sábado, 20 de mayo de 2017

CAPUCHINO Y SACRAMENTO

Capuchino y Sacramento- por ahora-

Hace unos días leí comentarios y vi programas que se centraron en  la polémica que se generó  por la negativa a  colocar una estatua de la virgen María en la rambla. Me resultó extraordinaria la atención que provocó. Ya sé que los gobiernos van y vienen y es bastante común que se pronuncien en forma negativa cuando de alguna manera se proclaman ateos o libres de todo credo religioso. De todas maneras me dio que pensar porque en el país no sería la única imagen religiosa o similar  que hay en los predios públicos.
Aunque fui educada en mis primeros años en una escuela de monjas, no me quedó ningún vestigio de apego religioso. Mis suaves creencias no están arraigadas en ninguna religión en particular sino en una filosofía de vida que uso para estar en este planeta y no perderme entre sus  sinuosos  meandros.
Habitualmente, no   llevo puestas  imágenes religiosas ni  las promociono, sean de la religión que sea, pero si alguna vez me pongo  alguna  no es con sentido religioso sino estético.  De todos modos, aún siendo así, me resultó bastante chocante el rechazo a la imagen de María en la rambla, ya que está-sin ningún tipo de reparo- la imagen de Iemanyá- la virgen de la religión umbandista- y, también la estatua del "Greeting Man"- regalo de Corea- Por lo visto, estas dos imágenes no recibieron el mismo tratamiento. En el primer caso es una imagen religiosa, y, en el segundo, aunque es un regalo, es, de todas maneras, la representación de una alegoría: un "hombre que saluda" es la manera de entablar una primera relación.
Yo  no tengo una predilección por ninguna imagen en particular, pero, me parece, que si hay otras del mismo tenor, la virgen no habría ofendido a nadie con su presencia en la rambla. Por otra parte, pienso que de una manera u otra se está llegando a extremos que no son positivos para la convivencia.
Muchas mañanas, voy a Mac Donald Café a desayunar. De paso, además de un suculento desayuno, aprovecho a darle un vistazo al diario. Habitualmente pido lo mismo: un capuchino mediano y un Sacramento.
Si seguimos en esta onda restrictiva ¿ Terminarán cambiándole  el nombre a estas dos delicias?




viernes, 12 de mayo de 2017

MÁS DE COMPRAS

No es tan así. Lo aseguro.

La carestía sigue siendo tema en todos los medios y bolsillos. Pero hay otros problemas que también  se suman a las dificultades para hacerlas. Se trata de la tan mentada "tecnología".  Por un lado tenemos a este señor afirmando que, a medida que accedamos a más elementos tecnológicos lograremos ser más felices, y, por otro, el dilema de que cuando nos fallan algún aparatito, nos volvemos monos porque no podemos- ni sabemos- hacer nada sin ellos.

Hoy fui a la ferretería. Ya no es "la del barrio", sino "la del Shopping". ( Es la única que hay). No iba a comprar nada exótico, únicamente un par de enchufes-para ponerle uno a cada aparato y poder conectarlo sin andarlo buscando desesperadamente), y unas pilas comunes de repuesto. Me dirigí a uno de los vendedores- un flaco de coleta- que estaba ocupado, obviamente con su celular. Como estuve unos minutos parada sin que levantara la vista ni me diera ningún tipo de bola, le pregunté si tenía que sacar número. Me contestó que sí y así lo hice, después de esperar otros tantos minutos- no había nadie y el otro vendedor estaba ocupado con otro cliente- cantó mi numerito. Le pedí los objetos en cuestión, me los trajo, y, cuando me disponía a pagar, resultó que "la máquina se había trancado". Me quedé otros minutos esperando el "destranque" pero el milagro no se produjo. Le pedí que me diera los precios-dispuesta a pagarle sin boleta- pero tampoco eso era posible. Todo lo que venden tiene un código, no saben los precios, si la máquina "se muere", ellos también pasan a mejor vida con todos los clientes compradores.
Me tuve que volver a casa sin nada.

Qué tal? ¿ Es la tecnología una fuente de felicidad o un engorro? Porque cuando "se cae",  se termina el mundo y estos angelitos no tienen ni la más puta idea de cómo sacar un precio y  hacer una cuenta a mano nomás.


lunes, 1 de mayo de 2017

DE COMPRAS

El dilema de la compra semanal con una brutal inflación 
Hace años, hacer los mandados no me molestaba en absoluto, formaba parte del entretenimiento semanal. Tenía la compañía de mi esposo, que era un  experto para las compras, y que nunca adquiría nada de más ni fuera de estación. Teníamos un meticuloso "plan semanal" que cumplíamos a rajatabla. Una rigurosa lista que pinchábamos en un recordatorio hasta que llegaba el día de ir al supermercado. Cuando vivíamos en el Prado, no teníamos el súper a mano. Había que caminar unas cuantas cuadras hasta Tienda Inglesa, pero éramos jóvenes. No nos pesaba. Teníamos un chirriante carrito de feria, que habíamos forrado con una gran bolsa de nylon para que no fuera tan chismoso y sábado, o mejor domingo, íbamos por víveres. Yo casi siempre cociné. En alguna oportunidad tuve quien lo hiciera- pagando por supuesto- pero mi comida siempre resultaba más aceptada que cualquier otra. La lista que hacíamos contemplaba todas nuestras necesidades. Incluso "las de fin de mes" cuando los pesos escaseaban y había que ser muy hábil para hacer las comidas diarias. En los primeros años no teníamos tarjetas de crédito porque aún no se habían impuesto. Comprábamos al contado. Tan meticulosamente que los últimos días del mes aún teníamos vituallas para hacer sustanciosas comidas: atún, huevos,  latas de envasados providenciales. Siempre. Y eso nos salvaba. Paulatinamente empezaron a aparecer las tarjetas de crédito. Dedicamos una de ellas para las compras de mercado. De esa manera, teníamos la posibilidad de llevar una contabilidad estricta de gastos. Yo seguí con la costumbre. Tengo una tarjeta que sólo dedico a la compra del mercado.
El carrito de la compra: coqueto pero chauchón


 En los últimos tiempos la inflación es tan grande que estoy gastando el doble de lo que gastaba el año pasado. Juro que no modifiqué mi plan alimenticio. Para nada. Por supuesto que para contrarrestar mis nanas, como sin sal, compro queso magro, aceite de oliva y productos sin grasas. La carne no es mi prioridad número uno como lo fue en mi juventud, pero no prescindo del todo de ella. Más bien sigo siendo una omnívora moderada. Como carne, pollo y pescado por lo menos una  vez por semana. Pastas de sémola dura, las verduras que me gustan-que no son muchas- y, en cuanto a los mariscos sólo me gustan los mejillones que sé preparar en la paellera de diferentes maneras. Sigo siendo ordenada y metódica. Eso no quiere decir que de vez en cuando no pida  un delivery  pero, en general, prefiero cocinar. Además, me gusta hacerlo. Para mí es una terapia. Después de tener los ingredientes, dejo  a Teodoro en la terraza para que no se me enrede en las piernas, pongo música y me dispongo a cocinar de buen ánimo. Y pongo empeño para  que me quede bien rico, porque me gusta invitar a parientes o amistades. Y me encanta que se disfrute la comida. No tolero a esos desabridos que tanto les da chicha como limonada. Me gustan los entusiastas. Por suerte, tengo unos cuantos.
Pero toda esta perorata viene por una cuestión principal: la carestía. A medida que envejecemos, nuestra alimentación tiende a ser más rigurosa. Los médicos nos  mandan comer sin sal y sin azúcar y todo magro quesos y  carnes. Ese régimen de veteranos es mucho más caro que la comida común y el bolsillo- la tarjeta destinada al supermercado- lo siente. Se gasta mucho más en los mismos ingredientes de siempre. Un pequeño carrito que ni siquiera llega a llenarse ni moderadamente, pasa a ser una fortuna en pesos uruguayos a descontar a fin de mes de nuestros ingresos ya mermados por la "quita" que nos hace el Estado-que también es rigurosa- porque es cierto que tenemos al  Frente Amplio en el gobierno, pero eso no quiere decir que hayan mejorado las condiciones de vida de la clase media. Para los del FA una persona como yo con dos ingresos, -una jubilación y una pensión-  es considerada "rica". Yo discrepo totalmente con esa visión, porque me sacan tanto dinero que me bajaron las condiciones de vida por las cuales luché durante muchísimos años para que al llegar a esta edad ya provecta, pudiera vivir con cierta holgura. Minga de holgura. Vivo mirando el pesito. Voy -desafiando a mi artrosis de rodilla- a la feria vecinal que es más barata que el supermercado- y allí compro-también cuando puedo- algún buen queso a menor precio. Pero aún haciendo todas esas piruetas, estoy gastando el doble que el año pasado.

Atrabanco. Temprano en la mañana el carro de un reponedor atravesado impidiendo el paso.
Más el botellerío en el medio. ¿Qué les cuesta acomodarlo  en las góndolas?

El otro inconveniente en el supermercado son los atrabancos que se forman en los alrededores de las góndolas de productos. Los reponedores  atraviesan los carros y tornan angustiante el pasaje porque son enormes y únicamente pueden pasar de a uno. Más de una vez veo a alguna otra jovata avinagrada que quiere pasar antes que yo. Y la dejo. De paso, le miro la cara arrugada-para abajo, como corresponde a una tipa amargada- y me felicito por no tenerla tan así. Bueno creo que no tan así.
Supongo que no soy la única con problemas.
Estimo que hay más personas con el mismo dilema.
Habrá que seguir luchando para poder llenar los carritos al tope con una sonrisa de oreja a oreja. Ojalá que sí.



jueves, 20 de abril de 2017

LA VIDA Y LOS PAPELES DE FERNANDO BUTAZZONI

"La vida y los papeles" un libro imprescindible

Leí  novelas y artículos de Fernando Butazzoni y reconozco –siempre- al excelente narrador que deja a sus lectores sin respiro.
Gracias a su libro “La vida y los papeles”, ya sé que su apellido original tenía dos “t” y dos “z”, y que él-finalmente- optó por una sola “t”- por lo cual podemos pensar que es una especie de seudónimo. No voy a revelar porqué. Hay que leer su artículo “Una letra menos” para saberlo y  yo no voy a matar la incógnita porque él lo hace maravillosamente bien.
Me encantó la manera en que fue concibiendo el papel de la memoria, que es tan personal y cambiante como nosotros mismos.
El libro es variopinto;  no  todos los capítulos me cautivaron por igual, sin embargo, algunos – de verdad-  me impactaron.
 La época del pachecato, de la dictadura, de los tupamaros,  las vivimos acá, en el “insilio”-que todos sabemos que fue tanto o peor que el exilio. Carlos, mi esposo,  no se la llevó de arriba porque era bancario y de los que resistieron. Así que, aunque era un santo varón, marchó-militarizado- con sus compañeros resistentes al cuartel. Y no la pasó bien. Jamás había tenido ningún problema con la justicia, pero defendió con gran energía, la posición que había adoptado su sindicato. Yo tampoco me la llevé de arriba. Éramos muy jóvenes. Yo era huérfana desde hacía años. Acá, en Montevideo, tenía a mis tíos- padrinos, pero no podía ir un día sí y otro también con mis cuitas. Tenía que ser mayor. Me había casado. Me quedó de esa época nefasta un rechazo visceral a las manifestaciones multitudinarias y un miedo atroz a vivir de nuevo esas fieras experiencias. No  me volví loca, pero estuve a punto. Por eso, probablemente,-porque me  duelen-  me perdí en algún capítulo donde Butazzoni cuenta peripecias de su vida tupamara.

En el año 2014, en Cuba con Butazzani firmándome varios libros 

Para comentar seleccioné dos crónicas de la segunda parte del libro. No fueron las únicas que me impresionaron, pero tengo que ser selectiva porque si me entusiasmo puedo escribir más que Butazzoni. En el libro no están en este orden, pero  las comento así para dejar la más dura para el final.
En la primera, Butazzoni, traza una  tierna semblanza de Mario Benedetti. Nadie ignora que lo leí desde mi adolescencia, que me comí, sus “Poemas de la Oficina”- porque  en la década del sesenta del siglo pasado yo trabajé en varias,- aunque nunca en una pública- y su novela “La Tregua” la leí chiquicientas veces, y cada vez, le descubrí-siempre- algo más. Nunca “se me cayó de las manos” como  anotó Eduardo Espina. Jamás. Tampoco la encontré cursi. Quizás lo sea, como también lo debo ser yo, pero ambas- la novela y yo- tenemos nuestro derecho a existir para hacer ruido donde queramos.  Fernando Butazzoni  destaca  de Mario Benedetti  cualidades que yo también le sentí:

“Siempre establecía un estado de gracia con la gente. Una comunión hecha bondad y discreción. Una fraternidad que nacía en su escritura y que terminaba por ser un abrazo cálido que cada quien sentía como propio y único. Se puede decir que Mario Benedetti con su obra y con su ternura, tan tímido él  a la vez tan decidido, abrazó a la  humanidad entera. Por eso sus libros son universales. Por la estatura humana de quien los escribió. Así es que ahora Mario está instalado en la más humilde de las glorias, la del cariño de la gente.”(pág.304)

Sí. Yo lo adoré. Y más tímida que él, jamás le hablé cuando lo vi en alguna conferencia, pero siempre escuché con devoción lo que decía. Y leí - con el mayor respeto aunque no coincidiera con sus juicios- todo lo que escribía. Tenía,-además- un sentido irónico del humor que me fascinaba tanto como su literatura.
En un programa de televisión,-lamento no haberlo encontrado en Youtube-  en el cual Omar Gutiérrez homenajeó a León Gieco, presentándole a Eduardo Galeano, -con la colaboración extraordinaria de Mario Benedetti, Daniel Viglietti y Ruben Rada- los artistas  se manifestaron, contestaron preguntas y cantaron. Fue un programa muy especial.  Entre todos  ellos, destacaba- como siempre- Mario Benedetti. Se habló, entre otros temas, de los males que aquejaban a los uruguayos después de la dictadura, como la envidia y la soberbia. Dos pecados capitales que según los entrevistados, habían recrudecido con los años de carencia de libertades. En una intervención de Mario Benedetti, en referencia a la soberbia, él acotó, con esa gracia inigualable que tenía:
-      “Y no estoy hablando de ninguna manera del Ministro de Cultura”. *
Y así, sin más, dejó irónicamente bien claro, que consideraba que el Ministro de Educación y Cultura de la época –que era Antonio Mercader- era soberbio. Yo nunca llegué a saber si lo era o no lo era, -pese a que en esa década del noventa del siglo pasado estaba abocada con toda mi alma a lograr que el colegio UAS lograra un acuerdo educacional-, porque nunca me recibió personalmente. Para atender a nuestros reclamos siempre me recibía algún subalterno. Nunca él. El acuerdo salió-finalmente- pero yo me quedé con las dudas, porque la soberbia o su reflejo social, la pedantería,  se perciben mucho más en el trato personal. Nunca me olvidé de esa intervención de Mario Benedetti. Tenía fama por ellas y Butazzoni también lo destaca con alguna anécdota jugosa que hay que leer.
El segundo artículo que más me impactó se llama “Soledades”.
En este caso, plantea un tema urticante y nunca considerado suficientemente: la muerte en soledad.
Yo he leído sobre el extrañamiento que produce encontrarse con las pertenencias de un ser querido que súbitamente dejó de existir. Ahí están sus gafas-lentes, sus tintes para el pelo, sus condones. (Me estoy acordando de la muerte del padre del escritor Paul Auster que describe tan bien en uno de sus libros.) También viví ese extrañamiento con los míos. Es siniestro. A mí me costó meses poder agarrar coraje para abrir los cajones del escritorio de mi esposo.
Inmediatamente después de  su fallecimiento, tomé empuje para enfrentarme con sus libros y su ropa. Hice lo que creo que él hubiera hecho: los doné. Todo o casi todo. Menos un jogging que había usado hasta el final. Tenía su olor. Dormí con él unos cuantos días. Aún lo conservo, y, si me deprimo, lo saco, lo huelo y me calmo. Más o menos pero me calmo. Pero el escritorio era su "recinto personal" con sus carpetas, las notas con su letra nerviosa, afilada, urgente,  la tembleque de sus  últimos tiempos, y muchos de sus papeles íntimos. Encontré una carpeta que decía "Para Alfa". Ahí estaban minuciosamente anotadas a mano, todas las indicaciones con las que me manejé en el aspecto financiero y sucesorio. No dejó nada descolgado. Siempre fue ordenado y metódico. También pudo serlo en esas instancias finales.
Pero lo que plantea Butazzoni en sus "Soledades" va aún más allá y es muy conmovedor. Forman parte de sus  experiencias como exiliado político en Malmö - Suecia- en la década del ochenta del siglo pasado, cuando trabajó como repartidor de periódicos. Como él señala muy bien, era una actividad nocturna sencilla, muy dura en invierno- por las bajísimas temperaturas que tenía que soportar mientras hacía el reparto en bicicleta-, pero le dejaba tiempo para dormir, pensar, imaginar-fundamental para un escritor-  y escribir.
Imaginaba las vidas de esas personas que paradojalmente querían recibir el diario antes de las cinco de la mañana. Para eso pagaban, y él cumplía con esa tarea. Pero ninguna cosa que imaginara le iba a dar la magnitud de la soledad de muchas. Él recuerda el caso de la señora Rita Nydal- a quien nunca  conoció- aunque una vez entreabrió la puerta y tomó el diario con su mano"sarmentosa"- dice Butazzoni-, por lo cual el deduce de inmediato que se trata de una anciana. Algunas veces le dejaba alguna luz en el porche, y también adentro de la casa. Butazzoni pensaba que era una manera de ser gentil. Y quizás sí, lo era;  a su manera sueca.
Pero al cabo de un tiempo, aunque seguía  dejando puntualmente el periódico, veía que  no era recogido de la puerta.  Y se terminó la suscripción. Después se enteró que la anciana había muerto en la más completa de las soledades aunque  tenía un hijo que vivía a  pocas cuadras pero jamás la visitaba porque "estaba bien". En una forma espléndida Butazzoni toma esta historia patética y la asocia a otras de otras muertes en soledad-algunas incluso de años- pese a haber habido parientes. Tan turbadoras resultan estas situaciones que hasta se creó un oficio el de Boutredare - que es una persona, generalmente un procurador o un abogado,  que se encarga de abrir la sucesión, instalarse en la casa,  repartir los bienes, y organizar el funeral. En la más completa de las soledades. Eso es lo más impresionante del magistral  relato de Butazzoni.
En fin. El libro merece una atenta lectura, porque es impactante y conmovedor. También  merecen lectura  todos los otros relatos de Butazzoni porque bien valen la pena.




lunes, 20 de marzo de 2017

EXCESOS

Titular que nos alerta

En general, no escribo sobre temas que tienen que ver con  desmanes. Ya están más que  documentados en la prensa oral y escrita. Sin embargo, esta vez lo voy a hacer, por una sencilla razón: la comprobación de que estamos en un mundo absolutamente enloquecido y que no nos amparan los avances tecnológicos para evitar los desastres, porque ocurren igual, ya sea provocados por la naturaleza o por los mismos seres humanos que se salen de control.

En el caso del recital que nos acongojó a todos, fue notorio el descontrol y la falta de previsión, pero en otras situaciones de la vida diaria es fácil darse cuenta de la falta de humanidad que no nos deja ver nada más que lo que nos interesa sin tener en cuenta para nada  los intereses de los demás.

Vivo en un edificio chico y viejo, con múltiples problemas generados por la falta de  dinero para hacerle todo lo que hay que hacer. En asambleas se va decidiendo qué y cómo mejorar, pero lógicamente, cuando se toman decisiones surgen-de una manera u otra- los consabidos "recortes" porque -como decía mi padre, el Negro Pinela- "no se puede chiflar y comer gofio". Así que juntar dinero para hacer unas reparaciones, significa dejar por el camino otras cuestiones. Hay que ver la cantidad de tiempo y esfuerzo que se le dedica para poder llevar a cabo tres o cuatro reparaciones que no admiten más demora. Y también hay que ver cuántas dificultades hay que afrontar para dejar a la mayor parte de la gente- si no contenta, al menos con cierto grado de satisfacción o comprensión mínimas-
Y eso que somos pocos. Supongo que en mega-edificios, será peor y los conflictos, mayores.
Más de una vez he pensado cuán absurdos somos. Discutimos por meras estupideces para que triunfe nuestro criterio sin tener en cuenta que hagamos lo que hagamos la muerte nos va a alcanzar en cualquier momento y todas las "luchas intestinas" por esto o lo otro, pasarán  a un plano de total falta de interés. Y en breve, más nadie se ocupará de nuestros "enormes" problemas de convivencia porque vendrán otros a ocupar el puesto. Y se les prestará la misma atención con el mismo vigor y con la misma saña.

Basta mirar el panorama de las guerras, se lleven a cabo por un motivo u otro, siempre concluyen con muchos muertos, lastimados y heridas para restañar. Y vuelve a pasar el tiempo y con él llega el olvido. Las nuevas generaciones, entonces,  ignoran absolutamente lo que pasó, y otra vez los seres humanos tropiezan  con las mismas piedras violentas que vuelven a golpear sin remedio.

Así pasó en este recital.

Falta de previsión, exceso de concurrencia, sin vigilancia adecuada, y la avalancha generó el caos que arrasó con vidas y provocó heridos, más el pánico de las familias que tenían a sus hijos en esta concurrencia masiva.
¿ Y qué harán  los culpables  después de la pérdida de  vidas jóvenes que fueron groseramente aplastadas?
No sé. No sé qué harán. Lo que sí sé es que vamos de mal en peor, y que no hay avance tecnológico que frene tanta  barbarie.



viernes, 3 de marzo de 2017

UN NEGRO RETINTO CON UN OJO DE VIDRIO

UN NEGRO RETINTO CON UN OJO DE VIDRIO 



En alguna oportunidad escribí sobre mi padre- el negro Pinela-.
http://cosasdeviejucin.blogspot.com.uy/search?q=Mi+padre+el+negro+Pinela
Era  negro-  eso es sabido por todo el mundo-.  Tuvo que luchar tenazmente para salir a flote y lo logró. Yo-como todos-  cargo con mi  lotería genética y la llevo lo mejor que  puedo, sin ocultarla ni  denigrarla.
Hoy vi " Luz de Luna" la película que mereció premios. Yo no la declararía una gran película, pero sí expresa varios temas que son actuales. A uno de ellos, ahora lo llaman "bulling". Cuando yo crecí era simplemente burla. Y había que aprender a defenderse. Así se manifiesta en la película y en la vida misma.   La discriminación es otro puntal derivado de la burla. Mi padre la debe haber sufrido porque siempre trató de apartarme de la negritud. Supongo que debe haber pensado que si era rubia y de ojos claros no tenía porque "plegarme" a ser discriminada. Ya lo expresé en otra crónica, pero lo repito: cuando alguien le decía que yo era linda, él-indefectiblemente- contestaba: "linda no es, es vistosa". A mí me bastaba ese juicio.  Por otra parte, me gustaba ser blanca y de ojos claros porque apenas adolescente intuí que era un "plus" para la conquista, pero mi padre siempre era mi padre y me gustaba que fuera como era aunque nos peleáramos a muerte por nuestras diferencias.

Lo cierto es que las  controversias pueden aparecer en cualquier momento de la vida. Ahora, también. Hace un tiempo en el SPA, me encontré con una vieja conocida de La Paz. Como en todos los pueblos, nos identificamos por nuestra familia. Yo le indiqué enseguida que era la "hija del colchonero Segovia" y la ubiqué a ella como "una que vivía en la carretera". No fuimos ni compañeras de escuela ni de liceo, pero en un pueblo chico era habitual que nos encontráramos en la calle, en la estación de tren, en los cines, en los bailes. Aunque no lo parezca, también en los pueblos se forman "clases sociales" según las familias que tengamos. Lo cierto es que creo que ella no me ubicó realmente por el episodio que paso a relatar.
Hace unos pocos días nos encontramos desayunando en un Mc Donald. Yo estaba acompañada  por  una amiga que vino de Buenos Aires.
Ella estaba con otra de La Paz- que no reconocí, aunque sí me sonó el nombre y  el apellido-. De mañana yo no tengo muchas ganas de hablar pero tampoco me gusta ser descortés, por lo tanto, las saludé, cambiamos algunas palabras y volví a ubicarme como "la hija mayor del colchonero Segovia". Ahí, la otra empezó a tratar de meterme en alguna casilla conocida- que por otra parte es lo que hacen todos-.
Le di- para más datos- la dirección de la colchonería. Ahí sí saltó mi compañera de gimnasia-ahora sí "ubicada"- o no, según se mire-  que enseguida dijo:

"¡ Vos no podés ser la hija de ese negro retinto con un ojo de vidrio!"  

Mi amiga -que me conoce hace más de cuarenta años-  largó una carcajada, y yo, sacando  la billetera  le confirmé:
"¡ Sí, ese negro retinto con el ojo de vidrio, era mi padre!"
 Enseguida, le  mostré una foto que siempre llevo conmigo. No se desmayó, pero casi.
Lo cierto es que en su expresión hubo absoluta discriminación: " ¡no podés ser la hija de ese negro retinto!" . Además, saltó -también- su defecto físico: el ojo de vidrio.
Como ven, no importa cuánta agua corrió abajo del puente. En todo momento, y aunque hayan transcurrido más de cincuenta años de una muerte,  puede surgir una crítica venenosa, un comentario mordaz, una frase denigrante, un juicio reprobatorio.
Volviendo a la película: Se llama "Luz de luna" porque al protector en su infancia, alguien  le dice que a los negros, con la luz de la luna, se les ve  "azules".  Así se lo cuenta a "Little"- apodado así por lo pequeño, y, de paso,- convengamos en que  muchos apodos provienen de una característica desprestigiada, dolorosa o no querida-. 
Aunque la película  sea  lenta, y  con altibajos, el tema de la discriminación social prevalece en  los episodios de la misma manera que campea en la vida misma. ¿Quién lo puede poner en duda? 








































domingo, 26 de febrero de 2017

EL PEDREGULLO

A primera hora aún no hay mucho público. Más tarde, hierve

En el teatro de Verano Ramón Collazo,  uno de los escenarios más importantes del carnaval uruguayo-  allí se realizan las presentaciones de los conjuntos que compiten- también conocido como "El Templo de Momo", hay un espacio que se llama "El Pedregullo". Allí hay unos desniveles fabulosos- en uno de ellos me esguincé el tobillo derecho el año pasado- Después de mi accidente y el de otras personas, colocaron  una "barrera" para prevenir rodadas  incautas- Yo no fui la única vieja que rodó por el acantilado- Además de haber limitado ese peligro, hay, este año, una renovada plaza de comidas. Cuando comenté en facebook  que uno de los atractivos del teatro lo constituye la amalgama de olores y puse algunas de las delicias que se ofrecen, una amiga  radicada en Estados Unidos, me preguntó:- ¿ravioles?- Sí. Sí. Ravioles, choclos asados, papas fritas, muzzarella, fainá,  panchos, hamburguesas, empanadas, tortas fritas, parrillada- incluso con ofertas de parrillada para dos- Una de ellas, radicada en el pedregullo, es más para comer en la barra, pero adelante hay otra más tipo "gourmet" con mesas y sillas. Los precios son regulares. No es para todos los días porque no habría bolsillo que soportara la demanda, pero, de vez en cuando, conviene "pecar" -para mí que como sin sal es realmente un pecado capital - con alguna "cosita". También hay bebidas de todo tipo. Si les da por el lado de los dulces están a la orden los exquisitos churros, o empanadas dulces o garrapiñada. Hay de todo.
Además allí se ubican los baños. Hay otros adelante pero son de menor capacidad. Los del pedregullo, son más. Damas a la derecha, caballeros a la izquierda. Alguna vez he visto a algún azorado "caballero" buscando el correspondiente,  en el sector femenino. No están bien mantenidos- estoy hablando de los de "damas" porque por obvias razones nunca entré al de "caballeros". A muchas puertas les faltan los cierres y algunas maderas están carcomidas. Las mujeres nos ayudamos las unas a las otras: entra una y otra, de inmediato, agarra la puerta por la parte superior y la mantiene cerrada. Los de "damas" están al final del peligroso acantilado donde me escraché el año pasado. La iluminación es escasa. Para llegar a los baños, hay que conocer el terreno y caminar con la debida precaución. Tienen -eso sí- amables asistentes que ofrecen papel o ayuda si es necesario para las más descangalladas- entre ellas yo-,  que vamos  al teatro de verano de puro gusto nomás.

Pero lo más importante de lo que ocurre en el pedregullo, no es  la comida-aunque sea apetecible-  sino las reuniones sociales que se establecen entre los  componentes- de todos los grupos-  sus familiares, sus fans, su público. Es el momento para pedirles fotos, para verlos sonrientes, ya distendidos después de la prueba,  palmearlos para animarlos, en fin, es lo más lindo de lo social. En una época en que  nos hemos convertido en solitarios seres conectados a los celulares, pero no persona a persona, es un lujo y  un privilegio dar un abrazo a un componente que se admira. Se incluyen  las entrevistas que radio y televisión realizan "en vivo y en directo". Todo un mundo de posibilidades. Todo un "pedregullo" de actividades con su mezcla de sensaciones y sabrosos olores.