domingo, 31 de julio de 2011

Mi madrina, la partera Stella

La tía Stella en el esplendor de su juventud

Cuando escribí sobre mi madre, comenté que ella y mi madrina fueron las mujeres más luchadoras que conocí en la infancia. Hoy voy a escribir sobre mi madrina, mi tía- como siempre la llamé- la partera Stella.

Mi madre y la partera Stella eran amigas íntimas desde muy temprana edad. Habían compartido muchas vicisitudes, entre ellas, la de la preparación para parteras, que fue una de las más importantes. Stella asistió a mi madre cuando yo nací; era muy común que los niños nacieran en sus casas, con la asistencia profesional de una persona especializada. Ya conté que en mi casa, había un dormitorio especialmente preparado para esos casos. En la actualidad, parece que se ha vuelto a esa “antigüedad”, por lo cual se puede deducir que volvió a ser considerada una buena práctica. Por esa amistad que las unía desde tanto tiempo, Stella se convirtió en mi madrina. Su familia era mi familia y cuando no se conseguía una niñera competente o mi madre tenía guardias extensas, me llevaba a la casa de Stella, que era, al fin de cuentas, mi segunda casa. Cuando hice la especialización en Dificultades de Aprendizaje, en una de las asignaturas se enfatizó mucho la idea de que los niños, cuando sus padres se divorciaban, tenían dos casas, y por esa razón había que enseñarles a manejarse con las dos alternativas. (Lo cual –entre otras cosas- significa tener en ambos lugares los objetos necesarios para la vida cotidiana).Yo no sé quién les dio la idea a ellas, pero efectivamente, yo tenía dos alternativas y las dos me encantaban: la casa de mi madre y la casa de mi madrina. En ambas tenía afecto, ropa, un uniforme completo del colegio, juguetes y libros.
La única diferencia era que en mi casa, tenía mi propio dormitorio completo, y en la casa de mi madrina, en cambio, tenía un sillón-cama que me preparaban especialmente en uno de los dormitorios de la enorme casona. Para que no tuviera miedo a la oscuridad, me dejaban una veladora encendida toda la noche. Era un simpático pato amarillo con una luz muy tenue que ahuyentaba hasta al propio Carlanco, aquel que decía” Yo soy el Carlanco, que hasta las peñas arranco”.
Cuando mi madre anunciaba:- “Viejucín, prepará tu valija que vas a pasar unos días con tu tía”- yo saltaba de felicidad.
La ida a casa de mi tía, significaba, playa, sol, paseos de todo tipo y muchos entretenimientos. Estos últimos frecuentemente eran tareas que Stella me asignaba de acuerdo a las necesidades de la casa. La única que no me gustaba era zurcir medias, porque nunca fui hábil con la aguja. El trabajo consistía en conseguir un hilo del color más parecido a la media de hilo e ir consiguiendo que la trama se cerrara de la manera más delicada posible. A mí me quedaban unos horrendos retobos, que mi tío, que me quería mucho, se ponía sin chistar. Sí; las medias se zurcían, las sábanas se remendaban, y cuando ya “no daban más”, se partían y se hacían de una plaza; se tejían los buzos de lana o de hilo según la estación, y también según la estación se confeccionaba la ropa. Stella tenía una habilidad prodigiosa con la aguja porque antes de ser partera- en una de sus variadas actividades- había trabajado en un taller de costura donde había aprendido a hacer de todo: vestidos, pantalones, blusas, chaquetas, y sacos largos. También sabía bordar a mano y a máquina con un primor inusitado. A mí me encantaba verla trabajar con tanta habilidad. Ella era la que me hacía unos hermosos vestidos y delantalitos que los cubrían para que no se ensuciaran cuando jugaba. No se estilaba decirles a los niños: “ensuciate que es bueno”. La consigna era la prolijidad diaria en el vestir, en las costumbres y en los modales.

Las tareas que más me gustaban estaban en la cocina. Mi tía hacía pasta casera, guisados, tortas, postres y flanes de una manera prodigiosa. Mi primo y yo ayudábamos: ella hacía la masa de los ñoquis; nosotros les dábamos la forma, ella preparaba los ravioles, nosotros les pasábamos la ruedita y los separábamos, ella hacía el preparado para las croquetas, nosotros las armábamos prolijamente.
Las diversiones estaban siempre presentes como recompensa de las obligaciones. Mi tío tenía acceso a entradas para espectáculos: circos, cines, teatros, “fonoplateas”- especies de teatros que tenían las radios y donde con las invitaciones apropiadas se entraba a ver espectáculos-.

A la tía le gustaba conversar y contarme sus experiencias y a mí me fascinaba escucharla. Antes de ser partera había hecho de todo. Una de las actividades más divertidas-al menos para mí- era “tirar las cartas”. Tenía unos mazos de cartas que “hablaban” y “contaban” el porvenir de las personas. Cada una de ellas tenía un significado y ella los interpretaba, los “armaba” y daba “mensajes”. Para desarrollar esa actividad se ponía un turbante verde que le daba un sugestivo aire oriental. Alguna vez accedió a tirarme las cartas cuando yo era una adolescente, y le interesaba saber con quién andaba de “dragoneo”.
– Acá veo a un hombre joven de pelo negro- empezaba.
–Vamos a ver si no es casado…- y sus ojos negros, sombreados por largas pestañas, me escudriñaban profundamente- y si es para vos- seguía.
Y sí. Era para mí. Carlos, el hombre joven de pelo negro-en ese entonces lo tenía abundante- fue para mí. Indudablemente no se equivocó. Nos casamos muy jóvenes cuando viví mi última temporada soltera en su casa.
¡Gracias, tía, por tus aciertos y por tu bondad!

2 comentarios:

  1. Que lindo recuerdo de su tia ... y tambien de sus noquis, ravioles, y croquetas!! Ya tengo hambre!

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  2. ¡Gracias por tus palabras, Suzy! ¡Y ni te cuento de sus pizzas caseras! ¡Eran inigualables!

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