sábado, 13 de junio de 2015

DEDICATORIAS

Dedicatoria de Rosa Montero en el libro "La ridícula idea de no volver a verte"



Tuve la idea de darle un toque de modernidad al dilatado universo de mis libros,  y en una liquidación del Shopping, me compré un Kindle Paper White. Para los que no comprendan o no sepan qué es, aclaro que  también se llama e-reader   o e-book- expresiones en inglés que en español se traducirían o adaptarían a algo así como un “libro-lector”. Por ahora, gracias al auxilio de un profesor que da clases domiciliarias, a “personas mayores, inteligentes y encantadoras”, -como las que alojaba  el dueño del Hotel Marigold en las películas del mismo nombre- pude guardar unos cuantos que ya tenía archivados.
 Miro mi antigua biblioteca de papel con nostalgia porque ya no tengo más espacio en mi pequeño apartamento para albergar más ejemplares. Por eso, con bastante pena, empecé a hacer paulatinamente una “purga” de libros para donar. Al fin y al cabo, lo primero que sale cuando una se muere –no me cabe duda- son los libros, que a nadie interesan demasiado. La mayoría se venderán como papel y nadie reparará demasiado en las  notas que haya en ellos. Lo lamento mucho porque nada es comparable al olor del papel, a pasar las páginas, a hacerles alguna muesca o anotación cuando lo que se lee lo merece. Pero más que nada la melancolía me la causó empezar la limpieza y encontrarme con libros  con dedicatorias. No sé cuántos tengo dedicados por autores reconocidos y premiados, pero los que tengo son para mí, preciados valores porque tímida como he sido siempre, me ha costado bastante  pedir la firma.
La firma de Rosa Montero la obtuve en la Feria del Libro de Buenos Aires 2013, donde viajé con una compañera del Club de Lectura- nos conocimos para viajar en esa ocasión, y ya lo relaté-.


La  preciada dedicatoria de Eduardo Galeano 

 La firma de Galeano la obtuve  en un homenaje que le hicieron en la Biblioteca Nacional donde me pude sentar en las primeras filas y extenderle mi libro para que me lo firmara. Me quedó su letra manuscrita, -atesoro ese libro con profunda gratitud- recuerdo con cariño  su simpatía, al atender la demanda de tantas manos extendidas con ejemplares, y muchos de sus libros con tantas enseñanzas.


El último libro de Arturo-Pérez Reverte: “Hombres buenos”,  me lo regalaron unos queridos amigos con una simpática dedicatoria-con previa consulta por si lo  tenía o no, ya que una vez me regalaron un manual de cocina y ya lo tenía por partida doble: uno más antiguo, manchado, roto, descosido, y otro más nuevo y menos cascoteado. (Como consecuencia tengo ahora tres manuales iguales, pero de diferentes épocas). Dicho sea de paso, este libro último de Pérez-Reverte me está costando bastante leerlo. Al hombre se le ocurrió, ir “novelando”- es decir contar la historia, al mismo tiempo que alternadamente, narra sus peripecias-en primera persona- para hacerse de los materiales para documentar fehacientemente su argumento. Al principio, me resultó novedoso, pero ahora, que voy por más de la mitad de libro me tiene medio podrida. No me interesa saber si él en su biblioteca particular tiene tal o cual texto del siglo de María Castaña, y-además- consiguió otro de la Edad de Piedra, escrito en jeroglíficos. La verdad.

La dedicatoria de los amigos que me regalaron "Hombres buenos" 

Hay personas que sueñan con colores, yo sueño con olores queridos, y a veces,  puede percibir  hasta el tacto de la piel. Pero al despertar compruebo con dolor y horror el espejismo: el olor era parte de ese sueño, y la persona que lo poseía también. Ya no está más. Ya no es más de carne y hueso, o si aún lo es, está lejos o es ajena. No me pertenece. No la puedo tener en estas frías noches de invierno, ni en verano, cuando su piel debe tener aún más exquisitas  emanaciones  para gozar. La sensación al despertar es pavorosa. Ese territorio desconocido me deja siempre alelada. La misma sensación de extrañamiento me ha provocado encontrarme con olvidadas dedicatorias de seres que ya no viven más. Reconozco  la letra inconfundible y la contemplo con estupor. Por ejemplo, este pequeño libro de Julio César Puppo, El Hachero, que tanto busqué por librerías de viejo, fue encontrado por mi esposo, y me lo regaló con una convocante dedicatoria  para que siguiera con un proyecto que cumplí escasamente: escribí apenas  un artículo que fue publicado, pero no el ensayo más enjundioso sobre la literatura costumbrista que proyectaba en aquellas  ya lejanas épocas.

La convocante dedicatoria de mi esposo Carlos Stanley traspasando la barrera del tiempo de la vida

Es  una de las dedicatorias que más me impactó en el día de hoy porque no la recordaba, además, encontrar la letra de mi esposo, me emocionó- y me emociona siempre-.  La dedicatoria está fechada en 1984, pasaron más de treinta años y mucha agua bajo el puente. Tengo que ponerme las pilas y volver al proyecto de:

 RECOBRANDO A LOS NUESTROS.

La dedicatoria -ahora desde el más allá-,  me llama a persistir;  no me deja más rezago posible. 


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