jueves, 24 de enero de 2019

Marie Kondo y su magia del orden

Ordenando la casa y la vida con Marie Kondo 



Como se puso tan de moda el método de ordenamiento de Marie Kondo, me compré uno de  sus libros en Buenos Aires. Si bien hay muchos videos en youtube, pensé que sería mejor leerlo para ver cuál era la filosofía de guardar/ descartar.
Pero la moda “Marie Kondo” continuó, al punto de que Netflix subió una serie en la cual Marie Kondo, respaldada por una traductora, visita las casas de diversos  estadounidenses hambrientos de organización. Los hay muy variados. Desde parejas, hasta viudas que acongojadas,  no pueden resolver de qué  y cómo deshacerse  de los enseres de sus maridos fallecidos. Ese capítulo fue para mí uno de los más conmovedores. Yo también tuve que luchar (y aún lucho) con las pertenencias de mi esposo fallecido. No me fue fácil deshacerme de  algunas cosas de valor sentimental. Y lo hice-y lo sigo haciendo-  en etapas. Primero la ropa- que se llevó el hermano, sin importar si le servía o no- luego los libros- que se llevaron sus colegas  abogados- y por último lo de valor sentimental. (Aún  tengo objetos de los cuales no me desprendí: sus títulos universitarios; sus cartas, sus dibujos alusivos a diferentes circunstancias de la vida.) Sé que algún día tendré que deshacerme de TODO- o lo tirarán todo a la basura, mis deudos-  pero ¡luchó tanto por esos títulos! ¡Fue tan amoroso como esposo! Los objetos sentimentales no tienen ningún valor económico; es muy probable que sea lo primero que tiren los deudos cuando me muera, y, sin embargo, yo los mantengo en una caja que compré con ese propósito. En fin. Ya veremos Marie Kondo si te hago caso  o  no.

En las redes sociales he leído de todo: desde entusiastas expresiones de agradecimiento, hasta las más mordaces (y procaces) expresiones de denostación. En realidad, en las redes, está el método “KonMari” explicado por las personas más heterogéneas. Más o menos todos hemos captado el asunto de guardar la ropa en “rollitos”- resulta práctico hasta para armar una valija-.También es práctico deshacerse de las cosas que no usamos y que pueden servir a otras personas. La  japonesa hace una especie de oración para “saludar a la casa” y también despide a las cosas “con alegría”- quedándose únicamente con las que despiertan “felicidad”. Lo difícil del procedimiento es darse cuenta de cuáles son los   sentimientos que provocan los objetos. Yo lo he resuelto como he podido y lo sigo resolviendo de la misma manera. Me despierta alegría lo que me sirve, y me disgusta lo que me queda chico porque me recuerda que tuve tiempos mejores. Así de sencillo. No guardo nada que me quede chico. No creo que tenga voluntad para bajar treinta kilos que me hagan volver al peso de mi juventud. Lo único que lavé y guardé, es una blusa que supo ser blanca-talle 46-  y que la usé  cuando me casé. En la actualidad parece la blusa de una niña, pero la llevé cuando tenía veintiún años y pesaba sesenta kilos. Más bien me produce  “nostalgia de los tiempos que han pasado”,-como dice el tango SUR-  pero no me dio el coraje para descartarla. En realidad, no me despierta alegría sino azoramiento (¿cómo pude caber en esto tan chiquito?), y me retrotrae a remotas épocas- de cuando era feliz a más no poder y no me daba cuenta.
No me pude desprender de ella. Ahí está viendo pasar el tiempo

Según Kondo, hay que elegir meticulosamente lo que se desecha y lo que queda. Así ha sido siempre. A la japonesa hay que felicitarla, porque puso en marcha una industria: va a las casas, las saluda,  fabrica cajitas para archivar, señala como descartar, como doblar, como ordenar y se va siempre con una sonrisa. Al fin y al cabo, todos tenemos que hacer lo que podamos  con los cachivaches. ¿Se puede lograr un ordenamiento mejor? Sí, se puede. Además,  se puede prescindir de más de un objeto obsoleto perdido entre los placares. Es un esfuerzo que vale la pena.
Orden  estilo Marie Kondo- la verdad es que se ocupa mucho menos espacio-


Las críticas mordaces se detienen en la meticulosidad del excesivo descarte. Por ejemplo, yo,  por ahora, no puedo quedarme con nada más que  treinta libros. El año pasado descarté todos los de docencia, pero aún así tengo más de dos mil ejemplares. Muchos tienen conmigo un profundo arraigo sentimental. Me los buscaron y regalaron personas queridas.  Están dedicados, señalados, escritos, y  llevan parte de mi alma. Así que ahí se quedan, como mudos compañeros de vida.
  –Como señalaba Cortázar:
 “Los libros van siendo el único  lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”.   







jueves, 10 de enero de 2019

SUPERCHERÍAS

Túmulo en el "Valle del hilo de la vida" ¿tumba indígena o monumento religioso?

La foto que ilustra esta nota es del “Valle del hilo la vida”. Una zona en Minas, donde se encuentran estos montículos. La mayoría asegura que fueron erigidos por los indígenas y que tenían sentido religioso; otros van más allá en las teorías y afirman que pueden haber sido tumbas de cementerios de indios. Sin embargo, el señor que nos recibió nos dijo que nunca se encontraron cadáveres, únicamente esas extrañas formaciones de piedra que quedaron como testimonios de algo que aún no se sabe a ciencia cierta que es. Como el tema se relaciona con las supercherías me pareció una foto por demás alusiva a una realidad que dista mucho de ser lo que parece, porque no se sabe realmente su objetivo, ni por qué fueron erigidos. Ahí están. Silenciosos, en un paisaje de ensueño en medio de las serranías.
Hace un tiempo me contactó por Facebook, una persona que decía conocerme y que no sabía español. Iniciamos un chateo en inglés- no me vino mal porque el mío se estaba anquilosando por falta de uso-. Sin embargo, en ningún momento pude entender de dónde me conocía. No me pareció raro, porque al haber trabajado tantos años en un colegio internacional donde muchos docentes  son  contratados por un período de tiempo, podía haber sido alguno de ellos. Recuerdo a muchos de los contratados, pero, estimo que hubo algunos que trabajaron pocos meses y se me podían haber perdido en los recovecos de la memoria.
 Se presentó como un viudo de sesenta años,  que había estado profundamente enamorado de su esposa, religioso, y de profesión ingeniero-trabajaba independiente. En  Facebook había puesto una foto de un gordito con cara simpática. En el  chateo,    me comentaba de cantantes, seleccionaba y me mandaba canciones de su gusto. De libros comentábamos poco, porque manifestó que le gustaba mucho leer pero no tenía tiempo.  Su trabajo lo absorbía día y noche. Estaba a punto de firmar un contrato muy productivo que lo iba a parar para el resto de la vida. Un día se me ocurrió hacer un rastreo por Google para ver a qué universidad había concurrido, si había trabajado para alguna empresa, - porque según él, era independiente hacía algunos años-y dónde estaba radicado. No encontré ningún dato. Encontré personas   con el mismo nombre, pero las fotos no coincidían. Lo extraño era que no tenía skype, ni ninguna forma de chatear “en vivo y en directo”- es decir que nunca lo vi en persona.
Las conversaciones eran normales. Lo único extraño era esa comunicación a ciegas, como los amigos de antes que no tenían otras posibilidades de contacto.
La amistad nos llevó a charlar por teléfono dos o tres veces por semana. Insistió en ese contrato a punto de firmar que iba a ser tan productivo para él.
Al tiempo, se destapó el tarro. Me pidió 5.000 dólares para  pagar los gastos de los abogados. Me los devolvería a la brevedad. Etc. Etc. Etc. Obviamente que le dije que no; que recurriera  a un préstamo bancario, y que realizara todas las gestiones necesarias para obtenerlo a la brevedad. Nunca más me llamó ni me requirió más nada. Después, en los comentarios de algunas redes sociales, me enteré de que hay una cantidad de -scammers- así se  llaman en inglés- es decir estafadores que se dedican a maniobras fraudulentas para obtener dinero de viejas – y no tan viejas- incautas.
Un factor importante que tienen en cuenta para contactar es la soledad de sus víctimas: casi todas son personas de edad, que viven o están solas, que tienen un pasar, y que supuestamente querrían compañía. Eso es lo que ofrecen y las caídas se dan sin remedio. Vi varias que daban pena. Una, incluso, había estado relacionada con un estafador durante más de tres años.
Empiezan así como éste. Detectan un perfil que les interesa, se ponen en contacto con alguna mentira, adoptan un perfil falso, se hacen pasar por alguien que no corresponde-incluso pueden adoptar la identidad de un famoso-(No se preocupen; éste no era Keanu Reeves-.) y luego, de una u otra manera piden dinero para sufragar algún gasto. En este caso, era para “pagar a los abogados” pero las mentiras pueden ser de todo tipo y tenor: para una hija que está enferma, para pagar medicamentos, en fin. Múltiples y soberanas mentiras. El ingenio es descomunal.

Usan – por ejemplo- perfiles de soldados- Todos están en misiones peligrosas, en Afganistán- por lo menos- y las incautas caen como chorlitos.
Hoy verifiqué alguno de esos perfiles, e indagué cómo detectarlos. No es fácil, porque “hecha la ley, hecha la trampa”, pero algunos tutoriales me convencieron.
La fuente de recursos está en youtube. Google también los tiene. En fin. “Más vale prevenir, que curar”.



martes, 11 de diciembre de 2018

RECUERDOS DEL UAS: " MÍSTER SNYDER"

Las de buzos idénticos y el querido Míster Snyder 

Cuando se trabaja en una misma institución un montón de años, es lógico que se acumulen memorias y recuerdos de los seres que conocimos. En algunos casos serán buenos, en otros más o menos, pero el transcurso del tiempo los va tiñendo  a todos  de un color inusitado a medida que se suceden los años. Hoy estuve revisando mis archivos de fotos. Tengo unas cuantas acumuladas en un álbum al que llamé “Veinte años no es nada”- en honor a la letra de una canción- pero, al mismo tiempo en honor a mí misma que trabajé más de veinte años en el lugar. Lógicamente, como el tiempo fluye sin cesar, de aquellos más de veinte años de trabajo, pasaron otros  muchos más. Los chicos, ya no son chicos, han formado sus familias, sus profesiones, sus trabajos, y la vida sigue incesante su camino.
Recibí la noticia de la muerte de uno de mis Directores. Tuvo, como todo jefe, sus altibajos.  ¿Quién no los tiene? Para mí fue un excelente director. Durante su estadía en el UAS yo había retomado los cursos de conversación en inglés. Lo leía sin dificultades, pero  hablaba como Tarzán. Larry Snyder cuando se enteró de  que yo estaba estudiando- salía del colegio para la Alianza Uruguay Estados Unidos- dejó de hablarme en español, y  desde ese momento, siempre, me habló en inglés. Yo le contestaba con titubeos, él me corregía con una paciencia infinita. Había dado clases de inglés como segunda lengua, y sabía que  a hablar se aprende hablando. No queda otra. En la cafetería, me empecé a animar a  hablar con los colegas norteamericanos, en las reuniones hablaba con los padres que no sabían español;  y así me fui “largando”.
Un buen día me llamó a su despacho para decirme que me iba a mandar a Chile  a hacer un curso que no era de mi especialidad.  Simplemente, para que “practicara el oído” y después le contara cómo habían sido las conferencias. Allá marché, venciendo mi terror a volar.  Me di cuenta de que también me sirvió para afianzar mi práctica y ya después no tuve más problemas. Aprendí a defenderme; si no sabía la expresión adecuada, daba un rodeo de palabras para hacerme entender y lo lograba.
Poco a poco, noté que lo que en un principio me parecían sonidos ininteligibles, se fueron convirtiendo en palabras y expresiones reconocidas. Y ya  no me hice más problemas. Esa confianza la adquirí gracias a “Míster Snyder”.
Era severo con la disciplina. No dejaba que los estudiantes permanecieran en los salones con los gorros puestos. En uno de mis homeroom- siempre fui Homeroorm Teacher— y no lo traduzco porque esa práctica no corresponde a ningún colegio uruguayo, sino a los norteamericanos— entró repentinamente y le sacó el gorro a uno de mis estudiantes (yo, estaba anotando los almuerzos en el listado, y  no me había dado cuenta.) Al mediodía, le dije en inglés que no había sido nada acertada su intervención. Debió amonestarme a mí y no al chico. Se sonrió y me dijo: “Your English is improving, Alfa”.
Una de mis compañeras—la adoro y por esa razón no voy a poner su nombre— trajo para vender unos sweaters muy coloridos. Con buena suerte para ella, pero mala para mí porque le vendió el mismo modelo a otra colega. Cuando Míster Snyder, en su recorrida diaria por los salones,  me vio por con el buzo  por primera vez, me dijo: “This is María’s sweater”. Yo, que no sabía nada de la venta idéntica, le dije que no, que el buzo era mío. Y él se fue moviendo la cabeza como dudando.
Al otro día le pregunté a María, y efectivamente. Ella le había comprado un buzo idéntico. Como la broma continuaba—cada vez que me veía me decía lo mismo— decidimos ir las dos con el mismo buzo, para sacarnos una foto con él y viera— finalmente— que eran DOS buzos idénticos. Ahí quedó la foto testimonial. Atrás está marcado el año: 1995. Él nos  abraza a María y a mí, con su cálida sonrisa.
Quise recuperarlo por medio de estas anécdotas. Lo recordaré siempre como un buen Director. Me mostró dónde tenía las  alas, me enseño a batirlas y a usarlas.
Gracias, querido Míster Snyder, que descanses y seas feliz, dondequiera que estés.




lunes, 26 de noviembre de 2018

RECUERDOS DE “VILLA LA PAZ”: “LA CASA DE AL LADO Y EL TONY”

Parroquia de la Ciudad de la Paz ( foto tomada de Internet)

Algunas veces me referí a La Paz, Canelones, como “el pueblo” porque eso era cuando mi padre me llevó con su familia. No era ciudad, sino “villa” La Paz. Así nomás. No tenía la suficiente cantidad de ciudadanos como para ser nombrada “ciudad”. Eso fue después, cuando yo ya estaba afincada allí y luchaba a duras penas para  adaptarme a esa nueva e infeliz situación. El cambio—ya lo expresé muchas veces—fue brutal. Además de la inesperada pérdida de mi madre, me tuve que adaptar a una familia que no conocía y a un régimen bastante diferente al que estaba acostumbrada. Mucho más conservador, más “cerrado”, con un vecindario curioso que me observaba detenidamente. Blanca, rubia, de ojos claros, ¿Cómo había hecho ese “negro retinto con un ojo de vidrio”, para tener una hija así? Él lo explicaba jocosamente y yo también. Y no lo voy a repetir porque ya lo escribí. De a poco, fui haciendo nuevas amistades. La escuela pública, era bastante diferente a la de monjas, pero, paulatinamente, me  fui vinculando. Nunca  tuve muchas amistades. Ni siquiera en la escuela de monjas. Por selección natural, quizás por temperamento, porque  nunca fui demasiado sociable. No huraña, pero sí selectiva. Y de esa selección me quedaron  amistades para toda la vida. Eso sí.

Al lado de mi casa,  por ejemplo, vivía un varoncito  más o menos de mi edad. De vez en cuando teníamos alguna actividad. El hula hop, por ejemplo, fue una de ellas. Su padre le había hecho un aro de metal— mucho más pesado que el original—Ensayábamos el nuevo baile con más o menos suerte.
 En la misma cuadra, había una niña  que venía a jugar conmigo alguna tarde, y, enfrente había otra niña “única” con la que también jugábamos. De todos modos, nunca  llegamos a ser  verdaderamente amigas.  
Un buen día, a mitad de la cuadra vino a vivir una familia completa: padre, madre y cinco hijos de distintas edades: tres varones y dos chicas. Los chicos, mayores pero jóvenes, las chicas, una joven y la otra una dulce  niña más o menos de la edad del jurguillo de mi hermana—la del medio— (La más chica aún no había llegado).
¿Cómo llegué yo a esta nueva familia? Muy sencillo.
La niña Marita, rápidamente se hizo amiga del jurguillo. Un día sí y otro también, recibía patadas, mordiscones y cachetazos de la brujita. Y a mí me tocaba consolarla y llevarla— lloriqueando— para su casa. La madre que era parlanchina y simpatiquísima me convidaba con alguna torta frita, con algún mate, y    así empecé a frecuentar la “casa de al lado”.
Como ya expresé; los varones eran “grandes” (al menos para mí que andaba por los once años) y jodones. No había ningún día que no me gastaran alguna broma sobre las formas que se me empezaban a insinuar, o sobre cualquier otra cosa que se les ocurriera. El Nene era el mayor y ya era casado. El Negro y el Chito  se casaron  por esas épocas. El Tony era el más chico y el único soltero disponible, aunque siempre con alguna novia. Siempre fueron habilísimos para los sobrenombres. Tony tuvo una novia  a la que habían apodado “La Tarzana”. (Era una morocha de físico imponente,  que caminaba como el Rey de los monos). Como decía  el Cuque: “el apodo  te lo ponen los demás y vos solo te tenés que acostumbrar a llevarlo lo mejor posible”.
En esa familia, siempre estaban de buen humor. El más parco era el padre, pero todos los demás eran unos disfrutables cascabeles.
En un carnaval de la villa, se vistieron de comparseros y salieron  con tamboriles a recorrer las calles. Los varones tocaban, y,  la Tere, —que tendría unos 18 o 20 años, en la época que recuerdo—bailaba delante de la comparsa con una gracia inolvidable. Obviamente, la candombeada no fue bien recibida en un pueblo que se caracterizaba—como todos los pueblos— por ser conservador. Y ni que hablar que La Paz, lo era.  Mi padre intentó prohibirme frecuentar a mis nuevas amistades, pero cuando tenía catorce años,  le armé flor y nata  de batahola. Ya estaba aprendiendo a defenderme yo solita. Nunca me permitió bailar candombe, cosa que deploro hasta ahora; pero me quedó  un gran  consuelo: mi hermana chica lo baila estupendamente bien. Da gusto verla bambolear las caderas.
El Tony, (calculo que en esos tiempos andaría por los 18 años),  era un morocho descomunal, de amplia sonrisa y de carácter alegre. Partía las piedras.  Nunca lo vi enojado o de mal humor. Yo, a los quince años, ya había empezado a batallar por mi libertad: me conseguí trabajo, tenía dinero para salir, y algunas veces iba al cine con él y con   la Tarzana. Él,  gentilmente, le pasaba un brazo por los hombros a ella y el otro a mí. Yo, chocha. No me enamoré de él porque yo también tenía una  colección de pretendientes de distintos pelos: bodegueros; mecánicos; bancarios; carniceros (unos cuantos, porque La Paz tenía muchas carnicerías—) enfermeros— había más de uno que partía los ladrillos con uniforme y gorrito blanco— y  baristas. De todo un poco. Tanto que el  primer novio que me eché—de aquellos que pedían permiso para visitar— era radiotelegrafista. Y era “exótico” porque además de ese oficio,  era de las Piedras.
En esos años, Tony empezó a trabajar  al lado de la colchonería de mi padre. Creo que era un depósito de materiales donde se procesaban rellenos. Lo recuerdo porque una noche hubo un incendio y trabajamos codo con codo para que no se extendiera al galpón de lana de la colchonería. Me parece que fue por esos años cuando Tony empezó a militar. Mi padre, que era colorado— decía que era  “de Luisito”— no aguantaba nada que tuviera el mínimo tufo izquierdista. Y lo señalaba así: “es un  buen muchacho, pero,  es comunista”. Como si eso fuera un pecado mortal. (En el pueblo lo era, por supuesto. Los comunistas eran seres raros, exóticos,  extraños al contexto, donde únicamente se estilaban los colorados y los blancos. El FA no existía aún. Es de 1971).
En 1965 me vine a vivir a  Montevideo, en 1967 me casé  y le perdí la pista al Tony a su familia. Recién ahora me contacté por  Facebook con Marita y con Tere.   De todas maneras, siempre  me quedaron gratos recuerdos de todos ellos, en especial del Tony que era el menor y el más cercano a mí.  En realidad, en  esa “casa de al lado” siempre encontré alegría, buena onda,  refugio y generoso afecto.



martes, 13 de noviembre de 2018

Cuque Sclavo, el rey de la fantasía también para sus hijos 


DÍAS DE GLORIA

¿De  dónde saca un cronista de costumbres sus temas?
De la realidad. Ni más ni menos.
Lo demás es cuestión de oportunidad, y, de que esa crónica refleje algún momento recuperable después, cuando se lea—no importa cuándo—
Cuque Sclavo, como su maestro, Julio César Puppo, El Hachero, tuvo oportunidad de escribir sobre las más variadas formas de esa realidad circundante. A mí me gustan todas sus crónicas, pero este tema, de Días de gloria, tiene un atractivo especial: están presentes todos sus hijos (tuvo cuatro: Andrea, Ernesto, Patricia y Claudio). Todos confiaron  plenamente en su papá, y él los caracterizó con alguna  certera pincelada. Un toquecito, chiquito, pero basta para que los lectores  captemos lo esencial. No se precisa más. Un ejemplo: de Claudio, dice: el cerebral Claudio. (Averigüen ustedes porqué.)
¿Qué es un día de gloria? Un día especial en que ese papá, al crear estupendas fantasías para sus vástagos, se consagra como “el mejor papá del  mundo” y sale airoso de peligrosas escabrosidades donde podría haber sido descubierto in fraganti.
Por algún lado leí, o le escuché—quizás— decir a Roy Berocay que, su sapo Ruperto fue creado para entretener a sus propios hijos.  Así, comenzó a elaborar historias  que después se convirtieron en magníficas aventuras que deleitaron  a varias generaciones. De la misma manera, Cuque, inventaba historias para los suyos. Las historias de Cuque se amparaban en la realidad y en la fe, absoluta, que le tenían sus chiquilines. Ninguno ponía en duda  lo que su papá les  decía.  Por eso, podía inventar— y lo hacía de maravillas— manteniendo  a sus gurises tan fascinados como yo, cuando lo escuchaba  en la década del ochenta del siglo pasado, en la Radio Sarandí.
Hoy, también leí que el estupendo Adolfo Fito Medrick cuyo juego engalanó al Uruguay durante varios años, falleció de un infarto. Las crónicas de costumbres recuperan a esos seres maravillosos que se van irremediablemente, pero que quedan en las letras del recuerdo afectuoso de sus fans. Que en paz descanses, Fito; gracias por dar  tanto a mi país.
¿Por qué el Cuque escribió esta crónica tan personal? Porque fue director creativo de la agencia de publicidad Grey, y eso le permitió codearse con todos estos campeones del basquetbol y de la vida: como Fito Medrick, Carlos Peinado, Ernesto Malcom,  el Bebe Núñez y, —el director técnico Atilio Caneiro— de quien no encontré una foto que pudiera levantar porque no hay en Internet más que algún reportaje de Carlos Muñoz. Por supuesto,  esta proximidad le dio también oportunidad de traerles camisetas firmadas a su gurisada que resultó fanática del club, de su técnico y de sus jugadores. Vean cómo desarrolló el Cuque su "profesión de padre". 
Lean Días de gloria  y disfruten los avatares  de la fantasía— una materia que no  se debería abandonar nunca—


                                         DÍAS DE GLORIA

      Jorge Cuque Sclavo 


A un hombre o a un mono, más o menos hábil, puede enseñárseles a hacer cualquier cosa. Todo. Menos ser padre. Es una carrera que le cuesta a uno la vida, y, a veces, se muere sin obtener el título. Debería haber una Universidad que incluyese esa carrera por la cual uno rinde exámenes toda la vida y un poco más (pienso en el testamento.)
La profesión de padre, como la de humorista, es lo suficientemente importante como para que no se autodenomine como tal. Sucede como con los apodos, se lo tienen que poner a uno los demás. Si así sucede es que uno lo es, y entonces se enterará de que nadie le escribió un tango al “padrecito” o por lo menos no tantos como se han dedicado de modo exuberante a “la madrecita santa y buena”. De realizarse estos cursos pienso que “Fantasía” debería ser una materia obligatoria durante toda la vida. Como que debía abarcar curricularmente desde “Fantasía 1” hasta Fantasía 85º o 90º “.
Yo comencé mis cursos diciéndole a mis hijos que acompañé al Capitán Nemo en sus 80 Leguas de Viaje Submarino, que fui pivot de la Selección Celeste de Básquetbol de tan brillante actuación en las Olimpíadas de Londres, que el verdadero 5º Beatle era yo, que suplí a Morán cuando se fue de la Orquesta de Osvaldo Pugliese (ejemplo que copió mi hermano Tito haciéndoles creer a sus hijos que él era el cantor Miguel Montero de esa misma orquesta. En fin, como decía Enrique Almada, no se puede ensayar con la ventana abierta).
Aunque un día de gloria se me dieron una serie de felices coincidencias. Era un tiempo de básquetbol cercano a los ’80, cuando se televisaban los partidos y había comenzado el exilio de jugadores extranjeros hacia nuestro país, de la talla de Malcom, Steineman, Medridck. Sporting tenía dos, gracias a su sponsor Toshiba, el que felizmente era cliente de Grey, agencia de publicidad en la cual, entonces, yo era director creativo. De modo tal que, aunque hincha de Reducto y Olivol, me tuteaba con Sporting y eso permitía traerles a mis hijos camisetas firmadas por Carlitos Peinado, y el Bebe Núñez. Por supuesto, los chiquilines se hicieron hinchas fanáticos de Sporting, de aquel cuadro de campeones tales como  los hermanos Peinado, el durito Arias, el canario Echevarren y los panameños Malcoln y el Fito Medrick, junto a un Núñez de novela.  Allí se inició mi  único examen aprobado en la materia “Fantasía”.
Todo comenzó una noche en que estábamos mirando en la tele un partido en el cual Sporting veía muy amenazada su chance de triunfo. Fue entonces que se me ocurrieron las falsas llamadas a Atililio Caneiro, D.T. de Sporting, durante los intervalos y con el fin de darle instrucciones para los cambios tácticos y de hombres. Aconteció esa primera noche que, milagrosamente, Caneiro como que me hizo caso y Sporting ganó ampliamente durante el 2º tiempo.
Se sucedieron los partidos y menudearon mis falsas llamadas, pero Sporting llegó a una final reñidísima, creo que contra Bohemios. Vivíamos entonces en una casa chica pero de dos pisos. Abajo, justo esa noche, olvidando la angustiosa final o quizá para escurrirle mis glúteos a la hipodérmica, había invitado a amigos para tomar unas copas. Y comenzó la final. Arriba, angustiados, los gurises miraban la tele. Abajo, distendidos, nos evadíamos de las tensiones de la publicidad hablando de…publicidad.
Cada tanto se oía pasos agitados que hacían temblar las escaleras de madera, cuando bajaban los botijas para comunicarme cómo iba el partido.
—Vamos arriba nosotros, 7 tantos. Carlitos embocó dos libres.
Nuevo estremecimiento de escalera, pero para arriba. Ese era Ernesto.
— ¡Papá! ¡Nos alcanzaron! ¡Hacé algo!
—Tranquila Pata. Papá sabe… Lo llamo a Atilio cuando termine el primer tiempo, como siempre.
Leve temblor de escalera. Esa era Patricia, la más chica.
La situación se agravó. Tanto como para que el cerebral Claudio abandonase la tele y bajase a zancadas la escalera.
—Papá, llamalo ya. Terminó el primer tiempo  y vamos 7 abajo, ahora.
El lector recordará cuando le dije que esta historia estaba hecha de felices coincidencias. Justo en ese momento, justo cuando estaban todos los gurises pendientes, junto a mí, sonó el teléfono. Era doña Aída, mi madre, que no entendía nada de lo que le decía:
— ¡Al fin Atilio! Ya creía que no me ibas a llamar. Sí. Estoy viéndolo aquí con unos amigos. Escuchame. No. No cambies el esquema de juego. Está bien. Lo que tenés que hacer es rotar los hombres. Vas a desconcertarlo a Ramiro. Además sacá al Fito y poné al durito Arias a los cinco minutos. ¡No! ¡A los cinco te dije! ¿Me oíste? Ponelo de playmarker y a Marcelo y a Carlitos haciendo doble pivot. Lo vas a enloquecer y van a descuidar el rebote. Ahí es cuando entre el Canario y Fito los llenan. O por lo menos, te asegurás un final con ellos cargados de faltas. Que el Durito tire, media distancia a una mano. Y el Canario dos manos sobre la cabeza que es su tiro. ¡ Chau! Y no me llames hasta que termine. Si no, se van a dar cuenta y te vas a quedar sin laburo. Te veo. Y ¡suerte, Atilio!  
Adolfo Fito Medrick, Ernesto Malcom, glorias del básquetbol ( Foto archivo El País.) 

Estábamos discutiendo abajo sobre una campaña de cigarrillos light que había hecho otra agencia de la competencia, cuando bajó la Pata y, jubilosa, me dio un beso.
—¡Papá! ¡Atilio hizo lo que le dijiste!

—Y …¿cómo vamos nosotros?
—Un tanto arriba nosotros. ¡ Sos grande Pá!
Al rato.
—¡Papá! ¡ Papá! Reaccionaron y nos empataron. Vamos al alargue.
—¿Cómo están ellos?
—Como le dijiste a Atilio. Muchos fouls y están jugando con el banco de suplentes.
Se oyeron gritos arriba. Era el arranque del alargue.
—Andá a verlo, Patricia—le dije.
Suena el teléfono. Atiende mi mujer.
—Es Andrea, tu hija. Dice que lo llames ya a Atilio.
—¡Otra más! Decile que yo sé lo que hago. ¡ Que confíe en mí! Desde arriba llegan nuevos gritos. Se oye una estampida en la escalera que hubiese ruborizado al propio Howard Hawks y las vacas del Río Rojo, aquella con Montgomery Clift.
—¡Papá! ¡ Papá! ¡Ganamos!
—Sos el mejor papá de todos los tiempos.
Carlos Peinado ( Foto de Marcelo Bonjour) 

—Llamalo a Atilio.
—No dejá que disfrute. Se lo merece. Es mi mejor alumno. En todo caso, si él quiere, que me llame.
No me llamó y pasé un tiempo pensando en cómo salir triunfal si alguna vez me topaba, delante de mis hijos con el Sr. Caneiro.
Y la ocasión llegó cuando ya casi había olvidado el incidente. Sucedió durante mi licencia, en Parque del Plata, mientras mateábamos con mi perro Samuel y escuchábamos el informativo:
“Luego de sacar campeón a Sporting, Atilio Caneiro aceptó ser el director técnico de Peñarol. Pero aclaró que recién comenzaría a trabajar luego de su licencia que pasará en Parque del Plata”.
Esa misma mañana, cuando iba con mis hijos caminando por la orilla del arroyo, vimos venir a Caneiro con unas cañas. Mis hijos que ignoraban lo de Peñarol, gritaron exaltados:
—¡Papá! ¡ Ahí viene Atilio!
—Cállense. No hagan bulla. Ignórenlo.
Atilio pasó al lado nuestro. Ignorándonos.
—Pero, ¿por qué, papá? —dijo Claudio, compungido.
—Es un traidor. Yo no quise decirles nada a ustedes, para no amargarlos. Después del triunfo nunca más me llamó. Y encima hoy me enteré de que se va para Peñarol. ¿no se dieron cuenta de cómo me miró? Con el rabo entre las patas… Después de todo lo que hice por él. Vamos a bañarnos. Así me saco la calentura. Un día cuando se me pase, lo voy a llamar. ¡ Y me va a oír!

Los escritores dan risa
Banda Oriental
2004













lunes, 29 de octubre de 2018

¿ No tiene más chico?

¿No tiene más chico?

No se imaginan cuánta falta me hace un cronista como el Cuque que pudiera escribir sobre este tema. Yo voy a tratar de hacerlo pero nunca será igual.
Resulta que actualmente, a partir del peligro que significa para cualquier jovata andar por la calle con una cartera, todas salimos con lo justo y con alguna tarjeta de crédito o similar para financiar algún gastito menudo. Sin embargo, cuando nos aproximamos a algún  cajero con la idea de poder sacar algún manguillo-porque no todo se puede pagar con crédito- el muy maldito nos pone un cartelito que anuncia: múltiplo de 2.000. Y ahí, la quedamos porque nuestra modesta intención era sacar, pongámosle 900— para que nos quedara cambio— Pero no. El maldito cajero quiere que le pidamos múltiplo de 2.000. Y no hay Dios posible que lo convenza de otra cosa. Ahí empieza nuestra odisea. Queremos comprar  unas humildes medialunas, o unas humildes pizzas de Carrera. Como ya se ha podido comprobar, las empleadas no se caracterizan por tener bueno modales, pero, como nos gustan los deleites que ofrecen, nos arriesgamos al vacío. Logramos hacer la compra, pero, al final, nos espera  una joven cajera con cara de  asqueroso culo que cuando nos ve el billete nos espeta:
¿No tiene más chico?
Nos lo dice de jeta fruncida, como si estuviera oliendo un sorete maloliente. Y nosotras, apabulladas viejecitas de cotolengo, le decimos con  nuestra más suave pronunciación que no. Que no tenemos, que el cajero nos obligó a sacar 2.000, y que no pudimos hacer nada al respecto. La cara de culo hediondo se acentúa, se arruga, se bifurca, nos tira el cambio sobre el mostrador, –los billetes de a uno, de los más roñosos que tenía en el fondo de la caja– y mientras los recogemos lastimosamente, sentimos  que nos achicamos, que nuestro metro setenta de altura juvenil que traíamos al principio se nos hizo mínimo y que no habrá dios ni diablo  que nos salve de la ignominia de la humillación.
 Ni modo.
Salimos, sí, con nuestras medialunas o nuestras pizzas pero tan tan apabulladas, tan pero tan frustradas que no  nos quedó ni apetito para deglutir alguna de esas delicadezas. Somos unas pobres desgraciadas atrapadas en la vorágine de la modernidad. Habrá que conseguir algún caballero que nos salve de la nulidad, que nos saque otra vez a flote, como cuando éramos jóvenes y buenas mozas y no había el peligro de las volteadas–del tipo de las que describí– sino de otras más alegres y gozosas. ¿No? Piénsenlo. Si se les ocurre alguna solución, les agradezco difusión. Por ahora, a mí no se me ocurre ninguna.

jueves, 18 de octubre de 2018

JORGE CUQUE SCLAVO: PRÓLOGO PARA UN PRÓLOGO DEDICADO A UN FELISBERTO COMPAÑERO DE TRABAJO

Foto del archivo familiar de Claudio Sclavo. Sentado en quinto lugar: Jorge Cuque Sclavo; atrás el primero parado es Felisberto Hernández. Abajo, en el centro de la foto, se puede apreciar la firma de Felisberto.
Gracias Claudio, por permitirme  usar esta joyita histórica.



Por  esas vueltas del destino, hace años, —ustedes lo saben—  entré a dar clases de español y literatura en el colegio norteamericano Uruguayan American School. Para mí fue entrar en un mundo nuevo, que, ¡Oh, sorpresa!  Me permitía crear mis propios programas y esquemas de trabajo.
En  La revista Sarandí, programa radial de la década del 80 del siglo pasado,  conducido por Lil Betina Chohuy, yo escuchaba a Cuque Sclavo, leyendo sus propios textos o los  de otros autores que empecé a conocer por él: Julio César Puppo: El Hachero; Julio Rossiello: Pangloss; o,—también— Felisberto Hernández. Siempre, antes o después de la lectura, hacía algún comentario. El día que leyó uno de los cuentos de Felisberto, dijo que habían sido compañeros de trabajo en la Imprenta Nacional y también me enteré —porque Cuque lo dijo, con gran pesar—, que le había dado mucha vergüenza que una novela suya fuera triunfadora en un certamen mientras que la de Felisberto no. A partir de esos años empecé a buscar sus libros y los que recomendaba. Encontré una cantera inagotable para nutrir mis clases (donde tenía una amplia libertad de elección, como expresé anteriormente).
Naturalmente, entonces, este año,  decidí presentar a Jorge Cuque Sclavo, para sacarlo, también a él, del inmerecido ostracismo en el Congreso Transgrediendo el canon. A la búsqueda de nuevos autores,  que tuvo lugar en Paso Severino, Florida, los días 20,21 y 22 de septiembre del 2018. Contra toda previsión,  la ponencia fue aceptada y yo marché a exponerla, alegremente,  como corresponde. No me salió tal cual yo la había soñado—ya se sabe que los sueños amenazan siempre a la realidad— sin embargo, me dio la impresión de que a alguien le interesó leer a ese escritor tan especial que hizo de todo  y que no tiene de ninguna manera el  lugar que se merece en las letras uruguayas.
Sobre Felisberto Hernández, escribió una página memorable—no  la única por cierto— que hay que  leer. Se llama «Prólogo para un prólogo dedicado a un Felisberto compañero de trabajo» (SCLAVO, 1993: 7-8).

                           Foto de Felisberto Hernández tomada de Internet 

Ya se sabe que  los uruguayos no hacemos propaganda de nosotros mismos—pero yo soy testaruda e insisto—: El libro lleva el sorprendente título de: Almanario. Es de 1993.  Aun se consigue en Mercado libre.  Los  dibujos fueron hechos, nada más y nada menos que por su exitoso sobrino: Fidel Sclavo. El texto es serio. Un  reconocimiento dolorido a ese extraordinario escritor—tampoco valorado en esos años— que tuvo la gracia de conocer en un empleo que a Felisberto le costaba mucho cumplir—por anodino y alejado de sus sueños— y que, además,  no le dejaba tiempo para escribir. Obviamente, que  el Felisberto que recuerda Jorge Cuque Sclavo no es el casado con la pintora, ni con la espía, sino el compañero, con el cual tenía aficiones en común: la música, la literatura y también las mujeres. Cuque era joven, Felisberto ya no tanto, pero —como bien lo señala en este texto que hoy traigo a colación— se había enamorado de nuevo y se iba a volver a casar. Ambos fueron insistentes. Muy insistentes en la búsqueda del amor que a veces les sonreía, y a veces no.
Es un texto para pensar, por eso lo transcribo, con la ilusa idea de que  a alguien le interese y lo analice.
Es un texto serio, de Jorge. Lo puse en colores, por razones obvias. A buen entendedor, pocas palabras bastan. 


PRÓLOGO PARA UN PRÓLOGO DEDICADO A UN FELISBERTO COMPAÑERO DE TRABAJO

Estoy trabajando en la misma habitación donde trabajó Felisberto Hernández, de este mismo edificio donde lo hago desde hace 18 años.
Es un saloncito cuadrado, con paredes totalmente cubiertas por estanterías de madera para libros editados en esta Imprenta respondiendo a la impúdica orden de hombres públicos que, venciendo todo escrúpulo, resolvieron inmortalizarse en Memorias, Decretos, Homenajes, Estadísticas.
Una amplia ventana al Este y otra más pequeña al Norte, dejan entrar abundantes chorros de luz. Al amparo de uno de ellos, una cucaracha ha decidido patalear el resto de su destino.
Felisberto entró en este cuarto cuando ya era viejo. El trabajo le costaba más horas que al resto de nosotros los jóvenes. A veces pasaba todo el día en este cuarto y una vez me convidó con una botella de vermouth que ocultaba tras esos libros.
La cucaracha ha dejado de moverse. Prefiero pensar que ha entrado en un éxtasis semejante al del bañista gozando del sol.
Felisberto agradeció esa carga de trabajo que a veces lo ponía nervioso y siempre exhausto. Una mañana de verano Felisberto con las manos cruzadas sobre la Underwood, sus claros ojos saltones parecían un par de uvas reventadas. Se lo conté y nos reímos.
Una rápida nube dejó el chorro de luz invisible y a la cucaracha con la forma de un erizo verde pino.
Felisberto sacó de otro estante el viejo álbum que me había prometido, donde, joven, y delgado sacudía un enrulado mechón apretando bajo su teclado la Petrouchka de Stravinsky en “la primera versión para piano solo que se hizo en Sud América”.
–Discúlpeme lo del álbum. Soy como una bataclana.
Ha vuelto a salir el sol y no miro la cucaracha. Me basta recordarla quizás. El sol da, ahora, sobre el estante donde está el grabador y un pequeño espejo rectangular de marco casero con dimensiones apenas mayores que uno de bolsillo.
Felisberto agradeció el que tanto trabajo le impidiera escribir. Ya hacía algún tiempo, por no obligarse a hacerlo, había comenzado a trabajar en la invención de un nuevo sistema taquigráfico.
–Son trampas que me hago.
Las notas dictadas por el Jefe, y tan brevemente tomadas, se le hacían enormes tardes en el pasaje a máquina. La trampa del vermouth quizás era una travesura en el planteo total de su juego. Felisberto Hernández fue un recibo de sueldo, una ficha en el codificado que hace la cuenta de las licencias, de los días de los tiempos y los hombres, una firma en el reloj autográfico que desaprensivamente certificará el petiso Rienzo, que fue boxeador, casi campeón, hasta que perdió.
La cucaracha que tanto he mirado ha dejado de ser un erizo de pino, sombra, hueco, mota y se ha instalado definitivamente en su papel de envoltorio brillante para caramelo.
Felisberto conoce otra vez el amor y se va a casar con María Dolores que trabaja en Contaduría y lleva el  libro de Acreedores.
–Es macanudo el Gordo. Y los cuentos de relajo que sabe. Cualquier cantidad. El otro día, en Liquidaciones, cuando la despedida de Vega estuvo como dos horas contando.
–Dicen que era escritor.
–También…
El envoltorio de caramelo se mueve con el calor del sol, o me parece.
Cuando Felisberto murió, el Jefe compró un grabador a cinta para dictarle las cartas a su nuevo secretario, un chico sobrino de un senador.
Es ese Philips donde he dejado la mirada. No obstante desciendo la vista hacia mi fallido insecto de papel celofán. El filo de un estante amenaza barrerlo con su sombra. Pero de la pata de un mueble, cuando ya se ha hecho imposible el chorro de luz, una verdadera cucaracha se le trepa haciendo equilibrio sobre las aristas del papel brillante que alguna vez confundí con las agonizantes patas de mi equivocada cucaracha.
Estoy trabajando en la misma habitación donde trabajó Felisberto Hernández. Espero la llamada del Jefe para tomarle su dictado. De tanto en tanto, quito la botella de vermouth oculta tras el tomo de Mensaje de la XXXVI Legislatura y tomo un trago. Los pájaros que pasan, hacen relámpagos parecidos a las ágiles imágenes de un cine mudo donde hubiese callado el pianista.
El jefe no llama, y la cucaracha, aburrida de su intento, ya se ha ido. Espero, todavía, cuando aún la sombra amenaza los últimos pájaros.

Almanario, (Sclavo, 1993:7,8)