sábado, 26 de noviembre de 2016

REVISANDO ENCRUCIJADAS

El antiguo taller de reparaciones de máquinas de oficina y la casa importadora
Hoy, son taperas.  "Devaneos".  "Verduras de las eras."
Hoy me fui de excursión a la Ciudad Vieja. Y sí. Para mí es una excursión salir de Punta Carretas para hacer un trámite en el otro extremo de la ciudad, pero no tuve más remedio. Para renovar el pasaporte tenía que hacerlo, no hay forma de hacerlo por Internet, hay que pagar en el acto, y, el trámite urgente- de cuarenta y ocho horas, tampoco la pavada- sale el doble que el común. El asunto era ir, sacar la hora y volver para concretarlo.
Por lo tanto, me levanté temprano- cosa que detesté y detesto siempre- para pegarme una ducha, tomar un café y salir. Ir en el ómnibus 121 me permitió disfrutar del buen sol y pensar. El recorrido lleva más de media hora. Tomé uno cuyo destino era Plaza Independencia, por suerte,  el local para hacer la gestión está cerca y se puede ir caminando. En el trayecto, pasé por la antigua casa de reparación de máquinas de oficina, donde trabajé en los años setenta. Ya conté el episodio del despido en “Encrucijadas”. No es mi intención repetirlo. Pero sí recordarlo porque –precisamente- es en las “encrucijadas” que  se nota,  al pasar el tiempo, si el camino por el cual optamos fue el correcto o no. En algunas encrucijadas no pude optar: las que me puso la vida con las enfermedades y muertes de seres queridos fueron- y siguen siendo- intransferibles e inamovibles. No las pude cambiar nunca. Pero, en otras, pude elegir. Y elegí.
En el caso del empleíto de la Casa de Reparaciones, dejé que me despidieran,- que fue-indudablemente- una humillación-, cobré el seguro mes a mes, busqué otro laburito-que me costó mucho conseguir- y seguí para adelante con mi Licenciatura. Me recibí y de a poco, comencé a dar clases. No  me llené de oro con la profesión, pero sí pude vivir de lo que más me gustaba: las letras, y aunque no fui un modelo docente, salí todos los días contenta con mi portafolios repleto de planes y lecturas.
Hoy me paré-otra vez- frente a la vieja casa que está tapiada y convertida en tapera. Saqué estas fotos para ilustrar estos recuerdos. El número era “677”; ya no se ve. Le saqué foto al local  de al lado: “679”. 
El "677" desapareció. Como casi todo.


Y pienso con total seguridad: opté bien. “Largar” el empleíto donde se me pedía que “trabajara o estudiara”, fue una encrucijada muy “hartera”. Si hubiera optado por quedarme, lo que me hubiera significado dejar de estudiar, otra muy diferente habría sido mi existencia, sin ninguna realización personal.
Hoy,  ya veterana y jubilada-de administrativa y docente- pienso que la vida me puso en la  disyuntiva y la elección fue la acertada. Opté por culminar los estudios.  Por suerte. Y si no, miren esta tapera. Vienen a cuento los versos manriqueños:

 ¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención
como trujeron?
Las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras,
y cimeras,
¿fueron sino devaneos?
¿Qué fueron sino verduras
de las eras?

También el tallercito, y la casa importadora, que ya no existen más, fueron “devaneos”, “verduras de las eras”. Efímeros negocios momentáneos que sucumbieron inevitablemente.


En el transcurso de la vida, quedó esta perspectiva desoladora



domingo, 20 de noviembre de 2016

" PESADO COMO CALDO DE HABA"

A la caza del desprevenido transeúnte- son de REMAR, pero pueden ser de cualquier otra cosa-


En la crónica anterior, me referí a las alternativas humorísticas de la argentina Laura Oliva, en sus monólogos, y, en especial a  uno que tituló “Me la baja”. Esta vez, voy a ser yo, la que titule estos divagues con un dicho popular oriundo de no sé donde- pero sí sé que es del campo- “pesado como caldo de haba”, y se refiere, específicamente a situaciones en las cuales sentimos que lo que está ocurriendo es –realmente- “pesado” es decir insoportable. Así es el “caldo de haba” para todo el que se haya atrevido a tomarlo. Yo,  les aseguro que así es.
Por ejemplo, a mí me resulta insoportable en estos tiempos, el asedio de los “call centers”. Yo sé que las tipas  tienen que ganarse la vida de alguna manera, pero, aún así, no tienen ningún derecho a ser “caldo de haba”: esto es: insistir e insistir aunque una les diga que no, que el servicio ya está cubierto, o que no lo necesitamos, o lo que sea, pero no, no, y no. Y punto.
Uno de los más insistentes es un servicio de acompañantes que se llama “Vida”. Las mujeres- originalmente son mujeres- llaman y se tornan absolutamente inaguantables, aunque les digamos que tenemos todos los servicios, y que no queremos- o no podemos, que es lo más frecuente- pagar más. Insisten como una máquina repetidora, como si fueran mutantes preparadas para ese oficio y no pudieran dejar de hacer eso de ninguna manera. Ayer, por ejemplo, sin ir más lejos, me llamaron tres veces en un lapso de no más de dos horas. No es suficiente con decirles que no. Insisten con preguntas. ¿Y qué servicio tiene? ¿Le cubre las 24 horas? ¿Tiene con botoncito?  ¿Ha pensado en una situación extrema- un sorpresivo ataque, por ejemplo- en el cual no se pueda mover ni hablar?  La putísima madre que te parió. Sí, claro que he pensado. He leído también, sobre tipos – y tipas-, para que no me censuren las feministas- que se mueren solitos- y solitas (no me gusta, pero lo pongo por si acaso), sin ninguna asistencia y se les encuentra después de varios meses, porque sus cuerpos despiden olor fétido y los vecinos se dan cuenta de que crepó. Claro que me doy cuenta, pelotuda. Estoy al tanto de esas muertes, y de circunstancias de todo tipo. Pero, ocurre que es un fenómeno “moderno”. Las grandes familias, antiguamente, vivían en un mismo caserón: abuelos, abuelas, tíos, tías, el vejete solterón que había quedado irremediablemente solo, el pariente loco- siempre hay un loco en la familia-, y las sobrinas, buenas chicas y todo, pero que no habían logrado  un candidato que se las llevara y habían quedado irremediablemente para “vestir santos”. Ese era el dicho. “Vestir santos”. Iban a las iglesias, y les hacían las vestimentas a los santos- no habían podido ni coser, ni bordar para sus bodas y sus propios críos.
La persecución es implacable 

Claro que lo sé. Pero con saberlo,  no voy a cambiar el mundo. Ni nada, por lo tanto, esos servicios que se ofrecen por los call centers, no me sirven para nada y me molestan mucho.
También sé- estoy completamente enterada- de que no es por tener o no tener hijos que una se queda sola como Adán en el día de la madre. No. La soledad en la vejez, cuando se ha dejado de ser útil, es un producto de la vida actual. Por que se han producido  cambios  en las modalidades de vida. Por algo surgieron los “co-housing”- especie de “hoteles” para vivir solos –pero al mismo tiempo, con servicios que aseguren que si nos morimos haya alguien que recoja nuestros restos y los entierre- No creo que sea mucho más que eso- La piedad no es-de ninguna manera- un sentimiento moderno. Al contrario.
Pues bien. Volvamos al tema. Dije: “pesado como caldo de haba”. Así son los call centers que nos ofrecen servicios que no necesitamos o que no queremos contratar,  y también lo son los pedigüeños. En este país los hay de todas las modalidades. Ya escribí sobre el tema en: “El país de la manga”.

En estos tiempos de aproximación a las fiestas tradicionales, los pedigüeños arrecian. Hoy, por ejemplo, en la entrada del  Punta Carretas Shopping me encontré con unos bien pesados: los de la asociación REMAR. Los tipos, aunque les digas que no, son capaces de seguirte hasta  debajo de las piedras.
Y otra pedigüeña implacable es una gorda que está apostada en la puerta de la iglesia de Punta Carretas. Saludable, de no más de cuarenta o cincuenta años. Se volvió, -supongo que será por la época- en una insistente tenaz-: -¡Señora, señora, señora! (varias veces) ¡una ayudita, una ayudita, una ayudita!-” (también varias veces). Yo, habitualmente sigo mi camino. En primer lugar, porque no creo que tenga que darle “una ayudita”. La tipa está en condiciones de laburar, como yo lo hice desde muy tierna edad para ganarme la vida,  y, además, porque creo que no se debe fomentar la “pedigüeñez” de ninguna manera. Ni esta, ni la que nos propone el estado, cada vez que hace una promoción de “llamada de solidaridad”.
Vamos a dejarnos de joder.
La solidaridad debe empezar en casa.
El estado nos roba abiertamente los haberes que cosechamos para vivir en  nuestras edades provectas.
No quiero de ninguna manera solventar más empleados públicos. Así que déjense de joder, “pesados como caldo de haba”.

sábado, 12 de noviembre de 2016

"ME LA BAJA"

Foto de la visita de la Sra. Hillary Clinton a la escuela Nº 264 de Uruguay-foto tomada de Internet- 


La escapada a Buenos Aires me permitió  ver el programa “Hacete de Oliva”  donde la verborrágica Laura Oliva, hace empleo de una expresión que parece que se puso de moda.
Se trata  de una que connota una clara reacción negativa debido a circunstancias adversas: me la baja. Oliva, con el desparpajo sensacional que la caracteriza también mechó que para las mujeres podría ser: “me la seca”.
Y sí. Hay situaciones en que se pueden producir esas sensaciones de  absoluto fracaso. A mí me pasó con la demora del último viaje que hice en Buquebús. Y también con el encuentro en la Bibna con el escritor cubano Alejandro Padura. Ya les conté las dos anécdotas así que no voy a abundar.
Y aunque la expresión se considere de mal gusto es magnífica y acertada: de la misma manera que el pene no se yergue por voluntad propia, ni la vagina se humedece así nomás, tampoco se puede lograr que las cosas salgan como una quiere, así  porque sí.
Yo no seguí al detalle  el asunto de las elecciones en Estados Unidos. Leí algunos comentarios,  oí otros, más que nada,  sobre Donald Trump. La mayoría negativos. Entre ellos, el del escritor Leonardo Padura en la BIBNA.
Pese a tanta alharaca el hombre triunfó y fue electo Presidente de los Estados Unidos.
La candidata republicana tampoco me  había impresionado agradablemente. En su visita a Uruguay, en el año 1998, como primera dama, el colegio UAS   engalanó las ventanas de sus clases con las banderas de Uruguay y de los Estados Unidos, y sacó a los niños-también con banderitas de los dos países-  a la vereda, para que la vieran pasar, pero ella, ni siquiera se dignó a bajar la ventanilla de su auto para saludarlos con la mano. Los  pequeños quedaron frustrados.  Sin embargo, visitó a la escuela pública Nº. 264. Y, por supuesto,  se sacó fotos con las maestras y con los niños. Supongo que protocolarmente, le quedaría mucho mejor la visita a esa escuela pública y no a un colegio americano privado -que seguía los programas de los Estados Unidos y todo, pero que no tendría ninguna repercusión política positiva para su carrera-.
Foto de Hillary Clinton firmando en la escuela Nº 264 en el año 1998 Uruguay

Así que yo también podría  decir -junto con Laura Oliva-: que esa actitud tan interesada, tan poco  propicia, que tuvo para con un colegio de su país, “me la baja”- (o “me la seca”).
Pero la vida da muchas vueltas, y muchas, son de rosca completa. Es probable que ahora  sea ella la que esté diciendo:
Donald Trump “me la baja”, (o “me la bajó” o   “me la secó” completamente), porque la dejó fuera de combate en las elecciones presidenciales.
Y ahora:
¡América latina, y mundo en general:  ¡Sálvese quien pueda!





sábado, 5 de noviembre de 2016

LEONARDO PADURA EN LA BIBNA

Leonardo Padura firmando ejemplares. Un detalle: es zurdo.
¿Será zurdo Mario Conde? 


Antes de la escapadita a Buenos Aires me habían llegado las convocatorias de la Sociedad de Profesores y  de la Biblioteca Nacional para el encuentro del  viernes 4 a las 19 horas,  con Leonardo Padura. Lo presentaría Mario Delgado Aparaín y lo entrevistaría Jaime Clara.
En las redes sociales circuló también la noticia por lo cual supuse que habría mucho público interesado en escuchar al “Cuban Boy”, que tal como su literatura imaginaba bastante irreverente.
Lamentablemente la horrorosa desorganización propició una especie de  desagradable hecatombe. Se anunció que el encuentro sería en la Sala Julio Castro, que es pequeña, por lo cual, al poco rato rebozó de público sin asiento que se desesperaba por acomodarse. A los pocos minutos se anunció que iríamos abajo a un lugar con disponibilidad para albergar a 400 personas, y cundió el caos. Yo, que había llegado a las 18.30 para conseguir lugar, quedé en las últimas filas porque de inmediato se llenó caóticamente con todo el público que acudió masivamente y empujó, pisoteó, y codeó hasta conseguir los mejores puestos posibles. Así, fue la cosa. Ni más ni menos.
Mario Delgado Aparaín empezó la presentación sin micrófono- la mudanza fue intempestiva- y, por supuesto, los de las últimas filas no oíamos un pomo. Se generó una incomodidad general que no se calmaba con nada porque era como estar en una presentación muda. No quiero decir con esto que lo que dijera Mario Delgado Aparaín fuera algo que los oyentes no supiéramos sobre Leonardo Padura, su posicionamiento con respecto a Cuba, su personaje señero Mario Conde y tal y cual. Más o menos, sus lectores tenemos alguna idea sobre el particular,  pero de todas maneras, nos hubiera gustado mucho poder saber qué decía al respecto.
Al rato, no sé cuánto tiempo después, apareció el micrófono y la gente, a medida que empezó a escuchar se fue calmando. No se notó en ningún momento que Padura estuviera preocupado porque manifestó en varias oportunidades que había sido muy bien recibido y que tanto público lo había sorprendido gratamente.
Después de todos estos avatares, cuando terminó la exposición-honestamente,  la de Mario Delgado Aparaín podría haber sido más breve, ya que el interés estaba concentrado en oír a Padura, pero ya se sabe que cuando otro escritor toma la palabra deja con menos tiempo al invitado, cuyas opiniones son las que realmente interesan-.
El cubano desbordó buen humor y con solvencia puso fin a las discordias.
Al final, Clara dijo que “firmaría ejemplares en el hall”. No especificó  qué “hall” y un montón de berenjenas- entre las que me conté- fuimos a hacer cola al hall de la entrada. Después de  un rato de espera, unas personas nos dijeron que le habían armado el boliche con una mesita y el cartel de la editorial Planeta,  abajo- al lado de la sala- Otra vez, vuelta a las catacumbas. Nueva maratónica cola para obtener la firma. Reitero lo del principio. Una horrorosa desorganización. Padura merecía algo mejor. Y nosotros,  sus lectores,  también. 


miércoles, 2 de noviembre de 2016

BUBUBUQUEBÚS


La exquisita cerveza de "La Biela" 

Ya todos saben que soy un cronopio y que viajo como tal.
Por lo tanto, me ocurre todo lo que le puede ocurrir a un cronopio y más. No importa cuántas precauciones previas haya tomado porque son inútiles. Por cierto, que preparé la valijita y la hice y deshice un montón de veces, pero siempre me olvido de algo, o llevo cosas absolutamente innecesarias.
Esta vez, patiné con BUQUEBUS.
Les juro que compré el paquete con varios días de anticipación, que no hubo tormenta sino una ida y vuelta con un clima bastante potable en comparación con lo que se vino después.  Pero Buquebús tiene el monopolio del Río de la Plata. No hay ninguna otra empresa que le haga sombra, y por lo tanto, disponen de lo que quieren y cuando quieren. Así que “cronopio, cronopio, buenas salenas, cronopio, cronopio”, informaron que el buque saldría “con retraso”.  Otros pasajeros me dijeron que “era normal”. Para mí no es normal un retraso de media hora si las condiciones atmosféricas permiten la navegación, pero parece que los rioplatenses, muy mansos o pelotudos,  nos “acomodamos” a las demoras con franciscana paciencia.
Ya en la fila para abordar el buque- que demoró lo que les dije- tuve que soportar la presencia de un señor-muy emperifollado él- que me pasó raudamente-aunque yo iba bastón en mano- faltaba más-. En esas condiciones pude observarle el pelo cuidadosamente teñido-con mechitas claras- bien de físico pero con más arrugas que una col- y la actitud de un actor de cine. Yo no lo reconocí pero podría serlo. No sé.
En la fila, ya para abordar, nos dieron los zapatones protectores. No hay más máquina expendedora, que era muy práctica. Simplemente se ponía el pie y salía calzado con los adefesios. Esta vez dos azafatas entregaban los horrores y otras dos a la entrada, verificaban que estuvieran puestos. Tuve que hacer malabarismos-pese a que llevaba una única maleta – para colocármelos. Ya saben que la artrosis me tiene a mal traer, no hay ningún puto lugar para sentarse así que me los puse en el aire. Así nomás.
Antes de llegar al asiento pregunté dónde tenía que sentarme y me dijeron que fuera donde más me gustara. Bien. Por lo menos pude ir en un asiento cómodo. Siempre elijo uno que esté cerca de la cafetería y próximo a los baños. El buquebús era Francisco Papa. Dan una copita de algo que puede ser champagne- no tengo paladar para eso- y el viaje se realizó sin mayores inconvenientes. ¡Albricias!
Todos estos avatares fueron soslayados  ante los hermosos y suculentos bifes de chorizo  que ofrece la city porteña en algunos lados, acompañados por una buena cerveza. 
Uno de los buenos  bifes de chorizo. 


El más duro y casi incomible fue el de “Café de los Angelitos” donde nos recibieron con precisión milimétrica y donde los platos –también con precisión milimétrica- entraban y salían por nuestros costados con una velocidad incomparable. Lo mismo que el Show. Preciso, eficiente, rápido y  frío como la nieve. A las doce de la noche ya estábamos de vuelta en el bus de regreso preguntándonos-estupefactas- si lo que habíamos visto  era – o no- un “show de tango”. Más bien creo que vimos un espectáculo preparado para turistas NO rioplatenses que supieran cero de tango y adyacencias. Preferí el show que vimos años atrás,  en “La Casa de Aníbal Troilo”, más entrañable, más nuestro,  con varios cantantes que presentaban los temas y dialogaban con el público.
El regreso también lo comprendía el “paquete buquebús”.  Como el buque de puerto a puerto- Buenos Aires- Montevideo, el día domingo- salía muy temprano, compré un pasaje de Buenos Aires a Colonia. ¡Oh dioses del Olimpo! Supuestamente salía a las 12.30. Me hicieron estar pronta para salir del hotel, a las 10 y 15; pasaron a las 10.30  por lo tanto, tenía nada más y nada menos que casi un par de horas de espera-.
Al llegar,me instalé en un banco frente al cartel que decía: Salida 12.30
Se hicieron las 12.30 y nada. Las 13 horas y nada. De pronto una voz cavernícola informó que el buque “estaba demorado”. Lo dijo  una única vez, la gente seguía llegando con la esperanza de abordar, pero el buque no estaba disponible. Pasamos dos horas de espera. No nos dieron ni “una sed de agua”-como decía mi padre- Pero eso no fue todo. Después del viaje, también al llegar al puerto de Colonia, hubo que esperar porque había un buque  y no podía atracar otro. Es decir, que pasamos otra media hora más en Colonia.
Así nomás. No me van a negar que somos mansos como agua de pozo.
El día que otra compañía les haga competencia,  -una especie de “buqueuber”- con seguridad que protestarán enérgicamente. Pero será tarde, muchachos. Mejoren ahora.


martes, 25 de octubre de 2016

LA CARNE QUE TIENTA

El actor Sam Heughan-protagonista de la serie Outlander- podría ser el gigoló de Soledad Alegre

“Y la carne que tienta con sus frescos racimos”
               “Y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos”.

Los versos son del poema “Lo fatal” de Rubén Darío y a mí me conmueven desde mi remota adolescencia con mucha intensidad. Quizás ahora más que antes, por supuesto, y por obvias razones. Siento que es “fatal” percibir la fugacidad de la vida, la tentación de los “frutos jóvenes” y lo terrible de la muerte oliéndonos, y rondándonos sin saber nunca  lo cerca o lejos que está.
Queda aún  la otra pavorosa angustia  de “no saber adónde vamos ni de dónde venimos”, pero lo que más lastima es esa sensación de finitud que observamos en nuestro cuerpo, que se nos arruga, que  se nos cae, que se nos llena de  manchas y de antiestéticos lunares que nos afean la piel. Sin embargo,  en el fondo de nuestro ser seguimos siendo niños malcriados,  eternamente   sanos- como en los sueños delirantes-  sin dolores físicos en ningún lado y con las articulaciones que responden perfectamente a nuestros deseos.
Todo este preámbulo se debe a las polémicas que ha desatado la última novela de Rosa Montero que se llama “CARNE”.
 Es  la “carne, celeste carne de la  mujer”,  -como decía Rubén Darío-esa misma que  nos va abandonando a medida que envejecemos; la  que se llena  de verrugas, la  que se arruga lastimosamente contra nuestra voluntad, y que-finalmente-, se pudre sin remedio.
El personaje más impactante es una sexagenaria que dolorida por el abandono de un amante,  para contrarrestar el sufrimiento, contrata a un gigoló, escort o prostituto. (Se lo nombra de esas tres maneras.) Ruso, buen mozo, elegante, electricista, y, por supuesto sin un cobre.  60 “contra” 32. Lógico. Uno de su edad no le serviría para exhibirlo.
 Y lo más polémico es precisamente eso. Una mujer de sesenta años cumplidos, que se alquila un gigoló de treinta y dos. Parecería que a las veteranas no les correspondería excitarse con “la carne que tienta con sus frescos racimos”- según el poema de Darío-pero,  sin embargo, en la novela- y en la realidad también- a las mujeres cargadas de años les gustan los mozalbetes y, como la mayoría no está en condiciones de conquistarse uno, se los alquilan.
Yo recuerdo que hace muchos años, encontré en uno de mis viajes de estudios a Estados Unidos, -azorada como el “cisne entre los charcos”-como también dijo Darío-  en un hotel con bastantes estrellas,  un libro cuyo título decía “Escorts”- no sabía qué significaba la palabreja pero de inmediato entendí que se trataba de una oferta de “acompañantes”, porque cuando lo abrí,  vi  jóvenes, de todos los tipos y colores,  vestidos únicamente con un insinuante bóxer ajustado,  en diferentes poses que destacaban el insinuante bulto de sus penes-.  Efectivamente. Eran “gigolós”  y cada uno lucía sus correspondientes tarifas- tal como en la novela de Rosa,  con la salvedad de que ahora, tanto en la ficción como en la realidad, la información está en Internet, y se cotizan según las horas de “ocupación”-. Supongo que eran de una agencia también. Eso se me perdió en la memoria.
Anoche me di una vuelta por “San Google” para ver la “oferta” montevideana y ¡oh sorpresa! ¡Hay ofertas de todo tipo! Incluso  hubo algún programa de “Cámara Testigo” que se ocupó del tema con el nombre de "taxy boys". 
Volviendo a la novela: el galán que Rosa Montero imagina para Soledad Alegre- un connotativo nombre oxímoron- también tiene  nombre significativo: Adam. Dentro de los detalles: tiene el pecho depilado y huele a tierra, a madera. Creo recordar algún otro personaje masculino  de Rosa Montero que huele igual. No es difícil deducir que le gusta ese olor. ¿No?
Aunque hay más oferta que demanda, el pibe me pareció bastante carito. Cobra sus buenos euros, la agencia se queda con la mitad pero él quiere “progresar”. No voy a revelar detalles de cómo quiere progresar, para eso tendrán que leer la novela, pero digamos que dentro de los lineamientos generales, la más cara ambición de los gigolós es  salir de una situación de pobreza de manera fácil y rápida. Por eso eligen ese camino, y son capaces de delinquir para lograr sus objetivos.
El bebote de la novela toma Viagra y Cialis. Según la cantidad de  horas que tenga que responder  con una buena erección. La diferencia entre los dos es la duración. (Lo averigüé googleando, pero en la novela también aparece.)
Soledad Alegre -este interesante personaje sexagenario-, querría poder detener el paso del tiempo.  Se cuida muchísimo-basta leer la cantidad de potingues que una mujer de su edad debe llevar en un viaje, para mantenerse lo mejor posible, y no se trata únicamente de medicamentos-.  No  quiere dejar de ser atractiva, y por eso,  se angustia, y sufre  ataques de ansiedad. A mí me causó un  dolor lacerante todo el esfuerzo sobrehumano que hace para recibir al gigoló: desde depilarse el pubis- y cortarse toda- hasta la elección de la ropa interior y exterior que cambia más de una vez.
Otro detalle notorio de Soledad es que no tuvo hijos. También lo vive con  la angustia que causa la sociedad humana donde la gran mayoría de  las mujeres están “emparejadas”- y con “retoños".

 “Los que tuvieron descendencia intercambian comentarios sobre sus retoños como quien cambia cromos”.

Absolutamente cierto. Yo tampoco tuve hijos y más de una vez he tenido que mandar a rodar a alguna pelotuda que se ensaña- buscando  “detalles” -¿Y por qué no tuviste? ¿No pudiste tener? ¿Por qué no adoptaste? Ninguna que haya pasado por las peripecias del embarazo, acepta jamás que  otra  mujer no haya tenido hijos lisa y llanamente porque no quiso.  Alguna tuvo –incluso- el tupé de preguntarme quién me iba a cuidar cuando envejeciera más, como si el hecho de haber tenido hijos asegurara la atención amorosa en la edad provecta. La realidad prueba que no es así. Muchos  vejestorios mueren solos- en algunos casos se descubre su muerte después de muchos meses, incluso años de transcurrida- otros, que se han  convertido en una enorme y desagradable carga familiar, terminan depositados en un moridero, que, aunque sea caro, no deja de ser eso: un lugar para palmar  sin molestar demasiado a la parentela.
 En fin, Rosa sabe, -y yo también-, que el tema de conversación de las mujeres emparejadas y con hijos  es “la familia”. Cuántos tuvieron, cómo fueron los diferentes partos, qué hacen los pimpollos en las escuelas,  en los liceos, o en las universidades,  cómo son de brillantes  y qué divinos que son los  nietos, etc.etc.etc. En poco rato llegan a pudrir a la más aguerrida. Soledad experimenta el  yermo despoblado de la mujer veterana, “desemparejada”, que se alquila un gigoló-una papanatas lo  confunde  con su hijo-, porque podría ser-efectivamente-  ese hijo que  NO tuvo. Es  la notoria,  enorme, insalvable,  diferencia de edad que se manifestó el primer día que  exhibió al gigoló en la Ópera, como un trofeo. Y la sociedad se lo hace pagar, así como ella le paga al prostituto para que la atienda.
No es la primera vez que percibimos en un personaje femenino de Rosa Montero el terror a las innumerables calamidades que le pueden pasar a una solitaria y los múltiples artilugios que se despliegan para no morir en soledad; por ejemplo: NO dejar la llave puesta en la puerta de calle,- para que se pueda abrir en caso de necesidad-.
Hay, -también como en otras de sus obras,  – una inquebrantable intertextualidad con temáticas afines. Así aparece Thomas Mann con su “Muerte en Venecia”- y su personaje Aschenbach enamorado del adolescente Tadzio. Muy turbador, porque además de ser un veterano que experimenta las  zozobras de la homosexualidad, conmueve con el sentimiento de lo imposible para la época, y las circunstancias.
De las mujeres que se nombran en la novela,  rescato  a María Lejárraga. Para mí es la más impactante.  Una de sus novelas- “Tú eres la paz” estaba en la biblioteca de mi madre. 
De la biblioteca materna "Tú eres la paz" escrita por María Lejárraga pero firmada por el marido


Yo escribí sobre ella porque me resultó absolutamente patética. Cornuda consciente, convertida en “La escritora fantasma” por su propio marido,- escribió todas sus obras con la firma de él,  incluso hasta  los discursos de carácter feminista- y tuvo que luchar con denodado  valor para que sus derechos de autoría fueran reconocidos.

Desde el punto de vista físico, Soledad Alegre también tiene características de otras mujeres montereanas. Es delgada, de senos pequeños, practica deportes - tiene sesenta años, pero sale a correr- Un ejemplo: Bruna Husky- la mutante- tiene similares rasgos distintivos. Además, las circunda el pánico a la muerte; en el caso de Bruna,  a edad temprana, ya que únicamente vive 35 años y en el caso de Soledad, que está sufriendo el desgaste de la vejez y ve a su alrededor –como tan certeramente lo  dijo Darío- “la carne que tienta con sus frescos racimos/ y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos”/ con la misma ansiedad.
La novela se lee con facilidad y entretiene. Como toda lectura permite imaginarles rostros y físicos a los protagonistas. Indudablemente yo me imaginé un gigoló al estilo del  protagonista británico Sam Heughan- en el papel de Jamie Fraser en la serie Outlanders-. Tiene un físico esplendoroso y ¡oh dioses del Olimpo, sin tatuajes!  Está “que se parte” como se dice coloquialmente. Solo lo vi en la serie, nunca en persona, no lo palpé ni lo olí- lo cual me daría una perspectiva mucho más acertada-, pero aún así, ese pelirrojo insinuante tiene más que sobradas condiciones para colmar la imaginación de la más exigente. ¿No?
El gigoló de "Carne" tiene 32 años, Sam 36. Espero opiniones.
 Imagen tomada de Internet
¿Elementos positivos de la novela? Los hay. La música- que conmueve y redime-.
Y una idea esperanzadora que se manifiesta como una posibilidad:
Al final Soledad se plantea la idea de escribir una novela.

Rosita: ¿Esperamos una novela escrita por Soledad Alegre?







sábado, 1 de octubre de 2016

"¿Qué le gusta más, la típica o la jazz?"

La cantante argentina  "Gilda"-imagen tomada de Internet-

Hay una etapa en la vida en que se entran a hacer balances de lo que se ha hecho y porqué. Yo creo que estoy en esa onda ahora,  cuando ya no me  quedan tantos cortes de pelo, y una se va sintiendo más frágil y con más nanas. Esta última palabreja de lenguaje infantil, la uso en el sentido de “enfermedades” que se nos van viniendo sin que sepamos cómo ni por qué. Usualmente, son enfermedades que vienen en nuestros genes, las recibimos de nuestros antepasados y pese a los avances científicos, no siempre hay un remedio o una solución efectiva.
En mi caso, después de los setenta se  me declaró una artrosis muy dolorosa que me tiene a mal traer. Me  hizo reducir actividades y seleccionar únicamente alguna que aún puedo realizar.
Hoy me desperté pensando en cuánto me gustaba bailar y lo poco que  lo hice. El baile es un entretenimiento estupendo que disfruto hasta ahora.   A mi marido no le gustaba, únicamente concurrió a los bailes liceales con la finalidad de conquistarme, pero después pocas veces lograba arrastrarlo. Y no bailé mucho más. Este año, ya con esta artrosis declarada, de todas maneras, aún sueño con recuperarme para poder volver a tomar algunas  clases. Nada extravagante por supuesto. No me voy a convertir en bailarina destacada a los setenta años, ni voy a ir a competir en “Bailando por un sueño”. Pero me sigue ilusionando. Se dice que Isadora Duncan, dijo alguna vez: “Yo podría bailar ese sillón”, destacando así, la idea de  bailar  lo  inimaginable.  Yo  no sé si podré “bailar un sillón”, pero si el dolor me deja, sé que lo intentaré, porque el baile me genera un goce indescriptible.
En mi juventud,  los bailes en los clubes servían para conocer gente y sociabilizar. Se estilaba bailar con orquestas- como muy bien se describe en la letra de “Conversación” de Mauricio Rosencof, (“La Margarita”), había una “típica” y una “jazz”.

“La encontré en una velada familiar 
matinée bailable del Club Tuyutí 
yo era muy diquero y así cuando la vi 
saqué un cigarro y empecé a fumar 
ella impresionada tuvo que admirar 
la cancha de hombre conque recibí 
su endomingada aparición que agradecí 
con la leve seña de querer bailar 

La tía que en el baile es todo un rango 
le pregunta a la nena donde vas 
pero al verme inofensivo con aire de guarango 
le dice suficiente andá nomás” 
Entonces le hablé bailando un tango 
que le gusta más la típica o la jazz 


Muy rica y descriptiva en lenguaje popular: “la velada familiar de “matiné bailable” en el club de barrio, era a horas tempranas. Ser “diquero”-  se usaba más bien con la estructura de “darse dique”- en el sentido de presumir o alardear-. El varón invitaba a bailar con un gesto de la cabeza: “la leve seña”. Otro rasgo de época: los clubes deportivos auspiciaban bailes o encuentros bailables familiares, adecuados para todo público. Las jóvenes eran llevadas por sus madres, o por la “institución” “tía” -que era  una verdadera institución ya que decidía con quién bailaba la “nena”-. Si el sujeto invitante, inspiraba confianza- en este caso, “por el aire de guarango”- se entiende inofensivo, le daba permiso porque no había maldad ni peligro, probablemente muy joven y sin malas intenciones a la vista.
En la última línea hay una pregunta que era  muy usual, y la tomé textual para el  título:
” ¿Qué le gusta más, la típica o la jazz?”  
Rompía el hielo, y además, servía para decir unas cuantas bobadas mientras se bailaba.


Orquesta de jazz-imagen tomada de Internet-

Al haber sido arte y parte de esos “romances de barrio”, me quedó el gusto por las orquestas populares. Las más famosas producían una inconfundible música con ritmo. Bailaban hasta las mesas y las sillas.
La Argentina tiene un fenómeno especial con la bailanta, el cuarteto,  y la música de estilo tropical que acá se ha despreciado hasta el infinito. No es mi caso, porque la música tropical, o “la jazz” –como dice Rosencof- formó parte de mi  juventud. No puedo dejarla de lado como si no hubiera existido. Supe sacudirme y divertirme con su ritmo.
Por todo eso, fui a ver “Gilda, no me arrepiento de este amor”.
 La película es un homenaje a la cantante argentina de música tropical que perdió la vida en 1996 en un accidente carretero junto a tres de sus músicos, su madre y su hija mayor. Está protagonizada respetuosamente por Natalia Oreiro y consigue en más de una ocasión emocionar  a los espectadores. De acuerdo a lo que se puede saber, no tuvo una vida fácil, había perdido al padre a temprana edad  y era una maestra de Jardinera, que se casó  a edad temprana y tuvo hijos, pero en determinado momento de su vida, luchó  para lograr el sueño de su niñez: ser cantante.  Y lo logró. Con esfuerzo, dedicación, una voz agradable, y unas composiciones pegadizas que escribía ella misma.
Lo mismo que el cantante cuartetero Rodrigo,  logró fama como santa popular. La gente humilde confiaba en sus manos como generadoras  de curación.
También como Rodrigo, murió a edad temprana en pleno auge de su popularidad. La canción que más trascendió se llama “No me arrepiento de este amor”. Yo tampoco me arrepiento.
No me arrepiento de haber ido a ver la película, no me arrepiento de mi gusto por la música tropical, y por todo lo que tiene olor a origen popular, como el carnaval. Al fin y al cabo, en este recodo de la vida, finalmente, voy aprendiendo a aceptarme como soy. Con mis luces y mis sombras. Esta  película biográfica de una luchadora, me devolvió el ánimo. Reafirmó mi convicción de que los sueños hay que perseguirlos siempre. Así que artrosis: vade retro! Porque apenas se me calme el dolor pienso -como dice la milonga “Baldosa floja”- :
“seguir bailando mientras las tabas me den con qué”.





lunes, 19 de septiembre de 2016

CAFE SOCIETY VAPORES MELANCÓLICOS

Bobby y Vonnie en una escena de amor- imagen tomada de Internet-
Tengo que reiterar una vez más que soy incondicional de Woody Allen, por eso,  todo lo que filma sigue manteniendo mi interés. Café Society no es una excepción. Sigo apreciando su perverso sentido del humor, alrededor de  las situaciones que dota de un  sarcasmo que las torna más agridulces. Además, en esta película hay una estupenda  recreación de ambientes-que incluye la música- que envuelve totalmente al argumento.
Los temas también son los clásicos  de él. Los que viene planteando y exhibiendo de distintas maneras en sus películas, incluidos los paisajes y los tiempos. En este caso, se pueden apreciar unas hermosas “postales” de su ciudad preferida: Nueva York, y de  Los Ángeles,-  en  los años treinta del siglo pasado- Ambas ciudades hermosas  y comparables -sin desmedro de la una por la otra-.
No voy a cometer ninguna infidencia si digo algo del argumento porque aparece en todas las críticas: tanto en las positivas como en las negativas:
El protagonista –Bobby- es un neoyorkino que presionado por la madre- judía como corresponde- se va a Nueva York a solicitarle empleo al tío ricachón-hermano de la madre-. Las diferencias de clase auspiciadas por las económicas y de prestigio son notorias y se manifiestan desde el comienzo. El tío está “tan ocupado” que lo hace ir varias veces antes de recibirlo. La presión materna, persuasivamente insistente no permite que Bobby claudique. Y aparece ella: la secretaria del tío, que ya lo enamoró, y  logrará que el sobrino también la adore. La triangulación- tío, sobrino, y secretaria- se arma como en la mejor comedia de enredos. ¿Con quién se quedará Vonnie? Pero  no está allí lo más interesante, porque aún separados y sin chance de verse otra vez, el fuego del pasado resurgirá y los dejará  pensativos a los dos en una de las circunstancias más melancólicas: una fiesta de fin de año.
Hay un contenido importante que no siempre se ha tenido en cuenta:
 Lo que se ha vivido en el pasado, queda marcado para siempre en la memoria, y aparece de vuelta cuando menos se lo espera. Y esto ocurre aunque los seres dejen de verse, de tratarse, de tocarse, de besarse, y de experimentar la total  atracción física del uno por el otro, porque  el sentimiento o lo que sea,  que alguna vez los unió, persiste y se manifiesta en ese territorio muchas veces inhóspito, oscuro y desconocido de los sueños.
Dije al principio que están los  grandes temas de Woody:
 El  amor y sus insondables destinos regidos por el azar y las circunstancias de los cambios a través del tiempo, el sexo al principio y después- en este caso se habla de después de la maternidad, la religión- o mejor expresado: las religiones: una sin esperanza en el más allá, otra que ofrece la vida eterna-; la finitud de la vida- muy notoriamente acentuada en varios pasajes, incluidos los que son graciosos-.
¿Por qué se le reprocha al cineasta que “no tenga nada nuevo que decir”, si-realmente- lo que dice lo dice y lo hace muy  bien? Al fin y al cabo, no hay porqué pedirle que haga en cada nuevo filme  algo novedoso, porque - como muy bien expresa Bobby-:
“La vida es una comedia escrita por un cómico sádico”.








domingo, 11 de septiembre de 2016

EL PAÍS DE LA MANGA

Este aviso fue sacado de circulación por las protestas en las redes sociales
Yo lo encontré en Internet

En la actualidad de una manera u otra me tengo que ocupar de Teodoro- por las dudas aclaro que es mi gato-. Todos los meses lo llevo a la veterinaria. Lo han vacunado, le han cortado las uñas y también castrado. Indudablemente está destinado a ser un gato solterón de apartamento. Le tocó vivir con una vieja viuda. Tal cual describe Julio Cortázar a su Teodoro que entra “en religión”, también con una vieja,  a medida que envejece, con su platito de leche y tal y cual. Pobrecito. Este también. Venía la última vez, cantando bajito- yo, no él- y casi poco menos que me tropecé con una mujer en la puerta de la iglesia. Sentada en un banquito, gorda, joven, y aparentemente, sin ningún defecto físico a la vista. Apenas me vio me dijo: “¿Una ayudita”?  No le contesté nada. Obviamente. Pero pensé- y sigo pensando- que esas mujeres necesitan la disciplina del trabajo, y ganarse la vida, como me la gané yo cuando salí a los quince años a ganarme la mía. Pero claro, fui educada en forma distinta. Apenas empecé a crecer, me di cuenta de que algo que le molestaba mucho a mi padre era que le pidiera dinero. Yo no lo hacía con frecuencia porque sabía que –habitualmente- el horno no estaba para bollos. Me bancaba salir con mis compañeros de liceo, y como  una campeona no tomaba ni comía nada porque no tenía ni un cobre para pagármelo. Pero, al llegar a los catorce años, me empezó a interesar vestirme mejor, y, tener algún peso para moverme en condiciones similares a las que tenían mis compañeras de curso. Las que tenían madre y padre, tenían siempre dinero para comprarse un refresco en los paseos, o incluso, hasta algún sándwich. Yo no. No me daban para esos “lujos” -porque todo lo que no fuera la comida habitual de la casa, todo, absolutamente todo lo demás,  para mi padre, era superfluo-. Si yo insistía- creo que lo hice alguna vez, con la esperanza de ser tratada como las otras- la respuesta era esta: - “pero che, sos como ciego para pedir”- y esa respuesta lapidaria, además de dejarme sin palabras, me dejaba-también- fuera de toda discusión. Por eso, apenas pude, me conseguí un empleo, y con él, o mejor dicho con lo que me quedaba de lo que ganaba- porque mi padre decidió que tenía que colaborar “con los gastos de la casa”- pude vestirme mejor, y tener en mi bolso, algunos pesos para sustentar mis salidas. Yo sé, ahora, a la luz de los años vividos que lo hacía para educarme. Fue duro, riguroso, pero aprendí. No tuve otra.
Entonces, ahora, cuando veo tanta gente sin trabajar, pasando sus días  al pedo, pidiendo dinero con tanto desparpajo, siento dolor porque lamentablemente no veo ninguna solución.
Hay mendigos por todos lados o pedigüeños o similares. Se dijo que la IMM los iba a sacar, y que iban a hacer “un relevamiento” de las condiciones de los pedigüeños. Sobre todo si se trataba de niños. La medida duró lo que un lirio. Veo niños por todos lados, con una cajita de curitas,  o de agujas  o de estampitas, o de mejorales, encubriendo con esa carátula de venta, lo real: que están pidiendo.
La mendicidad se ha vestido de diferentes ropajes encubiertos. Están los lastimeros que fingen enfermedades,- como en alguna secuencia de “El Lazarillo”-;  los que hacen cuentos, -por Punta Carretas circula una tierna viejecita que hace un cuento muy verosímil- pero que es una reverenda y absoluta mentira, porque hace añares que viene haciendo el mismo- y también tenemos los “artistas callejeros”- que también “trabajan” para ganar moneditas. No sé si cumplen horario o no, pero sí sé que están incluso sustentados en sus “esfuerzos”. Hace poco leí algún artículo periodístico  que los documentaba y contaba sus habilidades. Hay payasos, malabaristas, magos, cantantes, músicos, “cuentacuentos”,  de todo. Hace poco vi, en un ómnibus capitalino,  a  un “improvisador”.  Mientras maniobraba un  aparatejo que hacía ritmo, les pedía  palabras a los pasajeros  y  con ellas “armaba” un rap. Menos laburantes al antiguo estilo, hay  de todo. Ninguno que largue para las ocho horas. No. La manga también se disfraza de artista. Y no niego que los hay muy buenos, pero no trabajan, simplemente hacen algo para vivir de una mendicidad disfrazada de arte.
También tenemos las empresas que piden dinero para causas nobles. Obviamente yo no  dudo de que las causas sean nobles, lo que señalo es que  también se tratan de resolver pidiendo o haciendo colectas-que es lo mismo-. Si en estos días, se dan una vuelta por El Disco, con seguridad que le pedirán algún peso para el Pereira Rosell o alguna otra institución. Y en la puerta del Shopping, encontrará a una viejecita que fuma y viene con su propia sillita, que también le pedirá “una ayudita”.
Llueva o truene. Todos los días, la manga institucionalizada en la puerta del Shopping

 Además encontrarán con sus carpetas a    los de “Médicos sin fronteras”, o  a los de “Un techo para mi país” o a los de Mc Donald... Nadie se queda sin pedir. ¡Faltaba más!

"Médicos sin fronteras", de a tres o cuatro en la puerta del Shopping Punta Carretas
Conste de que NO digo que no sea una causa noble, lo que digo es que todo se resuelve-o se
trata de resolver- mangueando a los ciudadanos que ya tienen demasiado con sus propias deudas,  con los impuestos que hay que pagar sí o sí, y con la inflación que hay que bancar sí o sí también. 

Y, por si todo esto fuera poco, también tenemos el fomento del ocio por otros medios. Si tenemos un feriado-como el día 25 de agosto de 2016, que cayó en jueves. ¿Por qué no hacerse un sanguchito con el 26 que es  viernes? Así tenemos, el 24 la noche de la Nostalgia o de los Recuerdos, más el feriado-pago- del 25 de agosto, y, además, le podemos agregar el suplemento del 26. Más el fin de semana. Claro. ¿Por qué no? Mi padre se moriría de muerte bien muerta-como dice la otra bloguera del Cuque- ante tantos días libres. El Ministerio de Turismo sacó un avisito que tuvo que retirar por las protestas que aparecieron en las redes sociales. Yo lo puse al principio de esta crónica.
 Se terminó la cultura del trabajo que promovían nuestros antepasados. Sumada la escasez de trabajo que se va generando porque cada vez se precisan menos seres humanos y más máquinas   van tomando su lugar, terminaremos – horror de los horrores-en un mundo vacío, ocioso, gobernado por máquinas como en la mejor novela de ciencia ficción que ya será,  sin lugar a dudas, la más cruda de las nefastas realidades.  





viernes, 26 de agosto de 2016

LA LUCHITA

La llegada de "La Luchita" fue una  sorpresa y constituyó todo un acontecimiento- Año 1998
Ya conté en otras oportunidades sobre las dificultades que se nos fueron dando para trabajar y estudiar. Nada nos vino de arriba, siempre luchamos para tener lo que necesitábamos.
En estos momentos en que las fuentes de trabajo van desapareciendo y que se hace cada vez más difícil conseguir uno porque la preparación que se exige es rigurosamente digital y experta o, si es  un oficio hay que desarrollarlo con todas las ganas, me dio por pensar cómo hice yo para que me tomaran como empleada en los primeros años. En el primer empleo, aprendí rudimentos de contabilidad “en vivo y en directo” ayudada por la secretaria de la empresa que me dio unas lecciones básicas. Primordialmente tenía que facturar, hacer recibos y cobrar, llenar los formularios de depósitos de los bancos, andaba mucho en la calle, casi toda la tarde afuera. Lloviera o tronase, hiciera frío o calor, para arriba y para abajo. No me importaba, tenía la convicción de la necesidad. Había que hacerlo. No me quedaba otra. Y no me cansaba porque era muy joven.
En el segundo empleo, me asesoró un empleado jubilado de muy buen talante que no se enojaba por nada del mundo y me guiaba con paciencia franciscana. Yo escribía a máquina, pero con dos dedos, porque no había hecho ningún curso. Un buen día, me anoté en las Academias Pitman. Hice el curso completo de dactilografía.  Fue mi primer diploma. Cuando lo obtuve,  lo encuadré, y lo colgué en el comedor. Fue mi primer logro “académico”. Muchos se burlaban de mi inocencia, pero yo, fiel a mi consigna, no les di pelota,  permaneció años sobre la pared del trinchante de cármica como único adorno. Y bien orgullosa que  me sentía.
En mi tercer empleo, en el taller de reparación de máquinas de oficina, logré-finalmente- comprarme mi primera máquina de escribir. Una Hermes Baby- la marca que representaba la firma- usada, pero de buen ver. Los mecánicos me la habían dejado impecable. Únicamente le faltaba la tapa superior, pero andaba como una bala. Me la llevé a casa contenta como perro con dos colas.
Así como  los cambios de autos jalonaron nuestras vidas, también hubo objetos-como la máquina de escribir- que también  lo hicieron.

Exactamente igual a esta era mi Hermes Baby, pero sin la tapita superior
(Esta imagen la saqué de Internet) 


 Hubo otro que fue memorable. En febrero de 1998, apareció de tarde por casa, un electricista que mandaba mi esposo. ¿Cometido? Poner en el escritorio una línea de teléfono. Como no me había comentado nada, en un principio quedé perpleja y lo llamé para consultarlo.
-¿Para qué querés una línea de teléfono en el escritorio? El teléfono está bien a mano en la mesa-biblioteca del corredor. Se puede oír y atender sin problemas. – La respuesta me dejó más perpleja.
–Quiero un teléfono en mi escritorio.
Bien. Entonces el operario empezó a trabajar con ese propósito. Mi viejo apartamento, apenas tenía algunos enchufes y no todos los que se precisan en la actualidad; se le fueron agregando a medida que empezaron a necesitarse. Le dio un trabajo enorme pasar la línea. Hasta tuvo que hacer sendos agujeros en uno de los placares para lograrlo, pero, a la noche, la línea estaba instalada. Sin embargo, yo no veía el nuevo teléfono por ningún lado.
– ¿Vas a comprar otro teléfono fijo?
-Ya lo tengo. Mañana lo traigo.
Muy bien. Santo y muy bueno. Violín en bolsa.

A la mañana siguiente era sábado, como era febrero yo estaba en casa, de licencia, así que cuando sonó el timbre,  fui  a atenderlo, pero, mi esposo se me adelantó, y abrió la puerta de calle. A los pocos minutos apareció la sorpresa: mi primera computadora. Vuelvo a repetir: año 1998. La llamé “La Luchita”, porque fue, realmente el premio a toda una vida de trabajo y de esfuerzo.  Un armatoste simpático que yo no sabía ni siquiera prender.  Lloré de la emoción. Mi alegría quedó registrada en la foto que saqué del baúl de los recuerdos. ¿Les gusta?

domingo, 21 de agosto de 2016

SENTIMENTALISMOS

En el día de nuestro compromiso Año 1965
En uno de esos viajes relámpago que me gusta hacer a Buenos Aires, fui con una amiga a la Feria de San Telmo. De la misma manera que aquí tenemos la Feria de Tristán Narvaja, o la de la Plaza Matriz, en Buenos Aires tenemos la de San Telmo. Hay de todo. Quizás más que acá. Muchas cosas viejas, antiguas, o en desuso. En uno de los puestos vi montones de fotos antiguas. Mientras mi amiga buscaba algo que quería comprar yo me entretuve mirando las fotos. Después de un buen rato me vino como una especie de zozobra, porque me empecé a preguntar: ¿Quiénes habrán sido los fotografiados?  ¿Cómo fueron sus familiares? ¿Por qué están sus fotos para la venta? ¿No hubo nadie de los parientes o amigos que se interesaran por guardar esos recuerdos?
Evidentemente no. Y ahí estaban expuestos para la venta. ¡Quién sabe cuántos sacrificios habrán tenido que hacer en el siglo pasado para pagar esas fotografías hoy en absoluto desuso! Las fotos no eran digitales, y desde que se popularizaron marcaron la vida de muchas familias, ya que se empezaron a documentar todos los hechos  importantes: cumpleaños, presentación en sociedad, bailes, casamientos, bautismos, reuniones familiares y de amistades. Todo ahora en un baúl dispuesto para revolver a gusto.
Me dio una inmensa pena. Y enseguida pensé en mi caja de recuerdos. Una especie de baúl que tiene multitud de fotos. A pesar de que he tratado de ordenarlas casi siempre tropiezo con una especie de desgano que no me deja ir para adelante. Pero ahora empecé.  No se puede hacer todo de golpe. Empecé buscando fotos donde estuviéramos los dos juntos. Armé una carpeta: “Nosotros”. No son muchas las que rescaté porque no fuimos una pareja de la era digital. Si bien me quedaron algunas fotos de los primeros tiempos, eran las que sacaban los parientes afortunados que tenían una máquina con rollo –de aquellos que se revelaban- y después me regalaban una como recuerdo.
Encontré la de nuestro compromiso. Del casamiento no tengo ninguna. No hubo ninguno dispuesto a documentarlo y nosotros no teníamos plata ni para el ómnibus. Toda la que habíamos ahorrado fue a dar a los pocos enseres que juntamos para armar el apartamentito alquilado,  que era nuevo cuando fuimos a vivir. El de la calle Petain, que como era tan pequeño lo apodamos “El Dedalito”. Me detuve un rato a mirar la foto de nuestro compromiso. Nos creíamos en esa época “muy grandes” pero ahora que veo las caras me doy cuenta de que éramos un par de gurises. Eso sí. Muy convencidos del paso que dábamos. Lo habíamos parlamentado casi todo. Quién iba a hacer los mandados, quién iba a lavar los platos, quién iba a lavar la ropa, quién iba a cocinar. Habíamos hecho  una distribución bastante equitativa. Yo lavaba, -no planchaba ni planché nunca- limpiaba y cocinaba. Él hacía los mandados, y si era necesario, planchaba. Así de simple. Una vida de lo más sencilla. No teníamos ni teléfono- ni que hablar que los celulares tampoco existían-  ni televisor. Apenas una radio portátil Spica.
Tampoco precisábamos más. Nos arreglábamos con lo que teníamos. No tuvimos “luna de miel”. El dinero era escaso, así que lo poco que hubo fue a parar a los implementos que nos faltaban para organizarnos de manera muy austera. Y lo hicimos. Esa foto me trajo todos estos recuerdos. Y sí. Son sentimentalismos. ¿Qué duda cabe? Pasaron más de cincuenta años. Mucha agua bajo el puente. Y de a poco fuimos entendiendo de qué va la vida. Y la muerte.