martes, 1 de enero de 2013

CAMINANDO POR EL "RRIOBA"

Frente del "Castillo Pitamiglio" "apretado" entre edificios.
Ya manifesté mi desagrado ante el consumismo que se desata por estas fechas. Parece que la mayoría de los seres humanos opta por disimular sus carencias comprando mucha comida, mucha bebida, muchos cohetes- terror de las actualmente llamadas “mascotas”, -pobres bichos inocentes sometidos  a nuestras bárbaras costumbres intoxicados  con  valium para que no se mueran del susto- y muchos regalos. ¡Regalos!  No te veo en todo el año, no me preocupa en lo más mínimo ni tu salud ni tu estado de ánimo, pero ah, ¡vamos! ¡Llegaron las fiestas! ¡Opa, opa, opa!  ¡Celebremos!, ¡Comprémosle un regalito a la vieja maldita que nos tocó por suegra, o a la cuñadita ídem y saludémoslas con un  besito falluto  aunque más no sea por facebook!   ¿Y a los otros? ¿A los hijos? ¿A los nietos? ¿A los sobrinos? ¿A Menganito? ¿A Perenganito?  ¡Compremos, compremos y compremos!  ¡Y llevemos, llevemos y llevemos!
Así llegué yo también, huyéndole al consumismo y a los festejos que se suscitan en estas fechas. Yo no puedo celebrar la Navidad.  Mi esposo cumplía años  el 25 de diciembre. Me resulta absolutamente imposible sacar ánimos para celebrar esta fecha sin él. Para colmo de males, este año 2012, falleció una de mis mejores amigas, con ella y su esposo solíamos pasar reunidos tranquilamente alguna de estas fiestas. Trato de no ser grosera con el que me llama o con el que me saluda, porque estimo que lo hace con la mejor de las  intenciones. Muchos son  personas mayores que acostumbraban a salir “por el barrio”, pasadas las doce a saludar a los vecinos y mantienen la cordial costumbre de antaño.
Pero, –este año al menos- decidí que el 31 de diciembre iba a retomar la sana costumbre de caminar. Hacía tiempo que no lo hacía y ¡los médicos insisten tanto! ¿No? Así que empecé. Me levanté temprano. Mi  “equipo” me esperaba ya pronto: pantalones cortos, musculosa, repelente contra insectos, bloqueador solar, gorro, lentes de sol. La macana es que me olvidé totalmente de mi condición de cronopio absoluto: cuando salí a la calle me abrasó un calor agobiante. Entre “pitos y flautas”- expresión que sirve para indicar que se perdió tiempo al “santo botón”- se habían hecho más de las 9 de la mañana. Como estoy más pálida que una mujer del 900,  me había puesto bloqueador solar hasta en el pelo; y-cronopio total- decidí que iba a caminar 45 minutos por la rambla y después iba a volver “buscando la sombrita”.  ¿”Buscando la  sombrita”? ¿Qué sombrita?   Evidentemente me olvidé de que en verano, y a las 9.30 de la mañana por Punta Carretas y Pocitos es imposible encontrar “sombrita”. Y. además, como cronopio total que soy, ni siquiera había llevado mi botellita de agua mineral, por lo cual la “subida”-¡sí hay que subir, señores!, yo vivo en  una de los “lomas” de Punta Carretas, llegar a la rambla es una pasadita, pero… ¡volver no! Volver es un  vía crucis. Hice un “paréntesis” en la rambla, me senté –con la lengua de afuera- frente al Castillo Pitamiglio, con su réplica de la Victoria de Samotracia y “emparedado” entre edificios como un antiguo “sándwich” - y le saqué una foto para que lo vieran mis amigos de otros países. Mientras tanto, juntaba coraje para emprender “la subida” por 21 de Septiembre (mes al que la incoherente RAE le puso la “p” de nuevo, pero que en la calle dice “Setiembre” nomás, como lo escribimos por acá durante años-)  Ya que estaba di la vuelta por la calle Vidal para tomar una foto del otro lado del Castillo-donde está el restaurante Montecristo- .
El castillo Pitamiglio del lado de la calle Vidal Restaurante-Museo Montecristo

 Después no me quedaron más excusas y emprendí la “ascensión”. El sol caía a pico. Me sentía como supongo que se sentiría Horacio Quiroga cuando escribió el comienzo  del  cuento “El hijo"  y anotó: “Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación". Parafraseándolo y -economizando adjetivos  como me enseñó él en su decálogo-  yo podría haber escrito: ” Era un poderoso día de sol en Montevideo".¡Madre mía!  ¡Qué calor! ¡Santo Cielo! ¡Qué solazo! ¡No podría encontrar un adjetivo mejor que el "poderoso" de Quiroga!  Mientras la musculosa se me pegaba a la piel, mis championes sacaban chispas en el asfalto. Demás está decir que pese a la precaución del bloqueador solar mi piel se achicharró completamente. Cuando ya casi había llegado a  la calle Ellauri-cerca de la salvación porque después apenas me quedaría una cuadra más para subir- encontré este comercio y me acordé de Rouse. De inmediato pensé: “mirá vos, las margaritas que nos manda todos los días llegaron hasta acá”.
Indudablemente Rouse anduvo por acá y dejó "las margaritas"

Las peripecias no terminaron ahí. En casa,  después de una buena ducha y un largo vaso de pomelo, me senté a leer un rato. Sonó el teléfono fijo,- -no tengo inalámbrico-probablemente me quería saludar alguno de esos amigos tradicionales que mantienen la costumbre-. El teléfono siguió sonando porque no pude llegar hasta él. Un lacerante dolor en la rodilla izquierda me mantuvo prácticamente atada  a las paredes. Pude llegar cuando ya el contestador había largado su perorata. No supe quién llamó porque aunque tengo captor él “capta” lo que se le canta. Nunca lo que debe. Sabe-perfectamente- que está “de servicio” en una casa de cronopio. Y a  los cronopios les ocurren  cosas así todos los días. ¿No verdad, Cortázar? Buenas salenas, cronopio, cronopio, cronopio.

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