jueves, 30 de julio de 2015

DE BOLEROS Y NOVELAS

Con título de bolero

La semana pasada un amigote me regaló una novela. Se trata del Premio Alfaguara de novela 2015, de la autora chilena Carla Guelfenbein. Se llama “Contigo en la distancia”- una  de las novelas con título de bolero-. Cuando me dio el libro me dijo: “como vos sos bastante romanticona a lo  mejor te gusta; a mí realmente me pudrió. Decime qué te parece”. No es la primera vez que alguien me da un libro para que brinde mi parecer,- pero esta vez me comprometió con eso de “romanticona”. Nunca leí nada de esta autora que ya escribió-según lo contratapa del libro cuatro libros anteriores- “El revés del alma”, “La mujer de mi vida”, “El resto es silencio” y “Nadar desnudas”. Me llamó la atención que sus estudios son de biología- estudió en la Universidad de Essex, en Inglaterra, y se especializó en genética de población-. También estudió Diseño, trabajó en una agencia de publicidad, y fue directora de arte y editora de la revista Elle. Y, por si fuera poco: escribe.  Una mezcolanza variopinta que me hizo pensar enseguida en una personalidad moderna, inteligente,  multifuncional y, además, flaca. De esas a las que les sale todo odiosamente bien.  Antes de empezar la lectura de la novela, busqué algo de información. En una entrevista comentó:

Yo soy acusada de escribir una literatura sentimental, así como me dicen que soy una escritora para mujeres. No pretendo defenderme, porque no soy la persona indicada para hacerlo. Mi convicción es que los sentimientos son parte intrínseca del ser humano, y que los grandes eventos de la historia, pero también los pequeños momentos de la vida, se mueven por una mezcla, no sé si equitativa, entre la mente y el corazón. Por lo tanto, los sentimientos no son un patrimonio de las mujeres.”

Con unos pocos datos más, por ejemplo, que es de familia judía,  me puse a leer la novela el fin de semana, con la idea de que me iba a encontrar con otra Corín Tellado- lo cual no me iba a disgustar; sobre todo desde que  supe que al gran  Julio Cortázar le gustaban las novelitas-rosa-, y además porque leí toneladas en mi  adolescencia. Sin embargo, a las pocas páginas me di cuenta de que esta novela era diferente. Tiene eso sí,  lugares comunes, por ejemplo: mujeres  delgadas-aunque sean viejas no han variado de peso- además, se mantienen ágiles, y dejan hasta a los más jóvenes por el camino- Usan el cabello largo con cola de caballo que anudan y desanudan con coquetería. Es evidente que el pelo largo-lacio-  forma parte de su atractivo erótico-(el que yo nunca pude ni  remotamente experimentar con mis crespos porque cuando usé el pelo largo, mi cola de caballo era más bien un plumero). El pelo largo que se suelta y se recoge,  no lo aprecié únicamente en esta novela, sino en otras -ya que la acusan de escribir “literatura para mujeres”,  aclaremos que también encontré esos chiches en novelas escritas por hombres-.) La novela está escrita con alguna complejidad que se va desentrañando a medida que se lee: separada en tiempo y espacio, por los mismos personajes que son a su vez los narradores.

Si no estuviera bien escrita, me habría aburrido, pero está armada con precisión y en  la evolución se nota que Carla Guelfenbein no es  una Corín Tellado cualquiera, porque en las novelitas-rosa de la susodicha, no recuerdo ninguna escena femenina masturbatoria  como la que se describe con pelos y señales  en esta.

No es –tampoco- la primera novela que recibe el nombre de un bolero famoso.  Yo ya leí “Arráncame la vida”, de Marcela Serrano. Y tengo pendientes  las de una escritora madrileña Silvia Grijalba, que, –inspirada en una abuela- escribió  “Tú me acostumbraste” y otra-también con título de bolero: “Contigo aprendí”.

“Contigo en la distancia” había nacido con otro título. Es probable que este otro del  conocidísimo bolero del cubano César Portillo de La Luz, sea más atractivo. El bolero aparece en la novela, como telón de fondo de Horacio Infante y Vera Sigall, -tan jóvenes y apasionados el uno por el otro, que  hasta lo bailan- pero en realidad, la trama nos lleva por otros vericuetos: Vera es  una misteriosa escritora ya “adulta mayor” que vive sola, se cae –o la caen- por las escaleras de su casa, Horacio es el escritor al cual estuvo unida apasionadamente en tiempos pretéritos, y las obras literarias de ambos  se “entrelazan” magistralmente.  Yo ya comenté en mi blog, en el texto que llamé “La escritora fantasma”- el caso-real- de una mujer, María de la O. Lejárraga, que escribió las obras de su marido Gregorio Martínez Sierra. Es decir, que era él el que figuraba como el escritor- pero,  la que escribía  era ella. 

Vera Sigall, no es exactamente una escritora fantasma, pero modificó  los poemas de Horacio Infante que logró triunfar a partir de esos poemas llamémosle: “intervenidos” o “entrelazados” con astucia por ella. Horacio no solo no le agradece lo que hace sino que se  enfurece y se separa de ella  para siempre. En la trama de la novela esa es la vuelta más sutil: ya que la  “intervención” de Vera cuya finalidad fue el juego y la mejora,  pudo desatar la ira y separar a dos seres que podrían haber compartido un rico tramo de sus existencias. (El marido de Vera muere, el hijo-que es un nexo entre los amantes- también- Quizás por esas muertes, podríamos pensar en Corín Tellado o en Abel Santa Cruz, ya que  la forma más efectiva de sacar  del medio a un personaje  es dejándolo inválido o mejor aún: matándolo. Este argumento  tiene más volteretas con más personajes, con hijos no biológicos y demás- que les dejo para cuando ustedes la lean, no esperen que les cuente más del argumento de ninguna manera-
En fin.  No me pareció  tan corintelladesca. Se deja leer. Al  fin  y al cabo, es cierto. Me gustan los boleros porque forman parte de los sueños inconfesados.

Fritz Perls- el creador de Gestalt- alguna vez aseguró que:

“Los sueños son cartas existenciales para abrir y aprender a leer”

Y yo creo que sí. Los míos podrían transformarse en una novela que podría llevar el título de otro bolero famoso- de los que más  me gustan- :“Voy a apagar la luz”. Les aseguro que ideas no me faltan. 

Les dejo la versión de "Voy a apagar la luz" de  Simone. 
Espero que les guste. A mí, mucho.













domingo, 19 de julio de 2015

A M I S T A D E S

Mis tiernos Tatitos

En este mundo moderno se han inventado días para todo: día del amigo, día del abuelo, día del padre, día de la madre, día de la secretaria. En fin. Un día para cada cosa y para cada persona. Por supuesto que tienen fines absolutamente comerciales: así lo indican las propagandas de todo tipo que circulan alrededor de cada fecha.

Mañana  -20 de julio- es EL DÍA DEL AMIGO.

 Mi  facebook ya comenzó a inundarse con distintos mensajes. Los hay de todo tipo. Desde los más cursis hasta los más graciosos. Yo agradezco los saludos,   aunque me gustaría que esas demostraciones de afecto fueran personalizadas. Es decir, que los abrazos y besos virtuales fueran de carne y hueso. Con crujidos incluidos- por la edad o por la efusividad- todo vale.
Mis amistades no son muchas. A través de los años, se ha hecho- sin que yo lo haya  planificado-, una criba natural. Me van quedando los buenos de verdad. Esos que ya fueron probados en las buenas y en las malas- sobre todo en estas últimas- Lamentablemente, a medida que van pasando los años, se me van yendo cada vez más rápidamente de este mundo. Otro motivo por el cual me van quedando cada vez menos.
Hace unos días una amiga- de esas incorruptibles- me preguntaba si alguna vez alguien me había hecho tanto daño como para dejarlo de tratar para siempre. Y sí.  Recordé –generalmente tengo buena memoria- tres casos de hace muchísimos años: dos mujeres, y un hombre.
Con las mujeres: hubo  desacuerdos serios en las maneras de pensar y tomar decisiones, además de  manifiestos celos profesionales. En vista de esos desacuerdos-insalvables- ellas dejaron de hablarme y armaron una campaña de maledicencia contra mi persona que me llevó a tener discrepancias con otros.  Las dos se arrepintieron. Acepté las disculpas, las veo de vez en cuando, nos saludamos, charlamos, pero no volvieron a ser aquellas “amigas del alma” que alguna vez creí que eran. En la amistad, se quebró una delicadísima y frágil pieza que no se puede reponer jamás: la confianza. En el caso del hombre,-que fue bastante más que un amigo-  fue allá lejos y hace tiempo: en los albores de mi adolescencia. Creí ser querida, apreciada, valorada, pero no fue así. De la misma manera, después de más de cincuenta años, en las vueltas de la vida, las redes sociales nos pusieron nuevamente en contacto. Él me buscó y se encontró con mi blog. Ahí quedaron sus comentarios. Volví a hablar con él, sé de sus andanzas, de su vida, de sus avatares, pero no accedí a verlo, ni tengo interés tampoco. No le guardo rencor a nadie, pero no puedo volver  restablecer un lazo que se cortó abrupta y violentamente. A mi edad, acepto las amistades que me valoran en mi  justa medida.  Salgo únicamente  con seres libres- y que sepan comprender mis rarezas-. Lo dice Rosa Montero y yo lo apruebo: “tener una pareja significa tener a alguien con quien compartir tus rarezas.”

Por eso, a las amistades que me quedan les digo- junto con Fito Paez-:

"Ya ves el tiempo pasó, la vida se nos vino encima. Tratame bien."

Me lo merezco. Y vos sabés que sí. Gracias.

Pinchá  si querés escuchar el tema. 




Fito Paez -imagen tomada de Internet- 






lunes, 13 de julio de 2015

T A N G U E C E S

Otra joyita para disfrutar: "Los Tangos del Cuque"

Conseguí, finalmente, uno de los pocos libros  de Jorge Cuque Sclavo, que me faltaba: Los tangos del Cuque. Aquejada por una rebelde bronquitis, obligada a estar en cama,  “guardada en el sobre”, -ya que voy a desempolvar vocabulario tanguero, lo empiezo a usar- Dediqué casi todo un fin de semana a leerlo, posponiendo la lectura de  otros interesantes libros. Excepcionalmente leo más de uno  a la vez,  porque me gusta concentrarme. 
A juzgar por la/s “Dedicatoria/s” que tiene, es evidente que su selección abarca muchos años de dedicación al género. La primera es para Carlos Gardel. Y no deja dudas de que cantó  tangos de  los buenos y de  los otros:
“Al señor Carlos Gardel, por todos los tangos que cantó y por todos los que no debió cantar e igualmente cantó (y lo bien que hizo).”
Este 24 de junio de 2015  se cumplieron ochenta años de la muerte de Carlos Gardel. Y yo, empecé a  pensar para escribir esta entrega. Los capítulos, cada uno con un título provocador- como todos los que ponía el Cuque- están  ilustrados con grabados de los Archivos de Librería Linardi &Risso y de Editorial Monte Sexto.

DIMINUTANGOS

No es un libro de “preferencias”-como se podría pensar por el título-, sino más bien, de  crítica a las letras de tango que le parecieron cursis o decididamente fuera de lugar. Así, cuando se refiere –por ejemplo- a los “diminutangos” (O, los peligros de la condición diminutiva en el tango”) comenta  dos tangos con tendencia liliputiense desde el título:
“Caminito del Taller” y “La cartita”.
Voy a tomar únicamente   la letra de “Caminito del taller”,  pero antes, voy a transcribir lo que señaló certeramente Cuque Sclavo sobre sus dos  ejemplos de diminutangos:

“Nos ocupan dos tangos que tienen una cosa en común: el diminutivo.
Uno es Caminito del taller, y es del excelente Cátulo Castillo; el otro es La Cartita, De Coria Peñaloza. Ese afán de diminutear, es un viejo ardid de los letristas de tango, como para que uno entre incauto en su tango, diciéndose, abrámosle la puerta a la ternura ¿qué de malo puede suceder en un caminito? ¿Qué cosa terrible puede haber en una cartita? Nos imaginamos un caminito, quizás polvoriento, pero rodeado de flores, quizás al atardecer, un poco melancólico, pero con canto de pájaros. Ella y él de la  mano, quizás jóvenes e inocentes. Cuando el letrista titula: Cartita uno se imagina una carta sincera, pura, quizás tonta por inocente, escrita hasta con faltas de ortografía, o quizás copiada de aquellos manuales que existían antes, con fórmulas para nacimientos, decesos, declaraciones de amor, pedido de empleo, etc. Sin embargo, una vez que mordimos ese anzuelo, comprobamos luego, con dolor-como siempre- que hay dos mundos. Uno: el de la realidad tal cual la vivimos todos los días. El otro: el mundo de los letristas de tango. Ese tremendo, complicado, angustioso, tortuoso mundo donde las palabras no entienden lo que pasa, como dice en un hermoso poema Salvador Puig.

El Cuque informa bien. Los diminutivos predisponen a la ternura.
Caminito, no es el único que aparece en esta letra. También están cuerpecito, pasitos, vestidito, personita, costurerita. Todos referidos  a la modistilla en cuestión, que, para colmo de males, y según el argumento, va a trabajar,  pero tiene tuberculosis. Una enfermedad que no tenía cura.  El tango, tiene, además de los diminutivos,  otros “lugares comunes”. Por ejemplo se destacan algunas palabras que únicamente aparecieron en los tangos. Yo, por lo menos, no las recuerdo fuera de ese ambiente.  Ahora agrego mis propios divagues  sobre lo que pude conocer  como sobrina (postiza) de músicos que tocaban el bandoneón, allá por las primeras décadas del siglo XX. Como ustedes recordarán-porque ya lo he contado- tuve como madrina a una partera que era una de las hermanas de los músicos Roque y Miguel Pietrafesa. De ahí me vino cierto conocimiento de la jerga tanguera que no es otra que la que se mentaba en las letras de los tangos. Este conocimiento se ampliaba cuando iba a pasar las vacaciones a la casa de mi tía, porque de tardecita, me dejaba sentar en el escalón delantero  de su casa, con una buena cantidad de medias para zurcir- tenía que estar ocupada sí o sí-. Yo aprovechaba para hacer ojito con un vecino,- Julián-, que llegaba de trabajar en su bicicleta, subía con ella a la vereda, y nos comíamos con las miradas. Nunca cruzamos más que un hola muy ardiente- yo no tenía más de diez años, (sí, fui bastante precoz) - él quizás más de veinte- Era parecido-o yo lo veía parecido- a Elvis Presley. Ahí me quedaba, estremecida después que pasaba, en la nada romántica tarea de  zurcir medias, y de paso, escuchaba los tangos que pasaba el Club Dublín- que quedaba enfrente en la calle Chacabuco-. Me los aprendí todos. “Julián” también. Lo puedo cantar hasta ahora, pero nunca tuve oportunidad de entonárselo al homónimo.
El vocabulario  subsiste en las letras, pero si no se reaviva,  está destinado a desaparecer. No creo que los nuevos letristas lo empleen, porque además de que perdió vigencia, “la piqueta fatal del progreso”, -como bien señala una famosa letra de tango- avanzó y picó tanto que apenas quedan vagas ideas. Hace unos días cené con veinteañeros. En más de una ocasión, en la charla- y no era ni de música ni de tango- tuve que darles significados de palabras que yo empleaba y ellos desconocían. Una fue “arrabal”. Ni más ni menos.  Cuque, aquí voy. Un poco contigo- no creo que te enoje el tuteo de una vieja admiradora tuya- y un poco conmigo. Con tus tangueces y las mías.

FANGO

Palabra tanguera. La usual es “barro”, pero nadie la usó para ninguna letra. “Fango” fue-probablemente-  elegida para que rimara con “tango”. Connota muy habitualmente  a la jovencita que –ingenua- “rodó por el fango”-  Desafío a que la encuentren en otro lugar que no sea en una letra tanguera. Hay-inclusive- un tango que se llama “Flor de fango”- y que comienza así:
Mina que te manyo de hace rato,
perdoname si te bato
de que yo te vi nacer...
Tu cuna fue un conventillo
alumbrado a querosén.
Justo a los catorce abriles
te entregastes a las farras,
las delicias del gotán....
Te gustaban las alhajas,
los vestidos a la moda
y las farras de champán.

 No  necesita que siga aclarando a qué  se refiere- ¿no?

PERCAL

Era- y sigue siendo-  una tela barata- que  fue muchas veces nombrada en las letras para connotar la  “tela de las  pobres”. La mina, o percanta, que había “olvidado” su vestidito de percal, por las sedas y las pieles de zorro, se convertía en una “pelandruna abacanada”- en las letras y en la vida real- Como era  una telita de poca monta, se solía ponerle almidón para darle más prestancia. De ahí que se oyeran los frufruces- (voz onomatopéyica que reproduce los crujidos de la tela almidonada.) (Sí. ¡Por supuesto!  Hay un tango con ese nombre; "Percal" ….)  

TALLER

El empleo posible  de las “pelandrunas” (mujercitas pobres) -mal pagado, por supuesto,  era el taller de costura. Por esa razón, la costurerita del tango-ya me contagié con el uso de los diminutivos-  desgraciada, desafiaba el frío, con su “vestidito de percal” cobijándose “contra la pared” para huir del vendaval invernal. Lo más seguro era que la “costurerita diera el mal paso” y, cayera en las garras de algún “gabión”  que solía explotarla sin miramientos. Pero esta pobre, no podía llegar a ser explotada, porque estaba enferma. Otra palabra para designar al trabajo era  “conchabo” -  una posibilidad de pobreza que no daba para vivir holgadamente pero que había que aceptar porque era lo único que se conseguía-. Hubo varias mujeres en mi familia que fueron “costureritas” o “midinettes” (palabra que también aparece en la letra) hasta que lograron salir de la Misiadura con su dedicación y sus estudios: mi madre y mi tía fueron dos ejemplos claros. Nunca dejaron del todo de coser. Mi tía me hizo varios vestidos para ir a los bailes y supo transformarme varios con su creatividad para que siguieran dando que hablar en las fiestas y reuniones. Siempre parecían nuevos. Fue una fortuna muy grande tenerla en esos tiempos. Yo no heredé ninguna condición para la costura ni para el zurcido, ni para el bordado o tejido. Hacía todo lo que me mandaban, pero lo hacía mal. Mi pobre tío que era un santo varón, igual se ponía las medias que yo zurcía, únicamente porque me quería mucho. Felizmente, otras virtudes me impidieron ser una  pelandruna abacanada.

Transcribo el hermoso poema que nombra el Cuque de Salvador Bécquer Puig. 
Al final, van los enlaces para escuchar dos tangos: Caminito del taller en la voz de  Carlos Gardel, y Julián en la voz de Nina Miranda. 



POETA URUGUAYO SALVADOR  BÉCQUER PUIG
9  de enero de 1939 – 3 de marzo de 2009
Al Comandante Ernesto Che Guevara


Las palabras no entienden lo que pasa:
Las vocingleras, las oscuras, las dóciles,
las que llaman las cosas por su nombre,
las que inventan el nombre de las cosas;
las palabras que dije o me dijeron,
las que aprendí en los libros,
las que escribo,
las que pensé mirando una ventana,
las que acercándose al silencio, gritan;
las que al tocar el fuego, se desfogan,
las que truecan los trinos y los truenos,
las que sirven la mesa de mi casa,
las de la nítida caligrafía que cae por las paredes de la escuela,
las que dicen a dúo el pez y el pájaro;
las palabras que tuve o que no tuve
para llamar al mundo y que viniera,
las que tienden un hilo minucioso
que va de los balcones a las bocas,
y de las bocas a la historia, y pasan,
las que pasan la noche entre papeles,
o suben la escalera del insomne,
y se introducen en su sueño a ciegas;
las que ordenan el ruido en los rincones,
las que barren el vómito de rabia,
las que saltan del fémur a la luna,
las que cortan la sombra calcinante,
las que labran un nombre en una piedra
para mejor perpetuar el olvido,
las que bajan al árbol por el aire
y se trepan al cielo por el tronco,
las que mastican un cangrejo lento,
las que anuncian el fin de la Cuaresma,
las que le quitan sueño al asesino
y lo dejan dormir y le montan guardia,
las que no sangran, aunque se las hiera,
las que no mueren, aunque se las mate;
las que roban futuro en un embudo,
las que administran mitos y virtudes,
las que mantienen trato con el viento,
las que advierten el agua incinerada,
las que abren los labios de la tierra
buscando el astrolabio de tu grito,
las que te dicen, sin creer que oyes:
–Vuelve a pelear Ramón, aunque te mueras...
Las palabras no entienden lo que pasa.
(1968)



Pinche en las fotos  para escuchar los tangos: 


Caminito al taller cantado por Carlos Gardel



Julián Cantado por Nina Miranda










viernes, 10 de julio de 2015

APUNTES SOBRE "EL DESFILE SALVAJE"

Tapa de la novela "El desfile salvaje" 

Contratapa de la novela "El desfile salvaje" 
“El Desfile salvaje”,  novela del escritor uruguayo  Hugo Burel, según se expresa en su contratapa,  es  una historia del mejor cuño de la novela negra, un   inquietante thriller psicológico.
Confieso que no le di mucha  importancia  a esta definición, porque no es el tipo de novelas que más me atrae.  Sin embargo, he seguido la trayectoria narrativa de Burel con sumo  interés desde sus primeros años y  he leído bastante de lo que publicó. Por lo tanto, si bien no soy una experta en novela negra,  soy en cambio, una lectora pertinaz. Por eso, creo que puedo atreverme con algunas aseveraciones, pero con sumo cuidado para  no presentar  ninguna de las características  que marcó  la profesora Mercedes  Ramírez en su “Sintomatología de un profesor asustado”   Por ejemplo, la que  dice que ese sujeto julepeado:

“Usa la jerga teórica del último libro que leyó”.

Trataré, entonces, por lo menos,  de no incurrir en ese error.

Las novelas burelianas,  no son para leerlas en forma paulatina. Atrapan desde el principio y más vale tener tiempo para leerlas de un tirón.
Lo primero que llama la atención cuando se observa  El desfile salvaje, sin intención aún de leerlo, es la tapa.  Hay  una imagen que me  resulta conocida y  que me  parece haber visto alguna vez: ¿dónde? Después viene el  enigmático título: “El desfile salvaje”, ¿Leí antes esa frase?
 Apenas, abro el libro veo en la solapa,  una foto de Hugo Burel, tomada por Amílcar Persichetti.  También me llama la atención. Ya no es -obviamente- el joven compañero del Instituto de Filosofía Ciencias y Letras, de la época en que cursábamos  la Licenciatura.  En esta foto, tiene  el cabello blanco y corto, no usa barba,  el gesto es  serio,  y uno de los ojos, el izquierdo,   está casi anulado por la penumbra. Como   un fotógrafo profesional no puede  cometer errores como los míos,  cuando las fotos me quedan oscuras o semi-veladas, pienso que debe haber algún motivo para este sombreado.  Miro el año de nacimiento y saco cálculos.
Después leo  los epígrafes.
La lectura del primero me devela el misterio de la tapa y del título. Ahora ya sé de quién es la imagen que me resultó conocida,   y la del segundo me ubica en lo  del “inquietante thriller psicológico”.

No voy  a “cuadricular el texto, o a compartimentarlo en “momentos”,- según otro síntoma del docente medroso-, pero no puedo dejar de señalar que las posibilidades de estudio que ofrece  esta obra son múltiples. Menciono al pasar,  por ejemplo: el tema del doble con  los parecidos físicos que se dan entre  personas que no están unidas por lazos genéticos, el papel del azar o la casualidad en las vidas, la confusión entre realidad y sueño o ficción, el paso inexorable del tiempo, los engaños de la vida, las trampas que uno se tiende a sí mismo,  las distancias-no siempre físicas- que terminan separando  a los seres humanos; la incomunicación o sensación de vacío, cuando se comprueba –como dice el narrador- que no conocemos a nadie.  Quizás, una de las líneas más importantes sea:
la búsqueda de la redención por medio de la escritura.
 En fin. Son tantas que resulta imposible abarcarlas en su totalidad, por lo cual, señalaré simplemente,   algunas de las que más  me interesaron.

En una ponencia sobre la primera novela de Burel: “Matías no baja”, Alicia Brandou y Myriam Maristán afirman:

“Se dirige a un lector informado ya que son varias y constantes las referencias musicales, literarias, cinematográficas, pictóricas y políticas”.

 Es cierto. Y si eso ya era notorio  en  su  primera novela,  en esta que es  un  producto de su plena  madurez, las referencias al mundo cultural abundan. No son gratuitas, no están puestas porque sí, y marcan- indudablemente-, uno de sus rasgos de estilo.

Por ejemplo, para la descripción del personaje Adriana,  en  su juventud, de quien antes  se adelantó  que  “era una mezcla de intelectual y geisha” se agrega   lo siguiente:

“chica que era una versión vitaminizada de la Jean Seberg de “Sin aliento”.

No creo que los lectores que no sean  cinéfilos y que no tengan cierta edad,  puedan recordar el rostro de inocente apariencia y la nuca de   cabellos cortos de la actriz de esa película de la Nouvelle Vague. Mi memoria asociativa,  vincula  su imagen  junto a la de Jean Paul Belmondo.

Jean Paul Belmondo- inolvidable para mí- y Jean Seberg (Imagen tomada de Internet) 

La  narración en primera persona, asumida por   el personaje Marcelo,  es muy útil para escamotear o dosificar  la información que irá  apareciendo sabiamente manejada, a medida que se avanza en la lectura. El punto de partida es la muerte del integrante de un grupo  que motiva el reencuentro  de sus  amigos de la adolescencia.

Marcelo, el narrador/escritor del thriller bureliano.

Es el encargado de llevar al lector hasta el desenlace del acertijo, y  para eso, señala con  piedritas el camino  como Hansel y Gretel, para volver a casa.
¿Cómo es Marcelo? ¿Tiene similitudes con Philip Marlowe el detective que inmortalizó Raymond Chandler?
 Veamos algunos aspectos:
 Hace   una inteligente introducción sobre sí mismo: se ocupa de “escritos legales” y escribe  para rescatar la historia que, de otra manera, “estaba condenada a perderse”, y también para “intentar desentrañar su sentido oculto”.  Fue aconsejado por el editor para agregar las citas  que “acaso sean meros intelectualismos”. Empiezan a aparecer más piedritas para señalar: no quiere que el lector lo considere un intelectual. Cuando se avanza en la lectura se encuentran otros datos: es- si le queremos creer-: “un abogaducho mediocre”  perezoso, disponible, (divorciado), que escucha jazz,  toma whisky y otras bebidas espirituosas  y hace frecuentes “estudios-incluso seminarios- alcohólicos”, que le provocan resaca y dolor de cabeza.
Tiene un “esforzado Chevette” y trabaja en una “sórdida – mugrosa-vetusta- oficina”. Y tampoco  deja  pasar la oportunidad para calificarse como “sentimental”.  Esta imagen de perdedor, tiene algunas semejanzas con Philip Marlowe: la oficinita pobre, el gusto por el  jazz y el alcohol, las resacas, el uso de la primera persona para narrar  y quizás algunas ironías. Sin  embargo,   Marcelo está concebido desde una visión uruguaya: dice  ser sentimental y se tira a menos, pero,  conduce y dosifica la narración, descifra el enigma e incluso, un anagrama vital en el desenlace. Es sí, como Philip, o más que Philip, un héroe de un tiempo convulso, despiadado,  cínico y descreído. Un importante punto a su favor: pondrá su tenacidad a prueba para descifrar el acertijo, ya que eso le permitirá “zafar de otros asuntos y de ese gran expediente inmovilizado que era su propia vida”. Esta búsqueda  le permitirá “ser otro”. Marlowe tiene otras características: Es  un “private eye” solterito, al menos en las novelas concluidas,  sin amor y sin sexo. Las mujeres le gustan, pero tiene la firme  convicción de que no debe mezclar el amor y el sexo con un caso a descifrar. El mismo Raymond Chandler afirmaba de su personaje:
“I think he might seduce a duchess and I am quite sure he would not spoil a virgin.”   (Pienso que podría seducir a una duquesa, pero estoy casi seguro de que no echaría a perder a una virgen.)
Marcelo, en cambio,  no es un detective privado sino un abogado. No sé si podría seducir a una duquesa pero me parece que no rechazaría  a una virgencita si  se le diera la ocasión. Tiene otra escala de valores: dice y no dice y lo que dice hay que tomarlo con pinzas.
 En la novela,  va introduciendo aspectos psicológicos y filosóficos: el misterio de los cambios en las personalidades, los lados ocultos, y los iluminados, (¿quizás por eso la foto de su autor con una parte del rostro en  penumbras?)  Se subrayan  los cambios de los compañeros del grupo de la adolescencia a través del tiempo  y se expresa la idea de que el conocimiento del otro es una total utopía porque: cada uno de nosotros había cambiado demasiado” (pág.119) (...) “los que habíamos sobrevivido éramos extraños” (pág.284).
 Hay una imagen que sintetiza magistralmente el dolor de esa soledad o sentimiento de “otredad” irremediable:
“(...) el sueño había terminado y estábamos todos dispersos y distantes, alejándonos como masas de hielo que derivan en un mar helado”. (pág.371)
En cuanto a  la confusión de la vida y   lo radical de los cambios,  lo más conmovedor es  que Esteban, “el coronado de laurel”, -si se atiende al significado de su nombre-,  el triunfador total, el que todo lo tuvo, el que logró el éxito, la estabilidad económica,  y, el primer premio de la mujer virgen,- de alguna oscura manera, la liebre abatida con la escopeta-, se despeñó en la persecución del vano espejismo de un amor no correspondido.  Marcelo, en cambio,  el perdedor nato, el pobre, el alcohólico, el que fracasó en su matrimonio, el que  quizás tampoco logró  ser un buen padre,  termina siendo una especie de triunfador, -  aunque  solitario-  porque  dice que no sabe escribir y que lo suyo son las leyes, pero  recupera una  historia y a través de ella, una memoria, por medio de la escritura. Además, sobrevive y sale airoso.
¿Seguirá siendo protagonista de otras novelas? Condiciones no le faltan.

Las mujeres del thriller

Ya me referí anteriormente a la imagen intelectualizada de Adriana, “la musa”  a través de la mención a la actriz Jean Seberg. Es la  “pincelada” más notoria, pero no es la única.
Sobre Mónica, la esposa de Esteban, el lector encuentra estos datos:

(...) “poseía ese tipo de belleza moderna y a la vez exótica que la cultura de masas imponía desde el norte. Parecía una chica salida de la revista Elle” (pág.96)

Rosalía, la madre de Esteban, el muerto, se  evoca joven y tentadora para los  adolescentes. El narrador la trae al relato,  por medio de una  sensación auditiva; cantaba en la cocina, mientras hacía la tarea: “su voz es profunda y a la vez tersa” (...) y olfativa: “Al moverse, un perfume inconfundible se desprende de ella: las cremas que usa para suavizar su piel la envuelven en ese aroma fresco y a la vez íntimo que flota en su baño. Jamás huele a verduras o a condimentos y menos a detergentes de limpieza”. (pág.51)

Es un recuerdo sublime-como  muchos  recuerdos-; no hay mujer que tenga que cocinar para cinco varones, que se pueda sustraer al olor a milanesas en el pelo o al de ajo y perejil en las manos. Pero, aceptémoslo.  Rosalía es el primer objeto de deseo: la mujer madura, que se recuerda  joven y apetecible,  con  sus hijos llamándola por el  nombre, y que dejó en la memoria olfativa de Marcelo el  perfume de sus cremas, impregnando el lugar íntimo del baño,  como parte del halo de su atractivo sexual.

Algunas expresiones le pararían los pelos de punta a cualquier feminista: las mujeres -si se presenta  la ocasión, – se aprovechan- se toman- (pág. 105) –se sirven- (pág.106) y se tiran (pág. 270)

 Ariel cuando recuerda a Rosalía dice:

“-Más que guapa, estaba buena-

Con respecto a Mónica, el narrador comunica:
(...) “sabía que en el fondo de mis afanes podía encontrar un asomo de deseo, de ganas de manosearla, y de recogerla-en todos los sentidos, el figurado y el literal-como otro de los despojos que  Esteban había dejado tras de sí”. (pág.198)
¿Sentimentales? No lo creo. Los “oscuros” (para mí- al menos-más bien clarísimos) objetos del deseo, tienen una  innegable connotación machista.
En  el caso de la enigmática fotógrafa, la aproximación se hace, en una primera instancia,  por  medio de una foto, que da la oportunidad de describir la ropa, la actitud, la posición frente a la cámara, cálculo aproximado de la edad, y un juicio de valor: era muy atractiva. (pág.148)
Casi todas ellas son atractivas.
Con respecto   a Rosalía,  se la recuerda en su plenitud, no en su vejez. Y las que pasan los cuarenta, aún se mantienen, con algunas arruguitas pero potables a los ojos masculinos. No hay ninguna mención sobre obesidad,  várices, glaucoma crónico, celulitis, diálisis, demencia senil,  bastones canadienses, pañales geriátricos o  similares   miserias humanas que se dan en la “vejentud divino tesoro.”  Sí está presente el cáncer. El cangrejo que destruye plenitudes; pero  es muy  ágil  y completa en forma  meteórica su labor destructiva. Irene es, quizás por eso,  la más “desdibujada”. Apenas se hace mención a que en algún momento recobra “aquella antigua mirada de adolescente avispada y reconcentrada a la vez” (pág.18) y al vacío de su lado izquierdo llenándose de angustia.  Es la cancerosa que no fue musa de ninguno. Profesional, divorciada dos veces, con un  hijo de cada matrimonio,  ningún integrante del grupo,- en su mejor momento-, “la aprovechó”  “ni la tomó, ni “la sirvió” ni “la recogió”.  Todas las palmas se las llevó Adriana.
Marcelo dice  que es la antítesis de Adriana.
A mí el  significado de los nombres siempre me interesó porque estoy segura de que “marcan” la existencia- sea en la realidad  o sea en la ficción-: no sé si es una casualidad, pero  el nombre  Irene significa: “paz”   y el de  Adriana: “oscura”.
Otro detalle iluminador: Adriana y la fotógrafa tienen parejas más jóvenes. (¡Bien por ellas!)
Las descripciones que hace Marcelo de ambos hombres, son estupendos ejemplos de envidioso humor corrosivo.

A modo de conclusión de estos apuntes

Marcelo trabaja pacientemente en el armado del rompecabezas; y el lector también hace lo que puede para seguirlo, porque desde la lectura de los epígrafes hasta el final, todas las piedritas que se encuentran en el camino son intelectuales.
El primer epígrafe es de Arthur Rimbaud:
“J’ai seul la clef de cette parade sauvage”
“Yo  solo tengo la clave de este desfile salvaje”

Y el segundo, citado en español, es de Raymond Chandler:

“No hay trampa tan mortífera como la que uno se prepara a sí mismo”

Un  comentario del filósofo  Gustav Radbruch colabora eficientemente también, porque señala que todo enigma puede tener la solución pensada por el inventor, y, además, alguna otra posible,   incluso con un sentido distinto al que le confirió su creador.
 Por eso, quizás,  en  las pertenencias del muerto, aparece el tomo subrayado o marcado de Las Iluminaciones de Arthur Rimbaud,  y un ejemplar de La tierra baldía de Eliot. Dos  textos que  son  herméticos y por lo tanto,  con múltiples posibilidades interpretativas, incluidas las esotéricas.
Este comentario de Rops (supongo que es Felicien Rops,) conduce hacia el mismo perfil de interpretación:

“A la mayor parte de los textos de Rimbaud es posible hacerle decir aproximadamente lo que uno quiera, porque las palabras corresponden a realidades con las que estuvieron identificados sólo por un momento y en disposición de ánimo preciso que a la sazón se encontraba el autor”. (Pág.232)

Al fin y al cabo, no es ni más ni menos que lo que  ocurre con todos los textos: cada lector construye, “arma”  el suyo propio; de acuerdo a su real saber y entender. El significado de lo que leemos se “nutre” de nuestro bagaje cultural.

La  lectura de esta obra deja  diversas sensaciones: por ejemplo, que  el pasado es irreversible o irrecuperable; en palabras de Esteban:
“Entonces tocábamos la eternidad pero no lo sabíamos” (pág. 345).
Cualquier intento por reanudar los lazos de amistad, con pacto de sangre incluido, o de reinventar la magia del deseo o del amor, son  absolutamente vanos. No hay, tampoco, una visión gozosa de las relaciones carnales: no es suficiente con  que  Adriana se descalce y se suelte el moño; lo único que logra es una gimnasia sexual, a la que le sigue un vacío  aún más profundo.

Como dice Neruda en su poema 20:
Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”

Deliberadamente dejé para el final a la fotógrafa, a la mujer  del nombre más connotativo: Moira. La hermosa fascinante, desnuda, debajo de un vestido transparente, de color  amarillo-simbólicamente: esplendor, luz, y locura-.
 La que sacó de quicio  a Esteban, y dejó alelado a Marcelo.
Si se atiende al  concepto griego,  moira,  es “la parte que toca”.  La moira o el destino, de cuyo designio nadie puede escapar, porque lleva implícito el concepto de fatalidad. Ese destino, arbitrario, caprichoso, dispone  a su antojo los amores y los desamores, las vidas y las muertes, y por último, la separación definitiva -otra forma de morir-  de los amigos de la  infancia.

En el gigantesco juego paradojal  de la existencia,  queda  sin lugar a dudas, la soledad  de los témpanos de hielo, deslizándose, silenciosos,  en sus diferentes caminos de una circularidad inexplicable.

Considero a “El desfile salvaje”, por todo lo anteriormente señalado, como una especie de “novela-palimpsesto”,  porque cada lector, de acuerdo a la interpretación que haga,  borrará y trazará sus propias marcas, hasta obtener al final, su propia versión. Esta nota que escribí- por ejemplo-  es parte de mi versión.

 La escritura – en ese sentido- redime y  su contrapartida,  la lectura, también.




domingo, 5 de julio de 2015

"INOLVIDABLES" DE RAFAEL PENCE Y NACHO CARDOZO

Nacho Cardozo y elenco al final del musical

Programa y entrada al espectáculo

No es la primera vez que voy a ver una obra dirigida, actuada, bailada por Nacho Cardozo. Todos los que algunas vez hemos visto sus espectáculos-incluidos los de carnaval-  sabemos que es riguroso en su presentación, y perfeccionista al máximo. Esta obra, “Inolvidables” tiene todo eso. Incluso, como hubo una demora-involuntaria- en la presentación del show, pidió las correspondientes disculpas en los primeros momentos de la actuación.
Son realmente “inolvidables” todas las canciones elegidas, las voces que las entonan, y  los genios del espectáculo a los cuales se les rinde homenaje. Hubo de todo, desde los inolvidables universales, reconocibles para los más veteranos-y no tanto- si simplemente se ha  ido alguna vez al cine a ver maravillas de la actuación, el canto y el baile- hasta los inolvidables nuestros. Al final, el público no dejaba de aplaudir a medida que se sucedían en la pantalla tantos rostros queridos que supimos apreciar y que ya no están más “del lado de acá”, pero sí en nuestro recuerdo de espectadores agradecidos.
Por supuesto que también hubo recuerdos para las antiguas y enormes  tiendas que desaparecieron de Montevideo, como Aliverti, Yafeé, Introzzi, Angenscheidth y tantas más, así como también se recordó a las antiguas “fonoplateas”- teatros que tenían las radios más prestigiosas para presentar “en vivo” a los artistas del momento-. (Yo tengo recuerdos de una que hubo en 18 de Julio, a los fondos de la también prestigiosa y desaparecida joyería “La Lira”).
Libertad Lamarque en la fonoplatea de Radio Carve
(Imagen tomada de Internet)

Fonoplatea de CX 14 ((Imagen tomada de Internet) 
De la hermosa colección de Nacho Cardozo que se puede apreciar en el hall del Teatro del Notariado 


  Mientras se van sucediendo en el escenario, las sucesivas canciones, muchos boleros enganchados cantan el dolor del amor perdido, y muchas otras sensaciones añoradas  de una juventud que se diluyó rápidamente  en el fragor de la lejanía. Demás está decir que el público asistente, rondaba la sesentena o más. Y mientras se acomodaban se oía el sonido de los bastones en el piso. Pero después que empezó la magia del espectáculo, no hubo ni siquiera murmullos, porque permanecimos embelesados mirando y disfrutando.
Inolvidable también el vestuario, el maquillaje, la puesta en escena, las luces. Todo. Incluso hasta hubo un desfile de trajes de novia que le donaron a Nacho Cardozo, y que él supo realzar en sus bailarinas con una gracia insuperable, y con la correspondiente comicidad para presentarlas. Aparecieron, luciéndolos, por los pasillos de entrada. Hermosísimas beldades enfundadas en diferentes atuendos con la música “La Novia” de Antonio Prieto.  Dignos de verse y apreciarse los objetos –que también le fueron donados- que se exhiben en el hall del Teatro el Notariado. Indudablemente, recordé a mi madre luciendo algunos atuendos parecidos, allá en la lejanía de los años 50 del siglo pasado.
Verdaderamente, un espectáculo para ver, apreciar y recordar.

(El enlace de abajo lo conducirá a escuchar  a Antonio Prieto cantando "La Novia") 





https://www.youtube.com/watch?v=PUfIsPkON_8