lunes, 30 de mayo de 2016

I M P E C A B L E

Max Aub -el autor-  en época de bonanza. 1935
(Imagen tomada de Internet) 

No conocía este monólogo de Max Aub que la actriz Gabriela Iribarren con la dirección de Mariana Wainstein logra interpretar de forma portentosa.
 La acción transcurre en la Viena de 1938; donde esta viuda que ha sido una burguesa acomodada, deja de serlo abruptamente por la voluntad nazi. Está reducida a las más extremas  miserias, y es patente desde el comienzo de la obra, el padecimiento del frío invernal. De una mujer de clase acomodada pasa a ser un ser despreciable, marginado, marcado, obligado a limpiar las escalinatas del que fuera su propio edificio.  Ningún vecino la reconoce ni la ayuda. Queda de absoluto manifiesto la crueldad y la indiferencia humana ante la adversidad que les toca a otros- y sobre todo- si esos otros son judíos-.
Gabriela Iribarren, -una actriz estupenda en uno de sus mejores papeles-


Realmente no es nada fácil, “largar” al escenario a una actriz para decir todo lo que dice este texto lleno de referencias a la época y al sufrimiento provocado por los avatares de la guerra y las horrorosas consecuencias de la persecución a mansalva a la que fueron condenados los judíos por el  solo hecho de serlo.
Emma, la protagonista, católica de ascendencia judía, está sola, aislada, sucia, pero tiene un cometido: sobrevivir. Y esa voluntad, amparada por el odio hacia “ellos”-como se les nombra varias veces- es lo que le da el sentido a su vida. Por esa razón, se aferra a los recuerdos de su marido, de su hijo, de su vida pasada.
El escenario, da la idea de un ambiente despojado, pero perfectamente concebido para los fines a los que apunta,  donde se siente muchísimo el frío glacial, con goteras por todas partes. Es también perfecta la iluminación, la música, y las proyecciones que nos sitúan en la época.
A mí me encantó la vestimenta de Emma. Tipo “cebollita”. Aparece caminando por el pasillo, monologando, cubierta por un saco largo, y tocada con  un sombrerito inverosímil. A medida que va sacando al personaje en su monólogo, se quita el saco y queda con un delantal de trabajo, que también se esfuma para dar paso al vestido, y por último, debajo del vestido, emerge  el viso/camisón.
La obra me hizo rememorar  otras; a  la “Suite Francesa” de Irene Nemirosvky-por ejemplo- donde relata de manera inteligente y clara el éxodo de 1940, y la pérdida del mundo “normal” –cómo algunos seres se aferran a sus pertenencias, sin pensar que lo más preciado que deben preservar es la vida- que da paso a la indiferencia, al  egoísmo, al instinto de supervivencia, al “sálvese quien pueda”, a los sentimientos de desesperación. Y también recordé a uno de mis autores predilectos: Viktor Frankl y su libro: “El hombre en busca de sentido”, donde Viktor que pasó tiempo en un campo de concentración, narra no solo sobre sus terribles peripecias, sino sobre lo que descubrió para seguir ayudando a la humanidad: la búsqueda del sentido de la vida,-que concretó en la logoterapia-  pese a quien pese, como única posibilidad de seguir luchando por él en un mundo hostil que nos atrapa y nos destruye.
¿Qué es lo que nos vuelca a  ser tan crueles con los otros? ¿Qué es lo que nos vuelve tan  indiferentes al sufrimiento ajeno? ¿Por qué herimos  y humillamos a nuestros semejantes, sean de la religión que sean? ¿Por qué los despojamos de lo que tienen y nos ensañamos  en lugar de apuntar-todos- hacia un mundo mejor, el de nuestros sueños de realización? No hay una única respuesta. La obra la da, pero queda ambigua y nos demanda más reflexión y por supuesto más humanidad. La que nos falta para ser mejores.
“De un tiempo a esta parte” es una obra para ver y pensar. Indudablemente.








2 comentarios:

  1. Este comentario me da ganas de tomar un avión en el aeropuerto internacional Adolfo Suárez de Madrid para dejarme caer por el teatro de Montevideo y ver la obra dirigida por Mariana Wainstein!!!

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    1. ¡Pues...tómatelo! Montevideo te espera y esta excelente obra también. Gracias por tu comentario, Javi.

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