jueves, 22 de mayo de 2014

Louis Prima - Just A Gigolo-I Ain't Got Nobody

Para seguir afirmando mi opinión, aquí tienen una de las canciones del filme:" APRENDIZ DE GIGOLÓ".
Se trata de Louis Prima cantando: "Just a Gigolo"-("Nada más que un Gigoló") precioso y connotativo tema de jazz.






Fading Gigolo - Official Trailer (HD) Sofia Vergara, Sharon Stone


VALE LA PENA VER EL TRAILER(ANTES SE DECÍA SINOPSIS) DE LA PELÍCULA
"CASI UN GIGOLÓ " o "APRENDIZ DE GIGOLÓ", porque muestra importantes momentos del filme. Por ejemplo, cuando Fioravante se resiste a la propuesta de su amigo y le dice: "I am not a beautiful man!"- ¡Yo no soy un hombre hermoso!, Murray le contesta que tampoco lo es Mike Jagger y sin embargo tiene un éxito estupendo con las mujeres. Se destaca también cuando Fioravante, después de su exitoso debut le dice que recibió una generosa propina, y Murray ni corto ni perezoso le comenta:
-"Las camareras juntan sus propinas y luego las dividen"- en un claro convite a que le dé su participación en la misma.
Otro momento destacable se aprecia cuando la viuda ortodoxa, le dice que él le da magia a las solitarias. Lo cual es cierto porque es un gigoló que va más allá de lo meramente sexual y  atiende a las mujeres como seres vulnerables.
Por eso,-en mi opinión- es "el gigoló de Woody"- es decir: una creación al estilo de Woody-  Vean la película y después me cuentan

EL GIGOLÓ DE WOODY

La imponencia de la Dra. Parker subida a sus enormísimos tacones frente al gigoló Fioravante 


Los que me leen ya saben que soy una fan incondicional de Woody Allen. Haga lo que haga, y sea como sea, apenas se estrena alguna peli, salgo más rápido que ligero a verla. En este caso, no se trata de un filme dirigido por él- lo aclaro- sino actuado. El director esta vez  es John Turturro, que  actúa también y encarna al  personaje del “casi gigoló” o “aprendiz de gigoló”- me gusta más este segundo título- y lo hace fantásticamente bien. Sin embargo, lo hace “al modo” de Woody Allen, por eso titulé esta nota: “el gigoló de Woody” porque eso es lo que es. Woody actúa  con total eficacia en el papel de proxeneta y sus diálogos son –como siempre- absurdamente graciosos.  El argumento es sencillo, Murray (Woody Allen)  va a una dermatóloga que le ha preguntado si conoce a alguien con quien hacer un “mènage à trois”, y a él no se le ocurre nada mejor que proponérselo a su amigo. Lógicamente, será por dinero, porque si bien “Fioravante”- nombre de fantasía que esgrimirá el aprendiz de gigoló- no tiene tantos problemas económicos como Murray tampoco nada en la abundancia. Es o  parece ser un “Siete oficios”-como se denominaba a las personas con habilidades para desempeñarse en varias tareas- al parecer plomero y electricista,  pero se destaca en los arreglos de plantas y flores  que dispone hábilmente en forma artística. Ese arte lo usará para satisfacer los caprichos de las mujeres.  La Dra. Parker, la dermatóloga de Murray, es la actriz Sharon Stone, y su amiga Selima,- con la que conformará el trío sexual -es  Sofía Vergara. Dos despampanantes y ricas mujeres maduras, muy bien dispuestas  a tener nuevas experiencias en el plano sexual. Al principio la Dra. Parker tiene un encuentro a solas con Fioravante y es evidente que se desempeña muy bien,  tan bien que recibe una propina de 500 dólares, por lo cual se nota que  cumplió  con creces con las exigencias de su clienta.

Murray-"Dan Bongo" y  "Fioravante, Virgil Howard" cambiando ideas sobre el "negocio"

Otra clienta especial será la  viuda de un rabino, Avigal, (Vanessa Paradís)   una judía  ortodoxa con seis hijos.
También se   nota el “contagio” del estilo de Woody cuando aparece el entorno en donde se llevan a cabo los encuentros: un barrio judío de Brooklyn, Nueva York que hasta tiene protección privada. Obviamente, los judíos se ven por todos lados, en la calle, en los comercios, con sus rulos y sus kipás –el gorrito con el que se cubren parte del cráneo-. La viuda, lleva-a la usanza tradicional- el cabello cubierto con  una  peluca, cuando sale a la calle, o por un turbante cuando está en la casa. También-y de acuerdo con la tradición- no da la mano ni acepta ningún contacto físico con extraños. Sus hijos acostumbrados a dedicarse a los estudios, no juegan al béisbol, (hasta que Murray-también apodado “Dan Bongo” para su papel de proxeneta- los saca un día a practicar con los de su mujer- que para agregar más pimienta  son de raza negra-como lo es ella misma). La diversión, en esta comunidad judía de ficción, aparece excluida, distorsionada o evitada; y el sexo- el más divertido y entretenido de los juegos- también.
Se nota que todas las mujeres que requieren “los servicios” de Fioravante son de  una u otra manera, mujeres solitarias, las ricas que quieren el trío, tienen dinero, pero no entretenimiento. La judía viuda es la que está más sola. Fioravante-“Virgil Horward”- prepara para ella un “consultorio” con una camilla de masajes y por ahí comenzará la relación de tacto. Ella se acuesta de espaldas-se queda con una bata abotonada por atrás, él se la desprende y con delicadeza le hace masajes en la espalda. Tan inconmensurable es la soledad de esta mujer, que las caricias le provocarán llanto,  y Fioravante- el mago de las solitarias-, le acercará-con inusitada suavidad comprensiva, un vaso de agua. La relación que establecen es tiernamente delicada, hay miradas, gestos de complicidad, sonrisas-que nunca se habían visto antes en ella-. (Así lo dice el “tercero” en discordia, personaje que hace el actor Liev Schreiber, enamorado de la viuda desde siempre, que la sigue a todos  lados para ver qué es lo que hace y con quién está.)
John Turturro no es George Clooney, pero tiene lo suyo  ¿No? 

Avigal, después de su “aventura” con Fioravante, volverá a su cárcel de barrotes dorados. No se animará a dar el salto para liberarse ni de las tradiciones, ni de las obligaciones impuestas por una  religión notoriamente machista. ¿Y qué hará Fioravante, enamorado de la viuda? ¡Vayan y vean la película! Así, comprobarán que no es cualquier gigoló: es el gigoló de Woody.
Con todos estos componentes, a los que también podemos agregar el estilo de la música seleccionada, la  película tiene rasgos muy parecidos a los del mejor  Allen. Sin embargo, me parece que John Turturro no es un torpe imitador. Imita sí, eso es cierto, pero estoy segura de que  en cualquier momento se va a “despegar” y nos dará películas absolutamente  memorables. Hay que tener en cuenta el tercer consejo  del Decálogo del Perfecto Cuentista de Horacio Quiroga que dice así:

“Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa,  el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.”

John Turturro tiene talento; “la larga paciencia”, sin lugar a dudas, le aportará  notorios  y merecidos éxitos.





jueves, 15 de mayo de 2014

EL SÚPER, RECONTRA EMBOLE

El vendedor de fósforos Otto Dix 1920
La indiferencia social ante el sufrimiento de un hombre ciego  y lisiado


En la vida cotidiana  que transcurre en este “Montevideo, que lindo te veo” hay diversos tipos de emboles. Pensemos sin ir más lejos en el de manejar por Montevideo en horas pico, esquivando a un montón de mujeres histéricas, hablando por los celulares a troche y moche, tocando bocina porque no llegan en hora vaya a saber dónde, o simplemente porque sí, porque el marido les compró una 4 x 4 y hay que hacerse notar. Las 4 x 4 tienen bocinas estridentes. Tan estridentes,  jodidas y avinagradas como sus dueñas. Hay que hacerlas sonar. Qué embromar. También los tenemos a ellos en la misma actitud impertinente: “aquí vengo yo”, “no me molestes”, “correte botón”  “no me estorbes el paso”, “salí gila”. Gentilezas cada vez más frecuentes, que son  empleadas por un tipo de “ejecutivo  Mc Donald”. Denominación que les doy a todos los que van a desayunar allí con su laptop para garronear el “wifi” correspondiente, al mismo tiempo que hablan por sus celulares de cosas importantísimas, urgentísimas, e interesantísimas. Lo más probable es que no sean así, pero  igual hay  que escucharlas porque el susodicho las pregona con una voz estentórea y con una absoluta necesidad de que lo atiendas, lo escuches, y lo admires.  Aunque sea un gordo petizo y panzón, busca su estrellato con todos los adminículos que carga consigo.  El auto, nuevo, grande, caro, y de buena marca, lógicamente  está incluido. Y ¿cómo no lo vas a mirar? (Al gordo no, al auto.)
 Si vencidos por las circunstancias de la  vida, dejamos el autito en el garaje y emprendemos una salida en ómnibus, nos veremos sometidos  a otros emboles: la radio con cumbias villeras que lleva el chófer a todo trapo,  o, lo que es peor, escucharemos  a    Petinatti con cuantas banalidades quiera  intercambiar con sus oyentes. A ese sufrimiento se sumará, la innumerable serie de vendedores, contorsionistas, cuenteros, malabaristas, músicos, cantantes, payasos, a los que se les llama “artistas callejeros”. Si ponemos las cosas con los valores adecuados, hay que reconocer que esos “artistas”, simplemente son mangueros. Una modalidad que se instaló sin cortapisas.
No pidamos tampoco ningún tipo de solidaridad a una sociedad que se dedica a ignorar el respeto y la cortesía. No pretenda que la dejen subir al ómnibus antes porque tiene una pierna quebrada y usa bastón. Al contrario. Ese mozalbete encelulado, le pateará el bastón, la hará trastabillar y él pasará muy ufano a subir los escalones-cada vez más altos, por Dios- del bondi. Los subirá de dos en dos, y usted quedará tirada en la vereda pateando como una tortuga dada vuelta intentando incorporarse. No insista. Nadie la va a asistir. Mucho menos ese inspector de tránsito que está bromeando con el conductor.
es totalmente indiferente también al sufrimiento ajeno. Tanto que hasta se puede bromear con él.

Otro embole que se ha sumado este año por estas tierras, se relaciona con dos circunstancias: El Mundial de Fútbol, y las Selecciones Nacionales.
A cada momento, no importa cual, los creativos publicitarios que se han destrozado la cabeza escribiendo comerciales para apoyar a tal o cual candidato, lo atormentarán con unas horrorosas publicidades. A cual más espantosa.  Podrá ver a alguno, poniendo cara de buen padre religioso, contestando con suma amabilidad las  preguntas de los peques. ¡Sublime creación! O verá  a otro- sin apellido nomás- pregonando la baja de la edad para poder castigar más y mejor a los “menores infractores”, o  quizás al más pequeño y simpático blanquillo con su hablar campechano. Y no sigo porque realmente después de haberlos visto  tanto, y conocerlos tanto, me  dan ganas no de votarlos sino de botarlos lo más rápidamente posible para que se queden en sus casas tomando mate y no salgan más a postularse para ningún puesto.
Ni que hablar de la publicidad avasallante para el Mundial de Fútbol, porque si usted no tiene el televisor tal o cual no es considerado persona, y si no contrata los servicios de tal o cual canal de cable, tampoco.
Los del principio: los emboles son múltiples y hay para todos los gustos. O disgustos.
A mí, me molesta mucho  que me toquen bocina las boludas que tienen 4 x 4,  o  que me griten con cara de vinagre: “¡vieja de mierda!”-particularidad muy usual por estos lares; (como si ellas se cocieran en el primer hervor)  pero el mayor de los emboles para mí, en este Montevideo cotidiano poblado de energúmenos, es ir al súper. 


Apenas un vistazo al atrabanco del Disco Punta Carretas. 


No hay caso. He intentado buscar denodadamente las mejores horas y no las he encontrado. He ido de mañana temprano. Craso error. En las primeras horas tenemos a los señores reponedores atravesados con sus carros en las ya atestadas góndolas que ya de por sí no dan paso. Para colmo de males, les gusta charlar, por lo tanto, el que repone jabones, se pone al lado de la que repone tampones y mientras dialogan –con sus balbuceos típicos- “pah, dale vo”, “ta salado”,  e inteligentes frases por el estilo, resulta absolutamente imposible pescar un mísero jaboncito para meter en el carro. A esa hora temprana, además, van las personas de la tercera edad. Aunque vayan a comprar nada más que un par de bananas, agarran un carro grande y apoyan  TODO el cuerpo sobre él. No hay pierna que se libre de  un ruedazo dado por estas insuperables y distraídas viejecitas al pedo. Al mediodía es imposible. Porque esos mismos tiernos viejecitos se van a buscar el almuerzo. El carromato de venta  de comidas está estratégicamente colocado para  entorpecer todo el tránsito del súper. Allí, se reciben golpes en las cabezas, en las canillas, en las rodillas, en los codos y en el culo. No se salva nada ni nadie. Si Ud. quiere almuerzo va a tener que luchar como un guerrero tanto o más poderoso que Toro Sentado. Por lo menos. Eso sí, le aseguro que  saldrá con su bandeja de comida convertido en un eficiente Dakota.
"Sitting Bull" . El legendario "Toro Sentado",  cacique guerrero 

Si piensa que a la tardecita le irá mejor, comprobará que no es así. Porque después de la merienda,  van todas las tiernas madres con su bebotes. Al carro de la compra súmele el del bebé ¡que también golpea fieramente por supuesto! Si los ejecutivos Mc Donald son arrogantes, espere a vérselas con una madre con su niño. Le aseguro que le sacará chispas de todos los colores.
A la noche es el desconcierto total. Se repite la escena del mediodía elevada a no sé cuántas potencias, porque se suman “ellos”, los desgraciados que después de trabajar un montón de horas, han sido delegados imperativamente para llevar el pan, la leche, y algo de comer porque no vino María y ella no tuvo tiempo para preparar nada. ¿Entendiste o no entendiste, pelotudo?

¿Por qué no volverán los almacencitos de barrio, donde las vecinas íbamos a comprar “suelto” y –además- teníamos un buen rato de charla con Don Manuel-gallego que nos anotaba en una libreta negra lo que íbamos a pagar  a fin de mes-? 
¿Qué se hizo de las amenas charlas con doña Rosa, Doña Juana, Doña Petrona, con las consabidas “pasadas” de recetas y trucos para sacar las manchas de la ropa?
¿En qué sociedad nos hemos  ido transformando que ya no conocemos a los pocos vecinos de la cuadra? A propósito: ¿Cómo se llamará la   de enfrente?  Ese que saca-todos los días- el  otro auto azul, ¿será el marido o el hijo? Si cruzo y les pido: ¿Me prestarán una tacita de azúcar?
¡Qué lindo sería poder  quedarse un rato  hablando del barrio!


¡Ay! ¡Los peligrosos carritos reponedores! 












miércoles, 7 de mayo de 2014

LITERATURA, CINE Y VIDA: Otro aspecto del desamor: el dilema del aborto. ¿Ha cambiado la condición femenina en este siglo XXI?

Diafragma anticonceptivo en envase "tipo polvera"- como el que se describe en "Crónica del desamor" -
En “Crónica del desamor” de Rosa Montero, hay muchos temas que se entrecruzan con diferentes hilos argumentales.
Uno de ellos se relaciona con la traumática experiencia del aborto. Como ya dije en otra oportunidad, el libro fue publicado en 1979, un tiempo  en el  cual España estaba emergiendo de una  época cautelosa, reglada por el catolicismo más conservador y riguroso. El  aborto estaba prohibidísimo y era considerado-además- un delito mayor.
En la novela aparecen –en una visita de consulta a un ginecólogo-  las horrorosas experiencias por las que pasan las mujeres para buscar y usar  técnicas anticonceptivas, porque todas, más o menos, fallan. Que conste que estas experiencias se relacionan fundamentalmente con las mujeres. El hombre poco y nada se ocupa de estos problemas. Así se ve en la novela, en el cine,  y yo también lo he apreciado en la vida. Es la mujer la que tiene que arreglarse para no tener ese niño, porque el hombre suele “borrarse”. Incluso hay un viejo chiste que dice: “El amor es mágico: a los nueve meses aparece un bebe y desparece el padre.”  Se argumenta  que si son (somos) tan libres como ellos, también debemos asumir las responsabilidades que  conllevan los actos sexuales. Pero no se mencionan jamás las causas por las cuales  los hombres no usan condón,  o no practican “coitus interruptus”.  Elena, una de las amigas, usa un antiguo método anticonceptivo que se llama “diafragma”. (Acá también se llama así).


 El motivo mayor para la consulta era obtener la opinión del especialista que, -supuestamente- tendría que ser un experto en la materia. La que quiere ver si lo puede usar es Candela-la hermana de Elena- que ya ha sufrido un aborto en Londres, después del fracaso de un DIU, y que-además- sufrió una operación que la dejó “con la tripa rajada” porque un  “especialista”, le puso inmediatamente otro estirelet que le produjo una peritonitis aguda por la infección que le provocó ese segundo aparato colocado inmediatamente después del aborto:

"-Y menos mal que aún estoy con vida.
Tuvo Candela mucho tiempo para reflexionar, allá en el hospital. Pensó en la liberación de la mujer, o mejor dicho, en esa supuesta liberación que a ojos de muchos hombres sólo se concretaba en lo sexual, en tener hembras dispuestas en olvidar el odiado condón, el coito interrumpido. Los hombres que inventaron la píldora la ofrecieron como clave mágica de la revolución de la mujer, como si eso fuera suficiente. Y así, también en España, en el prolífico franquismo, los médicos modernos recetaron píldoras con indiscriminado afán: es igual la marca, no importa el descanso o la frecuencia, porque la píldora es el invento liberador. Liberador de quién, piensa Candela. Después “se descubrió” el DIU, llegó la fiebre del cobre. Los ginecólogos lo alaban, es un método limpio, inodoro, insípido, tan ajeno al hombre como  la propia píldora. Y además, es tan cómodo, los mismos médicos que te lo recomiendan pueden insertarlo, son 10.000 pesetas la colocación (hay que reconocer que es un anticonceptivo que resulta muy rentable)."

Yo no sé si las jóvenes actuales saben lo que es un DIU- Significa “dispositivo intrauterino”-. Supongo que aún existe. Era un aparatejo que se colocaba en el útero femenino-observen que siempre es la mujer la que se somete a usar diferentes utensilios  para no quedar embarazada- y que producía muchos “efectos secundarios”. Entre ellos, que fallaba una vez sí y otra también, y que si no se conseguía “frenar” el “efecto” al poco tiempo daba pasitos.  Por otra parte, como  en  el caso de Candela, también se producían infecciones que en más de un caso conducían a la muerte, o al menos dejaban  a la mujer “con la tripa rajada”- que es el caso de Candela- por la operación que había que realizar para salvarle la vida-.


Cuando era muy joven usé un DIU. Al poco tiempo tuve que ir al hospital Pereira Rosell-donde lo colocaban- a sacármelo, porque me producía unas hemorragias brutales. El médico que me lo había colocado me decía que me iba a acostumbrar, pero no fue así. No sólo no me acostumbré sino que me agarré una anemia galopante que casi me conduce al hoyo. Era muy joven. Demasiado. Es cierto. Pero no quería quedar embarazada y cargar con un hijo no deseado, porque no tenía ninguna  ni siquiera remota certeza de querer casarme ni enfrentar una vida de obligaciones contraídas involuntariamente. Siempre tuve la convicción de que  un hijo debe ser una obligación  voluntaria, no un mero  fruto del azar.
El ginecólogo de la novela de Rosa,  resulta ser un macho troglodita, y en desacuerdo con algo que no conoce, -evidentemente nunca vio un diafragma anticonceptivo-  responde con ironía y sorna:

…¿Y cómo te lo pones? ¿Cortas al tipo y le dices que se espere?

Por cierto que cuando Elena  saca “el diafragma”  de su cartera- para que lo vea, se nota a la legua que no tiene ni idea de lo que es.


La píldora, el DIU, son problemas de mujer. Es ella quien las toma, quien lo sufre. El diafragma, sin embargo, es algo más cercano a la pareja: ¿ha de interrumpir el varón sus acaloramientos previos para que ella pueda colocarse el disco de caucho¿ Que (sic) horror. Son tan cómodas las píldoras o el DIU, esos métodos que el hombre no padece…

También está detallada la experiencia de Teresa Zarza, la hermana de Juan, (el  padre del Curro), que  abortó por medio de una caña de bambú- método primitivo y peligrosísimo-. Efectivamente, aborta, pero la visión del feto “esa masa sangrienta y sin formas” en el retrete, es  espantosamente inolvidable. Además, Ana tuvo que acompañarla al hospital porque a la noche le vinieron unos  dolores insoportables.  Allí  deben enfrentar-ambas- las humillaciones de un médico que no las denuncia, pero que les advierte severamente que para una próxima vez las mandará a la cárcel.
Es indudable que Rosa Montero, supo de casos así, y que se documentó para – a través de la ficción- llevarlos a su novela y provocar en el lector una corriente de doloroso rechazo.
A mí me pasó con la novela, con la vida real, -que no tiene nada que envidiarle a la ficción-  y con una película rumana que vi hace poco: “4 meses, 3 semanas, 2 días”.
 Es del año 2007 y ganó la Palma de Oro. El argumento- ambientado en los ochenta del siglo pasado-,  presenta a dos jóvenes estudiantes que comparten el dormitorio. Una de ellas, Gabita, que está embarazada, quiere  abortar lo antes posible porque ya está de “cuatro meses, tres semanas y dos días”- como el título de la película-. No sabemos nada del que la dejó en ese estado. Como espectadores sólo observamos la angustia de la joven ante una situación que tiene que resolver sí o sí. Por un lado, hay que conseguir el dinero; por otro,  hay que contactar a alguien que lo lleve a cabo. Su compañera de cuarto, Otilia, será la que lleve adelante la mayor parte de toda la situación de clandestinidad. La película es lenta, exige una observación atenta, porque el ambiente se gesta en los detalles: allá sale Otilia a la “caza” de unos cigarros en el mercado negro. El ambiente de la Residencia estudiantil es hostil, opresivo, tenebroso, así como lo es  también la ciudad. A través de una amiga, Gabita ha contactado a un tal Sr. Bebe- que supongo que en rumano tiene el mismo sentido que en español,  por lo cual este apelativo sería connotativo de la situación-. Ese tal “Bebe” es el abortero. ¿Pero ha tratado Gabita con él personalmente? No. Únicamente lo hizo por teléfono y quedó de reunirse con él en un determinado hotel. Es Otilia la que va a hacer la reserva de habitación en ese hotel, donde-lamentablemente- no hay ninguna disponible. Así es que los espectadores ven otra vez a Otilia tratando de conseguir habitación en otro hotel, y se tiene que encargar-además- de hablar con “Bebe”, porque Gabita no se atreve. Nuevas y reiteradas humillaciones. Él había quedado de ver a Gabita, no a una emisaria. Finalmente, las escenas más escabrosas, se dan en el hotel-que no es el que él quería sino otro- Vemos como ambas jóvenes son chantajeadas, por el tal Bebe-que de bebe no tiene nada- quien para practicarle un aborto tan avanzado pone sus exigencias: ambas tienen que someterse a él sexualmente. Las escenas de gran violencia verbal y visual ponen de manifiesto el horror de caer en esas circunstancias y no tener apoyo de ningún tipo. Ambas, la que está embarazada y la que no, tienen que complacerlo. Si  ellas son “buenas” con él, él también será “bueno”. De lo contrario,  se irá. Es patética la escena en la cual Gabita le ruega que no se vaya y que haga lo que tenga que hacer, impresiona también cuando Otilia toma la iniciativa y se empieza a desvestir.
Después le coloca la sonda a la embarazada y le da instrucciones. Le advierte sobre todo lo que NO puede hacer. Gabita NO se puede mover hasta abortar, NO puede salir de la habitación y después cuando la sonda haga lo suyo,  NO puede tirar al feto por el desagüe porque lo tapará y los del hotel le harán un escándalo. Nos podemos preguntar: ¿Por qué es Otilia tan solidaria con su compañera de cuarto que hasta se deja coger por este energúmeno? Promediado el filme, vemos a Otilia con su novio. Un joven al cual  Otilia también satisface desde el punto de vista  sexual y que exhibe constantemente un afán de toquetearla y besuquearla. Se da cuenta de que su novia está molesta  y que  no le corresponde a sus arrebatos por eso   le pregunta qué le pasa, pero no parece importarle demasiado. Así nos damos cuenta de que la solidaridad de Otilia tiene raíces en sus propios temores. Este joven no se “ha cuidado” para nada, y ella, también podría “caer” en el mismo pozo negro de  Gabita y ser- también- una víctima más.
Mientras se consuma el trabajo de la sonda en el útero de Gabita, Otilia hace su  primera visita a la casa del novio,  a la que ha ido por el cumpleaños de la madre, pero  durante todo el festejo está pensando en Gabita. Intenta llamarla más de una vez sin éxito, el teléfono suena pero Gabita no contesta. Entonces decide regresar al hotel-que también es siniestro-. Nuevamente volvemos al panorama de la tenebrosa ciudad. Cuando regresa a la habitación, el aborto ya se produjo. Es Otilia la que sale otra vez por la lúgubre ciudad a deshacerse del feto sanguinolento. Impresiona la visión, pero más que nada la cara de ella cuando envuelve los restos, los mete en el bolso y sale. Se deshace de ellos en un conducto de basura de un edificio devastado en una ciudad oscura y opresiva. Al regreso, en el restaurante del hotel,  Gabita le pregunta qué era  y si lo enterró. Otilia le contesta que es algo de lo que no  tienen que hablar nunca más y con una  mirada a la cámara cierra la película.
He visto más de un caso así en la vida real. En la ciudad de Progreso-departamento de Canelones, Uruguay-  había un médico abortero que era famoso porque era un gran hijo de puta. No sólo cobraba una barbaridad- sobre todo a las que sabía que eran menores de edad- sino que hacía lo mismo que el Bebe. Las sometía sexualmente antes de hacerlas abortar. Es decir que cobraba por partida doble. En dinero y en “especias”. Y no era el único.
Lo cierto es que-y aquí concluyo mis reflexiones- en pleno siglo XXI este problema y otros siguen existiendo  y son  enormes motivos de consternación.  Basta mirar las últimas noticias donde vemos niñas de ocho años que mueren desangradas por la brutalidad del sometimiento sexual a un hombre mayor en su noche de bodas, o los raptos de las niñas de los colegios-para evitar que se eduquen-. No estamos en la Edad Media. Estamos en el Siglo XXI. O creemos estar en el siglo XXI, pero aún subsisten culturas que están en otra época, que mutilan sexualmente a las mujeres,  y que no tienen ningún tipo de consideración por la condición femenina. De eso, no quedan dudas. Las mujeres se dan, se venden, se matan, se mutilan,  y no importan para nada.   Yo no creí nunca que ninguna  mujer  quisiera abortar porque sí. A ninguna le divierte la idea de deshacerse de un hijo, aunque sea producto de una violación. Todo aborto es una decisión dolorosísima a la cual se llega únicamente por necesidad. Sea o no sea legal la práctica, el aborto se sigue practicando a diestra y siniestra,  y en muchos casos en condiciones deplorables. El pensamiento se cierra ante la brutalidad,  lo que sí sé es que el tema no se agotó, que la mujer sigue padeciendo todo tipo de abusos   y no parece tampoco  divisarse ninguna  solución humanamente efectiva que ponga a las mujeres-todas, de todas las razas, de todos los credos-, en un merecido y digno lugar.