a los derechos de la mujer, en “La mujer ante el Derecho”.
Como tenía que trabajar largas jornadas afuera, siempre tenía una colaboradora limpiadora/ niñera. A veces, yo tenía suerte y venía una muchacha que sabía jugar; pero la mayor parte de las veces, las mujeres se dedicaban a escuchar la radio mientras limpiaban distraídamente. Yo me aficioné rápidamente a la lectura, y, como también mi madre era buena lectora, muchas veces pasábamos las horas libres, leyendo cada una sus cosas. De pronto, le comentaba algún cuento y ella me festejaba las ocurrencias. El cariño que nos profesábamos se sentía hasta en el aire.
Durante las horas que ella no estaba, la situación cambiaba según la personalidad de la de turno. Hubo una brasileña que me decía “nene” y me había prohibido bajar del sofá, por lo cual me tenía que pasar largas horas sentada con las revistas o los libros sin poder ni siquiera chistar. Me había aterrado con sus ojos duros y sus amenazas, hasta que un día me armé de coraje y se lo confesé a mi mamá, que tomó de inmediato las medidas necesarias. La brasileña se fue más rápido que ligero, mirándome aún con sus centelleantes ojos, farfullando y clamando venganza.
De las más buenas recuerdo a una jovencita que se llamaba Mireya- como la del tango- Vino a trabajar “con cama” y con su bebé “Coquito”. Había venido del Consejo del Niño, donde la había internado su familia por “pecadora”.En realidad, era una inocente paloma del interior, que terminó de crecer en mi casa, y se casó al poco tiempo con el padre de su niño. Un final feliz, pero no me incluía a mí, que volvía a quedar a merced de alguna otra siniestra cuidadora.

Élida Juana Tabárez Rosende era una mujer elegante. ¿O lo serían todas en esos tiempos? En la foto se la ve vestida con un traje sastre de color claro, cartera y zapatos veraniegos de loneta, de tacos altos al tono. Usaba un maquillaje suave y rouge oscuro en los labios. No se la veía desaliñada jamás. Siempre impecable, de pies a cabeza, con ropa de “entrecasa”, con la “ropa de paseo” o con la “ropa de trabajo”, su túnica de partera.
Además de la lectura, compartíamos otras aficiones: el cine, el teatro, el baile y el canto. Apenas tuve edad suficiente, iba con ella a los cines “continuados” que exhibían filmes aptos para menores.
Generalmente eran musicales de cine mexicano o americano. Después ambas reproducíamos los pasos de baile que habíamos visto en la pantalla. También aprendíamos las letras de las canciones de moda que venían en una revista que se llamaba “Cancionera” y, cuando podíamos escuchábamos juntas la audición radial “México canta”.
Tenía una voz armónica y un buen oído que le permitía entonar hasta cuando tarareaba en la cocina. Atesoro como un bien preciado de la memoria esos preciosos momentos compartidos con gusto por ambas.
Una muerte trágica y repentina la sacó abruptamente de mi vida, pero nunca de mis recuerdos.

domingo, 10 de julio de 2011

LA FALTA DE RESPETO





En una Galería de Búsqueda, leí hace unos días una nota De Hugo Burel que se titulaba: “Gente atravesada”; como el título lo hace suponer, Burel  reflexionó en su nota  sobre la falta de respeto. Esta carencia  de  delicadeza para con el otro se pone de manifiesto en esos empellones que nos llevamos cuando procuramos circular en un Supermercado atestado de personas y de diversas mercaderías colocadas pura y exclusivamente para  estorbar el paso. Y en un ómnibus: “Una persona que lleva mochila es una variante humana de un dromedario”- dice Burel con razón-, y más adelante amplía: “Pero la gente atravesada no es solo la que embiste o pecha”.
Estoy de acuerdo con Burel.
Creo  que hemos perdido por completo  las nociones de respeto básico que se impartían  en la casa cuando nos enseñaban  a saludar al vecino de al lado, o al de enfrente,  dejar el paso a una persona mayor o el asiento a una señora embarazada.  La escuela también contribuía a enseñar “reglas de urbanidad”. En los primeros años escolares nos enseñaban a entrar a clase formando fila por grupo, marcando el paso  y “guardando distancia”- esto era colocar el brazo extendido y mantener esa distancia de la compañera que nos precedía-. Estos antiguos lineamientos conductuales nos permitían llegar al salón en forma organizada.  En mi  escuela “Niño Jesús de Praga” de monjas muy estrictas, era primordial la práctica de los buenos modales. Sé que para los tiempos que corren esta conducta se consideraría una exageración;  ¡pero nos hemos ido al otro extremo!
Indudablemente que uno de los  peores  especímenes es el que Burel califica de “atravesado mental”;- ese tipo que tranca todo y no nos deja avanzar de ninguna manera por más que insistamos en nuestro esfuerzo-. Ya  traté un tema similar en otro blog  con el título de “Tramiteando”. Esa vez narré y  describí en forma sarcástica las vueltas y más vueltas que tuve que dar para hacer un giro en euros al Instituto Cervantes.
Pero hay otros flagrantes casos de falta de respeto para   el usuario que paga servicios de todo tipo. Voy a contar únicamente uno con la seguridad de que también les ha pasado.

Hoy, tuve dificultades con la conexión a Internet. Pago ADSL de 24 horas, -por razones laborales- desde el año 2003. Me imagino que alguna vez tuvieron que hacer  un “reclamo de servicio” ¿No?  ¿Qué es lo  que tenemos actualmente en esta era tecnológica? Una cantidad de mensajes automáticos que nos van “monitoreando” para-supuestamente-  “mejorar” la calidad  del servicio.
Comencé a hacer el reclamo  a las 14 horas del día viernes 17 de junio de 2011. Como me pareció que iba para largo, me senté al lado del teléfono  para pasar por todos los contestadores automáticos habidos y por haber, sometida –además- a  una musiquita jodona, horrendo simulacro de “A mi manera”-probablemente “a la manera de Antel”-,  hasta que logré comunicarme con alguien, y  no  con   mensajes grabados como el que oí infinidad de veces: “Los operadores están ocupados. Su llamada es la número 5. Por favor espere en línea. Será atendido a la brevedad. A fin de mejorar nuestro servicio esta comunicación puede ser monitoreada”. Cuando me atendió otro ser humano miré el reloj: eran las 14.45.  ¡Apenas demoré tres cuartos de hora para ser atendida por una persona de verdad! Le expliqué que había revisado todas las conexiones, había “reseteado” la máquina-con “s” porque es un anglicismo de “to reset”- y que esporádicamente aparecía un cartel que me anunciaba: “conexión de área local: el cable de red está desconectado” con lo cual lo que estaba haciendo en Internet desaparecía totalmente. ¿Qué me dijo el otro ser humano que me atendió?:- ¡No me corte! ¡Después de toda la espera: “no me corte”! ¡No! ¡No corté! ¡Volví a soportar el jodón “A mi manera ” hasta que me tomó el  número del celular-¡Tuve que comprarme uno! ¡No tuve más remedio!  ¿Qué estoy haciendo ahora? ¡Estoy atada al celular, esperando la llamada del técnico! ¿Ta? ¿Me llamó el técnico? ¡Sí! Me llamó a las diez de la noche  y me dio explicaciones de todo tipo que lógicamente no entendí.
El desperfecto lo solucionó un técnico  particular que accedió a socorrerme  en un día sábado.
Antel me envía por celular- frecuentemente- mensajes como este:

“Participa por entradas al preestreno de CARS 2 en la Sala 3D Antel de Cines Hoyts este 21/6. Encontra (sic) Antel de todos en Facebook y registrate en la promo! (sic)…”
Una invitación/invasión que no me interesa en absoluto. Yo preferiría que  Antel –y todos los otros organismos públicos-hicieran lo que tienen que hacer, es decir, dar con  respeto y dedicación  el servicio que el usuario merece porque lo paga bien de bien.


Estos funcionaban mejor. ¡Eran más "humanos"!