sábado, 22 de agosto de 2020

A PROPÓSITO DE TODO. WOODY ALLEN: AMORES Y DESAMORES

Con Louise Lasser- la segunda, recordada en forma amable-
( Foto tomada de Internet)



¡Amores! Los tuvo en abundancia, desde muy joven. se enamoró de mujeres atractivas, y las describe con su clásico sentido del humor.

En la traducción que leí, una de ellas tenía una voz “congestionada”. —No  me suena ese vocablo en español—, tendría que leer la versión en inglés para ver de qué se trata. Me  inclino por señalar que tiene timbre nasal— (la escuché en una entrevista y me pareció una voz ronca, y con tendencia a la gracia).

Creo, sin temor a equivocarme, que, a su manera, — muy particular, por cierto—, las quiso a todas durante un lapso de tiempo, quizás a unas más que a otras, pero las quiso,  es más las quiere también ahora, las trata y las recuerda con afecto y admiración (que es una de las tantas formas que adopta el amor a través del tiempo), por lo menos eso se desprende de sus palabras.

La convivencia diaria no fue fácil ni para él ni para sus parejas. Desde su primer matrimonio con una compañera de estudios, de diecisiete años (él no tenía muchos más); con quien discutía todo,  hasta la última Soon-Yi, —“la mejor”— con quien se casó, y, con la que convive desde hace veintidós años.

 

La primera: Harlene Rosen

Se casaron muy jóvenes: diecisiete y veinte años. No tenían práctica de convivencia. Una falla muy común. Nos parece, al principio, que “contigo pan y cebolla”, pero no es así. Las desavenencias se dan en todos los órdenes y no hay manera de remediarlo. Se paga un alto precio.

Estas son las palabras de Woody para plantear los conflictos que tenían:

“Me alegraba mucho cuando ella no estaba porque no había absolutamente ninguna cosa en la que nos pudiéramos poner de acuerdo, ninguno de los dos era capaz de ceder en nada, y batallábamos como asesinos profesionales en la Guerra de los Castellammarese. (Página 107).

Sabemos que la convivencia puede ser nefasta.

Simples cuestiones como: ¿Qué vas a hacer tú? ¿Lavarás tu ropa? ¿Y los platos? ¿Quién cocinará? ¿Quién hará los mandados? ¿Alcanzarán los ingresos para ir  al cine o al teatro los fines de semana? ¿Podremos costearnos vacaciones? ¿Dónde?  ¿Quién llevará y pagará las cuentas? ¿Quién calculará si los ingresos son suficientes o si hay que conseguir alguna changuita para redondear un presupuesto estrecho? En el diario vivir hay que aprender a negociar, a vivir con poco,  a establecer límites, a colaborar de la mejor manera posible.

Excesiva juventud y una gran inexperiencia hicieron que ese amor juvenil desapareciera.

La segunda: Louise Lasser: “La chica de la cita doble

Conocida, como muy bien describe, en una cita doble. Fue un amor conseguido cuando estaba todavía casado con “su carcelera”.

Louise Lasser era hermosa, frenéticamente sexual, extravagante, y —por  supuesto— chiflada. Siempre le gustaron así. Hubo, nuevamente, una serie de inconvenientes para vivir: hacía dieta, o se atiborraba de comida; frecuentaba otros hombres, se despertaba a la noche hiperventilando desastrosamente; salían a buscar el auxilio de un médico, regresaban y no tenían la llave. En fin. Locura completa. Del todo. El atractivo físico, le impidió ver a la mujer verdadera. Probablemente por ese frenesí sexual, la recuerda así:

“Era Louise Lasser; para pronunciar las eles de su nombre tenía que emplear la lengua, lo que era inmediatamente sexual. Las eses tampoco las pronunciaba mal.”

En cuanto al frenesí sexual, ese que deja boqueando al más valiente,  no creo que haya otra frase mejor para describirla que la que anotó Allen:

(Ella) “(…) que quiere lo que quiere, cuando lo quiere”.

La convivencia no fue para nada pacífica y terminaron apartados; sin embargo, él guarda un recuerdo, no sé si cariñoso, pero al menos, no se le nota rencor de ningún tipo. Aceptó que la vida—y las mujeres que pasaron por su existencia—fueron así.

Pese a las críticas negativas que hubo sobre esta autobiografía, creo que trató a sus mujeres  con ecuanimidad. Tuvieron sus momentos felices, y muchos de terribles peleas que impidieron la convivencia amable, pero cada una dejó una estela de memorias.

 


 

viernes, 17 de julio de 2020

De orgasmos femeninos

El éxtasis de Santa Teresa Bernini-foto tomada de Internet- 
A muy temprana edad, me desayuné sobre el particular porque  mi madre era partera y recibía—y yo leía sin ninguna prohibición— unas revistas que se llamaban SEXOLOGÍA. No traían dibujos como los aterradores libros de medicina donde veía enfermedades venéreas de distinto calibre, ni nada por el estilo, porque  más que nada eran didácticas. Así supe  para qué servía cada cosa. Por lo tanto, nunca fui sorprendida en mi buena fe, ni ningún médico me recetó ninguna pomadita para frotarme donde podía—sin lugar a dudas— experimentar placer. 

En esas revistas, se explicaban los distintos tipos de orgasmos que podía tener una mujer. En fin.  En mis primeros escarceos sexuales, lo  más exótico fue intentar  el  sexo tántrico —más por novelería que por otra cosa— con un hermoso caballero árabe, que me gustaba montones, con un cuerpo esbelto,  musculoso y duro por todos lados,  pero, quizás porque no estaba preparada,   no  tuve orgasmo vaginal, con gran disgusto del bombón cuya hombría se vio perturbada por una flaquita perchenta que le decía que sí, que él le gustaba a rabiar, pero que  no  y no y  que nada de nada.   
El placer lo descubrí hace añares, con un paciente novio. Y no fue por penetración, sino por franeleo—como comúnmente se decía—. Y fue tan placentero que no intenté nunca nada más porque el susodicho me dejaba totalmente saciada y con las mejillas sonrosadas de satisfacción.
Todo este prolegómeno para decir que me tienen pasmadísima unas series de televisión de los últimos tiempos,  con escenas eróticas, donde las jóvenes apenas son acariciadas, empiezan a gemir—enseguida— como si estuvieran en el séptimo cielo. Me dejan completamente estupefacta. Perpleja. No sé cómo logran esa rapidez  meteórica.La verdad. 

Sé, — por cuentos—que muchas fingen para dejar contentas a sus parejas. Es una manera  de transar. Es como masturbarlo para sacarle la ansiedad. Sin embargo, el orgasmo femenino requiere una ardiente paciencia de ambas partes. Él no puede distraerse por nada del mundo. Ella,  necesita que el tipo le guste a rabiar y que le preste toda la atención concentrada.  Nada ni nadie puede ser más importante en esos momentos.
En el arte se pueden encontrar ejemplos escultóricos que fueron cuestionados en su tiempo. Por ejemplo: “El éxtasis de Santa Teresa”, de Bernini. La actitud de la santa se confundió con una expresión orgásmica—yo creo que el éxtasis profundo debe ser algo por el estilo— Pero Bernini se defendió con un fragmento descriptivo  de la autobiografía de la santa:

Una vez un ángel hermoso se me apareció sin medida. Vi en su mano una larga lanza con fuego sobre el punto. Pareció golpear mi corazón un par de veces. El dolor era tan real que gemí. Pero ninguna alegría terrenal puede dar tanta satisfacción. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni contenta el alma con menos que Dios.”

Al que le sirva el sayo que se lo ponga. ¿No?


En películas, hubo hace unos cuantos años, una que recreaba una situación de fingimiento femenino. Se llama
“Cuando Harry conoció a Sally”.
Hubo países donde no se pudo exhibir sin cortes  porque—pese a los avances— seguimos siendo pacatos.
Les pongo el enlace para que lo pinchen y vuelvan a verla.  A mí me sigue divirtiendo la cara de papanatas de él. Y la expresión de la señora de enfrente: "I'll have what she 's having". 




lunes, 6 de julio de 2020

A PROPÓSITO DE TODO: WOODY

Para leer y comentar 

Sé que los tengo hartos con tanta queja por el confinamiento, la vuelta—irregular— a los mandados y demás, así que voy a cambiar de tema.
También saben que tengo tendencia a usar la primera persona como si todo lo que dijera, fuera “autobiográfico”—en realidad, como todo lo que se dice de sí mismo pasa por el tamiz más subjetivo, es probable que lo que aparece como personal no lo sea tanto—en fin; de todas maneras, esta vez, aunque cambié de tema, sigo siendo “auto -referencial”—para emplear una palabra de moda, porque me compete.
Para nadie es un misterio el hecho de que soy una fanática absoluta de Woody Allen: me vi todas sus películas—al menos las que llegaron por estas tierras— y he estado al tanto de todos los dimes y diretes sobre su persona, sus mujeres, sus avatares, sus manías, y sus dichos. Siempre me ha parecido (y me lo sigue pareciendo) un tipo sumamente gracioso, pero, con una ironía manifiesta que deja a todos sus chistes como en una falsa escuadra (que es lo que produce la risa). Es absolutamente capaz de reírse de sí mismo, de su parentela judía, de las relaciones humanas (cada vez más complejas) y de bromear sobre temas muy serios con los cuales nadie se atrevió de la manera en que lo hace él: la fecundidad y la muerte, por ejemplo.
Por eso, en este confinamiento, me atreví a comprarme por internet, su autobiografía: A propósito de nada. Tenía la certeza de que no me iba a defraudar. Quizás—como en todo lo auto-referencial—no estuviera todo Woody, pero sí, bastante de él, como para colorear lo que  me faltaba saber.
 Adquirí la versión en español. Muy castizo por cierto. Hay que sortear todos los “chavales”, los “hacer novillos” y cosas por el estilo, pero, después—siempre—aparece Woody con su característico humor. Desde todo punto de vista.
 No sé si Woody me habría propuesto matrimonio, tampoco sé  si hubiera aceptado casarme con él—como Soon-Yi—, pero sí sé que me habría encantado tener largas charlas sobre gustos y disgustos. En inglés, porque según tengo entendido aunque estudió español  en el liceo, nunca despegó como para charlar brevemente.
Coincidencias
 Tengo muchas.  Es como si hubiera sido mi hermano mayor, —  ese, al cual siempre imité; el  que me contagió todas sus rarezas—. Van algunas notorias:
No es sociable. (Ni que hablar que yo tampoco.)
 No dice que sí si piensa que no.  A él (y por supuesto a mí) nos  ha costado más de alguna amistad —pero estoy convencida de que son  de esas que más vale la pena perder que encontrar—.
No le gusta compartir el baño. ¡No! ¡Por Dios! La gente que viene a mi casa es siempre de confianza, parientes o amistades de muchos años. Hombres o mujeres; me da igual. Si se quedan a dormir, al principio, los instruyo sobre mis rarezas —todos las tenemos—. Por ejemplo: no uso la madera del inodoro; y me gusta que se deje así, tal cual yo la dejo. Si hizo popó, lo mejor que puede hacer es prender el ventilador y echar desodorante de ambiente (siempre tengo más de uno). Si usó el bidé es de esperar que lo enjuague y lo deje intacto. Sobre la mano derecha siempre está el limpiador con amonio cuaternario. No está para adorno, sino para ser usado.  De todas maneras,  no me gusta compartirlo. Hubiera preferido tener un baño para visitas y no compartir el de uso personal. Esa es la verdad.
Afinidad en los gustos musicales. Busqué las canciones que no conocía con el convencimiento de que me iban a gustar a rabiar. Y sí. Hasta en eso. Sí. Completamente sí.
Les dejo uno de los temas que descubrí. Vale la pena.





Es Albert Burbank tocando: "Burgundy Street Blues".
Una joyita. ¿No les parece?
En otra entrega les comentaré de "Amores y desamores".

lunes, 22 de junio de 2020

EL MUNDO EMBARBIJADO



En el mundo embarbijado todo es descartable



Estamos en un mundo nuevo. No cabe ningún tipo de duda. Fui otra vez al Shopping y, después de tres meses de confinamiento, volví a tomar un cortado en Mc Donald. Son detalles que formaban parte de mi mundo anterior en el cual había hecho un orden con rutinas cotidianas: mi clase de Taichí, pasadita por el Shopping; desayuno en Mc Donald. Todo eso, fue trastocado por lo que se dio en llamar “la nueva realidad”. En Mc Donald, el cafecito, fue servido en un vaso descartable con cucharita ídem. Y las medialunas en una cajita-también descartable- No pregunté si aún venden los deliciosos tostados del pasado o, si en base a las nuevas disposiciones de higiene, también dejaron de existir.
Escuché relatos sobre los cambios más inverosímiles, como que hay que tener sexo con barbijo. Supongo, (alevosamente) que habrá que incorporarlo como un entretenimiento morboso a los juegos eróticos.


Hubo comentarios de esa índole del argentino Lanata que no se anda con chiquitas. No estamos muy lejos del mundo de mi abuela de crianza que me contaba insólitos relatos de su vida de recién casada cuando yo apenas salía del cascarón. Y si bien no los consideraba fantasía -porque me los contaba ella-, me resultaban increíbles. Sin embargo, hoy, mirando por la ventana del Mc Donald Café, ese mundo embarbijado  y desconocido (porque aunqu
e se conozca a alguna persona es muy difícil distinguirla con tapabocas) supe que lo que me  contaba la nona Lucía hoy forma parte de este  nuevo mundo que no hubiera sido ni remotamente posible,  tres meses atrás.
A la salida, una embarbijada me gritó: “¡Adiós, Alfa!” 

  No dudé que el saludo era para mí- conozco apenas un par de personas con mi mismo nombre, no se podía tratar de otra- pero no reconocí a  la extraña  enmascarada en cuestión. Ahora me pasa a menudo. No siempre reconozco a las personas con tapabocas. En este insólito mundo embarbijado, nos comunicamos con otros protocolos diferentes. Mucho gel en las manos, mucho tomar la temperatura, nada de tocarse ni besarse ni abrazarse. Nada de nada. Parece que la peste nos quitó toda la afectividad. Recuerdo haber ido a la carnicería del Disco, y esperar, con toda paciencia, que las recién llegadas terminaran con el besuqueo de los buenos días. Eso cambió radicalmente. No hay más besos, ni abrazos. Apenas algún codito, tímido, que se insinúa como un rasgo afectivo.
No sé cómo continuará esta nueva entrada a la ficción, que no fue imaginada por nadie.
Hace unos días me preguntaban qué es lo que más extraño. Y contesté la verdad: la naturalidad con que se prodigaban los abrazos. En este mundo embarbijado, para sobrevivir tendremos que adoptar otras reglas de convivencia.
Algunas cosas persisten, se  niegan a desaparecer, la señora que venía todos los días con un banquito a pedir a la puerta del Shopping, sigue estando en el mismo lugar, y sin barbijo.

La veterana permanece. Y sin barbijo

domingo, 14 de junio de 2020

ASQUEROSAMENTE SEDUCTOR

Eric Bana y Connie Britton (Protagonistas de "Dirty John"-Imagen tomada de internet-)



No es la primera vez que escribo sobre este tema, (http://cosasdeviejucin.blogspot.com/2016/05/seduccion.html)  quizás porque conocí – tanto en la ficción como en la realidad- a más   de un seductor hijo de puta. Obvio. La mayoría lo son.
 Tienen características inconfundibles: son atractivos desde la punta de los pies hasta los pelos de la cabeza, habitualmente son más jóvenes que las mujeres que pretenden; muy pagados de sí mismos; fingen ser profesionales (aunque no tenga ni libreta de conducir). Son encantadores, fascinantes, amables. Difícilmente intentan forzar una situación, porque esperan a que el fruto esté  apetecible, maduro, a punto para hincarle el diente.
Eximios estafadores. Inventan historias para apartar todos los obstáculos que se les interpongan, y fingen emociones que están muy lejos de sentir.
Geniales mentirosos patológicos; nada ni nadie  se les puede resistir. Abonan el terreno de modo magistral: saben mimar, acariciar, besar. Poco a poco,  comienzan a adueñarse de las posesiones económicas de la mujer, con total impunidad. La consigna es: “Lo tuyo es mío, lo mío es tuyo” (pero, él  no tiene nada de él; así que la que pierde es la incauta que le deja posesiones carísimas en su poder).
Engatusadores natos: complacientes siempre. Saben preparar desayunos, tragos, cocinar, halagar. Tienen historias conmovedoras siempre listas para contar. Aparecen siempre como casualmente, en momentos apropiados, vestidos según lo que necesitan para cumplir con sus propósitos. Y también –fortuitamente- proponen  casamiento a una mujer (generalmente veterana, de buen pasar) que ha caído embelesada por sus encantos.

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La historia verdadera ocurrió entre John Meehan y

 Debra Newell. Obviamente, que el entorno favoreció 

la relación. Debra, divorciada cuatro veces; intentaba

 dejar su soledad recurriendo a  sitios de citas. De

 ahí, van surgiendo los diferentes pretendientes sin 

mayor pena ni gloria. Ninguno la satisface como 

para entablar una relación más estrecha. De pronto 

aparece John. De atractiva figura, buen conversador, 


sabe guiar hábilmente la charla. Y, muy importante, 


la hace reír. En la primera salida, no concreta sus 

propósitos y parecería que no se va a dar lo que 

pretende. Sin embargo, logra encarrillar la situación 

continuar con su conquista. Quizás pueda

considerarse que el argumento tiene muchas 

vueltas, de todos modos, creo que se puede ver y 

pensar qué cosas pueden ocurrir en esos sitios 

donde las personas no se conocen de una manera 

clásica y nunca se sabe a ciencia cierta quién es 

quién. Está en Netflix. Prueben a verla.

 Después me cuentan.

lunes, 8 de junio de 2020

RECUERDOS BAHIANOS Y UASEROS

En una iglesia del Centro histórico 

 En estos tiempos de pandemia, he dado vuelta todo el  apartamento, y sigo teniendo más y más cosas para ordenar, archivar y descartar.
Es increíble todo lo que se junta  con los años. En todo lo que pude apliqué los criterios de Marie Kondo. Pero aún así, sigo asquerosamente empantanada.
Entre los muchos objetos que aparecieron encontré dos cajas de zapatos repletas con videos VHS ¿Los recuerdan? Parecen prehistóricos, pero  hace unos años eran o simbolizaban la modernidad bien entendida. Sin embargo, esa modernidad pasó rápidamente, se murió el antiguo  televisor culón y el enorme aparato que –adosado al culón- permitía ver mirar pelis o videos.
De a poco, con una empresa que se ofreció para la transformación, empecé a convertir los VHS  en   DVDS más amigables para volver a ver.
El primero fue   un “Viaje a Bahía 1994”.

En el ómnibus del paseo 

No es un video casero pero casi. Lo hizo la empresa Turis Club que, por esos  años, vendía  unas excursiones  fabulosamente completas que consistían en el vuelo charter a Bahía, hoteles, algunas comidas y los paseos acordados para la estadía. El servicio era  más personalizado que lo que hacen habitualmente las agencias actuales, que “empaquetan”  a las personas y las mandan para que otra agencia- en los países que se visitan- las paseen a vuelo de  pájaro, a un ritmo absolutamente vertiginoso que  no permite apreciar nada. En el paseo a Bahía, en cambio, llevábamos guía personalizado  desde Montevideo-que no nos dejaba ni a sol ni a sombra- y, se ocupaba de los posibles problemas que nos surgieran. Realmente un buen servicio. Quizás por eso desapareció. Lo miré anoche, no es ninguna obra de arte ni mucho menos, está hecho de retazos,  pero cuando llegó el momento del registro de los paseos me emocionó vernos, más jóvenes y papanatas, como solíamos ser, observando todo con curiosidad y participando en lo que podíamos y como podíamos. No fueron únicamente rosas, recuerdo que alguna vez nos quedamos sin comida porque la “picada” fue barrida por los comilones que arrasaron con todo.  Recuerdo a los paseantes y las características que mostraron en el viaje, aunque se me perdieron en el fondo de la memoria los nombres.

¿Qué estaría buscando en el bolso?

 El segundo VHS que  mandé transformar era casero. Estaba dentro de un “convertidor”- esto es, otro aparato más grande, donde iba el más pequeño. Honestamente, no me acordaba qué contenía el pequeño. Resultó ser la grabación de un debate de clase de no me acuerdo qué año. Nada del otro mundo, pero me resultó muy enternecedor ver a los estudiantes que hoy son ya hombres y mujeres profesionales, en la etapa de los doce o trece años en un simulacro de “DEBATE ABIERTO” -evidente plagio televisivo-. Recordé los nombres de todos ellos, menos el del central. Detuve la trasmisión, saqué una foto del susodicho y la puse en Facebook para que sus compañeros lo reconocieran. Primero me dijeron el apodo: “Dolly”- “la oveja Dolly”- y después el nombre y el apellido completo. Y a mí también me cayó la ficha y el recuerdo.
"Dolly"

Pensé entonces, en aquel fragmento de la novela “La tregua” de Benedetti, cuando el protagonista se encuentra con un condiscípulo y no se acuerda de quién es. Como hemos hecho alguna vez en nuestra vida, disimulamos para ver si la memoria nos da alguna pista de la identidad. Y, si eso no ocurre, esperamos a que alguna circunstancia nos revele la incógnita. Así pasa en la novela. Martín Santomé- el protagonista- va a cenar a la casa del condiscípulo, aún sin saber quién es- después  aparece el consabido sobre con fotos para compartir con el recién encontrado. Ahí, en una foto, se revela el misterio*.
"Andrés"

"Agus"

"Gonzalo"

Leticia 















"Mati" 












"Maggie"

Por esa razón, y porque la pandemia me pone más nostálgica de lo que soy habitualmente, decidí escribir estos recuerdos bahianos y  uaseros**.
Posdata:
Querido Dolly: Tu apodo no carga ninguna ignominia, por cierto (el de La tregua, sí).
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*FRAGMENTO DEL EPISODIO DE LA NOVELA LA TREGUA CUANDO SANTOMÉ DESCUBRE QUIÉN ES MARIO VIGNALE.

(…) “Esta foto la sacó Falero. ¿Te acordás de Falero? Vagamente. Por ejemplo que el padre tenía una librería y que le robaba revistas pornográficas, preocupándose luego de divulgar entre nosotros ese aspecto fundamental de la cultura francesa. “Mirá esta otra”, dijo Vignale ansioso. Allí también estaba yo, junto al Adoquín. El Adoquín (de eso sí me acuerdo) era un imbécil que siempre se pegaba a nosotros, festejaba todos nuestros chistes, aun los más aburridos, y no nos dejaba ni a sol ni a sombra.
No me acordaba de su nombre, pero estaba seguro de que era el Adoquín. La misma expresión pajarona, la misma carne fofa, el mismo pelo engominado. Solté la risa, una de mis mejores risas de este año. “¿De qué te reís?”, preguntó Vignale. “Del Adoquín. Fijáte qué pinta.”
Entonces Vignale bajó los ojos,  hizo una recorrida vergonzante por los rostros de su mujer, de sus suegros, de su cuñado, de su concuñada, y luego dijo con voz ronca: “Creí que ya no te acordabas del mote. Nunca me gustó que me llamaran así”. (…)

MARIO BENEDETTI- Novela LA TREGUA Pág. 29 Ed. Sudamericana, Buenos Aires


jueves, 14 de mayo de 2020

LA PANDEMIA Y YO

Caminador para ejercicios 

Hace un par de meses esta situación mundial que estamos viviendo habría sido impensable. La realidad se nos vino encima sin darnos aviso previo.
Un día andaba libre, yendo a Viaaqua a mis clases de TAICHI, recibiendo a una amiga que hizo lo imposible para volverse a su país natal después de vivir más de treinta años en Alemania y ahora, no podemos vernos personalmente porque estamos en edades riesgosas. Yo –obviamente- no puedo ir a Viaaqua, y la disciplina de TAICHI no tiene suficientes adeptos como para hagan clases por zoom. Así que estoy pagando una cuota elevada por nada. Hace años que aprendí que había que tomar al toro por los cuernos, pero esta vez me agarró más vieja, más cansada, más debilitada, medio descolada física y emocionalmente y  ya no tengo fuerzas para pelearla tanto. Sin embargo, a medida que pasan los días, comunicándome por zoom o por skype, me fui dando cuenta de que no me queda otra. O lucho o me voy al carajo. Así nomás. Por lo tanto, junté coraje y empecé a batallar otra vez. Me hice una nueva rutina. Ya no me levanto a las  8 de la mañana para salir, pero a las 9 es buena hora para comenzar la fajina. Para eso, hice reparar o compré nuevos aparatos de cocina, y, me puse con ánimo a buscar recetas de mis preferencias. Como tengo todo el tiempo del mundo, comprobé que me salen bastante bien. Incluso el pan con masa madre- que lleva tiempo y dedicación pero queda crocante y sabroso- Y hasta me atreví a elaborar platos más sofisticados, y también al pan de nuez y al de dátiles con pasas de uva y miel.
De todas maneras extraño mucho el contacto físico, los abrazos, los besos, las sonrisas y las miradas. No hay aparato que pueda suplir el agrado de recibir manifestaciones de afecto. Vi alguno por internet: una especie de túnica con mangas que les ponen a los abuelos para que abracen a sus nietos- un verdadero desastre-.
 También vi las soluciones  que se dan para abrir comercios, mantener la debida distancia y hacer los pedidos de comida electrónicamente- no a una persona sino a un chirimbolo que la va a levantar. Cuando está pronto el pedido avisan con otro chirimbolo similar que suena en la mesa para que el comensal se incorpore y lo retire. Otra pena enorme. La verdad. Yo nunca fui muy besuquera ni abracera. Trabajé más de veinte años en un colegio norteamericano, que no incluía la efusividad del tratamiento que nosotros tenemos actualmente incluso con los recién conocidos. Aprendí a mantener la distancia, a esperar para ver la reacción del otro en una presentación, y a no acercarme demasiado. Me acostumbré.  Lo único que al salir de Yanquilandia- como le decían mis colegas uruguayas al UAS- y  regresar a Montevideo- , notaba que me había vuelto bastante más distante que el resto de la población.  
Nos esperan tiempos de varios reaprendizajes: no  nos bastará con  lavar con alcohol los productos que nos traen de los mercados, ni lavar la suela de los zapatos con una solución de hipoclorito, y las manos con asiduidad. Ignoramos si volveremos a viajar, si saldremos alguna vez de nuestras casas con la misma naturalidad que teníamos a principios del año 2020.
Ayer, en el hotel de al lado, depositaron a una población proveniente del Greg Mortimer. Un crucero que anduvo buscando dónde desembarcar a su población. El Uruguay, con su carácter de país de apertura, aceptó. Dispusieron de un ruidaje tremendo, con sirenas policiales, ómnibus de transporte, vigilantes y demás. Y, al día siguiente, armaron a las once de la mañana una especie de show musical de entretenimiento. Yo, estaba tratando de cranear un texto. Tuve que dejarlo porque el ruido era tan potente que me fue imposible concentrarme. Discutí con una vecina  porque no me pareció una medida acertada. ¿Hacer ruido para qué? ¿Para celebrar qué? ¿Que los veteranos nos morimos como moscas? ¿ Que la pandemia se sigue extendiendo y que tendremos que vivir con ella con el riesgo de quedarla en cualquier momento?
A propósito:
 ¿Cómo serán nuestras futuras relaciones sexuales?
¿Volveremos a tener contacto físico? ¿Nos volveremos a abrazar y a besar con los cuerpos desnudos otra vez?
Mi abuela de crianza me instruía, cuando yo era una chica de once años, sobre cómo habían sido sus primeras noches con el marido y me mostraba un camisón amarillento, amplio y largo que tenía un agujero en el medio. No se desnudaban. El abuelo sacaba su cuestión y se lo ponía por ese agujero, lo suficientemente grande para meter el pito, pero no tanto como para que se pudiera ver algo. Indefectiblemente, esas relaciones se tenían los días sábados, después del baño semanal. Y nacieron un montón de muchachos engendrados así. No había otra modalidad. Tampoco habría amor o juegos eróticos. Era lo que había que hacer para procrear y punto. Pero las generaciones que siguieron- o seguimos- reclamamos otros derechos. El derecho a la desnudez, a sentir el cuerpo del otro con su olor particular, el derecho a las caricias previas, a los besos prolongados y a los agradables juegos eróticos. ¿Volveremos-por la pandemia- a las relaciones como las que tenían los abuelos? ¿Será posible?
No lo sé.
Sí sé que habrá cambios. Y que serán radicales.
.






domingo, 12 de abril de 2020

FELICES PASCUAS

Bacalao a la vizcaína- foto tomada de Internet-
El de mi tía era más bonito y suculento

En medio de una pandemia que  nos ha enajenado totalmente, igual es necesario desear “felices pascuas” a los que queremos. Lo hicimos durante añares, sin pensar demasiado en el sentido de la frase. Naturalmente, nadie esperaba nada como lo que nos está tocando vivir en estos momentos.

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Cuando iba a la escuela de monjas era la frase más natural del mundo. Y la decíamos  distraídamente, mientras comíamos nuestro huevo o conejo de pascua y guardábamos la sorpresita que aparecía adentro. Tampoco nos cuestionamos demasiado por la tradición. ¿Qué significa ese “huevo (o conejo) pascual”? La resurrección. La fertilidad. En la biblia nunca encontré ninguna mención, pero aún así parece que es una tradición que viene de antiguo. Incluso, los huevos se esconden, y se encomienda a los niños para que los encuentren. Muchas veces los escondí lo mejor posible para que mis alumnos se divirtieran buscándolos. Y así ocurría.
Pero, hoy en día, me he cuestionado el juego y el dichoso huevo porque hay gente que no tiene nada para comer y mucho menos un huevo de chocolate que vale una fortuna a juzgar por los precios que vi.
En las distintas casas donde viví se conmemoraban las pascuas aunque no hubiera gente muy religiosa. De esos lugares me quedaron costumbres que mantengo hasta ahora: por ejemplo: no como carne el viernes santo- Una tradición que en algunos casos fue costosa de mantener desde el punto de vista familiar.
Mi tía-madrina observaba esa tradición y preparaba para ese viernes un delicioso bacalao a la vizcaína que le quedaba de chuparse los dedos. Todos esperábamos que nos invitara para saborearlo. No había placer mayor que ese. Para comer su bacalao, muchas veces, nos trasladábamos hasta su casa de Punta Fría, donde, sin lugar a dudas, íbamos a tener un fin de semana de novela. Sin embargo, un día su tradición absoluta, tambaleó, porque apareció uno de los hermanos con un suculento asado, que de inmediato el tío Egisto quiso hacer en su estupenda barbacoa. (Aclaro para los que no lo sepan que el tal tío era el  rey de la comparsa y, si se quería pasar bien de bien, lo mejor era no contradecirlo. Pero la tía también tenía su hinchada propia porque su bacalao era una de esas exquisiteces que no había que dejar de lado de ninguna manera). Se gestó una discusión muy singular y –para zanjarla- el tío Egisto empezó a preguntar uno por uno a todos los comensales qué preferían- si el bacalao de la  tía o un buen pedazo de asado de él-. El tío era un señor asador. Llevaba encima muchos años de obra- es decir que había trabajado en la construcción- y había aprendido a hacer unos asados descomunales. El otro tío hermano que había traído la semilla de la discordia en forma de un asado, no sabía dónde meterse. Y tampoco sabía qué elegir sin quedar mal con ninguno de los dos.  
Fue un duelo de titanes. El Titán Egisto  y la Titana Estela.
No se podía contestar: “A mí me da lo mismo”, porque ambos tenían un prestigio ganado en años de elaboración de sus delicias. Había que elegir. Y elegir bien. Al final, creo que fui yo la que rompí con todo protocolo y señalé que, en esa casa,  siempre se había comido bacalao en viernes santo, y que el asado bien podría quedar para celebrar el Sábado de Gloria. Ardió Troya. El tío Egisto se retiró a su dormitorio, muy enojado y yo gané doble ración de bacalao. Pero no lo podía disfrutar pensando que el Titán mayor se había enojado conmigo- y quizás para siempre, porque era muy rencoroso-
Pero la tía, que era muy intuitiva se dio cuenta de mi zozobra y me palmeó un hombro diciéndome estas palabras: “no te preocupes, después de la siesta, el cristiano, (siempre lo nombraba así cuando se enojaba)  se va a levantar fenómeno”. Y así fue. Efectivamente. Por suerte. No se enojó conmigo para siempre y el sábado tuvimos su suculento asado hecho a las mil maravillas.
Por lo tanto, chiquilinada, en honor a mis tíos- ya fallecidos-  celebren lo mejor que puedan. Con pandemia o sin pandemia. Siempre.
¡Felices Pascuas!





miércoles, 8 de abril de 2020

¿ Y si mañana?


Pinchen el enlace para escuchar la canción. Vale la pena. 

Mina en su juventud. Foto tomada de internet

A veces, sin  ninguna lógica, me despierto con el sonido de una canción en mi mente. Y, también, arbitrariamente, la tarareo. No siempre me acuerdo del nombre, pero las telarañas de la memoria, que tienen cauces insospechados, de pronto,  me traen algún recuerdo, alguna circunstancia, algún hecho que se asocia con la melodía y ¡zas! aparece nítida en el pasado que la albergó, y, que ahora, vuelve caprichosamente al presente.
No siempre se asocian con la felicidad. Sí, en cambio,  con una especie de melancolía por lo que no fue (pero que pudo haber sido). También me pasa con algún poema (muy pocos, porque no soy muy afecta a la poesía),  -que sentí- que podría haber escrito yo. Por ejemplo, el de Idea Vilariño que se llama “Ya no”.   Es un poema para sentir más que para analizar anáforas, encabalgamientos y demás tristezas. Suena en lo profundo de cualquiera que haya tenido que tolerar que el  adorado conviva con otro ser sin ofrecerle ninguna oportunidad para compartir esencialidades:”no viviremos juntos/ “no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa”. ¡Qué sensación de impotencia! ¡Qué despojo de la palabra! Siempre me dejó un enormísimo vacío. Nunca  quise analizarlo en clase. Llevé otros poemas de Idea, otros poemas de Benedetti, pero nunca “Ya no”.
En el plano musical me pasa algo similar con algunas canciones. No necesariamente son nuevas, tampoco son entonadas por cantantes actuales; pero se enredan y asocian en mi memoria con obstinación. Probablemente con la misma idea, con el mismo irritante concepto.  ¿Habrá un mañana? Esta canción de Mina, por ejemplo: “E se domani”.

Esta pandemia irracional que se nos desató nos confinó a muchos despóticamente. Sobre todo, a los veteranos, que no podemos-ni debemos- exponernos a los peligros del contagio. Algunos comprenden. Otros no. Se ve mucha gente-pese a las recomendaciones-  en las playas y en los parques tomando mate sin ningún tipo de consideración por los otros.
Para una población que no ha comprendido aún la gravedad de la situación esta pandemia-tomada a la ligera-  significa tiempo para la diversión. Muy alejada de la realidad siniestra que  se nos vino encima y nos aplastó irremediablemente. No nos dejó ni el aire para respirar, porque la enfermedad sofoca y liquida.
Quizás por eso, el título y parte de la letra de la canción de Mina se me colgó irremediablemente junto con sus  ojos delineados, su anillo colgante (que tanto admiré) y  su vestido negro. “E se domani”.
 ¿ qué mañana? Así, sin más:
 “Habré perdido el mundo entero, no solo a ti”.
Patético. ¿No?