domingo, 26 de febrero de 2012

¿Qué hay de rico?

Peceto vitel toné

Esta pregunta tan común me la hacen a menudo amigos y parientes que “andan en la vuelta” y saben que tengo la  manía de cocinar. Soy  “una rara avis”, lo reconozco. Las mujeres actuales son como decía el cupletero Diego Bello hace unos años en su personaje de Súperman en la murga “La Margarita”: “Pasan por la cocina únicamente si les queda de paso pa’l baño”. A mí, en cambio, me fascina cocinar. Julio  Cortázar inventaba personajes femeninos que tejían fervorosamente- por ejemplo, el personaje Irene del cuento “Casa tomada” ¿Se acuerdan?:
“Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé porqué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada, resistiéndose a perder su forma de algunas horas.”

Yo, en lugar de tejer-ya saben  que las manualidades NO son mi fuerte- en cambio, cocino compulsivamente. Por eso me llaman y me preguntan: “¿Qué hay de rico?” Y yo largo el repertorio de lo que ya preparé y está ordenado en el freezer o el plan  que tengo en mente para organizarme mejor.
La escritora nicaragüense Gioconda Belli confiesa en una novela autobiográfica o en una autobiografía novelada-como se la quiera llamar- que se titula “El país bajo mi piel” que no sabe cocinar. Así de sencillo. Al parecer su madre tampoco cocinaba. Es probable que al haber nacido en clase alta esa tarea correspondiera a las empleadas. En cambio en mi casa, cocinaban todos: mi mamá, mi tía, las abuelas-cada cual con su estilo- y cuanto ser humano anduviera en la vuelta, porque tampoco  se dejaba de lado la ayuda masculina. Cuando éramos chicos, con mi primo “armábamos” la pasta casera, sentados en la mesa de la cocina.
Lo cierto es que para mí cocinar   es una terapia. Me hace bien, es  una especie de gimnasia placentera. Mientras cocino no pienso en nada negativo, estoy concentrada en mis recetas, trabajo a conciencia y elaboro la comida con alegría y  dedicación completa.
Hoy preparé un peceto vitel toné. (Así se escribe en español.) Mis amigos argentinos dicen que la receta es de ellos, pero a mí no me importa lo que digan. Lo que yo sé es que es de origen italiano y que tanto aquí, en Uruguay, como allá en Argentina, vinieron  a vivir "tanos"  y con ellos trajeron sus costumbres y por supuesto, sus comidas. En italiano, quiere decir algo así como “ternera atunada”, porque la salsa lleva atún. Lo primero que hay que conseguir es un buen peceto-ni tan tan ni muy muy- yo conseguí uno muy bueno de un kilo trescientos gramos-. Se cuece en agua con verduras para darle gusto. Las que ustedes quieran o tengan a mano. Yo le agrego un manojo de mis hierbas aromáticas: romero, orégano, menta y laurel. El tiempo de cocción depende del tamaño del peceto. Yo lo dejé una hora y media y quedó bien tierno y cocido. Se deja enfriar en el mismo caldo. Cuando está frío se corta en finas rodajas. La salsa para bañarlo se prepara con mayonesa, un chorro de vinagre a gusto, huevo duro y atún.  Se decora con anchoas y  alcaparras.
Una de mis amigas se relamió cuando me preguntó: “¿Qué hay de rico?”  ¡Al mediodía se comió unas cuantas rodajas al pan! ¡No me dejó ni siquiera presentarle la ensalada!



miércoles, 8 de febrero de 2012

LA PASIVA QUE SE VA

¿Quién no se comió unos panchitos en esta Pasiva?

¿Ubican la clásica esquina de 18 y Ejido?

¿No les da lástima?
En algunas otras ocasiones ya escribí sobre temas similares: Montevideo se va transformando no siempre para bien, y tampoco según nuestros deseos. A mí me apenan estos cambios, y no es que esté “en contra” del “progreso” ni nada por el estilo, sino que hay lugares que forman parte de la historia de la ciudad y es una lástima que se “truequen” por otros  que no formaban parte  de nuestra idiosincrasia. Por lo menos, en mi casa,  cuando se salía –de vez en cuando- a “comer afuera” no se iba a comer hamburguesas. Lo más típico era ir a   alguna de las cervecerías  “La Pasiva” y sobre todo los menores, comíamos una buena y considerable cantidad de los famosos “panchos” – los legendarios frankfurters-  con la no menos exquisita mostaza especial-receta pura y exclusivamente de estos locales que se van perdiendo en el tiempo, vapuleados por la invasión de  negocios de otras latitudes-.
No sé ni me interesa de quién es la culpa. Lo que me apena es la pérdida de estos bulliciosos espacios que fueron tan significativos para  los montevideanos del siglo pasado. ¿Quién no se comía  unos panchitos a la salida de un cine? Todo trabajador lo podía hacer de vez en cuando. ¡Marchen 6 con dos lisos! –Era la consigna para empezar entre dos-. Hace unos días anduve por 18 de Julio y Ejido-en trámites para arriba y para abajo- y encontré quizás una de las más emblemáticas  Pasivas, con los carteles que pueden verse en las fotos. Hacía mucho calor y decidí –saliendo de las recomendaciones médicas- comerme unos ricos panchos con un  clásico “chop”. Le pregunté al mozo que me atendió porqué se iban, quién “los iba”, pero –para mi sorpresa- me contestó que a ellos  lo único que les preocupaba era que les pagaran. Aparentemente,-según este testimonio- los dueños no supieron aprovechar  la ocasión, años atrás, para comprar la esquina y quedarse con el local. Lo alquilaron por más de treinta años, pero… como ya lo dijo Quevedo en su letrilla: “Poderoso Caballero es Don Dinero”. Vino una multinacional- con “el Poderoso Caballero”-  que  ofreció un precio más alto que el que podían ofertar los antiguos inquilinos y   ¡zás! compró la esquina para poner otra hamburguesería más. A los montevideanos  veteranos nos quedará el recuerdo del sabor inigualable de los clásicos panchos de La Pasiva, con su exquisita mostaza secreta,  o, el  de los también clásicos “chivitos”- nuestra comida rápida-  a los más jóvenes, el gusto de la carne picada y las papas fritas bien saladas. Ni siquiera  se enterarán de  que se les fue un cacho más de identidad.