jueves, 15 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA. SUGERENCIAS PARA NO MORIR EN EL INTENTO

Angra Dos Reis desde el buque
Que conste que son indicaciones  para mujeres. (No creo que esté demás aclararlo.) Además, son para mujeres que no rebasen los 50. Si ya andan por los 60 o más lo único que les puedo recomendar  es: formen un “club de mujeres solidarias”. Puede ser útil.
“Que Dios las ayude y a mí no me desampare”.


1)   No vaya sola. Use las redes sociales. ( A mí me recomendaron Badoo,  antes, asesórese con alguna experta-le aseguro que las hay-,)  Consígase “algo”. Un amigo, un amigovio, un amante, un “peoresnada”. Inténtelo con buena onda y mucha fe. Por favor, que sea libre como el viento. No se meta jamás de los jamases con un tipo “ni comprometido, ni  casado  ni nada”. Generalmente las mujeres los tienen bien atados por donde usted ya sabe, y no los sueltan por nada del mundo.    Si no lo logra porque ya está muy vejacona y su calderín no pesca más, forme un grupo de amigas que tengan buen humor  y conformen un clan solidario para salir juntas. “Algo es algo”. Pero sola, lo que se dice “sola, sola” no. Jamás.
Calderín, copo, mojarrero, o como quiera llamarlo-sirve para pescar- aunque usted no lo crea 


2)   Estudie BIEN todas las posibilidades. Conéctese. Averigüe. ¿Qué personas hacen esos cruceros? ¿Es un crucero familiero? ¿Es amiguero? ¿Es gay? ¿Es de solos y solas? ¿De qué edades? ¿Nivel social? ¿Nivel económico? ¿Nivel educativo? Importantes incógnitas que tienen que ser develadas antes del viaje. Si lo que consiguió por medio de las redes sociales no tiene la estampa  de un   “bombero de Madrid”-de esos bombones que pusieron   en el calendario solidario-,  y es, en cambio, un gordito simpaticón, no se desanime. Pruebe. ¿Tiene buen sentido del humor, baila bien?  Si la hace reír, y  se defiende bailando,  será un buen compañero de viaje, si es un  arrogante amargado, y –además-  no baila nada, descártelo, un tipo sin  buen humor y sin ritmo no merece ser tenido en cuenta.  Siga-más bien, con  mucha paciencia- conformando su grupo de amigas solidarias.
Él es el bombero "Enero 2015".  Gracias a mi amiga Enri, ya está en casa.
Sea solidaria, pida el suyo-el calendario- y recréese la vista mientras prepara el crucero


3)   Repase bien sus conocimientos idiomáticos.  ¿Cómo anda su inglés? ¿Todavía le sirve para comunicarse? Tampoco le va a venir mal repasar el italiano- si  su intento de crucero es  de bandera italiana- Apréndase, por lo menos, la letra de alguna canción tradicional, como por ejemplo la que dice: “tu sei per me la piu bella del mondo”- mutatis mutandis, claro. No le recomiendo “Champagne”.  Es clásica,- en el crucero que hice yo, había un cantante que la entonaba muy bien-,  pero habla de un “amore proibito””. (Sí. Me parece  que va sin hache.)
De todos modos, no se olvide nunca de llevar el calderín. Téngalo siempre limpito y pronto para sumergirlo en el agua. Donde menos se espera, salta la liebre –o la mojarrita-. Déjese sorprender.

Calderines de tul- también pueden servir- 


4)   Observe  detenidamente todas  las excursiones ofrecidas. ¿Son con guía que se queda con los pasajeros o se va disparando para otro lado? ¿Incluye almuerzo o cena? ¿De qué tipo? ¿Incluye la bebida? ¿De qué tipo? (Tenga en cuenta de que si es buffet es una porquería. Le van a dar ensaladas ácidas, pasta vieja, carne ídem con muchos días de heladera y va a terminar cagándose como gallo dormido.)

5)   En caso de quedarse en tierra algún día: ¿Cómo es la hotelería? ¿Cuántas estrellas tienen los hoteles pautados? Mírelos bien. ¿Dónde están situados? Si quedan afuera del mapa, o por donde el diablo perdió el poncho o sea en el culo del mundo, le va a costar mucho llegar a los lugares céntricos que es generalmente donde está lo interesante y tendrá que gastar una fortuna en traslado. Las estrellas a veces son un “engañapichanga”, las tienen porque a las habitaciones les pusieron  un aire acondicionado que hace más ruido que un avión y que no modifica ni el frío ni el calor de ninguna manera. Y usted a la noche, o se muere de frío o se muere de calor.

6)  Lleve ropa de salir. No tiene porqué ser de gala, pero si un atuendo sentador  con el que pueda ir a un teatro, a un cine, o a bailar.

7)  Lleve alguna ropa interior subyugante  con la que se sienta seductora. Y si no se siente seductora, invéntese que sí. Al fin y al cabo “todo es cuestión de actitud”: un erótico camisolín,  unas medias negras caladas por arriba de la rodilla, un corpiño con encajes. Por lo de la liebre- o la mojarrita-. Nunca se sabe.

8)   Lleva maletín  de maquillaje lo esencial y por lo mismo.

9)  Haga gimnasia Tiene que bajar varios  kilos  antes del crucero, sí o sí. Sáquese esa barriga de más. Enfúndese de nuevo  en esos juveniles vaqueros con roturas que se compró el verano pasado y en los que ahora ya no puede entrar de ni de canto. Propóngaselo como objetivo de guerra. Va a ver qué bien se va a sentir  apenas logre que  no le salte ningún rollo, ninguna lorza-como leí en algún artículo de Arturo Pérez Reverte-, y  que el cierre suba sin inconvenientes hasta arriba.


10)             Suba y baje escaleras en forma constante. Es un esfuerzo que cuesta, pero  sepa que la elegancia de sus nalgas depende de ese ejercicio. Y usted sabe que unas nalgas en buen punto pueden mover montañas.

11)             Ejercite de vuelta sus miradas.  Los ojos son las ventanas del alma-qué cursi que me puse- vea si los  suyos aún brillan,-si no, aclárelos con algún producto- maquíllelos, suba y baje las pestañas frente al espejo. Tírese besitos y dígase “linda”. Nunca estará de más.


12)             Tómese su  tiempo para la decisión final No haga nada precipitado. Hoy en día con todos los recursos que nos brinda Internet, usted puede obtener toda la información que quiera y la que no quiera también. Atrévase. Después me cuenta.





martes, 13 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO: UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA. EL REGRESO

La querida silueta del Cerro de Montevideo

¿Sabían que el inefable José Saramago fue un bloguero insuperable?
Es posible apreciar su maestría en su “Último cuaderno”- una recopilación de los textos que escribió en su blog desde marzo de 2009 a junio de 2010 con prólogo de Umberto Eco. Voy a cerrar esta crónica con una cita de su libro “Viaje a Portugal”* que él transcribe con el nombre de “Viajes” en la recopilación que menciono.  Estoy  completamente de acuerdo con sus sabias palabras, tanto, que no podría encontrar mejores.

Y ahora voy a anotar  algo sobre el regreso, o mejor expresado, sobre los sentimientos que produce regresar al lugar propio desde el mar, que no es lo mismo que regresar a un imperturbable aeropuerto con forma de cucaracha plateada que nos recibe con toda su frialdad. No. El regreso en barco es otra cosa.  A medida que la nave se acerca se empiezan  a percibir los  perfiles queridos. La emoción- para mí- principia  cuando lentamente percibo  allá a lo lejos la silueta del Cerro de Montevideo. Antes se puede ver algo de la costa, quizás la isla de Lobos, pero no me estremecen tanto porque yo  no soy puntaesteña; soy montevideana de la cabeza a los pies. Entonces, el cerro sí, me emociona hasta las lágrimas. Estoy en una de las cubiertas, con los pelos alborotados por el viento y el cerro aparece allá con su forma inconfundible y abollada. ¡Qué emoción!

Con los pelos al viento, disfrutando el regreso


 Trato de disimularlo, pero miro a mi alrededor y veo a otras personas con la misma cara de embelesamiento que debo tener yo. No hay duda. Volvemos a nuestro lugar en el mundo. Se quiera o no se quiera, se esté o no se esté de acuerdo con el gobierno de turno, se putee o no contra todos los inconvenientes de la vida en nuestra ciudad. 



"La Torre de Antel" 
 Más cerca es posible ver a  la “Torre de Antel”- tendrá otro nombre, pero con ese se le conoce y reconoce- y, más cerca aún – indudablemente-, los clásicos edificios de la Ciudad Vieja, pero antes el “monstruo folklórico”-como lo apodó Benedetti- del Palacio Salvo que se yergue aún imponente con toda su rareza. Porque es eso: “un raro”. Símbolo de una época y  de una ciudad que ahora sí, siento como mía. Muy mía.  Y me quedo en ella para volver a partir algún día.




El Palacio Salvo, nuestro particular "monstruo folklórico- al decir de Benedetti- 


Y va la cita de Saramago que es una  verdadera joya :

“El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en narrativa. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: “No hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin del viaje es simplemente el comienzo de otro. Es necesario ver lo que no ha sido visto, ver otra vez lo que se vio, ver en primavera lo que se vio en verano, ver de día lo que se vio de noche, con sol donde antes la lluvia caía, ver el trigo verde, el fruto maduro, la piedra que cambió de lugar, la sombra que aquí  no estaba. Es preciso volver a los pasos que fueron dados, para repetirlos, y para trazar caminos nuevos a su lado. Es preciso recomenzar el viaje. Siempre. El viajero vuelve ya.”

Notas:
“El último cuaderno” de José Saramago, editorial Alfaguara. Febrero 2011, páginas 124/125
*En el libro “Viaje a Portugal” de José Saramago, editorial Alfaguara,  marzo de 1999, página 351,  el mismo capítulo se llama: “El viajero vuelve al camino”




domingo, 11 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO: UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA. LA GASTRONOMÍA

Teníamos diferentes tipos de comidas. Este el plan de "Gala Menú" -cuando había que haber ido vestida así o asá- 

Es buena. Pero para disfrutarla, lo mejor es  ir al comedor asignado, tanto para desayunar como para  almorzar y cenar. En el primer día intenté desayunar en el popular de las piscinas -craso error-. Únicamente logré una taza de té y dos galletitas, después de pelear decididamente por llegar a los comestibles. Al día siguiente fui  a desayunar al New York New York. El mozo acomodaba en mesas grandes y colectivas, donde conocí a otras personas adultas con sentires parecidos a los míos. En el comedor del piso 9 había más gente  joven- que no es ni mejor ni peor pero sí bastante más atropellada y bulliciosa-. En el segundo día tuve mi primer desayuno “normal”; tipo buffet, tomé  café con leche ¡oh! y dos medialunas. Observé que más de uno se hacía preparar  omelettes y  huevos revueltos. Yo procuré seguir mis costumbres. Yo no como bizcochos. De mañana desayuno con galletas o tostadas, pero se sabe que cuando se sale de paseo todo puede pasar en la dimensión desconocida.  Para el almuerzo, -vista la mala experiencia en el popular -también acudí al restaurante que tiene una  carta disponible para elegir. La diferencia con la cena es que  no había mesa asignada. Lo mismo que en el desayuno,  había que sentarse donde el mozo disponía. Otros protestaban, querían una mesa para ellos solos, querían guardar lugar para amigos o familiares, se discutía.  Yo acaté. Algunos días me tocó con gente de habla hispana, otros no. Un día  me sentaron con una familia de extranjeros, con quienes me comuniqué en inglés. Me contaron  que habían hecho varios cruceros con distintas compañías y que este “Costa” ya no tenía la calidad de antaño, porque sin  gran competencia,  se había masificado en demasía. Yo les dije  que era el primer crucero que hacía. Me miraban con un poco de pena. Me comentaron que habían hecho cruceros por todo el mundo. Mucho más “individualizados”  y que este era “familiero” -con muchos niños ruidosos- y “amiguero”- con grupos de jóvenes bulliciosos-. Pensé para mis adentros: “Yo voy a misa y encuentro al cura borracho”. La verdad.
La magra merienda que conseguí en el "popular" de las piscinas 

Pero volviendo al tema de la gastronomía. Lo mejor en los viajes-al menos para mí- es comer más o menos lo habitual- y probar algún platillo típico sin exagerar-. De esa manera se evita cualquier tipo de inconveniente que se puede dar por exceso, o por comer algo que sale de nuestras costumbres. Hubo algún día que el mozo me recomendó algún plato con mariscos. Me comí el arroz- delicioso- pero dejé un par de langostinos bigotudos  que quizás estarían deliciosos pero no los “conocía”- porque nunca comí- .

Una de las delicias nocturnas 

Hubo bastante  “comida italiana”- que me encanta- porque la nave hizo-incluso- “una noche de Italia” – en que se sugería que la vestimenta fuera blanca, roja y verde, con los colores de la bandera.
No cumplí con el protocolo porque lo desconocía, pero le hice los correspondientes honores  a  las delicias italianas.

Otra  muestra de plato "gourmet" 

La excursión Súper Río incluía un almuerzo en una “churrascaría”- con buffet y los mozos que vienen con los pinchos con diferentes carnes: chorizos, morcillas, pollo y cebú-. Debo decir que “ni fu ni fa”. El sistema era novedoso para el que lo veía por primera vez, pero yo ya lo había probado hacía muchos años. Como siempre, comí lo conocido. Carne de cebú no. Es muy grasosa.
En cuanto a la bebida, el almuerzo en la churrascaría, incluía una bebida.  En el crucero vendían “paquetes”. Los había de refrescos para niños, de vino y agua, y otros- bien caros- que incluían los cocteles y el champagne del brindis de fin de año. Compré el clásico: vino  y agua. El agua la tomé toda. El vino, me alcanzó y me sobró. Aún tengo una botella de blanco italiano en la heladera. Ya vendrá alguna buena oportunidad para descorcharla.
 
Postres de la cena de gala del 31 de diciembre 

viernes, 9 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO, UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA: EL CAMAROTE

Mi camarote o cabina número 2367 en el piso o "adaggio "  2 del barco musical 
De acuerdo a lo que conversé con un matrimonio de  mendocinos que viajaban como sardinas en lata- un matrimonio con dos hijos a los que les dieron un camarote interior con  cuatro cuchetas donde no podían ni moverse-, sin lugar a dudas, el mío fue una “fortaleza”. Cuando señé el crucero en mayo no quedaba ningún camarote “interior”, por lo cual compré uno “exterior”- no con suite con balcón-que era carísimo- , pero si con ventana al mar- y,  por supuesto,  también me  lo cobraron bien de bien. Pero  era espacioso, confortable, con todo lo que se podía necesitar.
Indicaciones para no perderse (Bah, es un decir...)

Al llegar, lo revisé. Lo primero fue ver el baño, por supuesto que sin bidé- ya saben que ese adminículo parecer ser un invento rioplatense porque se encuentra en muy pocos lugares- pero sí una ducha-teléfono y como tengo una nueva en casa, me sentí reconfortada. (Suponía que era algo que sabría usar.) Estuve un rato observándola como un bicho raro. ¿Por dónde se abría el agua? No tenía la misma “estructura” que la mía. Pero toca que te toca, en una vuelta, encontré una ruedita, la moví  y me bañó un potentísimo chorro de agua tibia. Bien. Por ese lado quedé tranquila. Mojada de pies a cabeza, pero tranquila.
La enigmática ducha-teléfono La ruedita se mueve y¡ zás, te baña!

¡Miren que ingenioso sistema para esconder el secador de pelo!
 No encontré secador de pelo. Revisé todo el baño. Nada. Revisé el placar,  nada. Por esa razón, los primeros días usé mis rulitos naturales. La camarera era muy simpática y de buena disposición-como todo el personal- pero no  la veía a menudo para preguntarle.
Una noche, a la hora de la cena, los compañeros de mesa me informaron que sí había secador. Estaba en una especie de cómoda que había al lado del placar. ¡Hasta con un dibujito del secador y todo!  ¡El Costa Pacífica me resultó un “barco cronopio”!  ¿A quién se le habría  ocurrido la genial  idea de poner un secador de pelo-conectado permanentemente- en el cajón de  una cómoda?

Lo cierto es que el camarote era cómodo. Después del primer día ya me había habituado a él,  pero honestamente, prefería estar afuera, en el Spa, en las cubiertas- bien temprano para  encontrar alguna tumbona disponible- o, en la biblioteca, que abría  una hora de mañana y otra hora de tarde para préstamos. Como me arreglé bastante bien con el inglés me leí-no en el camarote- sino en la cubierta o en la sala de meditación del spa-,  una novela del español José Ovejero: NUNCA PASA NADA.

Otra perspectiva del camarote con sillón y todo 

También tenía caja de seguridad con combinación 

Pero yo prefería ir al  SPA 
o  madrugar y  "chapar" una tumbona bien temprano

jueves, 8 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA FORTALEZAS: EXCURSIÓN A ILHABELA: UN PARAÍSO TERRENAL


Una hermosa postal de Ilhabela 

Indudablemente una buena excursión depende casi absolutamente del guía. Si es eficiente, sale perfecta, y si es regular, te tenés que aprontar para correr,  para pegarte a otros excursionistas con el objetivo de no perderte, y sufrir. Hubo una señora-que no iba en excursión, se “largó” sola con una amiga- y se quedó en Ilhabela.
Javiera controlando. El ómnibus tiene el número 26 -y los excursionistas también-. 


 Sí. Así como lo leen. La excursión, o las bajadas a Ilhabela de forma personal tenían un “plazo de tiempo” para volver en las lanchas hasta la nave Costa Pacífica, porque no trasladan hasta muy tarde. Era 1º del año 2015. Probablemente se distrajo y por eso perdió el barco; Ilhabela- Isla Bella- tiene muy bien puesto el nombre. Es una especie de paraíso luminoso, con casas de estilo, posadas, paradores-del lado que visitamos-. La guía nos dijo que del otro lado de la isla, viven aún  comunidades de pueblos originarios.   Yo fui en una excursión paga y me tocó con Javiera, una guía chilena sensacional, simpática, cuidadosa y sumamente eficaz. Iba otro guía para los italianos. Por suerte, Javiera nos hablaba en español.¡Y  no se le “perdió” nadie! Nos “etiquetó” uno por uno con una pulsera, -además de la correspondiente etiqueta con el número del ómnibus-  nos mostró todo lo posible-había lugares cerrados por la fecha- y finalmente, nos dejó en la playa Do Curral. (Sería “playa del corral” en español-) 
Otra postal de Ilhabela con el Crucero atrás y lanchas de paseo 


Nos explicó-además- hasta los significados de los  nombres de los lugares y también algunas de las leyendas.  Allí, pudimos disfrutar de un buen rato de playa, tomar baños de agua cristalina, sentarnos debajo de los quitasoles, y tomarnos una buenísima caipiroska. La excursión que elegí no incluía nada de “trekking”-que casi todos traducen por “senderismo”, pero son   por caminos agrestes, rodeados de vegetación. Yo  preferí ir en plan “light” para disfrutar del paseo y no arriesgarme a posibles picaduras de diferentes insectos. Por supuesto que para toda excursión que incluya naturaleza hay que embadurnarse bien con protector solar y darse – a cada rato- una buena fricción con repelente de insectos. Por lo menos en mi caso, porque los mosquitos suelen asesinarme a mansalva. Tomé-como siempre- las debidas precauciones- y no tuve ningún inconveniente. La isla es hermosa, la playa del Corral también, y Javiera fue una exquisitez en forma de guía. ¡Millones de gracias, Javiera!

 
En lanchas como esta había que arriesgarse para llegar a Ilhabela, ¡pero valió la pena! 

martes, 6 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO. UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA. LAS DEBILIDADES- MI EXCURSIÓN "SÚPER RÍO"-

FAMOSO HOTEL DE RÍO- COPACABANA PALACE -SACADO DESDE ARRIBA DEL ÓMNIBUS



Como ya se sabe, las experiencias personales son únicas. No vamos a encontrar nunca a una persona –y mucho  menos en materia de viajes- que haya experimentado lo mismo que otra. Eso se debe, sobre todo a que son experiencias  absolutamente intransferibles. Y lo afirmo con  la seguridad de que muchas personas que fueron en este crucero experimentaron otras sensaciones. Así,  que la que salió-por ejemplo con  el número 12 de la excursión “Súper Río”, pudo subir perfectamente, sacó todas las fotos que quiso, se tiró al piso para sacar la figura del Cristo entera, y regresó feliz y contenta. Esa fue la excursión que salió TEMPRANO. Se iba por número; cada ómnibus tenía un número y el correspondiente guía tenía el mismo número en una paleta que era su talismán para llamar la atención a los pasajeros. Bien. A mí me tocó el número 16, y  no fue porque no madrugué –como me dijo una recalcada repelente- sino porque en la rebatiña hubo quienes pelearon y arañaron mejor  que yo y  lograron  salir primero. Tomé notas,-  como es mi costumbre- y en las mismas dice que la cita para salir era a las 8.00 a.m. Ahí estaba yo. ¡No en vano trabajé más de veinte años en un colegio americano, carajo! ¡Llego en  hora siempre! Pero lo que no hice fue batallar con un sinfín de forajidos de diferente sexo que  pugnaban por salir antes. ¿Tamo?
Así que MI experiencia-el posesivo lo pongo en negrita para que se destaque-  de la “Súper Río” fue una cagada frita.
Se puede resumir así: desde el ómnibus vi de manera vertiginosa barrios y monumentos. Se llegó a la estación de tren donde se esperó largo y tendido. Intenté comprar algo para que me dieran el vuelto en reales; no fue posible. Le dije al guía. No me dio bola. Nos dieron un boleto a cada uno de ida y vuelta, se llegó al Corcovado. Es un decir, porque para “llegar”, realmente “llegar” hay que subir por escaleras. El guía aconsejó que subiéramos por ellas porque los ascensores estaban atestados por una multitud pujante y  sudorosa. Yo todavía tenía el dedo gordo del pie derecho-el que me quemé con caramelo- en estado lamentable. Subí, con el esfuerzo de una persona que ya no tiene veinte pirulos.
Así se va viendo el Cristo Redentor mientras se asciende por las escaleras 

Viví más de veinte años en una propiedad horizontal de un primer piso que tenía escaleras sin pasamanos. Lo pusimos nosotros, porque mi querido amigo Chacho, tenía dificultades motoras y siempre que venía a casa, lo reclamaba. Ahora yo también lo necesitaría.
Volviendo al asunto del Corcovado: subí las putas escaleras con las dificultades del caso, fui viendo la estatua paulatinamente. Primero de espaldas, después de costado.
El Cristo Redentor de costado. ¡Me falta menos! La ascensión es una penitencia sin lugar a dudas

 Agradecí a Nuestra Señora de la Aparecida-en la capilla que está a los pies del Cristo Redentor- por haberme permitido la ascensión.
¡Claro que le di las gracias y después salí despavorida para abajo en busca del guía! 


 El guía nos dio unos minutos para tomar fotos y luego nos dijo que nos encontraríamos abajo.  Yo me pegué a unos - de mi mismo grupo-  para bajar con ellos y no mezclarme con otros que habían venido en distintos ómnibus.  (No está demás señalar que fui  a la excursión con  seres totalmente desconocidos.) Los argentinos bajaban, yo bajaba, se detenían, yo me detenía, y así sucesivamente.  Al final, vi que el joven se había dado cuenta y me esperaba – porque yo lo seguía, despavorida,  mirando indistintamente sus zapatillas de color azul bolita o su gorro blanco-distintivos que me ayudaban a identificarlo- Habrá pensado que era una vieja maniática, pero fue la única forma que encontré para ir donde nos esperaba el tipo.
Después del descenso, nos llevaron a una típica “churrascaría” de nombre “Oasis” en un barrio pitucón. Felizmente, teníamos incluida una bebida porque –como recordarán-, no tenía reales sino dólares, y no conseguí ningún lugar que me diera el cambio en reales. Me vino bárbaro. No compré nada. A la salida de la “churrascaría” y otra vez de manera vertiginosa y desde arriba del ómnibus sin ninguna parada para sacar ni una foto, vi Ipanema, Copacabana, Praia Vermella, y Barrio Urca, rumbo al telesférico donde volvimos a hacer otra cola matadora para subir al Pan de Azúcar. Nuevamente unos pocos minutos para fotos y otra vez la cola matadora para volver.
Al regreso al buque, le volví a decir al guía que no tenía reales. Se hizo el desentendido.  En los galpones aduaneros me compré unas havaianas- porque las que había traído se rompieron-. Tampoco logré cambio en reales. A la noche, unos compañeros de  la mesa 209 donde cenábamos, me dijeron que en esos mismos “galpones” había un cambio oficial. Nadie me informó nada de nada. Después ya no necesitaba más reales. En Ilhabela volví a arreglarme con dólares. Ya ni intenté más nada. 
RESUMEN: Este turismo masivo honestamente no es para mí. Pagué  a Costa Cruceros- porque son ellos los que  hacen también las excursiones-, la módica suma de 159 dólares por un paseo “súper”-según ellos el más recomendado,  y el más caro también-,  “súper”…atropellado. Yo ya conocía  Río. Fui con mi finado esposo cuando festejamos nuestros  25 años de casados. También conocimos juntos Angras dos Reis.

En Angra dos Reis en 1992 con mi esposo, celebrando nuestras bodas de plata.
Sí. Soy yo. con muchos años y kilos menos, con traje de baño enterizo y salida haciendo juego. 


 Pero no había ascendido al Corcovado.  Para mí fue una manera muy lamentable de hacerlo. No la disfruté para nada. 
Y si otros, tuvieron una  experiencia magnífica, los felicito. Yo no.



domingo, 4 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO: UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA

AMIGOS DEL ALMA CON LOS QUE PASÁBAMOS LAS FIESTAS
Como la mayoría sabe, el año pasado pasé las Fiestas Tradicionales en la casa de un amigo que estaba muy grave.
Fue –y hablo en pasado porque falleció el pasado 11 de enero- compañero  de mi esposo, abogado penalista, y una gran persona, lo mismo que su esposa que falleció antes.
Con ellos- con  “Los Chachos”- como  les decíamos porque a él lo apodaban “Chacho”- vivimos muchas cosas juntos: la lucha por estudiar en plena dictadura, la preparación de los extensos exámenes- ellos Derecho, yo Literatura,- las tenaces peleas por lograr una sobrevivencia digna con los magros sueldos que teníamos en esa época. Después de titulados, se nos fueron yendo los seres queridos que nos quedaban: los padres del Chacho; la madre de la Chacha; los padres de mi esposo, y mis padrinos- que fueron mis segundos padres, al punto que me casé en la casa de ellos-. Por esa amistad que se fue afianzando con los años de penurias y alegrías, pasábamos alguna de las “tradicionales” juntos: la Navidad- día del cumpleaños de mi esposo- o el Año Nuevo. Acá, o afuera o donde pudiéramos. No importaba; siempre nos arreglábamos con lo que teníamos para pasarla bien. Éramos muy afines. Eso favorecía la buena onda entre nosotros. Nos queríamos mucho y nos acompañábamos siempre en las buenas y en las malas.
La enfermedad se  llevó primero a mi esposo, luego  a ella; y el año pasado, también al Chacho. Tuve que hacer de tripas corazón para comenzar con él y su familia el 2014, pero él se alegró tanto  de verme  que me sentí gratificada.

La pérdida de los grandes amigos es dolorosísima. Son de nuestra propia generación,  nos vamos quedando cada vez más solos, se nos va viniendo también la hora de la guadaña, porque-como decía el Chacho- “todos venimos con fecha de vencimiento”.
Por esa razón, y porque tenía muchas ganas, en el mes de mayo señé un “crucero de Navidad”  de la empresa  Costa- que es de origen italiano- con la agencia de viajes Geant.

Luchando empecinadamente, ahorré el saldo y lo pagué en diciembre-lógicamente antes de la salida  que fue el 25 de diciembre-
Para el crucero, me preparé como una novia que va a ser llevada al altar. Armé y desarmé la valija más o menos veinte veces, -como viajo sola,  no quería llevar más de una-. ¿Usaría esta solera semitransparente con picos que me compré en Cuba? ¿Sería adecuada? ¿Llevaría dos o tres shorts? ¿Los dos tanquinis y el traje de baño enterizo? ¿El camisolín blanco para dormir al que le tengo tanto aprecio?  ¿Sandalias? Así estuve días y días sacando y poniendo hasta que un día antes me dije a mí misma: “no embromés más, si te falta algo en algún puerto que bajes  te lo comprás”.

El informativo del día 

 Después resultó que todas las noches, en el “Today” escrito que recibíamos, se aconsejaba  una vestimenta diferente. Un día multicolor, otro día blanco,otro día blanco, verde y rojo- la noche italiana-,  otro día de gala…. Y yo veía desfilar mujeres con unos tacones siderales que seguían estrictamente los consejos. ¿Cómo mierda supieron lo que tenían que llevar? La incógnita se me  reveló al regreso, en la terminal de buquebús, cuando estaba pidiendo un remise,  una señora que  me oyó decir el nombre, de inmediato me dijo: “¿Vos sos Alfa, la amiga de X? –Sí- le contesté muy azorada. – ¡Ah te conozco de facebook!”  Ella fue la que me comentó que hubo un grupo -de facebook, por supuesto- organizado por los que subían en Buenos Aires el día 26. Y ahí se habló de los consejos de vestimenta, de las excursiones, de lo que sí y de lo que no. Por supuesto, que yo ni pío. Fui a todas  las cenas con lo que había llevado, que no era de gala ni mucho menos.

Fue mi primera experiencia, y muy variopinta por cierto. La cola para ingresar me llevó dos horas, porque como buena canaria, fui a las 15.00 horas-había tres horas para embarcar, desde las 15.00 hasta las 18.00- Como fui a primera hora me comí una larguísima espera.
 En primer lugar, me impresionó la enormidad del barco. Sus medidas son descomunales: tiene tres cuadras de largo. Como me tocó un camarote en un extremo, tenía que ir hasta el otro por un piso superior para bajar al restaurante donde tenía asignada la mesa que me correspondía. No me preocupó. Caminar me hace bien. Los primeros días me perdía-como corresponde a todo cronopio. Yo ya sé que lo soy y me va a pasar de todo, aunque haya tomado todas las precauciones habidas y por haber-. Navegamos hacia Buenos Aires. No me bajé porque había estado hacía pocas semanas, y mientras descendía pasaje y subía otra multitud,  me recorrí el barco de punta a punta para familiarizarme. No me familiaricé nada. Hay mapas en los pasillos, pero me resultan absolutamente enigmáticos. Opté por las escaleras.  Me seguí perdiendo hasta anoche cuando extraviada-como siempre- al regresar a mi camarote,  descubrí ¡oh sorpresa! un piano-bar que no había visto antes, en un recoveco inexplorado.  Allí cantaba uno de los tanos con la voz más melodiosa que se pueda imaginar. Me quedé un rato escuchándolo, y después seguí perdiéndome hasta que llegué. Los camarotes son  pares de un pasillo, e impares del otro. Todas las noches miraba para ambos corredores para ver cuál tenía que recorrer para llegar al impar mío: 2367. Llevaba,  como llevan los bebes de pecho el babero atado y prendido,  la tarjeta Costa- que se convierte en un talismán durante todo el viaje- colgada al cuello.

La mesa que me tocó para la cena fue en el Restaurante New York New York- piso cuatro- o puente o deck 4-(hay otro en el 3, o sea que los primeros días  me perdía porque iba al deck 3, en lugar del 4). Finalmente entendí, y ayudé a otros cuantos despistados-no crean que fui la única- a ubicarse. Hay mucho personal que no habla español; los idiomas usuales son italiano, portugués,  e inglés-el más internacional-.  Saqué de vuelta “my rusty English”- o sea mi herrumbrado inglés-  y descubrí que todavía lo “chamuyo” y me hago entender. Me fue muy útil en todos lados. Hasta en la biblioteca.  Me saqué algún libro para leer y por supuesto, tuve que hablar en inglés para legalizar el préstamo. ¡Gracias Uruguayan American School por el inglés hablado que me dejaste!
Al segundo día compré  un pase para el SPA y no me arrepentí, porque había muchísimas  personas   en las zonas de las piscinas y se metían tantas que parecía que se estaban bañando en una palangana colectiva. Colocaron un cartel que decía: “Nave completa”. Me fijé en la guía del camarote para ver cuántos éramos y me vino un estremecimiento de horror: 3.870 pasajeros y  1.100  de tripulación. La nave tiene 11 pisos con ascensores y al último se accede  por escalera.
Entre tantas personas había de todo; enormes familias, -en una vuelta desayuné con una señora que me dijo que había venido con catorce de su  familia- grupos de amigas, grupos de amigos, matrimonios de todas las edades:hubo un señor que  cumplió 101 años en el viaje, ella tenía 96 y estaba en silla de ruedas, (que llevaba el marido.)  Había también  mujeres solas-como yo- pero  más que nada hacían “vida de camarote”: es decir: se hacían llevar el desayuno, y prácticamente no salían, salvo para almorzar o cenar. Socialicé con algunas.  Sus razones de viaje eran variables. Una de ellas me dijo que había contratado el crucero, con camarote con balcón- uno de los más caros- para “huir de la parentela”. 
Para las cenas teníamos mesa asignada, para los desayunos  y almuerzos no. En el primer día, intenté desayunar y almorzar  en los bulliciosos restaurantes populares del piso noveno.  Más que difícil  ubicar un lugar para sentarse; cuando lo lograba, iba a buscar la bebida, al volver ya no tenía el plato servido. Desistí.
Al ingresar al buque, a cada grupo se le reúne para dar  instrucciones de emergencia  y para explicar el funcionamiento básico. Como es de suponer, cuando oí las explicaciones,  no entendí casi nada porque estaba cansadísima-repito que esperé más de dos horas para ingresar- pero por las dudas cuando llegué por  primera vez al  camarote, miré dónde estaba el salvavidas y  lo inspeccioné para saber cómo se ponía.
Todas las noches leía la información en el  TODAY.  Allí  se detallan las actividades del día siguiente, las ofertas de ventas de las boutiques, de la casa de fotos, de la oficina de excursiones, de los múltiples servicios que se ofrecen, los horarios, la vestimenta sugerida para la cena, datos de la navegación y cómo va a estar el mar. A propósito: si dice “poco picado”, la nave se mueve como una buena bailarina bahiana, y andábamos a los barquinazos para todos lados. Yo subí varias veces  y a distintas horas a las múltiples cubiertas para ver el espectáculo del mar. Bien agarrada de las barandas.  Hubo gente que se mareó. No todo el mundo tiene espíritu marinero.
El Costa Pacífica es, entonces, un enorme hotel flotante con múltiples servicios.  Hay organización, pero el gentío tiende a rebasarla.
De noche, cuando después de dar varias vueltas regresaba a mi camarote, me desvelaba pensando ¿Cómo reaccionaría este gentío en  una situación de naufragio? Después me dormía mecida por el mar.

(Continuará)