lunes, 26 de septiembre de 2011

Recobrando a los nuestros: Apuntes sobre Los Altos muros de Jesús Guiral


Foto autografiada  de Jesús Guiral en el mencionado
capítulo Oriental Nº 38

En la nota anterior, les conté cómo conocí al escritor Jesús C. Guiral y a  su novela Los altos muros.
 Hoy en día, “googleando”, se encuentra muchísimo material sobre los escritores del 60,   pero  cuando yo era estudiante no circulaba   ni se encontraba nada  en ningún lado  porque estaba prohibido.  Por ejemplo, si buscan el capítulo Oriental Nº 38 que fue mi tabla de salvación para preparar la bolilla informativa,  ahora, ¡está disponible en Internet!  Yo tengo el “antigüito” impreso, con la firma del Dr. Guiral en su foto. Recuerdo que cuando se lo llevé al colegio para que me lo firmara, se divirtió mucho cuando le conté  mis zozobras en el examen oral.
 Hoy, voy a introducirme en el texto de la novela. No creo que se pueda encontrar nueva, porque no he visto reediciones, pero quizás se pueda conseguir usada. Yo la conservo, y la volví a releer con gusto para escribir estos apuntes. Como podrán apreciar, en la foto hay una imagen de una cárcel. Me parece que es la de mi barrio, Punta Carretas. La que las  paradojas del destino transformaron en uno de los Shoppings más visitados de Montevideo.

La novela está narrada por una primera persona que alterna su  presente con su pasado, y está dividida en dos partes. Las dos, tienen significativos epígrafes.
El  que encabeza la primera parte es   del poeta Juan Ramón Jiménez, “Segundo Amor”:
“Detrás la casa está vacía.
Delante carreteras
que  llevan a otras partes, solas
yertas.
Y la lluvia que llora ojos y ojos,
cual si la hora eterna se quedase ciega.
Aunque la casa esté muda y cerrada,
yo, aunque no estoy en ella, estoy en ella. “

Los invito a reflexionar: ¿Cuál será esa “casa vacía” que se sitúa “detrás”?  ¿”Detrás” de qué? ¿Cómo es posible que en esa casa “muda y cerrada” se pueda no estar y estar?

El narrador, se presenta con su primer apellido: Almagro. Lo llama el Director “Papamoscas” de la cárcel. Le anuncia que lo va a visitar su hermano mayor: Danny “el triunfador”. A la tercera página ya sabemos que Almagro es un “preso político”, y la ubicación espacio-temporal nos sitúa en la época de la Guerra Civil española. En la alternancia surge lo que le han contado  del registro civil de su nacimiento: padre Juan Almagro, natural de Jaén, madre Sheila O’Mara natural de Dublín, Irlanda- ambos avecindados en Madrid-. Su nombre completo Juan –Sean- Almagro O’Mara, nacido el 12 de agosto de 1928. Datos precisos para el personaje narrador.
En los recuerdos de Sean aparece el  verano de 1936-recordemos que la guerra civil es desde 1936 a 1939-Los han enviado a él y a su hermano mayor Danny,  con su abuela  Eileen a pasar las vacaciones en Irlanda. Juan Sean Almagro comienza un nuevo curso en Irlanda y no vuelve a España, Danny el mayor, va a la Universidad de Dublín- “desaparece”, “se pierde”- la familia no sabe nada de él durante un tiempo.
De vuelta a la vida en la cárcel. Se interrumpen los recuerdos  con la introducción de  un personaje granadino que, utilizando el habla coloquial de su zona, informa al lector de algunos entretelones de las circunstancias. Por ejemplo, así el lector se entera de que Almagro está cerca de su salida de la cárcel y de que lo apodan “el inglés” aunque en realidad es mitad español- por su padre, y mitad irlandés, por su madre- :
“-Ecucha, Inglé: ¿pa’ que te llamaron aye? ¿Pah loh papele?”
Un aspecto muy manifiesto en esta novela es la práctica religiosa  como obligación, no como un acto de fe. Los presos asisten a misa con  muy poco interés,   y no pueden evadirse más que con el pensamiento. Mentalmente sí, son libres, porque el pensamiento no se puede encadenar.  Un ejercicio espiritual marcado por uno de los curas los hace pensar en “el proceso de los pecados” para traerlos a la memoria: La casa donde nacieron, el lugar de origen, la infancia. Naturalmente, Almagro se evade hacia  Cádiz, “la ciudad pequeña de los amigos grandes” cuando él tenía doce años: “Ante Cádiz puede hablarse del alma de una ciudad. No hace falta buscarla. Está ahí. A flor de piel. Un alma limpia, lúcida. Cuajada en cal y cristal sobre azul. La imagen-color de mi estadía gaditana es blanca, de un blanco centelleo al sol.”
Los recuerdos afloran y se van entrelazando rápidamente: su amigo más maduro,  Jorge Manfredi- que lo “instruye” sobre Cádiz,  la vida, la guerra-;en esos recuerdos que fluyen están la bomba que destruye la casa y mata a su madre,  el dolor del padre, la rápida madurez de la pequeña hermana Sheila,  con profundas  reflexiones sobre la poca atención que se le presta a la familia, mientras se la disfruta inconscientemente: “Como una fórmula matemática entendida al fin,  la madeja  externa e interna del hogar se desenvuelve ante mis ojos. Y duele saber que hasta hace un tiempo, unos días tan sólo, yo era un mecanismo inconsciente, dormido,  que presenciaba el milagro diario de mi familia, sin darle importancia.”
Vuelta al  “presente” de la misa en la capilla:Almagro se coloca en la fila para salir.
La visita de Danny “el triunfador” le acerca  la vida del exterior. El matrimonio de Danny y el del Sheila, por ejemplo. Porque Almagro, no ha tenido noticias de su familia,  la pérdida de contacto con el “afuera” significó el aislamiento más ruin; hace diez años que está preso sin noticias  porque no le permitieron recibir visitas. El padre murió. Con su hermano Danny, reconstruye-dolorosamente en la conversación, pues Danny está “del otro lado”- el enfrentamiento con los falangistas, el horror de la cárcel, purgando una  pena por un asesinato que no cometió y la incertidumbre de lo que le depara el futuro a la salida.


La segunda parte, corresponde a la etapa de la salida y a los intentos  de adaptación a la “otra realidad” que dejó de vivir en la prisión.

 Un nuevo epígrafe  de la tragedia de John  Milton “Sansón agonista”- éste en idioma inglés-   nos sitúa en otro contexto diferente y  perturbador:

“Inferior to the vilest now become
Of man or worm; the vilest here excel me,
They creep, yet seem I dark in light exposed.
To daily fraud, contempt, abuse and wrong,
Within doors, or without, still as a fool,
In power of others, never in my own;
Scarce half I seem to live, dead more than half.”

¿Qué le pudo ocurrir a la salida de la cárcel,  a Sean Almagro para que este  amargo epígrafe encabece esta segunda parte de la novela? ¿Habrá podido reinsertarse socialmente en la España dominada por los franquistas? Es cierto que contará con el apoyo de su hermano mayor Daniel, pero va a ser útil que pensemos en una prisión de diez años aislados-  y todo lo que hemos sabido por las narraciones  y videos documentales de la historia reciente-.
Los invito a que dejen sus comentarios al respecto. Gracias por leer lo que escribo. Veo que ya son unos cuantos. Hasta la próxima nota.



¿Estos Altos muros serán los de
la antigua cárcel de Punta
Carretas?

domingo, 18 de septiembre de 2011

RECOBRANDO A LOS NUESTROS: JESÚS GUIRAL, EL VIGOROSO NOVELISTA

Jesús Guiral con integrantes de la NHS
                             

Reseña biográfica*

Jesús Caño-Guiral nació en Cádiz, España, el 22 de noviembre de 1932.
Estudió en: España, Irlanda, Inglaterra y Uruguay. (Titulado en Universidad de Dublín, Irlanda; Universidad de Londres; Universidad de La República Oriental del Uruguay.)
Residió en Uruguay desde 1960, donde formó familia, y realizó una labor encomiable tanto en la docencia como en las letras.
De su primera esposa, la uruguaya Gladys Calvete, que lo conquistó en Londres, donde ella realizaba estudios de post-grado en Lingüística aplicada y literatura inglesa, tuvo cuatro hijas: María Noel, Maira, María Jesús y Soledad.
De Gladys Calvete enviudó y años después, se casó con Patricia Landoni, también uruguaya, con quien tuvo su última hija: Teresa de Jesús Guiral Landoni.
Falleció repentinamente el 19 de octubre del año 2002.

Sobre su desempeño laboral y cultural

Debido, -como me comentó el propio escritor- a su “respaldo” irlandés, trabajó en el colegio Stella Maris College (Christian Brothers of Ireland), desde su llegada a Montevideo en 1960 hasta 1972.

En Facultad de Humanidades y Ciencias ganó su primer concurso en 1966, como Prof. Asistente. Desde 1969 dictó clases para la Licenciatura de Teoría e Historia de la Psicología. En 1971 cuando quedó vacante la cátedra de Historia de la Filosofía Antigua y Medieval, por fallecimiento del Dr. Enrique Grauert, se presentó y ganó el concurso en efectividad.

Esa cátedra, la desempeñó hasta que la intervención lo cesó cuando llegó el momento de la renovación en 1976. Eso era lo que se hacía en la época para evitar el problema legal, simplemente se comunicaba que “no correspondía la renovación”. Nunca quiso rebajarse a preguntar el motivo.

En 1977, fue invitado a dictar cursos sobre Filosofía Medieval Islámica, en la Universidad de Minnesota, con honores de Profesor Visitante. A partir de 1978, lo contrataron como Profesor Efectivo.

En 1980, el entonces Director del Uruguayan American School, lo contrató para que viniera a enseñar inglés. Le aseguró que allí podía enseñar, ya que el colegio, no dependía de las autoridades uruguayas. En el Uruguayan American School, trabajó hasta que se retiró en 1999.

En 1985, cuando volvió el régimen democrático en el país, con sencillez pero con todos los honores, fue restituido en la cátedra de Historia de la Filosofía en la Facultad de Humanidades y Ciencias.

Tiene, a mi juicio, una importante obra editada que constituye una participación significativa a tener en cuenta en la cultura nacional, pero aún no ha sido ni comentada ni evaluada convenientemente.

Sin pretensión de análisis exhaustivo, se pueden constatar las siguientes publicaciones.
Narrativa **
Novelas:
1964 Los altos muros Esta novela recibió el primer premio de Editorial Alfa, Montevideo.
El jurado estuvo integrado por: Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno,
Ernesto Maya y Arturo Sergio Visca.

1967 Las abejas y las sombras Novela también publicada por editorial Alfa.

1986 De soles, cruces y espejos Primera novela de la llamada “trilogía del paréntesis” publicada por
editorial Amesur, Montevideo.

1988 Toda la verdad sobre el caso Elhers Fue la segunda novela de la trilogía del paréntesis,
publicada por Amesur, Montevideo.

Cuentos (publicados en antologías, diarios y revistas):
1965 El hombre del sombrero de paja (Época- Montevideo)
Paro de transporte (La Mañana- Montevideo)
1966 Alhucema (Revista Temas- Montevideo)
1968 Volver a Tiriwaaki (Revista Prólogo)
Ciencifixión (Editorial Sandino, Montevideo. (2da. edición Buenos Aires, 1974)
Poteen (Cedal, Buenos Aires)

Las vueltas del laberinto

La mayoría sabe cuán contraria soy a los programas de Literatura “kilométricos” que me tocó estudiar – mejor expresado: mal estudiar y mal conocer- y también en más de un caso, obligada por las circunstancias, a “mal enseñar”. Nunca estuve de acuerdo con ese criterio que pide que el alumno “conozca” un montón descomunal de nombres que después no va a saber ni siquiera reconocer y cuyas obras no llegará nunca a leer. Mi experiencia como estudiante, indudablemente, fue formando mi criterio.
Hace muchos años, en la década del 70, cuando era una novel estudiante en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras,-actual Universidad Católica-, solía preparar para los exámenes, además de las bolillas temáticas, unas extensas bolillas de información que formaban parte de unos también muy extendidos programas de Literatura Iberoamericana y Literatura Uruguaya. Hubo una en particular que se refería a “los nuevos narradores del 60”. El material disponible era muy escaso. Internet no existía y, además, corrían tiempos difíciles en el país. Yo había logrado guardar algunos fascículos y libritos de Capítulo Oriental, comprados en mis tiempos liceales por muy módicas sumas. En uno de ellos, encontré la información mínima para preparar la bolilla en cuestión. Había logrado retener algunos de los nombres de los veintidós autores que se mencionaban con los títulos de las obras y alguna otra consideración. Entre ellos estaba Jesús C. Guiral. No era posible acceder a sus obras por lo tanto, Jesús Guiral habría sido olvidado después del examen si no hubiera sido por lo que me ocurrió en la parte oral, que siempre fue para mí un suplicio tan solo comparable a las visitas de Inspección de clases, después de obtenido el título. Uno de los profesores puso su dedo sobre la extensa lista y me pidió que le hablara sobre Jesús Guiral. Contesté con la información exigua que había leído en el mencionado Capítulo Oriental,- número 38 para ser exacta- donde la profesora Mercedes Ramírez, había descrito a Guiral como un “vigoroso novelista”. Algo de eso creo que fue lo que dije, sin embargo, el profesor que me interrogaba no quedó conforme porque me pidió que le hablara sobre el tema de Los altos muros, -la novela que había ganado el premio de editorial Alfa de 1964-. Ahí sí tuve que contestar que no había leído la novela, ni ninguna novela de los mencionados “nuevos del 60” porque sus obras no estaban “en circulación”. En las paradojas de la preparación para la Licenciatura solía ocurrir eso y también cosas peores. El profesor, quizás apiadado de mi julepe-una nunca sabe- cambió la pregunta por otra sobre las unidades temáticas y mi susto no pasó a mayores, pude aprobar.
Ese fue mi primer contacto-tangencial- con Los altos muros de Jesús Guiral. Lógicamente no olvidé ni su nombre ni el título de la novela que, con el correr de los años se volvió más que sugestivo.
Los años del silencio-felizmente- pasaron. Un buen día, vieja hurgadora libresca, encontré Los altos muros en una librería de usado. Leí el libro en una tarde. Mis balbuceantes respuestas al profesor no habían sido del todo desacertadas pero la novela decía mucho más, y ahí sí comprendí lo de “vigoroso novelista”.

Volvieron a pasar más años. En 1986, comencé mi tarea docente en el departamento de Idioma Español y Literatura del Uruguayan American School. El contrato era por un año, pero, por diferentes circunstancias, me quedé veinte, hasta que me jubilé en el año 2006.
El primer día conocí al profesor de inglés más apreciado por todos sus alumnos: Jesús Guiral. A la hora del almuerzo en la cafetería, le pregunté ingenuamente si él y el escritor de Los altos muros”” tenían algo que ver”, y me contestó con una sonrisa que sí, que “tenían algo que ver”, porque él era el mismo que había escrito Los altos muros, y-melancólicamente- me dijo que era un escritor olvidado de la Generación de la Crisis, o de la Generación del 60 o como se le quisiera llamar.
¡Se podrán imaginar mi estupor!
Entablamos una cordial relación, que se puso de manifiesto en consultas-permanentes de mi parte- que él atendía siempre con una sonrisa y con una explicación concisa y “de primera fuente” sobre los integrantes de su generación o sobre cualquier otro tema que se le planteara porque su sabiduría era infinita y la prodigaba a manos llenas. Me hubiera gustado escribir alguna crítica sobre “Los altos muros”, o sobre alguna de las novelas que publicó después del “paréntesis”-como le llamó a la dictadura militar-, pero, las exigencias laborales,domésticas y vitales me fueron llevando por otros rumbos que no coincidieron con la escritura ni con la crítica literaria. Por eso, hoy, en mi blog, rescato de la memoria algunos apuntes sobre este profesor y escritor excepcional que supo ser Jesús C. Guiral, un ser estupendo, reconocido y estimadísimo por todos los que tuvimos el gusto de conocerlo, de leerlo, y de apreciarlo.
Considero que:
Jesús Caño-Guiral, debería tener su merecido reconocimiento en el Uruguay donde desarrolló su existencia y publicó sus obras. Tuvo, además, la deferencia de no querer publicar nada-aunque tuvo ofertas para hacerlo- durante los años de la dictadura. Siempre afirmó que lo poco o mucho que significara su obra para la literatura en lengua española o castellana se lo debía al Uruguay. Ojalá que esta escueta semblanza sirva de incentivo para buscar sus libros, -usados se pueden conseguir- leerlos, profundizarlos y así sacar del olvido, a esta obra de singulares valores para la historia cultural del país.


*La mayoría de los datos los obtuve directamente de su generosa colaboración.
**Creo que se ha destacado más su labor como filósofo, pero no he visto ningún trabajo sobre su narrativa. La reseña que hice no tiene-repito- carácter de exhaustiva, es simplemente eso: una reseña de algunas de sus publicaciones literarias.



domingo, 11 de septiembre de 2011

Los estudios y el primer laburito

El carné con las firmas del Negro Pinela, mi querido padre
Mi carné de 6to.año
Cuando me fui a vivir con la familia de mi padre, en villa La Paz,  mi estilo de vida experimentó cambios radicales,  Mi padre no era partidario de la educación privada, ni de las clases de ballet ni de las clases de piano. Pasé unos meses en “recuperación” y al año siguiente, en 1956, entré a recursar cuarto año escolar en la escuela pública Nº 107 de La Paz. Fue la primera vez que tuve compañeros varones, porque en la escuela Niño Jesús de Praga éramos todas niñas. Como complemento a esa educación escolar, lo que se le ocurrió a la familia no era acorde con mis habilidades: me mandaron a tomar clases de Corte y confección. ¡Corte y confección! ¡Como cantaba Nicky Jones!  ¡Apenas logré-en toda mi vida- enhebrar una aguja con hilo y hacer algún horroroso retobo o mal coser algún botón! Cuando terminé la escuela, le pedí al  maestro de mi último año escolar, Rabindranah Sánchez Galarza, para  que le hablara a mi padre y lo convenciera de que me mandara al liceo. En esos tiempos en La Paz- que ya había sido declarada ciudad- no había liceo; había que viajar en tren o en ómnibus hasta Las Piedras o Colón. Al Negro Pinela no lo convencía mucho mandar a “la mayor”  a cursar Secundaria. Más bien tenía la idea de que aprendiera “un oficio”: Corte y confección o Podología.-Total y absolutamente imposibles para mí que no heredé la manualidad de él-. El maestro vino a casa, y al ratito fui llamada a “prosear” al escritorio que estaba en el altillo.

-Me dijo el maestro que querés ir al liceo- empezó.
-Sí- contesté- creo que tengo condiciones para estudiar- seguí con total atrevimiento.
- ¿Y qué pensás estudiar?
´-Profesorado de Literatura.
Su único ojo sano me miraba con curiosidad.
-¡Literatura! ¡Pah! ¿A vos te parece que vas a poder vivir de “eso”?
-Sí. Voy a ser profesora, voy a dar clases. De “eso” se puede vivir…
 - Acá en La Paz no hay liceo, y tampoco Instituto de Profesores- argumentó-
Yo ya lo sabía y tenía respuesta.
- Liceo hay en Las Piedras; el abono en tren sale tanto en Primera, y tanto en Segunda. Igual voy en Segunda-agregué condescendiente- ¡Quiero estudiar!
El Instituto de Profesores está en Montevideo. Antes conseguiré un trabajo y me costearé los estudios con mi sueldo.
Dije todo de un sopetón y me quedé esperando la respuesta.
Muy bien- contestó. Empezá con el liceo, entonces, lo del empleo, vamos a ver… pero… -volvió a observarme con su ojo sano- si me llegás a traer malas notas ¡no vas más! ¿Entendido?
-¡Entendido, papá! Y salté para darle un gran abrazo.  Bajé los escalones de dos en dos, como era mi costumbre cuando estaba feliz.
No tuve ninguna  dificultad en el liceo, primero porque siempre me gustó estudiar, y segundo,  porque el maestro Rabindranah Sánchez Galarza era también profesor y nos había adiestrado convenientemente para el cambio. En sexto año, nos dio las clases al estilo liceal: todos los días teníamos diferentes materias con sus correspondientes horarios de 45 minutos. Además también tuvimos una preparación previa en francés. Obviamente que el que daba todas las materias era el maestro- que era el  único- pero esa preparación de materia por materia, con su correspondiente horario fue excelente. Las amenas clases de francés las daba una profesora joven que nos enseñó también alguna canción de Edith Piaf, con lo cual nos fascinó absolutamente.
En esos  primeros años me sentí tan feliz  que hasta guardé los carnés de notas como recuerdo imperecedero. Hay algunas fotitos.
Cada vez que recibía el carné, se lo daba a mi padre  para que me lo firmara. Él lo miraba detenidamente y nunca me decía nada, pero la pipa iba de un lado a otro de su boca. ¡Clara señal de que iba por buen camino!
Mi vida siempre ha pegado vuelcos inesperados.
Lamentablemente,- cuando estaba cursando el cuarto año liceal-,  el negro Pinela tuvo un serio quebranto de salud.
Por lo tanto, fiel a mi consigna de conseguirme algún empleo para aliviar el presupuesto familiar, hablé con uno de sus amigos para que me recomendara en algún comercio para empezar a generar algún ingreso. Como sigue pasando aún en la actualidad, la preparación liceal no habilita para la vida laboral. No sabía contabilidad, no sabía escribir a máquina, no sabía, no sabía.
Sin embargo, el amigo del viejo, que era buena persona y se apenó mucho por la enfermedad y la situación de la familia que dependía del único ingreso del trabajo de la colchonería, me consiguió un puestito como cadete en una fábrica ¡no se rían!  de botones.
Estaba situada  en El Dorado- después de Las Piedras. El ómnibus me dejaba en la carretera, y desde allí tenía que caminar unas cuantas cuadras sin pavimento bordeadas por altísimos árboles. Tenía apenas quince años, y ya había tenido experiencias de los peligros que corría una jovencita solitaria por parajes desolados, así que apenas bajaba, merced a mis piernas largas, corría vertiginosamente hasta llegar a destino.
 El lugar era muy pintoresco. La fábrica se llamaba “La Perla del Plata”, era propiedad de unos argentinos y  estaba emplazada en un antiguo stud de caballos. Allí empecé a aprender a trabajar. Hacía facturas, escribía cartas con dos dedos- no sabía escribir a máquina como ya dije- salía tres veces por semana a “hacer los bancos” y a cobrar deudas. Cuando no tenía que hacer trámites, me mandaban a la fábrica a “seleccionar y contar botones”. Se separaban los mejores de los más o menos y se contaban por docenas y por gruesas- que son doce docenas-
Otra tarea era atender el teléfono y hacer llamadas para el gerente. Como ya comenté en alguna otra oportunidad, el armatoste era de manivela, estaba empotrado en la pared, había que utilizar el servicio de la telefonista y la comunicación dependía absolutamente de ella- que, además, escuchaba todo y a cada rato preguntaba: -¿Hablaron? Aunque se diera cuenta de que la conversación continuaba.
Cuando empecé a trabajar, le dije a mi padre lo que iba a ganar, con la idea de ayudar con mi aporte. Él lo aceptó y me sugirió que pagara la mitad de la luz, la mitad de las sociedades médicas, y nuestra vestimenta. La verdad es que después de ese “mordiscón” no me quedaba mucho, pero cumplí rigurosamente con lo que me estableció.
 Esa enseñanza de plan económico a tan temprana edad me marcó para el resto de la vida. Me instruí para sacarle  el mejor partido a los pesitos, me ejercité para ahorrar y sobre todo, aprendí a ser solidaria y generosa. ¡No es poca cosa! ¿Verdad?









viernes, 2 de septiembre de 2011

CELULARITIS

Finalmente, aquí está mi celular. ¡Ya no soy extraterrestre!
Confieso que me resistí. Como doncella azorada ante los primeros manotazos, me resistí; pero llega un punto en que no hay más remedio. (Tampoco para la doncella, claro) O te comprás un celular y lo usás o no pertenecés a este mundo. En este mundo, cualquiera te pregunta por el número del celular y si le decís que no tenés, ahí sí levantan la cabeza y la mirada de asombro que recibís es absolutamente inigualable. Finalmente, tenés que comprarte el maldito aparatejo, hacer el esfuerzo de-aún con dedos reumáticos y torcidos irremediablemente-, aprender a usarlo lo mejor posible. Mensajito para aquí, mensajito para allá. Así te llaman unas cuantas veces los de Antel, para-en lugar de hacer lo que tienen que hacer que es darte un buen servicio- ofrecerte entradas bonificadas para ir a ver a Gal Costa, o a Larbonois Carrero, o a cualquiera que ande dando espectáculos por la zona. No importa, si a vos te gustan o no, si vos querés o no que te mensajeen, y si tenés o no ganas de ir, las ofertas te llegan en forma de mensajitos y vos los tenés que abrir sí o sí. Porque ¡ahora tenés celular! ¡Y sí; es para eso! ¡Para molestarte,claro!
También confieso que me resistí porque pensé que no era un adminículo necesario. ¡Si yo viví en El Prado, una montaña de años sin teléfono fijo porque no había bornes! Si los más jóvenes no saben lo que son bornes, averigüen porque yo tampoco sé. Lo que sí sé es que no tener eso, me tuvo sin teléfono durante añares. ¿Cómo nos arreglábamos? ¡Con buenos vecinos! ¡Con teléfonos monederos en lugares estratégicos! Si tampoco saben lo que eran los teléfonos monederos, googleen que van a encontrar alguna información. ¡Yo no voy darles todo servido en bandeja! No. No son los teléfonos con fichas, ni con tarjetas. Esos vinieron después. En mi primer empleo, en las afueras de Las Piedras, en una localidad que se llama El Dorado, el teléfono  era con manivela. Se daba vuelta la manivela, se levantaba la horquilla y una operadora nos pedía el número con el que queríamos comunicarnos. La comunicación no era directa, era a través de la telefonista, que, si no le gustaba nuestra voz o estaba con el período podía tenernos siglos sin darnos la ansiada conexión. En mi segundo empleo ya en Montevideo, trabajé con centralita. Otro aparatejo añejo que tenía varias líneas para atender. Obviamente no era digital ni tenía lucecitas  de colores sino unos potentes timbres que taladraban los oídos y había que atenderlos  lo más rápidamente posible o morir en pleno delirio.
Actualmente me da  pena ver a tanta gente conectada al santo botón. Los veo que saltan en el supermercado cuando suena el celular con música de cumbia y les preguntan algo tan trascendental como si van a traer coca cola de a litro o de litro y medio. La persona llamada queda debatiéndose en la resolución de ese dilema. ¿Un litro o un litro y medio de coca cola?
También me apena encontrarme con conocidos que cortan la más interesante de las conversaciones, para atender una llamadita. Piden disculpas, ponen cara de “persona importante” y atienden. Se disculpan  pero una queda como en falsa escuadra sin saber qué hacer. ¿Lo espero o lo mando a cagar?  Esta última expresión y otras similares están de moda, así que no se ofendan, y si no me creen lean alguna de las novelas de Piñeiro. 

Ahora yo también tengo celular y lo uso. Hoy por ejemplo, lo usé para pasarle un mensaje a una amiga colega. Estaba en una clínica, esperando pacientemente mi turno para sacarme una placa de estos dedos que últimamente tengo endurecidos. Llegaron dos gordas-más gordas que yo, créanme, por favor- y una de ellas sacó su utensilio y llamó a –por lo menos- medio Montevideo para informarle que sí que estaba en la clínica, que sí que tenía que esperar, que sí que le iban a hacer lo que le tenían que hacer pero que ella era socia de CRAMI y no había traído el carné, y no sin carné no podían atenderla enseguida, estaban “chequeando”. Sí tenía la orden pero no el carné. Casi  me arrepentí de no haber llevado para continuar la lectura de la  novela de Claudia Piñeiro que estoy leyendo, una escritora argentina que me gusta mucho. Justamente, estoy leyendo la última que publicó: “Betibú”. ¿Por qué no la llevé? Porque yo me sumerjo en lo que leo, y puedo hacer cualquier cosa: morisquetas, reírme hasta tirarme en el piso, llorar desconsoladamente, zamarrear al desconocido de al lado para contarle o comentarle una  divertida escena. En fin. Soy un peligro. Y leyendo las palabrotas que emplea Piñeiro, que no tienen desperdicio, porque son “las de acá”, corro muy serios riesgos. Y los que están alrededor también. Así que la novela quedó en casa. Traté de dormitar, pero la cháchara de la gorda no me daba tregua. Levanté la cabeza y vi que todos los que estaban en la sala de espera estaban tan molestos como yo. Un señor mayor, con pinta de placa de próstata, me la señalaba con las cejas como diciendo qué gorda otaria,otra pendejita para ecografía mamaria, revoleaba los ojos enloquecidamente. Todos tenían los ojos como huevos duros. En un momento dado, creo que después de cuarenta minutos, me llamaron para sacarme la placa. Cuando salí la gorda continuaba. Había cambiado de tema, ahora estaba en el dilema de que el miércoles se iba a Punta del Este y tenía que conseguir una empleada que le fuera a limpiar el apartamento porque el fin de semana  habían ido “los chicos”. Todavía de yapa, para colmo de males, la gorda ordinaria se me hacía la argentina. Tuve que esperar otra media hora por el resultado. Me senté y le pasé otro mensaje a la colega, que me contestó: “Ya tenés material pa’ prosa”. Y sí, Irene, tenías razón, aquí está. Gracias. Buen fin de semana, querida.