viernes, 10 de noviembre de 2017

TRIBULACIONES DE VIAJE DE UNA ADULTA MAYOR

Piernas comprimidas por el asiento de adelante tirado para atrás

Asiento que me dieron a la ida-con pago previo- 
 Ya se sabe que los cronopios aunque hagamos incalculables esfuerzos, tendremos- siempre- dificultades. No hay manera de escaparse de ellas. Yo no las acepto así nomás, pero sé  que  es imposible lograr nada mejor. A la ida- viaje largo de doce horas-tengo que ir en el asiento de avión que pude comprar que es  de los estrechos, no tengo más remedio que plegarme a los caprichos de la que va adelante, pero, por una de esas casualidades vienen vacíos  dos de los codiciados asientos delanteros de emergencia y el azafato me invita a ocupar uno. El  vuelo fue irregular con muchas turbulencias en varios pasajes por lo cual fuimos atados casi todo el viaje. Al llegar a Barajas me dieron asistencia con la silla de ruedas. En tan inconmesurable extensión me podía perder y, además la artrosis de rodilla izquierda, aún con medias de descanso, y sentada en mejor posición me tiene a mal traer. Por suerte, la pedí porque la terminal para la conexión Madrid- Londres, queda en el culo del mundo. El avión de conexión es aún peor que el primero –con tres asientos de cada lado–. Al llegar a Londres, me vuelven a asistir; el interrogatorio me lo hace un paquistaní o algo parecido que tiene un inglés marcado por el acento y me resultó fácil entenderlo. La mayor contrariedad fue que a la llegada a Londres, no había venido el “transferista”. ¿Qué es un transferista, se preguntarán? Es una palabra inventada del inglés “transfer”- es decir: un conductor cuya misión es llevarme al hotel. El que me asiste con la silla de ruedas, me pide el “número de emergencia”, pero, el mismo, tiene característica de España. En las cabinas de emergencia no me dan gratis una llamada internacional. Por esa razón voy a un cambio y pido monedas para hacer el llamado. Finalmente, el hombre aparece-tarde-no habla ni español ni inglés o se hace el que no habla para no dar explicaciones-  me lleva al Novotel London West. No terminan ahí mis tribulaciones: las habitaciones no las entregan hasta las 14 horas. En todos los hoteles dan las habitaciones a partir de esa hora- no antes- Son las 11 de la mañana- hora local-. Tengo que esperar, después de  15 horas de vuelo, más la hora de tiempo perdida  en el aeropuerto, tres horas más. Logré comunicarme con la agencia de Montevideo, pero, con resultado negativo. No les faltó nada para tratarme de tarada: ¿Cómo no voy a saber que los hoteles no dan las habitaciones hasta esa hora? Insisto. ¿Por qué no me ofrecieron pagar un “early check out”? Ya lo hice en alguna otra oportunidad, y de esa manera, al llegar, molida, del viaje tengo  la habitación. No hay caso. Es inútil discutir cuando las cosas están mal hechas. Solo resta aguantarse y ver si en el futuro, se mejoran.
Después de estas tribulaciones, sucedieron otras. ¿Dónde estaba el guía de Special Tours? Esa misma noche,-según el programa-  se ofrecía un paseo por los pubs londinenses con una parada en uno de ellos y una copa. Pregunté lo mismo, a diferentes horas,  a distintas recepcionistas. Bajé y subí a los dos pisos donde había recepción de pasajeros. Nadie sabía nada de nada. Una, incluso, llegó a decirme: “It is not my business”- Así nomás. Finalmente, decidí comer y tomar algo. Una manera de calmarme y pensar. Porque a esta altura: ¿”qué mal le puede hacer una mancha más al tigre”? Me siento en el Bar, me pido una Margarita y un sándwich. Observo el entorno repleto de congresistas. Ni un puto cartel anunciador de ningún paseo, de ningún tour. Los carteles, responden únicamente a los Congresos que se llevan a cabo en el hotel.
Finalmente, a las 14 horas, me atiende otro recepcionista del turno siguiente para el “check in”. Empieza el ritual del interrogatorio en inglés y cuando me pregunta la nacionalidad, me dice ¿y por qué no hablamos mejor en español? El simpático Diego, argentino, y eficiente, me dice que Special Tours hace sus “puestas” los lunes alrededor de las 19/ 19.30. Bien. Me da el tiempo para descansar y volver a la carga. Me voy a la habitación. Pongo a cargar el celular- ¡aleluya! ¡El cargador viajero funciona! Carga lentamente, pero funciona. Descanso un  rato y vuelvo a la recepción a buscar al guía. En la recepción pido instrucciones para conectar el wifi- no hay en todos lados como en Montevideo- en el hotel hay que poner una clave para poder usarlo, lo logro y mientras espero, para ver si aparece el guía. Me pongo al día con los mensajitos. En una de las recepciones, encuentra a otra joven que lo conoce. Me lo describe como un italiano,  de coleta y cejas negras. Nada. Decepcionada, me pido una cena. Miro TV un rato, extraño el acento, pero entiendo, y finalmente, me duermo fundida por completo. Al día siguiente,-despertador mediante-, voy nuevamente abajo. Allí está el ómnibus de Special Tour con un tipo que tiene las características que me dio Evelia: tano, de coleta y cejas negras. Es el guía. ¿Qué le pasó? Llegó de París, cansado y se fue a dormir. Salió al paseo nocturno con las personas que trajo de París. No se ocupó de ver si habían venido nuevos pasajeros. Sin ningún remordimiento, confesó la verdad. A esa altura, los que estuvimos pendientes de ese paseo, éramos seis. Desconocidos entre nosotros, porque veníamos de cada pueblo un paisano.  Y nos quedamos sin nada. Salimos a hacer la panorámica que estaba incluida en el itinerario. Lo  más interesante es el palacio de Buckingham- residencia de la reina- pero ni se entra, ni se recorren sus jardines. Simplemente, se mira de afuera. No hay cambio de guardia tampoco. Sin embargo, como por “las garras  se conoce al león”, también por este palacio se puede apreciar la magnificencia del imperio inglés. En una de sus explicaciones, Antonio- el guía italiano- nos dice que el Novotel London West no permite cartelería (eso explica la ausencia de información, pero no justifica el que se haya ido a dormir dejándonos plantados sin el paseo de los pubs.) Ceno en el hotel: espagueti a la carbonara y una cerveza amarguísima y deliciosa: London Pride.
Los paseos siguientes son -como todos los paseos de este tipo- “estándar”. Por llamarlos de alguna manera. La guía Mercedes da explicaciones. A veces la atiendo, a veces no. Camina muy rápidamente- como todos los guías- y no quiero perderme.  Mi rodilla artrósica me responde más o menos. (O más “menos” que “más”). No me interesó detenerme a ver las momias. Las sacaron de su descanso eterno para convertirlas en un acto de feria barata. No debieron ser perturbadas. Sus mortajas, sus embalsamamientos, la delicadeza de una de ellas con los dedos vendados uno por uno, con sumo cuidado, me conmovieron. ¡Cuántos  esfuerzos hace el ser humano tratando de vencer a la muerte! (Totalmente inútil. Acá están en un museo, y son víctimas de la exhibición de este horroroso turismo masivo). Recorrimos el museo por escaleras, una única vez, por ascensor. Quedé molida. Decidí cenar en el hotel. Tiene buen restaurante y atención.
Me duché todas las veces con sumo cuidado. La bañera es alta;  tiene una única  agarradera o barrote  de seguridad. ¿Viaje “especialmente” adaptado  para personas mayores? ¡No me hagan reír, por favor! No hay en ningún lado de Londres, o de París, una “adaptación” para minusválidos, o para personas que pasen los setenta abriles.


Bañera alta y peligrosa con una única agarradera que es más bien un toallero

Se dio otro pantallazo por Windsor. También a vuelo de pájaro. Almorcé en uno de los locales, por suerte todavía farfullo  inglés y es con ese idioma que me defendí tanto en Londres como en París. La guía insistió con su prisa pero no le di pelota. Saqué fotos. Juro que si las encuentro, las pongo. 

Una novelería para mí a la mañana siguiente,  fue el “eurotunel”. Si el guía no hubiera insistido tanto con “la profundidad bajo el agua”, no me habría dado ni siquiera cuenta.

¿Curiosidades?
Las hay. Por ejemplo: el ómnibus va “entero” –adentro de una especie de “cápsula contenedora” adelante, queda un espacio, se puede bajar, caminar y usar los baños. Lo que no se debe pensar es que “arriba” hay tanta agua y que estamos a no sé cuántos metros de profundidad. Si se puede desterrar ese pensamiento maligno- que el  guía se empeña en resaltar, eso sí- es posible sobrevivir sin problemas esos treinta y cinco minutos de trayecto.
En Londres, para usar los baños, hay que pagar. A esos efectos-los ingleses no descuidan detalles- hay máquinas expendedoras de cambio. Uno le pone un billete en euros, y la máquina “escupe” monedas. Toda una novedad para mí.

En París, en Mc Donald para usar el baño, hay que digitar el código que figura en la boleta de compra. Sólo después de eso, se puede abrir la mágica puerta. No demoraremos mucho en tener esos adelantos para que el que quiera hacer pipí, pague convenientemente. 


jueves, 9 de noviembre de 2017

NUEVO DISCO PUNTA CARRETAS

Rampas para subir y bajar 
Hoy fui por primera vez. Como siempre, con mi carrito de compras.
Comprobé que me queda más lejos, que la zona está toda en construcción- el barrio sigue jodiéndose con más edificios- y, por sobre todas las cosas me pareció enormísimo. Y carísimo. No sé si la impresión sobre los precios es consecuencia del viaje a Europa donde pese a la mala atención, logré sobrevivir con pocas libras y euros.


Enormísimo 

No traje casi nada: una rúcula, quince huevos, seis pancitos de manteca, jamón etiqueta azul Centenario, un trozo de panceta y un pomo de talco.  Gasté más de seiscientos pesos. Un verdadero disparate.
Volví por la calle Francisco García Cortinas, esquivando automóviles, taxis, y camiones. No ómnibus porque no pasan por ahí, pero no hay en las veredas ningún lugar disponible para peatones. Todo está ocupado por las diversas construcciones.

Afuera: Todo en construcción 

Como ya dije el nuevo Disco es enormísimo. El otro no tenía escaleras; este tiene rampas para subir.  Me cuesta “ayeitarme”, porque  el otro era íntimo, tenía más que sabidos los lugares para las compras de lo que precisaba y casi se podría decir que iba de ojos cerrados. Acá no. En tanta enormidad me hicieron falta mis lentes de distancia para ubicar la cartelería y los productos. Me va a costar sentirme a gusto en tamaño universo de cosas. Me doy cuenta de que a medida que envejezco los cambios me cuestan mucho más. Y sigo insistiendo en que necesito un mayordomo que realice las tareas que a mí me cuestan. Los mandados, ahora, con tamaña disposición de lugar ya me cuestan también. Una lástima porque hasta hace poco me gustaba hacerlos.

 
¿ No es verdad que se extraña el otro "Disquito"?

viernes, 20 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049

"K"- o Joe-, con Joi- el holograma casi humano- ( Imagen tomada de Internet)


Después de la desagradable noticia del cierre del Club de los Grandes, - o después de cualquier otro evento negativo- tengo que volver  a armarme nuevamente para seguir adelante. Eso lo aprendí desde muy pequeña, y de a poco una se va rehaciendo o proyectando en otras actividades. El cine, suele ser un entretenimiento que  me arranca de los malestares. Lógicamente no desaparecen del todo, pero se alivian. Por eso, fui a ver esta película. Tengo una buena cantidad de amistades que no van a ver pelis  de ciencia-ficción ni atadas, pero yo sí. Así que fui apenas se estrenó.
Para los que vimos la primera Blade Runner hace muchos años, es un “desprendimiento” actualizado, porque se retoman antiguas temáticas pero con la parafernalia tecnológica que tenemos hoy en día.
Se agrega, con gran acierto, la actuación impecable de Ryan Gosling, en su papel del “agente K”. No sé si haberle puesto esa letra como denominación, tendrá algo que ver con el “K” de Kafka, quizás sí. Hay algo sereno, frío y misterioso en la vida de ese ser, que ha sido designado y probablemente confeccionado para perseguir y matar a los  modelos antiguos que lograron huir. Ese es el comienzo de la película. “K” se mete en un mundo hostil, caído y destruido para “cazar” a un prófugo. Su actuación como “exterminador” es apabullante. Sin embargo, empiezan a entrar en la filmación, aspectos inquietantes. Unas flores vivas- en un mundo que se murió hace rato- una fecha que tendrá mucho que ver en todo el desarrollo posterior.
Si bien se ve que “K” obedece ciegamente- para eso fue “construido”- , se van filtrando interrogantes que siembran dudas. ¿Qué es “K”? Un replicante,- es decir una máquina programada para tal o cual función- o un hombre “nacido de mujer”,- o lo que sería aún más milagroso- un ser nacido de una replicante?
Las interrogantes se mantienen –y nos mantienen a los espectadores- en vilo de principio a fin.
También es muy buena la actuación de Ana de Armas en el papel de Joi: “la acompañante virtual” –casi humana- que tiene “K” en su casa. Además de poder cambiar de atuendos, y de salirse de ambiente, aporta detalles, como, por ejemplo, la necesidad de  “tener un nombre”- porque todo ser que se precie lo necesita-. Y ella le da un nombre a “K”- porque siente que es importante- . Lo llama Joe. Las escenas de ternura, el afecto, y  la dedicación que muestra a “K” son  muy humanas-no virtuales-  Y si bien ha sido concebida como un holograma tiene con “K” una empatía extraordinaria, por eso,  exterioriza un deseo profundo de “corporizarse” para satisfacerlo. Él la aprecia, y le corresponde tiernamente. Una actitud muy fuera de lo que se espera de un robot o replicante: tiene sentimientos y los manifiesta, la llama “honey”, por ejemplo, que a mí me suena tan afectuoso como “negrita”. (En fin, hace mucho tiempo que nadie me llama así, y me gusta. Cada una tiene sus gustos.)  A Joi no le importa que ese otro ser-corpóreo- se aproveche de la ventaja de ser real, porque al quererlo tanto, lo único que le importa es hacerlo feliz. No piensa en otra cosa, y por eso, además de brindarle un cuerpo para relacionarse, lo mima entrañablemente.
La  tarea de “limpieza” de “K” se complica porque debe buscar, encontrar y  matar a un  niño nacido irregularmente.
 Son interesantes las pistas que va encontrando y cómo las va uniendo para “armar” el rompecabezas. La memoria, los recuerdos de la infancia, juegan un papel muy especial. Hay-incluso- un “caballito perdido”- de madera- que aparece como un elemento real. Y tiene una intrigante fecha en su base.



Imagen tomada de Internet


Dilucidar esos misterios, revelarlos-aunque no del todo- encontrar a Rick Deckard- el antiguo personaje encarnado por Harrison Ford- presentarle un holograma casi perfecto de la esposa que lo hizo padre, -aunque con diferente color de ojos- son otros aspectos interesantes.
A mí  me gustó. Es larga, pero  volvería a verla. Vale la pena. Y Ryan Gosling también. Obvio.








jueves, 12 de octubre de 2017

SE NOS VA EL CLUB DE LOS GRANDES

 Esencial para disfrutar un espectáculo: un buen barman

Yo empecé a concurrir este año a esta  institución pionera en la agrupación y atención personalizada  de personas mayores. Tenía de todo: peluquería, restaurante, talleres diversos, gimnasia, y entretenimientos. Pero este mes, sorpresivamente, —para los socios—se anunció  que lo cerrarán el 31 de octubre.
Circularon  varios “mitos” con respecto a cómo se ingresaba, qué se requería y demás. Yo no tuve  requerimientos extraordinarios: simplemente, concurrí, me anoté, y el descuento de la cuota me lo hacían de  una tarjeta de crédito. Así de sencillo. Era un club a la medida de cada uno, con una cuota accesible, y buenos servicios. Para los  espectáculos cobraban un boleto artístico y la consumición de comida y bebida acorde a los precios normales del país. Nada del otro mundo.
La forma que eligieron para comunicar el cierre,  fue por medio de una circular, la causal que acusan es no haber podido alcanzar la suficiente cantidad de socios para mantenerlo. Es probable que sea así, indudablemente, sin embargo,  fue un duro golpe. En un mundo que rechaza a los viejos, en este club,  se esforzaron por atendernos de la mejor manera posible. Todos. Porque se formó un grupo humano estupendo: selecto, amable, paciente, dotado especialmente para el buen trato. Todos, sin excepción, se esmeraron por atendernos de la mejor manera posible.  En   el país no hay  ningún emprendimiento de esta naturaleza.
La circular de despedida 



 Incluso tenía un estupendo grupo con dos excelentes instructores de Biodanza. 
Prontas para la biodanza 

Pero caemos siempre en el mismo pozo: sin buenos patrocinadores no hay dinero,  y los que hubo se fueron, buscando mejores oportunidades. El dinero atrae al dinero, no hay manera de sostener instituciones que no se financian a sí mismas.
Por supuesto que se están buscando “soluciones alternativas”, pero este Club desaparece tragado por la falta de viabilidad.  Vuelvo a repetir que  no hay nada igual en el país. Hay sí, instituciones deportivas, o, incluso,  estéticas, pero de ninguna manera con la  dedicación total que se brindó en este club.
No nos quedan nada más que palabras de profundo agradecimiento  por la gentil amabilidad que nos brindaron en todo momento. Otra institución pionera para el recuerdo. Muy lamentable.


lunes, 2 de octubre de 2017

" DOS ALMAS EN LA NOCHE"


Las almas solitarias protagonizadas por Jane Fonda y Robert Redford
( Imagen tomada de Internet)


“Las relaciones sexuales entre gente mayor pueden pasar por situaciones molestas o de cómica indolencia, pero también poseen una ternura que suele escapársele a los jóvenes. Pueden tenerse los pechos caídos, o la pija colgando, pero la piel sigue siendo piel, y cuando alguien te acaricia, te abraza o te besa en la boca, te sigues derritiendo de la misma manera que cuando creías que ibas a vivir eternamente.” 
Paul Auster
“Brooklyn Follies”. Capítulo “Una vida nueva” Primera edición Ciudad Autónoma de Bs.As. Julio 2013  Página 321

Así se llama la última película protagonizada por Robert Redford y Jane Fonda estrenada por Netflix, a cincuenta años de aquella memorable- que todavía soporta que se la vea-  de  “Descalzos en el parque”.  

"Descalzos en el parque" -50 años atrás- 1967

Me pareció una película digna, amable,  actuada con solvencia por estos dos veteranos de la actuación y de la vida—ambos octogenarios—.
El argumento en este caso, no es lo más me interesó. Lo más llamativo—al menos para mí— es el planteo de un mal de la época, en un pueblo, o en cualquier lado: la soledad de la viudez. Después que se ha criado a los hijos, que ya han aparecido los nietos, de todos modos, cuando falta la pareja, se fue, sin lugar a dudas nada más y nada menos que nuestro interlocutor. ¿A quién le contamos qué hicimos durante el día? ¿ Con quién compartimos lo cotidiano? ¿A quién le preparamos nuestras delicias culinarias? ¿Con quién comentamos el último libro leído? ¿O la última película? Y además, algo muy importante: ¿Quién nos abraza en la noche para que nos durmamos pacíficamente? En la película todas estas interrogantes quedan planteadas delicadamente.

Compartiendo lo cotidiano- Imagen tomada de Internet- 

Por esta película, y por estar practicando biodanza, me di cuenta de que lo que plantea esta disciplina, tiene que ver no únicamente con la “danza de la vida”- que sería la etimología más próxima-, sino con el unir a los seres humanos en actitudes que ayuden a descubrir potenciales que- hasta el momento- no habíamos experimentado plenamente. Al mismo tiempo, hay una búsqueda de superación de la carencia emocional- esa soledad habitualmente nocturna- que nos ataca a la noche a los que quedamos viudos. Por otra parte, cuando está bien dirigida por instructores hábiles, con experiencia, es posible mejorar la comunicación humana. Nada más y  nada menos. Además, permite algo que asiduamente, nos lo negamos: el instinto lúdico- los bailes son muchas veces, propuestos como juegos, y de esa manera se estimula el  disfrute de la vida-.
No nos quita la soledad, pero nos estimula al contacto con los otros- no virtual sino físico, por medio de la caricia y del abrazo, que son demostraciones afectuosas de ternura  que la era virtual ha ido dejando de lado casi por completo. Hay sí, muchas manifestaciones de solidaridad por Facebook, por Twitter, y más redes sociales, pero nos “tocamos” virtualmente. Y los seres humanos necesitamos el estímulo del contacto, de las caricias, de los besos y  de los abrazos. Por eso, la biodanza fue extendiéndose más y más, en diferentes regiones y países. Simplemente necesitamos manifestar el amor. Darlo y recibirlo. Eso es lo que nos vuelve más humanos. Sin duda. Basta echar una mirada alrededor. 


domingo, 17 de septiembre de 2017

LA RURAL



Comensales en uno de los boliches de La Rural 


Ya me habían dicho que estaba medio chaucha, pero, como este era el último fin de semana, fui ayer a dar una vuelta. Se nota la cantidad de público que va en busca de ofertas: aceites, condimentos, jabones, ropa, adornos. Pero todos buscan (buscamos) los artículos de las tres “B”- (bueno, bonito y barato). No siempre se logra. Me traje, eso sí, una lata de pimentón picante Carmencita a cien pesos. No sé si estará más o menos al mismo precio de supermercado, pero este tiene el gusto de haber sido comprado en la Rural.
Caminé un rato, a mi ritmo, que no es muy rápido, por los puestos más relevantes. Hay de todo en la viña del señor. Desde hermosas prendas tejidas o bordadas a buen precio,-o sea caro-  como otras de menor calidad y a precio más accesible. No era mi intención comprar ropa. En general, prefiero hacer las compras de  prendas en algunos locales que ya conozco y que tienen talles para mujeres que comen. Sin embargo, como por mirar no se cobra, pude ver algunos artículos elegantes y de buen tono. No vi- eso sí- a nadie comprándolos.
Había unas cuantas argentinas- notorias por las pilchas, la voz sonora, los cortes de pelo asimétricos y los pelos blanqueados- las canas se pusieron de moda así que ya las lucen sin problemas-. Se meten en todos lados, preguntan, sea o no sea su turno, y no compran nada  porque  bobas no son.
Después de mi pequeña compra, empecé a buscar un lugar donde meterme a comer un churrasco. Finalmente, aunque no me gusta absolutamente nada, hice cola, y entré en un local donde se promocionaba la carne Angus. Después de un rato de espera, me asignaron una mesita chueca- no estaba para elegir mucho- El mozo me tiró la carta, me dijo que “todo salía al mismo tiempo”- porque yo le pregunté qué era lo que salía más rápido- Pedí un bife ancho- que resultó angosto- bien cocido- que salía con un puré de boniato. Es cierto   que no demoró mucho,  pero el puré vino frío, el churrasco era minúsculo-para el precio- y la cerveza “tirada”- probablemente desde la azotea-, resultó un medio vasito de morondanga. 
El bifecito, con el puré frío y la cervecita de morondanga 


Al lado mío se sentaron cuatro argentinos jóvenes. Dieron vuelta la carta para arriba y para abajo, se preguntaron todo, comieron “compartido”- como hacen ellos- y dejaron  una propina mínima. Lo supe por los comentarios que hicieron los mozos. Lo menos que les dijeron fue: “roñosos”. La verdad, es que el asunto de la propina, aunque no está establecido en ningún formulario, tradicionalmente era un diez por ciento de la consumición. Incluso, en algunos lugares, la estipulan/sugieren en la carta. En Estados Unidos, en varios lugares donde iba a comer, era el 15% y guay de que no se dejara lo establecido. Podían salir a la calle, rociarte con nafta y prenderte fuego. Incluso, en algún caso, vi salir al encargado de salón a reclamar “el servicio”. En fin. Yo también pienso que el que machetea una propina es un roñoso despreciable. Tuve una amiga roñosa al máximo.  Y no solo con sus pesos, sino con los míos. Cuando yo dejaba algo más, apartaba un tanto y me decía: “es mucho, guardate algo”. Finalmente, harta de su roñez, dejé de salir con ella. Todo tiene un límite y yo hace tiempo que pienso que no tengo porqué tolerar pelotudeces de ningún tipo.
En los puestos de la Rural, por suerte, la mayoría de la gente resultó amable. Lo que me ayudó a pasar bien la tarde.
El paseo al aire libre, siempre es gratificante.


Precios 

A la vuelta, había problemas de locomoción. Ni loca me iba a tomar un taxi hasta mi casa, así que caminé por Lucas Obes, hasta encontrar una parada. Esperé el 76 –que da la vuelta al mundo- y pude hacer un lindo paseo en ómnibus pasando por distintos barrios.
No se conforma quien no quiere.

La cerveza con más espumita que otra cosa 



viernes, 8 de septiembre de 2017

OTRO RETAZO DEL MANTO EXPIATORIO: COCINAR

En el Clan de la Cicatriz ya escribí sobre el gran retazo que ocupa la escritura en mi vida.  Cocinar es otro que me catapulta a otros mundos donde nada malo me alcanza. Me sirve-incluso- para calmar cualquier inquietud.

Mi abuela Elivia bordaba, tejía, cosía, lavaba, planchaba y cocinaba primorosamente. Yo aprendí con ella, y con varias personas de mi familia.    Después de jubilada pude dedicarle más tiempo; pero jamás fue una actividad suplementaria. Cociné desde niña, porque en todas las familias que me acogieron, había  cocineras y cocineros competentes- y no es que quiera usar  el llevado y traído lenguaje inclusivo, sino que tengo que reconocerle  maestría a  mi padre que hacía todo tan bien como la madre-. Él, había llegado  de su Treinta y Tres natal muy joven a Montevideo, donde para vivir, hizo de todo. Aprendió a vivir en cuartos de pensiones donde se preparaba unos suculentos platos con un primus, que era un ingenioso calentador a kerosén que se usaba mucho. En el “hornito de primus” era capaz de preparar desde  un asadito-con todo, no únicamente la carne y los chorizos- hasta una deliciosa torta que jamás se le quemaba en el tubo. Para él, la cocina era alquimia pura. Y de la mejor.

El clásico "primus" con el hornito correspondiente (Iimagen tomada de Internet) 


 La abuela Elivia, que también era de Treinta y Tres, tenía una “cocina económica”- antepasada de la también antigua  “Volcán”-que supe conocer para deleitarme con sus delicias-. Nunca pude comer unos huevos fritos mejores que los de ella. Los hacía "festoneados"- esto es, con la clara de los bordes, marrón, y la yema "a punto")- Ella era la que podía lapidar a otra,  de esta manera: "no sabe hacer ni un huevo frito".  Además, a mí,  me hacía dos ( aunque mi madre no lo sabía porque era un secreto entre nosotras). Otra maga, sin lugar a dudas.

Una cocina económica parecida a la de mi abuela. ( Imagen tomada de Internet) 


Cuento todos estos pormenores porque en la actualidad, con toda la parafernalia de las redes sociales, basta “bajar” una aplicación en el celular para obtener cualquier receta. Pero yo aprendí en las casas familiares, enseñada por las personas que cocinaban como parte de un proceso absolutamente natural. Nunca oí a ninguna de ellas quejarse por tener que hacerlo. Quizás en alguna ocasión lo que causaba cierto revuelo era la tarea de “pensar”- qué se hacía, para cuántos, y cómo, pero después de resueltos esos pormenores se hacía todo y punto.
 Con todas aprendí “trucos¨” que ahora se presentan en programas de cocina como hallazgos fuera de serie. Por ejemplo, algo tan sencillo como en una cazuela poner los ingredientes en “orden de cocimiento”. Los más duros, primero, los más blandos a lo último, o,   antes de poner una torta en el horno, verificar si la temperatura es la adecuada. Los hornos actuales tienen un termómetro. Antes, se probaba el calor con un papel. Si el papel se doraba, estaba bien, si se quemaba se había pasado de calor. Se sabe que  el calor  es indispensable para lograr cualquier horneado adecuado. Las tortas y budines son delicados. Hay que agarrarles la mano a los ingredientes y al horno. No hay nada más desgraciado que un budín apelmazado. Las personas expertas, saben intuitivamente, cuando un batido está “a punto”-como para ponerlo al horno- y, cuánto tiempo llevará su cocido. Al menos, en mi familia, se rivalizaba por la que sacaba la torta más esponjosa y más sabrosa de todas. Los bizcochuelos de las nonas eran piezas fuera de serie, verdaderas obras de arte culinario.
 Pero también, a veces, en tiempos futboleros, cuando la familia y los amigos se comen hasta los piolines,  se pueden lograr pequeños milagros preparando una “picada” sencilla. Basta con un poco de maña. A mí me ha dado muy buen resultado un  buen paté casero de garbanzos ( humus) sobre unas tostadas con huevo duro, cebollines picados, ajo, rúcula y zanahoria rallada, condimentadas con aceite saborizado. El procedimiento es sencillo, se puede tener todo preparado. El humus se distribuye en pequeños cuencos, se presenta todo el resto de los ingredientes de la manera más práctica posible. Se le pueden agregar otros “dips” tan sencillos como el humus. (Consulten el Crandon-toda una institución- o bájense una aplicación de recetas.)  Y ¡A saborear!
Y si nada de eso es posible, pues bien. No queda más remedio que pedir “comida hecha”. Un verdadero agravio para cualquiera de mis antepasados, porque  la cocina, es uno de los reductos de la felicidad. En torno a ella, se lleva la vida familiar y la de las amistades; tengan en cuenta que sirve para unir.