domingo, 14 de diciembre de 2014

DE CRONOPIOS: EL INEFABLE JULIO

El libro de Cristina Peri Rossi 
Cuando en febrero de 1984, me enteré de la muerte de Julio Cortázar, me convertí de inmediato en una de sus viudas. Fue uno de mis amores. A esa fecha, había leído todo lo que había caído en mis manos, pero sobre todo Rayuela. En uno de los cursos de Literatura Hispanoamericana, la profesora Ivonne Uturbey, gran admiradora de Cortázar, nos había dado la oportunidad de leerla y desmenuzarla de punta a punta. Éramos en ese entonces, un grupo heterogéneo pero compacto que luchaba por seguir adelante en la  feroz época  de la dictadura.
Una época  de pobres como ratas de iglesia. Penosamente mi esposo y yo  pagábamos un préstamo infame por una pequeña propiedad horizontal. (Infame porque comía con nosotros, no nos quedaba para nada más). Como siempre he dicho, la literatura salvó mi vida más de una vez, y en los tiempos siniestros del siglo pasado, fue mi refugio contra el horror. No me importaba comer arroz todos los días, ni salir a trabajar sin medias- las mujeres no usábamos pantalones, por lo cual el frío de la madrugada se colaba intensamente y traspasaba mi ropa interior- Rayuela iba conmigo. Me acompañaban La Maga con sus despistes, y el inefable Oliveira-que también sabía lo que era el frío y el andar con zapatos mojados- . Si esos personajes me daban sus vidas para que yo las apreciara, yo no me podía quejar de ninguna manera, hubiera sido una traición a Cortázar. Esos fríos aterradores que sufrían los personajes eran los suyos propios. Después me enteré cuando pude leer sus cartas, -las que fue publicando su albacea y ex-mujer Aurora Bernández, después de su muerte y que yo, lectora voraz, consumista de literatura de vida- y los epistolarios lo son- fui leyendo con fruición.

La Rayuela y libros de mi época de estudiante de Literatura

No me perdí nada. Todo pasó por mis ojos y por mi alma. Ya sé que  no tenías baño en París. Que para bañarte tenías que  hacer un montón de maniobras. Por eso La Maga en su carta a Rocamadour escribe:


“Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en los que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado(…)”

 Y sí. De dónde bañarse con el aterrador frío y la lucha por tener un baño propio.  Yo me acordaba de mis luchas en La Paz, Canelones, donde mi padre tan económico como Mujica no me permitía ningún “lujo”- y para él era  un lujo tener un calefón o un calentadorcito de agua en el baño-. Me lo tuve que comprar yo, después que empecé a trabajar. Antes de eso, aprendí a hacer tantas maniobras como vos para bañarme. Relacioné tus penurias con las mías y eso me hizo mucho bien. Sin lugar a dudas. Supe de tu separación de Aurora y de los pavorosos celos de la Ugnés Carveli. Te vi en fotos con la walkiria. Era linda y estaba buena, pero te dio mucho trabajo.
Lo que nunca me pude imaginar fue que la “Cris” de tus poemas era Cristina Peri Rossi. ¿No te diste cuenta gran tonto, que la tipa era del otro cuadro?  Sí. Yo creo que te habías dado cuenta, pero igual te gustaba y pensabas que quizás, que tal vez, y que por qué no…. Yo sé  lo que es eso. No te lo puedo negar.  Es  más o menos como meterse de cabeza  con un  hombre casado que no tiene ni la más mínima intención de dejar a la mujer y muchísimo menos tener algo en serio con otra. Eso sí, le gusta divertirse y que lo diviertan, y sabe cómo convertirse en una sublime obsesión, pero siempre  saca para afuera y la deja bien lejos la  más mínima idea de compromiso. Y la otra pobre lucha, no se quiere dar por vencida, pero llega un momento en que también  tiene que decir: “no va más”, -como vos- porque ese tipo nunca va a ser de ella.
La mujer lo controla tenazmente en la actualidad, -no en tu época porque no había- con un poderoso adminículo: un celular que hasta tiene GPS para mayor comodidad de la susodicha y él es un conejillo muy  asustadizo que se escabulle a la menor amenaza. Y “la otra” decide no serlo más, porque  la legítima es la única que  disfruta de todos los beneficios que desea para sí: viajar, compartir y comentar lecturas, ir al cine, al teatro, a la playa, ducharse juntos, dormir abrazada o estilo cucharita, en invierno,  ponerle los pies helados entre las piernas a la noche-cosas así de tiernas-. El  tipo reclama-perdió beneficios- con llamados, con notas sin fecha, sin nombre, sin sentimientos. No se quiere dar por vencido.  Usa todo tipo de estratagemas. Famoso, arrogante, altanero no puede tolerar  que la tipa  se le niegue- Entonces, intenta por todos los medios,  barrer con subterfugios la frustrante negativa.
 También vos pasaste por situaciones de ese estilo ¿No? A Ugnés la dejaste porque te había transformado la vida en un infierno y viajabas mucho para contrarrestarlo, pero finalmente tuviste que dejarla. Y poner punto final a una relación siempre duele. La verdad. Después llegó Carol y te alegró la vida un tiempo. No mucho, pero fue memorable. Aunque supongo que también tuviste que luchar- ella era casada- se "descasó" para legitimar su situación contigo-. Con Ugnés no te casaste, con Carol sí. Así que estoy segura de que también sobre esas situaciones las supiste "lungas". 

¿Verdad que sí Gran Cronopio? 

En el libro “Julio Cortázar y Cris”, Cristina Peri Rossi contó cosas de ustedes -que no creo que  te hubiera gustado que salieran a la luz- sé cómo fuiste de celoso con tu correspondencia, sé que tu madre quemó todas las cartas que le mandaste para que no cayeran en manos de oportunistas, y que Aurora, tu primera mujer, que te acompañó después que Carol se murió, empezó a publicar selecciones de  tus cartas. Yo las leí todas. Supe que –como todo argentino- tenías la idea de que Uruguay debía ser “anexado” en algún momento a la Argentina- más o menos como Cristina Kirtchner que anduvo diciendo que “Artigas quería ser argentino”. ( lo cual no es exactamente así, lo que quería Artigas era la Patria Grande, la Federación de las  Provincias del Río de la Plata- y el Uruguay debería haber sido una de ellas-. Y creo que vos lo sabías también, pero cuando se escribe más de una vez se cometen esos deslices. El que más me dolió fue el que escribiste en “La Puerta Condenada”, cuento que ambientaste en un Montevideo provinciano con un personaje-Petrone- un  porteño que las tenía todas sabidas, que vio todas las películas y que no sabía qué hacer en  una ciudad tan anodina y  aburrida. Ahí surge el otro personaje de la mujer- uruguaya- “que se vestía mal como todas las orientales”. Qué malo que fuiste, che.
Es cierto que  La Maga que en más de una ocasión aparece como una lela- no es una intelectual, de eso no quedan dudas- probablemente no se acicalaba demasiado. ¿La Cristina Peri Rossi no se vestía bien tampoco?  Me parece que en ese caso, no te importaba mucho la vestimenta,-a juzgar por los tórridos poemas que le escribiste y que yo leí sin saber quién era la tal “Cris”-.
Leí el libro con la curiosidad de siempre. Además de que los poemas- a juzgar por lo que dice ella- se los dedicaste, la otra novedad que encontré es que te gustaba leer novelitas rosa y policiales. ¡Mirá vos! Y que leías todo, incluso los prospectos de los medicamentos- yo también-
Actualmente no leo novelitas rosa pero me las devoraba cuando era joven. Hace  unos días me hice una escapadita a Buenos Aires y al regreso, para entretenerme en el buquebús, me compré la revista “Caras”. Una de mis amigas no lo podía creer. ¡Cómo podía leer esa revista de chismes  tan cursi, tan banal! Estuve al borde de mandarla a rodar- yo no le ando con vueltas cuando tropiezo con minas remilgadas (te confieso que por el Río de la Plata tenemos unas cuantas)- pero me limité a hacerle un comentario sarcástico sobre su hermana que-según ella- es muy artera para hacer comentarios. Simplemente le dije que tuviera cuidado con lo que me decía  porque hay ofensas irreversibles. Por suerte no insistió más. Y yo volví feliz, leyendo la revista durante todo el trayecto-que ahora es más  confortable y corto- creo que te hubieran gustado el buque Francisco y la revista.-

En fin, gran Cronopio, qué querés que te diga, te fuiste demasiado pronto. Ya hace treinta años. A mí me parece que fue ayer, cuando en mi casita de El Prado, recibí la noticia de tu muerte. Te lloré mucho. Cristina Peri Rossi no fue a tu entierro, yo tampoco. Y no hubiera ido aunque pudiera,  porque para mí también estás vivo, en la dimensión de tu amplísima  literatura, porque dos por tres, alguien “reflota” alguno de tus escritos, aparecen más epistolarios-aún los que escribiste a tus amigos-, y volvés,- siempre volvés-, con tus ojos claros y tu largura desgarbada a pasearte por las calles de París, Buenos Aires y Montevideo. Y yo- te lo confieso abiertamente- te sigo queriendo como el primer día.







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