lunes, 23 de enero de 2012

UNA SEÑORA MAYOR

A través de los años

Una no se convierte de la noche a la mañana en “una señora mayor”. Tampoco es que se busque. Pasa nomás. Simplemente. Hoy, yo, por ejemplo, me recibí de “señora mayor”. Mi nueva cédula de identidad dice: “sin vencimiento”, por lo cual se puede “teorizar” que no voy a cambiar mucho más o, que el Estado deduce que me quedan pocos cortes de pelo. No sé. Lo cierto, es que los años se van acumulando y la esbeltez de los veinte años, va dando paso a los kilos, várices, arrugas y canas. Una mira las fotos de antaño y compara con alguna actual y ¡zas! Ahí está el paso del tiempo, acusando que esa grácil joven de cuarenta años atrás se convirtió en la veterana gorda infame de ahora. Cada una sobrelleva el paso del tiempo como puede y si la salud física y el “caletre” no se deterioran demasiado, se puede-se debe- aprender a sobrellevarlo con dignidad. A veces veo alguna “señora mayor” en el Disco con unos pantaloncitos cortos que muestran las piernas varicosas y tembleques. Eso no es digno.
Si tus piernas no son un espectáculo, - mi pobre ángel-enfundalas en un pantalón más largo; así no ofenderás a los ojos que te ven. No es necesario que te envuelvas en un hábito monacal, puede ser alguna “estructura moderna”, acorde con tu edad de calendario, no con la que sentís en tu interior. Usar una buena coloración cada veinte días para que las raíces blancas no asomen demasiado, inyecciones “quematutti” para disimular arañitas- que a veces son pulpos- y matarse de hambre para bajar-aunque más no sea- cinco kilitos para el verano, son estrategias que pueden colaborar. Pero mirate al espejo y sé franca con vos misma. ¡No te mientas! Porque si no hay espejos circundantes, cuesta percatarse. Tengo amigas que únicamente ven la vejez en las demás: “Qué avejentada que está fulanita, ¿viste? Parece que tuviera XX años. ¡Tan bonita que era! ¡Cómo se arruinó! ” Y son incapaces de ver en sí mismas que también corrió para cada una el propio reloj-implacable- con el consabido deterioro temporal. Ayer, en una oficina pública, vi a una encorvada ancianita cuyo rostro me resultaba familiar, pero… ¡parecía la bisabuela de la preciosura que yo recordaba! Mi impresión fue tan grande que quedé sin palabras. Ella no mostró ninguna señal de conocerme. Acto seguido-en lugar de pensar: “¡Qué horror, cómo se arruinó!” pensé:”- ¡Dios santo, cómo estaré yo!”
Hace unos días leí otra novela espeluznante de Claudia Piñeiro, la reconocida escritora argentina cuya novela más famosa, hasta el momento, es “Las viudas de los jueves”. La novela que leí se llama “Elena sabe”. La asocio con el tema de hoy porque Elena es “una señora mayor”. Pero además, a su condición de “señora mayor” se le suma la enfermedad que la aqueja: Parkinson. Una dolencia que la autora ha conocido, o, al menos, ha recabado información suficiente como para poderla convertir eficazmente en coprotagonista del relato. No tiene un argumento banal: a esa “señora mayor” aquejada por un mal incurable, crónico y progresivo, se “le suicida” su única hija, ahorcándose en el campanario de la iglesia. Esa “señora mayor”, enferma, decide descubrir la verdad, porque para ella, para Elena que “sabe”, su hija no se suicidó, y centra toda su lucha en la búsqueda de“alguien”, -con un cuerpo sano y obediente-, que pueda seguir insistiendo para que la policía no abandone la investigación que conduzca al esclarecimiento del crimen. “Elena sabe” y se da cuenta. Su cuerpo se deterioró pero su cerebro no. El relato es atrapante y lo recomiendo. Es para reflexionar, porque pocas veces las personas mayores somos tenidas en cuenta en la sociedad, aunque todas sepamos que somos las más. Se ha hecho un culto tan marcado de la juventud que es un hecho archiconocido, que a los vejestorios se nos quiera mandar-lo más rápidamente posible- a “cuarteles de invierno”.
Elena, la protagonista de esta novela, pese a su soledad y a su muy precaria condición de salud, lucha. Cumple- con mucho esfuerzo- su cometido de hacer un penoso viaje desde los suburbios hasta la Capital. Lógicamente que es un personaje ficticio, pero hay otros “reales” que también, a su modo, han presentado batalla. Una de ellas me resultó sumamente simpática cuando la vi en TV. Se llama Nelly Iglesias, nació en 1928, y es conocida como “la abuela motoquera”-aunque ninguno de los motoqueros sea su nieto de sangre—Su pasión nació después que enviudó; en lugar de quedarse en su casa albergando recuerdos, decidió salir con su moto. Actualmente, con sus ochenta y pico de años, va montada en su vehículo a todos los encuentros de motoqueros. Es pequeña, frágil, simpática y graciosa. “La Renga” le dedicó el tema “Motoralmaisangre”-
Yo no creo que –aunque anduve muchos años de copiloto- me dé el ánimo para convertirme en otra “abuela motoquera”, pero la idea de “actualizarme” siempre me resultó tentadora. Todavía no sé en qué. ¡Ya veremos!














viernes, 6 de enero de 2012

De recién casada en " El Dedalito"

Hace unos días vi la lista  de una pareja que se está por casar. Realmente me sorprendió  muchísimo la extensión y la cantidad de objetos que los jóvenes anotaron  porque en el caso de unos cuantos, ni siquiera sé ni que son ni para qué sirven.
Yo recuerdo que cuando  estaba en esas mismas circunstancias, mi lista cabía en una pequeña hoja de libreta.  Y era más o menos así:
Juego de dormitorio (cama,  ropero, cómoda y mesitas de luz con tapa de mármol)
Juego de comedor de cármica: aparador, mesa y cuatro sillas
Una heladera Ferrosmalt- (no había freezer aún)
Cocinilla a gas Manzanares con garrafita de repuesto.
Un calefón Tem.
Para la cocina: dos ollas, una sartén, un juego de platos, un juego de vasos, un juego de cubiertos.
Ropa blanca: Ropa de cama confeccionada con una pieza de crea blanca  que daba exactamente para dos juegos de sábanas con sus correspondientes fundas.
2 toallones,  4 toallas de mano, 4 repasadores.
Por supuesto, que mi tía, me decía que ella se había casado con mucho menos, y lógicamente, yo no le creía. ¡Cómo que se había casado con menos! Ahora sí, en vista de la inverosímil lista que vi hace poco,  soy yo la que  digo  lo mismo que me dijeron a mí: ¡Por  Dios, yo me casé con mucho menos!
El televisor fue un aparato que demoró en llegar.  Si había algo de mucho interés-como fue la famosa llegada del hombre a la luna en 1969-, la Sra. Barrios nos  invitaba a su casa y compartía el espectáculo en su tv. En realidad, como al poco tiempo reanudamos los estudios- nos habían quedado materias pendientes del famoso “Preparatorios” nocturno-  y nos inscribimos para asistir nuevamente a clases reglamentadas, en lugar de preparar exámenes libres- el tiempo disponible, incluidos los fines de semana, se empleaba para estudiar.  Teníamos una pequeña radio portátil que  comía con nosotros en la mesa del comedor. Escuchábamos algún informativo tempranero,-preferentemente el de la radio Sarandí con el estupendo Julio Villegas que marcó toda una época- y música en distintas “estaciones”. Nuestro máximo entretenimiento de invierno era ir al cine y en verano, íbamos a la playa en nuestra moto Suzuki- la Zanellita se había cambiado por la Suzuki que era  de mayor potencia- y al regreso nos tomábamos un delicioso helado en la  legendaria heladería Biscardi de la calle Justicia.  No precisábamos más para ser felices. Éramos jóvenes, trabajábamos y estudiábamos. Todo parecía sonreírnos. Pero hubo cambios siniestros en el país. La situación política y social se enrareció en una forma tan  brutal que desembocó en la dictadura que nos asoló hasta 1985. Quedamos-como tantos otros- en el llamado “insilio”. (Adentro del país pero privados de derechos y a merced del oleaje repentino.) Como éramos una pareja de jóvenes, y, además, mi esposo “era bancario”-en nuestra adolescencia una ventaja,  pero ya casados, se había transformado en una carga difícil de sobrellevar porque los bancarios resistieron  a la dictadura con denuedo-  por eso, lógicamente- los “muchachos” nos visitaban a cada rato. Es decir, “nos allanaban”- era el verbo que se empleaba-. Realmente, era una situación muy peculiar. Ya les conté sobre el mobiliario y los enseres que teníamos, pero no les describí el apartamentito que habíamos alquilado. Era nuevo, -lo estrenamos nosotros- lo apodamos  “el dedalito”. La casita de muñecas tenía: un dormitorio, una cocinita, un pequeño living con una mínima estufita a leña-ahí instalé mi comedorcito de cármica que era también minúsculo-, y un baño que- como gran lujo- contaba con una preciosa bañera. El apartamentito formaba parte de una estructura de cuatro  que el arquitecto Óscar Barrios, había construido en un terreno que tenía al fondo de su casa en la calle Petain. Pensar que en esa miniatura podía ocultarse “material subversivo” era impensable, pero la extrema juventud siempre despertó sospechas. Por lo tanto, venían bastante a menudo. En uno de los allanamientos en la época de la  extensa  huelga bancaria (1969)  yo había regresado de trabajar y estaba sola, porque  mi esposo “andaba a campo”- en realidad ningún bancario que sostuviera la huelga  “estaba” y tampoco comunicaban a sus familiares dónde se alojaban para no comprometer ni a la familia ni a los que los escondían-, un soldado tocó el interior de la estufita y me miró con cara de “¡ah, te agarré!”. De inmediato le gritó a su superior: “¡Acá puede haber material subversivo, mi teniente!”
Yo estaba paralizada, sentada en una silla del comedor- porque no me dejaban mover-, y  muy asustada porque nunca hubo nada que me horripilara más que la prepotencia que podían desplegar porque sí. Levanté la cabeza para ver qué era lo que sacaba del agujero de la chimeneíta-vuelvo a repetir que era minúscula, acorde con la  casita de juguete- y aparecieron  ¡hojas de diarios viejos que yo ponía en invierno para que no se colara el frío!  Todavía puedo “ver” con qué fruición leían hoja por hoja para ver si encontraban algo “sospechoso” para  llevarme “en averiguaciones”. No había nada. Se fueron con rabia por el fracaso. Al rato apareció el arquitecto Barrios-muy solidario- con su acostumbrado: “¿Todo bien, flaca?” (¡Sí, yo pesaba treinta kilos menos, believe it or not!) ) Esas manos amigas, tan solidarias, me ayudaron a sobrellevar esos primeros  tiempos ennegrecidos por las circunstancias del país.
Se afirma que dado el crecimiento poblacional los apartamentos y casas de tamaño reducido-como mi primer “dedalito”-  son una solución que ya se está practicando. La tecnología ha avanzado tanto  que ya hay  parejas en preparativos “armando su nido” como una  casita domótica, -aquí les dejo algún ejemplo-
¡Pero –al menos por ahora- no he visto ningún ejemplo domótico con  una estufita como la que yo tuve con sospechas de ocultar  “material subversivo”!