lunes, 25 de marzo de 2013

ABONADA PRIMERIZA

Respaldos para "asentar reales"

Este año, emulando a la  “vieja dama indigna” de Berltold Brech, me compré un abono para asistir al concurso de carnaval en el teatro de verano Ramón Collazo. Como siempre que se ingresa a “otro mundo”, hay que ubicarse y aprender a caminar despacito por las piedras. Concurrí durante más de  un mes, porque las suspensiones por clima inhóspito alargaron extraordinariamente  las funciones. El  10 de marzo  de 2013, se hizo la última “Rueda de Ganadores”. Ver  la primera y la segunda rueda,  fue una experiencia inolvidable porque siempre que un espectáculo se ve más de una vez, parece diferente: le han agregado o suprimido algo, le cambiaron o renovaron el vestuario o la escenografía o el maquillaje  y también el espectador “se pone” otros ojos para mirar. El lugar lo ubiqué  sin dificultades. Las filas y los asientos tienen su correspondiente número. Indudablemente desde el punto de vista visual el mejor lugar es el central - señalado con la letra “B”-. Por suerte, el lugar que me vendieron era bueno. (Me lo mostraron en un impreso que me dieron para elegir  entre los que aún no estaban vendidos, pero la  bondad únicamente se aprecia después  de estar en el lugar asignado.)
También comprobé que era ventajoso desde todo punto de vista ir temprano,  porque  como buen sapo de otro pozo mientras no comenzaba la función me podía dedicar  a observar. La música que me recibía era “Corazón espinado” de  Carlos Santana. Me hacía acordar a las “tibias nochecitas de febrero”-como decía alguna letra-, en la  casa de mi tía, en la calle Chacabuco, desde donde se oía  la música del Club Dublín que quedaba en la esquina.
Los abonados antiguos  tienen establecidas sus formas de sociabilidad. Se  conocen, se saludan, traen a sus niños, usan respaldos y almohadones- que les sirven para “asentar sus reales”-, traen vituallas. Muchos con matera, termo y mate. Antes y después de cada actuación forman pequeños  grupos entusiastas en los pasillos o en el medio de las filas, fuman bastante-tanto hombres como mujeres- y hacen comentarios. Algunos vienen de lejos todas las noches. Se conocen con los comentaristas/periodistas de carnaval, y, los “liguilleros” o sea los que tienen el abono de la liguilla- selección final- tienen un trato más cercano con ellos, lo cual no es una casualidad. Una señora que se sentaba atrás me dijo que hacía 22 años que era abonada, y que había abonados aún más antiguos. Al principio, me trataban de “usted”. Después de la primera semana, cuando vieron que también iba todos los días, empezaron a tutearme. Los abonados liguilleros- es decir los que únicamente sacan  el abono de la final- mantenían los mismos códigos y se reconocían entre sí también, pero mostraban-como ya lo expresé- más cercanía con los comentaristas. Una de las abonadas me señaló el lugar donde conseguir el “Momodiario”- el diario con las noticias de la jornada a llevarse a cabo- para leer durante la espera entre espectáculo y espectáculo. Son interesantes y coleccionables.
Ser abonada primeriza fue una experiencia singular. Tanto que ya me anoté en un abono del SODRE. Ya les contaré.


Abonados antiguos leyendo su Momodiario


Un Momodiario


jueves, 14 de marzo de 2013

CAROLINA


 

CAROLINA ESCUDERO CON "PICHONAS"


“A veces, escribir es como cantar, dulcifica las tristezas.
Otras veces es como una confidencia, que alivia las amarguras. Por eso escribimos.
Julio César Puppo (El Hachero)

En el país,  corría la década del setenta del siglo pasado, una de las más horripilantes porque la dictadura se hizo presente y no se fue por muchos  años. Como éramos jóvenes decidimos retomar los  estudios. Habíamos abandonado en  lo que en aquella época se llamaba: “Preparatorios”, popularmente conocido por “El colador de los burros”: los dos últimos años de la Secundaria con significativas exigencias. Volvimos al liceo, ya casados,  y lo concluimos al final de 1973. Como no era nada fácil dar libres las materias que nos faltaban, nos inscribimos y las recursamos. 1973. De sólo pensar en ese año me estremezco. Si bien ya hacía años que pasábamos mal, ese período  fue siniestro, porque  se agudizó el problema político. Ser joven era un delito, y ¡nosotros  éramos dos jóvenes! De todas maneras nos empeñamos y en 1974 comenzamos las carreras universitarias, mi esposo enfiló para Derecho y Ciencias Sociales y  yo para Letras- en un Instituto privado porque el público estaba cerrado a cal y canto, y cuando lo reabrieron, ya no era  ni la sombra de lo que había sido-. Ese primer año, lo cursé completo. Trabajaba con un horario de 6 a 14 horas y concurría a las clases después de las 17.00, pero el segundo año ya no pude. Tampoco podía dejar de trabajar, porque  con un salario pagábamos el alquiler y con el otro, la comida la luz y el agua. Nada más. Tampoco había mucho más. En el Instituto no me iba mal. Estudiaba y preparaba los escritos en los fines de semana y en las vacaciones. En el segundo año, ya con más exigencias laborales, decidí partir el año en dos. Cursé y rendí las materias más arduas y dejé para el  año siguiente otras menos exigentes. Así fui a dar a las clases de Gramática y Didáctica,  que enseñaba Carolina Escudero. La profesora que había tenido en el primer año,  usaba pura y exclusivamente la gramática “CURSO SUPERIOR DE GRAMÁTICA ESPAÑOLA”  de Samuel  Gili Gaya. Carolina no. Todos los días aparecía con un texto nuevo, o con un artículo electrizante que nos dejaba los ojos como  dos de oro. No había Internet. Estábamos muy lejos de ese fenómeno que se llama Google que da toda la información apenas le ponemos una frase. No. La información había que buscarla en  las bibliotecas- en mi caso, iba a la del Instituto o a la Biblioteca Nacional- donde me pasaba muchas horas estudiando y tomando apuntes-“manuales”- (los libros no se prestaban a domicilio). Carolina enseñaba Gramática y además  Didáctica, es decir, cómo enseñarla. Teníamos que preparar cada unidad, con un absoluto detallismo: qué lectura se iba a proponer, qué y cómo  se iba a preguntar, (sí; escribíamos las preguntas y aventurábamos las posibles respuestas-“si pregunto así lo más probable es que me responda asá” y así sucesivamente) qué ejemplos iba a sugerir para analizar y –siempre- había que terminar la clase con “un broche de oro”- como decía ella. Lo cierto es que mis primeras clases prácticas  fueron bastante bochornosas; en el papel me salían interesantísimas, en la práctica, los chiquilines me contestaban cualquier barrabasada y yo no tenía ni idea de  cómo salir de los atolladeros. En gramática me iba bien, en las clases prácticas no. Por lo tanto, Carolina decidió que ya era hora de que yo fuera a su casa a preparar las unidades que me faltaban. Una por una.
Es de destacar que yo fui parte de uno de los grupos que  a fin de año, debía entregar una carpeta con todas las unidades preparadas de pe a pa. Todas. Sin omitir ni un tilde, ni una coma, ni una nada. Empecé a ir a la casa de Carolina. En esos arduos tiempos ella  estaba viviendo  en un apartamento céntrico donde cuidaba a su mamá-  ya muy anciana- que le daba un trabajo extraordinario con sus desvaríos- pero ella la atendía, y me atendía, simultáneamente, sin perderse ni mis zozobras gramaticales, ni las extrañas aseveraciones de la madre. Nos contestaba a cada una lo que  nos correspondía. Y no se equivocaba.
-“No les des las respuestas a los alumnos”- me decía. –“Tienes que jugar con los chicos, ellos tienen que deducirlas. No les digas -esto es un adverbio-, deja que descubran las características: que es invariable, que modifica a un verbo, que modifica a un adjetivo y a otro adverbio, después que se den cuenta de  todo eso, entonces les puedes decir: esta palabra invariable, que hace esto y lo otro y lo otro, se llama “adverbio”. “-Sí mamá, ya te doy la banana pisada con miel”. “Sí mamá, te quiero mucho”. Y con infinita paciencia con su madre y conmigo, le contestaba a ella, y a mí  me seguía dando indicaciones para sacarme adelante.

Después que obtuve  el título de Licenciada, -ya convertida en una “caroliniana” absoluta-,  (1982) siempre seguimos en contacto. No se perdía nada. En la Academia de Letras un día le  llegó  la Revista de la Biblioteca Nacional donde me habían publicado un artículo sobre crónica costumbrista. Me llamó. Me senté en el banquito “telefonero” a esperar su veredicto. Volví a sentirme como una colegiala. –“No está mal”. Me dijo finalmente- y yo respiré hondo. –“Pero hay mucho para profundizar.” Y sí hay  aún mucho para investigar y  profundizar en crónica costumbrista y en cultura popular. Todo. Si salía un nuevo diccionario, o gramática, o lo que fuera interesante en lenguaje nos llamaba  a sus “pichonas”-que ya éramos, por supuesto, unos vejestorios-  y nos indicaba dónde y cómo comprar esas novedades en la forma más ventajosa. Finalmente, me jubilé en el año 2006. En el 2009, recibí un llamado suyo. “Salió la NUEVA GRAMÁTICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA. Tienes que comprártela. Fulanito la ofrece en x cuotas a un precio muy conveniente”. Yo la escuchaba ya  sentada en mi banquito  porque las conversaciones con ella eran de por lo menos una hora. –“Carolina, hace 3 años que me jubilé- le dije en  una pausa- “¿Y eso qué tiene que ver, pichona? ¿Acaso porque te jubilaste  vas a dejar de estudiar?”
 Aquí tengo a mi lado la famosa gramática. Hace 7 años que me jubilé. Gracias al tesón de Carolina,  sigo investigando y estudiando.
En su época del  Instituto, los  exámenes de Gramática que proponía  eran fuera de serie. Paradojalmente, en contra de todos los otros docentes, que no dejaban usar  nada más que una lapicera o un lápiz con goma, más la hoja de prueba, ella  nos dejaba usar todo. Podíamos llevar diccionarios, gramáticas, artículos. Lo que quisiéramos. Menos los apuntes de su  clase porque “eran muy feos”. Mientras nosotros la esperábamos comiéndonos las uñas, ella llegaba con su parsimonia y gran sonrisa habitual. “Encontré un  hermoso texto de Rulfo”-nos informaba- y lo repartía sin perder la sonrisa. No había ninguna gramática, ningún diccionario especializado,  ningún artículo, ningún texto, que nos diera exactas pistas para analizar el maldito texto de Rulfo porque era “inanalizable”. Finalmente, después de las 3 horas reglamentarias que habíamos tenido para resolver el dilema, recogía los escritos y se retiraba.  Pensábamos que todos habíamos perdido lastimosamente la prueba. A la clase siguiente, venía con los escritos corregidos y su gran sonrisa- que no la abandonaba jamás-. Pasábamos uno por uno a su escritorio a conversar sobre porqué sí o porqué no tal o cual solución, tal o cual sujeto, tal o cual complemento. –“¿Gili Gaya? No. Gili Gaya, no, en este caso, no. –“¿Andrés Bello? -“¿No es un tanto “anticuado”, Carola?”. - “¿Te parece que no se debe estudiar más?” -acotaba ella.  –“Acuérdate de las palabras de Luis Juan Piccardo- y lo leía-: “Cuando uno piensa en los progresos que ha hecho la ciencia del lenguaje… si algo extraña es que quede tanto en pie de la obra de Bello. El hecho de que se le sigan acotando rectificaciones y enmiendas, en vez de sumirla en el olvido, nos habla a las claras de ciertas cualidades insuperables.” -“¿Alarcos Llorach?” -“Quizás sí, pero  para este fragmento”. -“¿Predicativo? ¿Copulativo?” Sudábamos tinta. Después que dábamos todas las explicaciones correspondientes-aunque ella no estuviera de acuerdo con nuestro precario análisis-, si habíamos sabido defender la postura que habíamos adoptado, nos decía:- “muy bien; podías haber hecho esto o esto otro, pero lo más importante es que razonaste bien. Aprobada con 5/6. Y a una le venían unas enormísimas  ganas de comérsela a besos.
Era tan exigente como afectuosa. Yo la invité varias veces a seminarios y conferencias que se daban en el UAS. Me gustaba presentarla  como “mi mamá gramatical”. Ella me miraba sorprendida y me decía: -“¿Nada más que gramatical?” Había tenido cinco hijos. ¿Qué le hacía un pelo más al conejo?
El año pasado, a mediados de año,  aceptó que la fuéramos a visitar con otra “pichona” colega. Ya prácticamente, no salía  de su casa. Nosotras lo supimos en sus  conversaciones telefónicas y quisimos brindarle nuestro afecto. Nos recibió rodeada del mundo tierno de las fotos de su juventud y de sus familiares. Estaba más chiquita, pero aún empequeñecida, seguía siendo nuestra Carola de siempre. Conversamos unos minutos. Le conté sobre  el imposible texto de Rulfo que nos había dado para analizar en aquel lejano examen. Y se quedó rememorándolo -sonriente, siempre muy sonriente- entonces con una de sus ocurrencias geniales nos dijo:
-“¡Pero, las saqué buenas! ¿No?”
En el  mes de enero 2013 se nos fue.
Una de sus “pichonas”  me escribió: “Muy triste me dejó la noticia. Un baluarte la Carola. Nos  hizo amar la aridez de la Gramática y nos  dio método y sistematización para estudiarla.”
Gracias, Carola, por todo lo que nos diste a manos llenas.
 Yo te  pondría un epitafio de tango: “No habrá ninguna igual, no habrá ninguna”.





lunes, 4 de febrero de 2013

LA EXPERIENCIA DEL DOLOR

El libro de autoayuda de Pilar Sordo
En este mes de febrero 2013, en el club de lectores de Rosa Montero, comentaremos  el libro Instrucciones para salvar el mundo.  Me ha causado mucha gracia cuando en alguna entrevista le preguntan a Rosa si escribió un libro de “autoayuda”. En realidad es una novela  de esas que se comienzan y literalmente se “comen”, pero el título quizás  induce a pensar que podría ser uno de esos tantos libros que se escriben con la finalidad específica de ayudar a superar crisis personales. En  esa categoría, se podrían inscribir los que ha escrito la psicóloga chilena Pilar Sordo. Su libro  ¡Viva la diferencia!  la catapultó a la fama. Hace poco  publicó otro  libro largamente anunciado: Bienvenido dolor donde  después de una investigación sobre la felicidad, brinda ideas para aprender a situarse frente a las circunstancias dolorosas.  “La llegada del dolor es inevitable-manifiesta- pero la elección por el sufrimiento depende enteramente de nosotros.”
Con su personal sello humorístico,  nos plantea-por ejemplo-  al personaje del cual hay que huir lo más raudamente posible: “el anticipador de desgracias”. En el cursillo El arte de vivir,  lo llamaban el “pinchaglobos”; y el consejo que daban era: “No le pinches el globo a nadie, apoyar el entusiasmo es apoyar la vida.” Se trata de esa infaltable “persona” que cuando le planteamos algo, no encuentra mejor cosa que  mortificarnos. Pilar pone  varios ejemplos, transcribo el que me parece  uno de los más contundentes ya que todas las mujeres que han pasado por esta situación la reconocen de inmediato:
“Extrañamente, cuando una mujer está embarazada es cuando peores noticias recibe sobre embarazos malos y partos complicados. Nunca falta una “amiga” que en forma cariñosa empieza a contarnos que “la Gloria tuvo el bebé con el cordón umbilical enrollado, casi se muere, la presión la tuvo en veinticinco, el bebé nació porque Dios es grande, pero tú te has sentido bien, ¿cierto?”
Todos conocemos  “pinchaglobos” ¿verdad?  
A mí me quedó en la memoria una especial “anticipadora de desgracias”.  Hace años, en plena crisis bancaria, decidimos “cambiar la pisada”- como se dice afuera- y “mudar los aires” con un auto nuevo. Significaba “tirar la casa por la ventana” en una  época de total incertidumbre. En ese desparramo económico era una completa locura, pero nos dimos el gusto.  Yo todavía trabajaba y mi esposo,- que había quedado cesante a raíz de tal crisis-, me iba a buscar todos los días al colegio. Allí apareció la “pinchaglobos” que apenas vio el nuevo auto manifestó: “¡Ay, disfrútenlo antes de que se lo escrachen  en la calle!” ¿Verdad que conocen personas así y que abundan más de lo que uno cree?
En octubre del año pasado, aconsejada por familiares y amigos que tenían la  intención de ayudarme a superar el duelo por la muerte de mi esposo, asistí a uno de los cursillos  de “El arte de vivir”. La convocatoria fue tan masiva que nos anotamos más de doscientas personas. Por ese motivo, el curso se tuvo que dar en el hotel Sheraton y no en el instituto que tiene la ONG en Punta Carretas. En un principio me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que concurrió.  Ese hecho me llevó a pensar que  hay muchas personas que necesitan bajar el estrés o al menos, que están necesitando de una u otra manera cierta ayuda terapéutica. Los descreídos de siempre han criticado al  cursillo y lo que enseña. “Las técnicas de respiración”, por ejemplo han sido escarnecidas hasta el cansancio. Es cierto que todos-cuando estamos sanos- inhalamos y exhalamos, -es decir, respiramos- como jocosamente dice algún cronista. Pero también es irrefutable que los que hemos tenido que  presenciar y acompañar a alguien muy querido que se está muriendo en “internación domiciliaria”-  espeluznante “invento” de la asistencia médica actual- y que  lo hemos visto padecer-con un horroroso sentimiento de impotencia-“luchando” por  poder respirar, es decir inhalar y exhalar- sin conciencia y sin poder lograrlo, valoramos muchísimo esa función porque cuando cesa,  se nos lleva  la vida de ese ser que adoramos.
Yo no sé si Sri Sri Ravi Shankar es un charlatán como tantos otros supuestos “predicadores”, de la unidad, de la paz, de la alegría y del amor. Lo que sí sé es que el año pasado, sin ser devota de ninguna fe religiosa en particular y sintiendo horrorosamente la ausencia de mi esposo, a mí no me quedaban más ganas de vivir. En el cursillo, compartí vivencias muy fuertes  con otras personas-entre ellas, mi “angelito” Loreley-  y eso me ayudó a tratar de seguir en la ruta.  Respirando mientras pueda.

Volviendo a “Bienvenido dolor”, -el libro de “la Pili”-, lo  leí y seguí con interés,  y hasta le hice “cariñitos” subrayándolo  y anotándolo por todos lados,-como hago generalmente con mis libros- pero les debo confesar que  desde el punto de vista sintáctico el exceso repetitivo de los “debiera” me entorpeció la lectura. No sé si es un “chilenismo” o contagio de la oralidad,  o  falta de edición, o las tres cosas juntas, pero –honestamente- me importunó bastante la comprensión textual.
De todos modos, creo que es un libro de autoayuda  recomendable para los que estén transitando por situaciones límites, como puede ser una enfermedad grave, un shock emocional,  o la muerte  de un ser querido.  Las  cuatro etapas del duelo que ella señala: el shock, la rabia, la pena, y la reconciliación están muy bien explicadas:
“Uno puede pasar por las cuatro en un día y eso es tan normal como quedarse pegado por un rato en algunas de ellas o sentir que uno avanzó de una etapa a la otra y que por algo que pasa se vuelve a retroceder a la que se suponía era la etapa anterior. No hay reglas ni secuencias teóricas, sino individuos e historias que deben respetarse.”
También señala verdades irrefutables, como por ejemplo, que para evaluar un duelo es necesario que haya transcurrido un año entero debido a que hay que pasar por todas las celebraciones o fechas importantes que se compartieron con el que ya no está más. Es habitual que las amistades y parientes-en su afán de ayudarnos- nos estén “apremiando” para que “acortemos” el tiempo del duelo. ”-Bueno, ya está- me dijeron alguna vez a mí- hablá de otra cosa, da vuelta la página”- Lo cual lleva a que una se tenga que “comer” el dolor en soledad y en silencio, para no molestar. Tampoco falta alguno que cuando nos ve llorar- le pasó a ella y a mí también- nos comente que si manifestamos nuestro dolor por medio de las lágrimas “no  dejamos descansar al pobrecito que se fue”. Pilar no dice qué le contestó a la persona que le hizo ese comentario. Yo tampoco –por respeto- les voy a decir qué contesté, pero estoy segura de que -los que me conocen- se lo podrán imaginar sin lugar a dudas.
La mayoría de lo que asevera Pilar Sordo no es nada  nuevo pero no está mal, recordarlo,- en el sentido etimológico de “volverlo a pasar por el corazón”-, para que nos ayude a lograr cierta-nunca completa, desde ya lo afirmo- recuperación.
Sin embargo, de todos  los libros que he leído sobre este tema- y créanme que he leído unos cuantos- el más conmovedor –y que aún me sigue emocionando- es  El hombre en busca de sentido de Viktor E. Frankl. Sobre todo la  primera parte Un psicólogo en un campo de concentración, es imposible leerla sin conmoverse. Está centrada en la experiencia del dolor y en la búsqueda de la manera de sobrevivir a toda la podredumbre, encontrando-aunque sea mínimamente- un sentido, un propósito, un aliento, una ilusión para seguir adelante.
Frankl nos dice que hay que encontrar ese sentido que tiene la vida pese a todos los fracasos, los sufrimientos y las pérdidas lacerantes. Él aprendió a lidiar con su dolor y  con el dolor de los demás para elaborar su teoría filosófica: la logoterapia. Desde este punto de vista, no venimos al mundo en vano. Todas las vidas tienen sentido, por eso, debemos centrarnos  en su concreción. Se dice que el dolor ayuda a crecer porque cuando nos golpea, nos despierta y nos saca del letargo. Es probable, pero hay que aprender a “colocarlo”. El hombre en busca de sentido es-además- un libro poético, de increíble belleza expresiva. Vale la pena leerlo para reflexionar. Vaya una muestra nada más, de la sublime expresión de los sentimientos de este psiquiatra sobreviviente del horror:
El capítulo de donde extraje este fragmento se llama:
Cuando todo se ha perdido:
De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar  el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado mayor de los secretos que  la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad-aunque sea sólo momentáneamente- si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente-con dignidad-ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el significado de las palabras: “Los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita.”
¡Maravilla expresiva!
Yo también lloré y sigo llorando por los mismos motivos que Pilar Sordo:
“Yo lloro por mí, porque lo echo de menos, porque me falta tocarlo, olerlo, escuchar su voz, porque quiero compartir con él o con ella tal o cual experiencia. La verdad es que la pena del duelo es una pena egoísta- en el buen sentido de la palabra- que necesita ser caminada para  transmutar hacia un estado distinto.”
Sí, Pilar, tenés razón. Pero también tiene razón el Dr. Frankl. Todos los seres humanos-en circunstancias adversas  sobre todo-, debemos buscar y encontrarle sentido a nuestras vidas; para él fue  la reescritura del manuscrito que le arrebataron los nazis; nada más y nada menos que los fundamentos de su teoría: la logoterapia. ¿Cuál es el sentido de mi vida en este momento? Quizás sea éste: ir “tirando” palabras que que voy hilando de acuerdo a mis sentimientos y que se van llenando de nuevos significados a medida que son leídas. ¿A quién llegarán en estas nuevas y misteriosas formas de comunicación? A mí me gustaría que “tocaran”-positivamente- a otros seres humanos que estén buscando también significados que no son ni únicos  ni “para toda la vida”- simplemente hay que ir reconociéndolos a medida que vamos transitando el camino. No tienen porqué ser ni  rimbombantes ni pomposos, pero sí  muy motivadores como para que todos los días nos desperecemos con ganas y nos levantemos con buen ánimo, agradeciendo el milagro de  la vida y la salud, en un día de sol.





martes, 29 de enero de 2013

Carnaval en el Ramón Collazo

Comparsa Integración
Ayer lunes 28 de enero de 2013 comenzó el concurso de Carnaval en el Teatro de Verano Ramón Collazo. Todo un acontecimiento nacional. Fue un muy buen comienzo con mucho público y muy buenos espectáculos. Se destacaron las murgas FUGATA Y TUCA y CAYÓ LA CABRA.
Como tenía una buena ubicación, pude sacar fotos  que no son buenas porque yo sea buena sino porque estaba cerca del escenario. Lógicamente en algunas fotos me salieron las cabezas de los espectadores delanteros. Espero mejorar en futuras incursiones. La repetición es un buen método de aprendizaje para los veteranos.


Lo mejor de humoristas C4: Cucusú BEBE ( del verbo BEBER, claro)
 Lo mejor de los humoristas  fue el impagable Cucusú, que sabe  cómo  hacer reír al público. En la foto está en plena actuación, explicando que no es un "bebé". Al espectáculo quizás le falte más  de  eso que llaman el "hilo conductor" porque si bien lo tiene en algunos momentos se "deshilvana" y por lo que pude oír a mi alrededor muchos se pierden- ellos que siguen como si nada-.
CAYÓ LA CABRA con muy buena actuación
 Lo más atractivo  del carnaval-para mí- son los espectáculos murgueros. CAYÓ LA CABRA,  dio una actuación estupenda conducida con mucho humor, buen coro, buenos argumentos, se ve con agrado  de principio a fin.
Otra murga que dio un excelente espectáculo  FOGATA Y TUCA

La murga FOGATA Y TUCA, tuvo una excelente actuación, con voces estupendas, "se les entiende todo" (tanto a ellos como a los de CAYÓ LA CABRA).
Finalmente puedo decir que hubo un buen comienzo.
Yo lamenté dos aspectos: cada vez que salí de mi lugar, al volver lo encontré "ocupado" por alguien. Tenía que decirle que el asiento X de la fila X  era el mío. El susodicho se retiraba  pero, evidentemente molesto. La segunda, es que -desgraciadamente para mí-  tenía en los asientos delanteros  muchos fumadores empedernidos   con los cuales tuve que compartir el pucho-de mi parte, llorando- ¡Lástima! ¿No? Ya sé que el  teatro es "al aire libre", pero como el humo se propaga por donde se le da la gana,  sería buenísimo que fumaran menos.

sábado, 12 de enero de 2013

OTRO BASTIÓN QUE SE NOS VA

El antiguo cine Trocadero convertido
La estatua de la Libertad ¡No la vendan ni la saquen de ahí, por favor!

Antiguo cine Trocadero en su esplendor.  Foto tomada de Internet-  del CdF-


No es la primera vez que escribo sobre este tema, y ya los que me leen saben que no es porque “esté en contra del progreso” o porque esté “amargada”. La venta del  hermoso edificio del Plaza,  para los nuevos  fines que se le proponen, simplemente no anuncia  ningún tipo de  “progreso”. Lo que sí advierte-en forma muy lamentable- es sobre  la pobreza espiritual que padecemos para que tantas iglesias y sectas se nos instalen, y  nos vengan a dar sus estentóreos sermones comprando edificios que no deberían venderse de ninguna manera. Ya perdimos varios: entre ellos el hermoso cine Trocadero.
A pocos metros del Plaza, está emplazada  la  estatua de la Libertad- llamada así por todos los uruguayos-, aunque también fue cambiando de nombre, según épocas y circunstancias, primero fue “De la Concordia”, después “ De la Paz” y –desde que me conozco, por lo menos- la “Estatua de la Libertad”. Cuando yo era niña le decía “la señora del paraguas”- porque eso era lo que me parecía que tenía en su mano izquierda. Mi madre me corrigió el error y me informó que  no era un paraguas, sino  una bandera, y- que en la mano derecha llevaba una espada-.  Evidentemente se necesitan “armas” para defender la libertad.   ¡Marca el kilómetro “cero” de las carreteras nacionales! ¡No la vendan! ¡Por favor!

 ¡Jesús tendría que echar  –nuevamente- a muchísimos más mercaderes de los templos! El Plaza, será un baluarte más que pierde Montevideo, en un panorama desalentador desde todo punto de vista. Hay edificios,-como éste- que son  lugares emblemáticos de la ciudad que no deberían ni venderse, ni enajenarse, y –además- deberían  regularse para ser utilizados para lo que fueron creados y no, para los fines  de los que  tienen suficiente dinero para comprarlos.  En los  tiempos que corren, donde hay dinero, la gente, vende. No importa qué ni para qué  pero vende. El Cine y Teatro Plaza, creo que era uno de los muy pocos que iba quedando sin ser “enajenado” como propiedad de iglesias de pomposos nombres.
“¿Pararemos de sufrir?”  “¿Dios será amor?”




Cine y teatro Plaza   Tomé esta foto  el 12 de enero de 2013


martes, 1 de enero de 2013

CAMINANDO POR EL "RRIOBA"

Frente del "Castillo Pitamiglio" "apretado" entre edificios.
Ya manifesté mi desagrado ante el consumismo que se desata por estas fechas. Parece que la mayoría de los seres humanos opta por disimular sus carencias comprando mucha comida, mucha bebida, muchos cohetes- terror de las actualmente llamadas “mascotas”, -pobres bichos inocentes sometidos  a nuestras bárbaras costumbres intoxicados  con  valium para que no se mueran del susto- y muchos regalos. ¡Regalos!  No te veo en todo el año, no me preocupa en lo más mínimo ni tu salud ni tu estado de ánimo, pero ah, ¡vamos! ¡Llegaron las fiestas! ¡Opa, opa, opa!  ¡Celebremos!, ¡Comprémosle un regalito a la vieja maldita que nos tocó por suegra, o a la cuñadita ídem y saludémoslas con un  besito falluto  aunque más no sea por facebook!   ¿Y a los otros? ¿A los hijos? ¿A los nietos? ¿A los sobrinos? ¿A Menganito? ¿A Perenganito?  ¡Compremos, compremos y compremos!  ¡Y llevemos, llevemos y llevemos!
Así llegué yo también, huyéndole al consumismo y a los festejos que se suscitan en estas fechas. Yo no puedo celebrar la Navidad.  Mi esposo cumplía años  el 25 de diciembre. Me resulta absolutamente imposible sacar ánimos para celebrar esta fecha sin él. Para colmo de males, este año 2012, falleció una de mis mejores amigas, con ella y su esposo solíamos pasar reunidos tranquilamente alguna de estas fiestas. Trato de no ser grosera con el que me llama o con el que me saluda, porque estimo que lo hace con la mejor de las  intenciones. Muchos son  personas mayores que acostumbraban a salir “por el barrio”, pasadas las doce a saludar a los vecinos y mantienen la cordial costumbre de antaño.
Pero, –este año al menos- decidí que el 31 de diciembre iba a retomar la sana costumbre de caminar. Hacía tiempo que no lo hacía y ¡los médicos insisten tanto! ¿No? Así que empecé. Me levanté temprano. Mi  “equipo” me esperaba ya pronto: pantalones cortos, musculosa, repelente contra insectos, bloqueador solar, gorro, lentes de sol. La macana es que me olvidé totalmente de mi condición de cronopio absoluto: cuando salí a la calle me abrasó un calor agobiante. Entre “pitos y flautas”- expresión que sirve para indicar que se perdió tiempo al “santo botón”- se habían hecho más de las 9 de la mañana. Como estoy más pálida que una mujer del 900,  me había puesto bloqueador solar hasta en el pelo; y-cronopio total- decidí que iba a caminar 45 minutos por la rambla y después iba a volver “buscando la sombrita”.  ¿”Buscando la  sombrita”? ¿Qué sombrita?   Evidentemente me olvidé de que en verano, y a las 9.30 de la mañana por Punta Carretas y Pocitos es imposible encontrar “sombrita”. Y. además, como cronopio total que soy, ni siquiera había llevado mi botellita de agua mineral, por lo cual la “subida”-¡sí hay que subir, señores!, yo vivo en  una de los “lomas” de Punta Carretas, llegar a la rambla es una pasadita, pero… ¡volver no! Volver es un  vía crucis. Hice un “paréntesis” en la rambla, me senté –con la lengua de afuera- frente al Castillo Pitamiglio, con su réplica de la Victoria de Samotracia y “emparedado” entre edificios como un antiguo “sándwich” - y le saqué una foto para que lo vieran mis amigos de otros países. Mientras tanto, juntaba coraje para emprender “la subida” por 21 de Septiembre (mes al que la incoherente RAE le puso la “p” de nuevo, pero que en la calle dice “Setiembre” nomás, como lo escribimos por acá durante años-)  Ya que estaba di la vuelta por la calle Vidal para tomar una foto del otro lado del Castillo-donde está el restaurante Montecristo- .
El castillo Pitamiglio del lado de la calle Vidal Restaurante-Museo Montecristo

 Después no me quedaron más excusas y emprendí la “ascensión”. El sol caía a pico. Me sentía como supongo que se sentiría Horacio Quiroga cuando escribió el comienzo  del  cuento “El hijo"  y anotó: “Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación". Parafraseándolo y -economizando adjetivos  como me enseñó él en su decálogo-  yo podría haber escrito: ” Era un poderoso día de sol en Montevideo".¡Madre mía!  ¡Qué calor! ¡Santo Cielo! ¡Qué solazo! ¡No podría encontrar un adjetivo mejor que el "poderoso" de Quiroga!  Mientras la musculosa se me pegaba a la piel, mis championes sacaban chispas en el asfalto. Demás está decir que pese a la precaución del bloqueador solar mi piel se achicharró completamente. Cuando ya casi había llegado a  la calle Ellauri-cerca de la salvación porque después apenas me quedaría una cuadra más para subir- encontré este comercio y me acordé de Rouse. De inmediato pensé: “mirá vos, las margaritas que nos manda todos los días llegaron hasta acá”.
Indudablemente Rouse anduvo por acá y dejó "las margaritas"

Las peripecias no terminaron ahí. En casa,  después de una buena ducha y un largo vaso de pomelo, me senté a leer un rato. Sonó el teléfono fijo,- -no tengo inalámbrico-probablemente me quería saludar alguno de esos amigos tradicionales que mantienen la costumbre-. El teléfono siguió sonando porque no pude llegar hasta él. Un lacerante dolor en la rodilla izquierda me mantuvo prácticamente atada  a las paredes. Pude llegar cuando ya el contestador había largado su perorata. No supe quién llamó porque aunque tengo captor él “capta” lo que se le canta. Nunca lo que debe. Sabe-perfectamente- que está “de servicio” en una casa de cronopio. Y a  los cronopios les ocurren  cosas así todos los días. ¿No verdad, Cortázar? Buenas salenas, cronopio, cronopio, cronopio.

lunes, 24 de diciembre de 2012

EL TANGO DE DON ARTURO

"EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA"  de don Arturo. La de la foto es Grace Kelly





















“Oblata ocassione vel iustus perit” 
“Si se le presenta la ocasión hasta el justo peca”.
“La ocasión hace al ladrón”.

La última novela de don Arturo Pérez Reverte, se ha metido ni nada más ni nada menos que con el “tango argentino”- así nombrado varias veces en la obra- con la creación de un personaje que es una mezcla extraña de compadrito a la violeta, chulo español, gigoló  y quién sabe cuántas más definiciones le podrían caber. Para mí, es- sin lugar a dudas- un pícaro redomado, al  estilo al que  Don Reverte nos tiene acostumbrados, con muchas mañas que se manifiestan de diferentes maneras a través de los años, pero, ambientado en el siglo XX. A Max, Costa, lo conocemos joven, en 1928, como un “bailarín mundano”,  en un transatlántico, dedicado a “variar” jóvenes y no tan jóvenes en las danzas de moda, y, “de paso, cañazo”, si la ocasión lo amerita, hacer algún buen negocio para vivir mejor. No en vano, las mujeres con guita abordaban los transatlánticos para desempolvar amarguras y sacar a relucir –todavía- alguna que otra atractiva joya tentadora. En una estructura alternada muy bien manejada- como corresponde a un escritor avezado que sabe lo que hace y cómo lo hace-, vamos conociendo al “guapo embustero” en cuestión, en tres etapas de su vida: joven de 26 años, nueve años después (35),- con las mañas más finamente acentuadas- y,- finalmente- ya sexagenario, en la ingrata “tercera edad” con el cabello cano, kilos de más y aquejado de reuma, pero aún haciendo honor al dicho de que “el zorro pierde el pelo, pero no las mañas”.  Ya no tiene la agilidad de antaño, ni para bailar ni para nada, sin embargo, el último encuentro con la percanta, tratado como el de de un par de  abuelitos que se acuestan a hacerse mutuamente “pat pat” ya sin ningún fuego encendido ni por  encender, igual, tiene lo suyo. Lo van a apreciar  cuando lean la novela.
La mujer, con un nombre también cuidadosamente elegido: Mercedes Inzunza,- Mecha-,  sigue el mismo esquema cronológico, empieza –quizás- con un año menos que Max: 25, y el tratamiento que recibe a través de los años es-me parece- más piadoso. En plena juventud, una admirable belleza que pisa fuerte, y baila ídem. En la plenitud, tanto o más hermosa, y en la vejez, con arruguitas en la cara, con las manos moteadas por manchitas y  con el pelo gris, pero delgada-la verdad es que me muero de envidia, no sé cómo hizo. Quizás se conservó flaca porque es “gente bien” o de ficción, no sé-. Conserva de la juventud, eso sí, la misma risa y brillo de color miel en los ojitos.
El marido compositor, es-como lo describe uno de los personajes-, un “gaita abombado”, “un otario que suda mangos”, pero se las ingenia para divertirse de lo lindo. A  pesar de todo, Armando el gaita,  y Mercedes, la bella, constituyen un matrimonio “de gente bien”. En la novela, hay escenas de sexo chancho, como  no recuerdo que haya habido en otras obras  del mismo autor, pero eso no importa porque se sabe que la “gente bien” estaba a salvo por prestigio y fortuna-como suele ocurrir- de cualquier crítica exacerbada que se le quisiera hacer. Además, el ambiente recreado meticulosamente, es propicio para incitar al ménage á trois con la  concurrencia a piringundines o bailongos en Buenos Aires, donde la droga pesada corre como el viento. De todas maneras, aunque se describen salvajes escenas de tórrido sexo, hay algún detalle de prolijidad dentro de tanta chanchada: por ejemplo, se retira-siempre- la colcha de la cama antes de desparramarse. Se dice que Mecha en momentos culminantes murmura “procacidades”. Inteligentemente-ya dije que el autor es un escritor avezado, sin lugar a dudas- no se menciona el idioma que usa para farfullarlas, pero cabe suponer que sean en español, porque Max en tan poquitas horas, no podría haber tenido tiempo de adiestrarla para decir porquerías en el muy pintoresco lunfardo argentino. (¡No teman hermanos argentinos, alguna aparece en las explicaciones de Max sobre títulos de tangos! ¡Hay de todo en la viña del Señor y en la novela de Don Reverte!)
Los lugares, el “color de época”, todo, está cuidadosamente seleccionado. La costa francesa prácticamente se puede ver tan bien, como en la foto de Gardel con su amigo. Detallista hasta en los más mínimos detalles, se mencionan hasta  los perfumes que usan. Mechita  se distingue por su correspondiente “My sin”-o  “Arpege” que es tanto o más “chic”-, la baronesa amiga de Max, por  el aroma de Worth,   y las pobres milonguitas por “el agua florida”  desgraciada y barata.

Gardel, con un amigo en la Riviera francesa.

La música también está escrupulosamente elegida. Desde la que bailan hasta la que se escucha.  Me encantó que el tango que bailan “de memoria”- es decir sin música-, sea “Mala junta”. Hasta los diarios que lee el Max Costa sexagenario, nos mete de lleno en la época. Si en la radio se escucha ("A, A, A" ) “Abbronzantissima” cantada por Eduardo Vianello (o  Edoardo, bah) y Patty Pravo entona su célebre “Ragazzo triste” ( “ah, ah, ah, ah”)  sabemos que estamos en la década del sesenta del siglo pasado.  No van a creer que don Arturo la va a pifiar en  esos detalles. Pueden ver la lista de agradecimientos a todos  sus colaboradores que –indudablemente- realizaron una  conspicua labor.
http://youtu.be/yXrG_-rr4GA

( Si "pinchan" en el enlace de youtube, podrán oír y ver "Abbronzatissima" cantada por  Edoardo Vianello en los 90, ya veterano. Les aseguro que en los sesenta era un morocho descomunal, que partía las rocas, quizás tanto  como Max Costa)

Edoardo Vianello joven. Por las dudas, por si no me creían...
De la misma manera que Julio Cortázar nos escrachó a todas las uruguayas con un juicio lapidario sobre la protagonista de su  cuento “La Puerta Condenada” (¿Se acuerdan coterráneas?: “se vestía mal, como todas las orientales”), la ciudad de Montevideo, tampoco queda  en esta novela  muy  bien parada que digamos. Aquí llegó Max en el “vapor de ruedas de la Carrera”, a pasar una noche en el “Plaza Victoria” o sea en el “Victoria Plaza”, donde jode -desde todo punto de vista- a una mexicana y vende el collar de perlas que le robó a Mecha, a un anticuario rumano-menos mal que no es montevideano- de apellido Troianescu que si nos ponemos exquisitos, más bien podría tener reminiscencias de ajedrez. (Rumanos con ese apellido que aún vivan en Montevideo, tengan en cuenta de que el comprador del collar afanado es un personaje de ficción.)
El final me gustó más que el de “EL ASEDIO” donde al pobre protagonista PEPE LOBO, no le permitió ni siquiera “una mojadita” de consuelo, y me lo dejó al final, muriéndose, totalmente hecho pomada o puré. Yo presté varias veces la novela y me la devolvieron tirándomela por la cabeza, y gritándome desaforadamente: “¡Cómo lo va a dejar así!” “¡No me prestés más nada de este tipo!”  El final de “EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA”  es más “culebronesco” si se me permite el neologismo, y por eso, nos deja más contentos.
No escribo más nada, porque si a don Pérez- Reverte se le da por darse una vueltita por Monte a firmar ejemplares no va a querer por nada del mundo firmarme el mío, y ¿ qué voy a hacer, Dios mío, en ese caso, con toda mi cholulez?  
La disfrutable novela cinematográfica que podría convertirse en un flor y nata de culebrón, con hijo adulterino y todo -faltaba más- corresponde a “la loca de la casa” de Don Arturo Pérez- Reverte. No les revelo ningún vericueto, porque para entrar en ellos  y enredarnos, estamos nosotros, los lectores.
                                                                     

jueves, 6 de diciembre de 2012

PELI DISFRUTABLE "EL EXÓTICO HOTEL MARIGOLD"

Cartel de la peli con  el estupendo elenco que la potencia como un buen entretenimiento
Como los programas de TV son tipo plomo, alquilo pelis. Mi “sistema” de elección es de lo más bobito: leo lo que dicen las cajitas portadoras de los devedés, me fijo quiénes actúan,  quién dirige, y no mucho más. No soy experta en cine,  pero sí una espectadora atenta.
Hoy saqué la peli “El exótico hotel Marigold”, una comedia inglesa.  Cuando leí el argumento me pareció que podía ser entretenida. Lógicamente no esperaba una obra de arte, sino más bien una comedia liviana, sin mayores pretensiones.  Unos cuantos veteranos se van a  la India- Jaipur- al hotel del título-. Cada uno con su historia a cuestas. El personaje  que más me gustó es Evelyn, interpretado por  la actriz Judi Dench- una mujer entrada en años y en canas-,  un ama de casa viuda que se enfrenta por primera vez a la soledad.  Rápidamente se nota que confió tanto en su esposo que dejó que él decidiera e hiciera todo. Eso la decide a realizar un cambio radical en su existencia. El viaje a la India lo es. Lógicamente no cuenta con la aprobación familiar. Sus vástagos creen que debe vender el apartamento e irse  a vivir con ellos. - Clásica salida de los hijos-. Como no es eso lo que quiere hacer, emprende este viaje al “exótico y mejor hotel Marigold especial para personas mayores y hermosas”.
En la comedia aparecen “toques” dramáticos bien situados y administrados desde el principio. Por ejemplo, la peli empieza con una machacona voz en off donde reconocemos una grabación donde se pide que se aguarde para ser atendido- es  el momento en que Evelyn  logra ser atendida por un “ser humano de carne y hueso y no una máquina”, y se comunica con la empresa de cable cuya telefonista “le exige” que se ponga el titular en la línea y ella le contesta que el titular se murió. La completa y fría deshumanización en el tratamiento, acentúa la angustia de la que lo está padeciendo y la precipita a la decisión de irse a la India.
Quizás “le sobren metros de película” –como dice una crítica que leí- acaso la podamos ver –“si disponemos de un par de horas(es cierto: la ficha técnica dice 118 minutos)  y no pretendemos mucho”, -creo que también dice algo así-. Lo cierto es que a mí me resultó  entretenida y probablemente a otros también porque  podría haber una “segunda parte”. Es una historia simple,  pero el tema reviste interés. Un grupo de personas de “la tercera edad” (en inglés la expresión es más amable: Golden Age: Edad Dorada)  intenta dejar de ser ignorado en un mundo cada vez más hostil y programado únicamente para y por  los jóvenes que cada vez se preocupan menos por los adultos mayores. El Director es John Madden y no es Bergman ni necesita serlo tampoco.  No siempre vamos  al cine  para horrorizarnos con secuencias violentas o a  llorar a moco tendido en las butacas. A veces, algo liviano, que en lugar de sangre coagulada nos deje un mensaje más optimista o  esperanzador  pero no  demasiado tonto, viene bien.  

jueves, 29 de noviembre de 2012

LOS ESCRACHADOS DE SIEMPRE

A punto para "el escrache"



Pago una TV cable  de tipo “básico”. Me convencí de que por más que pagara lo único que iba a lograr era “más de lo mismo”. En esta época del año, las promociones para adherir a incautos en las “estupendas” ofertas de diferentes cables son “belicosas”: por mail, por teléfono, por la puerta. Hay que hacer un enormísimo esfuerzo de voluntad para evadirse de los “call centers” y sus “fantásticas” ofertas. Si es por teléfono, lo primero que observo es la hora, porque mis  familiares y amistades  se abstienen de llamarme  medio temprano ya que saben que constituye un violento  atentado a mis neuronas. Los llamados agresivos empiezan alrededor de las nueve de la mañana. Entonces me preparo. Levanto el tubo y recibo la primera perorata:
-“Buenos días, me llamo Fabiana, o Viviana o Julieta- o alguno de los              otros nombres usuales en gente menor de treinta- ¿usted es la “señora de la casa”? Acto seguido, esta  “señora de la casa” –que ya está preparada-contesta que sí, que es eso, pero que no le interesa ningún “producto” que le puedan ofrecer de ningún modo y a ningún precio. En la casa, ya hay y es más que  suficiente para lo que se usa. No se necesita ninguna “expansión del “producto”. La niña insiste, porque se ha preparado para  pesetear- que como indica el diccionario  del español del Uruguay, en cierta forma es “prepotear”: -“¿No le interesa conocer nuestra oferta?” ¡NO! ¡NO ME INTERESA! ¡GRACIAS!  (Las mayúsculas en este caso, tratan de trasmitir la firmeza de  mi  contestación.) Este episodio no es único,  ya que recibo  muchos día y noche, con “ofertas”,  “pedidos” o “mangas” de todo tipo, y, sobre todo,  después de las 20 horas, -supuestamente- una hora propicia  para molestar más y mejor a la pobre “señora de la casa” que llega  con la “guardia baja”, fundida del laburo. ¡No hay que “bajar la guardia” nunca!
Al fin y al cabo, como  he podido comprobar que  no es mucho lo que me atrae de la programación y  me gusta  mucho cocinar, miro asiduamente los programas culinarios. Si es algo que nunca vi preparar lo sigo con interés, porque siempre se aprende algo, aunque las más de las veces termino riéndome a mandíbula batiente porque lo que me muestran es lo que hacían mi nona, mi vieja  o  mi tití Estela,  todas expertas en aprovechar   lo que había quedado en la heladera o en el canasto de la verdura. Se convirtió en una  “astucia culinaria” de los famosos, usar todo lo que quedó. Así veo a Narda, a Máximo, a Ariel-por nombrar a tres conocidos de la pantalla chica-,  por esas cocinas de Dios, conociendo y aprovechando los requeches  a los que les suman ingredientes exóticos del lugar.
Una de estas noches, seguí con interés a Francis Mallmann. Es ameno, y con frecuencia hace alusión a sus incursiones en París. En Argentina, en cambio, lo veo cocinar en hermosos lugares desolados. Me han comentado-los que han ido con gran novelería a degustar sus platos- que lo que sí se trajo de París-sin lugar a dudas- son los altísimos precios.  Esta vez no estaba en Pueblo Garzón, en Uruguay,  sino en Bahía Bustamante, un pueblo alguero de-  la Patagonia. Suele utilizar como toque personal, antiguos utensilios que yo conocí acá en el campo de Treinta y Tres-los pagos de mi viejo-: cocina económica, fuego a leña, ollas y sartenes de hierro ennegrecidas por el uso  y productos lugareños. ¿Qué hacía de rico esta vez, en ese lugar helado? Algo muy sencillo y que en mi casa se hacía de noche con lo que quedaba en la heladera y en el canasto verdulero-como ya comenté- unos “huevos escrachados”. No un revuelto de huevos, -porque en ese caso los huevos se rompen y a veces se baten para amalgamarlos con los otros ingredientes, sino “escrachados”. ¿Qué significa esto? En el diccionario del español del Uruguay, encontré esta definición para “escrachar/se” (del italiano scaracchiare gargajear,tr. esp.”hacerse bolsa”) 2) golpear con violencia//3) Fotografiar a una persona.
También hallé “escrache” -con la definición de “Manifestación pública y airada de denuncia”-, y “escracho”,- con el significado de “Persona muy fea”-(muy usual para referirse a mujeres feas como rodada en bajada.)
En el diccionario  del lenguaje rioplatense de Juan Carlos Guarnieri las acepciones son similares aunque la palabra que citan como de origen italiano es: schiacciare  en español: romper, aplastar, destrozar, chocar con gran violencia y estrépito. (Una acepción muy usada para referirse a persona y/ o auto que sufrió daños en un accidente.)
En cuanto a la acepción de “fotografiar a una persona”  yo habría agregado  que es una expresión habitual en los prontuarios policiales. El “escrachado” es el delincuente de la foto. No es una expresión que –salvo con intención jocosa- se emplee para una pareja de novios que contrae enlace, porque no sería adecuada o apropiada para la ocasión.  Salvo, vuelvo a repetir, que hubiera una  intención bromista se podría poner a pie de foto: Miguel y Lucía,  “escrachados” el día de su boda por Estudio La Foto Sincera.
Algo  de “golpear o reventar o hacer bolsa” tiene  la sencilla comida que hizo Mallmann en su  ennegrecida plancha de hierro. Los ingredientes que utilizó fueron: manteca, panceta, zucchini, arvejas, huevos y, en la ensalada,-  el touch oriundo del lugar- una especie de “pasto salado” que se llama “salicornia”. En su comida, los huevitos permanecen enteros, hasta que cuajan, haciéndose en la gordura que se le puso  a la plancha o sartén-en su caso unos socotrocos-pedazos grandes, dice el mencionado diccionario-  de panceta ahumada y manteca-. Al final, se “escrachan” los huevos, es decir se “golpean” o “se rompen”  o “se hacen bolsa”-para que se extiendan  sobre los otros ingredientes-.

Otra variedad a punto del escrache

Mencioné que esta comida se hacía en mi casa sin tanta alharaca-y sin cobrar los fabulosos precios de Mallmann- con los “requeches”, es decir con las sobras. Mi familia tenía quintas, por eso no faltaba nunca alguna cebollita gustosa, ají morrón, papas, boniatos, arvejas, berenjenas, brócoli-si intervenía la nona, con seguridad que le ponía  ajo, y  unos buenos socotrocos de tocino, en lugar de panceta. Los huevos eran caseros ¡faltaba más! Y la nona, le  ponía uno o dos a cada comensal. Mallmann  puso 7 para él solito,-yo no vi a nadie más salvo una perra muy obediente que tiene cama propia y responde al nombre de “Luna”-. Para mí y para todas las mujeres que me enseñaron a cocinar 7 huevos para una sola persona es un verdadero disparate. Con 2, alcanza perfectamente bien. Lo cierto es que con estos ricos platos muchos cocineros profesionales “curran” de lo lindo, escriben libros, -otro “curro” más -y han amasado grandes fortunas. ¡Nona, viviste en el siglo equivocado! ¡Si cocinaras en este siglo XXI habrías adquirido fama y fortuna!  ¡Recuerdo con verdadero deleite tus comidas caseras!  ¡Sabrosísimos los escrachados de siempre!

Ya escrachados y listos para servir y degustar