jueves, 23 de enero de 2014

DE LA DOCENCIA: HOMEROOM TEACHER

Dedicatoria "sorpresa" del Anuario del año 1995-1996 
DEDICATORIA:

“En este año el grupo del Anuario decidió dedicar este ejemplar a  una persona muy especial que enseña en el Uruguayan American School desde hace nueve años, la Sra. Stanley . Para los estudiantes del UAS, la Sra. Stanley es más que una simple profesora, es una amiga que está genuinamente interesada en las pruebas del día a día de la vida estudiantil. Innumerables veces hemos acudido por  consejo, y siempre  nos ha recibido abiertamente. Además de enseñar Español, la Sra. Stanley ha sido la “Homeroom Teacher” de la clase de los Juniors durante muchos años. También estuvo encargada de ayudar a los Juniors a organizar la cena de los Seniors, la cual se convirtió en una tradición de nuestro liceo.  Por todas estas razones el grupo del Anuario se enorgullece en dedicar este 1995/1996 anuario a la Sra. Stanley.”


En estos tiempos en que se habla tanto de educación, -más bien de la “falta” de educación- de programas, de horarios de dedicación, del  alto índice de repetición de los estudiantes y se procura siempre  con  un empecinamiento tenaz  echarle la culpa al “vecino”- que siempre es “del otro partido” - decidí escribir en mi blog sobre mi experiencia docente. No serán artículos concatenados, sino que a medida que se me vayan ocurriendo los temas los iré anunciando con el mismo título: “De la docencia” seguido del tema que desarrollaré. Esta vez elegí contar sobre lo que es ser una “Homeroom Teacher”. Como la costumbre no es uruguaya no hay ninguna expresión que traduzca esta especial tarea docente porque al no existir tampoco hay una denominación acorde.
Permítanme hacer una breve introducción previa:
Los  orientales tenemos presentes las frases-muy manidas, llevadas y traídas-  de José Pedro Varela en las cuales manifiesta el principio de recibir todos- no únicamente los de las clases privilegiadas- la misma educación en la igualdad de derechos:
” Pobres y ricos, los niños que se eduquen juntos en los mismos bancos de la escuela, no tendrán desprecio ni antipatía los unos por los otros” (…)
 “Los que una vez se han encontrado juntos en los bancos de una escuela, en la que eran iguales, a la que concurrían usando el mismo derecho, se acostumbran fácilmente a considerarse iguales, [...] así, la escuela gratuita es el más poderoso instrumento para la práctica de la igualdad democrática”

Fue-entre otros-  este principio rector el que permitió la inclusión y  la obligatoriedad de la asistencia escolar. Sin embargo,  en los tiempos que corren y vistas las “fallas” que se han detectado en los rendimientos académicos,-y sobre todo- en la pérdida de los  valores del respeto en la  convivencia-  sobre el tema, basta ver alguno de los programas de ESTA BOCA ES MÍA,  por ejemplo, el que trató sobre los desmanes que se  llevan a cabo en el Puerto de Punta del Este, por estos y otros motivos relacionados con el bajo rendimiento,  se piensa que   necesitamos en forma urgente  mirar más a los países que avanzaron en materia educativa contemplando las nuevas exigencias del siglo XXI. (-La reforma vareliana es del siglo XIX,  fue buena, pero nos falta “ponerla al día”.  No está demás señalar que  José Pedro Varela fue a Estados Unidos y pasó seis meses aprendiendo sobre su sistema educativo.)
¿Cómo funciona  el sistema americano liceal? Voy a tomar únicamente los lineamientos generales que conocí y puse en práctica. Los expreso “con conocimiento de causa” porque trabajé más de veinte años en ese régimen. (Vale advertir que lo que comento fue así –al menos hasta el año 2006- que fue el de  mi jubilación):
Los estudiantes de un grado determinado tienen materias obligatorias y otras optativas, estas últimas las  toman según su conveniencia o gusto personal, por eso no están juntos  todo el día. Digo “todo el día” porque el régimen es de horario completo, mañana y tarde.
El salón de clase- en general-, es asignado al profesor. Esto quiere decir que depende de cada docente, la decoración, la disposición de los útiles, la asignación de los bancos, almohadones- hubo algún año en que dispuse un rincón con almohadones confortables para la lectura recreativa que realizábamos periódicamente-. Son los alumnos los que se “mueven” de una clase a la otra. Así van a la “clase de inglés”,  a “la clase de español”, a la “clase de matemáticas”  a la “clase de teatro”, a “la clase de anuario” “a la clase de arte”, o a la que sea, porque –vuelvo a repetir- hay algunas obligatorias y otras optativas- en su salón correspondiente.  A veces, el salón se puede “prestar” para dar alguna clase que no está registrada con muchas horas, mientras el titular está en hora de planificación o en hora de descanso. Esto se puede modificar, lógicamente, pero si la Dirección superior es buena,-tiene que serlo para que no se imponga ningún criterio negativo-, les aseguro que es una medida muy efectiva. Durante muchos años trabajé con directores sumamente competentes que me alentaron para desarrollar mi labor.
En el sistema americano, grado por grado,  hay  un profesor que se encarga de ser una especie de “mentor”. A ese “consejero grupal” se le denomina con esa palabra intraducible: “Homeroom Teacher”.

Mis “Juniors”

  La clase que se denomina “Homeroom”  - al menos, durante mi época en el UAS- era la primera de la jornada. Obviamente, el horario puede cambiar según las necesidades y /o conveniencias de la distribución. Yo fui “Homeroom Teacher” desde que ingresé a la institución en 1986. En general lo fui  del quinto grado liceal- los denominados “Juniors”.
Hubo una vez, cuando creía haberme librado de la responsabilidad por uno año, en que los alumnos de octavo le pidieron al director de turno para que me pusiera a mí en lugar de otra docente con la cual no se llevaban bien. Acepté y  solicité que me dejara “crecer” con ellos, (el “octavo” es el segundo año de liceo, lo que yo hubiera querido era seguir con ellos como Homeroom Teacher, al noveno, décimo, undécimo y duodécimo hasta que se graduaran. De alguna manera sentía que yo también me iba a “graduar” con ellos.  Sabía por las compañeras  docentes extranjeras-que venían y trabajaban  contratadas-  que en otros colegios americanos se había adoptado esa modalidad. El director no quiso. Al año siguiente me volvió a poner de Homeroom Teacher de los Juniors. Como yo ya estaba cerca  de mi retiro jubilatorio, acaté su voluntad contra la mía. Como podrán suponer tuve otras direcciones más flexibles. No fue este el caso.  En la hora de homeroom  se pasaba la lista general-que se reiteraba en cada clase-, también era el momento  apropiado para anotarse para   el menú si el estudiante iba  a almorzar en la cafetería del colegio, y además era el horario adecuado para planificar actividades, terminar tareas, conversar con los amigos, escuchar música, leer, escribir, y compartir con el Homeroom Teacher las ideas para recaudar dinero para una preocupación constante de  los que fueron “mis” Juniors”. (Estudiantes del Grado 11- es decir 5to año liceal): preparar la cena de despedida de los Seniors (6to año liceal). Tengo derecho a ponerles el posesivo. Eran míos. En esa hora en que estaban todos juntos, también se planteaban los conflictos  de todo tipo y color y yo -que había abrazado la profesión con verdadera vocación- también aprendí a meter “mi cuchara” para  sugerir posibles caminos de solución. Eso es lo que me agradeció este grupo que me dedicó el anuario del año 1995/1996. Se dieron cuenta de que ponía dedicación y que me gustaba lo que hacía. Trabajar en lo que a uno le gusta es siempre un enorme privilegio y yo lo sentía como tal.
No siempre la aceptación que  me manifestaron los estudiantes fue unánime.  Ya se sabe. Es muy difícil complacer a todo el mundo. Más de una vez tuve a alguno de ellos reclamando” mejor nota” – las buenas calificaciones son necesarias para aspirar a ingresar en las mejores universidades de Estados Unidos y del mundo-  y yo no las “regalaba”. Había que merecerlas. Daba la  oportunidad para obtenerlas, pero dependía de ellos el conquistarlas. El UAS se regía-como todos los colegios americanos- por un BOARD- (Consejo) de padres. El Director de la institución forma parte de ese consejo, como uno más entre ellos. A mí no me importaba si el papá de un alumno que no obtenía la ansiada “A” estaba o no, en esa dirección. Hablaba y explicaba de la mejor manera posible que tenía o que no tenía el estudiante  según los criterios vigentes de evaluación. Y calificaba-también- con el consentimiento de la Dirección- la conducta.-Incidía como calificación, en el promedio general.- Siempre sostuve que un estudiante que se precie como bueno, tiene que tener una conducta acorde con sus pares y con los docentes. Los docentes no debemos formar  únicamente en la materia que nos toca enseñar, sino también –y creo que es lo más importante- en valores positivos. Es la pérdida de estos valores la que nos está llevando por rumbos tan  negativos. Y no únicamente desde el punto de vista académico.
Siempre creí en lo que decía mi padre: “Uno no es moneda de oro para que todos lo quieran”. Pero -en general,  creo- que la mayoría  apreció que fuera condescendiente y cercana y no una malvada bruja buscando errores para censurarlos.
En cuanto a los conflictos, hubo de todo. Los relacionados con la convivencia, por supuesto. En un lugar donde pasaban todo el día juntos estudiantes y profesores de distintas partes del mundo, con diferentes culturas, maneras de pensar, religiones e idiomas, indudablemente que surgían los conflictos provocados por el “shock” cultural. El cambio de país, de idioma, el abandono de amigos, de “amigovios”, de entorno, y de costumbres provocaba en muchos un rechazo al país que se traducía en los primeros tiempos con  una negativa cerrada a aprender español. ¡Y eso era lo que yo enseñaba!
A mí me importó y mucho. Por eso me especialicé en varias áreas: en la enseñanza de español a extranjeros, en las dificultades de aprendizaje, en la enseñanza de valores.   Me gustó hacerlo. Me gustó mi profesión y me gusta ahora ya en el recodo final, cuando-como dice el Cuque Sclavo “no sé cuántos cortes de pelo” me quedan- recordar etapas fructíferas de la  vida docente.




miércoles, 8 de enero de 2014

DE LA CONTAMINACIÓN ACÚSTICA

El camastro salvador


Este tema no es ninguna novedad, ni en mi blog ni en la sociedad. Hace  tiempo que los montevideanos venimos sufriendo por culpa de este mal que se llama “contaminación acústica”, que viene de la mano de  otros  males mayores: la burocracia y la pérdida de referentes.
¿Alguno de ustedes ha sufrido  la  horrenda transformación de un barrio que era residencial y que de golpe y porrazo- con regulaciones  que son harto permisivas- de pronto, lo convierten,  en absolutamente comercial y turístico?
 Eso es lo que ha pasado-y sigue pasando- en el barrio Punta Carretas.
Yo vivo en el barrio desde 1995 y soy una  involuntaria testigo estupefacta de su transformación negativa para los residentes-es decir para los que no venimos a hacer compras o a  pasear, sino que vivimos-o malvivimos- acá-.
La instauración de locales comerciales y hoteles, -en lugar de las derrumbadas  casas de clase media-,  ha traído –como consecuencia- más ruido.
Como se han perdido los referentes de los valores de la convivencia y a nadie le importa nada del mal que le pueda ocasionar a otro, y como las autoridades se pasan la pelota unos a otros en una burocracia inútil y sin consecuencias, los vecinos vivimos en un espantoso clima que daña más y  más nuestra calidad de vida. Los comercios, para “atraer” al público, ponen parlantes en la calle, con algo que para ellos es música. A ese ruido musical no deseado, tenemos que agregarle el de las alarmas –sin respuesta- que en medio de la noche, “se disparan” sin nadie ni nada que las detenga porque en este mes de enero, muchos locales han “cerrado por licencia”. Se van, dejando una alarma que ni siquiera tiene en la puerta algún cartel que indique quién la colocó, y quién se hace responsable de su programación o de su cuidado.
Por esa razón, en estos días, me armé un camastro en la cocina- único lugar “protegido” de mi apartamento porque el resto da para la calle-. El camastro entra apenitas-como lo pueden ver-. De día, lo levanto-como si fuera un camping- y de noche, cuando tengo toda la tarea terminada, lo vuelvo a “armar”. La cocina tiene una puerta de vidrio esmerilado grueso- resistente al ruido-(hecha ex profeso); además cierro-también- las puertas de las otras habitaciones. De esa manera, me acondicioné un “refugio” donde conciliar el sueño sin que me despierten las intromisiones de las alarmas destempladas, o los ruidosos camiones que levantan los contenedores, con un barullo indescriptible, o los remiseros, taxistas, y omnibuseros que paran en el hotel-que, para  completar mi desgracia, construyeron pegado a mi edificio-,  y que hacen-por supuesto y cómo no- todo el ruido que se les ocurre. Ya se sabe que desde hace años, acá se habla a los gritos- como Tinelli, o como Petinatti- y todo el que se precie grita igual  o más, aunque sean las tres de la madrugada.
La puerta de vidrio hermética 

Hay  una alarma que se “dispara” constantemente desde que el local cerró por licencia. Es el de Caro Criado. Empecé una peregrinación para ver por dónde podía localizar a la dueña- en el local no hay ningún cartel que indique quién es responsable por esa alarma-. Hoy le mandé un “twit”. No sé qué éxito tendré. Con las “autoridades” no tuve ninguna suerte. Ni con la Policía, ni con Bomberos, y mucho menos con el Centro Comunal Zonal Nº 5 donde fui personalmente, el martes 7 de enero de 2014, día hábil-los otros días estaba cerrado-. Me atendió una joven, pero a su vez, otro empleado que estaba en el escritorio de atrás, se encargó de decirme que “no era el lugar para hacer la denuncia”; que tenía que ir al piso 9no. de la Intendencia Municipal de Montevideo. Yo insistí, porque sé que hice anteriormente  otra denuncia y la hice ahí,  en  ese mismo centro comunal. Sin embargo, se puso de manifiesto que no estaban dispuestos a que llenara el formulario correspondiente. Para esos efectos, trataron de disuadirme diciéndome que “iba a demorar mucho más”. La joven me extendió este papelito que fotografié como “prueba” de que fui, de que estuve, de que traté de ser atendida como una ciudadana que paga todos sus impuestos. Pero no hubo caso.  Después del papelito, me tuve que ir. Nadie me dio más pelota. Cada uno siguió con lo suyo-que no sé lo que es- aunque  la verdad es que nunca lo supe.
Única respuesta-inútil- del Centro Comunal Zonal Nº 5 de Punta Carretas 

¿Se pueden solucionar los problemas? Sí. Siempre y cuando se pueda saber quién es, o  será el organismo encargado de solucionarlos. En  países civilizados, hay entidades que se hacen responsables para que unos ciudadanos no abusen de otros; las autoridades toman medidas y hacen cumplir las reglamentaciones,  se elaboran mapas de ruido, se obliga a colocar barreras acústicas a las fuentes que lo producen, se hacen controles periódicos-bien hechos-, se toman medidas en el entorno para que desde determinada hora, no se produzcan excesos que impidan la conciliación del sueño. En algunos casos hasta se eliminan las fuentes molestas. Pero acá no; nadie se hace responsable porque la burocracia es tan brutal que no hay responsables en esa maraña donde nadie sabe qué hace ni para quién.
Cuando sonó la alarma hace un rato,-porque de a ratos sigue sonando-  llamé al teléfono que dice “de día”. ¿Ustedes me contestaron?  El teléfono tampoco. ¿Soy la única perjudicada? No. Consulté con el  propietario del Quiosco Ellauri, que también es despertado a media noche, cuando la alarma se “dispara”-  suena un rato y se apaga y así sucesivamente-.  Por supuesto, que la oye y se despierta, pero considera “que no se puede hacer nada”. Si no es esa alarma, es otra. La población está como resignada a ser vapuleada sin derecho al pataleo. La burocracia es absolutamente siniestra. Estamos perdidos en un mar de empleados públicos cuyos sueldos pagamos todos los otros ciudadanos, pero sin ningún efecto positivo.
Hay una ley, la 17.852 del año 2004. Parece que le pasaron la pelota al Ministerio de Vivienda. ¿Pero, a quién dirigirse? No se sabe.
Nadie sabe. Montevideo se ha convertido- lamentablemente- en una ciudad  kafkiana.








domingo, 5 de enero de 2014

LOS REYES MAGOS

Sergio Reinaldo tan campante con sus cercanos 60 pirulos
En los primeros años de mi infancia, el 6 de enero, día de los Reyes Magos, era el día del niño.
No había como ahora, el día del padre, el día de la madre, el día del abuelo, el día de la secretaria, el día etc.
Reyes, era la festividad para recibir los regalos que merecíamos por haber sido buenos, haber hecho los deberes-haber ido a misa todos los domingos, y haber rezado ( mi madre me mandó a escuela de monjas, así que los deberes religiosos iban junto con los escolares y yo los cumplía devotamente.)
Hacía varios borradores de la famosa cartita. Cada vez que escribía uno, mi madre me sugería alguna modificación de tal o cual cosa porque los Reyes, siempre que andaban cerca  de mi casa, venían con menos juguetes, ya que   los camellos estaban tan cansados que no podían con el peso de toda la carga de los exigentes pedidos que les hacíamos.
Finalmente, de una extensa lista, terminaba pidiendo nada más que una cosa. Pero ese juguete que pedía era siempre algo muy deseado y caro. Un triciclo grande- los chicos no me servían porque siempre fui alta-, un “malcriado”- así se les llamaba a unos enormes bebotes de porcelana que tenían un dispositivo en la panza que semejaba el llanto de un bebé-, “una muñeca que caminara y dijera mamá”. Sofisticaciones de la época.
Pero un buen día, quedé prendada de un pequeño malcriado que se exhibía en un  comercio que se llamaba: “La Platense” en 18 de Julio y Julio Herrera y Obes. Me gustó porque tenía unos preciosos ojos celestes y una cara de angelito bueno. Sin dudar, fue mi pedido de Reyes del año 1955.  Mi madre quedó atónita cuando leyó mi  borrador porque no era ni por lejos el muñeco más caro. En esa juguetería se exhibían unos hermosísimos trenes eléctricos con sus vías y sus estaciones, y unas enormes muñecas italianas con ojos soñadores y trenzas de pelo natural. De alto costo económico. Sin embargo, mi pedido era tan modesto que mi madre se aseguraba una y otra vez, para verificar que-  realmente - fuera esa mi solicitud. Y sí, era esa. Así llegó el 6 de enero de 1955, mi querido Sergio Reinaldo.  Llamado así porque Sergio era uno de mis nombres predilectos, y porque el hermano mayor de mi madre, el popular tío Negro, se llamaba Reinaldo.
Sergio Reinaldo fue y es uno de mis muñecos más queridos. Tiene su lugar en uno de los estantes de mi biblioteca. Con  los años,-quizás- fue sustituido por otros “muñecos” de carne y hueso- no tuve hijos así que no pateen para ese lado- me refiero a esas delicadas delicias de chocolate, sabrosas y efímeras. Trocitos de dulzura: “nariz de azúcar, arbolito, caballito de  juguete”-como expresa sabiamente Julio Cortázar en su “Carta de la Maga  a Rocamadour” en Rayuela-. Pero Sergio Reinaldo tiene la ventaja de no ser solo un grato recuerdo porque aún “vive” conmigo; sigue siendo cariñoso, fiel, y nunca me ha dicho ninguna maldad, como gorda panzona o cosas por el estilo. En su memoria de muñeco consentido, malcriado, tengo aún la misma apariencia que cuando llegó a mi casa cuando yo tenía nueve años.
Nunca fue llamado Sergio a secas sino que usaba los dos nombres tanto para jugar con él, como para rezongarlo si consideraba que se había portado mal y no había comido lo suficiente. Como yo era “inapetente”- como decía mi madre- le “trasladaba” mi falta de apetito a Sergio Reinaldo obligándolo-como me obligaban a mí – a tomar su plato de sopa o su  huevo batido con azúcar y vino garnacha para que se pusiera robusto y fuerte. Es evidente que la que me volví “robusta y fuerte” con los años fui yo. Sergio Reinaldo siguió igual.  Lo defendí tenazmente de las niñas que  tenían  claras tendencias destructivas. Rosiluz, mi muñeca con nombre de hada, y mi hermosísima muñeca Jesusa-que tenía trenzas naturales, caminaba, movía la cabeza y decía “mamá”- sucumbieron. La pequeñez de Sergio Reinaldo  contribuyó para que no fuera alcanzado por las brujildas y aquí lo tienen, cercano a los sesenta pirulos, tan campante,  como   testimonio  de mi último año de feliz niñez.