jueves, 5 de septiembre de 2013

REENCUENTRO

Con las "chicas" en Blás 
Hace unos días comenté  las dificultades que tuve para localizar gente de mi grupo de Letras que se animara a propiciar una reunión. Una de las compañeras me localizó por facebook  y tuvo esa idea. Al final aceptamos el reencuentro únicamente cuatro.
La primera impresión que tengo es que debido a la cantidad enorme de años que hace que no nos vemos surgen una cantidad de interrogantes: ¿Cómo estará fulanita? ¿Más gorda? ¿Más arrugada? ¿Más vieja? ¿Más jamona?  En realidad la pregunta primordial es:

-¿Cómo me verán a mí?

Ni que hablar si ese reencuentro, en lugar de ser con  compañeras   es con un antiguo “peor es nada”…. En ese caso, -en el de las amigas también por supuesto, pero no tanto- además de la preocupación por la apariencia física  y la lucha por disimular imperfecciones, se da otra pregunta que toda mujer se hace en la instancia de salir y que  siempre es esta:

-¿Qué me pongo?

No importa que el placar esté rebosante  y que cuando se abra  la ropa se escape a borbotones porque nunca encontraremos nada apropiado. ¿Cuántas veces hemos dicho? :

- “¡No tengo nada que ponerme!”

Si la cita es con un galán, sea lo que sea que nos pongamos para la ocasión tiene que disimular todos los defectos: los rollos que se saltan por todos lados, la panza,  las varículas, -un NO rotundo al vestido corto- hay que arreglarse las uñas, los pies, el pelo, hacerse limpieza de cutis,  las peludas se tienen que depilar sí o sí, pintarse esmeradamente  y prepararse como para un casamiento.  De punto en blanco.  Si el encuentro implica sexo- puede pasar que el susodicho se tire de cabeza como a una piscina-, la  ropa interior- necesariamente- tiene que ser acorde a la ocasión. Por favor, que no se te ocurra  ese enorme y cómodo pijama modal  o el camisón de franela ídem que usaste todo el invierno porque lo vas a espantar y el pobre huirá despavorido.  Tampoco  uses ese batón roñoso con botoncitos adelante que tiene un montón de años.  Sí, ya qué se es práctico, pero está más viejo que vos. Y que no  se te ocurra mencionar “ropa de entrecasa”-¡por favor! borrá esa expresión de tu vocabulario   porque ya no se dice más así-. Ahora se dice “HOMEWARE”. ¿Qué te pasa? ¿No lees “Claudia”?  (Con un poco de esfuerzo a lo mejor hasta  lo pronunciás más o menos bien.)
Recuerdo que un par de días antes de  la Noche de la Nostalgia fui candorosamente a comprarme un camisolín-como le llaman ahora a lo que en mi época era “baby doll”-  ¡No había más! ¡No! ¡No había más! ¡De ningún talle! ¡NADA!
(No  piensen mal,  no era específicamente para usar esa noche, era  una simple renovación nada más.  Recién hoy la vendedora me avisó que había llegado la nueva partida y me compré uno).
Con la reunión de amigas- mutatis mutandis- pasa algo similar. Queremos vernos bien. “Tapar” los estragos de los años, disimular imperfecciones, encontrarnos de nuevo jóvenes y radiantes. Quizás  no se ponga tanto esmero en depilarse, porque con los vaqueros no se van a ver esas piernas de monas peludas. Pero,  igual elegimos cuidadosamente la vestimenta, (-“esta remera no porque me hace gorda” –no te hace gorda, estás gorda, ¿quién te mandó durante el invierno comer DOS platos de cazuela? ¿Eh?) Nos bañamos  y perfumamos  con esmero y también-aunque haga añares que no lo hacemos- nos maquillaremos fina y  esmeradamente.
Después de  darnos los consabidos besos y abrazos, y de pelearnos con los empleados de Peperone que nos dicen que “la mesa   que elegimos está reservada para diez” nos levantamos con aire de reinas ofendidas y nos vamos a Blás.
Té completo para cuatro. Conversación para cien. Los hilos se suceden  los unos a  los otros y se entreveran en una infinita gama multicolor.
-“¡Aquella la petisa que estaba embarazada! ¿Cómo se llamaba? ¿No te acordás? ¡Estuvo un año con nosotras! ¡Cómo no te vas a acordar! ¡¡Tenía el pelo lacio, lo usaba cortito!  Nuestra bamboleante memoria hace esfuerzos inauditos pero la imagen de “la  petisa embarazada de pelo lacio y cortito” no  aparece.
“-Mirá aquí está la nena- en Boston, en Nueva York, en Filadelfia”. Y todas miramos el celular-sustituto del pasa-diapositivas-  donde se exhibe  una  presentación que va de mano en mano.
Cada una lucha por llevar adelante su hilo de conversación, suben los tonos de las voces, se suceden los manotazos para imponer criterios.
“-¿Y la otra profesora que tuvimos en Universal? ¡Aquella!  ¡No Gabriela, no! ¡La otra!  ¿Y la de Gramática que conversaba montones? ¡Menos mal que a la nena no le tocó! ¿Y la que sabía mucho pero venía con una media de cada color?  ¿Te acordás?  No. No me acuerdo. En casa sí, ahí se me prendió la lamparita. Es una de las que falleció y me surge el nombre,  el apellido, las medias distintas, el viso que  sobresalía de la pollera. Los ojos estrábicos.  Todo.
Las  cuatro tenemos “heridas de guerra”,  las diferentes cicatrices  que nos ha ido dejando  la vida, a cada una le ha tocado su cuota parte de dolor, pero la energía de esos variopintos  años compartidos se impone y nos quedamos con una sensación de enorme alegría, de una vitalidad que ni siquiera sospechábamos que teníamos almacenada en algún lugar recóndito de nuestro interior.
¿Dónde nos reunimos en la próxima?


¿Camisolín o "baby doll" ? 

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