lunes, 24 de diciembre de 2012

EL TANGO DE DON ARTURO

"EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA"  de don Arturo. La de la foto es Grace Kelly





















“Oblata ocassione vel iustus perit” 
“Si se le presenta la ocasión hasta el justo peca”.
“La ocasión hace al ladrón”.

La última novela de don Arturo Pérez Reverte, se ha metido ni nada más ni nada menos que con el “tango argentino”- así nombrado varias veces en la obra- con la creación de un personaje que es una mezcla extraña de compadrito a la violeta, chulo español, gigoló  y quién sabe cuántas más definiciones le podrían caber. Para mí, es- sin lugar a dudas- un pícaro redomado, al  estilo al que  Don Reverte nos tiene acostumbrados, con muchas mañas que se manifiestan de diferentes maneras a través de los años, pero, ambientado en el siglo XX. A Max, Costa, lo conocemos joven, en 1928, como un “bailarín mundano”,  en un transatlántico, dedicado a “variar” jóvenes y no tan jóvenes en las danzas de moda, y, “de paso, cañazo”, si la ocasión lo amerita, hacer algún buen negocio para vivir mejor. No en vano, las mujeres con guita abordaban los transatlánticos para desempolvar amarguras y sacar a relucir –todavía- alguna que otra atractiva joya tentadora. En una estructura alternada muy bien manejada- como corresponde a un escritor avezado que sabe lo que hace y cómo lo hace-, vamos conociendo al “guapo embustero” en cuestión, en tres etapas de su vida: joven de 26 años, nueve años después (35),- con las mañas más finamente acentuadas- y,- finalmente- ya sexagenario, en la ingrata “tercera edad” con el cabello cano, kilos de más y aquejado de reuma, pero aún haciendo honor al dicho de que “el zorro pierde el pelo, pero no las mañas”.  Ya no tiene la agilidad de antaño, ni para bailar ni para nada, sin embargo, el último encuentro con la percanta, tratado como el de de un par de  abuelitos que se acuestan a hacerse mutuamente “pat pat” ya sin ningún fuego encendido ni por  encender, igual, tiene lo suyo. Lo van a apreciar  cuando lean la novela.
La mujer, con un nombre también cuidadosamente elegido: Mercedes Inzunza,- Mecha-,  sigue el mismo esquema cronológico, empieza –quizás- con un año menos que Max: 25, y el tratamiento que recibe a través de los años es-me parece- más piadoso. En plena juventud, una admirable belleza que pisa fuerte, y baila ídem. En la plenitud, tanto o más hermosa, y en la vejez, con arruguitas en la cara, con las manos moteadas por manchitas y  con el pelo gris, pero delgada-la verdad es que me muero de envidia, no sé cómo hizo. Quizás se conservó flaca porque es “gente bien” o de ficción, no sé-. Conserva de la juventud, eso sí, la misma risa y brillo de color miel en los ojitos.
El marido compositor, es-como lo describe uno de los personajes-, un “gaita abombado”, “un otario que suda mangos”, pero se las ingenia para divertirse de lo lindo. A  pesar de todo, Armando el gaita,  y Mercedes, la bella, constituyen un matrimonio “de gente bien”. En la novela, hay escenas de sexo chancho, como  no recuerdo que haya habido en otras obras  del mismo autor, pero eso no importa porque se sabe que la “gente bien” estaba a salvo por prestigio y fortuna-como suele ocurrir- de cualquier crítica exacerbada que se le quisiera hacer. Además, el ambiente recreado meticulosamente, es propicio para incitar al ménage á trois con la  concurrencia a piringundines o bailongos en Buenos Aires, donde la droga pesada corre como el viento. De todas maneras, aunque se describen salvajes escenas de tórrido sexo, hay algún detalle de prolijidad dentro de tanta chanchada: por ejemplo, se retira-siempre- la colcha de la cama antes de desparramarse. Se dice que Mecha en momentos culminantes murmura “procacidades”. Inteligentemente-ya dije que el autor es un escritor avezado, sin lugar a dudas- no se menciona el idioma que usa para farfullarlas, pero cabe suponer que sean en español, porque Max en tan poquitas horas, no podría haber tenido tiempo de adiestrarla para decir porquerías en el muy pintoresco lunfardo argentino. (¡No teman hermanos argentinos, alguna aparece en las explicaciones de Max sobre títulos de tangos! ¡Hay de todo en la viña del Señor y en la novela de Don Reverte!)
Los lugares, el “color de época”, todo, está cuidadosamente seleccionado. La costa francesa prácticamente se puede ver tan bien, como en la foto de Gardel con su amigo. Detallista hasta en los más mínimos detalles, se mencionan hasta  los perfumes que usan. Mechita  se distingue por su correspondiente “My sin”-o  “Arpege” que es tanto o más “chic”-, la baronesa amiga de Max, por  el aroma de Worth,   y las pobres milonguitas por “el agua florida”  desgraciada y barata.

Gardel, con un amigo en la Riviera francesa.

La música también está escrupulosamente elegida. Desde la que bailan hasta la que se escucha.  Me encantó que el tango que bailan “de memoria”- es decir sin música-, sea “Mala junta”. Hasta los diarios que lee el Max Costa sexagenario, nos mete de lleno en la época. Si en la radio se escucha ("A, A, A" ) “Abbronzantissima” cantada por Eduardo Vianello (o  Edoardo, bah) y Patty Pravo entona su célebre “Ragazzo triste” ( “ah, ah, ah, ah”)  sabemos que estamos en la década del sesenta del siglo pasado.  No van a creer que don Arturo la va a pifiar en  esos detalles. Pueden ver la lista de agradecimientos a todos  sus colaboradores que –indudablemente- realizaron una  conspicua labor.
http://youtu.be/yXrG_-rr4GA

( Si "pinchan" en el enlace de youtube, podrán oír y ver "Abbronzatissima" cantada por  Edoardo Vianello en los 90, ya veterano. Les aseguro que en los sesenta era un morocho descomunal, que partía las rocas, quizás tanto  como Max Costa)

Edoardo Vianello joven. Por las dudas, por si no me creían...
De la misma manera que Julio Cortázar nos escrachó a todas las uruguayas con un juicio lapidario sobre la protagonista de su  cuento “La Puerta Condenada” (¿Se acuerdan coterráneas?: “se vestía mal, como todas las orientales”), la ciudad de Montevideo, tampoco queda  en esta novela  muy  bien parada que digamos. Aquí llegó Max en el “vapor de ruedas de la Carrera”, a pasar una noche en el “Plaza Victoria” o sea en el “Victoria Plaza”, donde jode -desde todo punto de vista- a una mexicana y vende el collar de perlas que le robó a Mecha, a un anticuario rumano-menos mal que no es montevideano- de apellido Troianescu que si nos ponemos exquisitos, más bien podría tener reminiscencias de ajedrez. (Rumanos con ese apellido que aún vivan en Montevideo, tengan en cuenta de que el comprador del collar afanado es un personaje de ficción.)
El final me gustó más que el de “EL ASEDIO” donde al pobre protagonista PEPE LOBO, no le permitió ni siquiera “una mojadita” de consuelo, y me lo dejó al final, muriéndose, totalmente hecho pomada o puré. Yo presté varias veces la novela y me la devolvieron tirándomela por la cabeza, y gritándome desaforadamente: “¡Cómo lo va a dejar así!” “¡No me prestés más nada de este tipo!”  El final de “EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA”  es más “culebronesco” si se me permite el neologismo, y por eso, nos deja más contentos.
No escribo más nada, porque si a don Pérez- Reverte se le da por darse una vueltita por Monte a firmar ejemplares no va a querer por nada del mundo firmarme el mío, y ¿ qué voy a hacer, Dios mío, en ese caso, con toda mi cholulez?  
La disfrutable novela cinematográfica que podría convertirse en un flor y nata de culebrón, con hijo adulterino y todo -faltaba más- corresponde a “la loca de la casa” de Don Arturo Pérez- Reverte. No les revelo ningún vericueto, porque para entrar en ellos  y enredarnos, estamos nosotros, los lectores.
                                                                     

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