sábado, 16 de enero de 2016

TERAPIA SOBRE RUEDAS


CONDUCIR:
El monitor que me enseñó a manejar me dijo que si un día me estrellaba, lo único que podía salvarme de los complejos era saltar lo antes posible a otro auto y seguir manejando como si no hubiera pasado nada. De: “La vuelta al día en ochenta mundos”. Julio Cortázar 

"El salvaje guerrero" Gustavo Ekroth en pleno vértigo


Aprendí a manejar hace muchos años, pero como  mi esposo manejaba muy bien y yo no tenía-como la mayoría de los seres humanos- temor a que esa situación  se modificara abruptamente, no lo hice con mucha asiduidad. Sin embargo la rueda de la vida me dio uno de esos golpes duros de timón y me dejó sin el dulce compañero de ruta con el que pude caminar durante más de cuarenta y cuatro años. Por esa razón, empecé cuando apenas junté un poco de coraje, a buscar una academia para hacer un curso de actualización o  reciclaje. Como ya se sabe,  se sale con un   instructor en un auto con doble pedalera, que  luce indefectiblemente un cartel con el nombre de la academia en cuestión y tiene bien visible otro que dice: COCHE -ESCUELA. Pude comprobar que hay academias de las más variadas “gamas”, pero ¡oh detalle!  Todas tienen en cuanto a cobro el mismo “perfil”-como les gusta decir: esto es, se pagan “por   adelantado”, en efectivo o en cuotas con tarjeta de crédito, un número de clases que siempre tienden a extenderse (en el auto con doble pedalera, claro.)  Busqué por todos lados, alguna academia que aceptara darme clases en mi auto. En todas me dijeron que “primero tenía que hacer el curso en el auto con doble pedalera y después me darían un par de clases en el mío. Yo quería las clases en mi auto. No en el de academia.  Vivo en una calle muy transitada, y-para colmo de males- me construyeron al lado del garaje de mi edificio, un hotel donde paran asiduamente todos los camiones de reparto, ómnibus, minibuses, taxis  y remises habidos y por haber. Así que salir y entrar  me exige una infinita paciencia: hay que pedirles a los que están mal estacionados que se retiren -lo que ninguno hace de buena gana- y hay que aguantar los bocinazos e improperios de los que vienen circulando por la calle. No importa que una espere con el auto convenientemente balizado. Indefectiblemente, los “traseros”, exhiben una  “incontinencia digital”- neologismo muy necesario- que se satisface únicamente tocando enloquecedoramente la bocina.  Con alguna academia hasta hice el intento de pagar clases dobles;  contraté los servicios de una de esas que  “pasan por el domicilio” ¿Mejor? ¡No! ¡De ninguna manera! –Llegan más tarde de lo pautado, con un principiante que viene  manejando- aterrado y  a los tumbos-,  al cual hay que “devolver” al “punto de partida”. En eso consiste la “práctica de actualización”-que aunque se hayan pagado clases dobles de dos horas, no duran más de cuarenta minutos-. Además,  una debe transitar  por zonas siniestras,- de acuerdo al itinerario que le convenga al instructor- por las cuales nunca pero nunca  más  va a volver a pasar. En algún caso, hasta tuve que pasar a buscar a la esposa e hija del instructor de turno para llevarlas al médico-. Los instructores obedecen todos a un mismo patrón: “tanto pagas, tanto te atiendo”. Hasta hubo uno que me comentó-varias veces- que siempre les dice a sus alumnos que toma Johnny Walker- para que  después de dar el examen le regalen alguna botellita- ¿Vio?
Terminé con las terroríficas clases de actualización,-y, finalmente, logré salir en mi auto un par de veces con el  instructor pedigüeño. Pero el hombre-característica de todos los que me tocaron- estaba apurado, y, como  quería irse enseguida,  no me dejaba tiempo para practicar adecuadamente la entrada y salida del garaje. Lo hacía él. Harta de las academias busqué un “personal trainner”.  Me fue de regular para abajo, porque  el  “personal trainner” decía  y hacía lo mismo que todos los otros instructores, bajándome la autoestima a límites insospechados con una expresividad similar a ésta:
-“¡La palanca de cambios no es una batidora! ¿Cómo te dije que la tenías que agarrar? ¿Eh? ¡Suavemente te dije!  ¡Hacé de cuenta de que es una “parte” humana! ¿Eh?   ¡No te duermas en la segunda, dale, ponele la tercera! ¡Ahora dale velocidad y  poné la cuarta! ¡No podés andar en la rambla a cuarenta!  ¡”Peiná” el freno, no lo clavés!  ¡El auto se te apaga porque soltás el embrague  de golpe y no acelerás lo suficiente!”.
 Honestamente, me repudrió tanto grito y tanta mala onda.  Lo único que logré fue una especie de “amaxofobia”- así se llama  la fobia a conducir-, porque fueron tantas las críticas, y tan duros los comentarios que  empecé a salir a la calle, temblando como una vara verde. Si bien el miedo es una reacción natural al  peligro, puede volverse patológico si no se logra  dominar la situación. Tengo, por ejemplo,  un miedo patológico a los perros. Veo un bicho que avanza hacia mí con el dueño absolutamente despreocupado,  con el collar en la mano; (generalmente,  un gordo de esos que caminan de patas abiertas como si les molestaran los queteconté), y acto seguido,  cruzo-aterrada- para la otra vereda. Nunca supe si de pequeña y -sin memoria- me mordió alguno. Lo que sí sé es que me causan pavor.
Yo no tenía miedo a conducir. Saqué la libreta hace más de veinte años. De hecho, lo hice en otros autos. Mi preferido fue el primero, un Toyota 700 que parecía el auto del pato Donald. Sin embargo, estas clases de “reciclaje o actualización” me produjeron un enorme rechazo.  Todos sabemos que manejar un vehículo es una actividad compleja. No exige únicamente  conocer los mecanismos del coche, sino saber en cada situación qué hacer y ejecutarlo de manera adecuada. Cuando no se  ha manejado por un  tiempo,  se sale del auto con un cansancio brutal, como si se  hubieran corrido kilómetros y kilómetros porque  se ha realizado un enormísimo esfuerzo complejo: atención completa  a los semáforos,  a los peatones, a las bicicletas, a las motos, a las calles flechadas,  a las señales, al ómnibus que se nos viene encima,  al coche de la izquierda que nos quiere adelantar y se acerca peligrosamente al nuestro, al de atrás que no mantiene la distancia adecuada y al energúmeno  que-sacando medio cuerpo por la ventanilla nos grita: -“¡Sacá el señalero, pelotuda! ¿Qué hacés, vieja conchuda?” Aunque una haya hecho en tiempo y forma lo que nos indica el distinguido y amabilísimo caballero.
 Me di cuenta de que Montevideo es una selva, y que por más que haya carteles indicadores, cada cual hace lo que se le canta. Y si ven a  una mujer  al volante,   ¡más y mejor! ¡Toquémosle bocina! ¡Mucha bocina!  ¡Hagámosle señas obscenas!  ¡Mentémosle a la madre! ¡Pongámosla bien nerviosa! ¡Horror de los horrores! En fin. En la calle circulan  diferentes tipos de  animales salvajes que salen furiosos a pelear contra lo que sea. Y si no me creen vayan a ver “Relatos salvajes”, la película argentina. Tiene por lo menos tres episodios “salvajes” con autos. Estudien al personaje que hace Ricardo Darín. Les doy una pista; lo llaman “Bombita”.
 En cuanto a los instructores comprobé que ninguno tiene ni la más mínima idea de lo que es  “didáctica”.  No son ni maestros ni profesores, son-simplemente- “gente que maneja o que manejó alguna vez en su vida”. Dan clases para ganarse la vida, o, “redondear un exiguo presupuesto”, pero no porque les guste o porque quieran beneficiar a otro brindándole un conocimiento útil –que es un postulado absolutamente primordial cuando se quiere enseñar algo a alguien-.
  Como seguía  sintiéndome muy insegura y con una extraña y frustrante sensación de bochorno, pensé; ¿Qué hago? ¿Me doy por vencida? Una de mis amigas,-solterona que se agrió con los años-, hasta llegó a decirme  que lo mejor era que vendiera el auto, porque a “mis años” no iba a volver a manejar- la señorita se olvidó de que tenemos la misma edad-. Ni un año más ni un año menos.
 Una mañana, limpiando cajones, encontré unas antiguas casetes grabadas con la voz del psicólogo Gustavo Ekroth- que ya había tratado con éxito varias de mis ralladuras cuando yo andaba caminando por las paredes-.
 Lo contacté y le propuse hacer “terapia sobre ruedas”. Gentil, como siempre, aceptó de inmediato. Felizmente, para mi autoestima,  me dijo   que no soy la única. Ya tuvo otros pacientes que recurrieron a un “psicólogo  que supiera conducir”, -lo cual está completamente dentro de sus lineamientos-. A partir de ahí, dejé de sentirme vapuleada, porque  empecé a recibir indicaciones  con  su voz suave y tranquilizadora que tiene -además- la enorme ventaja de serme bien conocida. Gustavo practica  deportes extremos, como andar en planeadores,  hacer ducky en los rápidos, o nadar rodeado de tiburones, por lo tanto,  salir conmigo en el auto,  no le causó ni la más mínima zozobra. Es-felizmente- “un salvaje guerrero”.  No se le movió nunca  ni un pelo.

El intrépido Gustavo Ekroth en otra de sus aventuras 

 Con él, fui repasando todos   los conocimientos de uso práctico,  y volví a familiarizarme  con  los detalles del uso adecuado de  las luces, el  de los espejos y todos los “chiches” que tiene un vehículo actual.
Las reglas las conozco y las practico- lo cual es asombroso porque nadie lo hace- Con paciencia y dedicación- y de esto ya hace más de dos años-  la “terapia sobre ruedas,” fue logrando que dominara mis temores, teniendo en cuenta que   los escollos son parte de la existencia, sobre ruedas o sin ellas. Soy consciente  de que tengo que “combatir” mi estilo de pensamiento perfeccionista. Me tengo que convencer de que no siempre me va a salir todo bien, que hay momentos en que alabarán mi  actuación y otros en que no cosecharé ningún aplauso.

Gustavo Ekroth también me familiarizó con Osho 

Ekroth, con su paciencia infinita fue logrando que empezara a desarrollar mi autocontrol emocional y que aumentara mis recuerdos positivos con respecto a mis capacidades.

Combatir "la mala onda" es absolutamente imprescindible

Y este nuevo año, hasta  me animé a dar otro paso más intrépido: cambié el auto.   Ahora,  salgo, sola, preocupándome  cada vez menos por los bocinazos de  los  “incontinentes digitales”,- que  me mandan tiernamente a la mierda, o a lavar los platos,- lo último  no me molesta, porque lo hice siempre sin problemas-. Además de eso: limpio, cocino, leo, escribo, enseño,  corrijo, practico Tai chi, bailo, canto, y sobre todo, contra viento y marea: ¡Volví a conducir!
  
 
Miren qué bien que estaciono 

 
Otro ejemplo de estacionamiento 

viernes, 8 de enero de 2016

GRACIAS, SILVER

El Silver, recién sacado  de la automotora, con su dueño,  el 4 de junio de 2010, en Punta Gorda

Antes de fin de año, en medio de la baraúnda del gentío que se agolpaba frenético para comprar, dediqué unas cuantas tardes a desplazar varias prendas de ropa que ya no usaba. La selección me llevó bastante tiempo porque  me costó bastante desprenderme  de cosas  que anduvieron conmigo en más de una grata oportunidad. Sin embargo, esta vez, estuve  dispuesta a seguir los consejos de Marie Kondo- la “gurú” japonesa del orden- me lo tomé en serio y realicé una gran limpieza.
Muchos de sus consejos me sirvieron para  que la operación “descarte” se fuera dando en una forma natural: Guardé únicamente prendas que me transmitían “emociones de alegría”-tal cual aconsejaba la japonesa-  No me causaba ninguna felicidad tener vestidos, trajecitos, blazers y chaquetas de cuando era joven y pesaba treinta kilos menos. Allá salieron para ser donados para alguna que tuviera la flacura que yo supe lucir antaño. También- del mismo modo- se fueron unas cuantas estupendas medias con  portaligas y unas prendas sexys de ropa interior. Me quedé con algunas que me “transmitían emociones positivas”: pijamas cortos de verano, amplios, cómodos, coloridos y   ropa interior clásica con detalles delicados. Lo que en un principio me costó, después, se fue  sencillamente, gracias a otro consejo salvador: “me despedí  de cada uno de los vestuarios con gratitud por el servicio dado”; gracias, trajecito azul, lo estrené en la  última graduación de Seniors, a punto de jubilarme,   muchísimas gracias, portaligas rojo, supiste estar presente en más de una buena ocasión, tú también me diste felicidad querido camisolín blanco, y te la agradezco con afecto. Mientras me dedicaba a eso, me acordé de una de las novelas de Hugo Burel: “El Club de los nostálgicos” y su “hombre de las listas”. Es decir, uno de los locos burelianos. La novela también es loca, porque ese “club” agrupa personas raras que coleccionan objetos inusuales, en muchos casos,  al estilo de  un cambalache.  Casi todos conocemos algún coleccionista de objetos antiguos, deteriorados, o fuera de circulación como, ceniceros, encendedores, cajas  de fósforos y similares. Hace tiempo tuve una amiga.que tenía una inusual colección de fotos de  penes. Los tenía circuncidados y sin circuncidar, de todos los colores, tamaños y formas. Creo que fue una de las más extrañas colecciones que vi en mi vida. Ella  la exhibía  como si fuera su álbum de los quince años. A los locos burelianos no les dio por ahí, pero sí están presentes  los que coleccionaban aquellas antiguas “revistas de relajo” que circulaban –generalmente- en manos de varones. Recuerdo una de fotos con  nombres de tangos. Y no se trataba únicamente de “El Choclo”. Después de hecha la limpieza y donación de ropa, fue “coser y cantar” como decía mi abuela. Recordando al  “hombre  bureliano de las listas”,  después de pasado el estruendo de las festicholas tradicionales, y de que se hubieran aquietado todos los ruidos de la ciudad,  hice la lista- yo también, porqué no-  de propósitos del año.
El Silver  cuando me llevaba al Teatro de Verano 


Por eso,  la despedida no fue únicamente de ropa. También se fue “El Silver”, el último  auto que compró mi esposo. Se fue con nuestras ilusiones, con nuestros paseos hechos y los otros frustrados, con mi angustia, con mi desazón, y también se llevó- como no podía ser de otra manera- el recuerdo de momentos imborrables: como cuando nos llevó a pasar mi cumpleaños en un comodísimo hotel del Norte. El último que pasamos juntos, absolutamente ajenos a la muerte que rondaba cercana.

"El Silver" se quedó en la automotora 

Entonces, por los buenos momentos, a vos también: “Gracias, Silver”.