lunes, 16 de abril de 2012

VINO PAUL A URUGUAY NOMÁS, NO ERA “DE MENTIRA”!

"Recuerdos" de la visita de Paul
Me cansé de pasar por ABITAB para ver si “quedaban entradas”. Se vendieron en tandas y-como es habitual en mí- siempre llegaba tarde. Al final, me harté y dije: “está bien, vendrá a Uruguay, pero no lo voy a ver”.
Sin embargo, cuando las cosas están para darse se dan. Renové contrato con ANTEL por un cel, y ahí gané la “posibilidad de ganar una entrada para ver a Paul Mc Cartney”. Como nunca gano nada, ni siquiera a la quiniela, descarté la idea. Pero ¡oh sorpresa! la semana pasada recibí un mensajito con la noticia bomba de que –efectivamente- ¡había ganado una entrada! Ni corta ni perezosa  avisé a los más próximos de la buena nueva, y crucé- lo más de prisa posible, antes de que hubiera algún arrepentimiento- a ABITAB. Obviamente que la entrada que gané era “para la cancha”-es decir la más económica, pero como mi padre decía siempre: “a caballo regalado no se le mira el pelo”; yo lo tomé al pie de la letra, y- contenta como perro con dos colas- miraba la entrada embelesada. En un principio, iba a ir sola, pero mi hermana me comentó que una compañera de ella también iba sola y como teníamos la misma ubicación fuimos juntas. Alrededor de las cuatro de la tarde, ya estábamos en la fila para entrar al Estadio. Supuestamente, el show empezaría a las 20.30 pero la organización y los medios de comunicación habían recomendado que fuéramos temprano.  No fuimos ni las únicas ni las primeras que hicimos cola desde esa hora. Conversando en la fila, supe que había personas  que estaban desde mucho antes que nosotras.  La fila era variopinta. Contrariamente a lo que yo esperaba, Paul Mc Cartney convocó  a varias generaciones. Por supuesto que había muchos “sexalescentes” como yo, que fuimos los  privilegiados que bailábamos y saltábamos al son de Los Beatles en la década del sesenta del siglo pasado. Pero también los había muy jóvenes y fanáticos de la actualidad más reciente. Realmente emocionante.
Yo no sabía que la famosa entrada ganada era para asistir al espectáculo “de pie”. Me enteré cuando después de unas cuantas horas ingresamos a la cancha. Inocentemente, pensé que nos “acomodarían” en sillitas plegables sin numerar, y que por esa razón se nos convocaba temprano.  Pero no. Evidentemente, de esa manera ganaron espacio para meter más gente. Ya en la cancha, vi que alguien se había llevado una simpática sillita de pescador  plegable con respaldo y todo. Se sentaba y sonreía felicísimo a todos los que lo miraban con un dejo de envidia. Y no la prestaba a las señoras que lo acompañaban. Había cargado con ella, para él.  Después de unas horas de pie, no aguantamos más y nos sentamos en el piso. No fue muy plausible porque de esa manera se nos adelantaron unos cuantos muchachos con físicos de jugadores de rugby  que nos quitaron toda la posible visión. Al incorporarnos teníamos las piernas acalambradas, una muralla “armada” por físicos imponentes, más un considerable aroma a marihuana. Vimos que en las escaleras de entrada había gente sentada y nos dirigimos al lugar con la ilusión de encontrar el escaloncito salvador. En el mismo momento que llegábamos, los guardias estaban desalojando a los sentados, pero quizás por las protestas que les llovían, abrieron la puerta del talud y ahí ingresamos también nosotras. Seguíamos de pie, pero en los pequeños escalones del talud, podíamos sentarnos mejor que en la cancha, mientras no empezara el espectáculo y, además, tuvimos una visión estupenda.
El show no empezó a las 20.30 sino más tarde, pero después  siguió sin ninguna pausa. Paul, otro sexalescente, lució jovencísimo. ¡Cáiganse de espaldas! ¡El hombre hasta tiene todo el pelo! Se manejaron varias hipótesis: que está así porque la  genética lo ayuda, porque  es vegetariano, porque tiene mujer joven, porque “se cuida”. Yo que sé. Lo que si sé es que cantó estupendamente bien y en forma ininterrumpida las canciones seleccionadas; dijo algunas palabras en español que tenía escritas, manifestó que había tomado clases cuando era niño en Inglaterra y-de memoria- repitió los versitos aprendidos de “los tres conejos”. Causó mucha gracia.  Simpático y extrovertido, declaró con alegría que era la primera vez que venía a Uruguay,  agradeció la calidez del público, se preocupó por saber si los “del back” –y yo me incluyo- disfrutábamos del espectáculo, preguntó en inglés varias veces si “queríamos más”.  Todos contestábamos: ¡YES!   Además, coreábamos las canciones conocidas como si estuviéramos en Inglaterra.
¿Se podrá aspirar a que el país recobre el sitial que tuvo antes de la década del cincuenta del siglo pasado cuando venían espectáculos internacionales de renombre y se elegía Montevideo como una capital atractiva? Es probable.
El espectáculo fue sensacional y muy emocionante. La banda impecable. Lo único que podría objetar es que - para mi gusto- el sonido era excesivamente intenso; las vibraciones se percibían en el piso del talud y retumbaban en los oídos, pero después me enteré de que había personas afuera escuchando; eran las que no había conseguido o no habían podido pagar entradas; finalmente,  los guardias los dejaron pasar a ver el final. Aplausos para ellos.
¿Se puede mejorar la organización? Sí, por supuesto. Se puede y se debe.
Nos resta esperar que se repitan acontecimientos tan memorables como éste, y –de mi parte- agradezco a ANTEL la posibilidad que me dio de ver, en vivo, a uno de los ídolos más queribles de mi juventud.



miércoles, 28 de marzo de 2012

DOS PAJARRACOS EN SU SALSA

El pajarraco "Martínez" Sabina

El pajarraco Joancito en acción

 El 27 de marzo de noche, en el estadio Charrúa, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina presentaron su show “Dos pájaros contraatacan”. Y lo hicieron contra viento y marea. Los que me leen ya saben que yo no salgo a pasear sin contratiempos. Fui con mi familia, me vinieron a buscar a casa con el auto recién arreglado. Pero… ¡Oh, sorpresa! en la rambla entró a recalentarse-al mismo tiempo que su conductor- y, en la calle Concepción del Uruguay, hubo que hacer una parada de emergencia. Íbamos bien, pero ese inconveniente nos retrasó. Al mismo tiempo, para colmo de males,  cayó un chaparrón desalentador.  Después de otra obligatoria  parada más, ya cerca del estadio, finalmente llegamos. Hubo que buscar la puerta y localizar los lugares. Nada fácil. Finalmente nos asignaron unos –que no eran los que teníamos, porque de VIP no tenían nada- pero desde allí cantamos, aplaudimos, bailamos y nos reímos de los dos desfachatados que estaban totalmente a sus anchas junto a su público. Saqué unas fotos malas, pero ahí las tienen como prueba.
El show comenzó con la intervención de dos  pajarracos propiamente dichos,  que aparecen al  principio en la pantalla, -muy parecidos a Tuco y Tico, las urracas parlanchinas-,  seguida  alternadamente de diálogos, monólogos y canciones.  Todo “regado” con una sarta de palabrotas dichas con una frescura extraordinaria. “¡Pero ustedes están cagados de frío”! dijeron.  Y sí. La pura verdad, sí. El frío era de cagarse nomás. El que haya ido sabe que no es ninguna mentira. Sin embargo, el show fue de tanta calidad, que  todos aguantamos felices mientras el dúo desgranaba simpatía a raudales. Apenas se notó  que estaban programadas hasta  las canciones finales que todos pedíamos a gritos como yapa.
Fue un show muy disfrutable.
¡Vuelvan pajarracos, pero vuelvan en verano, carajo! (¡Ups! ¡Me contagié! )






viernes, 23 de marzo de 2012

LOS PROBLEMAS DE LA SALUD

Mi madre, la partera Tabárez, es la morocha sonriente que está primera a la derecha en la segunda fila. Si alguien conoce el nombre de los otros profesionales, me encantaría  agregarlos porque yo no los recuerdo.

Anoche vi de nuevo el filme que fue conocido en español como “El milagro de Lorenzo, o  “El aceite de Lorenzo” o “El aceite de la vida”.  Al verlo por segunda vez después de veinte años,  me volvió a conmover. La película es  de 1992 y está basada en una historia real.  El argumento presenta la batalla  de los padres de Lorenzo Odone, -contra la enfermedad denominada adrenoleucodistrofia- (ADL). Los Odone llevaron a cabo una empecinada investigación-sin tener ninguno de los dos conocimientos científicos-, golpeando puertas que indefectiblemente se les cerraban. Solos contra el mundo, libraron  una  guerra personal y  tenaz  contra los convencionalismos, la burocracia y el descreimiento de muchos diplomados. Lo hicieron movidos por el amor. Y vencieron.  El verdadero Lorenzo vivió hasta el año 2008, a pesar de todos los pronósticos negativos.
En el comienzo de la película aparece escrito este fragmento de una canción guerrera swahili:
La vida sólo significa algo en la lucha. El triunfo o la derrota están en manos de los dioses. Entonces celebremos la lucha.
 Para los que sabemos  lo que es enfrentarse  con la enfermedad terminal de un ser querido es un inicio muy significativo. Hay   que batallar simultáneamente  en varios frentes: contra la enfermedad siniestramente destructora; contra la burocracia; contra los funcionarios negligentes, contra los médicos insensibles, contra los enfermeros y licenciados ídem y  contra los carísimos servicios que pagamos inocente y religiosamente, para   que después-llegado el caso- no nos brinden lo que esperábamos de acuerdo a lo que pensábamos que teníamos asegurado: una atención humana y digna.
El problema no es únicamente en los hospitales públicos sino  en todo lo que concierne a la salud,  porque  el entramado burocrático de la asistencia médica privada, impide la necesaria eficiencia. Nadie es responsable de nada. Cada uno tiene su pequeña chacrita o parcela y la atiende cuando quiere y como quiere. Lograr una ligazón cordial entre los diferentes médicos es totalmente utópico, porque no se comunican entre sí. “Llame a fulano que es el médico de zona”, “el médico tratante está de licencia, va a ir un  suplente”, “consulte con el oncólogo”, “su esposo no es el único paciente, señora” me dijo un administrativo, cuando yo insistía desesperadamente para que recibiera la debida- y carísima- atención. Yo  contesté que sí que para mí era el único y  también debía serlo para ellos, de acuerdo a lo que le  cobraban y al conocido eslogan marketinero.
Lo cierto es que, en pleno goce de la salud, como suele ocurrir, la letra chica se nos escapa. Esta  espantosa telaraña  sólo  se empieza a conocer cuando estamos inmersos en  la impotencia del dolor.
Otro servicio esencial en los tiempos que corren es el de compañía y cuidados. El eslogan puede ser sumamente atractivo: “Somos tu segunda familia”. ¿De qué “segunda familia” me están hablando cuando el que necesita cuidados domiciliarios tiene que pagar una cobertura extra para adquirir los derechos-no más de treinta días por año que es lo que dan- en forma progresiva?  ¡Cuando requerimos estos servicios para un paciente, siempre son de urgencia! También es un negocio y como tal tiene que rendir. ¿Importa el paciente que necesita cuidados? No. Lo que importa es cuánto más se puede lucrar con la situación.
En estos días explotó en Uruguay el horror  de enfermeros asesinos  y de un equipo médico negligente, imprudente o descuidado. Los enfermeros mataban a pacientes internados en el CTI.  El equipo médico dejó en estado vegetal a una joven de 25 años que fue  sometida a una intervención quirúrgica que no revestía peligro inminente de muerte.  ¿Por qué este último caso salió a luz? Porque la paciente que quedó en estado de coma, tiene un hermano neurólogo- que trabaja en la misma institución-. Él hizo la denuncia. Por lo tanto, es lógico suponer que los que no tengan a nadie de la salud que bregue por ellos quedan expuestos a que cualquier inescrupuloso los liquide, ya que los  debidos controles en los Centros de Tratamiento Intensivo, y en las salas de operaciones son  ineficientes o inexistentes. 
 La mayor parte de los ciudadanos conoce este tema porque de una u otra forma lo ha sufrido. Los múltiples especialistas suelen hablar de que "faltan las destrezas no técnicas": esto es establecer  una real comunicación con los pacientes y familiares; trabajar en equipo-que no es agrupar una persona al lado de otra, sino  aprender a trabajar CON otras; desterrar el "narcisismo" en la medicina contemporánea- el término no es mío se lo escuché a un doctor- y, en resumidas cuentas, hacer un nuevo contrato social que garantice la debida atención humanitaria. ¿Será posible o no?
Cabe preguntarse:
¿Qué fue de los antiguos profesionales  responsables y competentes?
¿Por qué hay tanto personal de la salud-tanto en los  centros asistenciales como en los servicios de compañía- sin vocación para la tarea?
¿Por qué los médicos actuales no pueden diagnosticar una enfermedad sin análisis clínicos, como sí lo hacían en el siglo pasado los médicos de familia?
¿Por qué no hay   más médicos pediatras como mi  Dr. Puppo que me hacía dibujos de pajaritos para vacunarme o darme inyectables? (La excusa era que había que darle de comer al pajarito y ahí venía el pinchazo; no recuerdo haber llorado jamás.)
¿Qué se hicieron las antiguas parteras vocacionales-como mi madre - que celebraba con alegría cada nacimiento y  exhibía  al bebé recién nacido con un orgullo tan manifiesto que parecía que la madre era ella?
¿Hasta cuándo seguiremos siendo víctimas de  este actual  sistema  de salud  tan ineficaz, descontrolado y tortuoso que ha permitido que se llegue a  situaciones  sin parangón?







                           




martes, 13 de marzo de 2012

¿HABLAMOS ESPAÑOL O QUÉ ?

¡Me encantaría poder tener signos icónicos como estos para corregir los errores!
De mañana mientras desayuno-no muy temprano, ya madrugué durante más de cincuenta años- intento ver un poco de televisión matutina. Me cuesta bastante encontrar algo “potable” en cualquiera de los canales  de aire o de cable. Aclaro, por las dudas, que el cable que pago es el más económico. Y no quiero pagar más nada. Frecuentemente me llaman por teléfono para ofrecerme el oro y el moro para que pague más pero hasta el momento no me he dejado engatusar. No quiero “más de lo mismo”. No quiero tener más canales con las tonterías que circulan por acá. En un canal, las locutoras tienen voces de pito y-además- hacen comentarios anodinos. En otro,  una señora intenta dar recetas acompañada  por  otro “comunicador” que la interrumpe  y molesta constantemente. Mientras la pobre  lucha denodadamente tratando de  dar las explicaciones que-lógicamente, son propaganda de la firma auspiciante-, el otro se mete los calditos  y los sobres de puré instantáneo en los bolsillos. Hay otro canal que  tiene un cocinero que hace “cocina de autor”-como la cocina me gusta y no encuentro nada para ver, a veces trato de “seguirlo” intentando apreciar  qué es lo que  está preparando- pero, lamentablemente, sus acompañantes también utilizan “la cháchara insulsa” y es imposible seguir al esforzado cocinero y su receta.  En otro par de canales-no más de eso- y si Dios está de mi parte, a veces, encuentro algo de interés.
Al prestar atención al  vocabulario de los comunicadores noté el uso frecuente  del “spanglish”. Cuando yo daba clases de español a extranjeros, lo “combatí” todo lo que pude, incluso hasta con juegos para erradicarlo. El spanglish es una curiosa  mezcla de términos en español y en inglés. Es  usual entre los estudiantes  que tienen el inglés como primer idioma, o, que siendo de origen latino, están viviendo en comunidades donde el inglés es el primer idioma y por lo tanto, lo  deben usar para estudiar. En cambio, en Uruguay, el primer idioma es el español-al estilo uruguayo, pero español al fin- y no encuentro ningún motivo para que usen –mal pronunciadas además-, palabras en inglés.
Por ejemplo:
-¡Que “heavy” que está, che!
La palabra “heavy” en inglés significa: pesado, pero por el contexto en que fue empleada me pareció que el comunicador,  quiso decir algo así como: “extraordinario, o fuera de serie” o genial”. No sé. Me dio la impresión de que esa fue la intención.
También noté el abuso de palabras coloquiales que antes  empleaban más nuestros hermanos mayores: los argentinos. Ahora ya no se trata únicamente de los comunicadores jóvenes que tienen su propio léxico y lo propagan-como una peste- entre los de su generación, sino que la emplean también los veteranos. Pongo como ejemplo: “laburo”. Entiéndanme, por favor, no es una crítica sino una comprobación de “contagio”. Las modelos- sobre todo,- dicen “Los argentinos me quieren en pila, me va muy bien en el laburo”.
Además de esta “extensión o propagación coloquial” también se cometen  errores al hablar.
Por ejemplo: se extendió el uso del plural del verbo “haber” cuando su forma impersonal indica-al menos por ahora- que debe usarse  en singular. Me refiero al vilipendiado “hubieron”.
Yo no estoy muy segura de que todos los  comunicadores estudien para serlo, y tampoco sé si en los cursos de comunicación y periodismo se les enseña  lo que los expertos  llaman” gramática de uso”, pero sí sé que no conocer lo que es adecuado, tiene consecuencias negativas  en el habla y en la escritura. Además-agrego- la gramática no se estudia “de una vez y para siempre”, sino que hay que actualizarla muy a menudo y  cada vez más, porque la famosa globalización nos está llevando  a mal traer debido a que no le prestamos atención.
El pobrecito verbo “  HABER”, -inocente de Dios, que se usa de cualquier mala  manera- tiene fundamentalmente dos usos bien definidos. El primero es cuando “trabaja” de “auxiliar” de “asistente”, “de ayudante”  de los otros verbos que son los que realmente se conjugan. Esto ocurre en los tiempos compuestos. Ahí sí hay que usarlo en singular y en plural según corresponda.
Pongo un ejemplo de la actualidad uruguaya de carnaval:
“Si los Curtidores de Hongos no se HUBIERAN DEMORADO, en la bajada de la segunda vuelta, NO HABRÍAN RECIBIDO, ninguna sanción”.
De paso, después del ejemplo, declaro al margen: “Los Hongos” cuya murga cumple cien años este año, están dando uno de los  mejores espectáculos de carnaval y  me dio mucha pena que les sacaran puntos.
Vuelvo al tema: en este caso, el verbo HABER,  está ayudando a conjugar los tiempos compuestos de los verbos DEMORAR Y RECIBIR. Por eso, se pluralizan para ponerse de acuerdo con el sujeto: “Los Curtidores de Hongos.” Así de fácil.
En otros casos, el verbo HABER, “se tira por cuenta propia”. Y, como “cuentapropista” que es, le gusta que lo traten como  un tipo  independiente e impersonal. (Impersonal: sin sujeto.)
En esos casos, su presente es HAY.
(Con “hache” y con “y griega”-yo la sigo denominando así y chau-)
Voy a los ejemplos  “de actualidad”:
En el concurso de carnaval HAY  una calificación por rubro.
En el concurso de carnaval HAY  diferentes calificaciones.
Aquí comprobamos que HAY NO SE MODIFICA CON EL PLURAL.
POR LO TANTO, TAMPOCO SE DEBE MODIFICAR CUANDO SE EMPLEA EN OTROS TIEMPOS:
En el concurso de carnaval HUBO  una calificación por rubro.
En el concurso de carnaval HUBO diferentes calificaciones.
(Si en  el presente, este “cuentapropista” independiente,  no tiene plural, ¿por qué le inventamos un plural al pasado o al futuro o a cualquier otro tiempo en que se use? ¿Ehhhhh?)
¡Señores comunicadores, pongan las barbas a remojar!

miércoles, 7 de marzo de 2012

"Y Dios me hizo mujer" ¡ A mí, también, Gioconda, a mí también!

Gioconda Belli en  la plenitud de su belleza
La primera publicación de este texto fue  en  el blog colectivo  Internet y Lectura el 8 de marzo de 2011- con otra foto de Gioconda Belli.Esta vez, para  publicarlo  en mi blog personal, lo modifiqué.

 Gioconda nació en Nicaragua, de buena cuna. Se casó, se descasó, se volvió a casar y a descasar.  Es una escritora de éxito, una guerrillera que luchó por lo que creyó justo para su país, pero que no  dejó de lado  la  ardua responsabilidad de ser madre. Abrazó con pasión,- como dice en su poema-  esa extraordinaria labor de ser “un taller de seres humanos”. Tuvo cuatro hijos, no siempre en las mejores condiciones. Por lo que cuenta en su libro autobiográfico-con todo lo que la “autobiografía” tiene de ficción- se deduce que nunca  fue  un ama de casa  tradicional. No parece haberse quedado  en la casa a lidiar con la limpieza, la cocina, los pañales, las mamaderas.  Ella misma confiesa –muerta de risa- que no  sabe cocinar. El partido de la Izquierda Erótica (PIE) sabe de sus desvaríos. Escribe-como todo lo que hace-  instintivamente, desde las entrañas.
 Según lo que leemos en “El país bajo mi piel. Memorias de amor y de guerra”, no dejó títere con cabeza. Cuenta que fue cortejada por el general Torrijos y hasta sugiere la idea de que podría haberlo sido también por Fidel Castro. Es-como ella suele afirmar- una “Quijota”. En un continente en donde las mujeres se han visto tradicionalmente sometidas   al poder del  varón, me llamó mucho la atención que ella declarara que  hizo   lo que se le dio la gana   con los hombres. Aquí va una pequeña muestra de lo que cuenta en el mencionado libro que recomiendo leer:

(…) "mi vida clandestina y mi amor por Marcos eran parte de una vida paralela, aparte, que yo administraba en otra carpeta de mi cerebro, igual que lo hacían los hombres de mi país, que tenían amantes sin menoscabo  de su matrimonio, yo había  aprendido a compartimentarme magistralmente; (…)

Es muy difícil que una mujer “comunique” con tanta sinceridad sobre esas relaciones “compartimentadas” que sí suelen tener los hombres sin mayores remordimientos. ¿No? Pues bien,  ella lo confiesa a “calzón quitado”. Sin embargo,  en sus poemas no se percibe un feminismo a ultranza sino una especie de simbiosis entre su ser femenino y sus ilusiones de amor, armonía y justicia. Las fotos de su juventud nos muestran a una hermosa mujer de melena leonina, ojos cautivantes de mirada conquistadora. La dedicatoria del libro que más me gustó se la dirige  a su actual pareja y dice: “A Carlos, puerto de mis tempestades”. ¿?
Como recordatorio de la celebración del Día de la Mujer, este 8 de marzo de 2012,  comparto su poema: Y Dios me hizo mujer

Y Dios me hizo mujer
de pelo largo, ojos
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas,
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.

Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.

Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
 el instinto.

Todo lo creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días,
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

Yo también soy mujer y me gusta serlo, Gioconda, aunque con otras alternativas. Sé cocinar, gracias a Dios, y a toda mi familia, y -en especial- a mi nona Lucía que siempre decía que a los hombres se les conquistaba primero por acá- y se señalaba el bajo vientre- después por acá- y se señalaba el estómago-, y después se llegaba acá- y tocaba el lugar de su corazón-. Tenía razón. Por si no lo sabés, tuve un único y felicísimo matrimonio de cuarenta y cuatro años. Sólo la muerte logró separarnos.
 No fui “un taller de seres humanos”, pero como fui docente vocacional, y desde mi puesto de Coordinadora, dediqué  alma y vida a cada muchacho para que  pudiera terminar la Secundaria, prácticamente, te puedo asegurar que  me faltaron nada más que los dolores de parto. Me parece estupendo que tú hayas tenido cuatro, y que otras también los tengan siempre y cuando los quieran. Porque los hijos para traerlos al mundo como Dios manda, deben ser queridos, siempre muy queridos.

 El cabello largo lo dejé en la juventud porque con el paso de los años no queda bien. Me parecen patéticas las extensas melenas de cabellos ralos de las sexagenarias. Parecen muñecas artificiales con cabellos de plástico.
Las curvas y las hondonadas –que dejaron de ser suaves- se  me acentuaron. Ahora tengo un cuerpo parecido al de un pollo. Bien redondo.
Con el asunto de  las hormonas anduve bastante bien hasta la menopausia, que querés que te diga, Gioco. Después lo “balanceado” pasó a la historia, y supongo que vos lo sabés porque tenés apenas cuatro años menos que yo… Ya sé lo que me vas a decir: en un poema hay que expresar belleza y  no la maldita realidad. ¿Verdad? ¡Tenés razón!
¡Sigamos soñando!

domingo, 26 de febrero de 2012

¿Qué hay de rico?

Peceto vitel toné

Esta pregunta tan común me la hacen a menudo amigos y parientes que “andan en la vuelta” y saben que tengo la  manía de cocinar. Soy  “una rara avis”, lo reconozco. Las mujeres actuales son como decía el cupletero Diego Bello hace unos años en su personaje de Súperman en la murga “La Margarita”: “Pasan por la cocina únicamente si les queda de paso pa’l baño”. A mí, en cambio, me fascina cocinar. Julio  Cortázar inventaba personajes femeninos que tejían fervorosamente- por ejemplo, el personaje Irene del cuento “Casa tomada” ¿Se acuerdan?:
“Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé porqué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada, resistiéndose a perder su forma de algunas horas.”

Yo, en lugar de tejer-ya saben  que las manualidades NO son mi fuerte- en cambio, cocino compulsivamente. Por eso me llaman y me preguntan: “¿Qué hay de rico?” Y yo largo el repertorio de lo que ya preparé y está ordenado en el freezer o el plan  que tengo en mente para organizarme mejor.
La escritora nicaragüense Gioconda Belli confiesa en una novela autobiográfica o en una autobiografía novelada-como se la quiera llamar- que se titula “El país bajo mi piel” que no sabe cocinar. Así de sencillo. Al parecer su madre tampoco cocinaba. Es probable que al haber nacido en clase alta esa tarea correspondiera a las empleadas. En cambio en mi casa, cocinaban todos: mi mamá, mi tía, las abuelas-cada cual con su estilo- y cuanto ser humano anduviera en la vuelta, porque tampoco  se dejaba de lado la ayuda masculina. Cuando éramos chicos, con mi primo “armábamos” la pasta casera, sentados en la mesa de la cocina.
Lo cierto es que para mí cocinar   es una terapia. Me hace bien, es  una especie de gimnasia placentera. Mientras cocino no pienso en nada negativo, estoy concentrada en mis recetas, trabajo a conciencia y elaboro la comida con alegría y  dedicación completa.
Hoy preparé un peceto vitel toné. (Así se escribe en español.) Mis amigos argentinos dicen que la receta es de ellos, pero a mí no me importa lo que digan. Lo que yo sé es que es de origen italiano y que tanto aquí, en Uruguay, como allá en Argentina, vinieron  a vivir "tanos"  y con ellos trajeron sus costumbres y por supuesto, sus comidas. En italiano, quiere decir algo así como “ternera atunada”, porque la salsa lleva atún. Lo primero que hay que conseguir es un buen peceto-ni tan tan ni muy muy- yo conseguí uno muy bueno de un kilo trescientos gramos-. Se cuece en agua con verduras para darle gusto. Las que ustedes quieran o tengan a mano. Yo le agrego un manojo de mis hierbas aromáticas: romero, orégano, menta y laurel. El tiempo de cocción depende del tamaño del peceto. Yo lo dejé una hora y media y quedó bien tierno y cocido. Se deja enfriar en el mismo caldo. Cuando está frío se corta en finas rodajas. La salsa para bañarlo se prepara con mayonesa, un chorro de vinagre a gusto, huevo duro y atún.  Se decora con anchoas y  alcaparras.
Una de mis amigas se relamió cuando me preguntó: “¿Qué hay de rico?”  ¡Al mediodía se comió unas cuantas rodajas al pan! ¡No me dejó ni siquiera presentarle la ensalada!



miércoles, 8 de febrero de 2012

LA PASIVA QUE SE VA

¿Quién no se comió unos panchitos en esta Pasiva?

¿Ubican la clásica esquina de 18 y Ejido?

¿No les da lástima?
En algunas otras ocasiones ya escribí sobre temas similares: Montevideo se va transformando no siempre para bien, y tampoco según nuestros deseos. A mí me apenan estos cambios, y no es que esté “en contra” del “progreso” ni nada por el estilo, sino que hay lugares que forman parte de la historia de la ciudad y es una lástima que se “truequen” por otros  que no formaban parte  de nuestra idiosincrasia. Por lo menos, en mi casa,  cuando se salía –de vez en cuando- a “comer afuera” no se iba a comer hamburguesas. Lo más típico era ir a   alguna de las cervecerías  “La Pasiva” y sobre todo los menores, comíamos una buena y considerable cantidad de los famosos “panchos” – los legendarios frankfurters-  con la no menos exquisita mostaza especial-receta pura y exclusivamente de estos locales que se van perdiendo en el tiempo, vapuleados por la invasión de  negocios de otras latitudes-.
No sé ni me interesa de quién es la culpa. Lo que me apena es la pérdida de estos bulliciosos espacios que fueron tan significativos para  los montevideanos del siglo pasado. ¿Quién no se comía  unos panchitos a la salida de un cine? Todo trabajador lo podía hacer de vez en cuando. ¡Marchen 6 con dos lisos! –Era la consigna para empezar entre dos-. Hace unos días anduve por 18 de Julio y Ejido-en trámites para arriba y para abajo- y encontré quizás una de las más emblemáticas  Pasivas, con los carteles que pueden verse en las fotos. Hacía mucho calor y decidí –saliendo de las recomendaciones médicas- comerme unos ricos panchos con un  clásico “chop”. Le pregunté al mozo que me atendió porqué se iban, quién “los iba”, pero –para mi sorpresa- me contestó que a ellos  lo único que les preocupaba era que les pagaran. Aparentemente,-según este testimonio- los dueños no supieron aprovechar  la ocasión, años atrás, para comprar la esquina y quedarse con el local. Lo alquilaron por más de treinta años, pero… como ya lo dijo Quevedo en su letrilla: “Poderoso Caballero es Don Dinero”. Vino una multinacional- con “el Poderoso Caballero”-  que  ofreció un precio más alto que el que podían ofertar los antiguos inquilinos y   ¡zás! compró la esquina para poner otra hamburguesería más. A los montevideanos  veteranos nos quedará el recuerdo del sabor inigualable de los clásicos panchos de La Pasiva, con su exquisita mostaza secreta,  o, el  de los también clásicos “chivitos”- nuestra comida rápida-  a los más jóvenes, el gusto de la carne picada y las papas fritas bien saladas. Ni siquiera  se enterarán de  que se les fue un cacho más de identidad.


lunes, 23 de enero de 2012

UNA SEÑORA MAYOR

A través de los años

Una no se convierte de la noche a la mañana en “una señora mayor”. Tampoco es que se busque. Pasa nomás. Simplemente. Hoy, yo, por ejemplo, me recibí de “señora mayor”. Mi nueva cédula de identidad dice: “sin vencimiento”, por lo cual se puede “teorizar” que no voy a cambiar mucho más o, que el Estado deduce que me quedan pocos cortes de pelo. No sé. Lo cierto, es que los años se van acumulando y la esbeltez de los veinte años, va dando paso a los kilos, várices, arrugas y canas. Una mira las fotos de antaño y compara con alguna actual y ¡zas! Ahí está el paso del tiempo, acusando que esa grácil joven de cuarenta años atrás se convirtió en la veterana gorda infame de ahora. Cada una sobrelleva el paso del tiempo como puede y si la salud física y el “caletre” no se deterioran demasiado, se puede-se debe- aprender a sobrellevarlo con dignidad. A veces veo alguna “señora mayor” en el Disco con unos pantaloncitos cortos que muestran las piernas varicosas y tembleques. Eso no es digno.
Si tus piernas no son un espectáculo, - mi pobre ángel-enfundalas en un pantalón más largo; así no ofenderás a los ojos que te ven. No es necesario que te envuelvas en un hábito monacal, puede ser alguna “estructura moderna”, acorde con tu edad de calendario, no con la que sentís en tu interior. Usar una buena coloración cada veinte días para que las raíces blancas no asomen demasiado, inyecciones “quematutti” para disimular arañitas- que a veces son pulpos- y matarse de hambre para bajar-aunque más no sea- cinco kilitos para el verano, son estrategias que pueden colaborar. Pero mirate al espejo y sé franca con vos misma. ¡No te mientas! Porque si no hay espejos circundantes, cuesta percatarse. Tengo amigas que únicamente ven la vejez en las demás: “Qué avejentada que está fulanita, ¿viste? Parece que tuviera XX años. ¡Tan bonita que era! ¡Cómo se arruinó! ” Y son incapaces de ver en sí mismas que también corrió para cada una el propio reloj-implacable- con el consabido deterioro temporal. Ayer, en una oficina pública, vi a una encorvada ancianita cuyo rostro me resultaba familiar, pero… ¡parecía la bisabuela de la preciosura que yo recordaba! Mi impresión fue tan grande que quedé sin palabras. Ella no mostró ninguna señal de conocerme. Acto seguido-en lugar de pensar: “¡Qué horror, cómo se arruinó!” pensé:”- ¡Dios santo, cómo estaré yo!”
Hace unos días leí otra novela espeluznante de Claudia Piñeiro, la reconocida escritora argentina cuya novela más famosa, hasta el momento, es “Las viudas de los jueves”. La novela que leí se llama “Elena sabe”. La asocio con el tema de hoy porque Elena es “una señora mayor”. Pero además, a su condición de “señora mayor” se le suma la enfermedad que la aqueja: Parkinson. Una dolencia que la autora ha conocido, o, al menos, ha recabado información suficiente como para poderla convertir eficazmente en coprotagonista del relato. No tiene un argumento banal: a esa “señora mayor” aquejada por un mal incurable, crónico y progresivo, se “le suicida” su única hija, ahorcándose en el campanario de la iglesia. Esa “señora mayor”, enferma, decide descubrir la verdad, porque para ella, para Elena que “sabe”, su hija no se suicidó, y centra toda su lucha en la búsqueda de“alguien”, -con un cuerpo sano y obediente-, que pueda seguir insistiendo para que la policía no abandone la investigación que conduzca al esclarecimiento del crimen. “Elena sabe” y se da cuenta. Su cuerpo se deterioró pero su cerebro no. El relato es atrapante y lo recomiendo. Es para reflexionar, porque pocas veces las personas mayores somos tenidas en cuenta en la sociedad, aunque todas sepamos que somos las más. Se ha hecho un culto tan marcado de la juventud que es un hecho archiconocido, que a los vejestorios se nos quiera mandar-lo más rápidamente posible- a “cuarteles de invierno”.
Elena, la protagonista de esta novela, pese a su soledad y a su muy precaria condición de salud, lucha. Cumple- con mucho esfuerzo- su cometido de hacer un penoso viaje desde los suburbios hasta la Capital. Lógicamente que es un personaje ficticio, pero hay otros “reales” que también, a su modo, han presentado batalla. Una de ellas me resultó sumamente simpática cuando la vi en TV. Se llama Nelly Iglesias, nació en 1928, y es conocida como “la abuela motoquera”-aunque ninguno de los motoqueros sea su nieto de sangre—Su pasión nació después que enviudó; en lugar de quedarse en su casa albergando recuerdos, decidió salir con su moto. Actualmente, con sus ochenta y pico de años, va montada en su vehículo a todos los encuentros de motoqueros. Es pequeña, frágil, simpática y graciosa. “La Renga” le dedicó el tema “Motoralmaisangre”-
Yo no creo que –aunque anduve muchos años de copiloto- me dé el ánimo para convertirme en otra “abuela motoquera”, pero la idea de “actualizarme” siempre me resultó tentadora. Todavía no sé en qué. ¡Ya veremos!














viernes, 6 de enero de 2012

De recién casada en " El Dedalito"

Hace unos días vi la lista  de una pareja que se está por casar. Realmente me sorprendió  muchísimo la extensión y la cantidad de objetos que los jóvenes anotaron  porque en el caso de unos cuantos, ni siquiera sé ni que son ni para qué sirven.
Yo recuerdo que cuando  estaba en esas mismas circunstancias, mi lista cabía en una pequeña hoja de libreta.  Y era más o menos así:
Juego de dormitorio (cama,  ropero, cómoda y mesitas de luz con tapa de mármol)
Juego de comedor de cármica: aparador, mesa y cuatro sillas
Una heladera Ferrosmalt- (no había freezer aún)
Cocinilla a gas Manzanares con garrafita de repuesto.
Un calefón Tem.
Para la cocina: dos ollas, una sartén, un juego de platos, un juego de vasos, un juego de cubiertos.
Ropa blanca: Ropa de cama confeccionada con una pieza de crea blanca  que daba exactamente para dos juegos de sábanas con sus correspondientes fundas.
2 toallones,  4 toallas de mano, 4 repasadores.
Por supuesto, que mi tía, me decía que ella se había casado con mucho menos, y lógicamente, yo no le creía. ¡Cómo que se había casado con menos! Ahora sí, en vista de la inverosímil lista que vi hace poco,  soy yo la que  digo  lo mismo que me dijeron a mí: ¡Por  Dios, yo me casé con mucho menos!
El televisor fue un aparato que demoró en llegar.  Si había algo de mucho interés-como fue la famosa llegada del hombre a la luna en 1969-, la Sra. Barrios nos  invitaba a su casa y compartía el espectáculo en su tv. En realidad, como al poco tiempo reanudamos los estudios- nos habían quedado materias pendientes del famoso “Preparatorios” nocturno-  y nos inscribimos para asistir nuevamente a clases reglamentadas, en lugar de preparar exámenes libres- el tiempo disponible, incluidos los fines de semana, se empleaba para estudiar.  Teníamos una pequeña radio portátil que  comía con nosotros en la mesa del comedor. Escuchábamos algún informativo tempranero,-preferentemente el de la radio Sarandí con el estupendo Julio Villegas que marcó toda una época- y música en distintas “estaciones”. Nuestro máximo entretenimiento de invierno era ir al cine y en verano, íbamos a la playa en nuestra moto Suzuki- la Zanellita se había cambiado por la Suzuki que era  de mayor potencia- y al regreso nos tomábamos un delicioso helado en la  legendaria heladería Biscardi de la calle Justicia.  No precisábamos más para ser felices. Éramos jóvenes, trabajábamos y estudiábamos. Todo parecía sonreírnos. Pero hubo cambios siniestros en el país. La situación política y social se enrareció en una forma tan  brutal que desembocó en la dictadura que nos asoló hasta 1985. Quedamos-como tantos otros- en el llamado “insilio”. (Adentro del país pero privados de derechos y a merced del oleaje repentino.) Como éramos una pareja de jóvenes, y, además, mi esposo “era bancario”-en nuestra adolescencia una ventaja,  pero ya casados, se había transformado en una carga difícil de sobrellevar porque los bancarios resistieron  a la dictadura con denuedo-  por eso, lógicamente- los “muchachos” nos visitaban a cada rato. Es decir, “nos allanaban”- era el verbo que se empleaba-. Realmente, era una situación muy peculiar. Ya les conté sobre el mobiliario y los enseres que teníamos, pero no les describí el apartamentito que habíamos alquilado. Era nuevo, -lo estrenamos nosotros- lo apodamos  “el dedalito”. La casita de muñecas tenía: un dormitorio, una cocinita, un pequeño living con una mínima estufita a leña-ahí instalé mi comedorcito de cármica que era también minúsculo-, y un baño que- como gran lujo- contaba con una preciosa bañera. El apartamentito formaba parte de una estructura de cuatro  que el arquitecto Óscar Barrios, había construido en un terreno que tenía al fondo de su casa en la calle Petain. Pensar que en esa miniatura podía ocultarse “material subversivo” era impensable, pero la extrema juventud siempre despertó sospechas. Por lo tanto, venían bastante a menudo. En uno de los allanamientos en la época de la  extensa  huelga bancaria (1969)  yo había regresado de trabajar y estaba sola, porque  mi esposo “andaba a campo”- en realidad ningún bancario que sostuviera la huelga  “estaba” y tampoco comunicaban a sus familiares dónde se alojaban para no comprometer ni a la familia ni a los que los escondían-, un soldado tocó el interior de la estufita y me miró con cara de “¡ah, te agarré!”. De inmediato le gritó a su superior: “¡Acá puede haber material subversivo, mi teniente!”
Yo estaba paralizada, sentada en una silla del comedor- porque no me dejaban mover-, y  muy asustada porque nunca hubo nada que me horripilara más que la prepotencia que podían desplegar porque sí. Levanté la cabeza para ver qué era lo que sacaba del agujero de la chimeneíta-vuelvo a repetir que era minúscula, acorde con la  casita de juguete- y aparecieron  ¡hojas de diarios viejos que yo ponía en invierno para que no se colara el frío!  Todavía puedo “ver” con qué fruición leían hoja por hoja para ver si encontraban algo “sospechoso” para  llevarme “en averiguaciones”. No había nada. Se fueron con rabia por el fracaso. Al rato apareció el arquitecto Barrios-muy solidario- con su acostumbrado: “¿Todo bien, flaca?” (¡Sí, yo pesaba treinta kilos menos, believe it or not!) ) Esas manos amigas, tan solidarias, me ayudaron a sobrellevar esos primeros  tiempos ennegrecidos por las circunstancias del país.
Se afirma que dado el crecimiento poblacional los apartamentos y casas de tamaño reducido-como mi primer “dedalito”-  son una solución que ya se está practicando. La tecnología ha avanzado tanto  que ya hay  parejas en preparativos “armando su nido” como una  casita domótica, -aquí les dejo algún ejemplo-
¡Pero –al menos por ahora- no he visto ningún ejemplo domótico con  una estufita como la que yo tuve con sospechas de ocultar  “material subversivo”!  




lunes, 26 de diciembre de 2011

Hilvanando recuerdos gratos en la Navidad 2011



Malvón rosado como mi vestido juvenil
En el libro que escribió Julio Cortázar con Carol Dunlop: “Los autonautas de la cosmopista, o Un viaje atemporal París-Marsella”, hay un “post- scriptum” de diciembre de 1982, donde se encuentran maravillosamente expresados los  sentimientos que él- siempre reservado en su intimidad- muy pocas veces compartió con sus lectores. En noviembre de 1982, falleció su esposa, la compañera  y coautora de ese “viaje atemporal”.
Vale la pena leer ese post-scriptum porque posee un intenso valor testimonial:

Lector: tal vez ya lo sabes, Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos en una sola búsqueda de ritmo y melodía.
Apena terminada la expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde había y hay tanto que hacer. Carol reanudó allí su trabajo de fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También allí encontramos la felicidad, ya no solo en los paraderos del París-Marsella sino en el contacto cotidiano con mujeres,  hombres y niños que miraban  como nosotros hacia delante. Allí la Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creímos pasajero porque en ella la voluntad de vivir era más fuerte que todos los pronósticos y yo compartí su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir más intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas.
A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.”

En  la última carta del libro “Cartas a los Jonquieres”   Cortázar  también  le comenta su estado de ánimo al amigo:
“Poco te hablaré de mi, estoy tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto.”
Por último reitero  esta otra  cita de  Julio César Puppo, (el Hachero) porque yo también-como él- “escribo por eso”:
“A veces escribir es como cantar: dulcifica las tristezas. Otras veces es como una confidencia que alivia las amarguras. Por  eso escribimos.”

Las tres citas que transcribí son la introducción para mis hilvanes.  Porque así como Cortázar, “contuvo” su dolor para lograr sacar adelante el libro escrito a dúo pese a sentirse “deshabitado” como le confiesa a Eduardo Jonquieres, y el Hachero señalaba lo bien que hace escribir  para dulcificar tristezas y aliviar amarguras,  yo también siento la necesidad de contar   recuerdos gratos de mi querido esposo Carlos Stanley, que cumplía años, -precisamente- en Navidad. En lugar de darle lugar a las amarguras, yo, que también como Cortázar me siento “deshabitada” voy a rememorar nuestros comienzos,  “allá lejos y hace tiempo”.
A él le causaba  mucha gracia que yo   dijera a quien me quisiera escuchar  “que lo crié de potrillo”.
 En realidad, los dos éramos muy jóvenes cuando comenzamos las clases nocturnas de lo que en la década del sesenta del siglo pasado-me siento matusalénica- se conocía como “Preparatorios”. Los nocturnos, los inauguramos con gran alborozo, en el liceo Manuel Rosé de Las Piedras. Teníamos diecisiete y diecinueve años, respectivamente, y ya trabajábamos los dos. Yo, como cadete en la fábrica de botones “La perla del Plata”,  y él como empleado del Banco Comercial, donde había ingresado  a los diecisiete años,- después de un cómico examen-,  para integrarse como “meritorio”.
Para entrar a trabajar en un banco, se necesitaba hacer una “preparación”, que consistía en ir  a una academia que diera clases de contabilidad, dactilografía y-en el mejor de los casos- algo de taquigrafía.
Carlos no fue a una academia; tomó unas clases con un profesor que lo preparó en “cuentas”, “asientos”, “pasajes de libros rubricados” y “algo de escribir a máquina”. En el examen, le pusieron unas “cuentas” que resolvió sin dificultades, en primer lugar, porque era inteligente, y no bestia perdida como yo para las Matemáticas, y, además, porque en su primer Preparatorios en Canelones  había hecho un año completo de Ciencias Económicas. La prueba de máquina consistió en un dictado. Tampoco tuvo dificultades porque –le dijeron- su ortografía era “adecuada” para el puesto al cual aspiraba. Escribí antes- “cómico examen”- porque en realidad, lo pusieron a trabajar en una sesión que  se llamaba “Informes” y su trabajo consistía en “recabar” información sobre las personas o comercios que pedían créditos al banco. No “hacía cuentas”.  Era la época en que se hacía todo “a pedal”. No había computadoras, ni “sistemas informáticos que  “se cayeran”, se usaba la cabeza- órgano actualmente en desuso- para pensar las preguntas que se les hacían a los vecinos sobre los indagados- una útil y práctica libretita y un bolígrafo. El otro útil era “un móvil” que no era un celular sino una linda motito Zanella, comprada a plazos,  para desplazarse por esos caminos de Dios.  Con los años, “el informante” adquirió mucha práctica y le bastaba una pequeña vacilación o un tenue gesto del interlocutor para saber que el que solicitaba el préstamo no lo iba a pagar nunca en su vida. Jodedores hubo siempre, aunque se crea que son de ahora. “Ser bancario”-como decían las madres- era de mucho prestigio. Todas  andaban a “la caza” de esos “candidatos”- término  que no hay que olvidar que proviene de “candidez”- para sus “niñas”, porque  eran  considerados “buenos partidos”. Trabajaban trajeados de pies a cabeza, bañaditos y prolijitos y ganaban salarios considerables, además, y  sobre todo, podían “ascender”. Palabreja que toda madre que se preciara sabía emplear con sabiduría:-” El novio de mi hija es “bancario”; ya lo “ascendieron”, comentaba en el almacén del barrio la afortunada, frente a todas las otras verdes de envidia.  En nuestras ciudades, la Paz y las Piedras,  había múltiples formas de llegar a  los jóvenes“bancarios”. Una muy usual eran los cumpleaños de quince. No hay que olvidar que en los pueblos nos conocíamos todos y sabíamos quién cumplía y cuanto le faltaba a la hija de fulano o mengano para llegar. Así éramos catalogadas: “la hija de”. Ese “hija de”  –en general- se designaba por la profesión, oficio o empleo que tuvieran los  padres: la hija del carnicero Ramírez; la hija del bodeguero Burastero,  la hija del almacenero Coitiño, la hija de la modista Chichita,  la hija mayor del colchonero Segovia (yo, la única -en ese entonces- que iba al liceo).
Otra forma de llegar a “la presentación” de “la hija de” con el “bancario” eran los bailes, que eran toda una institución. Se llevaban a cabo en los clubes,  y había  que ir “bien vestidas”. Es decir, con vestidos de baile- no de calle-  La mayoría de nosotras, me  refiero a las pobretonas, teníamos algún vestidito de popelina reservado para la ocasión y el de los quince que se reformaba cuantas veces fuera necesario para que en todas las ocasiones pareciera como nuevo. Yo tenía a mi favor-felizmente- dos ventajas: mi madrina partera sabía coser y me hacía unos vestidos preciosos, recuerdo uno rojo, como las rosas, sensacionalmente ajustado al cuerpo, con el que yo pensaba que causaba sensación-al menos cuando entraba las veteranas palidecían, vaya una a saber porqué-;  y-la segunda y no menor ventaja-  era que había sido elegida  “Miss Primavera” de mi clase. (Nada más que de mi clase, porque en el concurso oficial en el club Solís únicamente conseguí una coronita de lata, de Miss Simpatía o Miss Fotografía- ya ni me acuerdo- que fue una especie de premio consuelo. Fue elegida como Miss Primavera “general”  una rubia del último año, que tenía unas caderas y unas tetas como las de Brigitte Bardot.
(¡Juro que es verdad y que no es  ningún sarcasmo!).
Pero no necesité ni mi prestigio de Miss Primavera ni mi sinuoso vestido rojo para ganarme al “bancario” Stanley. En las primeras clases ya noté su insistente mirada, y una noche, a la salida, en forma totalmente natural,   me acompañó hasta la estación de tren, porque yo vivía en La Paz.  Deliberadamente, elegí ir hasta la estación de tren,-una siempre se las ingenia cuando quiere- para poder caminar y charlar durante más cuadras. La parada del ómnibus era en la plaza, demasiado cerca del liceo. También supe después, que él, –inteligentemente- había dejado la motito en su casa. Intuyó que yo no iba a “subir a una moto” en una primera instancia. Después sí. La Zanellita fue una gran compinche de nuestro romance. La relación  se prolongó y se consolidó para gran consternación de más de  una “aspirante” (madre e hija) que se quedaron con un palmo de narices. Ya no necesité más ir a los bailes con las vecinas. “Oficialmente”-con permiso conseguido a puro coraje-  me llevaba  él.  Yo iba muy oronda con mi vestido rosado de talle bajo.
Fueron gratos momentos, como son hermosas las flores de mi rosal, o como mi modesto malvón –del mismo color que mi vestido de talle bajo-.