domingo, 4 de diciembre de 2016

AMISTADES

Teodoro en su cama, arriba del escritorio
A medida que la vida va transcurriendo con rapidez vertiginosa, vemos como nuestros mejores amigos se nos van quedando por el camino. En este año 2016, perdí dos entrañables: mi hermano de crianza Ruben Pesamosca, y mi cuñado Edwin Stanley. Dos seres de privilegio que supieron acompañarme durante muchísimo tiempo con una lealtad a prueba de balas. Nada nos separó, ni la época de Misia Dura, ni tampoco las circunstancias negativas porque  todas las sorteábamos con energía y buena onda. ¿No había grandes ingresos?  No importaba. Siempre nos salvaba alguna campana. Recuerdo un día después de mi cumpleaños,  que volvíamos para casa sin un cobre y nos devanábamos los sesos pensando cómo y qué íbamos a hacer de comer. Cayó Ruben. Como siempre, sin avisar, porque ni siquiera teníamos un teléfono fijo. Nos sinceramos como lo hacíamos habitualmente. Juntamos las monedas de todos los bolsillos. Eran suficientes para un paquete de 450 gramos  de fideos. Pero no nos alcanzaba para comprar alguna verdurita para hacer una salsa y un paquete de queso rallado. Volvíamos del almacén,  los tres cabizbajos. Vimos el  quiosquito de enfrente. El cartel quinielero estaba afuera. Mi esposo me preguntó- ¿Vos no le jugaste al 22 ayer? – Sí. Le contesté. – En la lista está a la cabeza. Miré  mi monedero. Allí estaba la boleta ganadora. El quinielero, amigo del barrio, con una sonrisa de oreja a oreja, me pagó. No sé cuánto. Hace muchos años. Precisamente, yo había cumplido 22. Nos dio para comprar las verduras, el queso, pan,  vino y coca. Toda una fiesta que celebramos apenas terminé de cocinar. Felices.
Mi cuñado Edwin Stanley era el menor de los hermanos. Cuando mi esposo entró a trabajar en el Banco, se encargaba de lavarle la ropa. Mi suegra tenía una lavadora con una única paleta destrozona, pero él se las ingeniaba para sacarle la ropa impecable.  Y si le arrancaba algún botón se lo cosía de maravillas. Lo recuerdo siempre alegre, con una sonrisa, cantando fantásticamente bien mientras trabajaba. Después empezó su propio negocio y mi esposo, perdió a su lavandero, pero la relación se mantuvo siempre armoniosa a través de los años. Era socialista. De Vivián Trías. En realidad, todos éramos de Vivián Trías. Socialistas o no. Porque nos daba unas sensacionales clases de Historia Nacional y Americana y nosotros lo adorábamos. Íbamos a la casa, nos prestaba libros para preparar los exámenes, y, mientras anotaba nuestros datos en una libreta privada, nos daba, además, una magistral clase de  historia.
Mi cuñado era otro de esos seres excepcionales y queribles. De temperamento suave y armonioso, no soportó el primer divorcio y se enfermó. De los nervios. Se decía entonces, y sí.  Era de los nervios. Tenía dos hijos de ese primer matrimonio. Y era hijo de padres religiosos. No se concebía- por más socialista que se  fuera- ni una separación ni un divorcio. Si uno se casaba era para siempre. Y si se fracasaba era lo peor que le podía ocurrir. Le costó salir pero salió. Se casó otra vez, tuvo otro hijo- fue el más prolífico- Siempre con su sonrisa y su buen humor a flor de piel.
Entonces, este año se me fueron estos dos  amigos del corazón.
Me quedan otros entrañables, pero cada vez son menos. Entre ellos, Jor y Ana. Con ellos también llevamos una larga trayectoria de amistad. Más de cuarenta años. Con Ana, estudiamos juntas. Pasamos muchas vicisitudes juntas. Salvamos exámenes juntas. Paseamos juntas. Y no sé cuántas cosas más hicimos juntas porque a través del tiempo se fueron dando muchísimas.
Jor se está recuperando de una operación.

A veces salimos, o nos juntamos para charlar. Hay que celebrar la salud, la vida y la amistad. Todo. Porque no hay nada que valga más la pena.
 ¡Ah! ¡Por supuesto!  De ninguna manera me puedo olvidar de Teodoro Segovia, mi gran amigo de cuatro patas,   sinvergüenza, sabandija, travieso pero muy querible. Conversamos mucho. La charla entre amigos es fundamental. No importa que hablemos distintos idiomas; la comprensión involucra mucho más, los  gestos, el tono de la voz, las caricias, los mismos, es decir: va más allá de las palabras. Teodoro y yo lo sabemos.
 
Teodoro y yo de gran charla 

2 comentarios:

  1. Es muy cierto lo que escribes. No me ha tocado aún pasar por ese doloroso trance para el que nunca estás preparada. Hay que seguir disfrutando de la vida y celebrándola.

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    1. Gracias por tu comentario Raquel. En mi caso, lamentablemente, en estos últimos años he ido perdiendo a muchos amigos entrañables. Y no necesariamente por vejez, sino porque la Parca decide llevárselos nomás. Y se extrañan, porque los que se han ido son "los de fierro".

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