domingo, 4 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO: UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA

AMIGOS DEL ALMA CON LOS QUE PASÁBAMOS LAS FIESTAS
Como la mayoría sabe, el año pasado pasé las Fiestas Tradicionales en la casa de un amigo que estaba muy grave.
Fue –y hablo en pasado porque falleció el pasado 11 de enero- compañero  de mi esposo, abogado penalista, y una gran persona, lo mismo que su esposa que falleció antes.
Con ellos- con  “Los Chachos”- como  les decíamos porque a él lo apodaban “Chacho”- vivimos muchas cosas juntos: la lucha por estudiar en plena dictadura, la preparación de los extensos exámenes- ellos Derecho, yo Literatura,- las tenaces peleas por lograr una sobrevivencia digna con los magros sueldos que teníamos en esa época. Después de titulados, se nos fueron yendo los seres queridos que nos quedaban: los padres del Chacho; la madre de la Chacha; los padres de mi esposo, y mis padrinos- que fueron mis segundos padres, al punto que me casé en la casa de ellos-. Por esa amistad que se fue afianzando con los años de penurias y alegrías, pasábamos alguna de las “tradicionales” juntos: la Navidad- día del cumpleaños de mi esposo- o el Año Nuevo. Acá, o afuera o donde pudiéramos. No importaba; siempre nos arreglábamos con lo que teníamos para pasarla bien. Éramos muy afines. Eso favorecía la buena onda entre nosotros. Nos queríamos mucho y nos acompañábamos siempre en las buenas y en las malas.
La enfermedad se  llevó primero a mi esposo, luego  a ella; y el año pasado, también al Chacho. Tuve que hacer de tripas corazón para comenzar con él y su familia el 2014, pero él se alegró tanto  de verme  que me sentí gratificada.

La pérdida de los grandes amigos es dolorosísima. Son de nuestra propia generación,  nos vamos quedando cada vez más solos, se nos va viniendo también la hora de la guadaña, porque-como decía el Chacho- “todos venimos con fecha de vencimiento”.
Por esa razón, y porque tenía muchas ganas, en el mes de mayo señé un “crucero de Navidad”  de la empresa  Costa- que es de origen italiano- con la agencia de viajes Geant.

Luchando empecinadamente, ahorré el saldo y lo pagué en diciembre-lógicamente antes de la salida  que fue el 25 de diciembre-
Para el crucero, me preparé como una novia que va a ser llevada al altar. Armé y desarmé la valija más o menos veinte veces, -como viajo sola,  no quería llevar más de una-. ¿Usaría esta solera semitransparente con picos que me compré en Cuba? ¿Sería adecuada? ¿Llevaría dos o tres shorts? ¿Los dos tanquinis y el traje de baño enterizo? ¿El camisolín blanco para dormir al que le tengo tanto aprecio?  ¿Sandalias? Así estuve días y días sacando y poniendo hasta que un día antes me dije a mí misma: “no embromés más, si te falta algo en algún puerto que bajes  te lo comprás”.

El informativo del día 

 Después resultó que todas las noches, en el “Today” escrito que recibíamos, se aconsejaba  una vestimenta diferente. Un día multicolor, otro día blanco,otro día blanco, verde y rojo- la noche italiana-,  otro día de gala…. Y yo veía desfilar mujeres con unos tacones siderales que seguían estrictamente los consejos. ¿Cómo mierda supieron lo que tenían que llevar? La incógnita se me  reveló al regreso, en la terminal de buquebús, cuando estaba pidiendo un remise,  una señora que  me oyó decir el nombre, de inmediato me dijo: “¿Vos sos Alfa, la amiga de X? –Sí- le contesté muy azorada. – ¡Ah te conozco de facebook!”  Ella fue la que me comentó que hubo un grupo -de facebook, por supuesto- organizado por los que subían en Buenos Aires el día 26. Y ahí se habló de los consejos de vestimenta, de las excursiones, de lo que sí y de lo que no. Por supuesto, que yo ni pío. Fui a todas  las cenas con lo que había llevado, que no era de gala ni mucho menos.

Fue mi primera experiencia, y muy variopinta por cierto. La cola para ingresar me llevó dos horas, porque como buena canaria, fui a las 15.00 horas-había tres horas para embarcar, desde las 15.00 hasta las 18.00- Como fui a primera hora me comí una larguísima espera.
 En primer lugar, me impresionó la enormidad del barco. Sus medidas son descomunales: tiene tres cuadras de largo. Como me tocó un camarote en un extremo, tenía que ir hasta el otro por un piso superior para bajar al restaurante donde tenía asignada la mesa que me correspondía. No me preocupó. Caminar me hace bien. Los primeros días me perdía-como corresponde a todo cronopio. Yo ya sé que lo soy y me va a pasar de todo, aunque haya tomado todas las precauciones habidas y por haber-. Navegamos hacia Buenos Aires. No me bajé porque había estado hacía pocas semanas, y mientras descendía pasaje y subía otra multitud,  me recorrí el barco de punta a punta para familiarizarme. No me familiaricé nada. Hay mapas en los pasillos, pero me resultan absolutamente enigmáticos. Opté por las escaleras.  Me seguí perdiendo hasta anoche cuando extraviada-como siempre- al regresar a mi camarote,  descubrí ¡oh sorpresa! un piano-bar que no había visto antes, en un recoveco inexplorado.  Allí cantaba uno de los tanos con la voz más melodiosa que se pueda imaginar. Me quedé un rato escuchándolo, y después seguí perdiéndome hasta que llegué. Los camarotes son  pares de un pasillo, e impares del otro. Todas las noches miraba para ambos corredores para ver cuál tenía que recorrer para llegar al impar mío: 2367. Llevaba,  como llevan los bebes de pecho el babero atado y prendido,  la tarjeta Costa- que se convierte en un talismán durante todo el viaje- colgada al cuello.

La mesa que me tocó para la cena fue en el Restaurante New York New York- piso cuatro- o puente o deck 4-(hay otro en el 3, o sea que los primeros días  me perdía porque iba al deck 3, en lugar del 4). Finalmente entendí, y ayudé a otros cuantos despistados-no crean que fui la única- a ubicarse. Hay mucho personal que no habla español; los idiomas usuales son italiano, portugués,  e inglés-el más internacional-.  Saqué de vuelta “my rusty English”- o sea mi herrumbrado inglés-  y descubrí que todavía lo “chamuyo” y me hago entender. Me fue muy útil en todos lados. Hasta en la biblioteca.  Me saqué algún libro para leer y por supuesto, tuve que hablar en inglés para legalizar el préstamo. ¡Gracias Uruguayan American School por el inglés hablado que me dejaste!
Al segundo día compré  un pase para el SPA y no me arrepentí, porque había muchísimas  personas   en las zonas de las piscinas y se metían tantas que parecía que se estaban bañando en una palangana colectiva. Colocaron un cartel que decía: “Nave completa”. Me fijé en la guía del camarote para ver cuántos éramos y me vino un estremecimiento de horror: 3.870 pasajeros y  1.100  de tripulación. La nave tiene 11 pisos con ascensores y al último se accede  por escalera.
Entre tantas personas había de todo; enormes familias, -en una vuelta desayuné con una señora que me dijo que había venido con catorce de su  familia- grupos de amigas, grupos de amigos, matrimonios de todas las edades:hubo un señor que  cumplió 101 años en el viaje, ella tenía 96 y estaba en silla de ruedas, (que llevaba el marido.)  Había también  mujeres solas-como yo- pero  más que nada hacían “vida de camarote”: es decir: se hacían llevar el desayuno, y prácticamente no salían, salvo para almorzar o cenar. Socialicé con algunas.  Sus razones de viaje eran variables. Una de ellas me dijo que había contratado el crucero, con camarote con balcón- uno de los más caros- para “huir de la parentela”. 
Para las cenas teníamos mesa asignada, para los desayunos  y almuerzos no. En el primer día, intenté desayunar y almorzar  en los bulliciosos restaurantes populares del piso noveno.  Más que difícil  ubicar un lugar para sentarse; cuando lo lograba, iba a buscar la bebida, al volver ya no tenía el plato servido. Desistí.
Al ingresar al buque, a cada grupo se le reúne para dar  instrucciones de emergencia  y para explicar el funcionamiento básico. Como es de suponer, cuando oí las explicaciones,  no entendí casi nada porque estaba cansadísima-repito que esperé más de dos horas para ingresar- pero por las dudas cuando llegué por  primera vez al  camarote, miré dónde estaba el salvavidas y  lo inspeccioné para saber cómo se ponía.
Todas las noches leía la información en el  TODAY.  Allí  se detallan las actividades del día siguiente, las ofertas de ventas de las boutiques, de la casa de fotos, de la oficina de excursiones, de los múltiples servicios que se ofrecen, los horarios, la vestimenta sugerida para la cena, datos de la navegación y cómo va a estar el mar. A propósito: si dice “poco picado”, la nave se mueve como una buena bailarina bahiana, y andábamos a los barquinazos para todos lados. Yo subí varias veces  y a distintas horas a las múltiples cubiertas para ver el espectáculo del mar. Bien agarrada de las barandas.  Hubo gente que se mareó. No todo el mundo tiene espíritu marinero.
El Costa Pacífica es, entonces, un enorme hotel flotante con múltiples servicios.  Hay organización, pero el gentío tiende a rebasarla.
De noche, cuando después de dar varias vueltas regresaba a mi camarote, me desvelaba pensando ¿Cómo reaccionaría este gentío en  una situación de naufragio? Después me dormía mecida por el mar.

(Continuará)





1 comentario:

  1. De esta entrada, lo que destaco, es tu gran cariño por esa entrañable pareja de amigos.
    Nunca viajé en crucero, a mi marido no le gustan las multitudes y por lo tanto no he tenido la oportunidad. Seguiré leyendote, para alguna vez... tal vez...

    ResponderEliminar