viernes, 26 de agosto de 2016

LA LUCHITA

La llegada de "La Luchita" fue una  sorpresa y constituyó todo un acontecimiento- Año 1998
Ya conté en otras oportunidades sobre las dificultades que se nos fueron dando para trabajar y estudiar. Nada nos vino de arriba, siempre luchamos para tener lo que necesitábamos.
En estos momentos en que las fuentes de trabajo van desapareciendo y que se hace cada vez más difícil conseguir uno porque la preparación que se exige es rigurosamente digital y experta o, si es  un oficio hay que desarrollarlo con todas las ganas, me dio por pensar cómo hice yo para que me tomaran como empleada en los primeros años. En el primer empleo, aprendí rudimentos de contabilidad “en vivo y en directo” ayudada por la secretaria de la empresa que me dio unas lecciones básicas. Primordialmente tenía que facturar, hacer recibos y cobrar, llenar los formularios de depósitos de los bancos, andaba mucho en la calle, casi toda la tarde afuera. Lloviera o tronase, hiciera frío o calor, para arriba y para abajo. No me importaba, tenía la convicción de la necesidad. Había que hacerlo. No me quedaba otra. Y no me cansaba porque era muy joven.
En el segundo empleo, me asesoró un empleado jubilado de muy buen talante que no se enojaba por nada del mundo y me guiaba con paciencia franciscana. Yo escribía a máquina, pero con dos dedos, porque no había hecho ningún curso. Un buen día, me anoté en las Academias Pitman. Hice el curso completo de dactilografía.  Fue mi primer diploma. Cuando lo obtuve,  lo encuadré, y lo colgué en el comedor. Fue mi primer logro “académico”. Muchos se burlaban de mi inocencia, pero yo, fiel a mi consigna, no les di pelota,  permaneció años sobre la pared del trinchante de cármica como único adorno. Y bien orgullosa que  me sentía.
En mi tercer empleo, en el taller de reparación de máquinas de oficina, logré-finalmente- comprarme mi primera máquina de escribir. Una Hermes Baby- la marca que representaba la firma- usada, pero de buen ver. Los mecánicos me la habían dejado impecable. Únicamente le faltaba la tapa superior, pero andaba como una bala. Me la llevé a casa contenta como perro con dos colas.
Así como  los cambios de autos jalonaron nuestras vidas, también hubo objetos-como la máquina de escribir- que también  lo hicieron.

Exactamente igual a esta era mi Hermes Baby, pero sin la tapita superior
(Esta imagen la saqué de Internet) 


 Hubo otro que fue memorable. En febrero de 1998, apareció de tarde por casa, un electricista que mandaba mi esposo. ¿Cometido? Poner en el escritorio una línea de teléfono. Como no me había comentado nada, en un principio quedé perpleja y lo llamé para consultarlo.
-¿Para qué querés una línea de teléfono en el escritorio? El teléfono está bien a mano en la mesa-biblioteca del corredor. Se puede oír y atender sin problemas. – La respuesta me dejó más perpleja.
–Quiero un teléfono en mi escritorio.
Bien. Entonces el operario empezó a trabajar con ese propósito. Mi viejo apartamento, apenas tenía algunos enchufes y no todos los que se precisan en la actualidad; se le fueron agregando a medida que empezaron a necesitarse. Le dio un trabajo enorme pasar la línea. Hasta tuvo que hacer sendos agujeros en uno de los placares para lograrlo, pero, a la noche, la línea estaba instalada. Sin embargo, yo no veía el nuevo teléfono por ningún lado.
– ¿Vas a comprar otro teléfono fijo?
-Ya lo tengo. Mañana lo traigo.
Muy bien. Santo y muy bueno. Violín en bolsa.

A la mañana siguiente era sábado, como era febrero yo estaba en casa, de licencia, así que cuando sonó el timbre,  fui  a atenderlo, pero, mi esposo se me adelantó, y abrió la puerta de calle. A los pocos minutos apareció la sorpresa: mi primera computadora. Vuelvo a repetir: año 1998. La llamé “La Luchita”, porque fue, realmente el premio a toda una vida de trabajo y de esfuerzo.  Un armatoste simpático que yo no sabía ni siquiera prender.  Lloré de la emoción. Mi alegría quedó registrada en la foto que saqué del baúl de los recuerdos. ¿Les gusta?

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