lunes, 26 de diciembre de 2011

Hilvanando recuerdos gratos en la Navidad 2011



Malvón rosado como mi vestido juvenil
En el libro que escribió Julio Cortázar con Carol Dunlop: “Los autonautas de la cosmopista, o Un viaje atemporal París-Marsella”, hay un “post- scriptum” de diciembre de 1982, donde se encuentran maravillosamente expresados los  sentimientos que él- siempre reservado en su intimidad- muy pocas veces compartió con sus lectores. En noviembre de 1982, falleció su esposa, la compañera  y coautora de ese “viaje atemporal”.
Vale la pena leer ese post-scriptum porque posee un intenso valor testimonial:

Lector: tal vez ya lo sabes, Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos en una sola búsqueda de ritmo y melodía.
Apena terminada la expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde había y hay tanto que hacer. Carol reanudó allí su trabajo de fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También allí encontramos la felicidad, ya no solo en los paraderos del París-Marsella sino en el contacto cotidiano con mujeres,  hombres y niños que miraban  como nosotros hacia delante. Allí la Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creímos pasajero porque en ella la voluntad de vivir era más fuerte que todos los pronósticos y yo compartí su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir más intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas.
A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.”

En  la última carta del libro “Cartas a los Jonquieres”   Cortázar  también  le comenta su estado de ánimo al amigo:
“Poco te hablaré de mi, estoy tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto.”
Por último reitero  esta otra  cita de  Julio César Puppo, (el Hachero) porque yo también-como él- “escribo por eso”:
“A veces escribir es como cantar: dulcifica las tristezas. Otras veces es como una confidencia que alivia las amarguras. Por  eso escribimos.”

Las tres citas que transcribí son la introducción para mis hilvanes.  Porque así como Cortázar, “contuvo” su dolor para lograr sacar adelante el libro escrito a dúo pese a sentirse “deshabitado” como le confiesa a Eduardo Jonquieres, y el Hachero señalaba lo bien que hace escribir  para dulcificar tristezas y aliviar amarguras,  yo también siento la necesidad de contar   recuerdos gratos de mi querido esposo Carlos Stanley, que cumplía años, -precisamente- en Navidad. En lugar de darle lugar a las amarguras, yo, que también como Cortázar me siento “deshabitada” voy a rememorar nuestros comienzos,  “allá lejos y hace tiempo”.
A él le causaba  mucha gracia que yo   dijera a quien me quisiera escuchar  “que lo crié de potrillo”.
 En realidad, los dos éramos muy jóvenes cuando comenzamos las clases nocturnas de lo que en la década del sesenta del siglo pasado-me siento matusalénica- se conocía como “Preparatorios”. Los nocturnos, los inauguramos con gran alborozo, en el liceo Manuel Rosé de Las Piedras. Teníamos diecisiete y diecinueve años, respectivamente, y ya trabajábamos los dos. Yo, como cadete en la fábrica de botones “La perla del Plata”,  y él como empleado del Banco Comercial, donde había ingresado  a los diecisiete años,- después de un cómico examen-,  para integrarse como “meritorio”.
Para entrar a trabajar en un banco, se necesitaba hacer una “preparación”, que consistía en ir  a una academia que diera clases de contabilidad, dactilografía y-en el mejor de los casos- algo de taquigrafía.
Carlos no fue a una academia; tomó unas clases con un profesor que lo preparó en “cuentas”, “asientos”, “pasajes de libros rubricados” y “algo de escribir a máquina”. En el examen, le pusieron unas “cuentas” que resolvió sin dificultades, en primer lugar, porque era inteligente, y no bestia perdida como yo para las Matemáticas, y, además, porque en su primer Preparatorios en Canelones  había hecho un año completo de Ciencias Económicas. La prueba de máquina consistió en un dictado. Tampoco tuvo dificultades porque –le dijeron- su ortografía era “adecuada” para el puesto al cual aspiraba. Escribí antes- “cómico examen”- porque en realidad, lo pusieron a trabajar en una sesión que  se llamaba “Informes” y su trabajo consistía en “recabar” información sobre las personas o comercios que pedían créditos al banco. No “hacía cuentas”.  Era la época en que se hacía todo “a pedal”. No había computadoras, ni “sistemas informáticos que  “se cayeran”, se usaba la cabeza- órgano actualmente en desuso- para pensar las preguntas que se les hacían a los vecinos sobre los indagados- una útil y práctica libretita y un bolígrafo. El otro útil era “un móvil” que no era un celular sino una linda motito Zanella, comprada a plazos,  para desplazarse por esos caminos de Dios.  Con los años, “el informante” adquirió mucha práctica y le bastaba una pequeña vacilación o un tenue gesto del interlocutor para saber que el que solicitaba el préstamo no lo iba a pagar nunca en su vida. Jodedores hubo siempre, aunque se crea que son de ahora. “Ser bancario”-como decían las madres- era de mucho prestigio. Todas  andaban a “la caza” de esos “candidatos”- término  que no hay que olvidar que proviene de “candidez”- para sus “niñas”, porque  eran  considerados “buenos partidos”. Trabajaban trajeados de pies a cabeza, bañaditos y prolijitos y ganaban salarios considerables, además, y  sobre todo, podían “ascender”. Palabreja que toda madre que se preciara sabía emplear con sabiduría:-” El novio de mi hija es “bancario”; ya lo “ascendieron”, comentaba en el almacén del barrio la afortunada, frente a todas las otras verdes de envidia.  En nuestras ciudades, la Paz y las Piedras,  había múltiples formas de llegar a  los jóvenes“bancarios”. Una muy usual eran los cumpleaños de quince. No hay que olvidar que en los pueblos nos conocíamos todos y sabíamos quién cumplía y cuanto le faltaba a la hija de fulano o mengano para llegar. Así éramos catalogadas: “la hija de”. Ese “hija de”  –en general- se designaba por la profesión, oficio o empleo que tuvieran los  padres: la hija del carnicero Ramírez; la hija del bodeguero Burastero,  la hija del almacenero Coitiño, la hija de la modista Chichita,  la hija mayor del colchonero Segovia (yo, la única -en ese entonces- que iba al liceo).
Otra forma de llegar a “la presentación” de “la hija de” con el “bancario” eran los bailes, que eran toda una institución. Se llevaban a cabo en los clubes,  y había  que ir “bien vestidas”. Es decir, con vestidos de baile- no de calle-  La mayoría de nosotras, me  refiero a las pobretonas, teníamos algún vestidito de popelina reservado para la ocasión y el de los quince que se reformaba cuantas veces fuera necesario para que en todas las ocasiones pareciera como nuevo. Yo tenía a mi favor-felizmente- dos ventajas: mi madrina partera sabía coser y me hacía unos vestidos preciosos, recuerdo uno rojo, como las rosas, sensacionalmente ajustado al cuerpo, con el que yo pensaba que causaba sensación-al menos cuando entraba las veteranas palidecían, vaya una a saber porqué-;  y-la segunda y no menor ventaja-  era que había sido elegida  “Miss Primavera” de mi clase. (Nada más que de mi clase, porque en el concurso oficial en el club Solís únicamente conseguí una coronita de lata, de Miss Simpatía o Miss Fotografía- ya ni me acuerdo- que fue una especie de premio consuelo. Fue elegida como Miss Primavera “general”  una rubia del último año, que tenía unas caderas y unas tetas como las de Brigitte Bardot.
(¡Juro que es verdad y que no es  ningún sarcasmo!).
Pero no necesité ni mi prestigio de Miss Primavera ni mi sinuoso vestido rojo para ganarme al “bancario” Stanley. En las primeras clases ya noté su insistente mirada, y una noche, a la salida, en forma totalmente natural,   me acompañó hasta la estación de tren, porque yo vivía en La Paz.  Deliberadamente, elegí ir hasta la estación de tren,-una siempre se las ingenia cuando quiere- para poder caminar y charlar durante más cuadras. La parada del ómnibus era en la plaza, demasiado cerca del liceo. También supe después, que él, –inteligentemente- había dejado la motito en su casa. Intuyó que yo no iba a “subir a una moto” en una primera instancia. Después sí. La Zanellita fue una gran compinche de nuestro romance. La relación  se prolongó y se consolidó para gran consternación de más de  una “aspirante” (madre e hija) que se quedaron con un palmo de narices. Ya no necesité más ir a los bailes con las vecinas. “Oficialmente”-con permiso conseguido a puro coraje-  me llevaba  él.  Yo iba muy oronda con mi vestido rosado de talle bajo.
Fueron gratos momentos, como son hermosas las flores de mi rosal, o como mi modesto malvón –del mismo color que mi vestido de talle bajo-.











2 comentarios:

  1. Qué lindo Alfa. Los recuerdos son sinónimos de seguir, de continuidad. Mientras estés tu tu esposo está. Mientras esté yo están mis amigas, amigos, mi Viejo y quienes tanto me han querido pero que no están físicamente. Además siempre vinculas la literatura, es la vida. Buenísimo

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  2. Qué tierno Alfa, mientras leía era como si estuviera ahí viéndolos desde lejos, gracias por compartir este recuerdo, abrazo!

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