domingo, 24 de junio de 2012

VIAJE AL NORTE ARGENTINO: LOS COLLAS

Cerro de colores con cementerio de altura
Una de las grandes ventajas que tuvimos en este viaje fue la calidad de los guías, es sabido-por experiencia- que un mal guía turístico puede arruinar completamente el más cotizado de los itinerarios. En este caso, es algo para agradecer, porque tanto el coordinador que partió con nosotros de Montevideo y nos asesoró durante todo el viaje, como  los locales, fueron todos  capaces de darnos enseñanzas  que nos dejaron con la boca abierta.
Tuvimos, además, el enorme privilegio de tener desde Tucumán a Salta un guía “colla de verdad”,  bien preparado para  su función y muy orgulloso de ser un integrante de  los pueblos originarios. Así se denominan ellos: “pueblos originarios”, no “indios”,- nombre que sólo hace referencia a un error histórico-.
Claudio, nuestro simpático colla, nos trasmitió el profundo respeto y amor que siente por su pueblo. Nos comentó costumbres que son muy antiguas, por ejemplo: la minga  una modalidad de colaboración de los pueblos originarios que se practicaba antes de la llegada de los españoles,  que consistía en ayudarse los  unos a los otros en trabajos comunitarios, solidariamente, en forma cooperativa. En el Imperio Inca, era la forma de producir alimentos o construir viviendas. La llegada de los españoles trajo consigo-lamentablemente-  enfermedades, y  la destrucción de la sabia organización social que los agrupaba y protegía.
Secadero natural de pimientos

Otra costumbre ancestral que nos describió nuestro colla  se llama  serviñacuy y es nada más y nada menos que “el  matrimonio a prueba”. Una práctica que a nosotros nos parece “novedosa” puesto que actualmente, muchas parejas deciden “irse a vivir juntos” antes de casarse para –también- ponerse a prueba en el dificilísimo arte de la convivencia.
Los rituales más arraigados se relacionan con el culto a la tierra: “la pachamama”, origen de la vida y de la muerte, por eso se le da de comer en corpachada, y  el carnaval  o kacharpaya,  se celebra con comida, bebida, y música producida con instrumentos típicos como  quena, bombo, erke y charango.
A muchos viajeros nos conmovieron los  llamados “cementerios de altura” donde yacen las tumbas de sus muertos. Además de estos cementerios situados en las montañas, yo observé-acongojada- los  pequeños santuarios en los bordes de los acantilados, recordándonos a los despreocupados turistas que nuestra vida humana pende de un hilo delgadísimo y que éste se puede cortar súbitamente, sin darnos ningún aviso previo.
Un recurso de  subsistencia para los collas es el turismo. Con sus pro y sus contras. Como todas las cosas. Aparecen-a veces con quiosquitos- en todas las paradas donde bajan turistas para ofrecer y vender sus productos, que no son únicamente artesanías o tejidos, sino que también incluyen comestibles, como dulces regionales o frutos secos de la zona, como los cuaresmillos, que son unos pequeños y deliciosos duraznos, o los tomates y pimientos secos.  Los niños también se suman a ese  enjambre vendedor. A veces no tienen nada para vender, pero cantan o recitan poemas para obtener monedas, como éste que nos recitó un conmovido  Claudio-nuestro colla-  y también-con mucho sentimiento- algún niño.
No te rías de un colla
 de Fortunato Ramos
No te rías de un colla que bajó del cerro,
que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas, sus habales yertos.
No te rías de un colla si lo ves callado…
si lo ves zopenco, si lo ves dormido.
No te rías de un colla si al cruzar la calle,
lo ves correteando igual que una llama, igual que un guanaco.
Asustao el runa como asno bien chúcaro;
poncho con sombrero debajo del brazo.
No sobres a un colla si un día de sol,
lo ves abrigado con ropa de lana, transpirado entero.
Ten presente amigo, que él vino del cerro donde hay mucho frío,
donde el viento helado rajateó  sus manos y partió sus callos.
No sobres al colla si lo ves comiendo
Su mote cocido, su carne de avío,
allá  en una plaza, sobre una vereda o cerca del río,
menos si lo ves coquiando por su Pachamama.
Él bajó del cerro a vender su lana, a vender sus cueros
a comprar l’azúcar, a llevar su harina,
y es tan precavido que trajo su plata
y hasta su comida y no te pide nada.
No te rías de un colla que está en la frontera,
pa lao de La Quiaca, o allá en las alturas del Abra del Zenta.
Ten presente amigo, que él será el primero en parar las patas,
cuando alguien se atreva a violar la Patria.
No te burles de un colla, que si vas pa’l cerro
te abrirá las puertas de su triste casa.
Tomarás su chicha, te dará su poncho, y junto a sus guaguas,
comerás  un tulpo… y a cambio de nada.
No te rías de un colla que busca el silencio,
que en medio de lajas, cultiva sus habas,
y allá en las alturas, en donde no hay nada…
¡así sobrevive con su Pachamama!


La colla Rosa con sus sombreros y sus otras mercaderías a la venta


A mí me gusta viajar para conocer lugares y culturas, no compro por comprar, como hacen muchos que tienen tendencias consumistas,  pero  en Humahuaca,- Jujuy- donde se ubica la torre del campanario en donde “aparece” San Francisco Solano a dar su bendición a los turistas cada mediodía, me siguió, una simpática vendedora colla con una cantidad de sombreros, cadenas de plata peruana, lapiceras y muñecos. Su insistencia fue educada y paciente y, por lo tanto, le dije que después que le sacara una foto a San Francisco, le compraría algo. Se sonrío con alegría y me contestó que me esperaría. Y así fue. No se despegó de mí en ningún momento. Le “compré por comprar”- porque no lo necesitaba- uno de sus sombreritos y algún otro souvenir, y le pedí permiso-tal cual nos había indicado nuestro guía colla- para sacarle una foto. Le dije que iba a nombrarla en mi relato y entonces me dio su nombre con otra enorme sonrisa: Rosa. Además de paciente y simpática fue también muy honesta. Yo le di por error un billete de más valor y ella me lo devolvió con esta recomendación respetuosa: “Este billete es de 100 pesos, mamita, el muñeco vale 10 nomás. Ahí tenés uno de 10.” Y me devolvió el billete “grande” como decía ella, dándome  –además- una lección que me dejó perpleja.

lunes, 11 de junio de 2012

VIAJE AL NORTE ARGENTINO Cómo lograr que un buen mozo se siente en tu falda

El sonriente morocho en cuestión tratando de incorporarse con hidalguía



Al guía coordinador Carlos, con mucho cariño le dedico esta humorada.

En la crónica anterior me referí a olvidos y extravíos. Los que les conté no fueron los únicos. Uno de nuestros compañeros perdió un hermoso anillo de oro-diseñado por él mismo- y, lamentablemente, no lo encontró.
Los viajes sirven para muchas cosas, no únicamente para conocer lugares y personas “diferentes”. ¿No me creen? Sigan leyendo.
Ya les comenté que la mayoría de los viajeros éramos de edad provecta. Es decir con más años que Matusalén. Entusiastas, eso sí, como el que perdió el anillo que tenía algo así como 87, andaba casi todo el día  de bastón y jadeaba e incordiaba a su pareja cuando subía al ómnibus, pero apenas sonaba alguna música  largaba el palo auxiliar  y bailaba como un trompo- lógicamente con bailarinas jóvenes- Más difícil es lograr lo del título. ¿No?
Porque salvo que seas Susana Jiménez o Moria Casán- dos vetes que son famosísimas por tener perros espantosos que portan en bolsos ídem pero carísimos(los perrillos y los bolsos)  y-además- unos acompañantes esplendorosamente jóvenes y divinos, vos no vas a poder conseguir lo mismo que ellas así nomás. Al que generalmente tienen de  turno, lo llaman “toy-boy”  algo así como “chiche-niño””.  En realidad, se pueden dar el lujo de tener todos los “chiches” que se les cante. Aunque a vos te parezca que están viejas, gordas y  recauchutadas a más no poder son famosas y adineradas.”Por la plata baila el mono” y- el “chiche”-. ¿Entendés?  ¿Quién les va a decir que no? Por cierto que más de una vez, “los chiches” cobran vida y junto con la vida les “cobran” también sus buenos dineros por los servicios prestados durante “x” tiempo de relación. Pero, repito, salvo que seas una de ellas, vos no tenés esas opciones. Por lo tanto te invito a que sigas mis consejos.
Lo primero es lo primero:
·        Elegí una agencia de viajes que tenga algún guía coordinador que esté potable. Es un poco difícil que lo consigas soltero, pero un divorciado de alrededor de cuarenta años, no es un imposible. Muchos más años no, porque ya viene con muchas mañas. Asegurate que ese y no el otro petiso pelado y  chueco será el designado  para ir en el viaje que vos elegiste.
·        Acto seguido, señá un pasaje en el primer asiento del ómnibus. Hacelo con tiempo, porque otras “sexalentes”  van a tratar de hacer lo mismo que vos y si no te apurás corrés el riesgo de perder el privilegio, querida. Te aconsejo que reserves el  número 2, que da al pasillo. No elijas el de la  ventanilla porque no va a servir para tus propósitos. El asiento 2, sí. Es útil en más de un aspecto. Por ejemplo, cuando paran con la intención de que el pasaje use los baños de los paradores, estás en condiciones de saltar lo más raudamente que te lo permitan tus patitas para ser la primera en llegar. Eso provocará una envidia masiva en el resto del pasaje, que al igual que tú tiene la vejiga a reventar. Además, cuando el guía -que elegiste cuidadosamente, no te olvides- vaya a utilizar el micrófono que está escondido en el portaequipajes-del primer asiento, obvio- tú tendrás el privilegio de oírlo y contemplarlo muy bien, aún sin micrófono. Hasta podrás sentir su perfume-si usa- y si no usa, por lo menos le podrás sentir el rico desodorante. Porque él-al principio- va bien bañadito y fresquito, y se va a bambolear-para hablar, aclaro- frente a ti. ¡Estupendo espectáculo, dear!  
·         Al cabo de unos cuantos días, después de atender los pedidos demandantes de treinta y cuatro pasajeros rompehuevos,  que han perdido de todo, que se han sentido  mal, que se han caído, etc. poco a poco, el guía prolijito del comienzo, empezará a perder paulatinamente su estupendo equilibrio. En los primeros días hará todo bien. Sacará el micrófono, lo enchufará enérgicamente con precisión;  cuando no le funcione, hablará sin él y  le dará el humor para hacerlo arreglar en la primera localidad y regresar al día siguiente con el artefacto en condiciones y  con una estupenda sonrisa.  Pero al sexto o séptimo día, ese guía meticuloso, servicial y eficiente se-  va- a- ir-lentamente- “desplanchando”-. Verás que le han salido unas tremendas ojeras-le quedan divinas, al morocho- y toda su eficacia quedará reducida a un balbuceo tembloroso. El pobrecito intentará cumplir con todas sus funciones, pero ya no da más. Sus camisas celestes están desvaídas, sus pantalones oscuros lucen arrugados, - ya pasó a usar unos “cargo” con la camisa por afuera - y ya no saca el micrófono con autoridad. De todos modos, con gran experiencia en el manejo de situaciones de esta índole, seguirá balbuceando sus recomendaciones.
·        ¡Está llegando tu oportunidad! ¡Ya no tiene  la estabilidad que lo ha caracterizado durante casi todo el trayecto!
·        Llegará un momento, -tendrás que estar bien atenta- en que en un leve barquinazo de ese ómnibus-casa que los llevó y los está trayendo- trastabillará, forcejeará desesperado para no caerse- y ¡zás!  ¡Ahí estarás tú,  sentada en ese segundo asiento de posición privilegiada para recibirlo en tu falda! ¡Intentará levantarse! ¡No te preocupes! ¡No podrá! ¡Está extenuado; hace más de diez días que está sin sus afectos!(Es divorciado, pero no bobo)  ¡Sujetalo con firmeza! ¡Inmovilizalo! ¡Es tu momento de gloria!
·        ¡ Pedile a algún otro pasajero-si es varón mejor- porque el resto de las mujeres jóvenes, de mediana edad y viejas, estarán verdes de envidia- que te saque una foto con el morocho en la falda! ¡Te la mereces!

jueves, 7 de junio de 2012

VIAJE AL NORTE ARGENTINO 2 : "Extravíos y olvidos"

La "codiciada" primera habitación del hotel

La deseadísima camucha de descanso bien merecido
Hace años, fui de “cuidadora”  en un viaje estudiantil a Misiones con 37 muchachos de diferentes nacionalidades y edades. Íbamos en condiciones similares a las que se dieron en este viaje al Norte argentino, con la diferencia de que en el viaje educacional, las responsabilidades que llevábamos los adultos eran enormísimas porque  los “niños” que pueden ser medianamente “civilizados” en situación de clase, se desacatan cuando  van con adultos que no son sus padres y que llegan sumamente cansados a su destino. Esa vez nos pasó de  todo.  Uno de los jóvenes se dislocó un tobillo jugando al fútbol; otra chica -prácticamente- se “abolló” la cabeza en la piscina del hotel; y otro de los  bebotes-inadvertidamente- dejó su reloj Rolex en la habitación.
En el viaje al Norte argentino, en un ómnibus repleto de personas variopintas, también pasó de todo. Hubo pasajeros que sufrieron diversas alteraciones en la presión sanguínea que los dejó  alicaídos por un tiempo. Algunos, no hicieron todos los paseos    para poder reponerse. De todas maneras, en general, la mayoría soportó las alturas con hidalguía, buena voluntad y hojas de coca para evitar el apunamiento.
El viaje en sí, en lo que los agentes turísticos llaman “ómnibus semicama”- eufemismo para denominar a ese engendro que tiene asientos reclinables y apoyapiés, pero en el cual  después de unas cuantas horas de viaje uno no encuentra acomodo posible-termina generando un ardiente deseo de poder explayarse-extendido completamente- en una deliciosa y   placentera cama horizontal. De todas maneras, como nos dieron un recibimiento amabilísimo que incluía hasta la bandera uruguaya con bailes y cantos típicos, los molidos viajeros resistimos un rato más hasta que nos asignaron las ansiadísimas habitaciones. Me tocó la número 315 y quedé muy feliz porque eso significaba que si quería  subir y bajar por escalera podía hacerlo sin grandes dificultades. Subí con el bolso de  mano porque la maleta-me aseguraron- la iban a dejar en la habitación. ¡Qué comodidad! ¡No tenía que andar tironeándola por ascensores y corredores!  Me sorprendió la comodidad de la habitación y la  amplitud de la cama-creo que fue uno de los hoteles más confortables del viaje- y después –cariñosamente- vi “mi maleta”. Busqué la llave del candado para abrirla. ¡Qué extraño! ¡No abría! La miré nuevamente sin comprenderla. ¿Era mi maleta? ¡Sí, era! ¿Por qué se resistía entonces? Después de unos instantes de confusión y forcejeos me di cuenta. Era mi maleta. ¡Sí!  ¡Pero no la llevaba yo sino mis parientes!  ¡Me habían dejado la maleta equivocada! Llamé a recepción, al guía coordinador, al guía local, y a mi hermana. Todos avisados, empezó la búsqueda de “la maleta extraviada”. En mi bolso de mano no tenía  ninguna ropa adecuada para cambiarme así que tenía que esperar  sí o sí a que “apareciera” mi otra maleta- es decir la que había llevado conmigo- Después de una hora –más o menos- de haber causado una verdadera conmoción en el hotel, en los guías, compañeros  y demás; después de haber molestado a todos y  a cada uno de los viajeros para ver si mi maleta había ido a parar a una habitación equivocada, vino mi hermana. Yo me había tirado un rato a descansar las piernas hinchadas. Hace años que me aqueja el “síndrome del turista”, como llaman los médicos a esta dolencia que deja a más de uno con “patas de elefante” y a otros, con mayores problemas. Comentábamos lo inusual de la situación porque las maletas viajaban con nosotros en el mismo ómnibus, por lo tanto, no habían “sufrido” ningún traslado. De pronto, Juanita, miró atrás de la cómoda  y me dijo: ¿-Y esa valija? Y ahí estaba, la muy ingrata, “acostada” en el porta-maletero que está para esos efectos. ¿Cómo no la vi? o ¿Por qué no la vi? Primeramente, porque “no estaba a la vista”,-alguna excusa tengo que tener-  Además,   porque yo estaba empecinada en que me habían traído “la maleta equivocada”. En realidad, así fue: me trajeron  la maleta equivocada y… ¡también la mía!  El episodio  de "la bobeta de la valija"  me sirvió para recibir  “cachadas” durante  el resto del viaje.
Al final, cuando nos volvíamos para Montevideo después del maravilloso viaje,  contentos y ahora ansiosos por reencontrarnos con “el paisito”, nuestro guía coordinador, nos “sometió” –con el ómnibus ya en marcha- a una especie de “control” de rutina-ya nos había hecho recomendaciones la noche de la “última cena” pero, con mucha experiencia en la materia, nos reiteró algunas “consignas”-:a) pasaporte o cédula en mano para el paso de frontera- ( ¡por favor!:no dejarla en la valija que iba en el compartimento de equipajes)- b) revisar bien la habitación para no dejar nada de nuestra propiedad en ella: anillos, relojes, celulares….
Y ahí saltó Joaquín:- ¡Yo dejé el celular! Todos-absolutamente todos, incluido el guía-, pensamos que nos estaba haciendo una broma; pero cuando gritó dos o tres veces lo mismo con cara de desesperación, nos dimos cuenta de que –realmente- se había dejado el celular en la habitación, más precisamente, en la mesa de luz. ¿Por qué? Porque lo había usado de “despertador”.
Volvimos al hotel a buscar el “móvil perdido”. Cuando Joaquín bajó del ómnibus se oyeron unos murmullos al fondo que terminaban en “udo” A la vuelta, él mismo, frente a todos, en el pasillo,  se autocalificó:
-¡Soy un boludo!
¡Todos nos reímos, pero, nadie lo desmintió!
Coqueta "kichinette" "empotrada" en un placar con microonda, cafetera, y ¡ vinito!