lunes, 18 de agosto de 2014

DOMINGO DE SOL CON FELISBERTO

Felisberto Hernández en una de sus clásicas  fotos 
Fue un domingo para disfrutar desde temprano. Me preparé el desayuno  y me lo llevé a la cama en mi bandeja portátil, disfruté del esplendor de la luz  mientras hacía crujir las tostadas con mermelada. La fecha coincidió con “el día del niño” y aunque todo el mundo dice que no lo festeja, en el muro de mi facebook, aparecieron muchos saludos alusivos. La mayoría se refería  al “niño que llevamos en nuestro interior”- lógicamente- porque a estas alturas del partido,  no nos queda nada más que eso: el niño interior. Ese pequeño pícaro que  anda por ahí.
Decidida a aprovechar el buen tiempo al aire libre, me preparé y me fui caminando hasta el Parque Rodó. Desde mi casa no son muchas cuadras y estaba hermoso para caminar. ¿A ver qué? Una vuelta por el Museo de Arte Contemporáneo donde montaron “La máquina Felisberto”, quizás más tarde un almuerzo en el Rodelú. En fin, tarde de paseo al aire libre.

Al llegar al Parque aún estaban los puestos de la feria dominical, y como me ocurre muchas veces con la lateralidad, (¿derecha, izquierda  arriba, abajo?)  me perdí. Sé dónde está el museo, pero los puestos ambulantes me despistaron. Veía el edificio, y no encontraba la entrada principal. Estaba cerrada. Había  que entrar por uno de los costados. No entré en pánico, simplemente di la vuelta. Subí a la sala donde se exhibía “La máquina  Felisberto”. Como suele suceder,  siempre hay más cuidadores que visitantes. Fui rezongada un par de veces porque mi máquina disparaba el “flash” aunque había sido cancelado por el vigilante. No tengo  muchas fotos. Me hubiera gustado sacarle-con flash- a un piano viejo, más que viejo, vetusto, destrozado, que exhibía un cartelito que decía “el piano de Felisberto”. Es una de esas obras de arte que nos dejan pensando, más bien nos exprimen los sesos,  y no comentamos, ni hablamos de nada, ni nada de nada,  para no pasar por pelotudos.
Había una máquina de coser, que –evidentemente- aludía a una de las esposas de Felisberto Hernández María Luisa de las Heras. Al lado, había tarjetas “María Luisa de las Heras. Modista”. Un detalle. También podía haber dicho: “María Luisa de las Heras. Espía”. Pero no, se prefirió el oficio de modista. Es decir: “el otro”. El de espía dio mucho que hablar, pero Felisberto no lo supo.
La máquina de coser
La tarjeta-había varias al lado de la máquina de coser- 

También vi alguna de las citas clásicas de Felisberto. Esta es una de las que más me gusta:


 Y esta otra también:

CASUALES CASUALIDADES
Lo que sigue, -con otra introducción- lo publiqué en el blog que me quedó trancado y que nunca más pude volver a usar: “Memorios y memorias de casos y cosas”. Es sobre Felisberto Hernández y algunos avatares de mi existencia.

 Yo me quedé  en el duro “insilio” .Estudiar durante la época de la dictadura uruguaya no me resultó nada fácil. Además del terror de andar de noche por las calles, estaba el drama de “rendir” los  extenuantes exámenes. En el año 1979, me faltaban pocas materias. De las académicas una era Literatura Uruguaya, con un programón  capaz de desalentar al más entusiasta. La Licenciatura no concluía con ella pero al menos me podía sacar esa obligatoria, para luego pasar a las prácticas docentes y preparar algunas  pedagógicas que también tenía pendientes. Una carrera de cuatro o cinco años, me llevó algunos más, porque-siempre obligada por las circunstancias económicas- tuve que trabajar en una actividad que no tenía nada que ver con las letras.
Literatura Uruguaya era una materia reglamentada, podía preparar y rendir un examen, pero lamentablemente, mi profesor-cosa muy común en la época- había sido destituido del último lugar de trabajo que le quedaba. Se llamaba Juan Freifogl  y era un gordito bueno. Probablemente se había opuesto al régimen imperante y lo borraron, primero de los puestos oficiales, y luego de los privados. No lo volví a ver nunca más. Siempre me quedó ese sentimiento desgraciado de no haberle podido decir, sinceramente,  que había sido muy bueno, que nos había dado montones de ideas para seguir adelante, y que sus alumnos de esa difícil época, lo habíamos querido mucho. Ese año, no di el examen reglamentado.
Justamente, -casual, casualidad- el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras- el viejo IFICLE, lugar donde estudiaba-hizo  un seminario sobre Felisberto Hernández, y de esa manera, me acerqué a un autor uruguayo que en ese momento -1979- era casi prácticamente desconocido.
 Por un libro que escribió Nora Giraldi,  supe que  Felisberto Hernández había vivido en la misma calle que yo: Petain;  y que una simpática vecina conocida en el barrio por “Doña Ronga” era su hermana.  Le pedí al arquitecto Óscar Barrios,  que me la presentara.  Barrios era el constructor y propietario del  apartamentito que alquilábamos de recién casados, pero más que un propietario era un amigo singular. Su familia también era amiguera. Cuando ahora, viviendo en la pituca y ruidosa Punta Carretas, veo a los vecinos de enfrente sacar orgullosamente sus “cuatro por cuatro” sin  siquiera mirarme ni saludarme, me acuerdo melancólicamente de mis idolatrados Barrios.
Por medio de mi querido Don Oscar, conocí a  Deolinda Hernández y a su casita “Laboremus”. Deolinda me prestó todos sus libros, por lo tanto, leí a Felisberto de punta a punta. Además, tuve una información testimonial de primera mano. Aclaro, por las dudas, que  no existía ni Internet, ni Google, ni nada por el estilo.
Pero yo había quedado “huérfana de profesor de Literatura Uruguaya”, por eso, le pedí ayuda a mi profesor de Didáctica, Roger Mirza, puesto que, obligada por los cambios  en el Instituto,  la opción que me quedó para aprobar la materia académica pendiente,  fue la de preparar  un trabajo monográfico.
Lo presenté el 29 de diciembre de 1980. Me tocó una mesa examinadora, donde-lamentablemente para mí-   Mirza no fue convocado  como miembro integrante. Los tiempos eran caóticos también en el Instituto y mi apreciado gordito Juan había sido sustituido por una víbora maldita que no sabía ni dónde estaba parada, pero que- por supuesto- disfrutaba mucho de su nueva condición de “profesora universitaria”. Los otros dos miembros del tribunal, eran también recién llegados. Obviamente, no habían visto mis borradores, ni conocían nada de las peripecias del proyecto. Aplacé de cabeza. Para mí fue una experiencia muy negativa. Pocas veces había sido reprobada en mi vida de estudiante, y  cuando lo fui, esas circunstancias me dejaron recuerdos imborrables. En este caso, particularmente, lo consideré una reverenda injusticia, ya que la tesina había sido controlada por un profesor competente. Yo había leído todo lo que había publicado Felisberto Hernández, gracias a los préstamos de Deolinda Hernández, y a partir de esa lectura,  me pareció que por su condición de concertista y de escritor el “objeto piano” debía tener su propia relevancia. Por eso, me dediqué a ver  cómo  se transformaba en la obra, en virtud de los avatares del protagonista. Logré-con una alegría difícil de describir- darme cuenta de las transformaciones que se operaban en el piano felisbertiano de acuerdo a las peripecias del protagonista,  y escribí con entusiasmo sobre esas comprobaciones, pero  mi trabajo no fue entendido. Es más que seguro que los integrantes de la mesa no habían leído todo lo que había leído yo, y por lo tanto, les faltaba información. Recuerdo que la gorda infame me dijo al final:

-“Mirá, lo  mejor que podés hacer es analizarte un cuentito y escribir el comentario como para que te lo  entienda el lechero”.

Quedé muy triste pero trabajé de nuevo con la ayuda de Mirza -todo el verano- y en el siguiente período de febrero lo  aprobé  con calificación 4/6.
 Los estudiantes que habían seguido el consejo de comentar  “un cuentito y escribirlo como para que lo entendiera el lechero”, aprobaron 6/6.
Otra arista felisbertiana: nunca logré-en ningún lado- publicar la tesina. Pasaron treinta y cinco años. La modifiqué un montón de veces de acuerdo a otros tantos parámetros exigidos,  según los críticos de turno, pero no hubo caso. Prácticamente esa circunstancia me hizo sentir en carne propia la angustia de Felis, recorriendo los pueblos del interior, parándose en los mostradores de los clubes, preguntando por alguien que tuviera interés en financiar sus conciertos, y yo a su lado, buscando denodadamente quien  quisiera darme una mano para la publicación de mi trabajo sobre él.

Desde ese momento, me prometí tres cosas: que divulgaría a Felisberto, que  sería Licenciada en Letras- contra viento y marea- , y  que enseñaría Literatura, evitando concienzudamente  ser una  hija de puta como la sátrapa que me bochó.

Creo que cumplí las tres consignas. Cuando se empezaron a reeditar los libros de Felisberto, los compraba para regalar. Incluso hubo una de mis colegas que se enamoró completamente de Felisberto- siempre fue muy seductor- y escribió su tesis doctoral sobre su obra. Y seguí-y sigo- regalándolo cuando alguien me dice que no lo ha leído. Y también lo di en talleres de Literatura.
Los títulos- el de Licenciada y otras yerbas que fui agregando a medida que me fui especializando- cuelgan ya muy vetustos en el lambriz de madera en mi escritorio.
Enseñé Literatura durante más de treinta años. Nunca dejé de ayudar a un estudiante con dificultades, jamás “boché” sin ton ni son, y luché-toda la vida- por lograr que los textos literarios “llegaran” en lo posible al alma. Porque si llegan al alma ese estudiante seguirá leyendo toda su vida. Y eso es lo único  que hay que lograr: que siga leyendo y disfrutando.

Todo esto me vino a la memoria al ir a ver “La máquina Felisberto”.
Hace cincuenta años que no tenemos su presencia física, pero él, anda por ahí. Como Julio Cortázar- otro de sus admiradores- como Jorge “Cuque” Sclavo, que me lo leyó en una tarde de la Revista Sarandí, hace muchos años, y me dijo que había sido su compañero de trabajo en la Imprenta Nacional. Y como tantos otros que vamos leyendo, descubriendo y transformando en amigos entrañables.

¿Cómo terminó este singular domingo de sol?
No pude almorzar  en el Rodelú. Antes de que pudiera asentar mis posaderas en una silla,  un vociferante mozo me espetó:

- “¡Hay más de una hora de demora, DOÑA!”

Me quedé con el traste a medio camino de la silla, pero el  odiado “DOÑA me lo enderezó más rápido que ligero.

 Me fui caminando por la vereda del sol hasta la churrería "La Manola"  donde, alentada por el gentil recuerdo de Felisberto,  después de una cola de 30 minutos, contemplando cómo se divertían los grandes en "El gusano loco" -porque los chicos no le daban mucha bola-,    logré comprar media docena de tortas fritas. Y regresé mordisqueando una. Estaba deliciosa. 
Y Felisberto risueñamente  me acompañó hasta casa, tocando- para mí sola-   " Un poco a  lo Mozart". 

La Churrería y "El Gusano Loco"-donde se divertían más los grandes que los chicos- 


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