lunes, 27 de octubre de 2014

SIETEOFICIOS YOUTUBE

Antigua máquina de cardar lana para los colchones. Imagen tomada de Internet.
Cuando la vi en una exposición se me estrujó el alma
De la  misma manera que ya no hay médicos que entiendan y sepan de todo, porque el que te atiende el hígado no sabe nada del corazón o de los pulmones y el de medicina general lo único que hace es recetas, y, con mucha suerte, te deriva para el que es más adecuado según lo que te duela- tampoco queda ya-lamentablemente- ningún “sieteoficios”.
¡Y qué útiles eran!
Mi padre, hasta con más de sesenta años se subía a las escaleras con una energía inusitada, descolgaba las puertas, las lavaba, las lijaba, las volvía a pintar y las dejaba impecables. También entendía de sanitaria, y no llamaba a nadie para “cambiar los cueritos” de las canillas, porque lo sabía hacer impecablemente bien. Además, reparaba todas las  canillas, les volvía hacer-con herramientas adecuadas que tenía en su galpón- las tuercas, las volvía a colocar y seguían funcionando de maravillas. Cocinaba, lavaba, -sin lavadora- planchaba.  En jardinería era un primor. Yo aprendí con él, el arte de cultivar hierbas aromáticas y flores. Nunca hubo necesidad de llamar a un jardinero ni a un quintero. En mi casa había flores,-yo cultivaba dalias de distintos colores- higueras, limoneros, parrales, lechugas, tomates, acelgas, espinacas, zapallitos, papas, cebollas, y todo lo que se pudiera plantar en almácigas bien cuidadas y atendidas- cada una de nosotras tenía la suya propia- nuestra huerta  daba una considerable cosecha que –incluso- alcanzaba para repartir entre los vecinos. Su último oficio reconocido fue el de colchonero. Ni que hablar del esmero de sus colchones de lana.  Le quedaban maravillosamente bien. Nos hacía renovaciones anuales de “dos capas”- un lado era de lana, y el otro de crin de caballo- el lado de lana era para el invierno, y el otro, para el verano porque era más fresco. Dicho sea de paso, tampoco quedan más colchoneros.  Quizás mi padre haya sido uno de los últimos. Murió en 1965. Después de su muerte ya no vi muchos más colchones de lana.  Cuando me casé en 1967, los muchachos a los cuales él les había enseñado el oficio, me hicieron uno. Pero después vinieron los otros y desplazaron para siempre a los “naturales”. Hace tiempo, en el Punta Carretas Shopping hicieron una exposición de “oficios extintos”. Cuando vi la máquina de cardar lana se me estrujó el alma.
Repito ya no quedan más “sieteoficios”. Desaparecieron con el progreso y la división de trabajo. Trabajo dividido. Muy dividido.
Hay empapeladores. Sí hay. Aguerrebere te da una lista de nombres-no recomienda a ninguno, arreglate como puedas- Hay que llamar uno por uno hasta dar con el que pueda venir a ver el trabajo. Más o menos unos seis o siete. El primero dice que no. Que él no es empapelador. Faltaba más. Él es DECORADOR y no “agarra trabajos chicos”. El segundo dice que  te va a llamar de noche. Y no llama. Vos lo esperás un par de noches. Y no llama. Seguís “lista abajo”. El tercero, tiene mucho trabajo. No puede agarrar más. Trabaja solo. El cuarto… y así sucesivamente. Por el sexto más o menos, te decidís a poner tu mejor voz de gata sobre el tejado de zinc caliente (después de tantos años, de impostación de voz, es un boleto hacerlo)  y el sexto dice que va a venir. Y viene. Mira para todos lados. Busca a la gata. No está. En su lugar estás vos, gorda,  con un batón, delantal de entrecasa, en chancletas, canosa y cara de pocos amigos. Desconcertado, el tipo mira lo que tiene que hacer. Te va a volver a llamar para pasarte el presupuesto. Te lo pasa y llorás amargamente. Lo que cobra es más que si te hiciera el apartamento de nuevo de punta a punta. Finalmente, lo aceptás. No te queda otro remedio. Pero claro hay que tener en cuenta que todo tiene “ritmo de ferretería”-dijera tu querido Cuque Sclavo- : hay que esperar unos quince días, porque ahora, “está haciendo un trabajo grande”.
  Hay sanitarios. Sí hay. Primero hay que localizar uno y lograr que te venga a ver el trabajo. Después de esto hay que sentarse para escuchar su cotización. Sí, cariño, sentate, porque de pie te vas a caer.  ¿Alguna vez  has solicitado sus servicios? Cobran más que un doctor especializado, hasta para hacer un pequeño trabajo de reparación mínima. Y los cuentos… ¡Insuperables! De pronto te ves envuelta en una serie de roturas de paredes, cambio de caños y demás que –finalmente- resultan innecesarios. Pero los cobran. Por otra parte, un arreglo que puede hacerse en tres horas, demora tres días. Hay que atender el celular, hay que salir a comer, hay que charlar con el portero, hay que hacer de todo y prolongar lo más que se pueda la consabida reparación.
Entonces, si no tenés a tu lado a un hombre con habilidad para todo-sí para todo porque tiene que saber hacer  de todo y, si sabe hacer de todo, también sabrá hacer bien lo que vos estás pensando- repito: si no lo tenés- apechugá,  encomendate a los santos apóstoles y recurrí a Youtube. No pruebes con reformar tu casa. Eso es demasiado. Empezá con  algo sencillito.  Poné por ejemplo: “cómo doblar la sábana de abajo” y verás personas de distintos orígenes mostrándote con una habilidad pasmosa  cómo se deja a la más   puta  sábana “bajera o ajustable”- que también así la llaman, de paso enriquecés tu vocabulario- sin ni siquiera una tímida arruguita. Ahora intentalo vos. Que nadie te vea. Puteá todo lo que quieras. Estás sola. Y si te queda más o menos,  y no quedás conforme, deshacé esos  nudos que le hiciste a la bajera  y empezá de nuevo. Hasta que te salga. Es cuestión-como casi todo en la vida- de práctica. Dale que podés. No te achiqués. Mientras tanto, para no ponerte mal, contate cosas graciosas, recordá algún dicho de tu viejo que siempre tenía uno para cada situación. Dale. Como aquel que se refería a las personas que habían padecido mucho-ya que estás con la sábana- y se le decía: “sufrida como sábana de abajo”. ¿Te acordás no?
Esta imagen no la saqué de Internet. Es la pileta de mi baño. De las pinzas,-me sirvió la francesa- es la de la izquierda-


Después que te atreviste con la sábana bajera y lograste doblarla prolijamente, te animaste y buscaste “cómo cambiar el filtro del grifo de las canillas”.  Encontraste un vídeo, donde te asesoraron bien porque lo primero que viste es que no lo podés destornillar con un “cuchillito”. No.  Necesitás una pinza o llave inglesa- o francesa- una de esas que tienen a su vez un dispositivo para agarrar el pico de la canilla por los bordes que especialmente están ahí para ser agarrados. Entonces sí. Afirmándote con todas tus fuerzas, el filtro se destornilla. Está hecho pelota por supuesto. Ahora le ponés el nuevo, lo ajustás lo mejor que puedas y… ¡Milagro! El agua vuelve a salir armoniosamente sin bañarte a vos y a todo lo que hay alrededor. ¿Viste? Y no me vas a negar que después de esta proeza no tenés ganas de salir al pasillo, tocar los timbres de todos los apartamentos y al que salga decirle: -¡Cambié el filtro de la canilla! ¡Me quedó bien! Y darte vuelta muy oronda mientras el otro se queda absolutamente pasmado.




martes, 21 de octubre de 2014

LA ABUELA ELIVIA

Piloteando "el caballito perdido"-en la vereda de la calle Cerro Largo-frente a lo que es hoy día el Palacio Peñarol.
En otro artículo  me referí a mi abuela adoptiva, la tana Lucía.  Esta vez rescato de la memoria a la única abuela que conocí, la madre de mi padre. Se llamaba Elivia Segovia, y era oriunda de los pagos de Treinta y Tres. Había tenido hijos que llevaban su apellido. Les llamaban “hijos naturales”, por  lo cual los habidos en matrimonio, si los hechos lingüísticos fueran simples serían los “artificiales”. Pero todos sabemos cómo y cuándo se usan los eufemismos, esos algodones verbales que disimulan situaciones penosas.
Yo era muy chica para andar preocupándome por esas cosas, y cuando crecí y “supe eso”  a mi padre nunca le pregunté nada, porque “de esas cosas no se hablaba”.
La abuela Segovia,  cuando no pudo trabajar  más de  peona de estancia, se vino para Montevideo donde se ganaba la vida con dos habilidades manuales muy apreciadas en la época: lavaba y tejía “para afuera”.
Era una mujer de  ojos verdes y cabellos de color castaño oscuro. Debía  haber sido atractiva en su juventud, para mí  era simplemente,  la abuelita.
Vivía en un apartamento de bajos   con patio grande donde estaba su útil número uno de trabajo: una antigua pileta de hormigón. La abuela Elivia olía siempre a lavanda. Terminaba los lavados con un enjuague que preparaba ella misma con esas flores. Todo su apartamento se impregnaba con ese olor a limpio que salía de  la ropa. Mi madre me llevaba a pasar el día y para mí era una verdadera fiesta, porque la abuela me había “agenciado”- y este término es de ella-  una tinita de lavar  con su correspondiente tablita de madera y a mí me encantaba jugar con agua. Me daba pequeñas cosas y yo,  imitándola a ella, me hacía unos lavados sensacionales, empapándome absolutamente toda de pies a cabeza. Lavar en la tina de juguete era uno de mis juegos predilectos. La abuela Elivia me gustaba porque preparaba unos maravillosos huevos fritos jugosos-además me servía  dos- y porque  hablaba “distinto”. Cuando terminaba la tarea del lavado, sacaba unas sillas al patio y me decía: “Vamos a echar un vintén de prosa”- y eso significaba que íbamos a conversar. Cuando los pañuelitos y medias que yo lavaba se secaban me decía: “¡Ah Tololo!” Y yo intuía que con esas palabras ponderaba mi labor como lavandera.

Antigua tina de latón y tabla de lavar 

Otra cosa que me gustaba mucho era ir con ella a entregar la ropa perfumada a las casas señoriales. La ropa la acondicionaba en un paquete enorme que ponía en una sábana impecable a la cual le ataba las cuatro puntas. El paquete lo colocaba en un equilibrio increíble sobre su cabeza, y así marchábamos las dos a “entregar”. En las casas ricachonas nos recibían por la puerta de servicio-que generalmente daba a la cocina- donde  nos atendían encopetadas empleadas uniformadas. Alguna amable me elogiaba el color de los ojos o los bucles rubios. Mi  abuelita indefectiblemente contestaba: “¡Es bien ruana, mismo!” ¿A quién habrá salido?” Y se reía de la ocurrencia. A mí no me afectaba para nada ni lo que decía ni como lo decía, porque la abuela era querible, y nada malo podía provenir de ella. Después de muchos años, cuando fui a Treinta y Tres y señalé en el campo a un caballo “rubio”,- provocando las carcajadas de los paisanos que me escucharon-, supe que ese “color” era el famoso “ruano”.
Otra cosa que la abuela sabía hacer maravillosamente bien era tejer. Hacía unas primorosas “mañanitas” de crochet que vendía a buen precio.
Para almacenar el dinero  de sus lavados y sus tejidos usaba un pañuelo donde ponía billetes y monedas y le ataba las cuatro puntas-como a los paquetes de los lavados-. “La alcancía” era su opulento sostén. A mí me tejía buzos o me hacía delantalitos con bolsillo central  en la pechera, y yo-copiona siempre- también tenía mi propio pañuelito-monedero aunque me faltaran muchos años para tener una alcancía natural tan opulenta como la de ella.
Con la abuela Lucía, aprendí que el camino de la conquista de un hombre era sexo, estómago y corazón; con la abuela Elivia aprendí tan bien a lavar que no hace muchos años que  compré mi primera lavadora.
 Hasta hace unos años tuve una pulsera con monedas de plata “de época” que valían veinte centésimos cada una, y que se apodaban “chanchitas”. Yo le tenía mucho cariño porque esas monedas eran el producto de mis ahorros “pañueriles”. La pulsera era recuerdo de mi abuela Elivia, la que olía a lavanda.  Lamentablemente, un ladrón que robó en mi casa se la llevó. Pero lo que no se pudo llevar  fue el recuerdo imborrable de la abuela Segovia que hoy rescato en este relato.


 Ya publicado en  “Memorios” el 12 de octubre de 2010, lo vuelvo a publicar  en “Cosas de Viejucín” porque la abuelita merece estar acá.

domingo, 12 de octubre de 2014

"FRAGILIDAD TU NOMBRE ES DE MUJER"


Imagen final de la película "Tan frágil como un segundo" - (Todas las imágenes las tomé de Internet)


Yo recomendaba a mis estudiantes que recordaran alguna frase  del texto a comentar, y que la incluyeran con la interpretación. Antes de Google e Internet, era una modalidad para  explorar si habían leído o no el capítulo o fragmento encomendado y si éste había llegado a ser entendido. No creo que esta táctica sirva ya  para nada, en vista de la cantidad de información que se puede  encontrar en lugares como “El rincón del vago”-excelentísimo para evitar la lectura exhaustiva-. En general, me hacían caso y me ponían alguna que otra cosita. Durante un tiempo coleccioné disparates graciosos como los que dieron lugar a los libros del maestro Firpo, pero después, cuando vi que la literatura ya no tenía la importancia curricular de antaño, tiré la selección al canasto, ya que en caso de quererla publicar, no serían muchos los que supieran de qué se trataba. De todas maneras, de vez en cuando me acuerdo de alguna “perla” memorable y me vuelvo a reír como si la estuviera leyendo por primera vez. A raíz del tema que hoy me convoca me acordé de una. Se trataba de comentar la relación de Hamlet y Ofelia. No siempre se conocen los usos de la época, por lo cual más de una vez, la clase de literatura tenía –necesariamente- que incluir explicaciones históricas sobre usos y  costumbres. La utilización de jovencitos para hacer el papel de las damiselas-por ejemplo- porque no era aún común que actuaran las mujeres- y que se puede percibir en el comentario que le hace Hamlet,  sobre el asomo de  barba,  a un  actor jovencito que ya estaba en la etapa de convertirse en un hombre. También expliqué el desprecio que se manifestaba por las mujeres que antes del matrimonio perdían la virginidad. Algo así se podría interpretar en algunas palabras de Hamlet a Ofelia: “Go to the convent!”- lugar donde internaban a las pecadoras-(evidentemente no la mandaba a rezar, sino a purgar sus pecados)   Un alumno quiso reproducirme otras palabras de Hamlet pero-desafortunadamente- no eligió la palabra adecuada y me escribió al parecer absolutamente convencido:
“FRIGIDEZ, TU NOMBRE ES DE MUJER”-
 -cuando correspondía
 “FRAGILIDAD, TU NOMBRE ES DE MUJER”-.
 Algo bastante diferente.
 La condición de “frágil”, que es lo que destaca Hamlet,   a su vez, puede variar de matices según el contexto pero casi siempre revela   situaciones de debilidad,  inconsistencia, endeblez, delicadeza o, vulnerabilidad.
 En la  película que fui a ver: Tan frágil como un segundo, aparece  en forma desgarradora,  la vulnerabilidad juvenil femenina.

Berenice Perciballe como Julieta 

La obra la realizó el equipo de cine DODECÁ con la participación  de excelentes representantes nacionales. (Todos sin excepción.)  El tema principal es la trata de mujeres, pero también se manifiestan otras podredumbres humanas de la sociedad en la que estamos inmersos.
Se señala que está basada en hechos reales, y de eso no caben dudas porque todos sabemos que la explotación sexual es una realidad nacional y universal. 
Programa del pre-estreno "Tan frágil como un segundo" 

Si bien el argumento se centra en las historias de Julieta y Sofía- jóvenes  de clases sociales diferentes-, es posible apreciar puntos de contacto en sus conflictos: las dos tienen aspectos donde se percibe la fragilidad: No hay una familia contenedora. Julieta, del interior, tiene madre y hermanos más chicos. A la madre le interesa el aporte económico que consigue prostituyéndose. El principal organizador es el novio”tío” cuya ambigua figura está encarnada a la perfección por el actor Álvaro Armad Ugón. Es un hijo de puta perfecto. (Entiéndase-por favor- que no me refiero al actor Álvaro Armand Ugón sino al personaje que cobra vida a través de él.)
¿Por qué es un perfecto hijo de puta? Porque por un lado, le brinda mimos, le dice que es linda, que está divina, le da plata cuando no la obtiene ( lógicamente para llevarle a la madre) pero por otro, es el que le procura la clientela, y –por supuesto- es el que lucra con ella.
En Julieta- y  en Sofía, -la otra joven de clase social alta- hay  carencias afectivas- por eso además de la prostitución, hay otras podredumbres humanas en danza por ahí, porque la falta de afecto  en estas edades, -quizás en todas, pero  mucho más en la primera juventud, en los albores del despertar sexual-, es indispensable una familia que “apapache”- voz indígena que significa “acariciar con el alma”-. La familia, sea biológica o adoptiva,- o, en su defecto, las figuras parentales eficaces, son las  más apropiadas para establecer firmes lazos de confianza, respeto, diálogo sincero desinhibido, pleno y confiado-.Cuando  no se da- y es el caso-  el caos ronda por las cercanías de estas vidas. Sin esa barrera contenedora las personitas quedan a la deriva y a total merced de los hijos de puta. Indefensas, invisibilizadas, -situación de todas ellas- convertidas en esclavas sexuales sin ningún tipo de derechos ni credibilidad. (La policía revictimiza a Julieta, enviándola a una correccional de menores,    cuando apenas había logrado escapar del prostíbulo y caminaba  en la noche, dolida y  desorientada.)
Julieta apenas escapada del prostíbulo-cárcel a punto de ser atrapada por la policía. 

La historia de Sofía corre por otros carriles pero lleva a la misma situación a través de otra modalidad de engaño: la fotografía –supuestamente- publicitaria. La película ha sido pensada hasta en macabros detalles que sensibilizan: Sofía tiene un gato tuerto, que conmueve  cuando la cámara lo enfoca. (Al menos a mí, que me gustan los gatos, me perturbó.)

Sofía y el "tuertito". (La foto está tomada del facebook de "Tan frágil como un segundo" )

En fin. No voy a abundar más. Cada espectador hará su evaluación después de verla. Fue presentada  en el marco del Festival de Cine como el primer largo metraje de Santiago Ventura, junto a Belén Baptista, co-guionista y actriz. Es  de esperar que se siga exhibiendo en otras salas.
Yo la catalogo como una película dura donde se exhibe la violenta frustración  de las que caen y son llevadas a una prisión-prostíbulo, donde se las maltrata y somete bochornosamente. Ni   siquiera pueden hablar entre ellas.   En la  mazmorra son obligadas a todo tipo de ignominiosas tropelías, no únicamente castigos físicos, corporales,  sino psíquicos donde se les destruye por completo la autoestima. (“Vos no pensás, putita de mierda, vos no tenés que pensar, para eso estoy yo”. Dice uno de los proxenetas.) No. No pueden pensar. No deben pensar. Los que quedamos pensando somos nosotros, los espectadores.
La escena en la que Julieta se tira del auto -en marcha- del “tío”- que la va a buscar a la salida del internado de menores- me dejó con todos los pelos de punta.
¿Podrá salir a flote? ¿Qué pasará con Sofía?
¿Lograrán evadirse para siempre de la condena?
Son preguntas que los espectadores sensibilizados y doloridos- también fragilizados y vulnerables-  nos quedamos haciendo.


martes, 7 de octubre de 2014

DEL BUEN PERIODISMO

Gay Talese por Band Shakbone
De vez en cuando, leo  periodismo literario, escrito por esos admirables maestros en el difícil arte de perseguir la información sin importar las distancias ni las circunstancias y trasladarlos en buena prosa al papel.  No me refiero a los  tiempos actuales-época de la inmediatez, del “todo ya”,  donde un simple rastreo por google nos pone en contacto con el mundo- sino a las décadas precedentes donde todo era a pedal y rastrear lo que se quería saber exigía esfuerzos inauditos porque  había que luchar mucho para conseguir la información confiable o fidedigna.
Hay que destacar, que en esos años, sin Internet y sin  Google, no era posible conseguir datos simplemente dando  unos teclazos.  Los verdaderos periodistas de esas épocas se dedicaron a buscar, indagar, investigar, empecinadamente, las más insólitas circunstancias de los seres humanos. Hicieron suya la máxima indicación que nos daban a las que  queríamos/ íbamos a ser escritoras. Sí. No se asombren,  desde niña quise  ser escritora o –por lo menos- periodista. La Licenciatura de Letras la inicié con la  secreta esperanza  de dedicarme algún día a escribir. No lo pude hacer-hasta ahora- porque la  vida  se me fue presentando variopinta y atravesada- no de acuerdo  a lo que yo quería sino a lo que los avatares de la existencia me deparaban-, y no fueron nunca los que a mí me hubieran gustado. Cada vez que intenté vivir de la escritura- redactora publicitaria, periodista, novelista, cuentista; les aseguro que lo intenté varias veces-  se me presentaba alguna otra alternativa menos riesgosa para ganarme la vida-porque me la tuve que ganar desde muy temprano- y los vericuetos de la existencia me fueron derivando hacia otro destino que fue  el profesorado. Reitero: no era lo que quería hacer porque era muy tímida, y, por lo tanto, muy insegura para hablar en público, pero cuando empecé se me dio tan bien que al final me dediqué a dar clases  y las ínfulas de escritora se me fueron pasando. Pero eso  sí. Estudié periodismo- entre tantas otras cosas con títulos y titulillos que obtuve y fui acumulando y que  cuelgan en mi lambriz  frente al escritorio-. De esos primeros pininos recuerdo aquel viejo asunto de las preguntas con W (en inglés) y una premisa-que  mucho después averigüé que era de William Maxwell Aitken-   que me sigue pareciendo válida hasta ahora:

“Si un perro muerde a un hombre no es noticia, pero si  un hombre muerde a un perro, eso sí que es noticia.”

Es cierto. La noticia no es lo común y corriente, sino lo insólito, lo que se sale de lo “normal”, y, por eso, el  buen periodista debe encontrar  “lo otro”-como decía Felisberto Hernández.

OTRA MANERA DE MIRAR, OTRA MANERA DE CONTAR: Gay Talese
Gay Talese, nació en Ocean City, Nueva Jersey, es  hijo de padres de ascendencia itálica que se dedicaban a la costura, se le considera un periodista singular y es famoso a nivel mundial por su particular estilo de mirar y contar. Sin lugar a dudas,  buscó siempre, por todos lados, a los  “hombres que mordieran a los perros”.   Es decir, se dedicó a hacer lo que otros no hacían. Por ejemplo, escribió  sobre “los perdedores” o “fracasados”- por lo tanto, tomó las historias desde un ángulo que no era el habitual. Así leemos su exhaustiva investigación sobre la jugadora  china de fútbol femenino Liu Ying que falló el penal del Mundial del año 1999 donde resultó vencedor el equipo de los Estados Unidos. A tanto llegó la meticulosidad de Talese que se pagó él mismo el viaje a China durante seis meses para entrevistar a Liu, a la madre, familiares, entrenador, compañeras y yo creo que si hubiera encontrado a un perro chino  que hablara inglés, lo habría tenido en cuenta también.

Dos libros imperdibles de Gay Talese 

Escribió varios libros, entre ellos, “La mujer de tu prójimo” y “Vida de un escritor”. Verdaderas obras de arte de la narración.
Del segundo libro mencionado saqué esta cita-que me encantó- donde cuenta  cómo trabaja:
A menudo me sumerjo al mismo tiempo en dos o tres temas que no tienen relación, y paso de uno a otro cuando siento que estoy empantanado y creo que es mejor dejar a un lado lo que estoy haciendo y retomarlo en algún momento del futuro. En 1974 comencé a describir muchas escenas y situaciones de las que había sido testigo en distintos restaurantes, pero todo el conjunto parecía demasiado fragmentado y difuso. Así que concentré mi atención en otro tema que tenía en consideración y finalmente en 1979, logré llevarlo hasta el final. Fue La mujer de tu prójimo, uno de los cuatro libros que comencé y completé entre otros libros que no terminé. Mi curiosidad me lleva en distintas direcciones, pero hasta que no invierto gran cantidad de tiempo- meses, años- no tengo la certeza de que el tema elegido sea capaz de mantener mi interés. Algunas veces arrojo a la basura varios borradores de lo que he escrito, mientras que otras los conservo, los archivo, los vuelvo a leer uno o dos años después, los reescribo y tal vez vuelvo a archivarlos, o decido que después de todo no valen la pena, así que los rompo y me deshago de ellos para siempre. “(página 112)

LO INSÓLITO
En estos tiempos que corren, cuando nos  enteramos que aún quedan lugares en el planeta donde  a las mujeres se les cercena el clítoris,  cuesta creer que estemos metidos de pleno en el siglo XXI. En realidad, con esa brutal ablación, lo  que se les mutila a las mujeres es-nada más y nada menos- que la capacidad de experimentar goce sexual. “El timbre”, como le llama una mexicana amiga mía al clítoris, no tiene ninguna otra función. No sirve ni para la reproducción ni para la micción. Está por ahí arriba, -No. En el ombligo no. Busque con paciencia señor, vea alguna lámina o postal donde pueda ubicarlo, por favor. Mírese algún videíto de Youtube que -por  ahora- circulan sin censura. No sea lelo. No quede como un pasmado. Avívese. Si no lo hace vendrá otro que satisfará a su amigovia, señora o lo que sea, de eso no le quepan dudas. (Por supuesto, los cercenadores hijos de puta le temen a eso). Y si no me cree, léase alguna versión de “Las mil y una noches” donde verá que los sultanes, le  dejaban “el timbre”  a alguna de sus favoritas-tampoco la pavada, vio- pero castraban a los esclavos, y también les cercenaban la lengua-  otro órgano  que bien usado puede llevar al éxtasis-. ¿Que cuando leí Las mil y una noches? ¡Uhhhh!  ¡Hace muchos muuuuuuchos años! Estaba –también- en la biblioteca de mi madre. Ahora, tengo una versión más completa).
Lo cierto es que la amputación del “botón mágico” no es  nueva en Occidente. Hubo médicos que la practicaron a las que –supuestamente- sufrían de histeria. Lisa y llanamente: se trataba de mujeres insatisfechas sexualmente cuyos “nervios” estallaban por ese descontento. Por supuesto, que la operación daba resultado porque “muerto el perro se acaba la rabia”. También Freud se equivocó.  El orgasmo clitoridiano o clitoriano- de las dos formas lo llaman-  no es –para nada- “infantil”. (Que me perdone el  maestro, pero las “niñas” no experimentan orgasmos porque no están aún preparadas para tenerlos). En las mujeres adultas, el clítoris responde  a un buen estímulo. En la vagina, únicamente por “extensión” se va a sentir placer, porque –lamentablemente- no tiene la misma cantidad de terminaciones nerviosas que tiene el clítoris que tiene montones y  es todo  un campeón. Mucho más que un pene, aunque  les cueste admitirlo a ellos. Insisto, entonces,-con absoluto conocimiento de causa-: a las mujeres se les cercena el clítoris para impedirles el goce sexual. El botoncito en cuestión, una especie de “penecito” arrepentido, (¡Ay si me agarra Freud!) solo cumple con esa función. Que no es poca cosa.  Y punto.
¿A qué se debe este preámbulo? A uno de los temas que trató Gay Talese en su libro “Vida de un escritor”.
Porque a las mujeres se las mutila aún hoy en  día para que no gocen. (Ni solas, ni acompañadas- sepamos y digamos de una vez por todas, que el clítoris acepta gustoso la masturbación…. Por aquello de: “si no hay pan, buenas son tortas”).  De vez en cuando, sale algún artículo de protesta, (contra la mutilación y también  contra la masturbación)  pero –hasta el momento- no ha bastado para detener los atropellos. (Aclaro que con “atropellos” me refiero a la mutilación-únicamente-)  En cambio, si  una mujer, se defiende de un marido violador, se arma un escándalo de padre y señor mío.
Ese fue el  famoso caso de John y Lorena Bobbit que ocurrió el 23 de junio de 1993 en Manassas, Virginia, Estados Unidos.

John y Lorena Bobbit de jóvenes- imágenes sacadas de Internet -

Gay Talese lo presenta así: (el subrayado es mío):

“Entre la gente sobre la que había estado leyendo en la prensa durante el verano anterior había una pareja de individuos que fueron identificados por la revista Time como “la pareja más desavenida de América” John y Lorena Bobbit, cuya incompatibilidad alcanzó proporciones épicas a comienzos de una mañana de junio de 1993 cuando, después de que John pasara la noche bebiendo y supuestamente violara a Lorena al llegar a casa, ella se vengó levantándose de la cama, yendo a la cocina a buscar un cuchillo y rebanándole la mayor parte del pene mientras él dormía. Como estaba interesado en el tema ya mencionado de los fracasados, y teniendo en cuenta que pocas personas representaban el tema con la distinción de este ex infante de marina de Estados Unidos de veintiséis años- quien, después de perder su miembro masculino durante dos horas, quizás había perdido también para siempre el placer de su uso cabal a pesar de los ingentes esfuerzos que hicieron los cirujanos para reimplantárselo- estaba ansioso por reunirme con John Bobbit antes de tratar de entrevistar a su impetuosa esposa de veinticuatro años. Pero mi interés por ella aumentó después de que supe que, aunque había nacido en Ecuador y había sido criada en Venezuela, Lorena Bobbit (cuyo apellido de soltera era Gallo) afirmaba que parte de las raíces de su familia estaban en el Sur de Italia.”

John Bobbit y su ex-esposa Lorena Gallo- imágenes más actuales sacadas de Internet 


A este insólito caso de cercenamiento masculino, Talese le dedicó los capítulos 22, 23, 24, 25, 26 y 27 de su libro. No los voy a aburrir con las minucias de los pormenores. Solo señalo que el libro vale la pena leerlo completo. Sin embargo, me tomé una  libertad para dejarlos pensando. Subrayé tres palabras: “supuestamente”-  adverbio que trasmite la idea de que el propio Gay Talese, dudó de que –realmente- John hubiera violado a su esposa- es decir, que  la hubiera obligado a mantener relaciones sexuales sin su consentimiento- la segunda palabra es “fracasados”- corroboro con ella, ese gusto especial del buen periodista  por buscar al “hombre que muerde al perro”.  Y la tercera, es  la que califica a Lorena de “impetuosa”.  Evidentemente  es todo un juicio valorativo. No sé si se le escapó, si es error de la traducción,  o si lo escribió así, convencido. Lo cierto es que no he visto ningún artículo- de Talese o de algún otro buen periodista-  que haya hecho una buena investigación  sobre  la mutilación femenina. Por lo menos, yo no lo he leído señor Talese,  y ya que le gustó el tema de los fracasados, no estaría mal que se  hiciera una investigación-como esas exhaustivas que usted realiza- sobre el cercenamiento femenino, ya que se ocupó-y preocupó- tanto por el  de John Bobbit.