sábado, 13 de agosto de 2016

DE BAJA


No queda otra ( Imagen tomada de Internet) 

¿Alguna vez intentó hacer un trámite usando el teléfono? Yo sí. Porque siempre fui- y sigo siendo- una completa papafrita inocente. Entonces, me aboco a obtener comunicación con algún ser humano que me dé bola. Fui enseñada así por uno de mis primeros jefes que no admitía ningún tipo de dilación cuando quería algo. Y yo era la desgraciada que tenía que obtener sí o sí lo que el imperativo tipo quería. Además tenía que ser enseguida. A fuerza de insistencia, lo más común era que lograra lo que  me pedía, aunque no siempre me coronaba el éxito.
Pero los tiempos cambiaron. Ahora, las centrales de casi todas las  compañías tienen contestadoras automáticas que han sido engendradas por Satanás en persona. Una voz metálica dice que nos va a guiar y que “la conversación podrá ser grabada”. Lo cierto es que nos tiene horas   sin que se nos brinde asistencia humana. Tengo un teléfono “manos libres” y más de una vez lo uso mientras hago otra cosa esperando que la voz metálica desaparezca con todas las pelotudeces que ofrece- porque no se van a perder la oportunidad de hacer propaganda, faltaba más- mientras, permanezco atenta por si algún ser humano se compadece y aparece para recibirme con alguna frase clásica “¿En qué la puedo ayudar?” El salto que puedo pegar cuando algo así me surge del otro  lado de la línea no lo da ni Teodoro- mi gato- y  ahí una tiene que “descargar” con la mayor brevedad posible la correspondiente consulta. Como habitualmente estuve esperando mucho tiempo, cuando me atiende una persona, es tan grande la emoción que me vuelvo de inmediato una tartamuda lastimosa. Pero el proceso empieza antes.
Hoy fui a pagar una tarjeta de crédito para poder darla de baja a la brevedad. Fui a la agencia Punta Carretas. Obvio. Vivo en Punta Carretas. Es mi barrio hace más de veinte años. Tengo todo en Punta Carretas. O eso creo. Pero no.
Para dar de baja  una tarjeta tengo que ir a la Central que está-obviamente también- en el Centro. ¿No tenemos todo “digitalizado”?, sí, pero no tanto. El trámite para dar de baja la tarjeta es únicamente en el Centro. Para no incurrir en el error de ir y luego tener que regresar porque falta tal o cual cosa, ahí-como en la antigüedad-  recurrí al teléfono. Empecé alrededor de las once de la mañana. La perorata empezó cuando la horrorosa voz metálica me dijo  que estaba en el puesto 10 de la lista de espera.  Habilité el “manos libres”. Bien. Usted puede usar “TARJETACEL”- obviamente el nombre de la tarjeta- busque la aplicación XXX  bájela a su celular. Le recordamos que está disponible en nuestra página web toda la información que usted necesite- una forma nada diplomática de hacerme saber que estoy bobeando, porque si toda la información está en la web. ¿Qué mierda estoy haciendo yo tratando  de que un ser humano me diga lo que tengo que llevar?-
Hay un 10% de descuento en las farmacias adheridas- no quiero saber eso, carajo, yo quiero hacer otro trámite- El Uruguay no es un río-porque hay música también- chuachuachuajajaja No cantes más torcacita que  llora sangre el ceibal. Y mientras escucho la letra completa de la canción-interrumpida por comerciales- me pongo a divagar- cosa que me encanta y  no  me cuesta nada.  A mi juego me llamaron. Esta canción. ¿Cómo era que se llamaba? Ah. Sí. “Río de los pájaros”. De Aníbal Sampayo. ¿Te acordás que se cantaba en la escuela y que no sabías lo que era “torcacita” y cantabas “tor- ni idea tampoco- pero “casita” sí sabías lo que era? Y “ruanas” también porque gracias a tu abuela paterna que te decía que eras “bien ruana, mismo”,  ya sabías que era un tipo de pelaje rubio- como el tuyo- Sin embargo, lo de “biguacita” te quedó en la ignorancia durante bastante tiempo. Si, guaranga. Dale que sí. Eras grandota cuando supiste que era un diminutivo de “biguá”- un ave acuática- Y que el Club Biguá lleva ese nombre por el pajarraco. Bueno. Pero seguís esperando. Tus divagues dieron vueltas por la escuela y por tus líos de vocabulario con las letras que algunas siniestras maestras te hacían aprender sin ningún trabajo de comprensión lectora. Vos, ya  profesora, la usaste para enseñar diminutivos: morenita, biguacita, canoíta, gurisito, ojitos, barriguita, lomito. Todos repletos de ternura. Bueno. Seguís esperando. ¡OH! ¡Te atiende una voz humana! ¡No es la metálica! ¡Albricias! (o sea, buenas noticias).   Y la voz humana te dice que sí, que tenés que ir al centro, munida de tu cédula de identidad y la tarjeta que querés cancelar. Hacelo, por favor, lo más rápidamente posible. Y cuando recibas algún call center ofreciéndote el oro y el moro para que aceptes “sin cargo” tal o cual tarjeta: Decile que no y que no. Enérgicamente.  Y Puteá. Puteá de arriba abajo. Tenés todo el derecho del mundo.


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