lunes, 26 de diciembre de 2011

Hilvanando recuerdos gratos en la Navidad 2011



Malvón rosado como mi vestido juvenil
En el libro que escribió Julio Cortázar con Carol Dunlop: “Los autonautas de la cosmopista, o Un viaje atemporal París-Marsella”, hay un “post- scriptum” de diciembre de 1982, donde se encuentran maravillosamente expresados los  sentimientos que él- siempre reservado en su intimidad- muy pocas veces compartió con sus lectores. En noviembre de 1982, falleció su esposa, la compañera  y coautora de ese “viaje atemporal”.
Vale la pena leer ese post-scriptum porque posee un intenso valor testimonial:

Lector: tal vez ya lo sabes, Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos en una sola búsqueda de ritmo y melodía.
Apena terminada la expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde había y hay tanto que hacer. Carol reanudó allí su trabajo de fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También allí encontramos la felicidad, ya no solo en los paraderos del París-Marsella sino en el contacto cotidiano con mujeres,  hombres y niños que miraban  como nosotros hacia delante. Allí la Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creímos pasajero porque en ella la voluntad de vivir era más fuerte que todos los pronósticos y yo compartí su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir más intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas.
A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.”

En  la última carta del libro “Cartas a los Jonquieres”   Cortázar  también  le comenta su estado de ánimo al amigo:
“Poco te hablaré de mi, estoy tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto.”
Por último reitero  esta otra  cita de  Julio César Puppo, (el Hachero) porque yo también-como él- “escribo por eso”:
“A veces escribir es como cantar: dulcifica las tristezas. Otras veces es como una confidencia que alivia las amarguras. Por  eso escribimos.”

Las tres citas que transcribí son la introducción para mis hilvanes.  Porque así como Cortázar, “contuvo” su dolor para lograr sacar adelante el libro escrito a dúo pese a sentirse “deshabitado” como le confiesa a Eduardo Jonquieres, y el Hachero señalaba lo bien que hace escribir  para dulcificar tristezas y aliviar amarguras,  yo también siento la necesidad de contar   recuerdos gratos de mi querido esposo Carlos Stanley, que cumplía años, -precisamente- en Navidad. En lugar de darle lugar a las amarguras, yo, que también como Cortázar me siento “deshabitada” voy a rememorar nuestros comienzos,  “allá lejos y hace tiempo”.
A él le causaba  mucha gracia que yo   dijera a quien me quisiera escuchar  “que lo crié de potrillo”.
 En realidad, los dos éramos muy jóvenes cuando comenzamos las clases nocturnas de lo que en la década del sesenta del siglo pasado-me siento matusalénica- se conocía como “Preparatorios”. Los nocturnos, los inauguramos con gran alborozo, en el liceo Manuel Rosé de Las Piedras. Teníamos diecisiete y diecinueve años, respectivamente, y ya trabajábamos los dos. Yo, como cadete en la fábrica de botones “La perla del Plata”,  y él como empleado del Banco Comercial, donde había ingresado  a los diecisiete años,- después de un cómico examen-,  para integrarse como “meritorio”.
Para entrar a trabajar en un banco, se necesitaba hacer una “preparación”, que consistía en ir  a una academia que diera clases de contabilidad, dactilografía y-en el mejor de los casos- algo de taquigrafía.
Carlos no fue a una academia; tomó unas clases con un profesor que lo preparó en “cuentas”, “asientos”, “pasajes de libros rubricados” y “algo de escribir a máquina”. En el examen, le pusieron unas “cuentas” que resolvió sin dificultades, en primer lugar, porque era inteligente, y no bestia perdida como yo para las Matemáticas, y, además, porque en su primer Preparatorios en Canelones  había hecho un año completo de Ciencias Económicas. La prueba de máquina consistió en un dictado. Tampoco tuvo dificultades porque –le dijeron- su ortografía era “adecuada” para el puesto al cual aspiraba. Escribí antes- “cómico examen”- porque en realidad, lo pusieron a trabajar en una sesión que  se llamaba “Informes” y su trabajo consistía en “recabar” información sobre las personas o comercios que pedían créditos al banco. No “hacía cuentas”.  Era la época en que se hacía todo “a pedal”. No había computadoras, ni “sistemas informáticos que  “se cayeran”, se usaba la cabeza- órgano actualmente en desuso- para pensar las preguntas que se les hacían a los vecinos sobre los indagados- una útil y práctica libretita y un bolígrafo. El otro útil era “un móvil” que no era un celular sino una linda motito Zanella, comprada a plazos,  para desplazarse por esos caminos de Dios.  Con los años, “el informante” adquirió mucha práctica y le bastaba una pequeña vacilación o un tenue gesto del interlocutor para saber que el que solicitaba el préstamo no lo iba a pagar nunca en su vida. Jodedores hubo siempre, aunque se crea que son de ahora. “Ser bancario”-como decían las madres- era de mucho prestigio. Todas  andaban a “la caza” de esos “candidatos”- término  que no hay que olvidar que proviene de “candidez”- para sus “niñas”, porque  eran  considerados “buenos partidos”. Trabajaban trajeados de pies a cabeza, bañaditos y prolijitos y ganaban salarios considerables, además, y  sobre todo, podían “ascender”. Palabreja que toda madre que se preciara sabía emplear con sabiduría:-” El novio de mi hija es “bancario”; ya lo “ascendieron”, comentaba en el almacén del barrio la afortunada, frente a todas las otras verdes de envidia.  En nuestras ciudades, la Paz y las Piedras,  había múltiples formas de llegar a  los jóvenes“bancarios”. Una muy usual eran los cumpleaños de quince. No hay que olvidar que en los pueblos nos conocíamos todos y sabíamos quién cumplía y cuanto le faltaba a la hija de fulano o mengano para llegar. Así éramos catalogadas: “la hija de”. Ese “hija de”  –en general- se designaba por la profesión, oficio o empleo que tuvieran los  padres: la hija del carnicero Ramírez; la hija del bodeguero Burastero,  la hija del almacenero Coitiño, la hija de la modista Chichita,  la hija mayor del colchonero Segovia (yo, la única -en ese entonces- que iba al liceo).
Otra forma de llegar a “la presentación” de “la hija de” con el “bancario” eran los bailes, que eran toda una institución. Se llevaban a cabo en los clubes,  y había  que ir “bien vestidas”. Es decir, con vestidos de baile- no de calle-  La mayoría de nosotras, me  refiero a las pobretonas, teníamos algún vestidito de popelina reservado para la ocasión y el de los quince que se reformaba cuantas veces fuera necesario para que en todas las ocasiones pareciera como nuevo. Yo tenía a mi favor-felizmente- dos ventajas: mi madrina partera sabía coser y me hacía unos vestidos preciosos, recuerdo uno rojo, como las rosas, sensacionalmente ajustado al cuerpo, con el que yo pensaba que causaba sensación-al menos cuando entraba las veteranas palidecían, vaya una a saber porqué-;  y-la segunda y no menor ventaja-  era que había sido elegida  “Miss Primavera” de mi clase. (Nada más que de mi clase, porque en el concurso oficial en el club Solís únicamente conseguí una coronita de lata, de Miss Simpatía o Miss Fotografía- ya ni me acuerdo- que fue una especie de premio consuelo. Fue elegida como Miss Primavera “general”  una rubia del último año, que tenía unas caderas y unas tetas como las de Brigitte Bardot.
(¡Juro que es verdad y que no es  ningún sarcasmo!).
Pero no necesité ni mi prestigio de Miss Primavera ni mi sinuoso vestido rojo para ganarme al “bancario” Stanley. En las primeras clases ya noté su insistente mirada, y una noche, a la salida, en forma totalmente natural,   me acompañó hasta la estación de tren, porque yo vivía en La Paz.  Deliberadamente, elegí ir hasta la estación de tren,-una siempre se las ingenia cuando quiere- para poder caminar y charlar durante más cuadras. La parada del ómnibus era en la plaza, demasiado cerca del liceo. También supe después, que él, –inteligentemente- había dejado la motito en su casa. Intuyó que yo no iba a “subir a una moto” en una primera instancia. Después sí. La Zanellita fue una gran compinche de nuestro romance. La relación  se prolongó y se consolidó para gran consternación de más de  una “aspirante” (madre e hija) que se quedaron con un palmo de narices. Ya no necesité más ir a los bailes con las vecinas. “Oficialmente”-con permiso conseguido a puro coraje-  me llevaba  él.  Yo iba muy oronda con mi vestido rosado de talle bajo.
Fueron gratos momentos, como son hermosas las flores de mi rosal, o como mi modesto malvón –del mismo color que mi vestido de talle bajo-.











lunes, 19 de diciembre de 2011

¡A defender la risa, "pluma por pluma"!

¿Nos animamos a desentonar?

No todos los días nos levantamos con el mismo estado de ánimo. Yo tengo días que ando por el piso, buscándome empecinadamente para ver si todavía no me he convertido en la cucaracha de “La Metamorfosis” de Kafka. Otros días, percibo los rayos del sol en mi ventana, o surgió un pimpollo en el rosal  de mi rinconcito verde, con esa belleza que tienen las manifestaciones de la naturaleza que en medio de todos los pesares sabiamente sabe cambiar de rumbo en pocos instantes y esos instantes, pocos pero emotivos, son suficientes para traerme un sonriente soplo de frescura. A veces, puede ser una canción, alguna de las que supo hacer como ninguna María Elena Walsh, por ejemplo. Otras, algún chascarrillo de los tantos que circulan por Internet, puede lograr lo mismo. Son instantes, pero sirven para seguir. Por eso, hoy, en esta nota, quisiera plantear  una “defensa de la sonrisa”. El cartel que decora esta nota es de Mafalda. Creo que ya muchos lo conocen, porque lo compartí en Facebook con mis amigos, para animarlos a “ensayar”. Intentar sacar, aunque sea de abajo de las piedras, en lugar de la cara de  la bruja  Ágata de la Pequeña Lulú, un rostro más amable, sin arrugas marcadas por la amargura o por el mal humor. Sé que se preguntarán cómo  después de las circunstancias que tuve que enfrentar en la vida, me queda aún ánimo para defender esta aparente “causa perdida”. Hoy, me acordé de un poema conmovedor, que conozco desde hace muchos años del poeta español Miguel Hernández. Lo escribió en las circunstancias más adversas por las cuales pueda atravesar el padre de un niño de pocos meses. Estando preso,  recibió una carta de su mujer donde le comunicaba que  no tenían para comer más que pan y cebolla. Y él, sin lugar a dudas muy angustiado por la situación escribió estas memorables “Nanas de la cebolla”. En la letra de este poema , van a encontrar una de las mejores “defensas” de la risa. La risa inocente. La risa del niño que, ajeno a las circunstancias de su padre preso, de la guerra, del hambre, ríe cándidamente en su cuna.
Ese padre, uno de los mejores poetas de la época, “promueve” esa risa con sus versos:

“Una mujer morena,
Resuelta en luna,
Se derrama hilo a hilo
Sobre la cuna.
Ríete, niño,
Que te traigo la luna
Cuando es preciso
Tu risa me hace libre,
Me pone alas,
Soledades me quita,
Cárcel me arranca
Boca que vuela
Corazón que en tus labios
Relampaguea
Es tu risa la espada
Más victoriosa
Vencedor de las flores
Y las alondras
Rival del sol
Porvenir de mis huesos
Y de mi amor
Desperté de ser niño
Nunca despiertes
Triste llevo la boca
Ríete  siempre
Siempre en la cuna
Defendiendo la risa
Pluma por pluma.
Al octavo mes ríes
Con cinco azahares
Con cinco diminutas
Ferocidades
Con cinco dientes
Como cinco jazmines
Adolescentes

 Si Miguel Hernández, pudo escribir en condiciones deplorables esta maravilla ¿qué excusa podemos poner para no encontrar en el diario vivir un motivo para reír, o al menos para sonreír?
Escuchemos la canción con música de Alberto Cortés en la inigualable voz de Joan Manuel Serrat. No elegí la versión del Serrat juvenil porque a mi me gusta más este otro, el veterano catalán, porque pone para cantarla- más que nada- el alma. A mí me conmueve, espero que a ustedes también. ¡Disfrútenla! ¡ Y sonrían, por favor, no los estoy filmando, pero un cambio de actitud los puede beneficiar!

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martes, 13 de diciembre de 2011

¡TAXI!

Para que no crean que miento.Aquí está el folleto.
En 1993  viajé por primera vez a Nueva York a hacer un curso del Programa Advanced Placement, el  que enseñé hasta mis últimos años en el UAS.  En un local  de información turística, encontré los más insólitos folletos con referencias de todo lo que una persona extranjera podría necesitar en el entorno. Desde paseos por el río, lugares para visitar, restaurantes con mapas indicadores para llegar, barrios, recorridos del ómnibus turístico, horarios,  de todo, como en botica. Recuerdo que hubo uno que me resultó el más singular: How to use a New York City taxi?
Explicaba en una forma muy sencilla los requerimientos  para conseguir un taxi en la ciudad, y detalles  del servicio  que brindaban los “yellow cars”. Tan simple como pararse en medio de una cuadra, levantar la mano, y decir la palabra mágica ¡TAXI! ante una avalancha de autos  amarillos que se deslizaban raudamente. No tuve necesidad de ver ninguna película de Woody Allen para encontrarme con los pintorescos conductores de turbante que -en un inglés más o menos como el mío-,  repetían las indicaciones que yo les daba a los efectos de no equivocarse y llevarme al lugar indicado. De forma similar se podía acceder al servicio por línea telefónica y en forma casi inmediata. Los pedí varias veces desde la Fordham University. Por añadidura, son comodísimos. Mis colegas locatarias me habían dado instrucciones, incluso, de cuánto se les dejaba de “tip” (propina): un dólar. (No se aflijan, era el dólar de 1993.)
Ese viaje, mi primero a los Estados Unidos, fue muy instructivo. Conocí de cerca un primer mundo organizado. Era consciente de que la organización era una de sus características porque ya llevaba unos años trabajando en el UAS y me había adaptado a: tener el calendario-adelantado- del semestre siguiente con las clases tentativas, lista de los eventos a los que tenía que asistir con planificación previa, labores extras a mi condición docente que debía cumplir también como requerimiento de mi condición de full-time, y una cantidad de meticulosos detalles sobre las más diversas responsabilidades. Por lo menos en esa época, no se dejaba NADA librado al azar; yo me adapté tanto a trabajar en ese mundo que ahora, cuando voy a una reunión “en Uruguay” todavía conservo la costumbre de “llegar en hora” para total consternación de los  que la están preparando, que casi siempre, por no decir siempre, están en: "veremos".
Este recuerdo de mis primeras andanzas en “Yanquilandia”-como le llamaban-con un no sé qué de “acidez”, algunas de mis amistades - viene a colación porque para mí fue un  enorme impacto  poder comprobar que se podía lograr una organización que facilitara la existencia. Tanta fue mi estupefacción que hasta guardé parte de la folletería que más me sorprendió.
¡Ahí tienen, como prueba fidedigna, la foto del folleto con las indicaciones para tomar un taxi en New York!
 En Montevideo, conseguir un taxi se ha convertido en un avatar insospechadamente complicado. Si usted está apurado es absolutamente absurdo que pierda la calma ante la fila descomunal que se hace en cualquier parada. Ellos llegan, cansinos,  con ritmo de ferretería antigua, uno por uno, cuando se les canta. No cuando usted los precisa. Además, si están en el horario cercano al cambio de turno, que Dios lo libre y lo guarde, como decía mi tía. Si lo intenta por teléfono, desde su casa, el resultado es también desastroso. No le sirve de nada perder la calma. Puede llamar a todas las centrales de radio taxi, las que tienen GPS y control satelital y las que no. De todas maneras, en todas ellas, si consigue línea-tarea de las más arduas- como está todo tan automatizado, una ceceosa voz metálica le responderá que están buscando “el móvil mázzz zeeercano a su domizilio”; esperará diez o quince minutos aturdido por una música que le taladrará los oídos sin piedad. Cuando ya atolondrado, comprenda que nadie le mandará nada, podrá volver a insistir con el número de otra central, que antes le hablará/explicará/ contará-voz metálica mediante-  todas las ventajas que hay en llamar a esa y no otra, pero tampoco le mandará el taxi anhelado.
Es probable que usted consiga un móvil,  después de varios intentos a todas las centrales de radio taxi y  más de media hora de insistencia. Un bonito detalle: cuando llegue a la puerta de su edificio, verá, sorprendido, que en lugar de UNO le enviaron DOS; el que solicitó y confirmó que viene con el número correspondiente, y el que le mandó la otra compañía que registró su dirección, pero que no le contestó que le enviaba tal o cual móvil en tantos minutos. Tendrá una bonita  y educada charla con ambos tacheros. Deberá despachar al que fue enviado sin aviso. Recibirá unas cuantas lunfardas maldiciones. En el otro móvil, viajará comprimido porque la mampara está colocada bien atrás, para la total comodidad del conductor, no para la suya.  Además llegará tarde a su cita con el médico.  ¡TAXI!”



domingo, 4 de diciembre de 2011

Escapadita a Buenos Aires -estilo cronopio-

En la Catedral, el Niño Jesús de Praga

Una amiga me invitó a hacerme una escapadita a Buenos Aires. Ella vive allá hace muchos años,  tenerla como guía turística  es toda una garantía, así que me compré con mucha anticipación, un “paquete buquebús” con “premeditación y alevosía”, y, además, aconsejada por ella, elegí el hotel Obelisco Center, con los dos días de estadía y desayuno a los que  agregué  un late check ing para no andar arrastrando  durante medio día la valija. Como ven, todo proyectado y planificado, hacía unos cuantos años que no me daba una vuelta por una de mis ciudades predilectas. Lo único que no pude prever fue el clima de salida. El miércoles 30 de noviembre caían rayos y centellas. El taxi llegó a duras penas al puerto. Se ve que el tachero no había hecho el curso de “El arte de vivir” porque antes de bajarme me dijo:- ¡Qué espantoso que tenga que viajar con este clima, doña!  Para pincharme más el globo agregó: -A veces, cuando hay tormentas así, el buque no sale. De todas maneras, como los cronopios cortazarianos, “esos seres verdes y húmedos”, tenemos un humor especial, para no mandarlo a algún lugar maloliente contesté con la consigna: “Buenas salenas, cronopio, cronopio, cronopio”.El hombre me miró espantado y me siguió mirando así hasta que entré al local.
Los cronopios no viajamos sin inconvenientes. Está en nuestra naturaleza. Hice la fila correspondiente donde un dependiente con cara de consternación me comunicó que “el buque estaba demorado”. Esto significaba en buen romance que aún no había llegado de su anterior viaje. Demoró en llegar más o menos una hora. Recién después de las dos de la tarde, se inició la procesión para subir al Silvia Ana L. Vessel- con nombre  y apellido-. Entramos por la bodega, ignoro el motivo. Me senté en la zona D azul que no sé si era mejor o peor que las otras. Simplemente accedí a ese lugar. Sé que cargan personas hasta el tope, así que no di muchas vueltas y me senté donde pude de inmediato. Empezamos el viaje a las dos y media de la tarde; de inmediato se nos informó por los parlantes que durante la travesía el buque se movería debido a las condiciones climáticas-sin que peligrara su seguridad- y que debíamos quedarnos sentados en nuestros lugares. Y sí. Yo me quedé sentada porque el buque se movía como un potro encabritado. Al poco rato de navegación, se habían caído una cantidad considerable de bandejas, platos, vasos y unos cuantos veteranos desobedientes que habían osado moverse de sus asientos. Yo, quietita, leyendo algo tan intelectual como la revista “Caras”- Tinelli y Su Giménez dándose piquitos en una fiesta- cosas por el estilo. Me enfrasqué en la superflua lectura sin problema. Debo haber tenido antepasados marinos porque mientras todos con los ojos desorbitados, sacaban bolsitas para ponerse en la boca,  y se daban vuelta como una media por efectos de los mareos,  yo iba olímpica. Mi asiento no estaba ubicado en la ventanilla, pero como  era para dos y nadie se sentó,  pude colocar cómodamente la valija a mi lado. Otras circulaban libremente por los pasillos a cada barquinazo que pegaba el Silvia Ana. De pronto, sentí unas sonoras carcajadas, unas cuantas personas, como poseídas, al borde de un ataque de nervios, se reían en forma alarmante. Saqué los ojos de mi revista y  observé  a mi alrededor, el buque se ponía de punta o se hundía primero de un  costado, después  se escoraba del otro,  o hacía cualquier cosa, mientras  las olas salpicaban en las ventanas y se combinaban con la lluvia. Los únicos que no se caían eran los de la tripulación que andaban raudamente por los pasillos levantando valijas y caídos. Yo empecé a considerar seriamente la perspectiva de ir al baño. Primer cuestionamiento: ¿dónde estarían? Usualmente cuando viajo doy una vuelta para ubicarlos, pero esta vez, con toda la demora y la enorme cantidad de gente que atropellaba para embarcar, no tomé esa precaución. Segundo cuestionamiento: ¿cómo llegar? Como podrán deducir, ir al baño podía transformarse en una experiencia casi religiosa: había que salir del asiento en un buque convertido en una batidora, ubicar el lugar y  atravesar el amplio hall que no tenía ninguna manijita salvadora. Al pasar un tripulante le pregunté por la ubicación y gentilmente me ofreció el brazo. Salí con paso de reina. Qué no ni no.
El regreso lo  hice solita, aferrándome con uñas y dientes a cuanto saliente encontraba hasta llegar a los pasamanos. Me costó pero lo logré. ¡Evoé, Evoé, Evoé!
En la cafetería los enseres seguían bailando y cayéndose, además,  también se rompieron las máquinas de café;  en los corredores, los depósitos de basura, los bolsos y valijas continuaban paseándose de lado a lado.  El movimiento fue tan intenso que no abrieron el free shop, donde también se cayeron montones de exquisitos productos. Los pasajeros aterrados  no osaron ni protestar.  Cuando lo abrieron ya estábamos cerca de Buenos Aires, la perla del Plata, y  todos estaban más ansiosos por llegar a tierra firme que por comprar.
Al llegar al hotel, mi amiga ya estaba esperándome para salir a pasear. Ya no caía ni una gota de agua. No. ¡La tormenta fue durante el viaje!  Comprobé otro inconveniente. Mi celular no funcionaba. Me ponía cartelitos: “solo llamados de emergencia”.  Pregunté en el hotel, donde amablemente me dijeron  que no tenía “rumi”-eso fue lo que entendí- al regreso mi sobri me dijo  que es “roaming” que tampoco sé lo que es. Acá le dije a medio mundo que me hacía esa escapadita. Me aleccionaron en todo: que llevara plata argentina, que no llevara mucho peso, que no despachara la valijita para más comodidad, que tomara “aeromar” para no marearme… todo… menos que necesitaba un servicio especial para usar el celular. Quedé incomunicada los dos días, pero como los cronopios paseamos así y lo sabemos,  el desánimo no cundió. Esa tarde el paseo comenzó por la hermosa librería Ateneo, donde a una le dan ganas de quedarse a vivir;  al día siguiente, mi amiga me llevó a una visita guiada al Teatro Colón,- que aún no está totalmente habilitado pero igual muestra su magnificencia-. Nos hizo  un clima espectacular,  que nos permitió charlar y caminar mucho por estupendos lugares, en especial, me encantaron los frondosos tilos bonaerenses. En la catedral, descubrí, emocionada, una pequeña imagen del Niño Jesús de Praga, el santito de mi escuela de monjas. Ahí lo tienen en una foto bastante clara-otras me quedaron violetas-¿ Por qué, sobri?  De noche, fuimos a cenar y a apreciar un buen show de tango. En el  regreso en el Juan Patricio, me senté al lado de una Sierva de María- congregación de religiosas que son enfermeras- Con la simpática Sor Irene entablamos una amena charla, nos rezamos un “ Dios te salve María”-a la salida de Buenos Aires, por las dudas,- y  la Virgen nos respondió porque el viaje fue serenísimo. ¿Soy o no soy un cronopio?