jueves, 12 de octubre de 2017

SE NOS VA EL CLUB DE LOS GRANDES

 Esencial para disfrutar un espectáculo: un buen barman

Yo empecé a concurrir este año a esta  institución pionera en la agrupación y atención personalizada  de personas mayores. Tenía de todo: peluquería, restaurante, talleres diversos, gimnasia, y entretenimientos. Pero este mes, sorpresivamente, —para los socios—se anunció  que lo cerrarán el 31 de octubre.
Circularon  varios “mitos” con respecto a cómo se ingresaba, qué se requería y demás. Yo no tuve  requerimientos extraordinarios: simplemente, concurrí, me anoté, y el descuento de la cuota me lo hacían de  una tarjeta de crédito. Así de sencillo. Era un club a la medida de cada uno, con una cuota accesible, y buenos servicios. Para los  espectáculos cobraban un boleto artístico y la consumición de comida y bebida acorde a los precios normales del país. Nada del otro mundo.
La forma que eligieron para comunicar el cierre,  fue por medio de una circular, la causal que acusan es no haber podido alcanzar la suficiente cantidad de socios para mantenerlo. Es probable que sea así, indudablemente, sin embargo,  fue un duro golpe. En un mundo que rechaza a los viejos, en este club,  se esforzaron por atendernos de la mejor manera posible. Todos. Porque se formó un grupo humano estupendo: selecto, amable, paciente, dotado especialmente para el buen trato. Todos, sin excepción, se esmeraron por atendernos de la mejor manera posible.  En   el país no hay  ningún emprendimiento de esta naturaleza.
La circular de despedida 



 Incluso tenía un estupendo grupo con dos excelentes instructores de Biodanza. 
Prontas para la biodanza 

Pero caemos siempre en el mismo pozo: sin buenos patrocinadores no hay dinero,  y los que hubo se fueron, buscando mejores oportunidades. El dinero atrae al dinero, no hay manera de sostener instituciones que no se financian a sí mismas.
Por supuesto que se están buscando “soluciones alternativas”, pero este Club desaparece tragado por la falta de viabilidad.  Vuelvo a repetir que  no hay nada igual en el país. Hay sí, instituciones deportivas, o, incluso,  estéticas, pero de ninguna manera con la  dedicación total que se brindó en este club.
No nos quedan nada más que palabras de profundo agradecimiento  por la gentil amabilidad que nos brindaron en todo momento. Otra institución pionera para el recuerdo. Muy lamentable.


lunes, 2 de octubre de 2017

" DOS ALMAS EN LA NOCHE"


Las almas solitarias protagonizadas por Jane Fonda y Robert Redford
( Imagen tomada de Internet)


“Las relaciones sexuales entre gente mayor pueden pasar por situaciones molestas o de cómica indolencia, pero también poseen una ternura que suele escapársele a los jóvenes. Pueden tenerse los pechos caídos, o la pija colgando, pero la piel sigue siendo piel, y cuando alguien te acaricia, te abraza o te besa en la boca, te sigues derritiendo de la misma manera que cuando creías que ibas a vivir eternamente.” 
Paul Auster
“Brooklyn Follies”. Capítulo “Una vida nueva” Primera edición Ciudad Autónoma de Bs.As. Julio 2013  Página 321

Así se llama la última película protagonizada por Robert Redford y Jane Fonda estrenada por Netflix, a cincuenta años de aquella memorable- que todavía soporta que se la vea-  de  “Descalzos en el parque”.  

"Descalzos en el parque" -50 años atrás- 1967

Me pareció una película digna, amable,  actuada con solvencia por estos dos veteranos de la actuación y de la vida—ambos octogenarios—.
El argumento en este caso, no es lo más me interesó. Lo más llamativo—al menos para mí— es el planteo de un mal de la época, en un pueblo, o en cualquier lado: la soledad de la viudez. Después que se ha criado a los hijos, que ya han aparecido los nietos, de todos modos, cuando falta la pareja, se fue, sin lugar a dudas nada más y nada menos que nuestro interlocutor. ¿A quién le contamos qué hicimos durante el día? ¿ Con quién compartimos lo cotidiano? ¿A quién le preparamos nuestras delicias culinarias? ¿Con quién comentamos el último libro leído? ¿O la última película? Y además, algo muy importante: ¿Quién nos abraza en la noche para que nos durmamos pacíficamente? En la película todas estas interrogantes quedan planteadas delicadamente.

Compartiendo lo cotidiano- Imagen tomada de Internet- 

Por esta película, y por estar practicando biodanza, me di cuenta de que lo que plantea esta disciplina, tiene que ver no únicamente con la “danza de la vida”- que sería la etimología más próxima-, sino con el unir a los seres humanos en actitudes que ayuden a descubrir potenciales que- hasta el momento- no habíamos experimentado plenamente. Al mismo tiempo, hay una búsqueda de superación de la carencia emocional- esa soledad habitualmente nocturna- que nos ataca a la noche a los que quedamos viudos. Por otra parte, cuando está bien dirigida por instructores hábiles, con experiencia, es posible mejorar la comunicación humana. Nada más y  nada menos. Además, permite algo que asiduamente, nos lo negamos: el instinto lúdico- los bailes son muchas veces, propuestos como juegos, y de esa manera se estimula el  disfrute de la vida-.
No nos quita la soledad, pero nos estimula al contacto con los otros- no virtual sino físico, por medio de la caricia y del abrazo, que son demostraciones afectuosas de ternura  que la era virtual ha ido dejando de lado casi por completo. Hay sí, muchas manifestaciones de solidaridad por Facebook, por Twitter, y más redes sociales, pero nos “tocamos” virtualmente. Y los seres humanos necesitamos el estímulo del contacto, de las caricias, de los besos y  de los abrazos. Por eso, la biodanza fue extendiéndose más y más, en diferentes regiones y países. Simplemente necesitamos manifestar el amor. Darlo y recibirlo. Eso es lo que nos vuelve más humanos. Sin duda. Basta echar una mirada alrededor. 


domingo, 17 de septiembre de 2017

LA RURAL



Comensales en uno de los boliches de La Rural 


Ya me habían dicho que estaba medio chaucha, pero, como este era el último fin de semana, fui ayer a dar una vuelta. Se nota la cantidad de público que va en busca de ofertas: aceites, condimentos, jabones, ropa, adornos. Pero todos buscan (buscamos) los artículos de las tres “B”- (bueno, bonito y barato). No siempre se logra. Me traje, eso sí, una lata de pimentón picante Carmencita a cien pesos. No sé si estará más o menos al mismo precio de supermercado, pero este tiene el gusto de haber sido comprado en la Rural.
Caminé un rato, a mi ritmo, que no es muy rápido, por los puestos más relevantes. Hay de todo en la viña del señor. Desde hermosas prendas tejidas o bordadas a buen precio,-o sea caro-  como otras de menor calidad y a precio más accesible. No era mi intención comprar ropa. En general, prefiero hacer las compras de  prendas en algunos locales que ya conozco y que tienen talles para mujeres que comen. Sin embargo, como por mirar no se cobra, pude ver algunos artículos elegantes y de buen tono. No vi- eso sí- a nadie comprándolos.
Había unas cuantas argentinas- notorias por las pilchas, la voz sonora, los cortes de pelo asimétricos y los pelos blanqueados- las canas se pusieron de moda así que ya las lucen sin problemas-. Se meten en todos lados, preguntan, sea o no sea su turno, y no compran nada  porque  bobas no son.
Después de mi pequeña compra, empecé a buscar un lugar donde meterme a comer un churrasco. Finalmente, aunque no me gusta absolutamente nada, hice cola, y entré en un local donde se promocionaba la carne Angus. Después de un rato de espera, me asignaron una mesita chueca- no estaba para elegir mucho- El mozo me tiró la carta, me dijo que “todo salía al mismo tiempo”- porque yo le pregunté qué era lo que salía más rápido- Pedí un bife ancho- que resultó angosto- bien cocido- que salía con un puré de boniato. Es cierto   que no demoró mucho,  pero el puré vino frío, el churrasco era minúsculo-para el precio- y la cerveza “tirada”- probablemente desde la azotea-, resultó un medio vasito de morondanga. 
El bifecito, con el puré frío y la cervecita de morondanga 


Al lado mío se sentaron cuatro argentinos jóvenes. Dieron vuelta la carta para arriba y para abajo, se preguntaron todo, comieron “compartido”- como hacen ellos- y dejaron  una propina mínima. Lo supe por los comentarios que hicieron los mozos. Lo menos que les dijeron fue: “roñosos”. La verdad, es que el asunto de la propina, aunque no está establecido en ningún formulario, tradicionalmente era un diez por ciento de la consumición. Incluso, en algunos lugares, la estipulan/sugieren en la carta. En Estados Unidos, en varios lugares donde iba a comer, era el 15% y guay de que no se dejara lo establecido. Podían salir a la calle, rociarte con nafta y prenderte fuego. Incluso, en algún caso, vi salir al encargado de salón a reclamar “el servicio”. En fin. Yo también pienso que el que machetea una propina es un roñoso despreciable. Tuve una amiga roñosa al máximo.  Y no solo con sus pesos, sino con los míos. Cuando yo dejaba algo más, apartaba un tanto y me decía: “es mucho, guardate algo”. Finalmente, harta de su roñez, dejé de salir con ella. Todo tiene un límite y yo hace tiempo que pienso que no tengo porqué tolerar pelotudeces de ningún tipo.
En los puestos de la Rural, por suerte, la mayoría de la gente resultó amable. Lo que me ayudó a pasar bien la tarde.
El paseo al aire libre, siempre es gratificante.


Precios 

A la vuelta, había problemas de locomoción. Ni loca me iba a tomar un taxi hasta mi casa, así que caminé por Lucas Obes, hasta encontrar una parada. Esperé el 76 –que da la vuelta al mundo- y pude hacer un lindo paseo en ómnibus pasando por distintos barrios.
No se conforma quien no quiere.

La cerveza con más espumita que otra cosa 



viernes, 8 de septiembre de 2017

OTRO RETAZO DEL MANTO EXPIATORIO: COCINAR

En el Clan de la Cicatriz ya escribí sobre el gran retazo que ocupa la escritura en mi vida.  Cocinar es otro que me catapulta a otros mundos donde nada malo me alcanza. Me sirve-incluso- para calmar cualquier inquietud.

Mi abuela Elivia bordaba, tejía, cosía, lavaba, planchaba y cocinaba primorosamente. Yo aprendí con ella, y con varias personas de mi familia.    Después de jubilada pude dedicarle más tiempo; pero jamás fue una actividad suplementaria. Cociné desde niña, porque en todas las familias que me acogieron, había  cocineras y cocineros competentes- y no es que quiera usar  el llevado y traído lenguaje inclusivo, sino que tengo que reconocerle  maestría a  mi padre que hacía todo tan bien como la madre-. Él, había llegado  de su Treinta y Tres natal muy joven a Montevideo, donde para vivir, hizo de todo. Aprendió a vivir en cuartos de pensiones donde se preparaba unos suculentos platos con un primus, que era un ingenioso calentador a kerosén que se usaba mucho. En el “hornito de primus” era capaz de preparar desde  un asadito-con todo, no únicamente la carne y los chorizos- hasta una deliciosa torta que jamás se le quemaba en el tubo. Para él, la cocina era alquimia pura. Y de la mejor.

El clásico "primus" con el hornito correspondiente (Iimagen tomada de Internet) 


 La abuela Elivia, que también era de Treinta y Tres, tenía una “cocina económica”- antepasada de la también antigua  “Volcán”-que supe conocer para deleitarme con sus delicias-. Nunca pude comer unos huevos fritos mejores que los de ella. Los hacía "festoneados"- esto es, con la clara de los bordes, marrón, y la yema "a punto")- Ella era la que podía lapidar a otra,  de esta manera: "no sabe hacer ni un huevo frito".  Además, a mí,  me hacía dos ( aunque mi madre no lo sabía porque era un secreto entre nosotras). Otra maga, sin lugar a dudas.

Una cocina económica parecida a la de mi abuela. ( Imagen tomada de Internet) 


Cuento todos estos pormenores porque en la actualidad, con toda la parafernalia de las redes sociales, basta “bajar” una aplicación en el celular para obtener cualquier receta. Pero yo aprendí en las casas familiares, enseñada por las personas que cocinaban como parte de un proceso absolutamente natural. Nunca oí a ninguna de ellas quejarse por tener que hacerlo. Quizás en alguna ocasión lo que causaba cierto revuelo era la tarea de “pensar”- qué se hacía, para cuántos, y cómo, pero después de resueltos esos pormenores se hacía todo y punto.
 Con todas aprendí “trucos¨” que ahora se presentan en programas de cocina como hallazgos fuera de serie. Por ejemplo, algo tan sencillo como en una cazuela poner los ingredientes en “orden de cocimiento”. Los más duros, primero, los más blandos a lo último, o,   antes de poner una torta en el horno, verificar si la temperatura es la adecuada. Los hornos actuales tienen un termómetro. Antes, se probaba el calor con un papel. Si el papel se doraba, estaba bien, si se quemaba se había pasado de calor. Se sabe que  el calor  es indispensable para lograr cualquier horneado adecuado. Las tortas y budines son delicados. Hay que agarrarles la mano a los ingredientes y al horno. No hay nada más desgraciado que un budín apelmazado. Las personas expertas, saben intuitivamente, cuando un batido está “a punto”-como para ponerlo al horno- y, cuánto tiempo llevará su cocido. Al menos, en mi familia, se rivalizaba por la que sacaba la torta más esponjosa y más sabrosa de todas. Los bizcochuelos de las nonas eran piezas fuera de serie, verdaderas obras de arte culinario.
 Pero también, a veces, en tiempos futboleros, cuando la familia y los amigos se comen hasta los piolines,  se pueden lograr pequeños milagros preparando una “picada” sencilla. Basta con un poco de maña. A mí me ha dado muy buen resultado un  buen paté casero de garbanzos ( humus) sobre unas tostadas con huevo duro, cebollines picados, ajo, rúcula y zanahoria rallada, condimentadas con aceite saborizado. El procedimiento es sencillo, se puede tener todo preparado. El humus se distribuye en pequeños cuencos, se presenta todo el resto de los ingredientes de la manera más práctica posible. Se le pueden agregar otros “dips” tan sencillos como el humus. (Consulten el Crandon-toda una institución- o bájense una aplicación de recetas.)  Y ¡A saborear!
Y si nada de eso es posible, pues bien. No queda más remedio que pedir “comida hecha”. Un verdadero agravio para cualquiera de mis antepasados, porque  la cocina, es uno de los reductos de la felicidad. En torno a ella, se lleva la vida familiar y la de las amistades; tengan en cuenta que sirve para unir.



domingo, 27 de agosto de 2017

LA TORTUGA DE DARWIN

Programa de la obra 
El elenco es de primera categoría: Ana Rosa, encarna a la tortuga Harriet; Sergio Pereira  al profe; Carla Moscatelli a  la esposa del profe; y Fernando Amaral, al médico.
 La  obra fue escrita por el  singular madrileño Juan Antonio Mayorga Ruano* (que,  a juzgar por las fotos que encontré en Internet-  está “que se parte” –como dicen las jóvenes, y yo también-) y, por supuesto,   la directora Mariana Waistein se luce con éxito.

 
Juan Antonio Mayorga Ruano
(Foto de Paco Navarro) 
La obra se desliza armoniosa desde todo punto de vista: escenografía, ambientación minimalista, luces, vestuario. TODO. No decae en ningún momento.  La tortuga Harriet -que encarna Ana Rosa -está lograda con un vestuario acorde, movimientos del cuerpo, la voz modulada con inflexiones increíbles y los ojos centelleantes.
 Harriet se convierte en el motivo de disputa entre el profesor, su esposa y el médico. Es un “tire y afloje” constante donde - la tortuga evolucionada a mujer-  es la víctima.
Ana Rosa, logra una tortuga paródica fuera de serie, que presenta la historia “desde abajo”, “al ras del suelo”-como quiere su autor y como queremos también nosotros, los espectadores-  con muchos momentos humorísticos, pero al mismo tiempo nos conduce a  intensos caminos de reflexión. Dueña de una memoria que abarca doscientos años, sobreviviente privilegiada,  cuando visita al profesor, le ofrece todo su caudal nemotécnico a cambio de que la regrese a Las Galápagos.
Todos quieren sacar algo de ella. (Al punto de que cuando creen que desvaría,  piensan  que podrían hacer con ella  un “arrocito”.)
Esto es lo que dice Juan Mayorga de su personaje:

“También con esa libertad he escrito “La tortuga de Darwin”. Al enterarme de que aún vivía  una tortuga a la que pudo conocer Darwin en las islas Galápagos, pensé que la vieja podía haber emigrado a Europa y asistido a ciento cincuenta años de nuestra historia. Mi Harriet, que así se llama, ha visto entrar a los nazis en París y desembarcar a los americanos en Normandía; ha sido testigo de la Revolución de Octubre, y de la Perestroika, ha sobrevivido a no sé cuántos papas. Y acaso se ha fijado en cosas que los historiadores no vieron, y lo ha visto desde abajo. Es un programa posible para el teatro histórico, contar lo que los historiadores no han visto y contarlo desde abajo. “ (  En el Programa de  la obra.)

Y a todo esto: ¿Qué dice la tortuga Harriet- Ana Rosa? ¿Qué  creen ustedes que   la habilitó a seguir con vida en medio de tantísimos avatares?
Vean la obra. Después me cuentan.


 
Juan Mayorga ( foto tomada de Internet) 

*Juan Antonio Mayorga Ruano.
 Nacido en Madrid, 1965.
Licenciado en Filosofía y Matemáticas. (¡Nada más ni nada menos que en Matemáticas! ¡Por Dios!)

Doctorado en Filosofía.  

viernes, 25 de agosto de 2017

EL CLAN DE LA CICATRIZ

(Imagen tomada de Internet. Mi libro está prestado)


La  Dra. Clarissa Pinkola Estés dedica un capítulo entero al “clan de la cicatriz”en su libro “Mujeres que corren con los lobos”. Recomiendo su lectura completa. Vale la pena.
Primordialmente, se refiere a las “heridas de guerra” que a medida que transcurre la vida de una mujer-como puede, no siempre como quiere- le va dejando cicatrices en el alma. Las hay casi imperceptibles, de difícil rastreo. Son esas que cuando se pasa la mano  sobre ellas,  apenas se notan porque son casi imperceptibles. Sólo las detecta la mujer que las ha sufrido, pero,  hay otras, mucho  más profundas, que no son de fácil olvido porque basta la más mínima presión sobre ellas para que la piel- que quedó mucho más sensible en esa área- se vuelva a abrir, a sangrar, a supurar y a doler como si fuera una herida nueva. Para mitigarlas, hay mujeres que formaron un “clan”- es decir una especie de familia postiza- para,  en comunidad, poder soportarlas con entereza. Para eso, cada una de ellas ha hecho un “manto expiatorio”, que es un ritual de exorcismo. Ese “manto” es habitualmente una obra pictórica donde se van anotando las instancias que han producido esas cicatrices y se representan con un dibujo, o con un bordado. El manto se va formando con retazos y cada uno de ellos tiene un significado expiatorio. Una manera efectiva,- al estilo de Jung- de sacarse de encima los diversos pesares de la existencia.
Yo no sé ni pintar ni dibujar pero sí escribir, que ha sido- y es- mi mejor forma de expresión. Escribiendo, puedo expresar todos mis sentimientos. Nunca lo logré por ningún otro medio, pero cuando escribo, lo hago como dice Cortázar- uno de mis dilectos-:

“Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de casualidades: las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana.”
(Clases de literatura, Berkeley, 1980, Alfaguara, Herederos de Julio Cortázar, 2013)

Mi manto expiatorio tiene un importante retazo en mis crónicas. Cada una de ellas, sin orden prefijado,  va tejiendo  altibajos. Otro retazo también efectivo para mí es leer (mi última lectura es Mairal), otro bailar (hago biodanza), otro cocinar (para familia y amistades-incluso tengo un whatsapp para compartir recetas-: “Las piantadas gourmet”), y así podría seguir enumerando cómo se va componiendo de a pedazos esa “colcha” salvadora.
 En ese manto expiatorio, hay cicatrices muy profundas. Altibajos de la existencia que me costaron   pesares y lágrimas.  Es probable que el primero,-aunque no tenga absoluta conciencia de él, porque fue cuando yo era recién nacida- haya sido  el divorcio de mis padres. Después, enfermedades y muertes. De mis padres y de muchos amigos dilectos. A medida que envejezco, más.  También los dolores producidos por penas de amor, son muertes- y reconozco cada cicatriz porque  me dejó la piel roja y sensibilísima-
En las antiguas, hay una de muchísimos años. La única manera de exorcizarla ha sido evitar los desvelos. No hay- ni hubo- ninguna otra modalidad. No se olvida. Pero duele menos cuando la vida sigue  alejada de tanto dolor lacerante.
Cuando extiendo el manto y lo contemplo, están ahí  las heridas recientes y las antiguas, y sigo, sigo, tesoneramente,  pintándolo con mis palabras.


sábado, 12 de agosto de 2017

MANIOBRAS DE PEDRITO

Último libro de Mairal  que me compré
Me interesan los relatos  de los escritores que  nos muestran su  cocina y nos dicen, empecé así, empecé asá, no sabía esto o lo otro y pude igual. Sirve para no caer en el más artero de los  pesimismos y decir: “ta, esto no va conmigo, me voy a dedicar a la cocina, a la jardinería, a cuidar niños, a viajar”.
Como buena caída de la cuna que ya se sabe que soy, me asombro todos los días con descubrimientos, que no comento porque algunos son tan bobetas que puedo ser juzgada ídem.
No hay que levantar la polvareda. Mis lecturas por ejemplo, son bastante caóticas. Puedo ir de una novela negra a un libro de cuentos o de ensayos o a una revista de modas ¿Por qué no? Desde que me enteré que Cortázar leía novelitas rosa le perdí bastante el miedo al ridículo. Al lado de mi cama hay un par de canastos con diversidad de material y de ahí espigo según la hora  y el ánimo. A los libros de Pedro Mairal llegué medio de casualidad. Me prestaron “La Uruguaya” y lo leí en una noche. No paré hasta el final. Me gustó tanto que me lo compré y ya tiene un lugar en mi biblioteca.  Dicho sea de paso: está en reformas. Me dediqué con un asesor a revisar el ordenamiento y sacar para donar todo el material de docente. No tiene sentido tener los libros de gramática, de lingüística, de semántica y de tantas otras yerbas parecidas  que me sirvieron para enseñar. Ya hace más de diez años que me jubilé. Un buen carpintero  me había hecho una soberbia estantería del piso al techo, pero como  los libros siguieron llegando no quedó más espacio. Tengo libros en los placares, en canastos, en baúles, y hasta debajo de la cama. Entonces empecé. Con todo el dolor del alma porque varios de los  libros que saqué para donar, los compré en incómodas cuotas mensuales y están marcados por todos lados, pero ya no tiene sentido retenerlos. Que se vayan. Hay otros esperando clasificación, ordenamiento y un lugarcito.
Otro día les sigo con el tema libros. Pero no era ese el camino que quería tomar, en realidad, mi intención era  hablar de las maniobras, múltiples que en el caos de la vida se van dando sin que nos demos cuenta. Por ejemplo, el hecho de haber leído “La uruguaya” me llevó a elegir otros textos de Mairal. Entonces, encontré su blog “El señor de abajo”, y otros que había escrito con sus amigos del taller de escritura. Un almuerzo con sobrinos me llevó a Escaramuza- especie de librería- restaurante-cafetería que a ellos les encanta. De ahí me vine, un día de ñoquis, con otro libro de Mairal. El que me llevó a su cocina. Y la muestra, generosamente, con detalles de escritura: aquí la mesada, aquí el comedor diario, acá los placares, más allá ¿ves? las banquetas y la mesa. Hice esto y esto también.  Otra  noche vi en el programa de Susana Giménez- a quien también miro de vez en cuando-, al llamado “Rey  de la Bachata” Anthony Romeo Santos, que le escribió una oda al pene. Sí así como lo leen. Una oda al pene. Y la canta a dúo nada más y nada menos que con Julio Iglesias. Si una escucha la canción es muy probable que  no note quién es  ese amigo, campeón, paisa, compañero, aliado y confidente, porque bien podría ser uno de esos amigos de fierro que nos acompañan de por vida. Pero, en el programa se aclaró que ese “amigo ardiente” es nada más y nada menos que su pene. Ni Julio Iglesias se había dado cuenta.


 Yo supe  tener un “Pedrito” (no exactamente Mairal) al que nombrábamos así  porque de ninguna manera si las esquelas caían en manos de familiares podían darse cuenta de quién o de qué hablábamos. Siempre en tercera persona: “Pedrito tiene ganas de comer margaritas”.” Pedrito te extraña y espera con ansiedad el viernes para reunirse contigo”.  Hubo también un “Ricardito”, dulce y de chocolate, sin merengue, que escribía, pero no era muy  parlanchín ni nada  bailarín,  una lástima. Pero también tuvo lo suyo. Inolvidables. Una  cosa trae la otra. “El señor de abajo”  es probable que sea un Pedrito o Ricardito. Eficiente y parrandero. Quizás también un buen  “cómplice de sus fracasos”  porque hay  de todo en la viña del Señor.

sábado, 5 de agosto de 2017

EL CARNÉ DE SALUD

Carné para el recuerdo 
En el mundo de las casualidades que no existen, pasan cosas insólitas. En el colegio norteamericano donde trabajé mis últimos veinte años, hubo un joven gerente administrativo muy cuidadoso con los recursos económicos. No había que  gastar más de lo necesario de ninguna manera. Por eso, decidió que el carné de salud que se le exigía a todo el personal fuera práctico y al toque y-por supuesto- bien barato. Entonces le salió al paso, como de medida,  una médica que hacía todo “a domicilio”. Cuando digo todo es todo. Venía a la empresa, y, uno por uno, en fila india, nos revisaba, nos sacaba sangre, nos tomaba la presión, nos hacía un cuestionario, y después con la misma eficiencia, nos tomaba una foto con una polaroid y nos imprimía el lindo carnecito que puse al comienzo. Bien rapidito. Cuando me tocó el interrogatorio  me extrañó un poco su consejo para combatir la hipertensión: “que no me empastillara más”.  Simplemente que  comiera un diente de ajo en ayunas, y tomara  un licuado de limón y perejil dos o tres veces por día.  Como buena caída de la cuna que soy  no objeté nada. Pensé que sería partidaria de la medicina natural. Una médica merece respeto. (Ese respeto que se siente por los que saben lo que nosotros ignoramos. ¿Ta?) Nada para quejarse. No había que perder horas de trabajo, venía con un equipo que colaboraba en todo momento, y los carnés salían como pan caliente.
Pero, había un programa de TV que se llamaba Zona Urbana- que actualmente es Santo y Seña- que se encargaba, y aún lo hace, de sacar caretas.
Esa misma noche, el programa denunció a la doctora que emitía carnés de salud. Tenía título de médica, pero ninguna autorización para hacer los carnés que únicamente se gestionaban en Salud Pública, o en unas pocas instituciones habilitadas. Sus carnés eran truchos.
Más de uno se julepeó. Nos había extraído sangre ¿En qué condiciones estarían las agujas? ¿Qué habría hecho con la sangre extraída?  Y —obviamente— al  gerente le salió el tiro por la culata porque después tuvo que armar listas para mandarnos a los lugares habilitados.
¿Y a mí? A mí me vinieron cinco ataques juntos. Pero de risa.

Hoy encontré el recuerdo con el carnecito. Toda una monada de viveza criolla.

domingo, 30 de julio de 2017

EN PIJAMA

Un placer dominical:quedarse en pijama 
Hoy amaneció un domingo “bueno pa’ un mensual” como canta Larralde. Uno de esos domingos grises, fríos, lluviosos, que invitan a remolonear placenteramente y quedarse todo el día, todo el santo día, en pijama. Un placer inconmensurable.
Al principio no pudo ser. Como estuvieron reparando  y pintando mi cocina que se llovió en una forma lamentable, y terminaron recién ayer a mediodía, hoy, tenía que vestirme para hacer mandados. No hay nada más inoportuno que ir al supermercado en día domingo. Se tropieza con papás, mamás  y parientes dominicales. Todos ellos. Viene la abuelita, el nono, el tío, la tía, y quizás también los padrinos, a los que se suman todos los nenes de la cuadra. Y la reunión es en el supermercado. Obvio. Allí se paran en el medio del camino, justo cubriendo la góndola a la que  una trata de llegar en forma acrobática para pescar como sea una lata. Los nenitos y los abuelitos te empujan y te pisan. A cual más torpe. Y si les decís algo te miran con cara de culo fruncido. La mirada expresa  una buena cantidad de: “morite vieja pelotuda, si no trajiste a tus nietos, jodete”. Como no había podido usar la cocina, hice cola para comprar una milanesa con puré. Me tocó un número inverosímil, pero, como conozco el paño, me quedé como abrazada a un rencor- en este caso al carro chico que por casualidad conseguí- sin achicarme, y sin moverme, pese a los empellones y carrazos que me ligué estoicamente. Estuve bien. Al rato, se empezaron a suceder los números, sin que aparecieran los destinatarios y llegó el turno del inverosímil mío. Y salí triunfante con mi comida.
Pagar en la caja fue otra odisea. Toda la fauna humana asoma por esas latitudes. Desde la vieja pelleja que quiere pasar a toda costa aunque esté en el final, hasta la madre joven que mete el carro de la compra y el del nene y se pone con el celular dele que te dele a hablar con alguna otra tan pelotuda como ella a grito pelado.
Cuando llegué a casa dispuse toda la compra, me puse el pijama de vuelta-no me iba a privar de ese placer de ninguna manera-  y me dispuse a disfrutar de mi merecido almuerzo. La milanesa se dejaba comer. El puré no. Estaba ácido. No me dieron los bríos para volverme a cambiar y salir a reclamar. Me descongelé una porción de arroz y allá marchó con la mila. Únicamente el trabajo de pintura me impidió cocinarme porque lo hago encantada. Me divierte. Hoy anoté la receta de una brusqueta para el brunch de la chef Mery Bernardi. Una delicia que en cualquier momento voy a preparar.
El día gris lo  completé con lectura, una serie y Teodoro compartiendo mi cama.  Finamente, pude tener  una pacífica  tarde de domingo en pijama. Contra viento y marea.




jueves, 20 de julio de 2017

¿IROS, IRSE, ANDATE, PRIMER O PRIMERA?



Lo tomé del Facebook de mi sobrina Ana Clara Rey Segovia 



Esta ha sido una semana sumamente especial. Con un día lunes sándwich, un feriado –pago- el martes, y, un día de Paro General hoy jueves. Inocentemente, pregunté a mis amistades de Facebook porqué razón el canal 5 lucía un coqueto cartelito que anunciaba que retomaría su trasmisión habitual el viernes 21. ¡Por supuesto! —Me dijeron— ¡El canal 5, SIEMPRE adhiere a los paros! Pues, bien. Yo, no lo sabía. Ahora sí.
A partir de la media tarde, me dediqué a buscar tema para escribir en mi blog, “como un perrito necesitado de árbol”—dijera Cortázar— Y lo encontré.
 Hay una nueva forma— no es nueva pero así lo parece— que se incorpora como válida en el lenguaje: “iros”- Un imperativo que ya estaba circulando en el uso; y, mi sobrina que está cursando un Doctorado en Valencia, me mandó el que usaba Lola Flores: “Irse”. (Un infinitivo con sentido de imperativo.) Y yo, me acordé de un tango que cantaba mi madre cuando yo era chica:


 Una de las versiones que  más se escuchaba  era la de Donato Racciatti con Nina Miranda. Por supuesto, que ese imperativo “andate” no es del verbo ir, pero tiene una fuerza descomunal y mucho más en la clara, sonora y emotiva  voz de Nina Miranda.
Este tango, merecería haber figurado en “Los tangos del Cuque”. Uno de los tantos libros de él que no ha sido evaluado convenientemente.  El tango “Andate con la otra”, por supuesto,  merecería su certera evaluación. Yo estoy segura de que cualquier feminista, —en la actualidad— colgaría al que escribió la letra, —y el Cuque también—. En esa época—al menos en la letra de este tango, se nos presenta una mujer sufrida. Despechada, pero muy sufrida.  Tan sufrida que hasta se ofrece a prepararle unos mates, para que se vaya contento, y, además le entrega: “limpito el traje y la camisa que acaba de planchar”.  Honestamente, yo me lo hubiera comido crudo. Pero, parece que en 1928 la cosa era distinta. No me quiero ir por las ramas. Lo que me llevó a ese tango, que como dije anteriormente, mi madre cantaba tan bien como Nina Miranda, es el imperativo: “andate”- mucho más popular en el Río de la Plata que cualquier otra forma de uso común  en España.



Un libro del Cuque que merecería una evaluación certera 

También quería comentar sobre la falta casi total de edición que observo tanto en avisos publicitarios como en artículos de los diarios. Me refiero no únicamente a las faltas de ortografía, sino a las que son de absoluto desconocimiento de los usos del idioma.
Un error,  muy frecuente—lo he observado en varios avisos de Facebook— es el uso del adjetivo apocopado: “primer”— mal usado con sustantivos de género femenino—. La regla, en cambio, indica que ese adjetivo se debe usar pura y exclusivamente con sustantivos de género masculino:
Mi primer amante
Pero
Mi primera aventura
Semánticamente se pueden relacionar, pero la gramática tiene  reglas para la adecuación. Y en este caso, es bastante clara. ¿No?
Me pregunto: ¿Por qué no se les enseña a los redactores publicitarios y a los  periodistas la gramática de uso adecuado?




viernes, 7 de julio de 2017

MÁS DE AROMAS Y OLORES

"Charly" la maravilla reencontrada

Hace un tiempo escribí un artículo que fue muy comentado en mi Facebook:http://cosasdeviejucin.blogspot.com.uy/search?q=De+aromas+y+sabores

 Esta vez retomo la idea  para contarles un poco más. De la misma manera que sobre gustos no hay nada escrito, tampoco lo hay en materia de perfumes. La semana pasada encontré en una perfumería del Punta Carretas Shopping un antiguo perfume de mi juventud: “Charly”. Estaba en liquidación. Probablemente era el último que quedaba y las jóvenes de ahora, ya no lo usan. Quizás estaba esperando que pasara una jovata como yo. Lo compré y –de paso- me perdí la promoción por los vales de la rifa de la camioneta- de puro bobeta que soy. Pero me vine feliz a destapar el frasquito y a darme un baño de buenos recuerdos, que son muy necesarios cuando los días están tan grises.
Unos  pocos perfumes marcaron mis años jóvenes. Se estilaba usar uno y convertirlo en un sello tan inconfundible como la minifalda, o la pollera ajustada con un tajo profundo atrás o al costado. El perfume y la vestimenta, eran elementos para seducir.  “Charly”, en el centro, en el cine,  en los bailes, se hacía sentir. Indudablemente.  El otro perfume  de mis recuerdos, se llamaba “Ma griffe”-que en francés significa: “mi garra”, y realmente, era felino.
 
Otro recuerdo (Imagen tomada de Internet)
 Supongo que debe haber caído  en desuso, como tantas otras cosas. Con mi hermana, conversamos sobre muchos objetos que ya no se usan más, como el reloj-pulsera.  Juanita se acordó de uno de mis primeros, porque  se lo regalé a la otra hermana y fue miserablemente robado. Para mi sorpresa,  en  esta época de celulares tan completos a los que no les falta nada, un reloj-pulsera,  antes tan preciado,  se transformó en un objeto absolutamente obsoleto.

No sé si pasará lo mismo con los perfumes. En mi caso, no. Recuerdo a estos dos como si fuera ayer, de la misma manera, que vienen a mi memoria el olor de los hombres que amé y que me asaltan, sin piedad, en sueños y me devuelven al amor perdido y al instante que Fausto quería detener porque era tan bello.


sábado, 24 de junio de 2017

Un voto por las grandotas 
MÁS SOBRE LOS  “ XL” O “TALLES ESPECIALES”

Ya escribí sobre este tema, pero como es un problema que no se ha solucionado vuelvo nuevamente a insistir. Desde hace tiempo, se había anunciado  que las casas de venta de ropa de mujeres tendrían- nunca fue tan condicional este tiempo-  todos los talles. Como resultado, se puede apreciar que en algunas- no en todas- se encuentran algunos talles  que más o menos se pueden considerar que son para mujeres que comen. Pero en otros casos los llenan de X,  pero el tamaño no se corresponde. Es decir, aparentemente son talles grandes, pero en la realidad no. Últimamente he salido munida de mi viejo metro de modistita  para verificar las medidas porque con bastante frecuencia, los talles XXXX son chicos. Probablemente para chinas- que son mujeres más pequeñas que nosotras-. Yo soy consciente de que soy “tamaño baño” y voy a las casas  que tienen “talles especiales”- así le llaman a los que pasan del 48, señalándonos con una marcadísima discriminación.
En el Shopping Punta Carretas, hay una casa donde he  comprado habitualmente: MARÍA DONATA. Tienen ropa  adecuada a mi tamaño. Hace unos días compré un chaleco, y, la vendedora me ofreció además, una remera. El tamaño era X. Dudé un poco, porque habitualmente uso un talle más y, a veces, dos más. La joven me aseguró que no habría problema, que la llevara porque si  no me quedaba bien, la podría cambiar en cualquier momento. No me la probé porque no tenía tiempo, y, efectivamente, no me quedó bien. Sin sacarle las etiquetas, fui a cambiarla enseguida. Pero, no tenían el talle siguiente, llamaron por teléfono a otra de las casas y me aseguraron que al día siguiente tendría el talle requerido. Al día siguiente, no estaba la vendedora que me había convencido para la compra. Me atendió otra. Yo llevé, por supuesto, la remera con sus etiquetas, y además, la correspondiente boleta de compra. Al pasarla por la máquina registradora, me dijo que debía abonar “el plus por el talle más grande”. Le dije ya casi furiosa, que cuando hice la compra, no se me había informado que el talle siguiente tenía “otro precio”. No recuerdo exactamente que otra estupidez me dijo, sé que intenté devolver la prenda porque el descuento famoso que me hicieron el  día de la compra,  se me había ido al carajo con el “plus”. No me aceptó la devolución. Me quiso dar un vale.
No tuve más remedio que pagar. No sé si se habrán dado cuenta, pero perdieron a una clienta. Es la última vez que les compro algo. Hay otras casas donde me puedo vestir sin tanto problema y sin perder los descuentos. En otros países,  los precios se prorratean entre todos los talles y se pone un precio único. De ninguna manera cobran por un par de centímetros más de tela. Pero acá, al menos en esta casa,  existe esta modalidad.
Es un acto más de discriminación. Ya había escrito un borrador, y cuando vi este titular en el diario, decidí publicarlo. Otra cosa mala de  estas casas, es que la mayoría elige nombres que son discriminatorios. En este caso, “Carlota” alude a una uruguaya del siglo anterior, gordota, mofletuda, y pechugona que tuvo a mal traer a toda la sociedad uruguaya,- que es lo más pacata que existe en el planeta-. Entre sus adoradores contó con Juan Manuel Blanes, y con Nicanor, el hijo, con quien –inclusive- se casó.  Es probable que sea predicar en el desierto, pero sé, estoy segura, de que algún día se les va a terminar el asunto de “los talles grandes”- siempre y cuando los correspondientes se pongan las pilas y hagan cumplir la reglamentación-. Que existe, aunque nadie le dé pelota. Ojalá que sí. Y que se les terminen las pavadas discriminatorias. Las grandotas tenemos derecho a existir, y a vestirnos como Dios- o el diablo- quieran mandar. Qué joder.


miércoles, 31 de mayo de 2017

FELICIDAD DE JUBILADA

Escondrijo en una bolsa de Francis ¿por qué no?

Cuando se han sorteado muchas peripecias, la felicidad de jubilada es una conquista merecida con creces. Por lo menos, así lo veo yo. Por supuesto, que no todas las personas tienen el mismo criterio sobre el concepto de ese tipo de felicidad. Para mí es "la de las pequeñas cosas": un desayuno apetecible con un café con leche acompañado de  tostadas con  manteca y dulce, escuchando buena música, en un pequeño comedor diario caldeado, adjunto a la cocina, con Teodoro caminando  alrededor, pegando pequeños saltitos juguetones enredándose en mis piernas, esperando su rato de falda matutina, o, si demoro mucho, exigiéndola con potentes maullidos. Ya hace más de un año que vivimos juntos, y, nos hemos ido habituando el uno al otro. No le gusta para nada quedarse solo, pero ahora, ya con más de un año de vida, lo acepta. No obstante, cuando regreso, me recibe con muestras de alegría. Tiene maullidos diferentes según las circunstancias: los de la mañana cuando da los buenos días, cordiales, suaves, casi ronroneos, los de exigencia si demoro mucho en atenderlo: sonoros y perentorios, los de despedida: parecidos a los de la mañana pero menos alegres. Es sumamente pícaro. No puedo dejar nada de comida "suelta" sobre la mesa, ni sobre la mesada porque el sabandija se trepa y la roba. Tiene su propia comida gatuna, pero, su instinto depredador lo lleva al pillaje. Me enojo, lo rezongo, se hace una bolita contra el piso. Entiende. Entiende, pero, vuelve a delinquir. Como una madre preocupada, he consultado a otros amigos que tienen gatos, al veterinario que lo atiende, y todos me dicen lo mismo: " ya va a madurar". Aún así, Teodoro forma parte de mi felicidad doméstica. Ese rato de ocio, de "dolce fare niente" tan necesario para el alma.
Mi apartamento es mi refugio contra los rigores del invierno, como lo describí anteriormente.

No es la "magdalena" de Proust, es mi tostadita matutina,parte de mi pequeña felicidad doméstica 


Fuera de él, también tengo entretenimientos, por ejemplo: participar de alguna actividad en el Club de los Grandes. Formado para personas mayores- o adultos mayores, como se nos llama- brinda gimnasia acorde, talleres de diversas clases, y varios entretenimientos.
Allí empecé con la actividad de Biodanza y seguí con Taichi. Los grupos son espectaculares y los instructores también.

"Dueño" de los tragos en el Club de los Grandes. Todo un espectáculo de exquisitez

 Además,  desde que está Sergio Puglia encargado del restaurante, se puede desayunar almorzar y merendar. Anoche, el espectáculo de Nicolás Ibarburu se acompañó con  unas exquisitas tapas, y diversos tragos. Una delicia completa. Espero que continúe cada vez mejor. Vale la pena. 
Tapas by Puglia con trago de naranja y vodka 

sábado, 20 de mayo de 2017

CAPUCHINO Y SACRAMENTO

Capuchino y Sacramento- por ahora-

Hace unos días leí comentarios y vi programas que se centraron en  la polémica que se generó  por la negativa a  colocar una estatua de la virgen María en la rambla. Me resultó extraordinaria la atención que provocó. Ya sé que los gobiernos van y vienen y es bastante común que se pronuncien en forma negativa cuando de alguna manera se proclaman ateos o libres de todo credo religioso. De todas maneras me dio que pensar porque en el país no sería la única imagen religiosa o similar  que hay en los predios públicos.
Aunque fui educada en mis primeros años en una escuela de monjas, no me quedó ningún vestigio de apego religioso. Mis suaves creencias no están arraigadas en ninguna religión en particular sino en una filosofía de vida que uso para estar en este planeta y no perderme entre sus  sinuosos  meandros.
Habitualmente, no   llevo puestas  imágenes religiosas ni  las promociono, sean de la religión que sea, pero si alguna vez me pongo  alguna  no es con sentido religioso sino estético.  De todos modos, aún siendo así, me resultó bastante chocante el rechazo a la imagen de María en la rambla, ya que está-sin ningún tipo de reparo- la imagen de Iemanyá- la virgen de la religión umbandista- y, también la estatua del "Greeting Man"- regalo de Corea- Por lo visto, estas dos imágenes no recibieron el mismo tratamiento. En el primer caso es una imagen religiosa, y, en el segundo, aunque es un regalo, es, de todas maneras, la representación de una alegoría: un "hombre que saluda" es la manera de entablar una primera relación.
Yo  no tengo una predilección por ninguna imagen en particular, pero, me parece, que si hay otras del mismo tenor, la virgen no habría ofendido a nadie con su presencia en la rambla. Por otra parte, pienso que de una manera u otra se está llegando a extremos que no son positivos para la convivencia.
Muchas mañanas, voy a Mac Donald Café a desayunar. De paso, además de un suculento desayuno, aprovecho a darle un vistazo al diario. Habitualmente pido lo mismo: un capuchino mediano y un Sacramento.
Si seguimos en esta onda restrictiva ¿ Terminarán cambiándole  el nombre a estas dos delicias?




viernes, 12 de mayo de 2017

MÁS DE COMPRAS

No es tan así. Lo aseguro.

La carestía sigue siendo tema en todos los medios y bolsillos. Pero hay otros problemas que también  se suman a las dificultades para hacerlas. Se trata de la tan mentada "tecnología".  Por un lado tenemos a este señor afirmando que, a medida que accedamos a más elementos tecnológicos lograremos ser más felices, y, por otro, el dilema de que cuando nos fallan algún aparatito, nos volvemos monos porque no podemos- ni sabemos- hacer nada sin ellos.

Hoy fui a la ferretería. Ya no es "la del barrio", sino "la del Shopping". ( Es la única que hay). No iba a comprar nada exótico, únicamente un par de enchufes-para ponerle uno a cada aparato y poder conectarlo sin andarlo buscando desesperadamente), y unas pilas comunes de repuesto. Me dirigí a uno de los vendedores- un flaco de coleta- que estaba ocupado, obviamente con su celular. Como estuve unos minutos parada sin que levantara la vista ni me diera ningún tipo de bola, le pregunté si tenía que sacar número. Me contestó que sí y así lo hice, después de esperar otros tantos minutos- no había nadie y el otro vendedor estaba ocupado con otro cliente- cantó mi numerito. Le pedí los objetos en cuestión, me los trajo, y, cuando me disponía a pagar, resultó que "la máquina se había trancado". Me quedé otros minutos esperando el "destranque" pero el milagro no se produjo. Le pedí que me diera los precios-dispuesta a pagarle sin boleta- pero tampoco eso era posible. Todo lo que venden tiene un código, no saben los precios, si la máquina "se muere", ellos también pasan a mejor vida con todos los clientes compradores.
Me tuve que volver a casa sin nada.

Qué tal? ¿ Es la tecnología una fuente de felicidad o un engorro? Porque cuando "se cae",  se termina el mundo y estos angelitos no tienen ni la más puta idea de cómo sacar un precio y  hacer una cuenta a mano nomás.


lunes, 1 de mayo de 2017

DE COMPRAS

El dilema de la compra semanal con una brutal inflación 
Hace años, hacer los mandados no me molestaba en absoluto, formaba parte del entretenimiento semanal. Tenía la compañía de mi esposo, que era un  experto para las compras, y que nunca adquiría nada de más ni fuera de estación. Teníamos un meticuloso "plan semanal" que cumplíamos a rajatabla. Una rigurosa lista que pinchábamos en un recordatorio hasta que llegaba el día de ir al supermercado. Cuando vivíamos en el Prado, no teníamos el súper a mano. Había que caminar unas cuantas cuadras hasta Tienda Inglesa, pero éramos jóvenes. No nos pesaba. Teníamos un chirriante carrito de feria, que habíamos forrado con una gran bolsa de nylon para que no fuera tan chismoso y sábado, o mejor domingo, íbamos por víveres. Yo casi siempre cociné. En alguna oportunidad tuve quien lo hiciera- pagando por supuesto- pero mi comida siempre resultaba más aceptada que cualquier otra. La lista que hacíamos contemplaba todas nuestras necesidades. Incluso "las de fin de mes" cuando los pesos escaseaban y había que ser muy hábil para hacer las comidas diarias. En los primeros años no teníamos tarjetas de crédito porque aún no se habían impuesto. Comprábamos al contado. Tan meticulosamente que los últimos días del mes aún teníamos vituallas para hacer sustanciosas comidas: atún, huevos,  latas de envasados providenciales. Siempre. Y eso nos salvaba. Paulatinamente empezaron a aparecer las tarjetas de crédito. Dedicamos una de ellas para las compras de mercado. De esa manera, teníamos la posibilidad de llevar una contabilidad estricta de gastos. Yo seguí con la costumbre. Tengo una tarjeta que sólo dedico a la compra del mercado.
El carrito de la compra: coqueto pero chauchón


 En los últimos tiempos la inflación es tan grande que estoy gastando el doble de lo que gastaba el año pasado. Juro que no modifiqué mi plan alimenticio. Para nada. Por supuesto que para contrarrestar mis nanas, como sin sal, compro queso magro, aceite de oliva y productos sin grasas. La carne no es mi prioridad número uno como lo fue en mi juventud, pero no prescindo del todo de ella. Más bien sigo siendo una omnívora moderada. Como carne, pollo y pescado por lo menos una  vez por semana. Pastas de sémola dura, las verduras que me gustan-que no son muchas- y, en cuanto a los mariscos sólo me gustan los mejillones que sé preparar en la paellera de diferentes maneras. Sigo siendo ordenada y metódica. Eso no quiere decir que de vez en cuando no pida  un delivery  pero, en general, prefiero cocinar. Además, me gusta hacerlo. Para mí es una terapia. Después de tener los ingredientes, dejo  a Teodoro en la terraza para que no se me enrede en las piernas, pongo música y me dispongo a cocinar de buen ánimo. Y pongo empeño para  que me quede bien rico, porque me gusta invitar a parientes o amistades. Y me encanta que se disfrute la comida. No tolero a esos desabridos que tanto les da chicha como limonada. Me gustan los entusiastas. Por suerte, tengo unos cuantos.
Pero toda esta perorata viene por una cuestión principal: la carestía. A medida que envejecemos, nuestra alimentación tiende a ser más rigurosa. Los médicos nos  mandan comer sin sal y sin azúcar y todo magro quesos y  carnes. Ese régimen de veteranos es mucho más caro que la comida común y el bolsillo- la tarjeta destinada al supermercado- lo siente. Se gasta mucho más en los mismos ingredientes de siempre. Un pequeño carrito que ni siquiera llega a llenarse ni moderadamente, pasa a ser una fortuna en pesos uruguayos a descontar a fin de mes de nuestros ingresos ya mermados por la "quita" que nos hace el Estado-que también es rigurosa- porque es cierto que tenemos al  Frente Amplio en el gobierno, pero eso no quiere decir que hayan mejorado las condiciones de vida de la clase media. Para los del FA una persona como yo con dos ingresos, -una jubilación y una pensión-  es considerada "rica". Yo discrepo totalmente con esa visión, porque me sacan tanto dinero que me bajaron las condiciones de vida por las cuales luché durante muchísimos años para que al llegar a esta edad ya provecta, pudiera vivir con cierta holgura. Minga de holgura. Vivo mirando el pesito. Voy -desafiando a mi artrosis de rodilla- a la feria vecinal que es más barata que el supermercado- y allí compro-también cuando puedo- algún buen queso a menor precio. Pero aún haciendo todas esas piruetas, estoy gastando el doble que el año pasado.

Atrabanco. Temprano en la mañana el carro de un reponedor atravesado impidiendo el paso.
Más el botellerío en el medio. ¿Qué les cuesta acomodarlo  en las góndolas?

El otro inconveniente en el supermercado son los atrabancos que se forman en los alrededores de las góndolas de productos. Los reponedores  atraviesan los carros y tornan angustiante el pasaje porque son enormes y únicamente pueden pasar de a uno. Más de una vez veo a alguna otra jovata avinagrada que quiere pasar antes que yo. Y la dejo. De paso, le miro la cara arrugada-para abajo, como corresponde a una tipa amargada- y me felicito por no tenerla tan así. Bueno creo que no tan así.
Supongo que no soy la única con problemas.
Estimo que hay más personas con el mismo dilema.
Habrá que seguir luchando para poder llenar los carritos al tope con una sonrisa de oreja a oreja. Ojalá que sí.