jueves, 9 de febrero de 2017

LA MÁS CHICA

La Más Chica, La Menor, y La Mayor

Un día La Menor, apareció en la puerta de mi dormitorio, con una noticia bomba. Había descubierto a uno de sus compañeros de juegos haciendo pichí.
-¡Hermanita!- gritó regocijada con el descubrimiento- ¡Albertito tiene una cotorrita larga!
-No se la vayas a tocar- la increpé con firmeza.
-¿Por qué? - preguntó con mucha curiosidad.
-Porque  es pecado. Vas a ir al Infierno, y de ahí no se sale nunca más-le contesté con total seguridad.
Pero ella no me hizo caso y se fue a seguir disfrutando de su “descubrimiento”. Yo volví a mis  deberes. Matemáticas me costaba una barbaridad.  Al poco rato regresó y me confesó:
-Se la toqué, pero con un papelito, así no voy al  Infierno. ¿Ta?
-Ta- le contesté no muy convencida del todo, atenta a las cuentas que siempre me daban resultados diferentes y que nunca coincidían con los que pedía el profesor  y que aparecían, como por arte de magia,  en los cuadernos de los inteligentes.
Cuando concluí trabajosamente la tarea  me quedé pensando: ¿será pecado o no será pecado lo que hizo La Menor? Por las dudas me callé la boca. También estaba  aprendiendo a moverme  sigilosamente en el  bamboleante mundo de los grandes.
Por suerte a La Menor, la fascinación por la novedad le duró pocos días.
***
Otro acontecimiento ocupó de lleno toda nuestra atención.
Un mediodía, oímos  que  La Mangacha andaba a las risas en la cocina, cosa que ya no me alarmaba, dada su natural forma de ser, pero como a las risas de ella se unían las de otras personas. La Menor dejó al gato Pancho-al que estaba vistiendo- para ir a ver de qué se trataba. En la cocina, estaban algunas vecinas del pueblo, de esas a las que yo les huía como a la peste, pero la curiosidad pudo más que la bronca que les tenía y me acerqué.
-Bueno, señoritas, -empezó a decir La Mangacha cuando nos vio.
-"Parece que hay romance, aunque sin confirmar" cantaba mi padre.
 Al final nos enteramos de que tantas risas y tanta algarabía se debían al próximo arribo del "hermanito varón".  Como yo era más grande, me di cuenta de qué se trataba, pero La Menor quedó pasmada.
-¿Viene grande como La Nena- preguntó señalándome a mí- o es más chiquito que yo?
-Viene chiquitito, bien chiquititito- le contestó Papá. Y ahí sí, la pobre quedó totalmente descorazonada. Me la llevé a mi dormitorio, y traté de convencerla de las enormes ventajas de tener un hermanito varón.


-Podremos darle mamadera, cambiarle los pañales, observarlo, tocarlo, sin necesidad de exponernos a las penurias del Infierno, donde hace un calor brutal porque los pecadores que van ahí están rodeados de fuego y más fuego-le dije todavía influenciada por las Hermanitas Vicentinas-. Quedó convencida a medias. El famoso "hermanito varón"  a quien esperamos con tanto afán, para  poder tocarle las diferencias sin pecar,  es decir, sin necesidad de ir de cabeza al Infierno, resultó otra chancleta  rosada, suave y dulce: La Más Chica.

La llegada de La Más Chica me cambió la vida. Mi madrastra ya era mayor cuando la tuvo, y cuidar a una beba cansa muchísimo, así que me dieron esa tarea y yo la tomé con mucha alegría. La bañaba, le preparaba los biberones, la cambiaba y la mecía para que se durmiera. También le lavaba la ropa y  los pañales, que no eran -de ninguna manera- descartables.  La beba me recompensó con un afecto singular que mostraba alborozada-para gran rabieta de La Menor que no tenía ningún éxito con ella-. El "pegote" era conmigo. Yo llegaba del liceo y me encargaba enseguida de ella. Dormía la siesta únicamente si yo la mecía y le cantaba. La Menor lloraba de rabia, pero el afecto, que La Más Chica,  demostraba con una gran adhesión, era mío. Cuando empezó a crecer, también la llevaba al tablado-que quedaba a dos cuadras de casa. Todas las noches, salía  con ella en brazos y con La Menor arrastrando un banquito de cocina que era multiuso: por un lado, servía para ponerla "alta" , y por otro, me servía para sentarme mientras esperábamos la llegada de los conjuntos. Las Murgas se anunciaban con la clásica "marcha-camión"- que llamaba a los rezagados y  alborotaba divinamente a todo el barrio.
Yo empecé temprano a tener "dragones" -como se llamaba a los pretendientes, que "rondaban" las casas para poder ver a las chicas de sus desvelos-. Creo que, -felizmente- "desvelé" a más de uno. Lógicamente, al Viejo le costó "ayeitarse" a la idea de que La Mayor tuviera algún novio, pero al final, tuvo que ceder. Los primeros escarceos fueron en el tablado. Algún "motorista" rondaba por ahí. Y veníamos conversando hasta la esquina de casa. La Menor era un absoluto estomágo resfriado. La Más chica no. Cuando la Mangacha interrogaba a La Menor, de inmediato denunciaba:
-"Sí. La hermanita estuvo con un muchacho con moto. Nos acompañó hasta la esquina.
En cambio, a la Más Chica le podían preguntar de todos modos, porque nunca "largaba" prenda. Una demostración más de su gran afecto por La Mayor. Lógicamente, cuando la presionaban mucho decía: -No. La hermanita NO SE VIO CON NINGÚN MUCHACHO CON MOTO.
( Y, de esa inocente manera, me dejaba escrachada igual.)
Como decía El Sabalero en "Chiquillada":

 "Lindo  haberlo vivido para poderlo cantar".

















2 comentarios:

  1. Muy lindo cuentito, dinámico y con toques de humor!
    Decididamente, me gustó! Lucy Jofré

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