lunes, 26 de diciembre de 2011

Hilvanando recuerdos gratos en la Navidad 2011



Malvón rosado como mi vestido juvenil
En el libro que escribió Julio Cortázar con Carol Dunlop: “Los autonautas de la cosmopista, o Un viaje atemporal París-Marsella”, hay un “post- scriptum” de diciembre de 1982, donde se encuentran maravillosamente expresados los  sentimientos que él- siempre reservado en su intimidad- muy pocas veces compartió con sus lectores. En noviembre de 1982, falleció su esposa, la compañera  y coautora de ese “viaje atemporal”.
Vale la pena leer ese post-scriptum porque posee un intenso valor testimonial:

Lector: tal vez ya lo sabes, Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos en una sola búsqueda de ritmo y melodía.
Apena terminada la expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde había y hay tanto que hacer. Carol reanudó allí su trabajo de fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También allí encontramos la felicidad, ya no solo en los paraderos del París-Marsella sino en el contacto cotidiano con mujeres,  hombres y niños que miraban  como nosotros hacia delante. Allí la Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creímos pasajero porque en ella la voluntad de vivir era más fuerte que todos los pronósticos y yo compartí su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir más intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas.
A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.”

En  la última carta del libro “Cartas a los Jonquieres”   Cortázar  también  le comenta su estado de ánimo al amigo:
“Poco te hablaré de mi, estoy tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto.”
Por último reitero  esta otra  cita de  Julio César Puppo, (el Hachero) porque yo también-como él- “escribo por eso”:
“A veces escribir es como cantar: dulcifica las tristezas. Otras veces es como una confidencia que alivia las amarguras. Por  eso escribimos.”

Las tres citas que transcribí son la introducción para mis hilvanes.  Porque así como Cortázar, “contuvo” su dolor para lograr sacar adelante el libro escrito a dúo pese a sentirse “deshabitado” como le confiesa a Eduardo Jonquieres, y el Hachero señalaba lo bien que hace escribir  para dulcificar tristezas y aliviar amarguras,  yo también siento la necesidad de contar   recuerdos gratos de mi querido esposo Carlos Stanley, que cumplía años, -precisamente- en Navidad. En lugar de darle lugar a las amarguras, yo, que también como Cortázar me siento “deshabitada” voy a rememorar nuestros comienzos,  “allá lejos y hace tiempo”.
A él le causaba  mucha gracia que yo   dijera a quien me quisiera escuchar  “que lo crié de potrillo”.
 En realidad, los dos éramos muy jóvenes cuando comenzamos las clases nocturnas de lo que en la década del sesenta del siglo pasado-me siento matusalénica- se conocía como “Preparatorios”. Los nocturnos, los inauguramos con gran alborozo, en el liceo Manuel Rosé de Las Piedras. Teníamos diecisiete y diecinueve años, respectivamente, y ya trabajábamos los dos. Yo, como cadete en la fábrica de botones “La perla del Plata”,  y él como empleado del Banco Comercial, donde había ingresado  a los diecisiete años,- después de un cómico examen-,  para integrarse como “meritorio”.
Para entrar a trabajar en un banco, se necesitaba hacer una “preparación”, que consistía en ir  a una academia que diera clases de contabilidad, dactilografía y-en el mejor de los casos- algo de taquigrafía.
Carlos no fue a una academia; tomó unas clases con un profesor que lo preparó en “cuentas”, “asientos”, “pasajes de libros rubricados” y “algo de escribir a máquina”. En el examen, le pusieron unas “cuentas” que resolvió sin dificultades, en primer lugar, porque era inteligente, y no bestia perdida como yo para las Matemáticas, y, además, porque en su primer Preparatorios en Canelones  había hecho un año completo de Ciencias Económicas. La prueba de máquina consistió en un dictado. Tampoco tuvo dificultades porque –le dijeron- su ortografía era “adecuada” para el puesto al cual aspiraba. Escribí antes- “cómico examen”- porque en realidad, lo pusieron a trabajar en una sesión que  se llamaba “Informes” y su trabajo consistía en “recabar” información sobre las personas o comercios que pedían créditos al banco. No “hacía cuentas”.  Era la época en que se hacía todo “a pedal”. No había computadoras, ni “sistemas informáticos que  “se cayeran”, se usaba la cabeza- órgano actualmente en desuso- para pensar las preguntas que se les hacían a los vecinos sobre los indagados- una útil y práctica libretita y un bolígrafo. El otro útil era “un móvil” que no era un celular sino una linda motito Zanella, comprada a plazos,  para desplazarse por esos caminos de Dios.  Con los años, “el informante” adquirió mucha práctica y le bastaba una pequeña vacilación o un tenue gesto del interlocutor para saber que el que solicitaba el préstamo no lo iba a pagar nunca en su vida. Jodedores hubo siempre, aunque se crea que son de ahora. “Ser bancario”-como decían las madres- era de mucho prestigio. Todas  andaban a “la caza” de esos “candidatos”- término  que no hay que olvidar que proviene de “candidez”- para sus “niñas”, porque  eran  considerados “buenos partidos”. Trabajaban trajeados de pies a cabeza, bañaditos y prolijitos y ganaban salarios considerables, además, y  sobre todo, podían “ascender”. Palabreja que toda madre que se preciara sabía emplear con sabiduría:-” El novio de mi hija es “bancario”; ya lo “ascendieron”, comentaba en el almacén del barrio la afortunada, frente a todas las otras verdes de envidia.  En nuestras ciudades, la Paz y las Piedras,  había múltiples formas de llegar a  los jóvenes“bancarios”. Una muy usual eran los cumpleaños de quince. No hay que olvidar que en los pueblos nos conocíamos todos y sabíamos quién cumplía y cuanto le faltaba a la hija de fulano o mengano para llegar. Así éramos catalogadas: “la hija de”. Ese “hija de”  –en general- se designaba por la profesión, oficio o empleo que tuvieran los  padres: la hija del carnicero Ramírez; la hija del bodeguero Burastero,  la hija del almacenero Coitiño, la hija de la modista Chichita,  la hija mayor del colchonero Segovia (yo, la única -en ese entonces- que iba al liceo).
Otra forma de llegar a “la presentación” de “la hija de” con el “bancario” eran los bailes, que eran toda una institución. Se llevaban a cabo en los clubes,  y había  que ir “bien vestidas”. Es decir, con vestidos de baile- no de calle-  La mayoría de nosotras, me  refiero a las pobretonas, teníamos algún vestidito de popelina reservado para la ocasión y el de los quince que se reformaba cuantas veces fuera necesario para que en todas las ocasiones pareciera como nuevo. Yo tenía a mi favor-felizmente- dos ventajas: mi madrina partera sabía coser y me hacía unos vestidos preciosos, recuerdo uno rojo, como las rosas, sensacionalmente ajustado al cuerpo, con el que yo pensaba que causaba sensación-al menos cuando entraba las veteranas palidecían, vaya una a saber porqué-;  y-la segunda y no menor ventaja-  era que había sido elegida  “Miss Primavera” de mi clase. (Nada más que de mi clase, porque en el concurso oficial en el club Solís únicamente conseguí una coronita de lata, de Miss Simpatía o Miss Fotografía- ya ni me acuerdo- que fue una especie de premio consuelo. Fue elegida como Miss Primavera “general”  una rubia del último año, que tenía unas caderas y unas tetas como las de Brigitte Bardot.
(¡Juro que es verdad y que no es  ningún sarcasmo!).
Pero no necesité ni mi prestigio de Miss Primavera ni mi sinuoso vestido rojo para ganarme al “bancario” Stanley. En las primeras clases ya noté su insistente mirada, y una noche, a la salida, en forma totalmente natural,   me acompañó hasta la estación de tren, porque yo vivía en La Paz.  Deliberadamente, elegí ir hasta la estación de tren,-una siempre se las ingenia cuando quiere- para poder caminar y charlar durante más cuadras. La parada del ómnibus era en la plaza, demasiado cerca del liceo. También supe después, que él, –inteligentemente- había dejado la motito en su casa. Intuyó que yo no iba a “subir a una moto” en una primera instancia. Después sí. La Zanellita fue una gran compinche de nuestro romance. La relación  se prolongó y se consolidó para gran consternación de más de  una “aspirante” (madre e hija) que se quedaron con un palmo de narices. Ya no necesité más ir a los bailes con las vecinas. “Oficialmente”-con permiso conseguido a puro coraje-  me llevaba  él.  Yo iba muy oronda con mi vestido rosado de talle bajo.
Fueron gratos momentos, como son hermosas las flores de mi rosal, o como mi modesto malvón –del mismo color que mi vestido de talle bajo-.











lunes, 19 de diciembre de 2011

¡A defender la risa, "pluma por pluma"!

¿Nos animamos a desentonar?

No todos los días nos levantamos con el mismo estado de ánimo. Yo tengo días que ando por el piso, buscándome empecinadamente para ver si todavía no me he convertido en la cucaracha de “La Metamorfosis” de Kafka. Otros días, percibo los rayos del sol en mi ventana, o surgió un pimpollo en el rosal  de mi rinconcito verde, con esa belleza que tienen las manifestaciones de la naturaleza que en medio de todos los pesares sabiamente sabe cambiar de rumbo en pocos instantes y esos instantes, pocos pero emotivos, son suficientes para traerme un sonriente soplo de frescura. A veces, puede ser una canción, alguna de las que supo hacer como ninguna María Elena Walsh, por ejemplo. Otras, algún chascarrillo de los tantos que circulan por Internet, puede lograr lo mismo. Son instantes, pero sirven para seguir. Por eso, hoy, en esta nota, quisiera plantear  una “defensa de la sonrisa”. El cartel que decora esta nota es de Mafalda. Creo que ya muchos lo conocen, porque lo compartí en Facebook con mis amigos, para animarlos a “ensayar”. Intentar sacar, aunque sea de abajo de las piedras, en lugar de la cara de  la bruja  Ágata de la Pequeña Lulú, un rostro más amable, sin arrugas marcadas por la amargura o por el mal humor. Sé que se preguntarán cómo  después de las circunstancias que tuve que enfrentar en la vida, me queda aún ánimo para defender esta aparente “causa perdida”. Hoy, me acordé de un poema conmovedor, que conozco desde hace muchos años del poeta español Miguel Hernández. Lo escribió en las circunstancias más adversas por las cuales pueda atravesar el padre de un niño de pocos meses. Estando preso,  recibió una carta de su mujer donde le comunicaba que  no tenían para comer más que pan y cebolla. Y él, sin lugar a dudas muy angustiado por la situación escribió estas memorables “Nanas de la cebolla”. En la letra de este poema , van a encontrar una de las mejores “defensas” de la risa. La risa inocente. La risa del niño que, ajeno a las circunstancias de su padre preso, de la guerra, del hambre, ríe cándidamente en su cuna.
Ese padre, uno de los mejores poetas de la época, “promueve” esa risa con sus versos:

“Una mujer morena,
Resuelta en luna,
Se derrama hilo a hilo
Sobre la cuna.
Ríete, niño,
Que te traigo la luna
Cuando es preciso
Tu risa me hace libre,
Me pone alas,
Soledades me quita,
Cárcel me arranca
Boca que vuela
Corazón que en tus labios
Relampaguea
Es tu risa la espada
Más victoriosa
Vencedor de las flores
Y las alondras
Rival del sol
Porvenir de mis huesos
Y de mi amor
Desperté de ser niño
Nunca despiertes
Triste llevo la boca
Ríete  siempre
Siempre en la cuna
Defendiendo la risa
Pluma por pluma.
Al octavo mes ríes
Con cinco azahares
Con cinco diminutas
Ferocidades
Con cinco dientes
Como cinco jazmines
Adolescentes

 Si Miguel Hernández, pudo escribir en condiciones deplorables esta maravilla ¿qué excusa podemos poner para no encontrar en el diario vivir un motivo para reír, o al menos para sonreír?
Escuchemos la canción con música de Alberto Cortés en la inigualable voz de Joan Manuel Serrat. No elegí la versión del Serrat juvenil porque a mi me gusta más este otro, el veterano catalán, porque pone para cantarla- más que nada- el alma. A mí me conmueve, espero que a ustedes también. ¡Disfrútenla! ¡ Y sonrían, por favor, no los estoy filmando, pero un cambio de actitud los puede beneficiar!

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martes, 13 de diciembre de 2011

¡TAXI!

Para que no crean que miento.Aquí está el folleto.
En 1993  viajé por primera vez a Nueva York a hacer un curso del Programa Advanced Placement, el  que enseñé hasta mis últimos años en el UAS.  En un local  de información turística, encontré los más insólitos folletos con referencias de todo lo que una persona extranjera podría necesitar en el entorno. Desde paseos por el río, lugares para visitar, restaurantes con mapas indicadores para llegar, barrios, recorridos del ómnibus turístico, horarios,  de todo, como en botica. Recuerdo que hubo uno que me resultó el más singular: How to use a New York City taxi?
Explicaba en una forma muy sencilla los requerimientos  para conseguir un taxi en la ciudad, y detalles  del servicio  que brindaban los “yellow cars”. Tan simple como pararse en medio de una cuadra, levantar la mano, y decir la palabra mágica ¡TAXI! ante una avalancha de autos  amarillos que se deslizaban raudamente. No tuve necesidad de ver ninguna película de Woody Allen para encontrarme con los pintorescos conductores de turbante que -en un inglés más o menos como el mío-,  repetían las indicaciones que yo les daba a los efectos de no equivocarse y llevarme al lugar indicado. De forma similar se podía acceder al servicio por línea telefónica y en forma casi inmediata. Los pedí varias veces desde la Fordham University. Por añadidura, son comodísimos. Mis colegas locatarias me habían dado instrucciones, incluso, de cuánto se les dejaba de “tip” (propina): un dólar. (No se aflijan, era el dólar de 1993.)
Ese viaje, mi primero a los Estados Unidos, fue muy instructivo. Conocí de cerca un primer mundo organizado. Era consciente de que la organización era una de sus características porque ya llevaba unos años trabajando en el UAS y me había adaptado a: tener el calendario-adelantado- del semestre siguiente con las clases tentativas, lista de los eventos a los que tenía que asistir con planificación previa, labores extras a mi condición docente que debía cumplir también como requerimiento de mi condición de full-time, y una cantidad de meticulosos detalles sobre las más diversas responsabilidades. Por lo menos en esa época, no se dejaba NADA librado al azar; yo me adapté tanto a trabajar en ese mundo que ahora, cuando voy a una reunión “en Uruguay” todavía conservo la costumbre de “llegar en hora” para total consternación de los  que la están preparando, que casi siempre, por no decir siempre, están en: "veremos".
Este recuerdo de mis primeras andanzas en “Yanquilandia”-como le llamaban-con un no sé qué de “acidez”, algunas de mis amistades - viene a colación porque para mí fue un  enorme impacto  poder comprobar que se podía lograr una organización que facilitara la existencia. Tanta fue mi estupefacción que hasta guardé parte de la folletería que más me sorprendió.
¡Ahí tienen, como prueba fidedigna, la foto del folleto con las indicaciones para tomar un taxi en New York!
 En Montevideo, conseguir un taxi se ha convertido en un avatar insospechadamente complicado. Si usted está apurado es absolutamente absurdo que pierda la calma ante la fila descomunal que se hace en cualquier parada. Ellos llegan, cansinos,  con ritmo de ferretería antigua, uno por uno, cuando se les canta. No cuando usted los precisa. Además, si están en el horario cercano al cambio de turno, que Dios lo libre y lo guarde, como decía mi tía. Si lo intenta por teléfono, desde su casa, el resultado es también desastroso. No le sirve de nada perder la calma. Puede llamar a todas las centrales de radio taxi, las que tienen GPS y control satelital y las que no. De todas maneras, en todas ellas, si consigue línea-tarea de las más arduas- como está todo tan automatizado, una ceceosa voz metálica le responderá que están buscando “el móvil mázzz zeeercano a su domizilio”; esperará diez o quince minutos aturdido por una música que le taladrará los oídos sin piedad. Cuando ya atolondrado, comprenda que nadie le mandará nada, podrá volver a insistir con el número de otra central, que antes le hablará/explicará/ contará-voz metálica mediante-  todas las ventajas que hay en llamar a esa y no otra, pero tampoco le mandará el taxi anhelado.
Es probable que usted consiga un móvil,  después de varios intentos a todas las centrales de radio taxi y  más de media hora de insistencia. Un bonito detalle: cuando llegue a la puerta de su edificio, verá, sorprendido, que en lugar de UNO le enviaron DOS; el que solicitó y confirmó que viene con el número correspondiente, y el que le mandó la otra compañía que registró su dirección, pero que no le contestó que le enviaba tal o cual móvil en tantos minutos. Tendrá una bonita  y educada charla con ambos tacheros. Deberá despachar al que fue enviado sin aviso. Recibirá unas cuantas lunfardas maldiciones. En el otro móvil, viajará comprimido porque la mampara está colocada bien atrás, para la total comodidad del conductor, no para la suya.  Además llegará tarde a su cita con el médico.  ¡TAXI!”



domingo, 4 de diciembre de 2011

Escapadita a Buenos Aires -estilo cronopio-

En la Catedral, el Niño Jesús de Praga

Una amiga me invitó a hacerme una escapadita a Buenos Aires. Ella vive allá hace muchos años,  tenerla como guía turística  es toda una garantía, así que me compré con mucha anticipación, un “paquete buquebús” con “premeditación y alevosía”, y, además, aconsejada por ella, elegí el hotel Obelisco Center, con los dos días de estadía y desayuno a los que  agregué  un late check ing para no andar arrastrando  durante medio día la valija. Como ven, todo proyectado y planificado, hacía unos cuantos años que no me daba una vuelta por una de mis ciudades predilectas. Lo único que no pude prever fue el clima de salida. El miércoles 30 de noviembre caían rayos y centellas. El taxi llegó a duras penas al puerto. Se ve que el tachero no había hecho el curso de “El arte de vivir” porque antes de bajarme me dijo:- ¡Qué espantoso que tenga que viajar con este clima, doña!  Para pincharme más el globo agregó: -A veces, cuando hay tormentas así, el buque no sale. De todas maneras, como los cronopios cortazarianos, “esos seres verdes y húmedos”, tenemos un humor especial, para no mandarlo a algún lugar maloliente contesté con la consigna: “Buenas salenas, cronopio, cronopio, cronopio”.El hombre me miró espantado y me siguió mirando así hasta que entré al local.
Los cronopios no viajamos sin inconvenientes. Está en nuestra naturaleza. Hice la fila correspondiente donde un dependiente con cara de consternación me comunicó que “el buque estaba demorado”. Esto significaba en buen romance que aún no había llegado de su anterior viaje. Demoró en llegar más o menos una hora. Recién después de las dos de la tarde, se inició la procesión para subir al Silvia Ana L. Vessel- con nombre  y apellido-. Entramos por la bodega, ignoro el motivo. Me senté en la zona D azul que no sé si era mejor o peor que las otras. Simplemente accedí a ese lugar. Sé que cargan personas hasta el tope, así que no di muchas vueltas y me senté donde pude de inmediato. Empezamos el viaje a las dos y media de la tarde; de inmediato se nos informó por los parlantes que durante la travesía el buque se movería debido a las condiciones climáticas-sin que peligrara su seguridad- y que debíamos quedarnos sentados en nuestros lugares. Y sí. Yo me quedé sentada porque el buque se movía como un potro encabritado. Al poco rato de navegación, se habían caído una cantidad considerable de bandejas, platos, vasos y unos cuantos veteranos desobedientes que habían osado moverse de sus asientos. Yo, quietita, leyendo algo tan intelectual como la revista “Caras”- Tinelli y Su Giménez dándose piquitos en una fiesta- cosas por el estilo. Me enfrasqué en la superflua lectura sin problema. Debo haber tenido antepasados marinos porque mientras todos con los ojos desorbitados, sacaban bolsitas para ponerse en la boca,  y se daban vuelta como una media por efectos de los mareos,  yo iba olímpica. Mi asiento no estaba ubicado en la ventanilla, pero como  era para dos y nadie se sentó,  pude colocar cómodamente la valija a mi lado. Otras circulaban libremente por los pasillos a cada barquinazo que pegaba el Silvia Ana. De pronto, sentí unas sonoras carcajadas, unas cuantas personas, como poseídas, al borde de un ataque de nervios, se reían en forma alarmante. Saqué los ojos de mi revista y  observé  a mi alrededor, el buque se ponía de punta o se hundía primero de un  costado, después  se escoraba del otro,  o hacía cualquier cosa, mientras  las olas salpicaban en las ventanas y se combinaban con la lluvia. Los únicos que no se caían eran los de la tripulación que andaban raudamente por los pasillos levantando valijas y caídos. Yo empecé a considerar seriamente la perspectiva de ir al baño. Primer cuestionamiento: ¿dónde estarían? Usualmente cuando viajo doy una vuelta para ubicarlos, pero esta vez, con toda la demora y la enorme cantidad de gente que atropellaba para embarcar, no tomé esa precaución. Segundo cuestionamiento: ¿cómo llegar? Como podrán deducir, ir al baño podía transformarse en una experiencia casi religiosa: había que salir del asiento en un buque convertido en una batidora, ubicar el lugar y  atravesar el amplio hall que no tenía ninguna manijita salvadora. Al pasar un tripulante le pregunté por la ubicación y gentilmente me ofreció el brazo. Salí con paso de reina. Qué no ni no.
El regreso lo  hice solita, aferrándome con uñas y dientes a cuanto saliente encontraba hasta llegar a los pasamanos. Me costó pero lo logré. ¡Evoé, Evoé, Evoé!
En la cafetería los enseres seguían bailando y cayéndose, además,  también se rompieron las máquinas de café;  en los corredores, los depósitos de basura, los bolsos y valijas continuaban paseándose de lado a lado.  El movimiento fue tan intenso que no abrieron el free shop, donde también se cayeron montones de exquisitos productos. Los pasajeros aterrados  no osaron ni protestar.  Cuando lo abrieron ya estábamos cerca de Buenos Aires, la perla del Plata, y  todos estaban más ansiosos por llegar a tierra firme que por comprar.
Al llegar al hotel, mi amiga ya estaba esperándome para salir a pasear. Ya no caía ni una gota de agua. No. ¡La tormenta fue durante el viaje!  Comprobé otro inconveniente. Mi celular no funcionaba. Me ponía cartelitos: “solo llamados de emergencia”.  Pregunté en el hotel, donde amablemente me dijeron  que no tenía “rumi”-eso fue lo que entendí- al regreso mi sobri me dijo  que es “roaming” que tampoco sé lo que es. Acá le dije a medio mundo que me hacía esa escapadita. Me aleccionaron en todo: que llevara plata argentina, que no llevara mucho peso, que no despachara la valijita para más comodidad, que tomara “aeromar” para no marearme… todo… menos que necesitaba un servicio especial para usar el celular. Quedé incomunicada los dos días, pero como los cronopios paseamos así y lo sabemos,  el desánimo no cundió. Esa tarde el paseo comenzó por la hermosa librería Ateneo, donde a una le dan ganas de quedarse a vivir;  al día siguiente, mi amiga me llevó a una visita guiada al Teatro Colón,- que aún no está totalmente habilitado pero igual muestra su magnificencia-. Nos hizo  un clima espectacular,  que nos permitió charlar y caminar mucho por estupendos lugares, en especial, me encantaron los frondosos tilos bonaerenses. En la catedral, descubrí, emocionada, una pequeña imagen del Niño Jesús de Praga, el santito de mi escuela de monjas. Ahí lo tienen en una foto bastante clara-otras me quedaron violetas-¿ Por qué, sobri?  De noche, fuimos a cenar y a apreciar un buen show de tango. En el  regreso en el Juan Patricio, me senté al lado de una Sierva de María- congregación de religiosas que son enfermeras- Con la simpática Sor Irene entablamos una amena charla, nos rezamos un “ Dios te salve María”-a la salida de Buenos Aires, por las dudas,- y  la Virgen nos respondió porque el viaje fue serenísimo. ¿Soy o no soy un cronopio?


lunes, 28 de noviembre de 2011

¿SOMOS TRANSGRESORES LOS URUGUAYOS?


Grupos en bici sobre las veredas de la rambla

Cartelito inútil en el Shopping Punta Carretas
Esta es una pregunta como para plantear en el programa “Esta boca es mía”- ya lo sé- De todos modos,  los invito a reflexionar conmigo sobre este tema.
Ya nos hemos dado cuenta de que la falta de respeto campea en todos los ámbitos sociales porque  no se respeta a  nadie,  ni en ninguna circunstancia; no importa que usted tenga ciento veinte años, y trate-penosamente- de subirse a un ómnibus montevideano; tampoco importa que usted esgrima un bastón u otro aparato con el que en forma lamentable se arrastra hasta llegar a la escalerilla del susodicho. No. No importa. El conductor apretará el acelerador con ímpetu y usted deberá aferrarse con uñas y dientes de los pasamanos o de otros pasajeros, mientras una manada de inadaptados le pasará por encima, logrará sacar el boleto de la jodida maquinita, llegará a un asiento vacío y posará sus asentaderas, mucho antes que usted logre con la inseguridad de sus movimientos reumáticos, poner un piecito en el último escalón.  Después de lograr la hazaña de hacer todos esos movimientos que para los jóvenes es algo simple, mirará desolado para ver si alguien le cede un asiento que su edad y condición demandan. Verá que todos miran distraída y empecinadamente por la ventanilla y no habrá ninguna circunstancia que los saque del embelesamiento que les produce el hermoso paisaje ciudadano. Quizás algún guarda-mujer u hombre que los hay ahora de ambos sexos- se apiade y le indique en forma perentoria a alguno de estos distraídos que libere los  sitios que se destinan a los discapacitados o a las mujeres embarazadas. Quizás. Ojalá que tenga suerte. Usted ya  sabe que cada vez que sale a la calle-generalmente para ir al médico o para hacerse análisis- tendrá que enfrentar todos los peligros de la jungla mancomunados en las actitudes de nuestros conciudadanos- conste de que empleo el masculino en forma genérica-, tal cual se aconseja  hasta el hartazgo en las gramáticas actualizadas- que no le darán tregua y contra los cuales se tendrá que medir en las diarias refriegas del “sálvese quien pueda”.
No se descorazone, no está todo perdido. En cualquier momento, la IMM-que no importa qué partido la haya ganado, porque todos proceden de la misma manera –le inventará unas propagandas muy hermosas-,  y, sin duda,  sacará alguna campaña para ayudarlo a que usted pueda usar con eficacia  el transporte capitalino. Reforzará el uso de los bonitos ómnibus con escalerillas hasta el cordón de la vereda-yo solo vi uno en televisión- para que no tenga que hacer acrobacias elevando su pierna como si fuera Julio Bocca.  Hasta es posible, ¿por qué no? que usted  pueda aparecer en el aviso correspondiente, con su mejor sonrisa-Corega, con el bastón en alto, como bandera de su triunfo sobre la edad y sobre la maldad humana. No me va a negar que la propaganda con esa imagen podría ser eficaz. Soy una publicitaria frustrada por eso no le cobro la idea. Úsela, llévela a la IMM a Cutsa a Copsa y a las otras cooperativas. Todo puede suceder.
De la IMM recuerdo una de esas bonitas convocatorias que pagamos todos los montevideanos. Todavía queda algún cartelito sobre el enjardinado del Shopping Punta Carretas- perdone que siempre lo nombre, pero es el de mi barrio- El cartelito dice lo siguiente y tal cual lo transcribo: “SI TU PERRO TAMBIÉN ES DE HISTORIETA, ZAFASTE, SINO (SIC) LIMPIÁ”  ¡Qué poesía!
Yo no sé si los ciudadanos encuentran que el mensaje es muy críptico, porque hay que ir mirando siempre para abajo para no pisar lo que ya se sabe de los perros, y,  en mi caso,- que les tengo terror-  tengo que cruzar de una vereda a la otra porque circulan sueltos unos enormes mastodontes por los lugares que son para caminar: por ejemplo, la vereda del Club de Golf o la rambla, y por todos los otros lugares de la ciudad que NO SON PARA CIRCULAR CON ANIMALES SUELTOS. Hay una disposición –también municipal- que “exige”- es un decir- que los dueños lleven a sus perros con cadena y bozal. Ayer, en mi diaria caminata a pedido médico, crucé varias veces la vereda evitando unos enormes perros-policía que andaban sin ningún tipo de seguridad y  que se acercaban peligrosamente a los caminantes. Cuando quedé-de golpe- parada frente a uno de estos enormísimos animales con cara de pocos amigos, un señor muy paquete, que venía corriendo con suma elegancia me comentó: “No se preocupe, no hace nada”. Yo, quedé tan paralizada,  que ni siquiera pude sacar  mi ímpetu habitual  para contestarle. Eso sí, hice ejercicio. Cruzar veredas de un lado a otro también es hacer ejercicio.
Otro ejercicio es, -dentro de lo que vengo comentando-, esquivar las bicicletas. Increíblemente, ¿Increíblemente? también les ha dado a ciertos ciudadanos montevideanos por andar en sofisticadas máquinas, a  velocidades increíbles- con equipos también especiales, incluidos cascos, rodilleras, coderas y toda la parafernalia moderna- SOBRE LAS VEREDAS. ¡FALTABA MÁS!  Y no es un ciclista. Son grupos. TODOS SOBRE LAS VEREDAS.  Así que si usted siente un vientito que le sopla mientras camina y no proviene del mar- ¡No ose “salirse” de su línea por nada del mundo! ¡Por  favor! Haga como el personaje  Melvin Udall (Jack Nicholson) de “Mejor… imposible”  y desarrolle su pequeño trastorno compulsivo obsesivo propio: camine pisando las baldosas sin salirse de las líneas porque  “la embestida baguala” de una  o varias de estas bicis puede resultar fatal. A usted. A ellos no. Ellos andan protegidos. Muy protegidos.  Si quiere verlos, tanto a los mastodontes perros, como a sus desaprensivos dueños e inconscientes ciclistas. Dese una vuelta por mi barrio.
Para terminar: ¿SOMOS TRANSGRESORES LOS URUGUAYOS?  Si quiere, contésteme,  y si no,(separados los dos términos porque no estoy usando la conjunción adversativa "sino" jejejejeje)  por lo  menos, piénselo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

"FALSEDADES"

Pasta con una "falsa" salsa-una más entre tantas-putanesca
La TV cable que tengo es básica;  dos por tres me mandan “paquetes” para tratar de convencerme de que si pago más me van a dar programas de más calidad. Ya estoy muy vieja para creer en ese tipo de cuentos. Sé que me darán “más de lo mismo” y que en lugar de X número de canales voy a tener XX número de canales con   pavadas similares.  Por esa razón,  debido a la escasez de programas de TV más o menos potables, a veces,  me engancho con algún programa de preguntas y respuestas.
He visto alguno en el canal oficial 5 donde estudiantes liceales de distintos institutos exhiben su total ignorancia acerca de los temas que deberían ser  habituales  para sus edades. Me pregunto qué habrá pasado para que nuestra enseñanza que se vanaglorió de ser una de las mejores de la zona, esté tan hundida. La mayoría de las preguntas son básicas y absolutamente escolares. Me da tanta pena que usualmente no lo termino de ver.
Otro programa de preguntas y respuestas o propuestas o como quiera llamársele,  es el que conduce  la argentina Susana Giménez: “Salven el millón”.
 En este caso, acudo a la certera reflexión de Woody Allen en su película “Match Point”-que en algunos países apareció con el título de “El punto decisivo”:
 Aquel que dijo “más vale tener suerte que talento” conocía la  esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.
En un partido hay momentos en que la pelota golpea con el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante o hacia detrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante y ganas o no lo hace y pierdes.”
Así es este juego de “Salven el millón”, donde se presentan “dos títulos motivadores” en cada una de las propuestas  y los participantes tienen que elegir y acertar. Lo apasionante del juego-como buen retozo del azar- es que no tiene lógica. La propuesta puede “disparar” para cualquier lado y los participantes también. La emoción crece  a medida que las consignas reducen su número hasta que queda la última que es “cara o cruz”. Susana dice que cuando quedan menos posibilidades es más fácil, pero-realmente- no es así, quedan menos, sí, pero… ¡hay que acertar  la correcta!  
En un  libro de cartas de mi queridísimo Julio Cortázar,  editado por Aurora Bernárdez- su primera esposa- y Carles Álvarez Garriga con el título de “Cartas a los Jonquieres”, encontré a ese Cortázar esquivo, que muchos de los que lo han tratado no  pudieron apreciar porque se envolvía en su timidez y en la salvaguarda a ultranza  de su vida privada-algo que siempre me pareció muy acertado-. De todos modos, la taimada que habita en mí,  lee con enormísimo placer estas cartas privadas que lo aproximan en una verdadera dimensión humana que siempre supe que tenía. Allí está el verdadero Julito pobre ,  reclamando pagos que demoran en llegar, paseando con Aurora- “Glop”- por París o por Italia, viviendo precariamente en piezas alquiladas, lavándose con esponja, comiendo “salteado” en modestísimas cantinas, deplorando ser traductor y no poder vivir –totalmente- de sus ingresos como escritor. Cuando estaba leyendo entusiasmadísima, esas jugosas cartas, de pronto di un respingo porque encontré en una, fechada en París el 8 de septiembre de 1954,  una idea que ya me han manifestado varios amigos porteños- grandes socarrones- y que, a juzgar por las posesiones que tienen ellos del lado de acá, y que  ya hay  uruguayos allá participando en programas como  el muy vilipendiado “Gran Hermano”,  se podría concretar en cualquier momento- Cortázar le pregunta  a su amigo,  en la carta que comento- quejándose de las vueltas que hay que dar para viajar de una orilla a la otra-:
“¿Por qué la Argentina no anexa de una vez por todas al Uruguay y se acaban todos los problemas?” 
 De inmediato me pregunté: ¿Seremos ciudadanos de un “falso” país? Los mordaces amigos de la vecina orilla  me aseguran que en cualquier momento somos una provincia  argentina más, nos "anexan"-como dice Julito- y yo recuerdo muy bien las clases de Historia Nacional y Americana que nos daba Vivían Trías en el legendario liceo Manuel Rosé de las Piedras. ¡Dios Santo!  ¿Se saldrán con la suya los argentinos?
 Algo bueno sería que  Susana Giménez nos convocara para participar. ¡No estaría mal! ¿No? Entre tantas faltas “pistas”, quizás podamos conquistar el ansiado y verdadero milloncito de pesitos argentinos.
La cierto es que en estos juegos, en los cuales como  en la vida, las propuestas inducen a falsas encrucijadas -se cree que es una cosa, pero es otra-,  cuenta indudablemente  en forma preponderante, la suerte de los participantes para elegir la respuesta correcta y llevarse el millón o parte de él. Y más en  la última que es el “match point”: o sea  “cara o cruz”.
Ocurre con frecuencia que la vida nos ponga en situaciones similares. Dramáticas y no tanto. O sí. Quién sabe. Por ejemplo, en la cocina. Es un giro chiflado, ya sé, pero yo ya les  advertí en mi perfil  que en este blog escribo divagues y reflexiones. ¿De acuerdo?
Actualmente, hay mujeres que “sólo entran a la cocina si les queda de paso para el baño”- decía un personaje de una muy popular murga uruguaya, en uno de sus monólogos- Es cierto, porque  cocinar lleva tiempo y trabajo y cada receta es una creación. El mundo actual ofrece muchas soluciones de “delivery” y propuestas gastronómicas económicas para no esclavizarse. Pero cuando se anduvo “entreverada” en la cocina desde pequeña, con toda la familia legítima y postiza cocinando, incluso papá,  el negro Pinela,  que era tradicional y conservador,  pero cocinaba como los dioses, es muy difícil que una no termine -sumisa- de delantalito, con el Manual Crandon de modelo.  A todos los integrantes familiares les daba de vez en cuando por preparar alguna receta que saliera de la rutina. Era  un ritual. Una pasta casera con salsa putanesca, por ejemplo. Me enseñaron  a sustituir ingredientes caros o difícilmente disponibles, falseando un poco la receta, pero sin perder el buen gusto. ¿Qué se hace en esos casos? ¡Se sustituye por alguno similar! ¿Cómo queda? ¡Parecido!  ¿Y cómo se le llama al nuevo engendro que “es pero no es”? – ¡”Falsa” salsa putanesca! Lleva cebolla,  ají colorado, pimentón picante, hojas de laurel, tomates licuados, sin semillas y sin piel, alcaparras, aceitunas, negras…. Pero… ¡No anchoas sino  atún!  Queda gustosa y menos tóxica. ¡Por suerte, -el otro factor que tiene siempre su importancia- los comensales   que tuve hoy, se chuparon los dedos!
"Falsas-engañosas- propuestas, falso país, falsas recetas”. Lo de “falso país” es preocupante. Ya nos han tildado de “paraíso fiscal”, lo cual tampoco es nada meritorio que digamos.
¿Se animan con el millón?  ¿Intentamos que Su nos “anexe”?














sábado, 12 de noviembre de 2011

" LAS TRADICIONALES"


El árbol de "El Jardín encantado"
2011

Los "sobri" en la Nevada del Shoppping 1995

Duende 2011: ¿podrás frenar el consumismo?


Hace mucho tiempo que siento que las fiestas tradicionales se han convertido en  una manifestación más del vacío existencial. Es probable que este año, debido a mis circunstancias personales este sentimiento esté más acentuado. Lo más grave que me ocurre es que no sé dónde meterme, dónde ir, porque lo he intentado todo. Desde quedarme en el loquero de la ciudad, hasta irme  de viaje. No siempre fui así- lógicamente- pero a medida que van transcurriendo los años y voy perdiendo a los seres que quiero, amigos y familiares que supieron mantener ese espíritu navideño vivo en la familia, el sentimiento de desconsuelo es infinito. Sé que no soy la única que lo experimento porque varias personas me han dicho que no les gustan las fiestas tradicionales y que están deseando que se terminen lo más rápidamente posible.
En mi(s) familia(s), los que sabían  mantener el espíritu de unión  por sobre todas las diferencias, lograban trasmitirlo a toda la parentela. Las celebraciones eran interminables. Siempre en torno a la mesa bien servida, presidida por las nonas en primer término. Una de las nonas, bailaba y batía palmas como la mejor, la otra sonreía cándidamente, sentada, con las manos en el regazo, siempre coronada con su pañuelito en la cabeza. Todavía las veo a las dos. Se comía, se bebía, se hacía música, se bailaba. La algarabía era general y la preparación para las celebraciones llevaba varios días de trabajo. Pero al irse yendo los seres “unificadores”, los que quedamos, empezamos a vivir en células más pequeñas y menos propensas a las celebraciones.
En las  festicholas de antaño,  es cierto, no todo era “dulzura”,  a veces, aparecía la risa “untada” con humor negro.
Me viene a la memoria un episodio puntual. Uno de mis tíos, cuando  habían pasado las doce, y ya había escanciado unas cuanta copejas,  solía acordarse de manera peculiar de un cuñado suyo-fallecido- que  le había arruinado en vida la posibilidad de tener la casa propia. La casa era de la nona, y el tío con su esposa- que era una de las hijas de la nona-,  la acompañaban y la cuidaban; pero los hermanos eran muchos. Cuando la nona falleció, la casa se vendió al mejor postor al  que pudo pagarles “la parte” a los otros. Y eso lo determinó el cuñado recordado en las navidades. El relato,- repetido hasta el hartazgo, siempre igual en el rencoroso recuerdo-  comenzaba así: “-Porque el finado Jorge- la puta que lo parió, que en paz descanse”-…… y después de esa especial “rociada” continuaba quejándose porque no pudo tener –en esa oportunidad- la casa propia pese a todos sus esfuerzos.
 Cuando me mudé a Punta Carretas, en 1995, la modalidad de  célula liliputiense ya estaba en pleno auge. Cada pequeña “casilla”, -llámese grupito de parientes o amigos íntimos- celebraba en su minúscula cápsula de la mejor manera posible. Pero siempre había un dejo de desolación  al sonar las doce, ya que  indefectiblemente, alguien se acordaba de un ser querido ausente  y rompía a sollozar, acongojando a los otros que se quedaban sin saber qué hacer.
 La cárcel, transformada en moderno Shopping,  se encargó desde sus inicios  de “comandar” el comienzo de un  bullicio extraordinario que se empieza a gestar apenas “se abre” la exhibición correspondiente en el centro del piso inferior. En esa  celebración de 1995,-recién mudada al barrio- el “motivo” había sido una “Navidad nevada” y cada una hora caían unos supuestos copos algodonosos que simulaban una nieve que nunca vimos por acá. Las caras de mis sobrinos –que eran chicos en esa época- documentan fielmente la  diversión.
Este año 2011,  a principios de noviembre, el escenario ya estaba pronto. Se llama “El jardín encantado”.  Lograron, con muñecos móviles, unos simpáticos duendes o gnomos, hadas encantadoras alrededor del árbol y casitas luminosas, que  todos-grandes y chicos- miran embelesados. Está todo el día repleto de personas que vienen a verlo especialmente. Muchos son turistas. Los villancicos, siempre me hicieron llorar, y este año-más que nunca- me causan una enorme pesadumbre. No es  un sentimiento religioso. Quizás se  une a esa sensación de que no siento alegría sincera-ni en mí ni en los otros-.  El jolgorio dura hasta fin de año y va “in crescendo”. La gente viene a no sé qué, y compra no sé qué, para llevarle a no sé quién. Por eso, hablé del “vacío”. Los regalos tienen la dificilísima misión de cubrir la falta de  afecto sincero. Antes dábamos compañía, abrazos, besos, salíamos a las doce a saludar a los vecinos  ahora, se dan regalitos para paliar las ausencias de visitas frecuentes. Se hacen listas: “esto es para fulanita, esto para sultanita”… Consumismo, mucho consumismo, más consumismo, dinero de plástico, ¡Vamos que hay un  25% más de descuento con X tarjeta!
”Hay que comprarle algo a tu madre”- decía hoy una señora con cara resignada  en la caja del Disco-“no sé qué se le puede llevar”, seguía con la misma cara- “No sé”, contestaba el distraído interpelado,- mirándole los senos a la cajera que tenía un pronunciadísimo escote - “Después vemos”. –Nunca sé qué comprarle a tu madre ¡Siempre es tan complicada! ¡Le compres lo que le compres, nunca queda contenta! -Argumentaba la mujer con la cara cada vez más agria.
Escucho a diario, conversaciones de este tipo. Muchas se realizan modernamente por celular,-lo cual me obliga a imaginarme las respuestas- con unos seres que transitan con paso rápido de un lado a otro, infatigablemente, en Mc Donald’s o en los pasillos del Disco, o  en dónde sea,-porque no conciben hablar por celular sin caminar- llevándose por delante a todo el mundo, absortos, hablando de los regalos que hay que llevar aquí o allá :reuniones de celebración en el trabajo, el amigo invisible, la suegra invisible, todo en el mismo saco sin un mínimo sentimiento afectuoso compartido. Únicamente el maldito compromiso.
Honestamente: ¡Me quedo con los muñecos del jardín encantado! ¡Por lo menos sonríen como ángeles,  y mientras se mueven armoniosamente, tienen una expresión tan beatífica!






jueves, 3 de noviembre de 2011

"EL ESTONE"

Il sorpasso y sus dos bellos intérpretes
Hace unos días mi sobrinito me comentó el asombro que le causó, por su tamaño,  un cine de Buenos Aires. Eso trajo a mi memoria los enormes y lujosos cines que supimos también  tener  de este lado del río. Además de tener una capacidad estupenda, los asientos eran mullidos-“pullman, se les decía-, y contaban con una estupenda iluminación  que se iba apagando paulatinamente cuando iba a empezar “la cinta” (vieja denominación para película). En realidad, también la palabra “cine” sufrió un acortamiento, pues en sus comienzos fue “el cinematógrafo”. Como las palabras extensas no prosperan por mucho tiempo, ésta también se acortó y quedó “cine”, así como película quedó- en forma coloquial en -“la peli”.

Volviendo a los cines, los de las ciudades del interior donde pasé parte de mi infancia y adolescencia no eran tan magníficos pero sí espaciosos. En La Paz, había dos: el Victory y el Lux. En Las Piedras, creo que llegamos a tener cuatro. Los que más recuerdo son el  "Avenida" y el    “18 de mayo” en clara alusión a la Batalla de Las Piedras que tan orgullosamente celebrábamos.  Yo vivía en La Paz, por lo tanto, era asidua  concurrente a los cines de mi ciudad, pero cuando empecé cuarto año de liceo, también ahorraba parte de mi mesada para ir a las matinés-más prestigiosas- de los cines de Las Piedras. Eran interminables. Se comenzaba a primera hora de la tarde y se terminaba al anochecer después de haber visto cuatro o cinco pelis. Dos personajes típicos de  esa época eran “el acomodador” que con su linterna nos acompañaba cuando la sala ya había apagado sus luces y el “caramelero”.  Este último entraba al cine portando una gran bandeja con chocolatines, pororó, pop,  caramelos, bombones, pastillas y-de acuerdo a lo que hubiera en nuestros bolsillos- era la compra que hacíamos para pasar la dulcísima tarde de cine. Ambos personajes vestían  de riguroso uniforme. Nada de chancletas ni gorritos ni bermudas.
Como el dinero no abundaba, la mayoría de nosotros llevaba una buena bolsa de bizcochos de las panaderías locales- que eran todas excelentes-. Un recuerdo agradecido a las mantequillas  que desbordaban de crema o dulce de leche y eran de una ternura inigualable. Nada de bizcochos congelados. Se hacían a diario, como el pan. Nuestras ciudades, en las horas tempranas de la mañana olían a pan caliente y a bizcochos recién horneados. El aroma era inconfundible. Íbamos guiados por él.
Había otro cine al que curiosamente, le quisieron poner “Cine Las Piedras”, pero, como ya empezaba el prestigio del idioma inglés,  a los patrocinadores se les ocurrió ponerle: “Stone City”, con lo cual cometieron una barbaridad, porque lo que quiere decir “Stone City” es “Ciudad de Piedra”. En realidad,  los nombres no necesariamente  deberían traducirse, sino adaptarse.  Así tenemos “Nueva York” por “New York” –fácil fórmula para que el nombre no se modifique demasiado-. Pero las modas, muchas veces, ejercen un extraño poder. Hace poco, anduvo diciendo todo el mundo que se preciara;” Beijin” en lugar de “Pekín” que era la fórmula ya adaptada al español.
Los que aprendíamos inglés éramos pocos. En el liceo, el idioma de prestigio era el francés, que estudiábamos durante cuatro años. Los  profesores que teníamos no eran nativos  por lo cual nuestra pronunciación estaba “teñida” por esa carencia. Ingenuamente, pensábamos que hablábamos inglés o francés. Nada más alejado de la realidad. Cuando entré a trabajar al UAS tuve que tomar cursos acelerados en la Alianza Uruguay Estados Unidos, porque no entendía nada de lo que hablaban los profesores americanos entre ellos, y tampoco entendía un pepino  en las reuniones que siempre se hacían en inglés. Fueron muchos años de estudiar inglés en libros, cuando en realidad, los idiomas  se aprenden en la práctica  diaria, primordialmente escuchando y hablando.
 En esos cines de La Paz y Las Piedras, a los catorce o quince años empecé a ver “películas prohibidas para menores de dieciocho”. Mi tamaño baño siempre me sirvió para pasar por “más  edad” cosa que en esa época me fascinaba y ahora ya no. A veces mi altura tenía sus ventajas, a veces no. Si salía con algún muchacho un poco mayor, al poco rato, mi bobalicona guaranguez adolescente quedaba a la vista sin ningún problema y el supuesto conquistador se daba cuenta de que era una nenota envasada en un tamaño baño. Nada más.  A esa edad ya medía el metro setenta que dominó mi juventud, flaca y todo como era igual pasaba bien por dieciocho-siempre que no abriera demasiado la boca, claro-. Eso me permitió ver esas tan promocionadas "películas prohibidas" que en la época actual son tan inocentes como  Caperucita Roja.
 Habían venido a nuestras carteleras una serie de películas  que hicieron época, una fue la Dolce Vita, con Marcello Mastroianni y otra, - inolvidable  para mí: “Il sorpasso”, con dos grandes actores Vittorio Gassman y Jean Louis Trintignant. A veces, distraída,  me encuentro tarareando una de las canciones más famosas del filme, el twist: “Guarda come dondolo”.  
Finalmente, en cuanto al nombre del cine: el pomposo “Stone City” al poco  tiempo, por esa capacidad que tenemos de abreviar y adaptar quedó convertido en “El Estone”.
¡De qué otra manera le íbamos a decir!
¿A qué cine vas el próximo domingo?
¡Al “Estone”!
¿Nos vemos?
¡Nos vemos!
Les dejo el enlace para que disfruten un poco de "Guarda come dondolo"
¡Les aseguro que supe zangolotearme lindo con este twist!


viernes, 28 de octubre de 2011

¿Bicentenario patrimonial?

Los ansiados baños químicos atrás del edificio Antel


ONG ¡Basta de demoler Montevideo!

Desde hace unos años en el Uruguay se ha instaurado el Día del Patrimonio. En realidad es  un fin de semana, y se pueden visitar lugares que-normalmente- no están habilitados para visitas. Este año, aproveché el boleto patrimonial que CUTSA y las cooperativas de ómnibus brindaron con un itinerario por Ciudad Vieja, Aguada, Cordón y Barrio Sur al módico precio de un boleto de 18 pesos  que duraba todo el día.  Subí en la plaza Independencia, y bajé en  las paradas  con carteles numerados. Decidí visitar la torre de Antel para sacar algunas fotos de Montevideo desde el piso 26.
El sábado 22 fue un día frío y con amenaza de lluvia. No permitían  usar los baños del establecimiento. Habían puesto a esos efectos una serie de baños químicos atrás del edificio de Antel. Simplemente con dar la vuelta al mundo y hacer cola durante un buen  rato, apoyándose primero en un pie y después en otro, -en ese gesto característico y desesperado del infinito apuro-, se podían usar esos servicios que no eran-como siempre- suficientes para la cantidad de público que se congregó. Acto seguido, esperé unos diez minutos uno de los ómnibus de  las Cooperativas para seguir el recorrido. De pronto,  empecé a estornudar enloquecidamente. ¿Qué rayos-por decirlo en culto- pasaba? Miré para arriba y los vi.   ¡Ahí estaban al acecho mis enemigos naturales: los plátanos!  Resultaron favorecidos por una ventolina considerable que desparramaba la famosa pelusilla que me produce una alergia implacable.  A los estornudos los sigue   un lagrimeo constante hasta que logro alejarme del peligro. Cuando subí al ómnibus, llorando desconsoladamente, los pasajeros deben haber pensado que en la torre de Antel había visto algún espectáculo sumamente conmovedor.
Desde el piso 26, que es panorámico, se pueden contemplar unas hermosísimas vistas de la ciudad de Montevideo, que aún sucia, descolorida, y con los edificios chorreteados de mugre,  guarda  -milagrosamente- vestigios de su belleza original. Otro lugar que visité  fue el Cabildo en la Ciudad Vieja, porque en alguna de las enormes salas, exhibían muebles de época.  Quise hacer lo mismo con el club Uruguay, pero únicamente lo habían abierto de mañana. Los horarios de visitas tienen sus caprichos. Finalmente, completé el paseo circular con una vuelta por las plazas donde había variados espectáculos. Lamentablemente, estaba bastante fresco y no se podía disfrutar  tanto como se habría podido hacer en un día más cálido y soleado. En la Plaza Independencia, encontré a un grupo de jóvenes que portaban carteles con la leyenda “Basta de demoler Montevideo”. Me encantó que sacaran sus pancartas-justamente- el Día del Patrimonio. Prácticamente se puede decir que ya no quedan casonas, y que lo único que les interesa construir a los voraces inversores es: locales comerciales-que después quedan vacíos - y hoteles. Vencí mi timidez habitual y pedí para sacarles una foto. Accedieron de muy buena gana y hasta sonrieron. Sé que lo que piden es una utopía, pero me gustó que –al menos- la emprendiera gente joven. Ya lo dijo Galeano en su memorable “Ventana sobre la utopía”:
"Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar".
En casa, para escribir esta nota,  acudí a San Google y vi que este grupo de jóvenes tiene una hermosísima página web con el mismo nombre: ¡Basta de demoler Montevideo! Son artistas, fotógrafos, arquitectos,  preocupados por la destrucción masiva de una pobre ciudad desmemoriada.  En la web, se pueden apreciar  fotos de casonas que fueron destruidas y otras de las que lo serán próximamente.  Me acongoja muchísimo la demolición  de la hermosísima finca  que está en la rambla de Pocitos. Yo también la fotografié,  así como he fotografiado-cuando llego a tiempo,  porque las máquinas son rapidísimas- muchas demoliciones de fincas de mi barrio.
 Lamentablemente,  pese a los esfuerzos de esta juventud consciente, como no se defiende la riqueza patrimonial,  Montevideo será en breve una ciudad devorada por el Alzheimer. Y sus ciudadanos  también.
-Che, ¿vos te acordás qué había acá antes?
-Pah, me parece que había un cine ¿no?
-¿Acá estaba  la casa de Montero?
-¿Qué Montero, el de la calle?
- ¡No me acuerdo!