domingo, 16 de marzo de 2014

¡HASTA EL PRÓXIMO CARNAVAL!

La mochila carnavalera 
Según la segunda acepción de diccionario la palabra “nostalgia” hace referencia a una “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Ese es el significado que rescato para esta sensación que  tengo ahora que terminó el carnaval. Si bien por la televisión aún siguen pasando a los grupos ganadores, ya no  hay más espectáculos en los tablados y el teatro de verano quedó poblado de  los fantasmas del parque Rodó. Tristes fantasmas que ya no tienen ni voluntad para rondar por  las cercanías.
No todo fue estupendo este año; la lluvia impidió varias veces la actuación de los conjuntos y más de una vez llegué empapada hasta el alma. Pero al otro día renacía la esperanza de ver otro espectáculo y aguardar para ver –en otra oportunidad- al que había sido suspendido. Como todos los años, hubo alegrías por los ganadores y tristezas por los que no llegaron a posiciones destacadas. En mi caso, estuve en total desacuerdo con el juicio que dejó a la revista Madame Gótica fuera de la liguilla. El primer premio de murgas se lo llevó “Don Timoteo” que con la presencia de Diego Bello y de Rafael Cotello-que hicieron una buena dupla- divirtieron al público. Pero ese primer premio estuvo peleado por otras murgas que estaban muy bien también. Me disgustó que “Los Diablos Verdes” y “Los Curtidores de Hongos” quedaran tan abajo en la tabla de posiciones. A mí me parecieron espectáculos muy dignos, pero es evidente que los jurados y la puntuación con tantos rubros para calificar dan sorpresas de todo tipo.
Sin embargo el tema de esta crónica no está relacionado con los premios-merecidos o no- . El tema de hoy,  es este vacío, esta sensación melancólica de que ya empezó el otoño con sus días grises y lluviosos- aunque así fue también el verano- y los árboles están –otra vez- en ese ciclo de “desnudarse” para volver a ponerse la ropa en la primavera.
El 8 de marzo fue el último día de mi abono. Fue también el día de la despedida de mis  compañeros-ahora ya más conocidos que al principio- del Teatro de Verano. Hubo promesas de volvernos a reencontrar a la brevedad, pero  lo más probable es que no  nos reencontremos hasta  el próximo carnaval. En la vida actual son raros y muy espaciados los encuentros persona a persona. Los modernos dispositivos han sustituido las relaciones que permiten mirarse a los ojos, charlar de “bueyes perdidos”-sin que ningún aparatejo “arroje” su chillido característico para avisar que hay mensajito- Los modernos dispositivos no nos permiten tampoco reírnos  de tal o cual ocurrencia que se recuerde. El facebook y el twitter, ya incorporados a nuestros celulares, nos acercan a nombres ficticios- una gran mayoría usa nombres de fantasía- y fotos trucadas. Yo veo a mis parientes y amigos, “armados” de su celular.  Conversan distraídos, porque a cada rato atienden los chillidos o vibraciones. Eso los hace perder concentración temática y los “hunde” en una maraña de diferentes aspectos para atender simultáneamente. Y aunque me digan que los más jóvenes son “multifocales”,  sé fehacientemente que la atención que se concentra en varias cosas a la vez no es demasiado eficaz. “De a uno por el pasillo”-como decían los guardas antiguos- es la mejor manera de focalizarse.   Por otra parte, si no hemos visto antes a la persona, no sabemos cómo son sus rasgos porque pocas veces aparecen las verdaderas caras de nuestros supuestos “amigos”. Últimamente, hay  una especial dedicación a “envolver” a la verdadera persona en el anonimato. En cambio, en el Teatro de Verano, los “abonados” somos casi siempre los mismos. Algunos lo son hace más de veinte años. Y es una pasión de familia. Otros somos más “nuevos”, en mi caso, este es mi segundo año- pero después de mi viaje a Cuba comprobé increíblemente que se habían preocupado y preguntado entre ellos si estaría enferma, o si me habría pasado algo. Mi retorno dio lugar a esos intercambios de teléfonos para comunicarnos las novedades. Y me gustó. No hay nada que sustituya la comunicación persona a persona. Felizmente.
Para no hundirme en la depresión post-carnaval, me dediqué desde el viernes 14 a “desarmarme  y armarme”  de nuevo. Habitualmente me da resultado y me saca del bajón. Lavé mi almohadón, mi gabán- que tenía el característico “olor de tablado”-esa mezcla indescriptible de cigarrillo con el olor  de los chorizos, las papas fritas, las tortas fritas y  el humo-, archivé los Momodiarios por fecha, y, de paso, archivé cuanto papel suelto andaba por mi escritorio.

Almohadón carnavalero  ya lavado para guardar 


 El orden siempre me da tranquilidad y me inspira para buscar otras alternativas. ¿Abono del SODRE? ¿Dar o tomar más clases? Algo de eso.
Por ahora agregué algo nuevo  en el SPA: una clase de ZUMBA. (“A la vejez, viruela”).  ¿Se animan?



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