sábado, 12 de agosto de 2017

MANIOBRAS DE PEDRITO

Último libro de Mairal  que me compré
Me interesan los relatos  de los escritores que  nos muestran su  cocina y nos dicen, empecé así, empecé asá, no sabía esto o lo otro y pude igual. Sirve para no caer en el más artero de los  pesimismos y decir: “ta, esto no va conmigo, me voy a dedicar a la cocina, a la jardinería, a cuidar niños, a viajar”.
Como buena caída de la cuna que ya se sabe que soy, me asombro todos los días con descubrimientos, que no comento porque algunos son tan bobetas que puedo ser juzgada ídem.
No hay que levantar la polvareda. Mis lecturas por ejemplo, son bastante caóticas. Puedo ir de una novela negra a un libro de cuentos o de ensayos o a una revista de modas ¿Por qué no? Desde que me enteré que Cortázar leía novelitas rosa le perdí bastante el miedo al ridículo. Al lado de mi cama hay un par de canastos con diversidad de material y de ahí espigo según la hora  y el ánimo. A los libros de Pedro Mairal llegué medio de casualidad. Me prestaron “La Uruguaya” y lo leí en una noche. No paré hasta el final. Me gustó tanto que me lo compré y ya tiene un lugar en mi biblioteca.  Dicho sea de paso: está en reformas. Me dediqué con un asesor a revisar el ordenamiento y sacar para donar todo el material de docente. No tiene sentido tener los libros de gramática, de lingüística, de semántica y de tantas otras yerbas parecidas  que me sirvieron para enseñar. Ya hace más de diez años que me jubilé. Un buen carpintero  me había hecho una soberbia estantería del piso al techo, pero como  los libros siguieron llegando no quedó más espacio. Tengo libros en los placares, en canastos, en baúles, y hasta debajo de la cama. Entonces empecé. Con todo el dolor del alma porque varios de los  libros que saqué para donar, los compré en incómodas cuotas mensuales y están marcados por todos lados, pero ya no tiene sentido retenerlos. Que se vayan. Hay otros esperando clasificación, ordenamiento y un lugarcito.
Otro día les sigo con el tema libros. Pero no era ese el camino que quería tomar, en realidad, mi intención era  hablar de las maniobras, múltiples que en el caos de la vida se van dando sin que nos demos cuenta. Por ejemplo, el hecho de haber leído “La uruguaya” me llevó a elegir otros textos de Mairal. Entonces, encontré su blog “El señor de abajo”, y otros que había escrito con sus amigos del taller de escritura. Un almuerzo con sobrinos me llevó a Escaramuza- especie de librería- restaurante-cafetería que a ellos les encanta. De ahí me vine, un día de ñoquis, con otro libro de Mairal. El que me llevó a su cocina. Y la muestra, generosamente, con detalles de escritura: aquí la mesada, aquí el comedor diario, acá los placares, más allá ¿ves? las banquetas y la mesa. Hice esto y esto también.  Otra  noche vi en el programa de Susana Giménez- a quien también miro de vez en cuando-, al llamado “Rey  de la Bachata” Anthony Romeo Santos, que le escribió una oda al pene. Sí así como lo leen. Una oda al pene. Y la canta a dúo nada más y nada menos que con Julio Iglesias. Si una escucha la canción es muy probable que  no note quién es  ese amigo, campeón, paisa, compañero, aliado y confidente, porque bien podría ser uno de esos amigos de fierro que nos acompañan de por vida. Pero, en el programa se aclaró que ese “amigo ardiente” es nada más y nada menos que su pene. Ni Julio Iglesias se había dado cuenta.


 Yo supe  tener un “Pedrito” (no exactamente Mairal) al que nombrábamos así  porque de ninguna manera si las esquelas caían en manos de familiares podían darse cuenta de quién o de qué hablábamos. Siempre en tercera persona: “Pedrito tiene ganas de comer margaritas”.” Pedrito te extraña y espera con ansiedad el viernes para reunirse contigo”.  Hubo también un “Ricardito”, dulce y de chocolate, sin merengue, que escribía, pero no era muy  parlanchín ni nada  bailarín,  una lástima. Pero también tuvo lo suyo. Inolvidables. Una  cosa trae la otra. “El señor de abajo”  es probable que sea un Pedrito o Ricardito. Eficiente y parrandero. Quizás también un buen  “cómplice de sus fracasos”  porque hay  de todo en la viña del Señor.

sábado, 5 de agosto de 2017

EL CARNÉ DE SALUD

Carné para el recuerdo 
En el mundo de las casualidades que no existen, pasan cosas insólitas. En el colegio norteamericano donde trabajé mis últimos veinte años, hubo un joven gerente administrativo muy cuidadoso con los recursos económicos. No había que  gastar más de lo necesario de ninguna manera. Por eso, decidió que el carné de salud que se le exigía a todo el personal fuera práctico y al toque y-por supuesto- bien barato. Entonces le salió al paso, como de medida,  una médica que hacía todo “a domicilio”. Cuando digo todo es todo. Venía a la empresa, y, uno por uno, en fila india, nos revisaba, nos sacaba sangre, nos tomaba la presión, nos hacía un cuestionario, y después con la misma eficiencia, nos tomaba una foto con una polaroid y nos imprimía el lindo carnecito que puse al comienzo. Bien rapidito. Cuando me tocó el interrogatorio  me extrañó un poco su consejo para combatir la hipertensión: “que no me empastillara más”.  Simplemente que  comiera un diente de ajo en ayunas, y tomara  un licuado de limón y perejil dos o tres veces por día.  Como buena caída de la cuna que soy  no objeté nada. Pensé que sería partidaria de la medicina natural. Una médica merece respeto. (Ese respeto que se siente por los que saben lo que nosotros ignoramos. ¿Ta?) Nada para quejarse. No había que perder horas de trabajo, venía con un equipo que colaboraba en todo momento, y los carnés salían como pan caliente.
Pero, había un programa de TV que se llamaba Zona Urbana- que actualmente es Santo y Seña- que se encargaba, y aún lo hace, de sacar caretas.
Esa misma noche, el programa denunció a la doctora que emitía carnés de salud. Tenía título de médica, pero ninguna autorización para hacer los carnés que únicamente se gestionaban en Salud Pública, o en unas pocas instituciones habilitadas. Sus carnés eran truchos.
Más de uno se julepeó. Nos había extraído sangre ¿En qué condiciones estarían las agujas? ¿Qué habría hecho con la sangre extraída?  Y —obviamente— al  gerente le salió el tiro por la culata porque después tuvo que armar listas para mandarnos a los lugares habilitados.
¿Y a mí? A mí me vinieron cinco ataques juntos. Pero de risa.

Hoy encontré el recuerdo con el carnecito. Toda una monada de viveza criolla.