martes, 13 de enero de 2015

MI PRIMER CRUCERO: UNA EXPERIENCIA VARIOPINTA. EL REGRESO

La querida silueta del Cerro de Montevideo

¿Sabían que el inefable José Saramago fue un bloguero insuperable?
Es posible apreciar su maestría en su “Último cuaderno”- una recopilación de los textos que escribió en su blog desde marzo de 2009 a junio de 2010 con prólogo de Umberto Eco. Voy a cerrar esta crónica con una cita de su libro “Viaje a Portugal”* que él transcribe con el nombre de “Viajes” en la recopilación que menciono.  Estoy  completamente de acuerdo con sus sabias palabras, tanto, que no podría encontrar mejores.

Y ahora voy a anotar  algo sobre el regreso, o mejor expresado, sobre los sentimientos que produce regresar al lugar propio desde el mar, que no es lo mismo que regresar a un imperturbable aeropuerto con forma de cucaracha plateada que nos recibe con toda su frialdad. No. El regreso en barco es otra cosa.  A medida que la nave se acerca se empiezan  a percibir los  perfiles queridos. La emoción- para mí- principia  cuando lentamente percibo  allá a lo lejos la silueta del Cerro de Montevideo. Antes se puede ver algo de la costa, quizás la isla de Lobos, pero no me estremecen tanto porque yo  no soy puntaesteña; soy montevideana de la cabeza a los pies. Entonces, el cerro sí, me emociona hasta las lágrimas. Estoy en una de las cubiertas, con los pelos alborotados por el viento y el cerro aparece allá con su forma inconfundible y abollada. ¡Qué emoción!

Con los pelos al viento, disfrutando el regreso


 Trato de disimularlo, pero miro a mi alrededor y veo a otras personas con la misma cara de embelesamiento que debo tener yo. No hay duda. Volvemos a nuestro lugar en el mundo. Se quiera o no se quiera, se esté o no se esté de acuerdo con el gobierno de turno, se putee o no contra todos los inconvenientes de la vida en nuestra ciudad. 



"La Torre de Antel" 
 Más cerca es posible ver a  la “Torre de Antel”- tendrá otro nombre, pero con ese se le conoce y reconoce- y, más cerca aún – indudablemente-, los clásicos edificios de la Ciudad Vieja, pero antes el “monstruo folklórico”-como lo apodó Benedetti- del Palacio Salvo que se yergue aún imponente con toda su rareza. Porque es eso: “un raro”. Símbolo de una época y  de una ciudad que ahora sí, siento como mía. Muy mía.  Y me quedo en ella para volver a partir algún día.




El Palacio Salvo, nuestro particular "monstruo folklórico- al decir de Benedetti- 


Y va la cita de Saramago que es una  verdadera joya :

“El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en narrativa. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: “No hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin del viaje es simplemente el comienzo de otro. Es necesario ver lo que no ha sido visto, ver otra vez lo que se vio, ver en primavera lo que se vio en verano, ver de día lo que se vio de noche, con sol donde antes la lluvia caía, ver el trigo verde, el fruto maduro, la piedra que cambió de lugar, la sombra que aquí  no estaba. Es preciso volver a los pasos que fueron dados, para repetirlos, y para trazar caminos nuevos a su lado. Es preciso recomenzar el viaje. Siempre. El viajero vuelve ya.”

Notas:
“El último cuaderno” de José Saramago, editorial Alfaguara. Febrero 2011, páginas 124/125
*En el libro “Viaje a Portugal” de José Saramago, editorial Alfaguara,  marzo de 1999, página 351,  el mismo capítulo se llama: “El viajero vuelve al camino”




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