jueves, 18 de febrero de 2016

LOS ROLLING


Después de pagar entradas carísimas: todos de pie 



PERIPECIAS
Desde que supe que los abuelos del rock iban a venir a Uruguay, estuve ahorrando para pagar un buen lugar. Pensé que no tendría ninguna otra oportunidad. Ahora o nunca. Así que me arremangué y me saqué la que yo suponía que era una buena ubicación.
No fue así. Me vendieron una entrada cara- dos en este caso porque fui con una amiga- pero era un lugar para permanecer de pie durante todo el show. Es probable que así sea en los festivales de rock, pero en este caso, no se tuvo en cuenta si todos los usuarios estaban en condiciones de permanecer de pie durante tanto tiempo aunque el espectáculo fuera una maravilla. Hubo discusiones- en el mismo predio- con otras personas: algunas decían que sí sabían que “era de parado”, otras no. Yo no. Por supuesto que no. Para eso habría pagado una de la tribuna olímpica que más o menos estaban en el mismo precio y permitía sentarse en las correspondientes gradas. No era-por supuesto- necesario sentarse durante todo el show, pero con un esguince sin curar me podría haber evitado la brutal hinchazón-.


La foto me quedó oscura, pero,  igual  se puede apreciar  que hubo personas sentadas.
El que se ve sobre mano derecha, es uno de los controladores- sentadito cómodamente él-

Para colmo de males, la organización previó bien la entrada de inadaptados: desde mi puesto, contra la valla de división de categoría, vi sacar entre tres o cuatro guardias a unos cuantos ladrones pescado “in fraganti”, más otros desmayados, desvanecidos o con malestares diversos; pero no  previó de ninguna manera las suficientes entradas para personas mayores o  con problemas físicos. Como suele ocurrir en este país, los lisiados se las tienen que arreglar por ellos mismos. Había un pequeño rincón con unos cuantos sentados; pero según el controlador que nos sacó con cajas destempladas cuando le fuimos a pedir una silla, “habían pedido las sillas antes de las cinco de la tarde”. 
Valla divisoria. Yo estaba en la primera división  sobre la mano izquierda
La foto me quedó oscura pero es posible apreciar a los controladores, y a todo el público de pie


 Además, para  llegar hasta la puerta 5- que era la de la platea Premium Platinum no sé cuánto pagada a precio de oro- hubo que dar la vuelta al mundo porque cerraron tantas calles que los ómnibus que no podían entrar ni hacer su recorrido habitual, nos dejaban en Avenida Italia. Tuvimos que atravesar todo el parque y caminar bastante para llegar hasta la puerta 5. Allí el control fue mediocre. A mí me revisaron la bandolera que llevaba pero en cambio  a Lydia ni la tocaron. Tampoco revisaron bien las entradas-por lo cual yo podía haber entrado con otra más barata y haber pasado igual sin ningún tipo de problemas-. No hubo tampoco ninguna previsión de medios de transporte a la salida del recital. Los taxis brillaban por su ausencia. Cuando llegamos a Ramón Anador y Rosell y Rius, llamé a todos los servicios que tengo anotados en el celular; ninguno tenía disponible ningún móvil. No se imaginan las ganas que tengo de que le den los permisos correspondientes a Uber  o a cualquier otra compañía de competencia,  para que estos señores no puedan nunca más en sus vidas ejercer el monopolio absoluto que tienen ahora.
A la salida, cansadas de esperar en vano un taxi o algo similar, nos sentamos en una parada de ómnibus donde no pasaban ni bicicletas. Hubo un intento de tomar un taxi que le fue “birlado”  a Lydia por un par de jovenzuelos. Como se sabe es imposible ganarles  cuando eso ocurre. Pero eso sí: se llevaron mis maldiciones completas, y espero que se les cumplan. En la esquina había una parrilla: “La barra de Gerardo”, donde no pudimos entrar hasta la madrugada. Después-bien tarde en la noche- comimos un churrasquito cada una-una de pollo, otra de carne- con un litro de coca-cola- No les había quedado ni una cerveza para muestra. Algo que también suele ocurrir en casos como estos: nunca se prevé que va a haber una “venta masiva” de productos y se desabastecen en unas pocas horas. Pero ya serenas, y reconfortadas, Lydia logró parar- y esta vez, retener- un taxi que nos trajo hasta casa.

Finalmente sentadas:  en la Parrilla "La Barra de Gerardo"


EL SHOW
Todos dicen que fue brillante y es probable que lo haya sido, pero yo-sinceramente-  no  lo pude apreciar en su total magnitud. Dolorida, con el tobillo cada vez más hinchado, pasé buena parte del tiempo tratando de evitar que me pisaran. Los balbuceos de Jagger en un español chapurreadísimo causaban mucha gracia, pero si lo quería ver tenía que recurrir a alguna de las pantallas porque personalmente, desde el lugar donde me pude colocar lo  veía pequeñito. Por lo cual el precio de la entrada  resultó totalmente desproporcionado.
Jagger cambió varias veces de atuendo. Así se veía en las pantallas con toda la gente de pie


 Tocaron  y cantaron todas las canciones que les dieron fama, la gente saltó y bailó-y  creo que era  eso lo que querían- ¿No? Yo no. Yo quería disfrutar del show.
Apoyada en la valla de separación. Atrás también se ve gente parada Los del costado, son los que
lograron una silla porque fueron temprano o las pidieron temprano-al menos eso fue lo que nos dijeron unos
controladores con muy pocas pulgas-. 

Mick Jagger-durante la actuación-  se manifestó campechano y contó que había estado en la casa del “Lobo” Nuñez y que había escuchado “candombé”-pronunciado así- . Hay fotos de él con Ruben y Julieta Rada, y el último día fue a visitar a Fernando Parrado. Muy simpático por cierto.
Supongo que fue la primera y última vez que los Rolling Stones actuaron en Montevideo. Para mí, eso sí estoy segura, fue la última porque aunque volvieran no me  agarrarían otra vez. Por televisión se puede estimar  lo mismo- o mejor- que lo que pude apreciar yo, incómoda y dolorida.
“Sus Majestades Satánicas”:
“I Can’t Get No Satisfaction”     Believe me!

El saludo final de  los cuatro. Después vino I can'get No Satisfaction ( yo tampoco) y se fueron



lunes, 8 de febrero de 2016

EL PROFESOR RAVIOLO



"El profesor Raviolo"- nunca "Heber". Jamás nos tuteó tampoco 


Libro Escritos de Literatura-recopilación de sus textos- en la página 11 se afirma que su período docente más recordado fue 1961/1967 en el Liceo Nocturno de Las Piedras, donde fui su alumna- 

Corrían los años sesenta del siglo pasado, en el recientemente inaugurado “Preparatorios Nocturnos” del Liceo de Las Piedras. El “glorioso Preparatorios nocturno”, como solía decir uno  de los compañeros que también resultó profesor de Literatura y al cual nunca vi más-pero sí mi hermana menor que lo tuvo como profesor en el Liceo de la Paz-.
Ahora que se puso en el tapete el agradecimiento que le debemos a los profesores que nos marcaron, yo también quiero hacerlo-otra vez, porque ya lo hice con Dumas Oroño- mi profesor de Dibujo que supo apreciar que yo era una reverenda tronca para dibujar o pintar, pero que podía servir- y serví- para las letras, y mi profesor de Historia Nacional y Americana: el sin par y querible Vivían Trías. Es inconmensurable la cantidad de alumnos que sacó de la ignorancia con su sabiduría, y con su biblioteca, porque accedíamos a sus libros como si se tratara de una biblioteca pública. Además recibíamos más lecciones de Historia y de Vida en su casa mientras ubicaba lo que nos iba a prestar con un sencillo trámite: en  un cuadernito anotaba nuestro nombre y nuestra dirección. Ninguno de nosotros tenía teléfono celular porque no existían.

El profesor Heber Raviolo era distinto. Serio como perro en bote. Debajo de sus bigotones, difícilmente asomaba  una sonrisa. Nos trataba de riguroso “usted”, y nos llamaba por el apellido. “A ver, Segovia, dígame tal o cual cosa". (Y había que saber “tal o cual cosa” y no irse lisa y llanamente por las ramas.)  Ninguno de nosotros supo “de donde venía ni adónde iba”- como el poema de Darío- pero sus lecciones con el “ala aleve del leve abanico” las recuerdo hasta ahora. Nos llevaba minuciosamente por los entretelones de “Sonatina”, nos deleitaba con “Sinfonía en gris mayor”,  hasta que nos hacía sentir el dolor del  poema “Lo faltal”. Nada se escapaba  a su riguroso análisis poético. Confieso, -y ya todo el mundo lo sabe- que la mayor parte de la poesía me paspaba- Y más aún la del  tipo “hermético”, porque se precisaba un “manual” o alguien que desentrañara “significados”. Pero con Raviolo en clase, la cosa cambiaba. Él nos alimentaba como si fuéramos pichones, y nos “masticaba” lo difícil para que  pudiéramos apreciarlo mejor. Nunca más necesité buscar “material” extra sobre Darío. Me bastó- aún en la carrera universitaria- con el  que él me señaló. Y todo lo que pude ampliar lo hice partiendo de sus premisas. Pero donde más se lucía era en la narrativa. Le gustaba “sacar” a relucir narradores antiguos, pero también los que no tenían mucha difusión. Por eso, aún con los rígidos programas de la época, se las ingeniaba para darnos, de aquí de allá y de más allá, muchos “picotones” extras que nos sirvieron de por vida.
Un profesor no tiene que enseñar “todo”, pero sí  puede limpiar el camino de malezas para que los jóvenes transiten con confianza. Lo supo hacer,  pero-a su vez-  era riguroso; no era nada fácil “salvar” los exámenes con él en la mesa. Preguntaba con parsimonia y exigía.  Con su modito tranqui, nos llevaba por vericuetos que desconocíamos -o que no recordábamos-. Si luchábamos, salíamos a flote. Siempre y cuando hubiéramos estudiado los poemas y los supiéramos de memoria para desmenuzarlos en el oral. “Lo Fatal” lo memoricé en esa época.
Siempre leí los prólogos que escribía para los libros de Banda Oriental porque además de una guía certera, llevaban su sello personal. Aquel que yo había conocido y aprendido  en “los comentarios de texto” que hacía en sus clases.
Hace poco, compré el libro “Escritos sobre Literatura Uruguaya”, que reúne una selección de sus textos recopilados y seleccionados por el profesor Oscar Brando. Allí me enteré de que los años que más recordó fueron aquellos de nuestros antiguos Preparatorios:
“ 5. El período que más recordó fue el de los seis años en el Liceo Nocturno de las Piedras ( 1961-1967). Su carrera docente se interrumpió cuando la dictadura cívico-militar lo destituyó de su cargo”. (Escritos sobre Literatura Uruguaya Heber Raviolo. Ediciones de la Banda Oriental 2015. Página 11)

Libro de recopilación de saberes del profesor Heber Raviolo

En esos años, inauguramos el  antiguo y “glorioso” Preparatorios Nocturno del Liceo de las Piedras.
Lo reencontré  en  mi  edad adulta, ya recibida de profesora, y enseñando en un Colegio Internacional. Siempre serio como perro en bote. Fui  a Banda Oriental a comprar unos cuantos ejemplares de un libro que quise regalar a mis estudiantes”Seniors”- del último grado-. (También de “Preparatorios” aunque ya no se llamara así.) Me di a conocer, le dije mi nombre, el año, y la clase. Y ahí sí se sonrió. Ahora me doy cuenta de que fue todo un homenaje.
Gracias profesor Raviolo, por todo lo que nos dio, por lo que nos dejó y por todo lo que hizo para formarnos en la disciplina de la literatura y de la vida.


martes, 2 de febrero de 2016

FRASES MACHISTAS

No son  originales mías. Las encontré en uno de  los artículos que aparecen en Internet; y tomé  algunas  “prestadas” para comentarlas.
En estos días donde tantos acontecimientos negativos se manifiestan en contra  de las mujeres, puede ser beneficioso revisar algunas cosas que se dicen.  Muchas veces somos las propias mujeres las que nos arrojamos tierra, y ellos se aprovechan de una especie de consentimiento tácito que les vamos dando sin darnos cuenta exacta de lo que hacemos. Creo que el haber leído la obra de Simone de Beauvoir, “El Segundo Sexo”, a una edad muy temprana, me libró de muchos preconceptos  que quisieron inculcarme algunas personas mayores. Nunca mi madre, que era una mujer sumamente moderna para la época. Así también lo pagó, porque nada tuvo que fuera gratis, ni  tampoco pudo combatir más porque murió trágicamente muy joven. De todas maneras, ahora, en pleno siglo XXI aún ocurren actos vandálicos contra muchas. Es hora de revisar-por lo menos- algunas de las cosas que se dicen y se aceptan sin pensar que ahí comienzan todos los problemas. ¿Analizamos algunas? Da para reflexionar.

1)  No puedo vivir sin él.

·         Habitualmente es lo que dice una mujer “abandonada”, cuando se da cuenta de que su “peor es nada” “ha rumbeado” –y no precisamente “pa’ la colonia”. A todas nos pasó alguna vez.  Yo no recuerdo si estuve penando “19 días y quinientas noches” –como la canción de Sabina-, pero sé que al poco tiempo apareció en esa  noche oscura, una estrella que me iluminó hasta hace poco. Tampoco sé si dije “no puedo vivir sin él”- pero sí lo recuerdo como un   hecho  doloroso, porque era muy joven, y llena de ilusiones que  se deshicieron en mil pedazos. El dolor del abandono, siguió siempre ahí.  Intacto e incomprensible. Pero pude vivir sin él. Cómo no.  Sin lugar a dudas.

2)  ¿Cómo espera que la respeten si se viste así?

Yo  empecé a salir con muchachos, en el siglo pasado, -horror de los horrores- cuando se impuso la minifalda. No era la prenda predilecta de mi padre-que era un hombre chapado a la antigua y absolutamente tradicional-. Tuvimos unos cuantos encontronazos hasta que se resignó a dejarme vestir como quisiera porque yo había conseguido un empleo y ganaba lo suficiente como para vestirme y pagar-además- algún gasto de la casa. Así empecé a coserme mis propias prendas- todas cortas por arriba de la rodilla- Nunca pude ser exagerada, como podían serlo las petizas que no despegaban demasiado del piso, porque mi metro setenta de altura se imponía en todos lados, pero usé la famosa minifalda todo lo que quise. Aclaro que tenía poco más de quince años, pesaba treinta kilos menos, y  nunca pensé que la vestimenta me llevaría “a la perdición” o a “terminar en la calle”-como se encargaban de decir las viejas del pueblo-. El respeto es una condición que hay que saber fomentar  y desplegar pero no  va “anexado” a la vestimenta. No se puede pretender que una jovencita se vista de vejestorio cuando está en “edad de merecer”. Es ridículo. Y el amigovio, o “dragón”-como se decía en mi época- o el aspirante a algo, tiene que tener bien puestos los elementos para salir con la chica en cuestión sin agarrarla de los pelos.

Diferentes formas de "ver" ¿No? -imagen tomada de Internet- 

3)  Hay que hacerse desear

Parece un chiste sobre la eyaculación precoz- de esta época- imagínense lo que sería hace cuarenta años-
((Imagen tomada de Internet)

·         Era una antigua consigna que enseñaban las abuelas. Sin embargo, lo cierto es que en  una pareja, únicamente sus integrantes son  los que deben decidir qué, cuándo, dónde, cómo y porqué. “Hacerse desear” era una antigua estrategia de las novias del siglo XIX que debían permanecer vírgenes a toda costa aunque se murieran de ganas de acercarse más al mozo. “El ser amado” a  su vez, podía “desfogarse” a su gusto con “mujeres de la vida”- dejando a su dulce noviecita sumida en la más espantosa de las  angustias, porque así debía ser. Como resultado, generalmente, cuando se llegaba al matrimonio, no se sabía el “cómo”- porque no tenían preparación anterior- y había grandes fracasos  y frustraciones-la eyaculación precoz masculina era la más común-  que podrían haberse omitido con el conocimiento previo.

4)  Siempre anda con  uno distinto. Debe ser una puta.

·         Comprobado  hasta en  el lenguaje. Un hombre que frecuenta muchas mujeres a la vez, o las cambia a diario, es un “picaflor”, o un mujeriego”, pero no se dice lo mismo si el caso se  refiere a una mujer, porque no existe  el término “picaflora”,  ni “hombriega” para  la que cambia frecuentemente de compañía.

5)   Si se entera mi marido, me mata.

Este es el calendario de "Pompiers" franceses-para variar, aunque los madrileños son tan hermosos como estos- 


Desde el año pasado que recibo de España- gracias a la diligencia de una amiga española, el calendario de Bomberos de Madrid- La organización Bomberos ayudan, promueve dicha actividad con la finalidad de recaudar fondos con fines benéficos. Cada mes nos trae la figura de un bombero que se parte- como dicen los chicos- No se trata de un “fisicoculturista” sino de un “bombero de verdad” con un físico de puro músculo. Yo  lo puse en mi comedor diario, al lado de mi pequeña cocina. Me gusta comer con esos paisajes. Realmente.  Cada amiga que llega- tenga la edad que tenga y cualquiera sea su estado civil- abre la boca de un desmesurado tamaño, mientras me pregunta  que de dónde “saqué eso”. Si le da el coraje,  saca al almanaque de su clavito, y ojea los meses siguientes, con un interés inusitado y con los ojos desorbitados. Yo la dejo. Pero indefectiblemente, la mayoría, dice eso: “Si se entera mi marido,  me mata”. Es decir, que mirar una foto bien sacada de un mozo escultural está “penado” por el marido que se arrastra  y babea para mirar cuanto culo le pasa cerca. Pero su digna esposa, no puede hacer lo mismo ni remotamente. No tiene derecho a hacerlo. Creo que esta quinta frase es la más machista de todas. Sin lugar a dudas, mientras nos sigamos avergonzando de mirar lo que nos gusta, y nos condenemos al bochorno de la ignominia del sometimiento, no habrá manera posible de tener derechos por más que nos empeñemos en decir ellas y ellos, nosotras y nosotros, uruguayas y uruguayos. ¡A reflexionar, orientales!



sábado, 16 de enero de 2016

TERAPIA SOBRE RUEDAS


CONDUCIR:
El monitor que me enseñó a manejar me dijo que si un día me estrellaba, lo único que podía salvarme de los complejos era saltar lo antes posible a otro auto y seguir manejando como si no hubiera pasado nada. De: “La vuelta al día en ochenta mundos”. Julio Cortázar 

"El salvaje guerrero" Gustavo Ekroth en pleno vértigo


Aprendí a manejar hace muchos años, pero como  mi esposo manejaba muy bien y yo no tenía-como la mayoría de los seres humanos- temor a que esa situación  se modificara abruptamente, no lo hice con mucha asiduidad. Sin embargo la rueda de la vida me dio uno de esos golpes duros de timón y me dejó sin el dulce compañero de ruta con el que pude caminar durante más de cuarenta y cuatro años. Por esa razón, empecé cuando apenas junté un poco de coraje, a buscar una academia para hacer un curso de actualización o  reciclaje. Como ya se sabe,  se sale con un   instructor en un auto con doble pedalera, que  luce indefectiblemente un cartel con el nombre de la academia en cuestión y tiene bien visible otro que dice: COCHE -ESCUELA. Pude comprobar que hay academias de las más variadas “gamas”, pero ¡oh detalle!  Todas tienen en cuanto a cobro el mismo “perfil”-como les gusta decir: esto es, se pagan “por   adelantado”, en efectivo o en cuotas con tarjeta de crédito, un número de clases que siempre tienden a extenderse (en el auto con doble pedalera, claro.)  Busqué por todos lados, alguna academia que aceptara darme clases en mi auto. En todas me dijeron que “primero tenía que hacer el curso en el auto con doble pedalera y después me darían un par de clases en el mío. Yo quería las clases en mi auto. No en el de academia.  Vivo en una calle muy transitada, y-para colmo de males- me construyeron al lado del garaje de mi edificio, un hotel donde paran asiduamente todos los camiones de reparto, ómnibus, minibuses, taxis  y remises habidos y por haber. Así que salir y entrar  me exige una infinita paciencia: hay que pedirles a los que están mal estacionados que se retiren -lo que ninguno hace de buena gana- y hay que aguantar los bocinazos e improperios de los que vienen circulando por la calle. No importa que una espere con el auto convenientemente balizado. Indefectiblemente, los “traseros”, exhiben una  “incontinencia digital”- neologismo muy necesario- que se satisface únicamente tocando enloquecedoramente la bocina.  Con alguna academia hasta hice el intento de pagar clases dobles;  contraté los servicios de una de esas que  “pasan por el domicilio” ¿Mejor? ¡No! ¡De ninguna manera! –Llegan más tarde de lo pautado, con un principiante que viene  manejando- aterrado y  a los tumbos-,  al cual hay que “devolver” al “punto de partida”. En eso consiste la “práctica de actualización”-que aunque se hayan pagado clases dobles de dos horas, no duran más de cuarenta minutos-. Además,  una debe transitar  por zonas siniestras,- de acuerdo al itinerario que le convenga al instructor- por las cuales nunca pero nunca  más  va a volver a pasar. En algún caso, hasta tuve que pasar a buscar a la esposa e hija del instructor de turno para llevarlas al médico-. Los instructores obedecen todos a un mismo patrón: “tanto pagas, tanto te atiendo”. Hasta hubo uno que me comentó-varias veces- que siempre les dice a sus alumnos que toma Johnny Walker- para que  después de dar el examen le regalen alguna botellita- ¿Vio?
Terminé con las terroríficas clases de actualización,-y, finalmente, logré salir en mi auto un par de veces con el  instructor pedigüeño. Pero el hombre-característica de todos los que me tocaron- estaba apurado, y, como  quería irse enseguida,  no me dejaba tiempo para practicar adecuadamente la entrada y salida del garaje. Lo hacía él. Harta de las academias busqué un “personal trainner”.  Me fue de regular para abajo, porque  el  “personal trainner” decía  y hacía lo mismo que todos los otros instructores, bajándome la autoestima a límites insospechados con una expresividad similar a ésta:
-“¡La palanca de cambios no es una batidora! ¿Cómo te dije que la tenías que agarrar? ¿Eh? ¡Suavemente te dije!  ¡Hacé de cuenta de que es una “parte” humana! ¿Eh?   ¡No te duermas en la segunda, dale, ponele la tercera! ¡Ahora dale velocidad y  poné la cuarta! ¡No podés andar en la rambla a cuarenta!  ¡”Peiná” el freno, no lo clavés!  ¡El auto se te apaga porque soltás el embrague  de golpe y no acelerás lo suficiente!”.
 Honestamente, me repudrió tanto grito y tanta mala onda.  Lo único que logré fue una especie de “amaxofobia”- así se llama  la fobia a conducir-, porque fueron tantas las críticas, y tan duros los comentarios que  empecé a salir a la calle, temblando como una vara verde. Si bien el miedo es una reacción natural al  peligro, puede volverse patológico si no se logra  dominar la situación. Tengo, por ejemplo,  un miedo patológico a los perros. Veo un bicho que avanza hacia mí con el dueño absolutamente despreocupado,  con el collar en la mano; (generalmente,  un gordo de esos que caminan de patas abiertas como si les molestaran los queteconté), y acto seguido,  cruzo-aterrada- para la otra vereda. Nunca supe si de pequeña y -sin memoria- me mordió alguno. Lo que sí sé es que me causan pavor.
Yo no tenía miedo a conducir. Saqué la libreta hace más de veinte años. De hecho, lo hice en otros autos. Mi preferido fue el primero, un Toyota 700 que parecía el auto del pato Donald. Sin embargo, estas clases de “reciclaje o actualización” me produjeron un enorme rechazo.  Todos sabemos que manejar un vehículo es una actividad compleja. No exige únicamente  conocer los mecanismos del coche, sino saber en cada situación qué hacer y ejecutarlo de manera adecuada. Cuando no se  ha manejado por un  tiempo,  se sale del auto con un cansancio brutal, como si se  hubieran corrido kilómetros y kilómetros porque  se ha realizado un enormísimo esfuerzo complejo: atención completa  a los semáforos,  a los peatones, a las bicicletas, a las motos, a las calles flechadas,  a las señales, al ómnibus que se nos viene encima,  al coche de la izquierda que nos quiere adelantar y se acerca peligrosamente al nuestro, al de atrás que no mantiene la distancia adecuada y al energúmeno  que-sacando medio cuerpo por la ventanilla nos grita: -“¡Sacá el señalero, pelotuda! ¿Qué hacés, vieja conchuda?” Aunque una haya hecho en tiempo y forma lo que nos indica el distinguido y amabilísimo caballero.
 Me di cuenta de que Montevideo es una selva, y que por más que haya carteles indicadores, cada cual hace lo que se le canta. Y si ven a  una mujer  al volante,   ¡más y mejor! ¡Toquémosle bocina! ¡Mucha bocina!  ¡Hagámosle señas obscenas!  ¡Mentémosle a la madre! ¡Pongámosla bien nerviosa! ¡Horror de los horrores! En fin. En la calle circulan  diferentes tipos de  animales salvajes que salen furiosos a pelear contra lo que sea. Y si no me creen vayan a ver “Relatos salvajes”, la película argentina. Tiene por lo menos tres episodios “salvajes” con autos. Estudien al personaje que hace Ricardo Darín. Les doy una pista; lo llaman “Bombita”.
 En cuanto a los instructores comprobé que ninguno tiene ni la más mínima idea de lo que es  “didáctica”.  No son ni maestros ni profesores, son-simplemente- “gente que maneja o que manejó alguna vez en su vida”. Dan clases para ganarse la vida, o, “redondear un exiguo presupuesto”, pero no porque les guste o porque quieran beneficiar a otro brindándole un conocimiento útil –que es un postulado absolutamente primordial cuando se quiere enseñar algo a alguien-.
  Como seguía  sintiéndome muy insegura y con una extraña y frustrante sensación de bochorno, pensé; ¿Qué hago? ¿Me doy por vencida? Una de mis amigas,-solterona que se agrió con los años-, hasta llegó a decirme  que lo mejor era que vendiera el auto, porque a “mis años” no iba a volver a manejar- la señorita se olvidó de que tenemos la misma edad-. Ni un año más ni un año menos.
 Una mañana, limpiando cajones, encontré unas antiguas casetes grabadas con la voz del psicólogo Gustavo Ekroth- que ya había tratado con éxito varias de mis ralladuras cuando yo andaba caminando por las paredes-.
 Lo contacté y le propuse hacer “terapia sobre ruedas”. Gentil, como siempre, aceptó de inmediato. Felizmente, para mi autoestima,  me dijo   que no soy la única. Ya tuvo otros pacientes que recurrieron a un “psicólogo  que supiera conducir”, -lo cual está completamente dentro de sus lineamientos-. A partir de ahí, dejé de sentirme vapuleada, porque  empecé a recibir indicaciones  con  su voz suave y tranquilizadora que tiene -además- la enorme ventaja de serme bien conocida. Gustavo practica  deportes extremos, como andar en planeadores,  hacer ducky en los rápidos, o nadar rodeado de tiburones, por lo tanto,  salir conmigo en el auto,  no le causó ni la más mínima zozobra. Es-felizmente- “un salvaje guerrero”.  No se le movió nunca  ni un pelo.

El intrépido Gustavo Ekroth en otra de sus aventuras 

 Con él, fui repasando todos   los conocimientos de uso práctico,  y volví a familiarizarme  con  los detalles del uso adecuado de  las luces, el  de los espejos y todos los “chiches” que tiene un vehículo actual.
Las reglas las conozco y las practico- lo cual es asombroso porque nadie lo hace- Con paciencia y dedicación- y de esto ya hace más de dos años-  la “terapia sobre ruedas,” fue logrando que dominara mis temores, teniendo en cuenta que   los escollos son parte de la existencia, sobre ruedas o sin ellas. Soy consciente  de que tengo que “combatir” mi estilo de pensamiento perfeccionista. Me tengo que convencer de que no siempre me va a salir todo bien, que hay momentos en que alabarán mi  actuación y otros en que no cosecharé ningún aplauso.

Gustavo Ekroth también me familiarizó con Osho 

Ekroth, con su paciencia infinita fue logrando que empezara a desarrollar mi autocontrol emocional y que aumentara mis recuerdos positivos con respecto a mis capacidades.

Combatir "la mala onda" es absolutamente imprescindible

Y este nuevo año, hasta  me animé a dar otro paso más intrépido: cambié el auto.   Ahora,  salgo, sola, preocupándome  cada vez menos por los bocinazos de  los  “incontinentes digitales”,- que  me mandan tiernamente a la mierda, o a lavar los platos,- lo último  no me molesta, porque lo hice siempre sin problemas-. Además de eso: limpio, cocino, leo, escribo, enseño,  corrijo, practico Tai chi, bailo, canto, y sobre todo, contra viento y marea: ¡Volví a conducir!
  
 
Miren qué bien que estaciono 

 
Otro ejemplo de estacionamiento 

viernes, 8 de enero de 2016

GRACIAS, SILVER

El Silver, recién sacado  de la automotora, con su dueño,  el 4 de junio de 2010, en Punta Gorda

Antes de fin de año, en medio de la baraúnda del gentío que se agolpaba frenético para comprar, dediqué unas cuantas tardes a desplazar varias prendas de ropa que ya no usaba. La selección me llevó bastante tiempo porque  me costó bastante desprenderme  de cosas  que anduvieron conmigo en más de una grata oportunidad. Sin embargo, esta vez, estuve  dispuesta a seguir los consejos de Marie Kondo- la “gurú” japonesa del orden- me lo tomé en serio y realicé una gran limpieza.
Muchos de sus consejos me sirvieron para  que la operación “descarte” se fuera dando en una forma natural: Guardé únicamente prendas que me transmitían “emociones de alegría”-tal cual aconsejaba la japonesa-  No me causaba ninguna felicidad tener vestidos, trajecitos, blazers y chaquetas de cuando era joven y pesaba treinta kilos menos. Allá salieron para ser donados para alguna que tuviera la flacura que yo supe lucir antaño. También- del mismo modo- se fueron unas cuantas estupendas medias con  portaligas y unas prendas sexys de ropa interior. Me quedé con algunas que me “transmitían emociones positivas”: pijamas cortos de verano, amplios, cómodos, coloridos y   ropa interior clásica con detalles delicados. Lo que en un principio me costó, después, se fue  sencillamente, gracias a otro consejo salvador: “me despedí  de cada uno de los vestuarios con gratitud por el servicio dado”; gracias, trajecito azul, lo estrené en la  última graduación de Seniors, a punto de jubilarme,   muchísimas gracias, portaligas rojo, supiste estar presente en más de una buena ocasión, tú también me diste felicidad querido camisolín blanco, y te la agradezco con afecto. Mientras me dedicaba a eso, me acordé de una de las novelas de Hugo Burel: “El Club de los nostálgicos” y su “hombre de las listas”. Es decir, uno de los locos burelianos. La novela también es loca, porque ese “club” agrupa personas raras que coleccionan objetos inusuales, en muchos casos,  al estilo de  un cambalache.  Casi todos conocemos algún coleccionista de objetos antiguos, deteriorados, o fuera de circulación como, ceniceros, encendedores, cajas  de fósforos y similares. Hace tiempo tuve una amiga.que tenía una inusual colección de fotos de  penes. Los tenía circuncidados y sin circuncidar, de todos los colores, tamaños y formas. Creo que fue una de las más extrañas colecciones que vi en mi vida. Ella  la exhibía  como si fuera su álbum de los quince años. A los locos burelianos no les dio por ahí, pero sí están presentes  los que coleccionaban aquellas antiguas “revistas de relajo” que circulaban –generalmente- en manos de varones. Recuerdo una de fotos con  nombres de tangos. Y no se trataba únicamente de “El Choclo”. Después de hecha la limpieza y donación de ropa, fue “coser y cantar” como decía mi abuela. Recordando al  “hombre  bureliano de las listas”,  después de pasado el estruendo de las festicholas tradicionales, y de que se hubieran aquietado todos los ruidos de la ciudad,  hice la lista- yo también, porqué no-  de propósitos del año.
El Silver  cuando me llevaba al Teatro de Verano 


Por eso,  la despedida no fue únicamente de ropa. También se fue “El Silver”, el último  auto que compró mi esposo. Se fue con nuestras ilusiones, con nuestros paseos hechos y los otros frustrados, con mi angustia, con mi desazón, y también se llevó- como no podía ser de otra manera- el recuerdo de momentos imborrables: como cuando nos llevó a pasar mi cumpleaños en un comodísimo hotel del Norte. El último que pasamos juntos, absolutamente ajenos a la muerte que rondaba cercana.

"El Silver" se quedó en la automotora 

Entonces, por los buenos momentos, a vos también: “Gracias, Silver”.


miércoles, 23 de diciembre de 2015

DÍAS PREVIOS

Carro rebosante

La algarabía ya tiene más de un par de meses, pero la intensidad va subiendo de tono a medida que se acercan las fiestas tradicionales. Vivo en un barrio que-lamentablemente y ya lo he dicho- se ha convertido en una mini-ciudad comercial. Contribuyó a ello, de manera muy especial el Shopping Punta Carretas. A su alrededor, se siguen demoliendo casas y más casas para hacer galpones comerciales para alquilar. Y desde ahí se montan los más  inverosímiles negocios, desde una tienda de  maternales hasta una boutique erótica. Ya comenté cuando me quedé atónita en una de las vidrieras mirando fascinada una especie de pequeños sapitos de colores, cuyo uso no supe dilucidar.
Hoy, después del desayuno, me “armonicé” con varios “omm, omm omm” para lograr energía positiva e ir a hacer mandados. En el Disco, el gentío y el estruendo que producía tanto público era descomunal. No utilicé ningún carrito, porque cuando llegué a unos de los chicos, me atropelló con toda la saña posible una vaquillona, que me lo arrebató. Como estaba armonizada, se le dejé. No sin antes largarle una buena puteada mental. (Estaba armonizada, lo juro, pero no es para tanto.)
Logré llegar hasta la góndola de las pastas y sacar un par de cajas de capellettis (y lo escribo así porque así está escrito en las cajas- pero yo sé que el plural en italiano es sólo con la “i”-¿vieron como todavía me acuerdo?) Como no había logrado agenciarme ningún  carrito, no llevé más nada.

Mucha gente comprando de todo 

El asunto fue después llegar hasta una caja y pagar. La cola de las llamadas “cajas rápidas”  era una misión imposible, me dirigí entonces a las cajas de “diez unidades”- donde también había gente a patadas, pero me quedé-armonizada, vuelvo a repetir- mirando el bullicio, los juguetes, los padres desesperados, y las menudencias que ponen especialmente abajo,  para que todos los enanos manoteen y berreen a más o poder para que les compren. Mientras observaba con la distracción mas ingenua- de esas que me atacan más de una vez-  unas preciosas cajitas rosadas sobre la mano derecha, vi por el rabillo del ojo, que una señora que estaba en la otra fila me torcía los ojos desesperadamente, entonces, me calcé los lentes y miré. Miré las preciosas cajitas rosadas y me di cuenta. Eran preservativos.  Con gusto a frutilla-por eso rosadas- y para “practicar sexo oral”. Así nomás. ¡Por eso la doña me revoleaba los ojos como dos huevos duros! ¡Y yo, inocente de mí, en plena Babia! Le hice una especie de guiñada y los dos huevos duros se aquietaron. Cuando llegamos -las dos al mismo tiempo- a las cajas,  me espetó: -¿Te das cuenta? ¡En mis tiempos no se exhibían “esas cosas”! Simplemente me sonreí. ¿Qué le iba a decir? ¿Qué yo había visitado un museo erótico inca y que había visto cosas peores? ¡No! ¡De ninguna manera! Me salí por la tangente con una sonrisa comprensiva.
Y al pagar, tomé estas fotos para ilustrar la nota.

Hay que sacar muy bien las  cuentas 

 En los  días previos a las festicholas parece que se acaba el mundo. Pero no es así. Por eso, armonícense  con quien puedan, y diviértanse lo más que puedan también. (Y si les gusta “el sabor frutilla”, ¡ya saben!)



sábado, 19 de diciembre de 2015

SEGÚN PASAN LOS AÑOS

El fabuloso postre de frutos rojos con helado del Club Hípico- toda una delicia-

Es el título de una canción de la  famosa película  CASABLANCA. En inglés “As time goes by”. La película la vi muchísimas veces, pero no me voy  a referir a su argumento-porque es una historia de amor y desamor-  sino a esa sensación extraña que nos embarga cuando nos encontramos con personas que hace muchísimo tiempo que no veíamos. Esta vez, se trató de un reencuentro de esos  y nos emocionamos hasta las lágrimas. Nos sentimos alegres, sin importarnos la edad ni las vicisitudes de la vida. Todos hemos pasado por distintas circunstancias y los recuerdos se tiñen de nostalgia cada vez que los sacamos a luz.
En realidad, fuimos compañeros de trabajo, pero lo fuimos durante tantísimos años, y ahora, nos encontramos por medio de las redes sociales, pero “persona a persona” se volvió a dar hoy. Y fue muy emotivo.

Risas y sonrisas 

De Estados Unidos vino la familia Becerra, que hacía nueve años que no estaban en el país. Ese fue el motivo de la reunión en el Club Hípico, al cual accedimos gracias a una de ellas. El almuerzo fue sensacional, y –como siempre pasa en esos casos- nos sacábamos la palabra los unos a los otros- 

Otra muestra de la algarabía con los postres ya en la mesa


Asistieron  personas que yo aprecio mucho, en especial dos de ellas, que, cuando yo había ingresado “novel”  en el UAS,-treinta años atrás- me ayudaron a  expresarme en inglés, dándome conversación en ese idioma.
Pero también debo algo a cada una de ellas, una, por ejemplo, me prestó su saloncito cuando yo había perdido- por malas artes- el mío.  Hoy  comenté cosas así,  porque formaron parte de mi existencia durante muchos años. Trabajé más de veinte en la misma institución y  aunque no nos viéramos todos los días, ni estuviéramos asignadas a las mismas tareas o niveles el afecto-felizmente-  se mantuvo para nuestro total regocijo.  


¡Pica ahí familia Becerra! 

Sin embargo, en ningún momento  he considerado un lugar de trabajo como “mi casa”.  Nunca dije. “mi” colegio, sino “el” colegio.  El “lugar” fue siempre eso: el “sitio” donde ejercí, lo mejor que pude- no siempre con éxito, porque no todas las veces se puede considerar exitosa una labor tan ardua-. Pero sí pude apreciar a través de los años compartidos,  a cada una de las  personas que traté en particular, en la coincidencia o en la divergencia- porque no siempre estuvimos de acuerdo-  y saber, que pese a la distancia, al tiempo que voló,-por eso titulé esta entrega: “según pasan los años” (en alguna parte de la canción, dice algo así como: “Las cosas esenciales tienen su valor según pasan los años”.) Indudablemente cierto. Así se aparece en nuestros sueños un antiguo amor, y queramos o no queramos- podemos sentir  el olor de su querida piel, sus besos y su calor.
En este caso, pese   a los avatares de la existencia, a que la vida nos ha dado y nos ha quitado, en el reencuentro se dio la risa y la algarabía porque nos gustó mucho volvernos a ver. Más veteranas, más gordas, más flacas, más canosas, pero con una buena onda increíble.
Millones de gracias  a todas las personas que fueron. Lo pasamos bomba, y, sin lugar a dudas, tienen  un lugarcito cada vez más grande en mi corazón.


¿Serán los bomberos que vinieron a saludarnos?




lunes, 14 de diciembre de 2015

APAGÓN

La pequeña radio portátil salvadora del apagón 
Hoy tuve que cambiar abruptamente los planes del día. Me había levantado voluntariosa, con ánimo para ir a clase de yoga, me preparé el desayuno y estaba plácidamente disfrutándolo, mirando un programa de “Amor al Arte”- que me interesó porque el arquitecto Samuel Flores Flores hablaba de su concepción sobre la conservación de la arquitectura como un bien preciado- acá se tira todo, en breve no sabremos ni quiénes fuimos-  cuando de golpe ¡zas!  Se apagó la luz. A partir de ahí mi mañana se transformó. Es increíble el poder de la tecnología en nuestro diario vivir. Lo primero fue pensar que  no podía- mejor expresado- no debía salir. Una escalera de seis pisos en plena oscuridad sin pasamanos no es recomendable para mi artrosis de rodillas. Además, por motivos de seguridad, hace muy poco,  se colocó un cierre eléctrico en  la puerta de calle. Y la pregunta ante este nuevo dispositivo fue: ¿abriría? Si después de enfrentar el desafío de bajar por la lóbrega escalera, la puerta no me abría significaba desandar el camino- esta vez hacia arriba- Después empecé a modificar mi itinerario matutino. Al no salir, podía lavar ropa,  cocinar. Con lo que tuviera en la heladera, naturalmente. Y constaté lo que había: dos tomates perita, un envase de crema de leche, un cuartito de pechuga ya horneada y media cebolla. En mi terraza coseché para gusto: orégano, ciboulette y romero.

La salsa  y los rigatoni prontos


 Y luego lavar el piso de la cocina. Bien. Hasta ahí bien. ¿Lavar ropa? Sí. Lo indispensable a mano. Entre otros menesteres tuve también que pensar cómo mitigaba el ruido proveniente del aparato generador del hotel de al lado que es atronador. Lo logré generando mi propia música con  una radio portátil. Después fui solucionando los otros inconvenientes. La música que encontré en la radio portátil no era totalmente de mi elección- los programas que encontré eran más bien “plomo”-, pero al menos con unas cumbias disimulé el ruido, y logré cocinar unos rigatoni al dente y una salsa. ¡Almuerzo solucionado! ¡Bien! Acto seguido acudí al celular y me conecté con todas los whatsapp habidos y por haber para saber cómo era la situación en otros lugares. Constaté que estábamos en las mismas condiciones muchos  montevideanos  de distintos barrios y también en la Ciudad de la Costa: ya sé que “mal de muchos, consuelo de tontos” pero hace bien no sentirse tan sola en estos avatares. Estuve sin luz más de dos horas. Y constaté que la tecnología es un privilegio, pero, puede fallar, y si falla, lo mejor es tener elementos  de sobrevivencia. Esto me hizo acordar a un ejercicio que algunas veces proponía a mis estudiantes extranjeros: “si usted tuviera que irse a una isla desierta mencione cinco elementos indispensables que se llevaría para sobrevivir”. Para mí, serían indispensables una loción antimosquitos-(soy alérgica y difícilmente sobreviviría en una isla desierta)  una cantimplora, una olla, los fósforos.
 Y un gato. Tierno, mullido, afectuoso. Sí.  Alguno de esos que están pensando. Aquí pongo dos ejemplos contundentes. ¿ O no? 

Imagen tomada de Internet: Richard Gere 


Imagen tomada de Internet: Keanu Reeves 
            

jueves, 10 de diciembre de 2015

Tango para tararear o-directamente- para aprender a cantar.



Este es el tango que fui tarareando esta mañana mientras buscaba la sucursal de correo. 

PERIPECIAS

Sucursal de correo uruguayo de 26 de Marzo 3391 casi Julio César- Pocitos Nuevo 
El 19 de octubre de este año, con el título “Esquemas” me referí a las múltiples dificultades que encuentra un usuario común para hacer algunos trámites sencillos, como desayunar en un Mc Donald-después de las 11 de la mañana-  comprar un medicamento, enviar por el correo uruguayo un libro a la vecina orilla.
No voy a abundar sobre el particular. Hoy voy a otro. De mañana, me levanté temprano, desayuné en mi casa- y, ya curada de espanto,  me dirigí al Montevideo Shopping. Mi idea era bien sencilla: mandar una tarjeta postal –clásica, y “a la antigua” a una de las amigas que tengo en España. Ya también “curada en salud” con el mal trato que recibí en la otra agencia, decidí que podía ir a la del Montevideo Shopping, donde si todos los astros estaban alineados a mi favor, podría recibir una atención  más esmerada. Craso error. No existe más la sucursal de correo uruguayo en el centro comercial. Se mudó a 26 de marzo 3391 casi Julio César. ¿Motivo? Según lo que me explicaron, a los centros comerciales no les interesa tener locales ocupados por instituciones públicas, prefieren alquilarlos- a buen precio-, y dejar a los pobres usuarios en pampa y la vía. Así que junté coraje, le pregunté a uno de los guardias más o menos cuántas cuadras tenía que caminar y emprendí la marcha. No son muchas cuadras, quizás cuatro, quizás cinco, pero, en esa zona, 26 de marzo es “en subida” y no tiene ni un mínimo arbolito para guarecerse del sol. Para colmo de males, la artrosis de rodillas me tiene a mal traer por lo cual caminar se ha convertido en una experiencia bastante dolorosa. Pero no me quedaba otro remedio, así que lentamente, tarareando “Nuestro balance” de Chico Novarro, emprendí –lentamente- la caminata.
Felizmente, llegué y  fui bien atendida por  una joven, que hasta me elogió la letra manuscrita- destacando mi “letra de maestra”- condición adquirida después de  muchos, pero muchos años de planas caligráficas- . En amena charla le hablé de mi blog, y de las veces que escribo sobre estos problemas barriales.
 Yo tenía una preciosa sucursal del correo uruguayo en el Punta Carretas Shopping- ya todos saben que vivo a media cuadra- y podía enviar todo lo que se me antojara con un mínimo esfuerzo. Ya no. No tengo ninguna sucursal a mano. Fui muy bien atendida, pero no me queda cerca. Tengo que ir en ómnibus o en el auto- si encuentro dónde estacionarlo- problema que se ha agudizado también en los últimos años, porque no hay suficientes espacios para dejarlos seguros. En la Sucursal de Pocitos Nuevo también me encontré con la empleada que me atendía en la sucursal Punta Carretas. Y le manifesté la verdad: que la extraño enormísimamente,- a ella y a su amabilidad siempre lista para aconsejarme la mejor manera de realizar un envío-. Les dije a todos  que iba a  escribir en mi blog. Prometí enterar al Consejal del Municipio CH, el señor Andrés Abt- que según tengo entendido se ha ocupado y se ocupa mucho de lo barrial- para ver si de alguna manera, puede realizar alguna gestión positiva para que Punta Carretas vuelva a tener su sucursal de correo. Ojalá que sí. Los vecinos nos la merecemos. No les quepa la menor duda.