domingo, 12 de abril de 2020

FELICES PASCUAS

Bacalao a la vizcaína- foto tomada de Internet-
El de mi tía era más bonito y suculento

En medio de una pandemia que  nos ha enajenado totalmente, igual es necesario desear “felices pascuas” a los que queremos. Lo hicimos durante añares, sin pensar demasiado en el sentido de la frase. Naturalmente, nadie esperaba nada como lo que nos está tocando vivir en estos momentos.

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Cuando iba a la escuela de monjas era la frase más natural del mundo. Y la decíamos  distraídamente, mientras comíamos nuestro huevo o conejo de pascua y guardábamos la sorpresita que aparecía adentro. Tampoco nos cuestionamos demasiado por la tradición. ¿Qué significa ese “huevo (o conejo) pascual”? La resurrección. La fertilidad. En la biblia nunca encontré ninguna mención, pero aún así parece que es una tradición que viene de antiguo. Incluso, los huevos se esconden, y se encomienda a los niños para que los encuentren. Muchas veces los escondí lo mejor posible para que mis alumnos se divirtieran buscándolos. Y así ocurría.
Pero, hoy en día, me he cuestionado el juego y el dichoso huevo porque hay gente que no tiene nada para comer y mucho menos un huevo de chocolate que vale una fortuna a juzgar por los precios que vi.
En las distintas casas donde viví se conmemoraban las pascuas aunque no hubiera gente muy religiosa. De esos lugares me quedaron costumbres que mantengo hasta ahora: por ejemplo: no como carne el viernes santo- Una tradición que en algunos casos fue costosa de mantener desde el punto de vista familiar.
Mi tía-madrina observaba esa tradición y preparaba para ese viernes un delicioso bacalao a la vizcaína que le quedaba de chuparse los dedos. Todos esperábamos que nos invitara para saborearlo. No había placer mayor que ese. Para comer su bacalao, muchas veces, nos trasladábamos hasta su casa de Punta Fría, donde, sin lugar a dudas, íbamos a tener un fin de semana de novela. Sin embargo, un día su tradición absoluta, tambaleó, porque apareció uno de los hermanos con un suculento asado, que de inmediato el tío Egisto quiso hacer en su estupenda barbacoa. (Aclaro para los que no lo sepan que el tal tío era el  rey de la comparsa y, si se quería pasar bien de bien, lo mejor era no contradecirlo. Pero la tía también tenía su hinchada propia porque su bacalao era una de esas exquisiteces que no había que dejar de lado de ninguna manera). Se gestó una discusión muy singular y –para zanjarla- el tío Egisto empezó a preguntar uno por uno a todos los comensales qué preferían- si el bacalao de la  tía o un buen pedazo de asado de él-. El tío era un señor asador. Llevaba encima muchos años de obra- es decir que había trabajado en la construcción- y había aprendido a hacer unos asados descomunales. El otro tío hermano que había traído la semilla de la discordia en forma de un asado, no sabía dónde meterse. Y tampoco sabía qué elegir sin quedar mal con ninguno de los dos.  
Fue un duelo de titanes. El Titán Egisto  y la Titana Estela.
No se podía contestar: “A mí me da lo mismo”, porque ambos tenían un prestigio ganado en años de elaboración de sus delicias. Había que elegir. Y elegir bien. Al final, creo que fui yo la que rompí con todo protocolo y señalé que, en esa casa,  siempre se había comido bacalao en viernes santo, y que el asado bien podría quedar para celebrar el Sábado de Gloria. Ardió Troya. El tío Egisto se retiró a su dormitorio, muy enojado y yo gané doble ración de bacalao. Pero no lo podía disfrutar pensando que el Titán mayor se había enojado conmigo- y quizás para siempre, porque era muy rencoroso-
Pero la tía, que era muy intuitiva se dio cuenta de mi zozobra y me palmeó un hombro diciéndome estas palabras: “no te preocupes, después de la siesta, el cristiano, (siempre lo nombraba así cuando se enojaba)  se va a levantar fenómeno”. Y así fue. Efectivamente. Por suerte. No se enojó conmigo para siempre y el sábado tuvimos su suculento asado hecho a las mil maravillas.
Por lo tanto, chiquilinada, en honor a mis tíos- ya fallecidos-  celebren lo mejor que puedan. Con pandemia o sin pandemia. Siempre.
¡Felices Pascuas!





miércoles, 8 de abril de 2020

¿ Y si mañana?


Pinchen el enlace para escuchar la canción. Vale la pena. 

Mina en su juventud. Foto tomada de internet

A veces, sin  ninguna lógica, me despierto con el sonido de una canción en mi mente. Y, también, arbitrariamente, la tarareo. No siempre me acuerdo del nombre, pero las telarañas de la memoria, que tienen cauces insospechados, de pronto,  me traen algún recuerdo, alguna circunstancia, algún hecho que se asocia con la melodía y ¡zas! aparece nítida en el pasado que la albergó, y, que ahora, vuelve caprichosamente al presente.
No siempre se asocian con la felicidad. Sí, en cambio,  con una especie de melancolía por lo que no fue (pero que pudo haber sido). También me pasa con algún poema (muy pocos, porque no soy muy afecta a la poesía),  -que sentí- que podría haber escrito yo. Por ejemplo, el de Idea Vilariño que se llama “Ya no”.   Es un poema para sentir más que para analizar anáforas, encabalgamientos y demás tristezas. Suena en lo profundo de cualquiera que haya tenido que tolerar que el  adorado conviva con otro ser sin ofrecerle ninguna oportunidad para compartir esencialidades:”no viviremos juntos/ “no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa”. ¡Qué sensación de impotencia! ¡Qué despojo de la palabra! Siempre me dejó un enormísimo vacío. Nunca  quise analizarlo en clase. Llevé otros poemas de Idea, otros poemas de Benedetti, pero nunca “Ya no”.
En el plano musical me pasa algo similar con algunas canciones. No necesariamente son nuevas, tampoco son entonadas por cantantes actuales; pero se enredan y asocian en mi memoria con obstinación. Probablemente con la misma idea, con el mismo irritante concepto.  ¿Habrá un mañana? Esta canción de Mina, por ejemplo: “E se domani”.

Esta pandemia irracional que se nos desató nos confinó a muchos despóticamente. Sobre todo, a los veteranos, que no podemos-ni debemos- exponernos a los peligros del contagio. Algunos comprenden. Otros no. Se ve mucha gente-pese a las recomendaciones-  en las playas y en los parques tomando mate sin ningún tipo de consideración por los otros.
Para una población que no ha comprendido aún la gravedad de la situación esta pandemia-tomada a la ligera-  significa tiempo para la diversión. Muy alejada de la realidad siniestra que  se nos vino encima y nos aplastó irremediablemente. No nos dejó ni el aire para respirar, porque la enfermedad sofoca y liquida.
Quizás por eso, el título y parte de la letra de la canción de Mina se me colgó irremediablemente junto con sus  ojos delineados, su anillo colgante (que tanto admiré) y  su vestido negro. “E se domani”.
 ¿ qué mañana? Así, sin más:
 “Habré perdido el mundo entero, no solo a ti”.
Patético. ¿No?


sábado, 21 de marzo de 2020

“DE PELÍCULA”

Un episodio de la fiebre amarilla Juan Manuel Blanes

Era una expresión que se usaba mucho en el siglo pasado. Significaba que la situación se había salido tanto de cauce que parecía increíble.  Imposible concebirla un día  antes. Muchas veces los seres humanos nos enfrentamos a escenarios terroríficos, de este estilo: una pandemia maldita, iniciada vaya a saber cómo que tiene sobre ascuas a toda la humanidad. Sobre todo a los vejestorios como yo, porque somos una  población vulnerable. De pronto, nos sentimos débiles, sucios, pobres, encerrados, desgraciados,  en peligro, sin escape.

Las noticias que circulan no son alentadoras. Únicamente, podemos tomar medidas para evitar el contagio, que no se sabe exactamente cómo ni  de dónde podrá surgir.
Las medidas del gobierno y el terror a lo desconocido  han provocado paulatinamente el cierre de comercios, cines, teatros, y todos los espectáculos públicos que sean multitudinarios. El bicho ataca en las aglomeraciones, a todos los débiles, a los mal  sopeados,  y a  una población inerme como la mía, que es la de los viejos, por supuesto. Porque estamos medicados por distintas dolencias y porque el organismo ya no resiste los embates ni del tiempo, ni de las pestes. Acá estamos silenciosos, desconfiados, medrosos, no asomamos el hocico afuera por temor a que la peste nos liquide.
En el plano artístico recuerdo el cuadro de Juan Manuel Blanes: Un episodio de la fiebre amarilla, y el de Otto Dix, que se llama: El vendedor de cerillas.

En el primero, Blanes plasma la muerte de una madre joven, víctima de la peste. El ambiente es desolador: un pequeño niño está hurgando en su seno, el marido yace en una cama- al fondo- hace falta mirarlo con detenimiento para verlo- mientras los médicos observan con impotencia.
En el segundo, de arte macabro, vemos un sobreviviente de la guerra, muy maltrecho, lisiado para siempre, que intenta-vanamente- vender fósforos. Vanamente, porque la gente huye de él; se ven las enaguas de una mujer que escapa, que no sólo no quiere ayudar, sino que trata rápidamente de poner distancia, también los pantalones y zapatos de caballeros con la misma actitud. Hasta el perro, parece querer salirse del cuadro para no participar del horror. 



¿Nos creíamos invencibles? No lo somos. Basta una peste desconocida para ponernos en nuestro verdadero lugar.


¿Qué cuadro plasmará esta pandemia del siglo XX?


jueves, 30 de enero de 2020

CURÁNDOSE EN SALUD


Este verano, debido a varios cambios forzosos  que tuve que efectuar, me quedó más tiempo disponible. Después de las lecturas, Netflix es una buena opción de entretenimiento.

Sirve para incorporarse sin enormes esfuerzos

  Además de las docuseries interesantes, he visto desde sus comienzos Grace and Frankie. Las primeras entregas me resultaron amenas, jocosas y livianas. La sexta temporada es bastante más ácida. Explota más el humor negro con respecto a lo que por acá llaman “los adultos mayores” o los “de la tercera edad”. Obviamente que los protagonistas son octogenarios y septuagenarios; a excepción del “nuevo” marido de Grace que tiene alguna década menos, pero todos ellos se destacan por tener un buen sentido del humor por momentos hilarante, que, de todos modos, deja hilos que nos llevan a pensar que la vida es así; que por más que nos cuidemos y que los médicos nos receten esto o lo otro, llega un momento en que las articulaciones nos cobran los años vividos y no nos  dan lo que se espera de ellas.
Evita romperse la crisma

 En una comedia vi a un marido explotar una debilidad de su esposa: le apretó todos los frascos de la cocina de manera tan efectiva  que no los podía abrir de ninguna manera (la  obvia solución era: perdonarlo y llamarlo para que la auxiliara). Yo también me curé en salud en ese aspecto: tengo pinzas de todo tipo que pueden abrir cualquier cosa. Me falta conseguir que los clavos se mantengan en su sitio sin romper las paredes.
 A mí siempre me gustó bailar. En un crucero que hice, se armaban grupos de baile con instructores. Las que íbamos “sueltas” siempre teníamos a mano a alguno de los danzarines. A mí me tocó uno joven, ágil, que daba las vueltas como un trompo. Lamentablemente pese a todos los esfuerzos que hice  no lo pude seguir. Mis giros eran muchísimo más lentos. Primera comprobación de que los sesenta/setenta no son los quince.
 Después de mis ejercicios de Taichí, voy a desayunar a un conocido lugar de plaza. Los que vamos después de las once,  somos todos veteranos. Todo  privilegio tiene sus oscuridades: vi a uno de los más avanzados en edad, pedir ayuda para poder incorporarse. Lo miré aterrada y me curé en salud. Me siento cerca de algún lugar que me pueda servir de apoyo en caso de necesidad.
Inclinarse, sentarse, y pararse han pasado a ser palabras mayores.
Yo, con la misma idea, ya tengo un calzador largo para los zapatos.
El artefacto, me evita tener que agacharme demasiado con el consabido dolor de cintura o espalda. 
Con los ejercicios de gimnasia me pasa lo mismo.  Fui dejando los que me fueron resultando excesivos y  traumáticos, y me quedé con los de Taichí; además, hago únicamente los  que puedo hacer. Los de equilibrio ya me cuestan mucho, así que los practico arrimada a una columna o pared. Es probable que en breve, tampoco los pueda hacer. Hay varias que se hicieron esguinces y se quebraron brazos. La edad trae también más fragilidad. No es lo mismo curar un esguince a los veinte que a los setenta. Puedo asegurarlo.
Otro peligro inminente en estas edades son las bañeras altas. Hay que subirse a ellas con sumo cuidado, tratando de agarrarse de donde sea para no resbalar y romperse la crisma.
Con respecto a los inventos de Grace y Frankie, creo que el  último  no lo necesito. Ya me las ingenié para ese menester lo mejor que pude, a juzgar por las fotos.
De todas maneras, sigo atentamente la serie. No sea que encuentre  otros menesteres que me vengan bien.
Levanta-cortinas eléctrico. Evita el enorme esfuerzo

Con la edad falla la vista, las rodillas,  la memoria, el equilibrio. Lo único que nos queda es “curarnos en salud”. A medida que se envejece, hay que  ir buscando sucedáneos que nos hagan la vida soportable.
También me  queda la cada vez más  peregrina idea de que Keanu Reeves, aparezca por mi casa. No puede demorarse mucho. Tiene 55. En breve será un sexagenario.
Arte macabro: El vendedor de cerillas( Otto Dix).
Una obra que me resultó muy patética. Un vendedor de fósforos, lisiado. La gente
huye  y hasta el perro está espantado. 

martes, 21 de enero de 2020

TRANSPORTE EN PATINETA: SINIESTRO PELIGRO PARA PEATONES

Siniestro peligro en dos ruedas 


Hace   un  tiempo  se puso de moda el uso de monopatines sobre la vereda. Son compañías extranjeras. Tengo entendido que una ya se retiró. El  negocio se ve que no fue rentable. Lamentablemente para las personas mayores (como yo) no son nada  aconsejables. No únicamente para andar, sino para esquivarlas. Conozco varios casos de personas que terminaron lisiadas por haber sido atropelladas por una patineta largada a toda velocidad por la vereda.
Por esa, razón y otras de la misma índole, me parece una brutalidad más en una ciudad donde nadie respeta nada.
He leído de parte de autoridades zonales el total beneplácito con esos medios de transporte. El argumento: todos tenemos el derecho a disfrutar de la ciudad. Por supuesto, siempre que  nuestra felicidad no nuble para siempre la de otros. Sé del caso de una mujer  que fue atropellada en la vereda de la rambla. Su vida no volvió a ser nunca igual después de las lesiones que experimentó. En su caso fue una bicicleta-por la vereda, por supuesto-  a una velocidad vertiginosa.
Las veredas son para los peatones. Es un derecho.  Que no se nos olvide.



sábado, 11 de enero de 2020

EL PEPE DE KUSTURICA

´Foto tomada de Internet para ilustrar al Pepe de Kusturica

Dicharachero, alevoso, sabandija, a veces  simpático, transgresor, zaparrastroso y de pocas pulgas, así se presenta por todas partes cosechando  aplausos y críticas. Para nosotros y para el  mundo es “el Pepe Mujica”, y así se catalogaron todas las cosas que propició: desde las viviendas populares “para los pobres más pobres” hasta el asado—de calidad más o menos—que también fue “el asado del Pepe”.
Los periodistas que lo entrevistan, no siempre están de acuerdo con él, y muchos ciudadanos tampoco. Lo encuentran burdo, tosco, con las uñas mugrientas, desaliñado, sucio.  A él le importa un bledo que así sea. Estuvo  sometido a las humillaciones más burdas del universo, sufrió oprobios horrorosos,  no tiene porqué ser de otra manera. Y no lo es.

Otra foto de Internet: Es el Pepe, siempre. 


El documental de Emir Kusturica no escapa a los lugares comunes: El Pepe que  ceba mate, escupe el primero a un costado, le da el siguiente a tomar, —con cara de pícaro y gran divertimento— (porque Kusturica, como muchos extranjeros no sabe que hay que sorber hasta la última gota  y hacerlo sonar); la plaza Independencia; segmentos de la peli “Estado de sitio” de Costa Gravas; fragmentos de charlas con Rosencof y Fernández Huidobro, sus compañeros de batallas y de guerra. Cada uno con su estilo inconfundible. Cuando Kusturica le pregunta si se arrepiente de algo, él,  pese a haber sido un líder guerrillero, de lo único que se arrepiente es de no haber tenido hijos.
Mauricio Rosencof, el escritor y dramaturgo,   mantiene su empaque y actitud, fue un joven de buen ver, que participó de la lucha armada tupamara y no muestra arrepentimiento en ningún momento ni de ninguna manera.
Eleuterio Fernández Huidobro, el apodado “Ñato”,  falleció. En el documental se pueden apreciar sus juicios sobre sí mismo y sobre los rehenes —que fueron nueve—
Sin embargo, el Pepe de Kusturica, no es de ninguna manera el único. El verdadero Pepe tiene otras facetas que le ha grabado la vida a cachetazo limpio, por aquello de que — “como te digo una cosa, te digo la otra”—.
Si bien hay algún momento donde recibe  los improperios de un contra, me parece  que se mandó más de una barrabasada que habría sido digna de recordar, porque  el verdadero Pepe nunca se anduvo con chiquitas. Hasta ahora, dos por tres insulta hasta a sus propios compañeros de partido. Y más de una vez ha tenido que recular “porque se le fue la boca”
A mí me quedó grabado uno de sus despropósitos geniales: cuando le dijo al periodista Néber Araújo: “¡No sea nabo! “Y lo descolocó. No fue la única. Hubo muchas más. Pero no fueron—evidentemente— del interés de Kusturica, al que le interesó más el Pepe del cual habla todo el mundo: el Presidente más pobre del planeta, el que vive—según sus propias palabras: “como vive la mayoría”.  
 La música está poblada de tangos argentinos, que el Pepe y Lucía incluso  tararean. Por suerte, el cantante  Julio Sosa era uruguayo. Una pena, porque hubo grandes compositores uruguayos que habrían merecido andar entreverados por ahí. Pintín Castellanos, por ejemplo.
  La mayoría—tanto en Uruguay como en el extranjero— admira al viejo guerrillero, con  su forma de vivir acorde con una filosofía que lo ha caracterizado: la de la austeridad, la de  que cuanto menos tenés es mejor, y que no se necesita más de lo que él tiene.
Acorde con esa filosofía, que llama la atención a todo el mundo, no  vive en un palacio ni mucho menos. No es una granja es un rancho paupérrimo, con las paredes descascaradas. Tampoco usa pijama—sería un lujo— sino calzoncillos y camisa. Engancha sus chancletas y se levanta así nomás. Va a la carnicería personalmente a buscar carne picada. Comenta que Manuela le sale más cara que un chancho. (La película llevó su tiempo,  fue hecha antes de la muerte de Manuela). Al volver a su rancho, se lo ve en plena tarea, preparándole la comida, mientras Manuela se lame y lo observa como si fuera un dios. Y para ella, — y para muchos— lo fue y lo es. Sin lugar a dudas. Parecería que para Kusturica también—a juzgar por el documental—. Al menos, lo mira con devoción y picardía. Y sus adeptos también. Pero, insisto,  no es la única campana. Hay otras que habrían merecido algún tañido para que la película no fuera la apología que es, ya que  resalta la figura del Pepe pobre, el solidario, el que vive en un rancho, con la mujer que eligió para compañera. El mismo que dice  que el amor es el mejor refugio. Y quizás lo sea, por cierto. Pero faltan matices que  los uruguayos sabemos que están por ahí. El héroe también puede y tiene sus caídas, sus desmayos, sus falencias. Y también lo sabe. Y tampoco le importa. Pero, decíamos, este Pepe es el “Pepe de Kusturica”. Así se puede ver y también discutir y polemizar. Total  a él, le importa un rábano.

martes, 24 de diciembre de 2019

MAS Y MÁS TRADICIONALES

Cola para conseguir taxi en las tradicionales 


Llegamos otra vez a las fechas más fatídicas del consumismo feroz.
No es la primera vez que abordo el tema. 
Ya lo hice en http://cosasdeviejucin.blogspot.com/search?q=las+tradicionales
 Pero insisto, porque  también tengo claro que a medida que pasan los años, se van agudizando los problemas referidos al consumismo. Se compra cualquier cosa (sin importar el precio) porque queremos suplantar con un regalo la carencia de afecto que no hemos manifestado en todo el año, y, probablemente tampoco en mucho tiempo.
Los seres humanos corremos como insectos enloquecidos  en todos los negocios. Es cierto que hay mucho incentivo originado en las agresivas publicidades de compra, que se obedecen sin pensar en cómo se  van a pagar las inutilidades adquiridas, pero de todas maneras, es monstruoso.
Además de las compras, se incentivan los gastos de locomoción. La foto que ilustra esta crónica la tomé en la parada de taxis del Punta Carretas Shopping. En ninguna época del año se generan filas así.
A la publicidad habitual se le suma la que mandan por mails, o por las redes sociales, que contribuyen nefastamente a despertar  deseos. También hay una agresiva campaña por teléfono. Yo no sé cómo se hacen con los números porque  hace años que saqué el mío de circulación de la guía—precisamente para evitar las invitaciones a comprar—. Me he vuelto cada vez más dura para contestar porque  el  personal viene cada vez más preparado para insistir machaconamente para que gestionemos tal o cual tarjeta de crédito, cuyas ventajas parecen ser extraordinarias. No es así. No hay nada extraordinario. Después de obtenida la tarjeta, y creerse que hay algún descuento conveniente, la tan magnífica tarjeta será cobrada como otra cualquiera engrosando nuestras deudas a pagar.
Ayer, por ejemplo, me llamaron para ofrecerme otra tarjeta bancaria. Al comienzo, se presentaron—tengo archiconocido el procedimiento—fulano o fulana de tal o cual institución. Seguidamente pidieron conmigo,  muchas veces por mi segundo nombre que uso únicamente en circunstancias muy especiales, y ahí vino la carga. Esta vez, era del Club Atlético Peñarol, —o por lo menos el que invocaron— del cual soy socia hace años. No iba a atender, porque el teléfono tiene contestador, pero después pensé que podía ser algún conocido de los múltiples que tengo en el exterior que  me llaman para saludarme, y, atendí. Después del habitual protocolo, una mujer, evidentemente preparada para exhortar hasta el cansancio, me dijo la consabida: “¿no le gustaría tener X descuentos en tales y cuales comercios con esta infalible tarjeta de crédito?” Le contesté que no; que no me interesaba, y que no insistiera. Colgué. A veces, vuelven a llamar inmediatamente,  y en esos casos,  dejo que  el contestador haga lo suyo.
Una única razón: No quiero tener más tarjetas.

El supermercado Disco, pasó del banco República—con el cual se generaban puntos para retirar premios— al banco Santander. Iniciaron una agresiva campaña para que el público aceptara el cambio de banco y tarjeta. Yo, ya la tuve, porque cuando trabajé en la Universidad, me pagaban con ese banco, pero la di de baja  porque una veterana jubilada  ¿para qué querría tener seis o siete tarjetas de crédito que no podría usar ni  pagar nunca jamás?

De todas maneras, la agresividad de las propuestas es insistente, porfiada y nefasta. Habrá que armarse para  resistir a toda costa. ¿No?

Bueno, pásenlo lo mejor que puedan, no coman ni beban en exceso, y regalen lo que les parezca, pero sobre todo, sean felices y no dejen de soñar con imposibles. ( Keanu: estoy esperando tu llamado.)  Es lo único que vale la pena. 

domingo, 17 de noviembre de 2019

LO IMPOSIBLE CUESTA UN POQUITO MÁS



Mi taza de la ilusión 



Desde que Keanu apareció de la manito de su nueva novia, me llovieron todo tipo de condolencias en las redes sociales. Me exhortaron a que no tomara más el desayuno en la tacita mágica, y que dejara  de  pensar en imposibles.
Chiquilinada: En las redes sociales agradecí las manifestaciones de ¿solidaridad? Pero ahora, me voy a   explayar un poco más.
En la película de Quentin Tarantino que llevó el título en español de “Tiempos violentos”—más acertada la expresión en inglés: “Pulp Fiction”— hay un diálogo sin desperdicio entre el personaje de John Travolta (Vincent Vega)  y Samuel L. Jackson (Jules Winnfield)  que, traducido,  es más o menos así:
—Tú presenciaste un milagro, yo vi un suceso insólito.
   ¿Qué es un milagro?
—Es un acto de Dios
   ¿Y qué es un acto de Dios?

   Cuando Dios hace posible lo imposible.

 Según la creencia que sostengamos, Dios (el destino, el azar, la vida, las circunstancias o lo que ustedes crean) hay una tendencia general a que lo imposible deje de serlo, o, por lo menos, que sea algo muy  difícil pero nunca irrealizable. Ya escribí sobre este tema en el texto Encrucijadas.


 Pongo otros ejemplos contundentes:

De  Maradona se dijo que  no podría jugar al fútbol- dada la robustez de sus piernas cortas- y que Monzón no podría boxear, porque tuvo raquitismo en la infancia. Bien. Ni tanto ni tan poco. Ambos pudieron ser campeones, aunque sus condiciones físicas no fueran las requeridas, porque para salir adelante en la vida, se necesita ni más ni menos que voluntad. Si se quiere, se puede. Otro factor que incide en las decisiones de nuestra vida, se llama suerte, o destino, o Dios. Según lo que creamos.

 
En Maastricht, con D'Artagnan 


En nuestros años juveniles hacíamos una lista que se llamaba “Venga y atrévase a soñar” (título de un exitoso programa de televisión de aquellos años). Ahí anotábamos más que nada sueños que, dada nuestra franciscana pobreza, parecían absolutamente  irrealizables: tener  casa y auto propios, viajar a Europa, y  otras tantas cosas que parecían en su momento de una galaxia diferente.  Cuando nos acostábamos rendidos de estudiar y trabajar, dedicábamos un rato a contarnos cuentitos. Todos tenían final feliz. Nadie nos había hablado aún de la “ley de atracción”, pero quizás nuestro instinto nos guiaba, y conciliábamos el sueño con una sensación de alegría, porque las disparatadas esperanzas nos catapultaban hacia el infinito. A mí se me cumplieron varios imposibles.  Por ejemplo: la obtención de todos los títulos que tengo colgados en la pared y que me permitieron durante muchísimos años trabajar como docente en un instituto internacional norteamericano, incluso, con cargos de alto nivel. En ese instituto tuve la gracia de conocer personalidades que venían al país por razones laborales: embajadores, empresarios, profesionales de todas las áreas, y un sinfín de gente interesante con la cual podía departir amistosamente.  Nada de eso me habría ocurrido si me hubiera quedado pura y exclusivamente en el ámbito de mi país. Pero en un determinado momento pegué el salto, y me salió bien. Allí, trabajé más de veinte años. También viajé a perfeccionarme con cursos y maestrías—porque un requisito ineludible era seguir estudiando—Y conocí otras culturas, otras maneras de pensar y de ser, que me fueron muy útiles.  Las ilusiones  nos abren puertas que pensábamos cerradas a cal y canto, y nos trasmiten una sensación de esperanza que nos mantiene en estado de alerta.
Yo seguí —y sigo— soñando. A veces, con una sensación de realidad abrumadora, que hasta me permite sentir olores queridos como si estuvieran aún conmigo.
Rosario Castillo,  decía al final de uno de sus programas:
“A pesar de todo, no dejen de soñar”.
 
Debemos tener la inconsciencia del abejorro 
¡Seamos abejorros!

miércoles, 6 de noviembre de 2019

LA NUEVA YORK DE WOODY






                                         Canción leitmotiv de "Un día en Nueva York"
                                         (Vídeo tomado de Internet -Youtube)




Por razones de trabajo y de perfeccionamiento docente viajé varias veces a Estados Unidos. Cada vez que terminaba de corregir o de hacer un curso, me quedaba algunas semanas más y,  munida de una guía turística, iba a todos los lugares que había visto en el cine.  Así llegué a Nueva York que me sorprendió por la verborragia de su multiplicidad de lenguas. Lo que menos escuchaba era inglés.  Me encantó desde el primer momento, allí estaban los paisajes soñados de las películas, allí la música, la comida, y  la alegría de vivir que se respiraba por todos lados. Yo tenía muchos años menos y las piernas me respondían sin las  dolencias actuales. Recorrí  Manhattan de punta a punta en el primer bus turístico de mi vida. No me arrepentí. Me bajaba en las paradas tradicionales, entraba – y me perdía- en los museos. Comía en los bolichitos al paso, o, me sentaba en el Central Park a disfrutar una dunat.
En verano, el calor puede ser tórrido, pero a mí no me molestó nunca. Con un buen gorro para el sol, recorría  Manhattan, maravillada.
Carlos y yo en Nueva York a punto de abordar  

Eso no quiere decir que no haya tenido  zozobras. Las tuve, claro que sí, pero en mí permanecen más los recuerdos felices.
No me ha pasado lo mismo con Roma, por ejemplo, donde también fui varias veces, porque  las bribonadas de los tanos- los tacheros son fatales- y la diabólica atención de otros pudo más que la posible belleza de la ciudad eterna. De todos modos, en determinados momentos,  se  me aparece alguno de los paisajes de película y vuelvo a perdonar los malos tratos recibidos.
Vi otra película que lidia con la memoria: “Ricordi?” Italiana y extraña. Si bien me entretuvo, no logró mi total adhesión, salvo  en algunas secuencias como  la de los perfumes. El protagonista busca el perfume de su amada en varias muestras que están como probadores. Cada olor se asocia a un recuerdo; pero cuando lo encuentra se larga a llorar desconsoladamente, porque el pasado no puede volver. Está perdido, o desdibujado, o  quizás se reconstruye permanentemente en nuestra mente y lo que fue ya no es lo mismo, sino una fantasía que elaboramos con el paso de los años. El escenario de esta película es Roma, tenazmente recreada para el filme.
Woody Allen es uno de mis directores favoritos. Otro enamorado de Manhattan. Siempre encuentro referencias que anoto para ver la próxima vez que vaya.
 Un día lluvioso en Nueva York es otra de sus  obras de arte. Tenía que ver ese paisaje aguachento una vez más. No me defraudó porque además del paisaje neoyorquino -siempre versátil-  y la música invariablemente acorde, la película ambientó un romance juvenil como solo a Woody se le puede ocurrir.
Por supuesto que estoy enterada de lo difícil que le resultó poder estrenar la película, pero él siempre ha estado rodeado de polémicas  o sea, que para mí no es ninguna novedad.
¿Quién no tiene sus lados oscuros?
La negritud también aparece en la  película. La tierna madre del protagonista, no es tan tierna ni tan high class, ni todo lo que aparenta es lo que es. Lo oscuro también la salpica a ella, y a su hijo, que  lo hereda, irremediablemente.  Les dejo el misterio para que  vayan a verla. La música es otro acierto. No se la pierdan.

No les hagan caso a los comentarios de periodistas envidiosos. Vale la pena. De verdad.



"Un día lluvioso en Nueva York"
 Versión de Chicago
(Tomado de Internet-Youtube) 


martes, 8 de octubre de 2019

LA AÑORGA

"La Añorga"- o sea "Totó Gurvich" 

Hace unos días encontré en una Librería del Montevideo Shopping este libro que me llamó poderosamente la atención.
Mi curiosidad se dirigió a la foto de portada, porque en ella reconocí a mi antigua profesora de Historia Universal  de mi época secundaria,  del Liceo de las Piedras Manuel Rosé. Ya he comentado en otras oportunidades la importancia de los docentes en nuestra vida estudiantil. Hoy, me voy a dedicar a rescatar a Julia Añorga.
Nunca fui excelente en las ciencias, pero en las letras desde la escuela, me encantó escribir, y, tuve docentes que supieron  incentivar mi gusto. Eso me salvó la vida, porque a partir de ese “descubrimiento” de que me gustaba escribir, más de uno me pedía que lo hiciera para celebrar algún acto escolar o liceal. Me daban material para lectura, y yo estudiaba con una convicción única. Feliz, porque me gustaba, feliz porque descubría mundos nuevos, feliz, porque podía hacer lo que me deleitaba.
Julia Añorga fue una de esas docentes que se dio cuenta y, todos los años, cuando se conmemoraba la Batalla de las Piedras, me prestaba libros, folletos, cuadernillos y todo lo imaginable para que pudiera  escribir-con conocimiento de causa-,  un texto alusivo a los hechos.
Por el libro, supe que dejó de dar clases para dedicarse a su casa, a su hijo y a la obra de su esposo. Tareas muy  loables y enaltecedoras. Revisando los años, cuando ella dejó de dar clases yo ya estaba viviendo en la casa de mis tíos-padrinos; y allí viví hasta que me casé. Con mi esposo, retomamos los estudios en el año más difícil para el país: 1973, pero empecinados, íbamos de noche a los famosos Preparatorios (no los habíamos terminado en Las Piedras) y, concluimos la Secundaria completa en Montevideo, en el Liceo Nocturno Nº 26.
Pero la continuación de mi carrera se dio  por el incentivo que me dieron profesores como Añorga que no nos dejaban bajar los brazos, sino que nos  impulsaban  para seguir adelante.
Y así fue, contra viento y marea. Gracias, Julia Añorga, me hubiera encantado decírtelo (o decírselo, porque no nos tuteábamos en esos tiempos) personalmente, y mostrarte (mostrarle) todos los títulos universitarios que fui cosechando después. Con seguridad que su cara se hubiera iluminado con una de sus encantadoras sonrisas, y sus ojos verdes, brillarían como nunca. Hasta fui profesora - intenté seguir lo mejor que pude el ejemplo señero de personalidades como la suya-.
 Porque usted, tampoco bajó los brazos, y la obra de su marido vive por su esfuerzo y el de su hijo. De nuevo, gracias por su convicción.




lunes, 23 de septiembre de 2019

REDES NET

El peligro acecha. ¿Se perderá para siempre el trato persona a persona?(Imagen tomada de Internet)

Recibo asiduamente ofertas de ventas de todo tipo y por todas las vías habidas y por haber.  Hace unos días encontré una que parecía  conveniente: un pantalón deportivo que vendía una  empresa instalada hace poco en el país y que tiene sede en el Punta Carretas Shopping. Después de la práctica de Taichí, decidí cruzar para probármelo, porque nunca me convencen las compras sin examinar la prenda.
El negocio estaba vacío. Pocas empleadas deambulaban como sonámbulas. Me dirigí a una de ellas para ver la prenda en cuestión y en forma muy distraída me indicó que me dirigiera al primer piso. Busqué la escalera mecánica correspondiente. Di vueltas en el primer piso hasta que ubiqué el pantalón. Me dirigí a otra vendedora tan distraída como la primera para ir al probador a verificar medidas, y, sobre todo el largo. Fui al probador.  Comprobé que me servía y volví al punto de partida en el primer piso, donde otra persona me dijo que para pagar debía ir a la planta baja. Vuelta otra vez, al comienzo del periplo. En la caja, se acercó una con paso de diva de cine, comprobó la compra y me quiso cobrar más de lo que estaba en oferta. Se lo dije y llamó a un encargado- muy tatuado él- que acudió pero no solucionó nada. Al contrario. Me informó que debía hacer la compra por internet e ir a retirarlo después.
Como comprenderán: no lo compré. Tampoco le auguro mucha permanencia a la tienda que no tiene ni  vendedores ni encargados que sepan qué hacer en cada circunstancia.
Pero este episodio tan nimio, me hizo pensar en otras situaciones del mismo o similar tenor.
Las molestias que se ocasionan en esta época de carnaval electoral son múltiples. Hay ofertas de todo tipo. En general, me despiertan temprano para ofrecerme-por teléfono, la red más antigua-  la lista de Talvi, o la de Manini Ríos, o la de Lacalle Pou o la de XX. No importa quién sea. El FA hace otro tipo de propuestas trabando el tránsito para los banderolazos. Las manifestaciones también causan fastidio, porque desvían el tránsito para que pasen los adeptos. Y ni que hablar de los clubes políticos. En la esquina, hay uno de Lacalle Pou que logró mortificarme por completo con una canción que repiten a toda voz hasta el hartazgo: “Yo me voy con Aparicio”.
Además del carnaval electoral, que no se justifica de ninguna manera, porque es larguísimo, están las ofertas que se reciben por mail y por el celular. No sé cómo consiguen los números. Yo, hasta saqué de la guía telefónica los míos,  porque es apabullante la cantidad de mensajes que recibo con las más inverosímiles ofertas. Hay de todo, como en botica: ventas de empresas fúnebres, ventas  de parcelas en el  Parque del Recuerdo, ventas de seguros de vida, ventas de sociedades médicas, ventas de seguros,  ventas de sociedades de compañía- que harán más llevadera mi existencia y, que impedirán que me caiga y fracture en mi propio hogar-. La mayor parte de las veces tengo que cortar abruptamente porque las han preparado para joder a más no poder. Y no me queda otra alternativa que decir con aire empecinado: ¡No quiero ningún servicio! (No puedo decir que ya tengo porque de inmediato quieren saber a quién tengo contratado).
Hoy terminé de ver una serie policial  que de una manera oblicua se relaciona con este tema: Se trataba de un violador serial con mucha práctica que nunca transgredía en el mismo estado sino que se iba moviendo de un lugar a otro. Sus víctimas eran mujeres de distintas razas, pesos y edades.  Además de violarlas repetidas veces, con las manos atadas, las humillaba con aberrantes procedimientos y les sacaba fotos. La primera víctima, no fue creída por la policía porque tenía  un historial  de hogares de acogida en los que  no se adaptó, y, por eso, la policía  consideró que había inventado la  violación y la demandaron  por mentir. Cuando dos detectives mujeres, atando  cabos sueltos en todos los estados,  llegaron a descubrirlo, ella, le dijo  a uno de los policías que no le creyó y la acusó: “Me dieron dinero, me resarcieron por mis zozobras, pero hay algo que  nadie me brindó: disculpas”.
En ese momento, el policía le pide las disculpas del caso, y le dice que lo siente mucho, mucho, mucho. Solo en ese momento.
Pues bien.
A mí me gustaría que la empresa Renner me pidiera disculpas por no tener sus precios actualizados en Facebook y en las tiendas,-el mismo en ambos medios-  que corrigiera  la malísima atención de sus funcionarios y que los enseñara a tratar al  público, solucionándole los problemas y no complicándole la vida; que los clubes políticos entendieran  que en este barrio- y en todos- vive gente que trabaja y no puede estar oyendo a voz en cuello, desde temprano, y hasta que las velas ardan,  las horrorosas canciones de sus propagandas; querría también que  se prohibiera terminantemente invadir hogares por teléfono con propuestas de ventas de servicios, y que cesara toda la propaganda -que ya vemos en televisión durante más de veinte minutos en cada corte de lo que se está viendo-.
 Creo que me lo merezco. Yo, y todas las víctimas como yo.